domingo, 9 de septiembre de 2012

EMMA Capítulo XLVI al L


CAPÍTULO XLVI

 

UNA mañana, unos diez días después de la muerte de la señora Churchill, Emma tuvo que bajar precipitadamente a la puerta para recibir al señor Weston, que «sólo podía quedarse cinco minu­tos y tenía una gran urgencia de hablar con ella». El señor Weston salió a su encuentro a la puerta del salón, y después de saludarla en su habitual tono de voz, inmediatamente le susurró al oído para que no les oyera su padre:

-¿Puede venir a Randalls esta misma mañana? Venga por poco que pueda. La señora Weston quiere verla. Necesita verla. -¿Se encuentra mal?

-No, no; en absoluto; sólo un poco nerviosa. Hubiese podido ha­cer preparar el coche y venir ella misma; pero tiene que verla a solas, y, claro, aquí... -señalando a su padre con la cabeza-. Bueno... ¿puede usted venir?

-Desde luego. Ahora mismo si quiere. Me es imposible negarme a una cosa que me pide de este modo. Pero ¿de qué se trata? ¿De verdad que no está enferma?

-No, no, no se trata de nada de eso... Pero no haga más pregun­tas. En seguida lo sabrá todo. ¡Es lo más increíble...! Pero ¡vamos, vamos!

Incluso a Emma le resultaba imposible adivinar lo que significaba todo aquello. Por su tono dedujo que se trataba de algo realmente importante; pero como su amiga se encontraba bien, intentó tranqui­lizarse, y después de explicar a su padre que iba a salir a dar un pa­seo, ella y el señor Weston no tardaron en salir juntos de la casa y en dirigirse a Randalls a un paso muy vivo.

-Ahora -dijo Emma, cuando ya se hubieron alejado bastante de la verja de la casa-, ahora, señor Weston, dígame lo que ha ocurrido.

-No, no -replicó él muy serio-, no me lo pregunte a mí. He pro­metido a mi esposa que le dejaría contárselo todo. Ella se lo contará mejor que yo. No sea impaciente, Emma, dentro de un momento lo sabrá todo.

-No, dígamelo ahora -exclamó Emma deteniéndose horrorizada-. ¡Santo Cielo! Señor Weston, dígamelo en seguida... ha ocurrido algo en Brunswick Square, ¿verdad? Sí, estoy segura. Dígamelo, cuénteme ahora mismo todo lo que ha pasado.

-No, no, se equivoca usted...

-Señor Weston, no juegue usted conmigo... piense usted en cuán­tos seres queridos tengo ahora en Brunswick Square. ¿Cuál de ellos es? Le ruego por lo más sagrado... no trate de ocultármelo...

-Emma, le doy mi palabra...

-¡Su palabra...! ¿Por qué no me lo jura? ¿Por qué no me jura que es algo que no tiene nada que ver con ninguno de ellos? ¡Santo Cielo! ¿Qué pueden tener que comunicarme que no sea referente a alguien de aquella familia?

-Le juro -dijo él gravemente- que no tiene nada que ver con ellos. No tiene la menor relación con nadie que lleve el apellido Knightley.

Emma cobró ánimos y siguió andando.

-Me he expresado mal -siguió diciendo el señor Weston- al de­cir que era algo que teníamos que comunicarle. No hubiera tenido que decírselo así. En realidad no le concierne a usted... sólo me con­cierne a mí... es decir, eso es lo que esperamos... Sí, eso es... en re­sumen, mi querida Emma, que no hay motivos para que se intranqui­lice. No es que diga que no se trata de un asunto desagradable... pero las cosas podrían ser mucho peor... si apretamos el paso en seguida llegaremos a Randalls.

Emma comprendió que debía esperar; y ahora ya no le exigía tan­to esfuerzo; por lo tanto no hizo más preguntas, dedicándose simple­mente a dejar volar su fantasía, y ello no tardó en llevarle a la supo­sición de que debía de tratarse de algún problema de dinero... algún hecho desagradable que se habría acabado de descubrir en el seno de la familia... algo de lo que se habrían enterado gracias al reciente fa­llecimiento de la señora Churchill. Su fantasía era incansable. Tal vez media docena de hijos naturales... ¡Y el pobre Frank desheredado! Una cosa así no era nada agradable, pero tampoco era como para an­gustiarla. Apenas le inspiraba algo más que una viva curiosidad.

-¿Quién es aquel señor a caballo? -dijo ella mientras seguían an­dando.

Emma hablaba sobre todo con la intención de ayudar al señor Wes­ton a guardar su secreto.

-No lo sé... uno de los Otway... no es Frank; le aseguro que no es Frank. No le verá usted. A estas horas está a medio camino de Windsor.

-Entonces es que les ha hecho una visita, ¿no?

-¡Oh, sí! ¿No lo sabía? Bueno, no tiene importancia.

Permaneció en silencio durante unos momentos; y luego añadió en un tono mucho más precavido y grave:

-Sí, Frank ha venido a vernos esta mañana sólo para saber cómo estábamos.

Apretaron el paso y no tardaron en llegar a Randalls.

-Bueno, querida -dijo al entrar en el salón-, ya ves que te la he traído; ahora supongo que pronto te sentirás mejor. Os dejaré so­las. No serviría de nada seguir aplazándolo. No me iré muy lejos por si me necesitáis.

Y Emma oyó claramente que añadía en voz más baja antes de aban­donar la estancia:

-He cumplido mi palabra, no tiene ni la menor idea.

La señora Weston tenía tan mal aspecto y parecía tan preocupada que la inquietud de Emma aumentó; y apenas estuvieron solas la jo­ven dijo rápidamente:

-¿Qué ocurre, mi querida amiga? Veo que ha sucedido algo muy desagradable; dime inmediatamente de qué se trata. He venido durante todo el camino sin saber qué pensar. Las dos odiamos los miste­rios. No me tengas por más tiempo en esta incertidumbre. Te hará bien hablar de esta desgracia, sea lo que sea.

-¿Es cierto que aún no sabes nada? -dijo la señora Weston con voz temblorosa-. ¿No adivinas, mi querida Emma... no eres capaz de adivinar lo que vas a oír?

-Supongo que es algo referente al señor Frank Churchill, ¿no?

-Sí, lo has acertado. Es algo que se refiere a él, y voy a decírtelo sin más rodeos -reemprendiendo su labor y pareciendo decidida a no levantar los ojos de ella-; esta misma mañana ha venido a vernos para decirnos algo inimaginable. No puedes imaginar la sorpresa que hemos tenido. Ha venido para hablar con su padre... para anunciarle que estaba enamorado...

Se interrumpió para tomar aliento. Emma primero pensó en mis­ma y luego en Harriet.

-Bueno, en realidad se trata de algo más que de un enamoramien­to -siguió diciendo la señora Weston-; es todo un compromiso... un compromiso matrimonial en toda regla... ¿Qué vas a decir, Emma... qué van a decir los demás cuando se sepa que Frank Churchill y la señorita Jane Faírfax están prometidos; mejor dicho, ¡que hace ya mu­cho tiempo que están prometidos!?

Emma, boquiabierta, se incorporó... y exclamó llena de estupefac­ción.

-¡Jane Fairfax! ¡Cielo Santo! ¿No hablarás en serio? No puedo creerlo.

-Comprendo que te quedes asombrada -siguió la señora Weston aún sin levantar los ojos y hablando con rapidez para que Emma tu­viese tiempo de rehacerse-, comprendo que te quedes asombrada. Pero es así. Entre 'ellos hay un compromiso formal desde el pasado mes de octubre... la cosa ocurrió en Weymouth y ha sido un secreto para todo el mundo. Nadie más lo ha sabido... ni los Campbell, ni la familia de ella ni la de él... Es algo tan fuera de lo común que aun­que estoy totalmente convencida del hecho a mí misma me resulta in­creíble. Apenas puedo creerlo... yo que creía conocerle...

Emma apenas oía lo que le decían... su mente se hallaba dividida entre dos ideas... Las conversaciones que ellos dos habían sostenido tiempo atrás acerca de la señorita Fairfax y la pobre Harriet; y du­rante un rato sólo fue capaz de emitir exclamaciones de sorpresa y de pedir una y otra vez que le confirmasen la noticia, que le repitiesen la confirmación.

-Bueno -dijo por fin tratando de dominarse-; es algo en lo que tendré que pensar por lo menos medio día antes de llegar a compren­derlo del todo... ¡Vaya!... Ha estado prometido con ella durante todo el invierno... antes de que ninguno de los dos viniera a Highbu­ry, ¿no?

-Se prometieron en octubre... en secreto... eso me ha dolido mu­cho, Emma, muchísimo. También ha dolido mucho a su padre. Hay detalles en su conducta que no podemos excusar.

Emma reflexionó durante unos momentos y luego replicó:

-No voy a pretender que no te entiendo; y para consolarte dentro de lo que me es posible, te diré que puedes estar segura que sus atenciones para conmigo no han tenido el efecto que tú temes.

La señora Weston levantó la mirada como sin atreverse a creer lo que oía; pero la actitud de Emma era tan firme como sus palabras.

-Para que tengas menos dificultad en creer esta jactancia de que ahora me es totalmente indiferente -siguió diciendo-, te diré algo más: que hubo una época en los primeros tiempos de nuestra amis­tad en que me sentía atraída por el, en que estaba muy propensa a enamorarme de él... mejor dicho, en que estuve enamorada... y tal vez lo más extraño es cómo terminó ese enamoramiento. Sin embargo, por fortuna el hecho es que terminó, y la verdad es que hace ya tiem­po, por lo menos estos últimos tres meses, que ya no siento ninguna atracción por él. Puedes creerme; ésta es la pura verdad.

La señora Weston la besó con lágrimas de alegría; y cuando pudo articular unas palabras le aseguró que lo que le acababa de decir le había hecho más bien que ninguna otra cosa del mundo.

-El señor Weston se alegrará casi tanto como yo misma -dijo ella-. Este detalle nos ha preocupado muchísimo. Era nuestro mayor deseo el que os sintierais atraídos el uno por el otro. Y nosotros es­tábamos convencidos de que había sido así... imagínate lo que hemos sufrido por ti al saber todo eso.

-Me he salvado de este peligro; y el haberme salvado es una agra­dable sorpresa tanto para vosotros como para mí. Pero eso no le libra de su responsabilidad; y debo decir que su proceder me parece muy censurable. ¿Qué derecho tenía a presentarse aquí de una manera tan desenvuelta estando ya prometido? ¿Qué derecho tenía a querer agra­dar (porque eso es lo que hizo), a distinguir a una joven con sus cons­tantes atenciones (como lo hizo), cuando en realidad ya pertenecía a otra? ¿Cómo no pensaba en el mal que podía llegar a hacer? ¿Cómo no pensaba que podía inducirme a mí a enamorarme de él? Todo esto es indigno, totalmente reprobable.

-Por una cosa que él dijo, mi querida Emma, yo más bien ima­gino...

-Y ¿cómo podía ella tolerar una conducta semejante? ¡Verlo todo con tanta sangre fría! ¡Ver cómo se tenían constantes atenciones a otra mujer, en presencia suya, sin demostrar nada! ¡Éste es un tipo de impasibilidad que no puedo ni comprender ni respetar!

-Había desavenencias entre ellos, Emma; él lo ha dicho con toda claridad. No ha tenido tiempo de dar muchas explicaciones. Sólo ha estado aquí un cuarto de hora, y su excitación no le permitía apro­vechar el poco tiempo de que disponía... pero que había desavenen­cias entre ellos lo ha dicho explícitamente. Parece ser que ésta ha sido la causa de esta crisis de ahora; y las desavenencias posiblemente surgieron debido a lo impropio de su proceder.

-¡Impropio! ¡Oh, querida, eres muy benigna al censurarle! ¡Mu­cho peor que impropio, mucho peor! Ha sido algo que le ha desme­recido tanto a mis ojos... ¡Oh, tanto...! ¡Es tan indigno de un hom­bre hacer una cosa semejante! Es algo tan opuesto a la honradez in­flexible, a la fidelidad a la verdad y a los buenos principios, al desdén por el engaño y la ruindad que debe demostrar siempre un hombre en todas las situaciones de su vida...!

-Bueno, querida Emma, me obligas a salir en defensa suya; por­que aunque en este caso haya obrado mal, le conozco lo suficiente para poder tener la seguridad de que posee muchas, pero que muchas buenas cualidades; y...

-¡Cielo Santo! -exclamó Emma interrumpiendo a su amiga­. Y además lo de la señora Smallridge! ¡Jane que estaba a punto de irse a trabajar como institutriz! ¿Qué pretendía con esa horrible falta de delicadeza? ¡Consentirle que se comprometiera a ponerse a traba­jar...! ¡Consentirle que incluso pensara en tomar una decisión como ésta!

-Frank no sabía nada de todo esto, Emma. En ese asunto sí que tengo que justificarle. Fue una decisión que tomó ella por sí misma... sin comunicárselo a Frank... o por lo menos sin comunicárselo de un modo resuelto... Hasta ayer sé que él dijo que no sabía nada de los planes de Jane. Se enteró, no sé cómo... debió de ser por alguna carta o por alguien que se lo dijo... y al saber lo que ella iba a hacer, al enterarse de este proyecto, fue cuando se determinó a descubrirlo todo en seguida, a confesarlo todo a su tío y a acogerse a su bondad, y en resumen a poner fin a esta lamentable situación de engaños y disimu­los que ya había durado tanto tiempo.

Emma empezó a escuchar con más atención y sosiego.

-Pronto tendré noticias suyas -continuó diciendo la señora Wes­ton-. Al irse me dijo que me escribiría en seguida; y lo dijo de una manera que parecía prometerme que daría muchos detalles más que entonces no tenía tiempo de aclarar. Por lo tanto esperemos esta carta. Quizá contenga muchos atenuantes. Quizás entonces podamos comprender y excusar muchas cosas que ahora nos resultan incompren­sibles. No seamos severas, no tengamos tanta prisa por condenarle. Tengamos paciencia. Yo le quiero; y ahora que ya me has tranquiliza­do sobre una cuestión que me preocupaba, una cuestión muy concreta, deseo con toda mi alma que todo termine bien y no pierdo la espe­ranza de que así sea. Los dos tienen que haber sufrido mucho en me­dio de tantos secretos y tantos disimulos.

-¿Sufrir él? -replicó Emma secamente-. No parece que todo esto le haya hecho mucha mella. Bueno, ¿y cómo se lo tomó el señor Churchill?

-Pues muy favorablemente para su sobrino... dio su consentimien­to apenas sin poner dificultades. ¡Imagínate cómo los acontecimientos de esta semana han llegado a introducir cambios en la familia! Mien­tras vivía la pobre señora Churchill supongo que no había ni una esperanza, ni la menor posibilidad... pero apenas sus restos descansan en el panteón de la familia, su esposo se deja convencer para hacer todo lo contrario de lo que ella hubiese querido. ¡Qué gran suerte es el que las influencias que se ejercen indebidamente no nos sobre­vivan! Le costó muy poco dejarse convencer para dar su consenti­miento.

«¡Ah! -pensó Emma-. Igual hubiese ocurrido si se hubiera trata­do de Harriet.»

-Eso se acordaba ayer por la noche, y Frank salía de Richmond al amanecer. Se detuvo algún tiempo en Highbury... en casa de las Bates, supongo... y luego vino directamente hacia aquí; pero tenía tanta prisa por volver al lado de su tío que ahora le necesita más que nunca, que, como ya te he dicho, apenas pudo estar con nosotros un cuarto de hora... Estaba muy nervioso... sí, mucho... hasta el punto de que me parecía ser casi otra persona distinta a la que yo conocía... Y añade a todo lo demás la inquietud que tenía porque acababa de ver que Jane estaba tan enferma, de lo cual él no tenía la menor sos­pecha... y por todas las apariencias, yo deduje que eso le tenía preo­cupadísimo.

-Pero ¿crees de veras que este asunto ha sido llevado tan en se­creto como dice...? Los Campbell, los Dixon... ¿ninguno de ellos sa­bía nada de su compromiso?

Emma no podía citar el nombre de Dixon sin un ligero rubor.

-Nadie; nadie lo sabía. Insistió en que no lo sabía absolutamente nadie, salvo ellos dos.

-Bueno -dijo Emma-, supongo que ya nos iremos acostumbran­do poco a poco a la idea, y les deseo que sean muy felices. Pero siem­pre pensaré que el suyo ha sido un proceder odioso. ¡Ha sido algo más que toda una red de hipocresías y de engaños... de intrigas y de falsedades! Presentarse aquí fingiendo espontaneidad, sinceridad... y haber urdido toda esa combinación en secreto para poder conocer­nos y juzgarnos a todos... Durante todo el invierno y toda la prima­vera hemos vivido completamente engañados, imaginando que éramos todos igualmente sinceros y francos mientras había entre nosotros dos personas que se comunicaban sin que nadie lo supiera, que compara­ban y juzgaban sobre sentimientos y palabras de las que nunca hubie­ran debido enterarse ambos... Ahora tienen que atenerse a las conse­cuencias si han oído hablar el uno del otro de un modo no del todo agradable...

-Eso no me preocupa lo más mínimo -dijo la señora Weston-. Estoy completamente segura de que nunca he dicho nada a uno de los dos respecto al otro que los dos no pudieran oír.

-Tienes suerte... yo fui la única que me enteré de tu error... cuan­do imaginaste que cierto amigo nuestro estaba enamorado de esta se­ñorita.

-Sí, cierto. Pero como siempre he tenido muy buena opinión de la señorita Fairfax, ningún error ha podido hacerme hablar mal de ella; y en cuanto a criticarle a él, de eso jamás he sentido la menor ten­tación.

En aquel momento apareció el señor Weston a cierta distancia de la ventana, evidentemente vigilando lo que ocurría. Su esposa le invitó a entrar con un ademán; y mientras él iba a dar la vuelta, la señora Weston añadió:

-Ahora, mi querida Emma, te suplico que digas a mi marido todo lo que creas que pueda servir para tranquilizarle y hacerle ver esta unión como algo ventajoso. Hagamos lo que podamos para convencer­le... y al fin y al cabo sin necesidad de mentir pueden hacerse casi todos los elogios de ella. No es que sea una boda como para quedar excesivamente satisfecho; pero si el señor Churchill no pone obstácu­los, ¿por qué vamos a ponerlos nosotros? Y en el fondo tal vez sea una suerte para él... Quiero decir que puede ser muy beneficioso para Frank haberse enamorado de una muchacha de tanta firmeza de carác­ter y de tanto criterio como yo siempre he creído que tenía Jane... y aún estoy dispuesta a creerlo, a pesar de que en esta ocasión se haya desviado tanto de las normas que rigen una conducta leal. Y a pesar de todo, en una situación como la suya no sería muy difícil jus­tificar un error como éste...

-Sí, es verdad -exclamó Emma vivamente-. Si puede disculpar­se a una mujer por pensar sólo en sí misma es en una situación como la de Jane Fairfax... En esos casos casi puede decirse que «no perte­nece al mundo, ni a las normas del mundo...»

Emma recibió al señor Weston con un aspecto sonriente, y exclamó:

-¡Vaya! Veo que me ha gastado una buena broma... Supongo que todo eso estaba destinado a excitar mi curiosidad y ejercitar mis do­tes de adivinación. Pero la verdad es que me asustó usted. Yo ya creía que por lo menos había perdido la mitad de su fortuna. Y ahora resulta que en vez de ser una cosa como para consolarles, es algo que merece que le den la enhorabuena... Señor Weston, le doy mi enho­rabuena de todo corazón porque va usted a tener por nuera a una de las jóvenes más encantadoras y de mejores prendas de toda In­glaterra.

Una mirada o dos que cambiaron marido y mujer acabaron de con­vencerle de que todo iba tan bien como parecían proclamar aquellas palabras; y el beneficioso efecto de esta convicción se dejó sentir in­mediatamente en su estado de ánimo. Su porte y su voz recobraron su habitual jovialidad. Lleno de gratitud, estrechó cordialmente la mano de la joven, y empezó a hablar de la cuestión en un tono que demostraba que ahora sólo necesitaba tiempo y persuasión para creer que aquel compromiso matrimonial después de todo no era una cosa demasiado mala. Ellas sólo le sugirieron lo que podía paliar la im­prudencia y suavizar las dificultades; y una vez hubieron hablado de ello todos juntos, y el señor Weston hubo vuelto a hablar con Emma en el camino de regreso a Hartfield, se acostumbró totalmente a la idea y llegó a no estar lejos de pensar que había sido lo mejor que Frank hubiese podido hacer.

 

 

CAPÍTULO XLVII

 

-HARRIET, pobre Harriet!

Éstas eran las palabras que compendiaban las tristes ideas de las que Emma no podía librarse, y que para ella constituían el peor de los males de aquel caso. Frank Churchill se había portado muy mal con ella... muy mal en muchos aspectos... pero lo que le hacía estar más encolerizada con él no era sólo su proceder para con ella. Lo que más le dolía era la confusión a que la había inducido res­pecto a Harriet... ¡Pobre Harriet! Por segunda vez iba a ser víctima de los errores y del afán de casamentera de su amiga. Las palabras del señor Knightley habían sido proféticas cuando le había dicho en cierta ocasión: «Emma, usted no es una buena amiga para Harriet Smith...» Ahora temía que sólo le hubiera causado males... Claro que esta vez no podía acusarse, como la anterior, de haber sido la única y exclusiva responsable de la desgracia; entonces había insinuado la posibilidad de unos sentimientos que, de otro modo, Harriet nunca se hubiera atrevido a concebir; mientras que ahora Harriet había recono­cido su admiración y su predilección por Frank Churchill antes de que ella hubiese insinuado nada acerca de la cuestión; pero se sentía total­mente culpable de haber alentado unos sentimientos que hubiese debi­do contribuir a disipar; hubiese podido evitar que Harriet se compla­ciera en esta idea y alimentara esperanzas. Su influencia hubiera bas­tado para ello. Y ahora se daba perfecta cuenta de que hubiese debido evitar aquella situación... Comprendía que había estado exponiendo la felicidad de su amiga sin tener motivos lo suficientemente sólidos. De haberse guiado por el sentido común, hubiese dicho a Harriet que no debía permitirse pensar en él, que había una sola posibilidad entre quinientas de que Frank llegase alguna vez a interesarse por ella.

«Pero me temo -añadía para sí- que sentido común no he teni­do mucho.»

Estaba muy enojada consigo misma; y de no estar enojada también con Frank Churchill, su estado de ánimo hubiese sido mucho peor. En cuanto a Jane Fairfax, por lo menos podía desentenderse de sentir in­quietud por ella. Harriet le preocupaba ya suficientemente; no necesi­taba, pues, seguir preocupándose por Jane, cuyos problemas y cuya falta de salud, como tenían, por supuesto, el mismo origen, debían te­ner igualmente la misma curación... Su vida de penurias y de desgra­cias había terminado... Pronto recuperaría la salud, sería feliz y dis­frutaría de una buena posición... Emma comprendía ahora por qué su solicitud por ella había sido desdeñada. Aquella revelación había aclarado otras muchas cuestiones de menor importancia. Sin duda la causa habían sido los celos. Para Jane ella había sido una rival; y ló­gicamente todo lo que quisiera ofrecerle como ayuda o atenciones tenía que rechazarlo. Dar un paseo en el coche de Hartfield hubiese sido una tortura, el arrurruz procedente de las alacenas de Hartfield hubie­se sido un veneno. Lo comprendía todo; y cuando lograba desprender­se de los sentimientos injustos que le inspiraba su orgullo herido, re­conocía que Jane Fairfax merecía sobradamente todo el encumbramien­to y la felicidad que sin duda iba ahora a tener. Pero ¡la pobre Ha­rriet era un reproche viviente para ella! No podía dedicar sus aten­ciones a nadie que lo necesitase más. A Emma le dolía infinito que esta segunda decepción fuese aún más grave que la primera. Teniendo en cuenta que esta vez sus aspiraciones eran mucho mayores, debía serlo; y a juzgar por los poderosos efectos que aparentemente aquel enamoramiento había producido sobre el espíritu de Harriet, impul­sándola al disimulo y al dominio de sí misma, así era... Sin embargo, debía comunicarle aquella penosa verdad lo antes posible. Al despe­dirse de ella el señor Weston la había conminado a guardar el secreto.

-Por ahora -le había dicho- todo este asunto debe seguir en secreto absoluto. El señor Churchill lo ha exigido así como muestra de respeto por la esposa que ha perdido hace tan pocos días; y todos estamos de acuerdo en que es a lo que nos obliga el decoro más elemental.

Emma lo había prometido; pero a pesar de todo Harriet debía ser una excepción; creía que éste era un deber superior.

A pesar de su mal humor, no pudo por menos de encontrar casi ridículo el que ahora tuviera que dar a Harriet la misma penosa y delicada noticia que la señora Weston acababa de darle a ella misma. El secreto que con tanto miedo se le había comunicado, ahora era ella quien con no menos intranquilidad debía comunicarlo a otra perso­na. Sintió acelerarse los latidos de su corazón al oír los pasos de Ha­rriet y su voz; pensó que lo mismo debía de haberle ocurrido a la pobre señora Weston cuando ella entraba en Randalls. ¡Ojalá la con­versación tuviera un desenlace igualmente feliz! Pero por desgracia de ello no había ninguna posibilidad.

-Bueno, Emma -penetrando apresuradamente en la estancia-, ¿no te parece la noticia más extraordinaria que jamás se ha oído?

-¿A qué noticia te refieres? -replicó Emma, incapaz de adivinar por su aspecto o su voz si Harriet se había enterado de algo.

-Lo de Jane Fairfax. ¿Has oído alguna vez una cosa tan rara? ¡Oh!, no tienes que tener ningún reparo en confesármelo porque el señor Weston ya me lo ha dicho todo. Acabo de encontrarle. Me ha dicho que era un secreto para todos; y por lo tanto yo no pensaba decírselo a nadie excepto a ti, pero me ha dicho que ya lo sabías.

-¿Qué te ha contado el señor Weston? -preguntó Emma, aún sin saber qué pensar.

-Pues... Me lo ha contado todo; que Jane Fairfax y el señor Frank Churchill van a casarse, y que han estado prometidos en secreto desde hace mucho tiempo. ¡Qué cosa tan rara!, ¿verdad?

Ciertamente era muy raro; la reacción de Harriet era tan extrema­damente rara que Emma no sabía cómo interpretarla. Parecía como si su carácter hubiese cambiado por completo; como si se propusiera no demostrar ninguna emoción, ninguna decepción, ningún interés es­pecial por aquel hecho. Emma la contemplaba muda de asombro.

-¿Tú suponías -preguntó Harriet- que estaban enamorados el uno del otro? Bueno, a lo mejor tú sí que lo supusiste... Como sabes leer tan bien -dijo ruborizándose- en los corazones de todo el mun­do...; pero nadie más.

-Te prometo -dijo Emma- que empiezo a dudar de que tenga semejante don. Pero, Harriet, ¿cómo puedes preguntarme en serio si yo suponía que estaba enamorado de otra mujer cuando (si no de un modo declarado, sí tácitamente) te estaba alentando a concebir espe­ranzas? Hasta hace una hora nunca he tenido ni la menor sospecha de que el señor Frank Churchill se sintiese atraído por Jane Fairfax. Puedes tener la seguridad de que si yo hubiese sospechado algo de este tipo te hubiera prevenido de acuerdo con mis sospechas.

-¿A mí? -exclamó Harriet ruborizándose llena de asombro­. ¿Por qué tenías que prevenirme? No supondrás que yo me interesaba por el señor Frank Churchill...

-No sabes lo que me alegra oírte hablar de este asunto con tanta serenidad -replicó Emma sonriendo-; pero no pretenderás negar­me que hubo una época... que por cierto, no está aún muy lejos... en que me diste motivos para suponer que te interesabas por él ...

-¿Por él? ¡Oh, nunca, nunca! Querida Emma, ¿cómo pudiste en­tenderme tan mal? -dijo Harriet, volviendo el rostro, muy dolida.

-¡Harriet! -exclamó Emma, después de un momento de pausa­. ¿Qué quieres decir? ¡Por lo que más quieras, dime qué has querido decir...! ¿Que te he entendido mal? Entonces, tengo que suponer...

No pudo seguir hablando... Había perdido la voz; y se sentó espe­rando con ansiedad a que Harriet contestara. Harriet, que estaba de pie, a cierta distancia, volviéndole la espalda, tardó unos minutos en hablar; y cuando por fin lo hizo, su voz estaba tan alterada como la de Emma.

-Nunca me hubiese parecido posible -empezó diciendo- que me entendieras tan mal ... Ya sé que acordamos que nunca le nombra­ríamos... pero teniendo en cuenta lo infinitamente superior que es a todos los demás, nunca hubiese creído posible que creyeras que me refería a otra persona. ¡El señor Frank Churchill! Nadie puede fijarse en él estando presente el otro. Creo que no tengo tan mal gusto como para pensar en el señor Frank Churchill, que no es nadie al lado de él. ¡Y que tú hayas tenido esta confusión...! ¡No lo entiendo! Estoy segura de que si no hubiera creído que tú aprobabas mis sentimientos y que los alentabas, al principio hubiese considerado casi como una presunción excesiva por mi parte el atreverme a pensar en él; al prin­cipio, si no me hubieras dicho que cosas más difíciles habían ocurri­do; que se habían celebrado matrimonios más desiguales (éstas fueron las palabras que empleaste)...; de haberme dicho todo esto, yo no me hubiera atrevido a tener esperanzas... No lo hubiese considerado posible... Pero si tú, que tienes tanta amistad con él...

-Harriet... -exclamó Emma, dominándose resueltamente-. Es mejor que ahora nos entendamos las dos, sin que haya posibilidad de que volvamos a equivocarnos otra vez... Estás hablando de... del señor Knightley, ¿no?

-Desde luego. No podía haber pensado en nadie más... y creía que tú debías de saberlo. Cuando hablamos de él no podía quedar más claro.

-No tan claro -replicó Emma, con forzada calma-, porque todo lo que entonces dijiste me pareció que se refería a una persona distin­ta. Casi hubiera podido asegurar que habías citado al señor Frank Churchill. Recuerdo perfectamente que se habló del favor que te ha­bía hecho el señor Frank Churchill al defenderte de los gitanos.

-¡Oh, Emma! ¡Cómo olvidas las cosas!

-Mi querida Harriet, recuerdo muy bien lo que en substancia te dije en aquella ocasión. Te dije que no me extrañaba que te hubieses enamorado; que teniendo en cuenta el favor que te había hecho era la cosa más natural del mundo... Y tú estuviste de acuerdo, y dijiste con mucho apasionamiento que estabas muy agradecida, e incluso men­cionaste las sensaciones que tuviste al verle venir en tu ayuda... Fue una impresión que me quedó grabada en la memoria.

-¡Querida! -exclamó Harriet-. ¡Ahora me acuerdo de lo que quieres decir! Pero es que yo entonces estaba pensando en algo muy diferente. No me refería a los gitanos... ni al señor Frank Churchill. ¡No! -adoptando un tono más solemne-. Pensaba en otra circuns­tancia más importante... Pensaba en el señor Knightley acercándose e invitándome a bailar, después de que el señor Elton se negó a bailar conmigo, cuando no había ninguna otra pareja en el salón. Éste fue el gran servicio que me prestó; ésta fue su noble comprensión, su gene­rosidad; eso fue lo que hizo que empezara a darme cuenta de que es­taba muy por encima de todos los demás seres de la tierra.

-¡Santo Cielo! -exclamó Emma-. ¡Qué error más desgraciado...! ¡Oh, qué lamentable! Y ahora, ¿qué puede hacerse?

-¿No me hubieras alentado si entonces hubieses sabido a lo que me refería? Por lo menos ahora mi situación no es peor que lo que lo hubiera sido de haberse tratado de la otra persona; y ahora... es posible...

Hizo una breve pausa. Emma no se veía con ánimos para hablar.

-Emma, no me extraña -siguió diciendo- que veas una gran diferencia entre los dos... tanto en mi caso como en el de cualquier otra. Debes pensar que está infinitamente mucho más por encima de mí que el otro. Pero yo espero, Emma, que suponiendo... que si... por extraño que pueda parecer... Ya sabes que fueron tus propias pa­labras: Cosas más difíciles han ocurrido, matrimonios más desiguales se han celebrado, que el que hubiera podido celebrarse entre Frank Churchill y yo; y, por lo tanto, me parece que si, incluso una cosa así puede haber ocurrido antes de ahora... y si yo fuese tan afortu­nada, tanto, que... si el señor Knightley llegara... si a él no le im­portara la desigualdad, confío, querida Emma, que tú no te opondrías... que no nos crearías dificultades. Pero estoy segura de que eres demasiado buena para hacer una cosa así.

Harriet estaba de pie, junto a una de las ventanas. Emma se volvió para lanzarle una mirada llena de consternación y dijo rápidamente:

-¿Tienes algún indicio de que el señor Knightley corresponde a tus sentimientos?

-Sí -replicó Harriet, con humildad, pero sin temor-. Puedo decir que sí lo tengo.

Inmediatamente Emma desvió la mirada. Y durante unos minutos permaneció en silencio, meditando, con los ojos fijos. Unos pocos mi­nutos bastaron para revelarle lo que había en su propio corazón. Una inteligencia como la suya una vez concebía una sospecha hacía rápidos progresos hacia su objeto. Emma suponía... admitía... reconocía toda la verdad. ¿Por qué era mucho peor que Harriet estuviera enamorada del señor Knightley en vez de estarlo de Frank Churchill? ¿Por qué aquella contrariedad adquiría proporciones tan enormes con el hecho de que Harriet tuviera esperanzas justificadas de ser correspondida? Una convicción se abrió paso con la celeridad de una flecha en el ánimo de Emma: ¡el señor Knightley sólo podía casarse con ella!

En aquel corto espacio de tiempo comprendió cuál había sido su conducta y vio claro en su propio corazón. Lo vio todo con una luci­dez como hasta entonces nunca había tenido. ¡Qué mal se había es­tado portando con Harriet! ¡Con qué falta de atención y de delica­deza! ¡Qué insensato y qué cruel había sido su proceder! ¿Cómo ha­bía podido dejarse llevar por aquella ceguera, aquella locura? Se daba perfectamente cuenta de lo que había hecho y estaba tentada de apli­carse a sí misma los términos más duros. Sin embargo, un resto de respeto por sí misma, a pesar de todas sus culpas... la preocupación por salvar las apariencias, y un intenso deseo de ser justa para con Harriet... (no necesitaba compasión la muchacha que se creía amada por el señor Knightley... pero era justo que ahora ella no pudiera sentirse dolida al verse tratada con frialdad)... impulsaron a Emma a esperar y a soportarlo todo con calma e incluso con aparente afabi­lidad... Por su propio bien era preciso que se enterara de todo lo posible concerniente a las esperanzas de Harriet; y Harriet no había hecho nada para que le negara el cariño y el interés que ella le había otorgado tan voluntariamente... ni merecía ser ahora menospreciada por la persona cuyos consejos siempre habían sido desacertados... Así pues, abandonando sus reflexiones y dominando su emoción, se volvió de nuevo hacia Harriet y en un tono más acogedor reanudó la con­versación; porque el tema que la había iniciado, la sorprendente his­toria de Jane Fairfax, había ya perdido todo interés; ambas pensaban tan sólo en el señor Knightley y en ellas mismas.

Harriet, que había estado absorta en sus gratos ensueños, no dejó de sentirse halagada cuando la despertaron de ellos, al ver la alenta­dora invitación a hablar que le hacía una persona de tanto criterio, une amiga como la señorita Woodhouse, y no necesitó más que una insinuación para referir toda la historia de sus esperanzas con gran deleite, pero temblorosa de emoción... Mientras hacía preguntas y re­cibía las respuestas, Emma lograba ocultar mejor que Harriet su emo­ción, que no era menor que la suya. Su voz no temblaba; pero su espíritu no podía hallarse más turbado por aquel descubrimiento que acababa de hacer, por la aparición de aquel peligro tan amenazador, por la confusión que producían todas aquellas impresiones tan súbi­tas... Escuchó el relato de Harriet con un gran sufrimiento interior, pero aparentando una gran serenidad; no podía esperar de su amiga que se expresase de un modo metódico, ordenado ni tampoco demasia­do claro; pero, una vez distinguidos los equívocos y las repeticiones de la narración, ésta contenía aún sustancia suficiente como para de­jarla muy abatida... sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias que su propia memoria evocaba ahora, y que corroboraban el hecho de que el señor Knightley había ido teniendo cada vez una opinión más favorable de Harriet.

Desde aquellos dos bailes decisivos Harriet se había ido dando cuen­ta de que la actitud del señor Knightley respecto a ella era distinta... Emma sabía que en aquella ocasión él la había encontrado muy supe­rior a todo lo que esperaba. Desde aquel día, o por lo menos desde el momento en que la señorita Woodhouse la alentó a pensar en él, Harriet había empezado a advertir que su amigo hablaba con ella mu­cho más de lo que antes tenía por costumbre y de que la trataba de una manera totalmente diferente; en su trato había una amabilidad, un afecto... Cada vez iba siendo más consciente de ello. Cuando ha­bían estado paseando todos juntos, ¡él se le había acercado tan a me­nudo para andar a su lado y le había hablado de un modo tan cariño­so! Parecía como si quisiera tener más amistad con ella. Emma sabía que esta impresión respondía a una realidad. Muchas veces ella mis­ma había observado el cambio casi tanto como su amiga... Harriet re­petía frases de aprobación y de elogio que él le había dedicado... y Emma se daba cuenta de que concordaban perfectamente con lo que ella sabía de sus opiniones acerca de Harriet. La elogiaba por care­cer de artificio y de afectación, por ser sencilla, sincera, generosa... Sabía que él veía todas estas cualidades en Harriet; le había hablado de ellas en más de una ocasión... Muchas de las cosas que ella guar­daba en su memoria, muchos pequeños detalles que revelaban la aten­ción que él le prestaba, una mirada, una frase, el hecho de pasar de una silla a otra, un cumplido disimulado, una preferencia sobreentendida, habían pasado inadvertidos para Emma porque no había sospe­chado nada semejante. Circunstancias que hubieran bastado para lle­nar un relato de media hora, y que contenían múltiples indicios para quien las había presenciado, habían pasado por alto a Emma, que aho­ra escuchando a Harriet se enteraba por vez primera; pero los dos últimos indicios que mencionó, los que constituían las mejores espe­ranzas para la muchacha, habían tenido como testigo a la propia Emma... El primero era el coloquio que habían sostenido los dos solos en el paseo de los limeros de Donwell, donde habían estado paseando durante un rato antes de la llegada de Emma, y donde él había teni­do mucho interés (según ella estaba convencida) por hacer que ambos se separaran de los demás... Y al principio él le había hablado de un modo muy particular, como no lo había hecho nunca antes de enton­ces, sí, de un modo muy particular... (Harriet al recordarlo no pudo evitar sonrojarse.) Él parecía estar casi preguntándole si había entre­gado su corazón a alguien... Pero apenas apareció (la señorita Wood­house) y dio la impresión de que iba a reunirse con ellos, cambió de tema y empezó a hablar de sus cultivos... El segundo indicio era la conversación que sostuvo con ella durante casi media hora antes de que Emma regresase de su visita, la última mañana en que el señor Knigh­tley estuvo en Hartfield... a pesar de que cuando llegó dijo que no podía quedarse más de cinco minutos... y el haberle dicho durante la conversación que aunque debía ir a Londres, era muy contra su voluntad que dejaba su casa, lo cual era mucho más (como advirtió Emma) de lo que su amigo había reconocido ante ella. El que, como este hecho indicaba, tuviera más confianza con Harriet, dejó a Emma muy dolida.

Acerca del primero de estos dos indicios, después de reflexionar un poco Emma se atrevió a formular la siguiente pregunta:

-¿Y si hubiese querido decir otra cosa? ¿No es posible que al preguntarte, según creíste entender, si ya habías entregado tu corazón, estuviese aludiendo al señor Martin? ¿No podía estar pensando en los intereses del señor Martin?

Pero Harriet rechazó enérgicamente la suposición:

-¿El señor Martin? No, no, desde luego que no. No aludió para nada al señor Martin. Creo que ahora tengo demasiada experiencia para pensar en el señor Martin o para que se sospeche que pienso en él.

Una vez Harriet hubo terminado su relato, apeló a la señorita Wood­house para que le dijera si tenía motivos o no para alimentar espe­ranzas.

-Yo nunca me hubiese atrevido a pensar en él -le dijo Harriet- ­si no hubiese sido por ti. Me dijiste que le observara bien, y que mis sentimientos se dejaran guiar por su proceder... y eso es lo que he hecho. Pero ahora empiezo a pensar que tengo motivos justificados para sentir lo que siento; y que si él me elige no me parecerá una cosa tan extraordinaria.

La amargura, la terrible amargura que Emma sintió en su interior al oír estas palabras, le obligó a hacer un gran esfuerzo para dominarse y poder contestar:

-Harriet, yo lo único que puedo decirte es que el señor Knightley es una persona absolutamente incapaz de dar a entender deliberada­mente a una mujer que siente por ella más atracción de la que en rea­lidad siente.

Harriet pareció casi dispuesta a adorar a su amiga por una frase tan grata; y Emma sólo logró evitar sus manifestaciones de entusiasmo y de cariño, que en aquel momento le hubieran sido particularmente pe­nosas, gracias a que se oyeron los pasos de su padre que se dirigía ha­cia el salón; Harriet estaba demasiado alterada para poder presentarse ante él.

-No podría dominarme... El señor Woodhouse se alarmaría... Es mejor que me vaya...

Y así, con la inmediata aprobación de su amiga, salió por otra puer­ta... Y apenas hubo salido los sentimientos de Emma se exterioriza­ron en una espontánea exclamación:

-¡Dios mío! ¡Ojalá nunca la hubiese conocido!

El resto del día y la noche siguiente apenas bastaron a sus pensa­mientos... Se hallaba turbada por la confusión de todo lo que había irrumpido en su vida en aquellas últimas horas... Cada momento ha­bía aportado una nueva sorpresa; y cada sorpresa era un motivo más de humillación para ella... ¿Cómo podía comprenderlo todo? ¿Cómo podía comprender que hubiera estado engañándose a sí misma de aquel modo hasta entonces, viviendo en aquel engaño? ¡Aquellos errores, aquella ceguera de su mente y de su corazón! Se quedó sentada, se paseó, anduvo de una a otra habitación, probó a pasear por el plan­tío... En todos los lugares, en todas las posiciones no podía dejar de pensar que había obrado de un modo insensato; que se había dejado engañar por los demás de un modo mortificante; que se había estado engañando a sí misma de un modo más mortificante aún; que se sen­tía desgraciada y que probablemente aquel día no era más que el principio de sus desgracias.

Por el momento lo primero que debía hacer era ver claro, ver to­talmente claro en su propio corazón. Hacia este objetivo tendieron todos los momentos de ocio que le permitían tener sus obligaciones para con su padre, y todos los momentos de involuntario ensimisma­miento.

¿Cuánto tiempo hacía que sentía aquel afecto por el señor Knigh­tley que ahora sus sentimientos le revelaban con toda evidencia? ¿Cuándo había empezado a ejercer su influencia, aquella clase de in­fluencia, sobre ella? ¿Cuándo había conseguido ocupar en su afecto el lugar que Frank Churchill por un breve espacio de tiempo había ocupado también? Intentó recordar; comparó a los dos... les compa­ró según la estimación que había sentido por cada uno de ellos desde la época en que conoció a Frank... y como tarde o temprano hubiera tenido que compararlos... ¡Oh! ¡Qué feliz ocurrencia hubiese tenido si se le hubiera ocurrido antes hacer aquella comparación! Se daba cuenta de que en todo momento había considerado al señor Knightley como infinitamente superior al otro, que en todo momento había sen­tido por él un afecto mucho mayor. Se daba cuenta de que al conven­cerse a sí misma de lo contrario, al imaginarse que así debía ser y obrar en consecuencia, se había engañado, ignorando totalmente lo que había en su propio corazón... y en resumen... ¡que en realidad nunca había sentido la menor atracción por Frank Churchill!

Ésta fue la conclusión de sus primeras reflexiones. Ésta fue la pri­mera convicción sobre sí misma a la que llegó respondiendo a las pri­meras preguntas que se había formulado; y sin que necesitara mucho tiempo para ello... Se sentía a un tiempo enojada y apenada... Y se avergonzaba de todos sus sentimientos, menos del que acababa de des­cubrir... su afecto por el señor Knightley... Todo lo demás que en­contraba en su interior le repugnaba.

Con una imperdonable vanidad, se había creído poseedora del se­creto de los sentimientos de todo el mundo; con una inexcusable arro­gancia, se había propuesto arreglar las vidas de todo el mundo. Y se había demostrado que se había equivocado en todo; y ni siquiera no había hecho nada... porque había provocado desgracias... Había traí­do la desgracia a Harriet, a ella y mucho se temía que también al señor Knightley.... Si aquella unión, la más desigual de todas las que podían imaginarse, llegaba a ser una realidad, ella sería la responsa­ble de haberla alentado en sus inicios; porque sólo podía pensar que aquel mutuo afecto no había nacido de otra cosa que de la actitud de Harriet; y aunque no hubiera sido así, él nunca hubiera llegado a co­nocer a Harriet de no ser por las fantásticas imaginaciones de Emma.

¡El señor Knightley y Harriet Smith! Una unión como para hacer ol­vidar el asombro que pudiera producir cualquier otro enlace... Al lado de éste, el enamoramiento entre Frank Churchill y Jane Fairfax era una cosa corriente, vulgar, que no despertaba ninguna sorpresa ni ofrecía ninguna disparidad, que no se prestaba a decir ni a comentar nada... ¡El señor Knightley y Harriet Smith! ¡Cómo iba a encumbrar­se ella y cómo iba a rebajarse él! A Emma le horrorizaba pensar en cómo iba a desmerecer su amigo en la opinión general, le horrorizaba prever las sonrisas, las burlas, las mofas que se harían a sus expen­sas; la humillación y el desdén de su hermano, las mil dificultades que aquello representaría para él mismo... ¿Era posible? No; no lo era. Y sin embargo estaba lejos, muy lejos de ser algo imposible... ¿Sería la primera vez que un hombre de grandes prendas se sintiese atraído por una mujer muy inferior a él? ¿Sería la primera vez que alguien, quizá demasiado ocupado en sus negocios para buscar por sí mismo, se dejase seducir por una muchacha interesada en agradar­le? ¿Sería la primera vez que ocurría en el mundo algo desproporcio­nado, inconsistente, incongruente... y que un azar o unas circunstan­cias, como causas segundas, dirigiesen el destino humano?

¡Oh! ¡Ojalá no se le hubiera ocurrido nunca la idea de querer me­jorar la posición de Harriet! ¡Ojalá la hubiera dejado en el puesto que debía ocupar y que él siempre le había dicho que era el suyo! ¡Ojalá nunca hubiese impedido, cometiendo una insensatez que no tenía palabras bastantes para expresar, que se hubiese casado con un joven irreprochable que la hubiese hecho feliz y respetada dentro del género de vida al que debía pertenecer, y no hubiese ocurrido nada de todo aquello! No se hubieran producido ninguna de aquellas te­rribles consecuencias.

¿Cómo había sido posible que Harriet se hubiera atrevido a pensar en el señor Knightley? ¿Cómo podía atreverse a imaginar que era la elegida de un hombre como aquél antes de que él se lo asegurara for­malmente? Pero Harriet era menos humilde, tenía menos escrúpulos que antes... Parecía sentirse menos inferior, tanto intelectualmente como de posición social... Había parecido admirarse más de que el señor Elton accediera a casarse con ella, de que fuese el señor Knigh­tley quien lo hiciese... ¡Pero, ay! ¿No era ésta también su propia obra? ¿Quién si no ella se había preocupado tanto por conseguir que Ha­rriet se valorase a sí misma? ¿Quién sino ella le había inculcado que iba a encumbrarse socialmente, dentro de lo que fuera posible, y que tenía grandes condiciones para aspirar a una situación mucho más elevada? Si Harriet había dejado de ser humilde para ser vanidosa, ésta era también obra suya.

 

 

CAPÍTULO XLVIII

 

HASTA entonces, en que se veía amenazada de perderlo, Emma nun­ca se había detenido a pensar en lo mucho que dependía su fe­licidad del hecho de ser la primera para el señor Knightley, la prime­ra en su interés y en su afecto... Convencida de que era así, y creyendo que era como un derecho suyo, había disfrutado de ello sin pa­rarse a reflexionar; y sólo ante el temor de verse suplantada advirtió lo indeciblemente importante que había sido para ella... Hacía tiempo, mucho tiempo que sabía que era la primera; ya que, al no tener mu­jeres en su familia, sólo Isabella podía aspirar a compararse con ella, y Emma siempre había sabido exactamente hasta qué punto quería y apreciaba a Isabella. Durante muchos años Emma siempre había sido su amiga favorita. Ella no lo había merecido; a menudo se había mos­trado indiferente, e incluso con mala intención, había desdeñado sus consejos y en ocasiones incluso se había opuesto voluntariamente a él, sin reconocer ni la mitad de sus méritos, disputando con él porque se negaba a admitir la falsa e insolente idea que tenía de sí misma... pero, a pesar de todo, por la relación familiar y por la costumbre, y gradas a su espíritu superior, él la había querido, y había velado por ella desde niña con el propósito de que fuera mejor y con un afán de que obrara rectamente que nadie más había compartido con él. A pe­sar de todos sus defectos, Emma sabía que la quería; acaso podía de­cir que la quería mucho... Sin embargo, cuando pensaba en las posi­bilidades del futuro no se veía con ánimos de verlas muy halagüeñas. Harriet Smith podía considerarse a sí misma digna de ser amada de un modo especial, exclusivamente, apasionadamente por el señor Knigh­tley. Ella no. No podía engañarse a sí misma pensando que él estaba ciego al sentirse interesado por Harriet. Tenía una prueba muy recien­te de su imparcialidad... ¡Cómo se había disgustado al ver su proce­der con la señorita Bates! ¡De qué modo tan claro y tan enérgico se había expresado sobre aquel caso! No demasiado enérgico si se tenía en cuenta la ofensa... pero sí, con mucho, demasiado enérgico, como para suponer que detrás de aquella actitud había un sentimiento me­nos rígido que el de una justicia inexorable y una buena voluntad cla­rividente... No tenía esperanzas, nada que mereciera el nombre de esperanzas de que pudiera sentir por ella aquella clase de afecto en la que ahora pensaba; pero había una esperanza (a veces débil, otras mayor) de que Harriet se hubiese engañado a sí misma y diera al afec­to que el señor Knightley sentía por ella más importancia de la que en realidad tenía... debía desear por el bien de su amigo... que ella fuera la única en pagar las consecuencias, pero que siguiera soltero hasta el fin de su vida. Si Emma hubiera estado segura de esto, de que él nun­ca se iba a casar, estaba convencida de que quedaría totalmente satísfecha... Sólo que siguiera siendo el mismo señor Knightley para ella y para su padre, el mismo señor Knightley para todo el mundo; que Donwell y Hartfield no perdieran nada de su inapreciable trato amis­toso y cordial, y la paz de Emma quedaría asegurada para siempre... en realidad el matrimonio no estaba hecho para ella. Sería incompati­ble con sus deberes para con su padre y con lo que sentía por él. Nada podría separarla de su padre. No se casaría, ni siquiera si se lo pidiese el señor Knightley.

Su más ardiente deseo debía ser que Harriet tuviera una decepción; y confiaba que cuando pudiera volver a verles juntos por lo menos po­dría conjeturar qué posibilidades habían para ello. A partir de enton­ces les observaría con la máxima atención; y por desgracia como hasta entonces ni siquiera había sabido comprender a las personas que había estado vigilando, no sabía cómo llegar a admitir que también en aque­lla ocasión podía equivocarse... Esperaba volver a ver al señor Knigh­tley un día u otro. No tardaría en poder ejercitar sus dotes de obser­vación... incluso le parecía demasiado pronto cuando pensaba en el rumbo que podían tomar las cosas. Entre tanto decidió no volver a ver a Harriet... No beneficiaría a ninguna de las dos ni se sacaría ninguna ventaja de hablar más de aquel asunto... Estaba decidida a no dejarse convencer mientras pudiera dudar, y sin embargo no tenía motivos para oponer a las esperanzas de Harriet. Hablando sólo con­seguiría enojarse... Por lo tanto le escribió de un modo amable pero resuelto rogándole que por el momento no fuera por Hartfield; reco­nociendo de que estaba convencida que era mejor evitar toda nueva discusión confidencial acerca de cierto tema; y diciendo que confiaba que si dejaban pasar unos cuantos días sin verse excepto en compa­ñía de otras personas... sólo se oponía a un tête-à-tête... podrían obrar como si hubiesen olvidado la conversación del día anterior... Harriet se sometió, aprobó la idea y manifestó su gratitud.

Apenas acababa de resolver esta cuestión, cuando tuvo una visita que vino a distraerla un poco de aquel único tema en el que había estado pensando tanto dormida como despierta, durante las últimas veinticuatro horas. La señora Weston que había visitado a su futura nuera, al regresar a su casa había decidido pasar por Hartfield con­siderando como un deber para con Emma y un placer para ella mis­ma el referirle todos los detalles de una entrevista tan interesante.

El señor Weston la había acompañado a casa de la señora Bates, y allí había desempeñado el papel que le correspondía con toda digni­dad; pero luego su esposa había convencido a la señorita Fairfax para que salieran juntas a dar un paseo, y ahora volvía con muchas más cosas que contar, y muchas más cosas que contar con satisfacción, de las que un cuarto de hora pasado en el salón de la señora Bates, en la embarazosa situación que allí se hubiera creado, hubiesen podido sugerirle.

Emma sentía un poco de curiosidad; y prestó mucha atención a todo lo que le iba contando su amiga. La señora Weston había efectuado aquella visita en un estado de ánimo muy incierto; y al principio había pensado que por el momento era mejor no visitarlas, y conformar­se con escribir a la señorita Fairfax aplazando esta ceremoniosa visita hasta que hubiera pasado algún tiempo más, y el señor Churchill acce­diera a que se hiciese público el compromiso; ya que había que tener en cuenta que en su opinión una visita como aquélla no podía hacerse sin que se diera pábulo a comentarios... Pero el señor Weston pensa­ba de un modo muy distinto; estaba extraordinariamente ansioso por demostrar a la señorita Fairfax y a su familia que aprobaba la elección de su hijo, y no concebía que aquello pudiese despertar ninguna sos­pecha; y en caso de ser así, no tendría ninguna importancia; porque «esas cosas», según dijo, «siempre acaban por saberse». Emma sonrió y pensó que el señor Weston tenía muy buenas razones para opinar de este modo. En resumen, que habían ido... encontrándose con que el desconcierto y la turbación de la joven no podía ser mayor. Apenas había podido decir ni una palabra, y todo su aspecto y sus actitudes demostraban que se hallaba profundamente afectada. La serena y cor­dial satisfacción de la anciana y la entusiástica alegría de su hija, que resultó ser tan intensa que ni siquiera le dejaba hablar tanto como de costumbre, constituyeron en medio de todo un grato espectáculo, casi conmovedor; tan respetable parecía su felicidad, tan desinteresada en sus manifestaciones; pensaban tanto en Jane, tanto en todo el mundo, y tan poco en ellas mismas, que suscitaban los sentimientos más entrañables. La reciente enfermedad de la señorita Fairfax ofre­ció a la señora Weston una excelente excusa para invitarla a dar un paseo; al principio se había mostrado retraída y había rechazado el ofrecimiento, pero al ver que se insistía, terminó aceptando; y durante aquel paseo en coche la señora Weston, alentándola con palabras lle­nas de afecto, consiguió vencer su reserva, y hacer que conversaran sobre el tema que a ambas les interesaba más. Jane empezó por ex­cusarse por el silencio poco amable con que había recibido a los dos esposos, y manifestó la enorme gratitud que siempre había sentido por ella y por el señor Weston; pero una vez terminadas estas efu­siones, hablaron durante un buen rato del estado presente y futuro de aquel compromiso matrimonial. La señora Weston estaba conven­cida de que aquella conversación debía constituir un gran alivio para su compañera, que durante tanto tiempo había estado tan encerrada en sí misma, y quedó muy complacida con todo lo que ella le dijo acerca del caso.

-Sobre todo lo que había sufrido, ocultándolo durante tantos me­ses -continuó la señora Weston-, me ha hablado con mucha ener­gía. Una de las cosas que me ha dicho ha sido: «No voy a decir que desde que me prometí con él no haya tenido momentos felices; pero sí que desde entonces no he disfrutado de una sola hora de tranqui­lidad...» Y al decir esto le temblaban los labios, Emma, y te aseguro que ha sido algo que me ha llegado muy hondo.

-¡Pobre muchacha! -dijo Emma-. Entonces, ella cree que hizo mal al aceptar el prometerse en secreto, ¿no?

-¿Que hizo mal? Creo que nadie le haría más reproches de los que está dispuesta a hacerse a sí misma. «Las consecuencias», me decía, «para mí han sido un estado de continua zozobra; y así tenía que ser; pero a pesar de todo el castigo que un mal proceder puede acarrearnos, el proceder no por eso deja de ser menos malo. Sufrir no es expiar. No puedo disculparme. He estado obrando contraria­mente a lo que yo creía que era justo; y el final feliz que ahora ha tenido todo y las atenciones que estoy recibiendo es lo que mi con­ciencia me dice que no merezco». «No se imagine usted», me ha dicho también, «que he recibido malas enseñanzas. No crea que pue­den tener la culpa los principios que me dieron ni los amigos que se cuidaron de educarme. El error ha sido sólo mío; y le aseguro que, a pesar de todas las disculpas que las presentes circunstancias aparentemente puedan darme, espero con mucho temor el momento en que tenga que contar esta historia al coronel Campbell».

-¡Pobre muchacha! -repitió Emma-. Estoy segura de que le quiere apasionadamente. Sólo el amor ha podido empujarla a aceptar una situación como ésta. Sus sentimientos pudieron más que su razón.

-Sí, no tengo la menor duda de que está muy enamorada de él.

-Me temo -replicó Emma suspirando- que yo muchas veces debo haber contribuido a que se sintiera desgraciada.

-¡Oh, querida! Por tu parte tú no podías ser más inocente. Pero probablemente ella estaba pensando en algo de eso cuando ha alu­dido a las desavenencias de que Frank ya nos había dicho algo. Me decía que una consecuencia natural de esta situación insostenible en la que ella misma se había puesto, era que se había vuelto poco comprensiva. Al ser consciente de que obraba mal, estaba expuesta a mil inquietudes y se había vuelto suspicaz e irritable, hasta un extremo que forzosamente tenía, como así fue, que resultar difícil de soportar para él. «Yo no era comprensiva, como debía haberlo sido», me ha dicho, «con su manera de ser, con su carácter alegre, expansivo, con su propensión a tomarlo todo un poco como un juego, que en cualquier otra circunstancia estoy segura de que me hubieran hechizado constantemente como me hechizaron en un prin­cipio». Luego me ha empezado a hablar de ti, de lo amable que ha­bías estado con ella durante su enfermedad; y ruborizándose de un modo que me ha demostrado hasta qué punto estaba relacionada una cosa con la otra, me ha suplicado que cuando tuviera ocasión te diera las gracias... Yo nunca podré agradecerte bastante todos tus deseos y todos tus intentos de ayudarla. Ella se da cuenta de que nunca te ha correspondido como merecían tus buenas intenciones.

-Si yo ahora no supiese que ella es feliz -dijo Emma muy se­ria-, y tiene que serlo, a pesar de los escrúpulos de conciencia que pueda tener en estos momentos, no podría aceptar que me diese las gracias... Porque si fuéramos a hacer recuento de todo el bien y todo el mal que yo he hecho a Jane Fairfax... Bueno -dominán­dose, e intentando mostrarse más alegre-, hay que olvidar todo eso. Has sido muy amable al darme todos esos pormenores tan intere­santes. Demuestran lo mucho que vale esta muchacha. Estoy segura de que es muy buena... y espero que será muy feliz. Es mejor que ya que la fortuna está toda de parte de él, las cualidades estén todas de parte de ella.

La señora Weston no podía dejar de dar una réplica a esta con­clusión. Ella seguía pensando bien de Frank en casi todos los aspec­tos; y, más aún, le quería mucho, y su defensa fue por lo tanto muy apasionada; impulsada por su gran afecto, expuso una serie de ar­gumentos muy razonables... pero todo aquello no bastaba para rete­ner la atención de Emma; ésta no tardó en estar pensando en Brunswick Square o en Donwell y se olvidó de escuchar. Y cuando la señora Weston terminó diciendo «Todavía no hemos recibido la carta que estamos esperando con tanto interés, pero no creo que pueda tardar mucho...», se vio obligada a hacer una pausa antes de contestar, y por fin a contestar al buen tuntún, antes de que pu­diese recordar qué carta era aquella que tenían tanto interés por re­cibir.

-¿Te encuentras bien, Emma? -fue la última pregunta de la se­ñora Weston al despedirse.

-¡Oh! Perfectamente... Yo siempre me encuentro bien, ya lo sabes. No te olvides de decirme algo de la carta tan pronto como la recibáis.

Las confidencias de la señora Weston proporcionaron a Emma más materia para reflexiones desagradables al aumentar su estima y su compasión, por la señorita Fairfax, y al avivar el recuerdo de lo injusta que había sido con ella tiempo atrás. Lamentaba amarga­mente no haber intentado tener con ella una amistad más íntima, y enrojecía de vergüenza al tensar que en buena parte la causa de su actitud no había sido otra que la envidia. Si hubiese hecho caso de los deseos del señor Knightley prestando estas atenciones a la seño­rita Fairfax, como era en todos los aspectos su deber; si hubiese intentado conocerla mejor; si hubiese hecho todo lo posible por su parte porque se estableciera un trato más íntimo; si hubiese tratado de hacer de ella su amiga en vez de elegir a Harriet Smith... De haber obrado así, según todas las probabilidades ahora se hubiese ahorrado aquellas zozobras que entonces estaban acosándola... Por su cuna, por sus aficiones, por su educación, parecía destinada a ser amiga suya, a que ella la acogiese con agrado; y por parte de Jane... ¿Cómo era aquella muchacha? Suponiendo incluso que nunca hubie­ran llegado a ser amigas íntimas; que la señorita Fairfax no hubiese tenido la suficiente confianza con ella como para revelarle el secreto... lo cual era lo más probable... a pesar de todo, conociéndola como hubiese podido y debido conocerla, se hubiese evitado concebir aquellas odiosas sospechas acerca de un indigno enamoramiento con el señor Dixon, sospechas que no sólo había concebido y alimentado en su mente, sino que también había confiado de un modo imper­donable a otras personas; una idea que ella mucho temía que hubiera sido uno de los mayores motivos de aflicción para los delicados sen­timientos de Jane, debido a la ligereza y al atolondramiento de Frank Churchill. De todo lo que podía hacer daño a la joven desde su llegada a Highbury, estaba convencida de que ella había sido la fuente principal de sus inquietudes. Tenía que ver en ella a un ene­migo perpetuo. Los tres nunca habían estado juntos sin que Emma no hubiese perturbado la paz de Jane Fairfax en mil detalles; y en Box Hill tal vez había conocido unos sufrimientos espirituales que le habían hecho pensar que ya no podía resistir más.

Aquel día en Hartfield el atardecer fue muy largo y muy triste. Y el tiempo pareció contribuir a hacer más sombrías aquellas horas. Se desató una borrasca de lluvia fría, y julio sólo era patente en los árboles y arbustos, que el viento iba desnudando, y en la dura­ción de la luz, que prolongaba aún por más tiempo aquel melancó­lico espectáculo.

El mal tiempo afectaba al señor Woodhouse; y el único modo de que se sintiera pasablemente a gusto fue recibir constantes atenciones por parte de su hija, que a Emma le costaron doble esfuerzo del que hasta entonces había necesitado en aquellos casos. Aquella tarde le recordaba la primera vez en que padre e hija quedaron solos, la tarde del día en que se casó la señora Weston; pero poco después del té, el señor Knightley había ido a visitarles disipando así hasta la última sombra de tristeza. Pero, ¡ay!, aquellas gratas demostracio­nes de la atracción que ejercía Hartfield, como lo probaba aquel tipo de visitas, no tardarían mucho en tener un fin. Las perspectivas de tedio que entonces Emma había previsto para el invierno siguiente habían resultado erróneas; ningún amigo les había abandonado, no habían perdido ninguna distracción... Pero ahora temía que no iba a ser tan afortunada como entonces en el resultado de sus sombrías predicciones... El porvenir que se abría ante ella era tan amenazador que no podía ser totalmente conjurado... que ni siquiera en parte parecía poder llegar a ser más halagüeño. Si todo lo que podía ocu­rrir en el círculo de sus amistades ocurría, Hartfield debía quedar relativamente abandonado; y ella tendría que alentar a su padre con los ánimos que le quedaran de su desaparecida felicidad.

El niño que iba a nacer en Randalls crearía un vínculo mucho más fuerte que el que representaba ella misma; y el corazón y el tiempo de la señora Weston serían absorbidos por él. La perderían. Y probablemente en gran parte iban a perder también a su marido... Frank Churchill no volvería más; y era lógico suponer que la señorita Fairfax pronto dejara de pertenecer a Highbury. Se casarían y se instalarían en Enscombe o cerca de allí. Iba a perder a las perso­nas que más apreciaba; y si a estas pérdidas había que añadir la de Donwell, ¿qué amigos cordiales e inteligentes iban a quedar cerca de ella? ¡El señor Knightley ya no volvería a hacerles compañía por las tardes! ¡Ya no volvería a visitarles a todas horas, como si estu­viera siempre dispuesto a cambiar su propio hogar por el suyo! ¿Cómo iba a poder soportar todo eso? Y si la causa de que le per­dieran era Harriet; si a partir de entonces había que resignarse a la idea de que encontraba en la compañía de Harriet todo lo que él necesitaba; si Harriet iba a ser para él la elegida, la primera, la ami­ga más querida, la esposa en quien debía cifrar toda la felicidad del mundo; ¿qué idea podía resultar más desconsoladora para Emma, sino la que no podría jamás apartarse de su mente, de que todo ha­bría sido obra suya?

Cuando sus reflexiones llegaban a este punto extremo, no podía evitar estremecerse, emitir un profundo suspiro e incluso pasear por la habitación durante unos breves segundos... y el único pensamien­to del que podía extraer algo parecido a un consuelo, a una resig­nación, era su decisión de que a partir de entonces iba a corregirse, y la esperanza de que, aunque el próximo invierno y todos los de­más inviernos que vinieran no pudieran compararse a los pasados en animación y en alegría, iban a encontrarla más sensata, conociéndose más a sí misma, y terminarían dejándole menos cosas de que arre­pentirse.

 

 

CAPÍTULO XLIX

 

DURANTE toda la mañana siguiente continuó haciendo más o me­nos el mismo tiempo; y en Hartfield parecía reinar la misma soledad y la misma melancolía... pero a primera hora de la tarde el  cielo se despejó; el viento cedió en fuerza; las nubes se disiparon; lució el sol; había vuelto el verano; con toda la vehemencia que inspira un cambio de tiempo como éste, Emma se propuso salir al aire libre lo antes posible. Nunca el maravilloso espectáculo, los olores, la sensación de la naturaleza tranquila, cálida, brillante, des­pués de una tempestad, le habían resultado más atractivos; ansiaba la serenidad que todo ello iba a introducir gradualmente en su espí­ritu; y al visitarles el señor Perry poco después de comer, con toda una hora libre para consagrar a su padre, aprovechó en seguida la ocasión para salir al jardín... Allí, con el ánimo más reposado, y las ideas un poco calmadas, dio unas cuantas vueltas; cuando vio al se­ñor Knightley franqueando la puerta del jardín y dirigiéndose hacia ella... Era la primera noticia que tenía de que había vuelto de Lon­dres. Un momento antes Emma había estado pensando en él consi­derándole sin la menor vacilación a dieciséis millas de distancia. Sólo tenía tiempo para hacer una rápida composición de lugar. Tenía que dominarse y sosegarse. Al cabo de medio minuto estuvieron el uno enfrente del otro. Los «¿Cómo está usted?» fueron tranquilos y me­surados por una y otra parte. Ella le preguntó por sus amigos mu­tuos; estaban todos bien.


-¿Cuándo ha salido de Londres?

-Esta misma mañana.

-Ha debido mojarse por el camino.

-Sí.

Emma vio que deseaba que dieran un paseo juntos.

-He echado una ojeada al comedor, y como he visto que no me necesitaban prefiero estar al aire libre.

Por su aspecto y su manera de hablar parecía contrariado; y la joven, inspirada por sus temores, pensó que posiblemente la causa de ello era que tal vez había comunicado sus proyectos a su hermano, y estaba preocupado por la actitud con que éste los había acogido. Se pusieron a andar juntos. Él guardaba silencio. Emma tenía la im­presión de que de vez en cuando la miraba de reojo, como si quisie­ra leer en su rostro más de lo que a ella le convenía dejar entrever. Y esta suposición le inspiró otro temor. Quizá quería hablarle de su amor por Harriet; posiblemente sólo esperaba que ella le diera pie para empezar sus confidencias... Pero Emma no lo hacía, no podía hacerlo, no se sentía con fuerzas para hacer que la conversación de­rivase hacia aquel tema. Él tendría que hacérselo todo. Pero no podía soportar aquel silencio, que, tratándose de él, era algo tan fuera de lo común. Estuvo pensando... se decidió... y por fin, in­tentando sonreír, empezó:

-Ahora que ha regresado se enterará usted de noticias que más bien le sorprenderán.

-¿De veras? -dijo él con calma, mirándola-. Y ¿de qué clase?

-¡Oh! Las mejores noticias del mundo... una boda.

Tras hacer una breve pausa, como para asegurarse de que ella no iba a decir nada más, replicó:

-Si se refiere a la de la señorita Fairfax y Frank Churchill ya me lo han dicho.

-¿Cómo es posible? -exclamó Emma, volviendo hacia él su rostro encendido.

Pero mientras hablaba se le ocurrió que yendo hacia allí podía ha­berse detenido a visitar a la señora Goddard.

-Esta mañana he recibido una carta del señor Weston sobre asun­tos de la parroquia, y al final me hacía un pequeño resumen de todo lo que había ocurrido.

Emma se sintió más aliviada, y al momento pudo decir con un poco más de serenidad:

-Entonces probablemente le habrá sorprendido menos que a los demás, porque usted ya tenía sus sospechas... No he olvidado que en cierta ocasión usted intentó prevenirme... Ojalá le hubiera hecho caso... pero -bajando la voz y dando un profundo suspiro- está visto que estoy condenada a no saber ver nunca esas cosas...

Durante unos momentos hubo un silencio, y Emma no advirtió que sus palabras habían causado una profunda impresión en su in­terlocutor, hasta que sintió que le cogía la mano y se la llevaba al corazón, y le oyó decir en voz baja en un tono muy emocionado:

-El tiempo, mi querida Emma, el tiempo curará esta herida... Tiene usted un gran sentido común... tiene que hacer un esfuerzo pensando en su padre... ya sé que para usted misma...

Volvió a apretar de nuevo la mano de la joven, mientras añadía con voz aún más cálida y más entrecortada:

-El más fiel de los amigos... indignación... aquel odioso cana­lla... -Y en un tono más bajo, más resuelto-: Pronto se irá... Pronto se irán al Yorkshire. Lo siento por ella. Merece mejor suerte.

Emma le comprendió; y apenas pudo recuperarse de la intensa sensación de gozo que le había producido aquella prueba de afecto por parte de él, replicó:

-Es usted muy bueno... pero se equivoca... Y tengo que decirle cuál es la verdad... No necesito esta clase de compasión. Mi ceguera ante todo lo que estaba pasando me llevó a actuar de un modo del que siempre me avergonzaré, y me vi neciamente tentada a decir y a hacer muchas cosas que pudieron dar pie a las suposiciones más desagradables, pero ésta es la única razón que tengo para lamentar el no haber estado antes en el secreto.

-¡Emma! -exclamó él mirándola afanosamente-. ¿Es cierto lo que dice? -Pero en seguida, dominando su entusiasmo-: No, no... ya le entiendo. Perdóneme... me alegro de que pueda decir eso... No, ciertamente no vale la pena lamentar su pérdida. Y confío en que no pase mucho tiempo antes de que no sea sólo su razón la que reconozca todo eso... ¡Ha tenido usted suerte de que su corazón no se hubiera comprometido más! Le confieso que, por la actitud de usted, yo nunca podía estar seguro de hasta dónde llegaban sus sentimientos... sólo tenía la seguridad de que había una predilec­ción... una predilección de la que yo nunca le consideré merecedor. Es alguien que deshonra el apelativo de hombre... ¿Y un ser así ha de recibir en recompensa una muchacha tan encantadora? ¡Jane, Jane! ¡Qué desgraciada serás!

-Señor Knightley -dijo Emma, tratando de mostrarse animosa, pero sintiéndose en realidad en medio de la mayor confusión-, me pone usted en una situación muy delicada. No puedo dejar que siga en este error; y, sin embargo, tal vez, puesto que mi proceder le dio esta impresión, no me faltan motivos para sentirme tan avergon­zada de confesar que nunca me he sentido enamorada de la persona de que estamos hablando, como podría sentirse una mujer que con­fesara exactamente todo lo contrario... ¡Nunca...!

Él la escuchó en silencio. Emma hubiese querido que le hablara, pero él seguía callado. Supuso que debía añadir algo más antes de hacerse merecedora de su clemencia; pero se resistía a verse obligada a rebajarse a sí misma ante él. Sin embargo, siguió diciendo:

-Mi proceder tiene pocas disculpas... Me tentaron sus atenciones, y me permití a mí misma mostrarme complacida... Una vieja histo­ria... probablemente un caso muy corriente... algo que les habrá ocu­rrido a centenares de mujeres antes que a mí; y con todo no es la más disculpable la que como yo sienta plaza de «inteligente». Con­currieron muchas circunstancias en esa tentación. Él era el hijo del señor Weston... le tenía constantemente junto a mí... siempre le encontraba muy agradable... y, en resumen -con un suspiro-, no voy a ocultarle con frases ingeniosas cuál ha sido la causa más im­portante de todo esto... halagaba mi vanidad, y consentí sus atencio­nes. Sin embargo, en estos últimos tiempos... la verdad es que du­rante cierto tiempo yo no pensaba que aquello pudiera significar algo... lo consideraba como una costumbre, un juego... nada que me comprometiese seriamente ante mí misma... En cierto modo había triunfado sobre mí, pero sin hacerme daño. Nunca había estado ena­morada de él. Y ahora puedo interpretar aproximadamente su con­ducta. Él nunca quiso enamorarme. Aquello no era más que una pantalla para ocultar su verdadera situación con otra mujer... -Su propósito era engañar a todos los que le rodeaban; y estoy segura de que nadie pudo engañarse de un modo más efectivo que yo... sólo que no me engañé... ésta fue mi mayor suerte... por el motivo que fuera, me libré de él.

 

Al llegar a este punto Emma hubiera deseado que él le respon­diera... aunque sólo fueran unas pocas palabras para decir que por lo menos su conducta era comprensible; pero seguía en silencio; y, por lo que ella podía conjeturar, sumido en sus pensamientos. Por fin, casi en su tono habitual, dijo:

-Nunca he tenido una buena opinión de Frank Churchill... Sin embargo, siempre puedo suponer que no haya sabido apreciar sus cualidades... Mi relación con él ha sido muy superficial. E incluso admitiendo que hasta ahora le haya juzgado como merece, creo que puede llegar a ser mucho mejor... Con una mujer como Jane tiene una posibilidad... No tengo ningún motivo para desearle mal... y por el bien de ella, cuya felicidad va a depender de su buen ca­rácter y de su conducta, desde luego le deseo todo el bien del mundo.

-No tengo ninguna duda de que serán felices juntos -dijo Emma-; estoy segura de que están sinceramente enamorados el uno del otro.

-¡Es un hombre afortunado! -exclamó el señor Knightley con énfasis-. Tan joven aún, a los veintitrés años, a una edad en la que cuando un hombre elige esposa generalmente elige mal... ¡A los veintitrés años conseguir algo de tanto valor! Dentro de lo que es humanamente posible prever, ¡cuántos años de felicidad le esperan! Haber conquistado el amor de una mujer como ella... un amor desin­teresado, porque el modo de ser de Jane Fairfax es el de una per­sona del máximo desinterés; todo está en favor de él... igualdad de situación..., me refiero, por lo que respecta a la sociedad, y todas las costumbres y modales que realmente cuentan; hay igualdad en todos los aspectos, excepto en uno... y éste, ya que no es posible dudar de la pureza de intenciones de ella, aún contribuirá a la felici­dad de él, ya que le permitirá ofrecerle las únicas ventajas de las que ella carece ahora... Un hombre siempre desea dar a una mujer un hogar mejor que aquel de donde la ha sacado; y quien puede hacerlo, cuando no hay dudas acerca del amor de ella, debe de ser, en mi opinión, el más feliz de los mortales... Sí, Frank Churchill es un favorito de la fortuna. Todo lo que le ocurre es en beneficio suyo... Conoce a una joven en un balneario, conquista su afecto, ni siquiera la alarma con la ligereza de su carácter... y si él y toda su familia hubiesen dado la vuelta al mundo buscándole una esposa perfecta, no la hubiesen encontrado superior a ella... Su tía se opone... su tía muere... Sólo tiene que hablar... Sus amigos están dispuestos a ayudarle a ser feliz... Se ha portado mal con todo el mundo... y todo el mundo está encantado de perdonarle... ¡La verdad es que es hombre de suerte!

-Habla usted como si le envidiase.

-Y le envidio, Emma. En una cosa le aseguro que le envidio.

Emma no se atrevió a decir nada más. Parecían estar ya a medio camino de hablar de Harriet, y en aquel momento todo lo que que­ría era evitar aquel tema, si era posible. Se trazó un plan; le hablaría de algo totalmente distinto... los niños de Brunswick Square; y cuando ya se disponía a hablar, el señor Knightley la sorprendió diciendo:

-No va usted a preguntarme en qué le envidio... Veo que está decidida a no tener curiosidad... Es usted prudente... pero yo no puedo serlo. Emma, debo decirle lo que no va a preguntarme, a pesar de que quizás un momento después me arrepienta de haberlo dicho.

-¡Oh! Entonces no me lo diga, no me lo diga -exclamó ella rá­pidamente-. Tómese más tiempo, reflexione, no se precipite.

-Muchas gracias -dijo él en un tono ofendido.

Y no añadió ni una sílaba más. Emma no podía soportar la idea de haberle hecho daño. Él tal vez deseaba hacerle una confidencia... tal vez consultarle algo...; por mucho que le costara, le escucharía. Podía ayudarle a resolverse o a confirmarle en su opinión. Podía limitarse a elogiar a Harriet o, recordándole el valor de su indepen­dencia, sacarle de aquel estado de indecisión que para un espíritu como el suyo debía de ser más doloroso que cualquier alternativa... Habían llegado frente a la puerta de la casa.

-¿Entra usted? -le preguntó él.

-No -replicó Emma, segura ya de su decisión, al ver el abati­miento que demostraba él al hablar-. Me gustaría seguir el paseo. El señor Perry aún no se ha ido.

Y después de dar unos pasos añadió:

-Hace un momento le he interrumpido muy bruscamente, señor Knightley, y temo haberle ofendido... Pero si desea hablar franca­mente conmigo como amiga, o pedirme la opinión sobre cualquier cosa que tenga usted en proyecto... como amiga estoy a su disposi­ción. Escucharé todo lo que quiera decirme. Y le diré exactamente lo que piense.


-¡Como amiga! -repitió el señor Knightley-. Emma, lo que temo es una palabra... No, no, prefiero que no... Sí... quédese... ¿por qué voy a vacilar? Ya he ido demasiado lejos para poder ocul­tarlo ahora... Emma, acepto su ofrecimiento... Por raro que pueda parecerle, lo acepto y me confío a usted como amiga... Dígame... ¿Puedo tener alguna esperanza?

Se interrumpió como para dar más énfasis a su pregunta, mientras con la mirada dominaba completamente a la joven.

-Mi querida Emma -siguió diciendo-, porque querida lo será usted siempre para mí, sea cual sea el resultado de esta hora de conversación, mi querida Emma, mi amada Emma... contésteme en seguida. Diga «no» si es eso lo que tiene que decir.

Emma era absolutamente incapaz de decir nada, y él exclamó muy excitado:

-¡Se calla usted! ¡No dice nada! Por ahora no pregunto más.

Emma estaba casi a punto de desvanecerse por la emoción de aque­llos momentos. Entonces el sentimiento más acusado en ella era el temor a despertar del más feliz de los sueños.

-No soy hombre de muchas palabras, Emma -siguió diciendo en un tono tan sincero, tan decidido, tan afectuoso, que no podía sino convencer-. Si la quisiera menos tal vez podría hablar más. Pero ya sabe cómo soy... De mí sólo ha oído la verdad... Yo le he hecho reproches y la he sermoneado, y usted lo ha soportado como ninguna otra mujer en toda Inglaterra lo hubiese hecho... Soporte ahora las verdades que tengo que decirle, mi querida Emma, como siempre las ha soportado... Mis modales tal vez no las abonan de­masiado. Sé bien que no he sido un enamorado ejemplar... Pero usted ya me comprende... Sí, usted ve, usted comprende mis senti­mientos... Y, si puede, corresponderá a ellos. Ahora sólo le ruego que me deje oír, aunque sólo sea una vez, que me deje oír su voz.
 

Mientras el señor Knightley hablaba, la mente de ella estaba en plena actividad, y con toda la prodigiosa celeridad del pensamiento había podido, sin perder ni una palabra, captar y comprender cuál era la verdad exacta de todo aquello; ver que las esperanzas de Harriet habían sido totalmente infundadas, un error, un engaño, un engaño tan total como cualquiera de los suyos propios... que Harriet no era nada para él; que ella lo era todo; que lo que ella había es­tado diciendo relativo a Harriet había sido tomado como expresión de sus propios sentimientos; y que su agitación, sus dudas, su con­trariedad, su desánimo, él los había tomado como un medio de desa­nimarle a él que Emma había adoptado... y no sólo tenía que ir haciéndose cargo de todas esas cosas que significaban tanta felicidad para el porvenir; había también que alegrarse de no haber revelado el secreto de Harriet, y de decidir que ya no era necesario, ni se haría... Ahora era todo lo que podía hacer por su pobre amiga; ya que, por lo que se refiere al heroísmo del sentimiento que podía haberla impulsado a intentar que él transfiriese su amor de Emma a Harriet, como la más digna, infinitamente más digna, de las dos... o incluso a la actitud mucho más sencilla y sublime de decidir recha­zarle al momento y para siempre, sin confesar los motivos, por el hecho de que no pudiera casarse con ambas... No, Emma no estaba dispuesta a esos sacrificios. Pensaba en Harriet con pena y arrepen­timiento; pero en su espíritu el impulso de generosidad no alcanzó extremos de insensatez que se hubieran opuesto a todo lo que podía ser probable o razonable. Había desencaminado a su amiga, y ésta sería siempre para ella un reproche viviente; pero su buen juicio era tan firme como sus sentimientos, tan firme como lo había sido siempre, y no podía aceptar para él una unión como aquélla, tan desigual y tan impropia. El camino que Emma veía ante sí era claro, pero no sin difi­cultades... Ante sus apremios se vio forzada a hablar... ¿Qué es lo que dijo? Exactamente lo que debía decir, por supuesto... Como hace siempre una dama... Dijo lo suficiente para darle a entender que no tenía por qué desesperarse... invitándole a decir algo más. Por un momento él había perdido las esperanzas, al ver que se le instaba a la prudencia y al silencio, como si aquello representase una negativa... ella había empezado por, negarse a oírle... Luego el cambio de acti­tud había sido un tanto brusco... Su proposición de seguir paseando, el modo en que Emma había reanudado la conversación que ella mis­ma acababa de interrumpir no había dejado de causarle sorpresa... Ella se daba cuenta de que había obrado de un modo incongruente; pero el señor Knightley fue tan amable que prefirió olvidar el caso, y no le pidió más explicaciones.

Pocas veces, muy pocas, sucede que los seres humanos pueden obrar mostrando la verdad completa acerca de sus actos; casi siempre que­da algo un poco oculto, algo en una cierta penumbra; pero cuando, como en este caso, si hay algo oculto en la manera de obrar, pero no en los sentimientos, no tiene gran importancia... El señor Knightley no podía encontrar un corazón más enamorado que el de Emma, un corazón más dispuesto a aceptar el suyo.

En realidad él no había tenido ni la menor sospecha de la influencia que ejercía sobre la joven; había salido a su encuentro en el jar­dín sin la intención de ponerla a prueba. Había acudido a Hartfield preocupado por ver cómo ella había tomado la noticia del compromiso matrimonial de Frank Churchill, sin ninguna mira egoísta, sin ninguna intención de ninguna clase, excepto la de intentar, si ella se lo permi­tía, consolarla o aconsejarla... El resto había sido obra de las circuns­tancias, el efecto inmediato de lo que oyó y también de sus sentimien­tos. La grata certidumbre de que Emma sólo sentía indiferencia por Frank Churchill, de que jamás le había entregado su corazón, hizo nacer en él la esperanza de que con el tiempo podía llegar a conquis­tarlo para sí; pero no había sido una esperanza de algo concreto, in­mediato... tan sólo, en aquellos momentos en los que la vehemencia de su anhelo se impuso a su razón, aspiraba a oír que ella no se opo­nía a su tentativa de llegar a conquistar su amor... Las esperanzas de algo más que progresivamente se le fueron ofreciendo le dejaron ena­jenado de alegría... El afecto que él había estado rogando que le per­mitiera crear dentro de lo posible, era ya suyo... En media hora ha­bía pasado de un estado de ánimo totalmente abatido, a algo tan seme­jante a la felicidad perfecta, que éste era el único nombre que podía darle.

El cambio experimentado por ella fue parecido... Aquella media hora había dado a ambos la misma inapreciable certeza de ser ama­dos, había disipado en uno y otro las mismas brumas de la incom­prensión, de los celos, de la desconfianza... Por parte de él habían sido unos celos muy antiguos, que se remontaban a la época de la llegada de Frank Churchill, e incluso antes, cuando aún se le espera­ba... Había estado enamorado de Emma y celoso de Frank Churchill desde aquellos días en los que probablemente un sentimiento le ha­bía permitido darse cuenta del otro... Habían sido sus celos de Frank Churchill que le habían hecho dejar Highbury... La excursión a Box Hill le había impulsado a partir. Consideró que por lo menos así evi­taría el volver a ser testigo de todas aquellas atenciones que ella per­mitía y alentaba... Se había ido para aprender a ser indiferente... Pero para ello había elegido un mal lugar. Había demasiada felicidad do­méstica en la casa de su hermano; la mujer representaba allí un pa­pel demasiado atractivo; Isabella se parecía demasiado a Emma... di­ferenciándose sólo de ella en una serie de cosas en las que era clara­mente inferior, y que no hacían más que evocarle con mucha más fuerza el recuerdo de su amiga; por mucho que hubiese hecho, aun­que se hubiese quedado allí mucho más tiempo, hubiese sido inútil. Sin embargo, permaneció allí tercamente, día tras día... hasta que aque­lla misma mañana el correo le había traído la historia de Jane Fair­fax... Entonces, junto a la alegría que forzosamente debía sentir, y que no sentía el menor escrúpulo en sentir, porque nunca había creí­do que Frank Churchill mereciera a Emma, surgió en su ánimo una solicitud tan afectuosa, una inquietud tan intensa por ella, que no pudo seguir en Londres ni un día más. Había regresado a Highbury bajo la lluvia; e inmediatamente después de comer se había encami­nado a Hartfield para ver cómo la mejor y la más encantadora de to­dos los seres humanos, perfecta a pesar de sus imperfecciones, sobre­llevaba la noticia.

La encontró nerviosa y deprimida... Frank Churchill era un villa­no... Emma le dijo que nunca le había amado... Al fin y al cabo, Frank Churchill no era un caso tan ruin como podría suponerse... Cuando ambos volvieron a la casa, Emma era ya «su» Emma, su mano y sus palabras lo atestiguaban; y si entonces hubiera podido pensar en Frank Churchill, probablemente le hubiera considerado como un excelente muchacho.

 

 

CAPÍTULO L

 

¡QUÉ enorme diferencia había entre los sentimientos de Emma al salir de su casa y al volver a entrar en ella! Había salido al jardín sin atreverse a esperar más que un pequeño respiro para sus zozobras... Y ahora se sentía invadida por una maravillosa sensación de felicidad... felicidad que, además, sabía que iba a ser aún mayor cuando hubiese pasado la turbación de aquellos primeros momentos.

Se sentaron a tomar el té... las mismas personas reunidas en tor­no a la misma mesa... ¡Cuántas veces se habían reunido los tres en aquel mismo lugar! ¡Y cuántas veces los ojos de Emma se habían po­sado en los mismos arbustos que crecían entre la hierba, y habían con­templado el hermoso efecto de la puesta de sol! Pero nunca en aquel estado de ánimo, nunca como aquella vez; y ahora le resultaba difícil dominarse lo suficiente para ser la atenta ama de casa de siempre, in­cluso la hija cariñosa de costumbre.

El pobre señor Woodhouse no podía estar más lejos de sospechar lo que se estaba tramando contra él en el corazón de aquel hombre a quien había acogido con tanta cordialidad, a quien había preguntado con tanto interés si no se había resfriado al venir de Londres bajo la lluvia... De haber podido penetrar en su corazón, se hubiera preocu­pado muy poco por sus pulmones; pero sin imaginar ni el más remo­to atisbo de los peligros que le amenazaban, sin advertir ni la menor diferencia anormal en el aspecto o la actitud de ninguno de los dos, les repitió feliz y tranquilo todas las noticias que acababa de darle el señor Perry, y siguió conversando con ellos muy satisfecho de sí mis­mo, incapaz de sospechar las noticias que ellos a su vez hubieran po­dido contarle.

Mientras el señor Knightley permaneció en la casa, la agitación de Emma no se calmó; pero una vez se hubo ido empezó a tranquilizar­se un poco y a lograr dominarse... y durante toda la noche que pasó en vela, que fue el precio que tuvo que pagar por una tarde como aquella, vio que había una o dos cuestiones muy graves sobre las que reflexionar y que le hicieron advertir que incluso su felicidad no iba a dejar de tener ciertas sombras. Su padre... y Harriet. No podía quedarse a solas sin darse cuenta de la enorme importancia que tenían para ella los derechos de ambos; y lo difícil era conseguir para los dos la máxima felicidad posible. Con respecto a su padre el problema sólo admitía una solución. Apenas sabía aún lo que el señor Knigh­tley iba a exigir; pero tras un breve sondeo de su propio corazón, adoptó la solemne decisión de no abandonar nunca a su padre... In­cluso descartó la simple idea de hacerlo, como si sólo al pensarlo se hiciese responsable de una grave culpa. Mientras él viviera sólo de­bía prometerse, no casarse; pero se dijo a sí misma que, alejado el peligro de perderla, aumentaría el bienestar y la seguridad de su pa­dre... En cuanto al mejor modo de obrar respecto a Harriet, la deci­sión era mucho más difícil... ¿Cómo evitarle un dolor innecesario? ¿Cómo sacrificarse por ella dentro de lo que fuera posible? ¿Cómo conseguir demostrarle que no era su enemiga? En lo tocante a estos puntos, sus dudas y su desasosiego no podían ser mayores... y su me­moria tuvo que volver a evocar una y otra vez aquellos amargos re­proches, aquellas penosas lamentaciones que no habían dejado de ob­sesionarla en los últimos días... Por último sólo pudo decidir que se­guiría evitando encontrarse con ella y que le comunicaría todo lo que tuviera que decirle por carta; pensó que en aquella situación lo me­jor sería que Harriet se fuera de Highbury por algún tiempo, y pa­sando ya a esbozar otro plan, casi concluyó que podría lograrse que la invitaran en Brunswick Square... Isabella estaría encantada de te­ner a Harriet a su lado... y unas cuantas semanas en Londres no de­jarían de distraerla... Por otra parte no creía que Harriet fuese una muchacha como para olvidar sus pesares distrayéndose con cosas nue­vas y distintas, con calles, tiendas y niños. En todo caso, sería una prueba de atención y de cariño por parte de ella, que era la responsa­ble de todo; una separación momentánea; un aplazamiento de aquel triste día en el que era forzoso que volvieran a encontrarse todos juntos.

Se levantó temprano y escribió la carta a Harriet; una ocupación que la dejó tan pensativa, casi podría decirse tan triste, que cuando el señor Knightley llegó a Hartfield para desayunar aún le pareció que llegaba demasiado tarde; luego necesitó media hora de pasear con él y de conversar sobre los últimos acontecimientos, para poder recupe­rar la misma sensación de felicidad de la tarde anterior.

Al poco rato de haberla dejado, demasiado poco para que Emma tuviese aún la menor tentación de pensar en nadie más, trajeron una carta de Randalls... un sobre muy abultado; Emma adivinó lo que contenía y pensó que era necesario leerla... En aquellos momentos se sentía muy benévola para con Frank Churchill; no quería explicacio­nes... sólo quería que la dejaran a solas con sus pensamientos... y por otra parte se sentía incapaz de comprender nada de lo que él podía escribir; sin embargo tenía que desembarazarse de aquella cuestión. Abrió el sobre, segura de lo que contenía... Una breve nota de la se­ñora Weston dirigida a ella, acompañada de la carta que Frank Chur­chill había escrito a la señora Weston:

 

Mi querida Emma, te envío con el mayor placer la carta adjunta. Sé que sabrás apreciarla en todo lo que vale y que no tendrás la me­nor duda de las buenas consecuencias que ha tenido... No creo que nunca más volvamos a disentir gravemente en nuestra opinión acerca de quien la ha escrito; pero no quiero entretenerte más haciendo un prólogo demasiado largo... Estamos todos bien... Esta carta ha sido la mejor medicina para todos los pequeños trastornos nerviosos que he tenido últimamente... No me dejó tranquila el aspecto que tenías el martes, pero la mañana no era de las más propicias; y aunque tú nunca quieres reconocer que el tiempo te influye en tu estado de áni­mo, creo que todo el mundo se resiente cuando sopla viento del noreste. Me acordé mucho de tu querido padre durante la tormenta del martes por la tarde y de ayer por la mañana, pero ayer por la noche me tranquilicé al saber por el señor Perry que no se había en­contrado mal. Recibe un cariñoso saludo de

 

A. W.

 

(A la señora Weston)

 

Windsor. Julio.

Apreciada señora:

Si ayer supe expresarme como era mi deseo, habrán estado uste­des esperando esta carta; pero tanto si la esperaban como si no, sé que será leída con buena voluntad y con indulgencia... Usted, tan bon­dadosa, creo que necesitará recurrir a toda su bondad para disculpar ciertos aspectos de mi pasada conducta... Pero ya he sido perdonado por alguien que tenía más motivos para sentirse ofendido. A medida que voy escribiendo me siento con más valor. Es difícil para el afor­tunado ser humilde. Yo he tenido ya tanta fortuna en las dos ocasio­nes en las que he solicitado perdón, que corro el peligro de creerme demasiado seguro de obtener el de usted ahora, y luego el de aquellos de sus amigos que tengan algún motivo para considerar que me he portado mal con ellos. Todos ustedes deben intentar comprender cuál era exactamente mi situación cuando llegué por vez primera a Ran­dalls; debe usted pensar que entonces poseía un secreto que debía se­guir siéndolo costara lo que costase. Ésta era la realidad. El derecho que tenía a ponerme en una situación que requería tal disimulo ya es otro asunto. No voy a discutirlo aquí. En lo referente a mi tenta­ción de creerlo un derecho, remito a quien no opine así a una casa de ladrillos de Highbury, una casa con simples ventanas en la planta baja y con puertas ventanas en el primer piso. Yo no me atrevía a dirigirme a ella abiertamente; mis dificultades, en el estado de cosas que había entonces en Enscombe, son ya lo bastante conocidas para que necesite explicarme más; y fui tan afortunado que conseguí mi propósito antes de que nos separáramos en Weymouth, y convencí a la mujer más recta de toda la creación para que consintiese, dadas las circunstancias, en un compromiso matrimonial secreto... Si ella se hu­biese negado me hubiera vuelto loco... Supongo que usted me pre­guntará qué esperaba conseguir con todo eso... Cuáles eran mis pro­pósitos... Yo esperaba cualquier cosa, todo... que pasara el tiempo, que surgiera una posibilidad, que se diese una circunstancia favora­ble... lo esperaba todo de los efectos lentos, de los estallidos impre­vistos, de la perseverancia y del cansancio, de la salud y de la enfer­medad. Tenía ante mí todas las posibilidades de felicidad, y asegu­rada la mayor de las dichas al conseguir que me prometiera fidelidad y correspondencia. Si necesita usted más explicaciones, mi apreciada señora, sólo le diré que tengo el honor de ser el hijo de su esposo, y la ventaja de -haber heredado su predisposición a esperar que las co­sas siempre salgan bien, herencia que siempre será mucho más valio­sa que la de casas y tierras... Piense usted entonces en mí, en estas circunstancias, efectuando mi primera visita a Randalls; en este pun­to tengo conciencia de haber obrado mal, porque aquella visita de­biera haberla hecho mucho antes. Si recuerda usted aquellos meses advertirá que yo no acudí hasta que la señorita Fairfax estuvo en Highbury; y como era precisamente usted la persona a quien hice el desaire, sabrá perdonarme inmediatamente; pero diré, para atraerme el perdón de mi padre, que debo recordarle que si permanecí tanto tiempo alejado de su casa, fue tiempo en el que no pude disfrutar del bien de conocerla a usted. Confío en que mi conducta durante aque­llas dos semanas tan felices que pasé con ustedes no merezca ningún reproche, exceptuando un aspecto. Y ahora entro en lo principal, el único aspecto importante de mi conducta mientras estuve en su casa que me tiene inquieto y que requiere explicaciones más detalladas. Con el máximo respeto y con los sentimientos de la más afectuosa de las amistades, tengo que mencionar aquí a la señorita Woodhouse; mi padre tal vez pensará que debería añadir «y con la más profunda humillación»... Por algunas palabras que se le escaparon ayer vi cuál era su opinión, y reconozco que yo mismo considero justos ciertos re­proches... A mi entender, mi trato con la señorita Woodhouse se in­terpretó de un modo exagerado... A fin de contribuir a guardar aquel secreto tan esencial para mí, me vi empujado a hacer un usa indebido de la amistad que se estableció inmediatamente entre nosotros... No puedo negar que la señorita Woodhouse era ostensiblemente el objeto de todas mis atenciones... Pero estoy seguro de que me creerá usted si le digo que de no haber estado yo convencido de que le era indi­ferente, no hubiese consentido que mis miras personales me impulsa­ran a seguir adelante... La señorita Woodhouse, aun siendo tan afec­tuosa, tan encantadora, nunca me dio la impresión de una joven fá­cil de enamorar; y el que ella fuese completamente ajena a cualquier propensión a enamorarse de mí, era no sólo mi convicción, sino tam­bién mi deseo... Acogía mis deferencias del modo desenvuelto, amis­toso, jovial, que a mí más me convenía. Parecíamos entendernos muy bien. Y en nuestras respectivas situaciones, yo estaba obligado a tener aquellas deferencias, y ella también lo creía así... No sabría decir si la señorita Woodhouse empezó a entenderme de veras antes de que terminaran aquellos quince días; cuando la visité para despedirme de ella, recuerdo que estuve a punto de confesarle la verdad, y que en­tonces imaginé que ella no dejaba de abrigar ciertas sospechas; pero no tengo la menor duda de que a partir de aquel momento me ha descubierto, aunque no sé hasta qué punto... Quizá no lo haya des­cubierto todo, pero con su agudeza ha tenido que darse cuenta de algo... No me cabe ninguna duda. Ya comprobará usted, cuando pue­da hablarse con más libertad que ahora de todo este asunto, que no va a tener una gran sorpresa. En muchas ocasiones me lo insinuó. Recuerdo que en el baile me dijo que yo tenía que estar muy agrade­cido a la señora Elton por las atenciones que tenía con la señorita Fairfax. Confío en que toda esta historia de mi proceder con ella será admitida por usted y por mi padre como un considerable atenuante de lo que ustedes hayan considerado reprochable en mi conducta. Mientras consideren que me he portado muy mal con Emma Wood­house, no merece la estimación de ninguno de los dos. Discúlpen­me en este punto y aboguen por mí cuando sea posible, para que la señorita Woodhouse me otorgue su perdón y me devuelva su amis­tad; díganle que siento por ella un afecto de verdadero hermano, y que sólo deseo que llegue a estar tan enamorada y que sea tan feliz como yo lo soy ahora... Ahora ya saben ustedes cómo interpretar todas las cosas extrañas que dije o hice durante aquellas dos semanas. Mi corazón estaba en Highbury, y yo sólo procuraba trasladarme allí tan a menudo como me era posible sin despertar sospechas. Si re­cuerda usted alguna rareza mía, sepa ahora a lo que debe atribuirla. Por lo que se refiere a aquel piano del que tanto se habló, sólo creo necesario decir que lo compré sin que la señorita Fairfax tuviera la menor noticia de ello, ya que en caso de habérselo comunicado nunca hubiese querido aceptarlo... La delicadeza de sentimientos de la que ha dado prueba durante todo este tiempo, mi apreciada señora, va mucho más allá de todo lo que yo podría explicarle. No tardará usted, como deseo vivamente, en conocerla bien por sí misma. Nada de lo que yo le diga serviría para describirla. Ella misma le demostrará a usted cómo es... pero no de palabra, pues hay muy pocas personas tan empeñadas como ella en ocultar sus propios méritos. Mientras estaba escribiendo esta carta, que será más larga de lo que yo pre­veía, he tenido noticias suyas... Buenas noticias en lo que respecta a su salud... pero como nunca se queja, no me atrevo a estar seguro sobre este punto. Prefiero tener su opinión acerca de su aspecto. Sé que usted no tardará en visitarla; ella teme esta visita. Tal vez la haya hecho ya. Dígame algo acerca de esto lo antes posible; estoy im­paciente por que me dé mil detalles. Recuerde qué pocos minutos es­tuve en Randalls, y en qué estado de ánimo tan turbado y exaltado; aún no estoy mucho mejor. Aún turbado tanto por la felicidad como por el dolor. Cuando pienso en la amabilidad y el afecto que han tenido para conmigo, en lo que ella vale y en la paciencia que ha te­nido, y en la generosidad de mi tío, me vuelvo loco de alegría; pero cuando recuerdo todos los trastornos que he ocasionado y lo poco que merezco que me perdonen, me pongo loco de ira. ¡Si pudiese vol­ver a verla! Pero aún no debo hacer tal cosa. Mi tío ha sido dema­siado bueno conmigo para que yo abuse de este modo... Todavía no he terminado con esta larga misiva. Aún no le he dicho todo lo que debería usted saber. Ayer no pude darles muchos detalles más; pero lo inesperado, y en cierto modo lo inoportuno, del modo en que se ha desvelado el secreto, necesita explicación; pues aunque el aconte­cimiento del pasado día 26, como usted ya habrá pensado, significó para mí la posibilidad de las más felices perspectivas, yo no hubiera tomado medidas tan rápidas de no forzarme a ello circunstancias muy peculiares que me obligaron a no perder ni una hora. Yo hubiese que­rido evitar todo este apresuramiento, y ella hubiese compartido todos mis escrúpulos con mucha más intensidad y una delicadeza mucho mayor que la mía... Pero no pude elegir... El inesperado compromiso que había contraído con aquella señora... Aquí, mi apreciada señora, me veo obligado a interrumpir bruscamente esta carta, y a serenar­me un poco... He estado paseando por el campo y ahora creo que estoy lo suficientemente sosegado para escribir el resto de la carta como debo hacerlo... En realidad éstos son recuerdos muy penosos para mí. Me porté de un modo vergonzoso. 'Y aquí puedo admitir que mi actitud con la señorita Woodhouse, de querer ser desagrada­ble para la señorita Fairfax, fue verdaderamente indigna. Ella quedó muy contrariada y esto hubiera debido bastarme para reparar en lo que hacía; no consideró justificada mi excusa de hacer todo lo posi­ble por ocultar la verdad... Quedó muy contrariada; yo pensaba que sin fundamento; yo consideraba que en muchas ocasiones era inne­cesariamente escrupulosa y precavida; incluso me parecía demasiado fría. Pero siempre tenía razón. Si yo hubiese seguido su criterio y hubiese dominado mi carácter hasta el punto en que ella lo creía con­veniente, hubiese evitado los mayores sinsabores que he conocido en toda mi vida... Disputamos... ¿Recuerda usted la mañana que pasa­mos en Donwell? Allí todas las pequeñas diferencias que hasta enton­ces habíamos tenido desembocaron en una verdadera crisis. Yo llegué tarde; la encontré regresando a su casa sola y quise acompañarla, pero ella no lo consintió. Se negó rotundamente a permitírmelo, lo cual entonces me pareció lo más irracional del mundo. Ahora sin embargo sólo veo en ello una actitud de discreción muy natural y muy fun­dada. Mientras yo, para engañar a todos ocultando nuestro compro­miso, dedicaba todas mis preferencias a otra mujer, de un modo muy poco grato para ella, ¿cómo iba al día siguiente a aceptar una propo­sición que podía hacer completamente inútiles todas las precauciones anteriores? Si alguien nos hubiera visto juntos en el camino entre Don­well y Highbury, hubiera debido sospecharse la verdad... Sin embar­go, yo fui lo suficientemente loco como para ofenderme... Dudé de su cariño. Dudé aún más al día siguiente en Box Hill; cuando, pro­vocada por mi conducta, por aquella indiferencia insolente y humi­llante que yo le mostraba y por la aparente predilección que manifes­taba por la señorita Woodhouse, hasta un extremo que ninguna mu­jer de sensibilidad hubiera podido soportar, expresó su resentimien­to con unas palabras que yo comprendí perfectamente. En resumen, mi apreciada señora, que fue una disputa de la que ella no tenía la menor culpa, y yo la tenía toda; aunque hubiese podido quedarme en casa de usted hasta la mañana siguiente, yo volví a Richmond aquella misma tarde, simplemente porque no podía estar más encole­rizado con ella. Aún entonces no fui tan necio como para no pensar que ya volvería a reconciliarme con ella; pero yo era el ofendido, ofendido por su frialdad, y me fui decidido a que fuese ella quien diese el primer paso. Siempre me alegraré de que usted no fuera a la excursión de Box Hill. De haber presenciado usted la conducta mía allí, dudo que nunca más hubiera vuelto a tener una buena opi­nión de mí. El efecto que tuvo en ella se vio por la decisión inme­diata que tomó; tan pronto como supo que yo me había ido de veras de Randalls, aceptó el ofrecimiento de la entrometida de la señora Elton; cuyo modo de tratarla, dicho sea de paso, siempre me había llenado de indignación y me la había hecho antipática. No puedo ha­blar_ ahora contra un espíritu de tolerancia del que han dado muestras tantas personas para conmigo; pero de no ser así protestaría aira­damente por el modo en que se le tolera todo a esta mujer... ¡Jane!»... ¡Santo Dios! Habrá usted observado que aún no me per­mito llamarla por este nombre, ni siquiera dirigiéndome a usted. Há­gase usted cargo de lo insufrible que me era el verlo citado continua­mente por los Elton con toda la vulgaridad de las repeticiones inne­cesarias y toda la insolencia de una supuesta superioridad. Tenga pa­ciencia conmigo, no tardaré en terminar... Aceptó este ofrecimiento decidida a romper definitivamente conmigo, y al día siguiente me es­cribió diciendo que nunca más volveríamos a vernos. Decía que se había dado cuenta de que nuestro compromiso sólo nos había traído sinsabores y desdichas a los dos, y que por lo tanto lo consideraba deshecho... Esta carta llegó a mis manos la misma mañana en que murió mi pobre tía. Al cabo de una hora ya la había contestado. Pero debido a la confusión de mi espíritu y a las innumerables cuestiones que tenía que resolver en seguida, mi respuesta, en vez de enviarse con las otras muchas cartas de aquel día, se quedó encerrada dentro de mi escritorio; y yo, confiado que ya le había dicho lo suficiente para tranquilizarla, a pesar de que no eran más que unas breves neas, me quedé sin ninguna inquietud... Me decepcionó un poco no tener respuesta suya inmediatamente; pero la disculpé, y estaba dema­siado atareado, y ¿se me permite decirlo?, demasiado contento con las perspectivas que se me ofrecían, para reparar en aquello; nos fui­mos a Windsor... y dos días más tarde recibí un paquete de ella que contenía todas mis cartas... y al mismo tiempo unas breves líneas por correo en las que expresaba la gran sorpresa que había tenido al no recibir ninguna respuesta a la última de sus cartas; y añadía que como mi silencio sobre aquella cuestión no podía interpretarse más que de una manera, lo mejor para ambos era que todos los detalles se­cundarios se resolvieran lo antes posible, que me enviaba por con­ducto seguro todas mis cartas, y me rogaba que si no podía mandarle las suyas a Highbury antes de una semana, que se las mandase a su nombre a... En fin, que tenía ante mis ojos la dirección de la casa de la señora Smallridge, cerca de Bristol. Yo sabía el nombre, el lu­gar, estaba enterado de todo aquel asunto, e inmediatamente compren­dí lo que había decidido. Algo que estaba totalmente de acuerdo con un carácter tan resuelto como yo sabía que era el suyo; y el secreto que había mantenido en su última carta respecto a este propósito, re­velaba también su extremada delicadeza... Por nada del mundo hu­biese consentido en decirme algo que hubiese sonado como una ame­naza... Imagine usted mi sorpresa y mi contrariedad; imagine cómo maldije al servicio de correos, hasta que advertí que sólo se trataba de un descuido mío. ¿Qué podía hacer? Sólo era posible una cosa... Debía hablar con mi tío. Sin su consentimiento no podía esperar que volviera a escucharme... Le hablé pues... Las circunstancias me eran favorables; la muerte tan reciente de su esposa había suavizado su or­gullo, y mucho antes de lo que yo había previsto, se avenía a mis deseos. Y aún terminó diciendo con un profundo suspiro, pobre hom­bre, que me deseaba que fuera tan feliz en el matrimonio como él lo había sido... Yo pensé que sería muy diferente al suyo... ¿Se siente usted inclinada a compadecerme por todo lo que sufrí al explicarle mi caso, y por mi incertidumbre mientras todo parecía aún indeciso? No; no me compadezca por eso, sino por cuando llegué a Highbury y me di cuenta de todo el daño que le había hecho; no me compa­dezca sino por el momento en que volví a verla, pálida y enferma. Llegué a Highbury a una hora en la que, por lo que sabía acerca de sus costumbres sobre el desayuno, estaba seguro de tener probabili­dades de encontrarla sola... Y no me equivoqué; como no me equivo­qué tampoco al decidir efectuar aquel viaje. Tenía que disipar una contrariedad muy justa y razonable por su parte. Pero lo logré; esta­mos reconciliados, y nos queremos más, mucho más que antes, y en ningún momento habrá una nueva inquietud que vuelva a interponer­se entre nosotros. Ahora, mi apreciada señora, tengo que concluir; pero no podía hacerlo antes. Mil y mil gracias por todas las bondades que usted siempre me ha dispensado, y diez mil gracias por todas las atenciones que su corazón quiera tener en lo sucesivo para con ella. Si cree usted que en el fondo soy más feliz de lo que merezco, yo le doy toda la razón... La señorita Woodhouse me llama el niño mimado de la fortuna. Confío en que tenga razón. En un aspecto al menos mi buena suerte es indiscutible: en el de poder considerarme como

su agradecido y afectuoso hijo

F. C. WESTON CHURCHILL

 
Continuará...


 

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