Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de noviembre de 2012

GENTES DEL CLUB los excepcionales socios del Club Knut

Es bien sabido que las Damitas de este salón y también algunos Caballeros no se conforman con la vida tranquila,  placentera y llena de romanticismo de los libros en los que nos gusta sumergirnos casi siempre. Estamos como esponjas disfrutando de nuestra pasión por la lectura. Y por ello también es cierto que algunos hemos tropezado sin pretenderlo (sobre todo quien les habla) de tomar uno de esos libros un tanto diferentes que nos saquen de la rutina con la esperanza de mantener la línea inquebrantable de la caballerosidad y la elegancia femenina... y resultaron ser un fraude, un verdadero fiasco.
Estoy segura que a la mayoría les ha picado la curiosidad de vivir situaciones peculiares, audaces, extravagantes y jocosas sin dejar a un lado, por supuesto, esa elegancia y esa tendencia anglófila a la que estamos acostumbrados...Pues encontré el mejor lugar en donde se puede estar para tales ocasiones: El Club Knut.


¿Y qué lugar es ese? ¿qué Gentes del Club son esas?.... Knut?? hasta la palabrita provoca curiosidad, no es así?  Pues echen un vistazo a este booktrailer y querrán hacerse socios de inmediato ;)

http://www.youtube.com/watch?v=rhvlZ_IuKtk&feature=youtu.be

Y aprovecho la oportunidad para dejarles un dato muy interesante: Quienes estén cerca o al menos en el mismo continente, este martes 20 de noviembre a las 7:00 pm será la presentación oficial del libro "Gentes del Club" de mi buen amigo Fernando García Pañeda, en Casa del Libro de Bilbao. No falten.
  

viernes, 16 de marzo de 2012

EMMA Capitulo Primero

CAPÍTULO PRIMERO



EMMA WOODHOUSE, bella, inteligente y rica, con una familia aco­modada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase.

Era la menor de las dos hijas de un padre muy cariñoso e in­dulgente y, como consecuencia de la boda de su hermana, desde muy joven había tenido que hacer de ama de casa. Hacía ya de­masiado tiempo que su madre había muerto para que ella conser­vase algo más que un confuso recuerdo de sus caricias, y había ocu­pado su lugar una institutriz, mujer de gran corazón, que se había hecho querer casi como una madre.


La señorita Taylor había estado dieciséis años con la familia del señor Woodhouse, más como amiga que como institutriz, y muy encariñada con las dos hijas, pero sobre todo con Emma. La in­timidad que había entre ellas era más de hermanas que de otra cosa. Aun antes de que la señorita Taylor cesara en sus funciones nominales de institutriz, la blandura de su carácter raras veces le permitía imponer una prohibición; y entonces, que hacía ya tiem­po que había desaparecido la sombra de su autoridad, habían se­guido viviendo juntas como amigas, muy unidas la una a la otra, y Emma haciendo siempre lo que quería; teniendo en gran estima el criterio de la señorita Taylor, pero rigiéndose fundamentalmente por el suyo propio.

Lo cierto era que los verdaderos peligros de la situación de Emma eran, de una parte, que en todo podía hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma; éstas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades. Sin embargo, por el momento el peligro era tan imperceptible que en modo alguno podían considerarse como incon­venientes suyos.

Llegó la contrariedad -una pequeña contrariedad-, sin que ello la turbara en absoluto de un modo demasiado visible: la señorita Taylor se casó. Perder a la señorita Taylor fue el primero de sus sinsabores. Y fue el día de la boda de su querida amiga cuando Emma empezó a alimentar sombríos pensamientos de cierta impor­tancia. Terminada la boda y cuando ya se hubieron ido los invitados, su padre y ella se sentaron a cenar, solos, sin un tercero que alegrase la larga velada. Después de la cena, su padre se dispuso a dormir, como de costumbre, y a Emma no le quedó más que ponerse a pensar en lo que había perdido.

La boda parecía prometer toda suerte de dichas a su amiga. El señor Weston era un hombre de reputación intachable, posición desahogada, edad conveniente y agradables maneras; y había algo de satisfacción en el pensar con qué desinterés, con qué generosa amistad ella había siempre deseado y alentado esta unión. Pero la mañana siguiente fue triste. La ausencia de la señorita Taylor iba a sentirse a todas horas y en todos los días. Recordaba el cariño que le había profesado -el cariño, el afecto de dieciséis años-, cómo la había educado y cómo había jugado con ella desde que te­nía cinco años... cómo no había escatimado esfuerzos para atraér­sela y distraerla cuando estaba sana, y cómo la había cuidado cuan­do habían llegado las diversas enfermedades de la niñez. Tenía con ella una gran deuda de gratitud; pero el período de los últimos siete años, la igualdad de condiciones y la total intimidad que ha­bían seguido a la boda de Isabella, cuando ambas quedaron solas con su padre, tenía recuerdos aún más queridos, más entrañables. Había sido una amiga y una compañera como pocas existen: inte­ligente, instruida, servicial, afectuosa, conociendo todas las costum­bres de la familia, compenetrada con todas sus inquietudes, y sobre todo preocupada por ella, por todas sus ilusiones y por todos sus proyectos; alguien a quien podía revelar sus pensamientos apenas nacían en su mente, y que le profesaba tal afecto que nunca podía decepcionarla.

¿Cómo iba a soportar aquel cambio? Claro que su amiga había ido a vivir a sólo media milla de distancia de su casa; pero Emma se daba cuenta de que debía haber una gran diferencia entre una señora Weston que vivía sólo a media milla de distancia y una señorita Taylor que vivía en la casa; y a pesar de todas sus cuali­dades naturales y domésticas corría el gran peligro de sentirse mo­ralmente sola. Amaba tiernamente a su padre, pero para ella no era ésta la mejor compañía; los dos no podían sostener ni conver­saciones serias ni en chanza.

El mal de la disparidad de sus edades (y el señor Woodhouse no se había casado muy joven) se veía considerablemente aumentado por su estado de salud y sus costumbres; pues, como había estado enfermizo durante toda su vida, sin desarrollar la menor actividad, ni física ni intelectual, sus costumbres eran las de un hombre mu­cho mayor de lo que correspondía a sus años; y aunque era que­rido por todos por la bondad de su corazón y lo afable de su ca­rácter, el talento no era precisamente lo más destacado de su per­sona.

Su hermana, aunque el matrimonio no la había alejado mucho de ellos, ya que se había instalado en Londres, a sólo dieciséis millas del lugar, estaba lo suficientemente lejos como para no poder estar a su lado cada día; y en Hartfield tenían que hacer frente a muchas largas veladas de octubre y de noviembre, antes de que la Navidad significase la nueva visita de Isabella, de su marido y de sus pequeños, que llenaban la casa proporcionándole de nuevo el pla­cer de su compañía.

En Highbury, la grande y populosa villa, casi una ciudad, a la que en realidad Hartfield pertenecía, a pesar de sus prados inde­pendientes, y de sus plantíos y de su fama, no vivía nadie de su misma dase. Y por lo tanto los Woodhouse eran la primera familia del lugar. Todos les consideraban como superiores. Emma tenía muchas amistades en el pueblo, pues su padre era amable con todo el mundo, pero nadie que pudiera aceptarse en lugar de la señorita Taylor, ni siquiera por medio día. Era un triste cambio; y al pen­sar en ello, Emma no podía por menos de suspirar y desear im­posibles, hasta que su padre despertaba y era necesario ponerle buena cara. Necesitaba que le levantasen el ánimo. Era un hombre nervioso, propenso al abatimiento; quería a cualquiera a quien es­tuviera acostumbrado, y detestaba separarse de él; odiaba los cam­bios de cualquier especie. El matrimonio, como origen de cambios, siempre le era desagradable; y aún no había asimilado ni mucho menos el matrimonio de su hija, y siempre hablaba de ella de un modo compasivo, a pesar de que había sido por completo un ma­trimonio por amor, cuando se vio obligado a separarse también de la señorita Taylor; y sus costumbres de plácido egoísmo y su total incapacidad para suponer que otros podían pensar de modo distinto a él, le predispusieron no poco a imaginar que la señorita Taylor había cometido un error tan grave para ellos como para ella misma, y que hubiera sido mucho más feliz de haberse quedado todo el resto de su vida en Hartfield. Emma sonreía y se esforzaba por que su charla fuera lo más animada posible, para apartarle de estos pensamientos; pero a la hora del té, al señor Woodhouse le era im­posible no repetir exactamente lo que ya había dicho al mediodía:

-¡Pobre señorita Taylor! Me gustaría que pudiera volver con nosotros. ¡Qué lastima que al señor Weston se le ocurriera pensar en ella!

-En esto no puedo estar de acuerdo contigo, papá; ya sabes que no. El señor Weston es un hombre excelente, de muy buen ca­rácter y muy agradable, y por lo tanto merece una buena esposa; y supongo que no hubieras preferido que la señorita Taylor viviera con nosotros para siempre y soportara todas mis manías, cuando podía tener una casa propia...


-¡Una casa propia! Pero ¿qué sale ganando con tener una casa propia? Ésta es tres veces mayor. Y tú nunca has tenido manías, querida.

-Iremos a verles a menudo y ellos vendrán a vernos... ¡Siempre estaremos juntos! Somos nosotros los que tenemos que empezar, tenemos que hacerles la primera visita, y muy pronto.

-Querida, ¿cómo voy a ir tan lejos? Randalls está demasiado lejos. No podría andar ni la mitad del camino.

-No, papá, nadie dice que tengas que ir andando. Desde luego que tenemos que ir en coche.

-¿En coche? Pero a James no le gusta sacar los caballos por un viaje tan corto; ¿y dónde vamos a dejar a los pobres caballos mien­tras estamos de visita?

-Papá, pues en las cuadras del señor Weston. Ya sabes que estaba todo previsto. Ayer por la noche hablamos de todo esto con el señor Weston. Y en cuanto a James, puedes estar completamente seguro de que siempre querrá ir a Randalls, porque su hija está sirviendo allí como doncella. Lo único de que dudo es de que quiera llevarnos a algún otro sitio. Fue obra tuya, papá. Fuiste tú quien consiguió a Hannah el empleo. Nadie pensaba en Hannah hasta que tú la mencionaste... ¡James te está muy agradecido!

-Estoy muy contento de haber pensado en ella. Fue una gran suerte, porque por nada del mundo hubiese querido que el pobre James se creyera desairado; y estoy seguro de que será una mag­nífica sirvienta; es una muchacha bien educada y que sabe hablar; tengo muy buena opinión de ella. Cuando la encuentro siempre me hace una reverencia y me pregunta cómo estoy con maneras muy corteses; y cuando la tienes aquí haciendo costura, me fijo en que siempre sabe hacer girar muy bien la llave en la cerradura, y nunca la cierra de un portazo. Estoy seguro de que será una excelente criada; y será un gran consuelo para la pobre señorita Taylor tener a su lado a alguien a quien está acostumbrada a ver. Siempre que James va a ver a su hija, ya puedes suponer que tendrá noticias nuestras. Él puede decirle cómo vamos.

Emma no regateó esfuerzos para conseguir que su padre se man­tuviera en este estado de ánimo, y confiaba, con la ayuda del cha­quete, lograr que pasara tolerablemente bien la velada, sin que le asaltaran más pesares que los suyos propios. Se puso la tabla del chaquete; pero inmediatamente entró una visita que lo hizo inne­cesario.


El señor Knightley, hombre de muy buen criterio, de unos treinta y siete o treinta y ocho años, no sólo era un viejo e íntimo amigo de la familia, sino que también se hallaba particularmente relacio­nado con ella por ser hermano mayor del marido de Isabella. Vivía aproximadamente a una milla de distancia de Highbury, les visitaba con frecuencia y era siempre bien recibido, y esta vez mejor reci­bido que de costumbre, ya que traía nuevas recientes de sus mu­tuos parientes de Londres. Después de varios días de ausencia, había vuelto poco después de la hora de cenar, y había ido a Hartfield para decirles que todo marchaba bien en la plaza de Brunswick. Ésta fue una feliz circunstancia que animó al señor Woodhouse por cierto tiempo. El señor Knightley era un hombre alegre, que siem­pre le levantaba los ánimos; y sus numerosas preguntas acerca de «la pobre Isabella» y sus hijos fueron contestadas a plena satisfac­ción. Cuando hubo terminado, el señor Woodhouse, agradecido, co­mentó:

-Señor Knightley, ha sido usted muy amable al salir de su casa tan tarde y venir a visitarnos. ¿No le habrá sentado mal salir a esta hora?

martes, 28 de junio de 2011

SÓLO QUEDAN ESTAS TRES Capítulo IX

La alianza de las mentes sinceras



Después de cerrar la puerta al finalizar su fracasada entrevista con Lydia Bennet, Darcy recorrió lentamente el pasillo y bajó las escaleras hasta la taberna de la posada, donde se encontraba Wickham, mientras consideraba su siguiente movimiento. Aquel bribón debía de estar pensando que estaba en la posición más ventajosa y, en efecto, así era a simple vista. La presencia de Darcy y la obstinación de Lydia eran prueba de ello. Pero era una ligera ventaja y mientras tuviera todavía localizados a los tórtolos, correspondía a Darcy la tarea de insistir en la incertidumbre y el peligro que representaba su posición, poniendo tanto énfasis como pudiera. Porque si llegaban a huir, todo estaría perdido.


Wickham se dio la vuelta cuando Darcy entró en la oscura estancia y su eterna sonrisita se hizo más amplia al ver que Darcy bajaba solo. Avanzó hacia el lugar que habían ocupado antes y puso un vaso medio vacío sobre la mesa, antes de sentarse.


—Una muchachita asombrosamente fiel, ¿verdad? Todavía no sé si eso es un rasgo afortunado o desafortunado en una mujer, pero así es. ¿Qué le vas a hacer?


—En efecto —respondió Darcy, sentándose en el otro asiento—. ¿Qué sugieres?


Wickham soltó una carcajada, como si acabara de hacer un chiste, pero su alegría se apaciguó bajo la constante mirada de censura de Darcy.


—Bueno —sugirió—, podrías llevártela a la fuerza, tú o alguien a quien contrates, pataleando y gritando como una loca. Ni yo ni nadie aquí se interpondría en tu camino por… —Miró a Darcy con gesto calculador—. Diez mil libras.


—Diez mil libras —repitió Darcy sin emoción—. Pero está el problema de su reputación y la de su familia. El hecho de que tú tengas diez mil libras en el bolsillo no va a restaurar la respetabilidad de la familia de ella. No, la idea de llegar a un arreglo matrimonial es la dirección correcta que debes tomar. —Darcy se recostó.



Wickham hizo una mueca de decepción, pero sus ojos decían que estaba ansioso por seguir.


—Muy bien, diez mil libras. —Golpeó la mesa como si estuviera en una subasta de caballos—. ¡Y me caso con ella!


Darcy fingió una ligera mirada de sorpresa.


—¿Y después de oír esta oferta tan magnánima debo asumir que tú crees que, primero, yo soy tonto, y segundo, el simple hecho de unir tu nombre al de ella será una compensación adecuada por tus acciones y se restaurará inmediatamente la reputación de toda la familia?


—¿Qué es lo que tú…?


—¿Qué es lo que creo? Muy sencillo, que una vez te encuentres en posesión de una suma considerable de dinero, abandonarás a la muchacha en manos de tus acreedores y yo habré financiado una buena cantidad de bellaquerías y engaños futuros. ¿O acaso has olvidado mencionar que el trato incluía una cláusula adicional según la cual tú te reformabas y modificabas tu carácter?


Wickham le lanzó una mirada de frío odio.


—¡Siempre el mismo mojigato melindroso y temeroso de ensuciarse la ropa! ¡Carácter! —exclamó con odio—. Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de tener carácter, pero la mayoría de ellos parecen no complicarse mucho. Simplemente tienen el dinero o el poder para comprar la manera de salir de los problemas, antes de que los rumores se vuelvan demasiado insistentes. Pero los pobres… a los pobres los juzgan sin conmiseración…


—Sí —lo interrumpió Darcy—, está el asunto de tus deudas. ¿Tienes alguna idea de a cuánto ascienden? —Wickham se encogió de hombros con desinterés. Darcy insistió en el asunto—: Entonces pensemos solamente en las que has contraído desde tu llegada a Meryton. ¿A cuánto ascienden?


Wickham se volvió a encoger de hombros.


—No tengo ni idea, excepto… —Desvió la mirada un segundo, antes de continuar—: Excepto las deudas de honor que tengo con mis compañeros oficiales. —Como si hubiese tenido una revelación de repente, Wickham se enderezó y golpeó la mesa—. ¡Ellos son los causantes de todo este maldito lío! ¡Si esos «elegantes caballeros» no hubiesen sido tan endemoniadamente meticulosos a la hora de exigir lo que les debía y no hubiesen estado tan prestos en delatarme, yo no estaría aquí!


—Pagaré tus deudas.


—¿Qué? —Wickham miró a Darcy de inmediato—. ¿Todas?


—Todas aquellas en las que incurriste desde que pusiste un pie en Meryton.


—¡Debes de estar bromeando! ¿Todas? ¿Sin saber la suma? —preguntó con incredulidad.


—Pagaré tus deudas, tanto a los comerciantes como a los oficiales —repitió Darcy. No se había movido desde que se había recostado contra la silla y, extrañamente, tampoco había sentido la rabia o el desagrado que solía sentir hasta ahora cada vez que cruzaba por su mente la simple mención de George Wickham. Darcy tenía un objetivo, y trataría de conseguirlo, pero algo había cambiado, y ahora era capaz de luchar contra aquel canalla de manera desapasionada.


La incredulidad de Wickham se convirtió rápidamente en suspicacia.


—Pero eso significaría que tú las controlarías todas. Y en cualquier momento, podrías exigir su pago.


—Sí, eso es cierto. —Darcy inclinó la cabeza, mostrando su acuerdo—. Dependerías de —añadió e hizo una pausa, mientras buscaba la palabra, y le hizo gracia encontrarla precisamente en una frase que había salido de los labios de su hermana— la clemencia, que sería excesivamente generosa y silenciosa, te lo aseguro, mientras tú te comportaras como un caballero en el amplio sentido de la palabra y trataras a tu esposa de manera honorable. —Agitado ante la perspectiva, Wickham se puso en pie y se dirigió a la ventana—. Yo no necesito que tú creas en el honor, puedes continuar despreciándolo todo lo que quieras, sólo que actúes de manera que los demás crean que lo respetas —terminó de decir Darcy, mientras el otro hombre le daba la espalda. En ese momento, Wickham se volvió para mirarlo cara a cara, con una expresión inescrutable—. Pero si llego a enterarme de que estás maltratando a tu esposa o has contraído una deuda de manera injustificada… —Darcy dejó la frase en suspenso.


—¡Atrapado y encadenado! —Wickham contrajo la cara con rabia—. ¿Y qué gano yo en esta encantadora historia? Ya sabes que podría simplemente huir de ti, de la muchacha y de todo este maldito lío en este instante.


—Podrías tratar de hacerlo, tienes razón, pero hay demasiada gente interesada en tu paradero: comerciantes, padres ofendidos, tus antiguos compañeros del regimiento, por no mencionar a tu comandante. Yo te encontré pocos días después de enterarme de que habías huido de Brighton. Ellos también podrán hacerlo.


Wickham se puso pálido, tragó saliva y luego enrojeció.


—No te atreverías… —susurró entre dientes, con los ojos llenos de rabia.


—Sinceramente, espero que las cosas no lleguen a ese extremo —contestó Darcy, mientras una sensación de calma fluía por su cuerpo. La veracidad de sus palabras lo sorprendió casi tanto como a su adversario. Debería estar sintiendo un enorme júbilo a causa de su inminente triunfo sobre el hombre que había arruinado su vida y amenazado a su familia. Al menos debería haber sentido la satisfacción de acorralar a su presa, pero no era así. ¿Acaso era compasión? ¿Sentía compasión por Wickham? No… no se trataba de eso… precisamente.


Wickham se relajó un poco y volvió a sentarse a la mesa.


—Si accedo a todo eso, ¿cómo voy a vivir de aquí en adelante y con una esposa que mantener? Está muy bien eso de satisfacer a todas esas sanguijuelas, pero ¿de qué voy a vivir? —El hecho de que Darcy no contestara inmediatamente pareció preocupar a Wickham, porque comenzó a golpear nerviosamente el suelo con el pie—. No tengo profesión. —Se miró las manos y luego volvió a mirar a Darcy—. ¡Kympton! ¡Dame la rectoría de Kympton! —Darcy comenzó a negar con la cabeza—. ¡Es lo que tu padre quería para mí! ¡Es perfecto!


—¡No! ¡De ninguna manera! —Darcy cortó de plano las exigencias de Wickham—. Hay otra posibilidad, pero antes de hacer más averiguaciones deseo llegar a un trato contigo. —Se levantó de la silla—. ¿Hacemos ese trato? Tú no tratarás de huir de esta posada y te reunirás conmigo mañana para seguir discutiendo tu situación, y yo no informaré a nadie de tu paradero ni me retractaré de ninguna de las promesas que te he hecho hasta ahora.


Wickham reflexionó un momento y luego, suspirando, le tendió la mano.


—De acuerdo. —Darcy se quedó mirando la mano extendida, sintiendo una opresión en el pecho—. Ah, bueno… —Wickham comenzó a retirarla.


—¡No, ven! —Darcy ignoró al diablillo que quería llevarlo de nuevo al reino del resentimiento y estrechó brevemente la mano de Wickham—. De acuerdo. Mañana por la tarde vendré a buscarte —dijo apresuradamente—. Despídeme de la señorita Lydia Bennet. —Luego tomó su sombrero y su bastón y dejó a Wickham solo en la taberna, para que pensara lo que quisiera acerca de lo que acababa de pasar entre los dos.


Al llegar a donde estaba el coche de alquiler, Darcy le dio una dirección al cochero y subió. Mientras el vehículo recorría las calles, arrojó su sombrero y sus guantes sobre el gastado asiento de cuero y se frotó primero los ojos y luego toda la cara. Se recostó contra los cojines del respaldo, estiró las piernas y evaluó la situación. ¡Los había encontrado! La triste miseria del lugar en el que estaban era suficiente para deprimir al más optimista de los hombres, y Wickham no formaba parte de ese feliz grupo. Pero Darcy estaba seguro de que se sentía cada vez más impaciente por tener que marginarse de la vida que ansiaba y estaba desesperado por encontrar una manera de alcanzar otra vez la suficiente respetabilidad para disfrutar de esa vida. ¿Serían suficientes para tentar a Wickham las condiciones que le había propuesto? Parecía que sí; al menos de momento. Cuando pasara todo aquello, era probable que el simple hecho de tener el control de sus deudas pendiendo sobre su cabeza lo hiciera mantenerse en el camino correcto.


Cerró los ojos y dejó escapar un gran suspiro. A pesar de que las condiciones resultaban bastante onerosas para Wickham, la verdad era que el hecho de que el hombre hubiese aceptado su oferta de comprar todas sus deudas y las medidas que habría que tomar para garantizar los términos del acuerdo lo atarían a él durante el resto de su vida. Darcy lo sabía desde el principio y el desagrado que esto le producía había despertado su antipatía latente, a pesar de todos los esfuerzos por tener una actitud adecuada a la importancia de aquel empeño. Pero luego, al ver todo aquello —el egoísmo y la actitud desafiante e infantil de Lydia Bennet, la bravata de Wickham, que mostraba su absoluta falta de conciencia—, Darcy había sentido brotar dentro de él una inesperada compasión, y la suave lluvia de la clemencia había hecho desvanecer lo que la rabia y el orgullo no habían podido lograr. Había llegado a un acuerdo. Era un comienzo que permitía albergar un poco de esperanza.


¡Esperanza! La atención de Darcy se fijó ahora en esa dulce presencia que había en su corazón, para quien significaría tanto esta esperanza… Elizabeth. Si pudiera aliviar su sufrimiento asegurándole que había encontrado a su hermana y que ya se estaban trazando los planes para garantizar su regreso. ¡Lo que debía de estar pasando día tras día, mientras esperaba que le llegara alguna noticia!


—Pronto —le prometió Darcy con voz suave en medio de la penumbra del carruaje—. Pronto.


El vehículo se detuvo frente al cuartel de oficiales de la Real Guardia Montada de su majestad y, cuando el cochero se bajó para abrir la portezuela, Darcy sacó una tarjeta del tarjetero que guardaba en el bolsillo del chaleco. Se la entregó al hombre y le pidió que se la llevara al oficial de guardia y preguntara por el paradero del coronel Fitzwilliam. En menos de cinco minutos, Darcy sabía exactamente dónde estaba su primo.


—¡Por Dios, Fitz! ¿Qué estás haciendo aquí y montado en eso? —Darcy se rió al ver el gesto de desaprobación de Richard, mientras su primo le abría la portezuela del carruaje y bajaba él mismo la escalerilla. ¡Era estupendo volver a reír!—. Toma, coge tu sombrero, por favor, y ¡asegúrate de sacudirlo!


—¡Por favor no ofendas a mi cochero! —le advirtió Darcy con un guiño—. Es un hombre extraordinariamente valiente y fiel a su palabra. —Se volvió hacia el hombre y le puso en la mano tres veces más de la tarifa habitual, mirándole directamente a los ojos—. Le estoy muy agradecido.


—Gracias, patrón… Ah, señor. —El hombre se sonrojó y, bajando la cabeza mientras retrocedía, se subió de nuevo a su pescante y se marchó.


Darcy dio media vuelta y vio a su primo mirándolo con total incredulidad. Le puso una mano en el hombro y dijo:


—Ven, ya he encontrado a Wickham y necesito tu ayuda. ¿Dónde podemos hablar?


Minutos después, estaban en el umbral de una taberna frecuentada por un gran número de oficiales de su majestad, la mayoría de los cuales miraron con curiosidad a Darcy, después de hacerse a un lado y saludar a su acompañante.


—No hay muchos civiles lo suficientemente valientes como para atreverse a cruzar el «Mar Rojo» —explicó Richard, escoltando a su primo hasta una cómoda mesa en el rincón—. Se están preguntando quién eres tú. Ahora, ¡dime cómo demonios has hecho para encontrar a ese bellaco sarnoso antes que yo!


Darcy sacudió la cabeza.


—En otra ocasión, tal vez. Necesito tu ayuda en algo en lo que tú eres particularmente experto. —Richard le sonrió con picardía—. ¿Qué? ¡No! Me refiero a tus conocimientos militares, mi querido primo.


Richard se recostó contra la silla, con actitud de suficiencia.


—¡Habla! ¿Qué quieres saber?


—¿Cuánto cuesta un cargo de teniente?


—¿Un cargo de teniente? Depende de la unidad y del lugar donde esté destacada. Está entre las quinientas y las novecientas libras. —Frunció el entrecejo—. ¿Por qué…? ¡Espera un minuto! —El coronel se inclinó hacia delante y clavó una mirada horrorizada en Darcy—. ¡No estarás pensando en Wickham!


—¡En un segundo! —Darcy sonrió al ver la expresión de su primo—. ¡Nunca entenderé por qué D'Arcy dice que eres lento!


—¡Porque es un idiota! Pero eso no viene al caso. —Richard entrecerró los ojos y golpeó la mesa con un dedo—. Quieres comprarle un cargo de teniente a Wickham. Wickham, el canalla que casi arruinó… —Se detuvo y se mordió el labio, luego continuó—: Que te ha arrojado a la cara todo lo bueno que has hecho por él, que le debe dinero a todos los comerciantes y una disculpa al padre de todas las jovencitas que hay desde aquí hasta Derbyshire. —Richard se iba poniendo cada vez más rojo con cada acusación—. ¿Qué ha hecho para que abandone su regimiento en la milicia y tú lo recompenses con una carrera en el ejército regular? ¡Teniente! —exclamó Richard resoplando—. ¡Déjalo empezar desde abajo y aprender disciplina y respeto, si tiene tantas ganas de entrar en el ejército!


—No te lo puedo decir; no tengo derecho a revelar los detalles —le recordó Darcy a su primo, que se recostó contra la silla y comenzó a sacudir la cabeza lleno de frustración. Luego cedió un poco—. Debes saber que no hago esto con el objeto de asegurar el bienestar de Wickham. Él ha… —Darcy se quedó callado un momento y frunció el ceño—. ¡Maldición! Ha engañado a otra jovencita, pero esta vez se trata de una muchacha de una familia a la que conozco, respetable pero modesta. Lo único que hay que hacer es obligarlos a casarse y tú sabes tan bien como yo que George no está en condiciones de mantener a una esposa. Hago esto por la jovencita y su familia. —Darcy repasó con el dedo uno de los círculos oscuros que habían dejado en la mesa innumerables vasos a lo largo de los años—. Tal vez, si hubiese sido menos orgulloso, habría tenido algo de éxito en hacerles ver la verdadera naturaleza de Wickham, antes de que pusiera en peligro a una de sus hijas.


Richard observó a su primo fijamente, mientras se acariciaba la barbilla. Darcy sabía que estaba buscando cualquier resquicio de debilidad que pudiera aprovechar.


—¡Muy bien, muy bien! —Se rindió finalmente y levantó las manos—. Estás decidido a hacer esto, en lo cual hay mucho más de lo que se ve a simple vista, y no hay manera de hacerte cambiar de parecer. ¿Qué quieres que haga yo?


—Encuentra un puesto de teniente en una unidad destacada aquí en Inglaterra, pero en un lugar recóndito, preferiblemente donde haya pocas tentaciones para ir por el mal camino.


Richard enarcó las cejas.



—¡Quieres enterrarlo! —Resopló—. Bueno, debo decir que tu idea suena mejor ahora que al principio. No debe de ser difícil encontrar oficiales que quieran vender un cargo sin muchas posibilidades de ascenso en medio de la nada. Tal vez tenga suerte y pueda encontrar un acantonamiento con un comandante autoritario, que crea devotamente en los beneficios de atormentar a sus subalternos para convertirlos en hombres de verdad. —Se rió con malicia—. Te enviaré una lista a Erewile House.


—La necesito lo más pronto posible. —Darcy se puso en pie, al igual que su primo.


—¡Sí, señor! —respondió Richard enseguida, luego se inclinó para susurrarle al oído—: Pero si se llega a saber que yo tuve algo que ver con la entrada al ejército de ese miserable, no tendré compasión contigo, primo.

**************

 Esa misma noche, Witcher dejó sobre el escritorio de Darcy un sobre con la letra inconfundible de Richard.


—Una comunicación del coronel Fitzwilliam, señor —anunció Witcher desde la puerta y luego atravesó el salón, cuando Darcy lo autorizó.


—Gracias, Witcher. Eso será todo. —Tomó el sobre y comenzó a romper el sello.


Pero en lugar de salir, el mayordomo se quedó mirando la bandeja que Darcy tenía junto al brazo.


—¿No le ha gustado la comida, señor?


—No, está muy bien. —Darcy miró con desaliento la comida primorosamente dispuesta—. En medio de todo este lío —dijo, señalando el escritorio lleno de papeles— se me olvidó que estaba ahí.


—¿Quiere que me la lleve, señor? —A juzgar por el tono de Witcher y su larga experiencia, Darcy sabía que el hecho de mandar la comida de vuelta sin probarla, preocuparía a sus sirvientes.


—No, no, déjela ahí. Ahora que esto ha llegado —respondió, señalando el sobre—, me siento más tranquilo. Dele las gracias a su mujer, Witcher.


—Sí, señor. —El hombre suspiró con alivio—. Eso haré, señor.


Una vez roto el sello, Darcy esparció las páginas sobre el escritorio y estiró la mano para tomar una de las galletas de limón de su ama de llaves. Después de estudiar durante media hora la lista del coronel Fitzwilliam y seleccionar el regimiento que estaba más lejos de Hertfordshire y de toda sociedad respetable, sacó papel y pluma y comenzó la compra de un puesto para el oficial George Wickham.


A la mañana siguiente, siguiendo las instrucciones de su primo, Darcy presentó su solicitud ante las autoridades apropiadas y una hora después le aseguraron que, cuando se hubiesen cumplido todos los trámites militares, su solicitud para un cargo en el regimiento…, destacado en Newcastle, sería aceptada.


Al regresar a Erewile House, se embarcó en la extraordinariamente incómoda tarea de informarle a su secretario de que sería necesario hacer ciertos ajustes en sus finanzas. Por primera vez en su larga relación, Darcy vio que Hinchcliffe se sobresaltaba realmente y se quedaba mirándole fijamente.


—Señor Darcy —dijo con voz ronca, incapaz de articular bien las palabras—, ¡usted no sabe lo que está diciendo! Conseguir una suma que supera de tal manera los requerimientos normales de sus intereses implicaría un movimiento de capital bastante considerable y, por tanto, una pérdida inevitable. Señor, respetuosamente le ruego que lo reconsidere. Tal vez haya otras maneras de conseguir esa suma…


Darcy negó con la cabeza.


—Me temo que no con tanta rapidez y el tiempo corre en mi contra. —Al ver la preocupación en los ojos del secretario, Darcy continuó—: No piense que he hecho algo imprudente o deshonesto, Hinchcliffe. No me he convertido en jugador ni soy víctima de una extorsión. Al contrario, tengo la esperanza de que estos fondos sirvan para hacer un bien… para corregir un error, al menos. —Guardó silencio, dando un golpecito al escritorio—. Lo dejo en sus manos, Hinchcliffe —le dijo al hombre que le había enseñado y lo había guiado en todos los asuntos financieros desde la muerte de su padre—, y tengo plena confianza en sus decisiones. Proceda como mejor le parezca: yo firmaré sin pedir ninguna explicación o justificación.


—Como desee, señor. —El secretario se levantó y lo miró. Ya había recuperado su habitual reserva, pero todavía era evidente su preocupación por alguien que había crecido bajo su tutela—. Pero la esperanza, esa de la que usted habla, rara vez produce capital, señor, y mucho menos intereses.


—Sin embargo, si hay algo de humanidad en nosotros, debemos seguir invirtiendo, ¿no le parece? —Lo dijo en voz baja, pero con una repentina y sentida convicción.


Hinchcliffe inclinó la cabeza y luego, por primera vez, le hizo una reverencia completa.


—Su padre estaría muy orgulloso, señor, muy orgulloso. —Y diciendo esto, el secretario dio media vuelta, sin alcanzar a ver la expresión de asombro y agradecimiento en el rostro de Darcy, y salió del estudio, con los hombros en actitud de emprender una batalla financiera contra el mundo, en nombre de su patrón. Darcy sabía que las palabras de Hinchcliffe no eran producto de la ligereza. Acompañadas por aquella reverencia, eran la primera prueba del aprecio más profundo y auténtico que le había ofrecido su secretario en todos estos años. Ah, el hombre siempre había sido extremadamente cortés y paciente, incluso cuando, durante su primer encuentro, Darcy, de doce años, se había estrellado contra el joven secretario en el vestíbulo, justo frente a esa misma puerta. Su padre estaría muy orgulloso. Los ojos de Darcy buscaron el pequeño retrato de su padre que había sobre la pared y asintió en señal de agradecimiento.


—Sí, gracias, creo que lo estaría.


**************

jueves, 6 de mayo de 2010

ORGULLO Y PREJUICIO Capítulos LX y LXI (Final)

Pido disculpas por la tardanza en subir esta entrada pero fueron motivos ajenos a mi voluntad. Aquí les dejo la última entrega de esta gran obra maestra,  ha sido para mí un verdadero placer haberla compartido con todos vosotros, un abrazo y feliz lectura.

CAPÍTULO LX


Elizabeth no tardó en recobrar su alegría, y quiso que Darcy le contara cómo se había enamorado de ella:
––¿Cómo empezó todo? ––le dijo––. Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?
––No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.
––Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?
––Por tu vigor y por tu inteligencia.
––Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto de cortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero a pesar del trabajo que te tomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles y justos, y desde el fondo de tu corazón despreciabas por completo a las personas que tan asiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, al fin y al cabo, empiezo a creer que es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora.
––¿No había ningún mérito en tu cariñosa conducta con Jane cuando cayó enferma en Netherfield?
––¡Mi querida Jane! Cualquiera habría hecho lo mismo por ella. Pero interprétalo como virtud, si quieres. Mis buenas cualidades te pertenecen ahora, y puedes exagerarlas cuanto se te antoje. En cambio a mí me corresponde el encontrar ocasiones de contrariarte y de discutir contigo tan a menudo como pueda. Así es que voy a empezar ahora mismo. ¿Por qué tardaste tanto en volverme a hablar de tu cariño? ¿Por qué estabas tan tímido cuando viniste la primera vez y luego cuando comiste con nosotros? ¿Por qué, especialmente, mientras estabas en casa, te comportabas como si yo no te importase nada?
––Porque te veía seria y silenciosa y no me animabas.
––Estaba muy violenta.
––Y yo también.
––Podías haberme hablado más cuando venías a comer.
––Si hubiese estado menos conmovido, lo habría hecho.
––¡Qué lástima que siempre tengas una contestación razonable, y que yo sea también tan razonable que la admita! Pero si tú hubieses tenido que decidirte, todavía estaríamos esperando. ¿Cuándo me habrías dicho algo, si no soy yo la que empieza? Mi decisión de darte las gracias por lo que hiciste por Lydia surtió buen efecto; demasiado: estoy asustada; porque ¿cómo queda la moral si nuestra felicidad brotó de la infracción de una promesa? Yo no debí haber hablado de aquello, no volveré a hacerlo.
––No te atormentes. La moral quedará a salvo por completo. El incalificable proceder de lady Catherine para separarnos fue lo que disipó todas mis dudas. No debo mi dicha actual a tu vehemente deseo de expresarme tu gratitud. No necesitaba que tú me dijeras nada. La narración de mi tía me había dado esperanzas y estaba decidido a saberlo todo de una vez.
––Lady Catherine nos ha sido, pues, infinitamente útil, cosa que debería extasiarla a ella que tanto le gusta ser útil a todo el mundo. Pero dime, ¿por qué volviste a Netherfield? ¿Fue sólo para venir a Longbourn a azorarte, o pensaste en obtener un resultado más serio?
––Mi verdadero propósito era verte y comprobar si podía abrigar aún esperanzas de que me amases. Lo que confesaba o me confesaba a mí mismo era ver si tu hermana quería todavía a Bingley, y, de ser así, reiterarle la confesión que ya otra vez le había hecho.
––¿Tendrás valor de anunciarle a lady Catherine lo que le espera?
––Puede que más bien me falte tiempo que valor. Vamos a ello ahora mismo. Si me das un pliego de papel, lo hago inmediatamente.
––Y si yo no tuviese que escribir otra carta, podría sentarme a tu lado y admirar la uniformidad de tu letra, como hacía cierta señorita en otra ocasión. Pero yo tengo una tía a la que no quiero dejar olvidada por más tiempo.
Por no querer confesar que habían exagerado su intimidad con Darcy, Elizabeth no había contestado aún a la larga carta de la señora Gardiner. Pero ahora, al poder anunciarles lo que tan bien recibido sería, casi se avergonzaba de que sus tíos se hubieran perdido tres días de disfrutar de aquella noticia. Su carta fue como sigue:
«Querida tía: te habría dado antes, como era mi deber, las gracias por tu extensa, amable y satisfactoria descripción del hecho que tú sabes; pero sabrás que estaba demasiado afligida para hacerlo. Tus suposiciones iban más allá de la realidad. Pero ahora ya puedes suponer lo que te plazca, puedes dar rienda suelta a tu fantasía, puedes permitir a tu imaginación que vuele libremente, y no errarás más que si te figuras que ya estoy casada. Tienes que escribirme pronto y alabar a Darcy mucho más de lo que le alababas en tu última carta. Doy gracias a Dios una y mil veces por no haber ido a los Lagos. ¡Qué necedad la mía al desearlo! Tu idea de las jacas es magnífica; todos los días recorreremos la finca. Soy la criatura más dichosa del mundo. Tal vez otros lo hayan dicho antes, pero nadie con tanta justicia. Soy todavía más feliz que Jane. Ella sólo sonríe. Yo me río del todo. Darcy te envía todo el cariño de que pueda privarme. Vendréis todos a Pemberley para las Navidades.»
La misiva de Darcy a lady Catherine fue diferente. Y todavía más diferente fue la que el señor Bennet le mandó al señor Collins en contestación a su última:
«Querido señor: tengo que molestarle una vez más con la cuestión de las enhorabuenas: Elizabeth será pronto la esposa del señor Darcy. Consuele a lady Catherine lo mejor que pueda; pero yo que usted me quedaría con el sobrino. Tiene más que ofrecer. Le saludo atentamente.»
Los parabienes de la señorita Bingley a su hermano con ocasión de su próxima boda fueron muy cariñosos, pero no sinceros. Escribió también a Jane para expresarle su alegría y repetirle sus antiguas manifestaciones de afecto. Jane no se engañó, pero se sintió conmovida, y aunque no le inspiraba ninguna confianza, no pudo menos que remitirle una contestación mucho más amable de lo que pensaba que merecía. La alegría que le causó a la señorita Darcy la noticia fue tan verdadera como la de su hermano al comunicársela. Mandó una carta de cuatro páginas que todavía le pareció insuficiente para expresar toda su satisfacción y su vivo deseo de obtener el cariño de su hermana.
Antes de que llegara ninguna respuesta de Collins ni felicitación de su esposa a Elizabeth, la familia de Longbourn se enteró de que los Collins iban a venir a casa de los Lucas. Pronto se supo la razón de tan repentino traslado. Lady Catherine se había puesto tan furiosa al recibir la carta de su sobrino, que Charlotte, que de veras se alegraba de la boda, quiso marcharse hasta que la tempestad amainase. La llegada de su amiga en aquellos momentos fue un gran placer para Elizabeth; aunque durante sus encuentros este placer se le venía abajo al ver a Darcy expuesto a la ampulosa cortesía de Collins. Pero Darcy lo soportó todo con admirable serenidad. Incluso atendió a sir William Lucas cuando fue a cumplimentarle por llevarse la más brillante joya del condado y le expresó sus esperanzas de que se encontrasen todos en St. James. Darcy se encogió de hombros, pero cuando ya sir William no podía verle.
La vulgaridad de la señora Philips fue otra y quizá la mayor de las contribuciones impuestas a su paciencia, pues aunque dicha señora, lo mismo que su hermana, le tenía demasiado respeto para hablarle con la familiaridad a que se prestaba el buen humor de Bingley, no podía abrir la boca sin decir una vulgaridad. Ni siquiera aquel respeto que la reportaba un poco consiguió darle alguna elegancia. Elizabeth hacía todo lo que podía para protegerle de todos y siempre procuraba tenerle junto a ella o junto a las personas de su familia cuya conversación no le mortificaba. Las molestias que acarreó todo esto quitaron al noviazgo buena parte de sus placeres, pero añadieron mayores esperanzas al futuro. Elizabeth pensaba con delicia en el porvenir, cuando estuvieran alejados de aquella sociedad tan ingrata para ambos y disfrutando de la comodidad y la elegancia de su tertulia familiar de Pemberley.

CAPÍTULO LXI



El día en que la señora Bennet se separó de sus dos mejores hijas, fue de gran bienaventuranza para todos sus sentimientos maternales. Puede suponerse con qué delicioso orgullo visitó después a la señora Bingley y habló de la señora Darcy. Querría poder decir, en atención a su familia, que el cumplimiento de sus más vivos anhelos al ver colocadas a tantas de sus hijas, surtió el feliz efecto de convertirla en una mujer sensata, amable y juiciosa para toda su vida; pero quizá fue una suerte para su marido (que no habría podido gozar de la dicha del hogar en forma tan desusada) que siguiese ocasionalmente nerviosa e invariablemente mentecata.
El señor Bennet echó mucho de menos a su Elizabeth; su afecto por ella le sacó de casa con una frecuencia que no habría logrado ninguna otra cosa. Le deleitaba ir a Pemberley, especialmente cuando menos le esperaban.
Bingley y Jane sólo estuvieron un año en Netherfield. La proximidad de su madre y de los parientes de Meryton no era deseable ni aun contando con el fácil carácter de Bingley y con el cariñoso corazón de Jane. Entonces se realizó el sueño dorado de las hermanas de Bingley; éste compró una posesión en un condado cercano a Derbyshire, y Jane y Elizabeth, para colmo de su felicidad, no estuvieron más que a treinta millas de distancia.
Catherine, sólo por su interés material, se pasaba la mayor parte del tiempo con sus dos hermanas mayores; y frecuentando una sociedad tan superior a la que siempre había conocido, progresó notablemente. Su temperamento no era tan indomable como el de Lydia, y lejos del influjo de ésta, llegó, gracias a una atención y dirección conveniente, a ser menos irritable, menos ignorante y menos insípida. Como era natural, la apartaron cuidadosamente de las anteriores desventajas de la compañía de Lydia, y aunque la señora Wickham la invitó muchas veces a ir a su casa, con la promesa de bailes y galanes, su padre nunca consintió que fuese.
Mary fue la única que se quedó en la casa y se vio obligada a no despegarse de las faldas de la señora Bennet, que no sabía estar sola. Con tal motivo tuvo que mezclarse más con el mundo, pero pudo todavía moralizar acerca de todas las visitas de las mañanas, y como ahora no la mortificaban las comparaciones entre su belleza y la de sus hermanas, su padre sospechó que había aceptado el cambio sin disgusto.
En cuanto a Wickham y Lydia, las bodas de sus hermanas les dejaron tal como estaban. Él aceptaba filosóficamente la convicción de que Elizabeth sabría ahora todas sus falsedades y toda su ingratitud que antes había ignorado; pero, no obstante, alimentaba aún la esperanza de que Darcy influiría para labrar su suerte. La carta de felicitación por su matrimonio que Elizabeth recibió de Lydia daba a entender que tal esperanza era acariciada, si no por él mismo, por lo menos por su mujer. Decía textualmente así:
«Mi querida Lizzy: Te deseo la mayor felicidad. Si quieres al señor Darcy la mitad de lo que yo quiero a mi adorado Wickham, serás muy dichosa. Es un gran consuelo pensar que eres tan rica; y cuando no tengas nada más que hacer, acuérdate de nosotros. Estoy segura de que a Wickham le gustaría muchísimo un destino de la corte, y nunca tendremos bastante dinero para vivir allí sin alguna ayuda. Me refiero a una plaza de trescientas o cuatrocientas libras anuales aproximadamente; pero, de todos modos, no le hables a Darcy de eso si no lo crees conveniente.»
Y como daba la casualidad de que Elizabeth lo creía muy inconveniente, en su contestación trató de poner fin a todo ruego y sueño de esa índole. Pero con frecuencia le mandaba todas las ayudas que le permitía su práctica de lo que ella llamaba economía en sus gastos privados. Siempre se vio que los ingresos administrados por personas tan manirrotas como ellos dos y tan descuidados por el porvenir, habían de ser insuficientes para mantenerse. Cada vez que se mudaban, o Jane o ella recibían alguna súplica de auxilio para pagar sus cuentas. Su vida, incluso después de que la paz les confinó a un hogar, era extremadamente agitada. Siempre andaban cambiándose de un lado para otro en busca de una casa más barata y siempre gastando más de lo que podían. El afecto de Wickham por Lydia no tardó en convertirse en indiferencia; el de Lydia duró un poco más, y a pesar de su juventud y de su aire, conservó todos los derechos a la reputación que su matrimonio le había dado.
Aunque Darcy nunca recibió a Wickham en Pemberley, le ayudó a progresar en su carrera por consideración a Elizabeth. Lydia les hizo alguna que otra visita cuando su marido iba a divertirse a Londres o iba a tomar baños. A menudo pasaban temporadas con los Bingley, hasta tan punto que lograron acabar con el buen humor de Bingley y llegó a insinuarles que se largasen.
La señorita Bingley quedó muy resentida con el matrimonio de Darcy, pero en cuanto se creyó con derecho a visitar Pemberley, se le pasó el resentimiento: estuvo más loca que nunca por Georgiana, casi tan atenta con Darcy como en otro tiempo y tan cortés con Elizabeth que le pagó sus atrasos de urbanidad.
Georgiana se quedó entonces a vivir en Pemberley y se encariñó con su hermana tanto como Darcy había previsto. Las dos se querían tiernamente. Georgiana tenía el más alto concepto de Elizabeth, aunque al principio se asombrase y casi se asustase al ver lo juguetona que era con su hermano; veía a aquel hombre que siempre le había inspirado un respeto que casi sobrepasaba al cariño, convertido en objeto de francas bromas. Su entendimiento recibió unas luces con las que nunca se había tropezado. Ilustrada por Elizabeth, empezó a comprender que una mujer puede tomarse con su marido unas libertades que un hermano nunca puede tolerar a una hermana diez años menor que él.
Lady Catherine se puso como una fiera con la boda de su sobrino, y como abrió la esclusa a toda su genuina franqueza al contestar a la carta en la que él le informaba de su compromiso, usó un lenguaje tan inmoderado, especialmente al referirse a Elizabeth, que sus relaciones quedaron interrumpidas por algún tiempo. Pero, al final, convencido por Elizabeth, Darcy accedió a perdonar la ofensa y buscó la reconciliación. Su tía resistió todavía un poquito, pero cedió o a su cariño por él o a su curiosidad por ver cómo se comportaba su esposa, de modo que se dignó visitarles en Pemberley, a pesar de la profanación que habían sufrido sus bosques no sólo por la presencia de semejante dueña, sino también por las visitas de sus tíos de Londres.
Con los Gardiner estuvieron siempre los Darcy en las más íntima relación. Darcy, lo mismo que Elizabeth, les quería de veras; ambos sentían la más ardiente gratitud por las personas que, al llevar a Elizabeth a Derbyshire, habían sido las causantes de su unión.



martes, 27 de abril de 2010

MI IMAGEN 10 Y ORGULLO Y PREJUICIO Capítulos del LVIII al LIX






Desde el blog El rincón de Jane Austen, Scarlett me invitó a que participe en un juego, se trata de "Mi imagen 10" debo elegir una imagen que tenga para mi un valor sentimental o artístico, o bien la imagen favorita de mi blog, o la número 10 según el orden de entradas; bueno he optado por las dos primeras, la primera es un montaje de mi cosecha e inspiración, ¿de quien? pues de la pareja más romántica de todos los tiempos, y la segunda, el único retrato de Jane Austen, ambos significan mucho para mi, por ser inspiración y ensoñación de todos mis días.
Bien, debo pasar el juego a otros cinco blogs afortunados, y son:

EN LA CORTE DEL REY SOL
TERRITORIO ENEMIGO
LA HORMIGUITA HIPPIE
UN MINUTO DE MI ETERNIDAD
DUELISTAS, RELATOS SOBRE DUELOS DE HONOR.

Ahora continúo con esta maravillosa historia que va llegando al final, que la disfruten.


CAPÍTULO LVIII

Pocos días después de la visita de lady Catherine, Bingley no sólo no recibió ninguna carta de excusa de su amigo, sino que le llevó a Longbourn en persona. Los caballeros llegaron temprano, y antes de que la señora Bennet tuviese tiempo de decirle a Darcy que había venido a visitarles su tía, cosa que Elizabeth temió por un momento, Bingley, que quería estar solo con Jane, propuso que todos salieran de paseo. Se acordó así, pero la señora Bennet no tenía costumbre de pasear y Mary no podía perder el tiempo. Así es que salieron los cinco restantes. Bingley y Jane dejaron en seguida que los otros se adelantaran y ellos se quedaron atrás. Elizabeth, Darcy y Catherine iban juntos, pero hablaban muy poco. Catherine tenía demasiado miedo a Darcy para poder charlar; Elizabeth tomaba en su fuero interno una decisión desesperada, y puede que Darcy estuviese haciendo lo mismo.
Se encaminaron hacia la casa de los Lucas, porque Catherine quería ver a María, y como Elizabeth creyó que esto podía interesarle a ella, cuando Catherine les dejó siguió andando audazmente sola con Darcy.




Llegó entonces el momento de poner en práctica su decisión, y armándose de valor dijo inmediatamente:
––Señor Darcy, soy una criatura muy egoísta que no me preocupo más que de mis propios sentimientos, sin pensar que quizá lastimaría los suyos. Pero ya no puedo pasar más tiempo sin darle a usted las gracias por su bondad sin igual para con mi pobre hermana. Desde que lo supe he estado ansiando manifestarle mi gratitud. Si mi familia lo supiera, ellos también lo habrían hecho.
––Siento muchísimo ––replicó Darcy en tono de sorpresa y emoción–– que haya sido usted informada de una cosa que, mal interpretada, podía haberle causado alguna inquietud. No creí que la señora Gardiner fuese tan poco reservada.
––No culpe a mi tía. La indiscreción de Lydia fue lo primero que me descubrió su intervención en el asunto; y, como es natural, no descansé hasta que supe todos los detalles. Déjeme que le agradezca una y mil veces, en nombre de toda mi familia, el generoso interés que le llevó a tomarse tanta molestia y a sufrir tantas mortificaciones para dar con el paradero de los dos.
––Si quiere darme las gracias ––repuso Darcy––, hágalo sólo en su nombre. No negaré que el deseo de tranquilizarla se sumó a las otras razones que me impulsaron a hacer lo que hice; pero su familia no me debe nada. Les tengo un gran respeto, pero no pensé más que en usted.
Elizabeth estaba tan confusa que no podía hablar. Después de una corta pausa, su compañero añadió:



––Es usted demasiado generosa para burlarse de mí. Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más.
Elizabeth, sintiéndose más torpe y más angustiada que nunca ante la situación de Darcy, hizo un esfuerzo para hablar en seguida, aunque no rápidamente, le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado. Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón; pero podía escucharle, y los sentimientos que Darcy le confesaba y que le demostraban la importancia que ella tenía para él, hacían su cariño cada vez más valioso.






Siguieron paseando sin preocuparse de la dirección que llevaban. Tenían demasiado que pensar, que sentir y que decir para fijarse en nada más. Elizabeth supo en seguida que debían su acercamiento a los afanes de la tía de Darcy, que le visitó en Londres a su regreso y le contó su viaje a Longbourn, los móviles del mismo y la sustancia de su conversación con la joven, recalcando enfáticamente las expresiones que denotaban, a juicio de Su Señoría, la perversidad y descaro de Elizabeth, segura de que este relato le ayudaría en su empresa de arrancar al sobrino la promesa que ella se había negado a darle. Pero por desgracia para Su Señoría, el efecto fue contraproducente.

––Gracias a eso concebí esperanzas que antes apenas me habría atrevido a formular. Conocía de sobra el carácter de usted para saber que si hubiese estado absoluta e irrevocablemente decidida contra mí, se lo habría dicho a lady Catherine con toda claridad y franqueza.
Elizabeth se ruborizó y se rió, contestando:
––Sí, conocía usted de sobra mi franqueza para creerme capaz de eso. Después de haberle rechazado tan odiosamente cara a cara, no podía tener reparos en decirle lo mismo a todos sus parientes.
––No me dijo nada que no me mereciese. Sus acusaciones estaban mal fundadas, pero mi proceder con usted era acreedor del más severo reproche. Aquello fue imperdonable; me horroriza pensarlo.
––No vamos a discutir quién estuvo peor aquella tarde ––dijo Elizabeth––. Bien mirado, los dos tuvimos nuestras culpas. Pero me parece que los dos hemos ganado en cortesía desde entonces.
––Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo con tanta facilidad. El recuerdo de lo que dije e hice en aquella ocasión es y será por mucho tiempo muy doloroso para mí. No puedo olvidar su frase tan acertada: «Si se hubiese portado usted más caballerosamente.» Éstas fueron sus palabras. No sabe, no puede imaginarse cuánto me han torturado, aunque confieso que tardé en ser lo bastante razonable para reconocer la verdad que encerraban.
––Crea usted que yo estaba lejos de suponer que pudieran causarle tan mala impresión. No tenía la menor idea de que le afligirían de ese modo.
––No lo dudo. Entonces me suponía usted desprovisto de todo sentimiento elevado, estoy seguro. Nunca olvidaré tampoco su expresión al decirme que de cualquier modo que me hubiese dirigido a usted, no me habría aceptado.
––No repita todas mis palabras de aquel día. Hemos de borrar ese recuerdo. Le juro que hace tiempo que estoy sinceramente avergonzada de aquello.
Darcy le habló de su carta:
––¿Le hizo a usted rectificar su opinión sobre mí? ¿Dio crédito a su contenido?
Ella le explicó el efecto que le había producido y cómo habían ido desapareciendo sus anteriores prejuicios.
––Ya sabía ––prosiguió Darcy–– que lo que le escribí tenía que apenarla, pero era necesario. Supongo que habrá destruido la carta. Había una parte, especialmente al empezar, que no querría que volviese usted a leer. Me acuerdo de ciertas expresiones que podrían hacer que me odiase.
––Quemaremos la carta si cree que es preciso para preservar mi afecto, pero aunque los dos tenemos razones para pensar que mis opiniones no son enteramente inalterables, no cambian tan fácilmente como usted supone.
––Cuando redacté aquella carta ––replicó Darcy me creía perfectamente frío y tranquilo; pero después me convencí de que la había escrito en un estado de tremenda amargura.
––Puede que empezase con amargura, pero no terminaba de igual modo. La despedida era muy cariñosa. Pero no piense más en la carta. Los sentimientos de la persona que la escribió y los de la persona que la recibió son ahora tan diferentes, que todas las circunstancias desagradables que a ella se refieran deben ser olvidadas. Ha de aprender mi filosofía. Del pasado no tiene usted que recordar más que lo placentero.
––No puedo creer en esa filosofia suya. Sus recuerdos deben de estar tan limpios de todo reproche que la satisfacción que le producen no proviene de la filosofía, sino de algo mejor: de la tranquilidad de conciencia. Pero conmigo es distinto: me salen al paso recuerdos penosos que no pueden ni deben ser ahuyentados. He sido toda mi vida un egoísta en la práctica, aunque no en los principios. De niño me enseñaron a pensar bien, pero no a corregir mi temperamento. Me inculcaron buenas normas, pero dejaron que las siguiese cargado de orgullo y de presunción. Por desgracia fui hijo único durante varios años, y mis padres, que eran buenos en sí, particularmente mi padre, que era la bondad y el amor personificados, me permitieron, me consintieron y casi me encaminaron hacia el egoísmo y el autoritarismo, hacia la despreocupación por todo lo que no fuese mi propia familia, hacia el desprecio del resto del mundo o, por lo menos, a creer que la inteligencia y los méritos de los demás eran muy inferiores a los míos. Así desde los ocho hasta los veintiocho años, y así sería aún si no hubiese sido por usted, amadísima Elizabeth. Se lo debo todo. Me dio una lección que fue, por cierto, muy dura al principio, pero también muy provechosa. Usted me humilló como convenía, usted me enseñó lo insuficientes que eran mis pretensiones para halagar a una mujer que merece todos los halagos.
––¿Creía usted que le iba a aceptar?
––Claro que sí. ¿Qué piensa usted de mi vanidad? Creía que usted esperaba y deseaba mi declaración.



––Me porté mal, pero fue sin intención. Nunca quise engañarle, y sin embargo muchas veces me equivoco. ¡Cómo debió odiarme después de aquella tarde!
––¡Odiarla! Tal vez me quedé resentido al principio; pero el resentimiento no tardó en transformarse en algo mejor.
––Casi no me atrevo a preguntarle qué pensó al encontrarme en Pemberley. ¿Le pareció mal que hubiese ido?
––Nada de eso. Sólo me quedé sorprendido.
––Su sorpresa no sería mayor que la mía al ver que usted me saludaba. No creí tener derecho a sus atenciones y confieso que no esperaba recibir más que las merecidas.
––Me propuse ––contestó Darcy–– demostrarle, con mi mayor cortesía, que no era tan ruin como para estar dolido de lo pasado, y esperaba conseguir su perdón y atenuar el mal concepto en que me tenía probándole que no había menospreciado sus reproches. Me es difícil decirle cuánto tardaron en mezclarse a estos otros deseos, pero creo que fue a la media hora de haberla visto.
Entonces le explicó lo encantada que había quedado Georgiana al conocerla y lo que lamentó la repentina interrupción de su amistad. Esto les llevó, naturalmente, a tratar de la causa de dicha interrupción, y Elizabeth se enteró de que Darcy había decidido irse de Derbyshire en busca de Lydia antes de salir de la fonda, y que su seriedad y aspecto meditabundo no obedecían a más cavilaciones que las inherentes al citado proyecto.
Volvió Elizabeth a darle las gracias, pero aquel asunto era demasiado agobiante para ambos y no insistieron en él.
Después de andar varias millas en completo abandono y demasiado ocupados para cuidarse de otra cosa, miraron sus relojes y vieron que era hora de volver a casa.
––¿Qué habrá sido de Bingley y de Jane?
Esta exclamación les llevó a hablar de los asuntos de ambos. Darcy estaba contentísimo con su compromiso, que Bingley le había notificado inmediatamente.
––¿Puedo preguntarle si le sorprendió? ––dijo Elizabeth.
––De ningún modo. Al marcharme comprendí que la cosa era inminente.
––Es decir, que le dio usted su permiso. Ya lo sospechaba.
Y aunque él protestó de semejantes términos, ella encontró que eran muy adecuados.
––La tarde anterior a mi viaje a Londres ––dijo Darcy–– le hice una confesión que debí haberle hecho desde mucho antes. Le dije todo lo que había ocurrido para convertir mi intromisión en absurda e impertinente. Se quedó boquiabierto. Nunca había sospechado nada. Le dije además que me había engañado al suponer que Jane no le amaba, y cuando me di cuenta de que Bingley la seguía queriendo, ya no dudé de que serían felices.
Elizabeth no pudo menos que sonreír al ver cuán fácilmente manejaba a su amigo.
––Cuando le dijo que mi hermana le amaba, ¿fue porque usted lo había observado o porque yo se lo había confesado la pasada primavera?
––Por lo primero. La observé detenidamente durante las dos visitas que le hice últimamente, y me quedé convencido de su cariño por Bingley.
––Y su convencimiento le dejó a él también convencido, ¿verdad?
––Así es. Bingley es el hombre más modesto y menos presumido del mundo. Su apocamiento le impidió fiarse de su propio juicio en un caso de tanta importancia;. pero su sumisión al mío lo arregló todo. Tuve que declararle una cosa que por un tiempo y con toda razón le tuvo muy disgustado. No pude ocultarle que su hermana había estado tres meses en Londres el pasado invierno, que yo lo sabía y que no se lo dije a propósito. Se enfadó mucho. Pero estoy seguro de que se le pasó al convencerse de que su hermana le amaba todavía. Ahora me ha perdonado ya de todo corazón.
Elizabeth habría querido añadir que Bingley era el más estupendo de los amigos por la facilidad con que se le podía traer y llevar, y que era realmente impagable. Pero su contuvo. Recordó que Darcy tenía todavía que aprender a reírse de estas cosas, y que era demasiado pronto para empezar. Haciendo cábalas sobre la felicidad de Bingley que, desde luego, sólo podía ser inferior a la de ellos dos, Darcy siguió hablando hasta que llegaron a la casa. En el vestíbulo se despidieron.

CAPÍTULO LIX

Elizabeth, querida, ¿por dónde has estado paseando?
Ésta es la pregunta que Jane le dirigió a Elizabeth en cuanto estuvieron en su cuarto, y la que le hicieron todos los demás al sentarse a la mesa. Elizabeth respondió que habían estado vagando hasta donde acababa el camino que ella conocía. Al decir esto se sonrojó, pero ni esto ni nada despertó la menor sospecha sobre la verdad.
La velada pasó tranquilamente sin que ocurriese nada extraordinario. Los novios oficiales charlaron y rieron, y los no oficiales estuvieron callados. La felicidad de Darcy nunca se desbordaba en regocijo; Elizabeth, agitada y confusa, sabía que era feliz más que sentirlo, pues además de su aturdimiento inmediato la inquietaban otras cosas. Preveía la que se armaría en la familia cuando supiesen lo que había ocurrido. Le constaba que Darcy no gustaba a ninguno de los de su casa más que a Jane, e incluso temía que ni su fortuna ni su posición fuesen bastante para contentarles.
Por la noche abrió su corazón a Jane, y aunque Jane no era de natural desconfiada, no pudo creer lo que su hermana le decía:
––¡Estás bromeando, Eliza! ¡Eso no puede ser! ¡Tú, comprometida con Darcy! No, no; no me engañarás. Ya sé que es imposible.
––¡Pues sí que empieza mal el asunto! Sólo en ti confiaba, pero si tú no me crees, menos me van a creer los demás. Te estoy diciendo la pura verdad. Darcy todavía me quiere y nos hemos comprometido.
Jane la miró dudando:
––Elizabeth, no es posible. ¡Pero si sé que no le puedes ni ver!
––No sabes nada de nada. Hemos de olvidar todo eso. Tal vez no siempre le haya querido como ahora; pero en estos casos una buena memoria es imperdonable. Ésta es la última vez que yo lo recuerdo.
Jane contemplaba a su hermana con asombro. Elizabeth volvió a afirmarle con la mayor seriedad que lo que decía era cierto.
––¡Cielo Santo! ¿Es posible? ¿De veras? Pero ahora ya te creo ––exclamó Jane––. ¡Querida Elizabeth! Te felicitaría, te felicito, pero..., ¿estás segura, y perdona la pregunta, completamente segura de que serás dichosa con él?



––Sin duda alguna. Ya hemos convenido que seremos la pareja más venturosa de la tierra. ¿Estás contenta, Jane? ¿Te gustará tener a Darcy por hermano?
––Mucho, muchísimo, es lo que más placer puede darnos a Bingley y a mí. Y tú, ¿le quieres realmente bastante? ¡Oh, Elizabeth! Haz cualquier cosa menos casarte sin amor. ¿Estás absolutamente segura de que sientes lo que debe sentirse?
––¡Oh, sí! Y te convencerás de que siento más de lo que debo cuando te lo haya contado todo.
––¿Qué quieres decir?
––Pues que he de confesarte que le quiero más que tú a Bingley. Temo que te disgustes.
––Hermana, querida, no estás hablando en serio. Dime una cosa que necesito saber al momento: ¿desde cuándo le quieres?
––Ese amor me ha ido viniendo tan gradualmente que apenas sé cuándo empezó; pero creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley.
Jane volvió a pedirle formalidad y Elizabeth habló entonces solemnemente afirmando que adoraba a Darcy. Jane quedó convencida y se dio enteramente por satisfecha.
––Ahora sí soy feliz del todo ––dijo––, porque tú vas a serlo tanto como yo. Siempre he sentido gran estimación por Darcy. Aunque no fuera más que por su amor por ti, ya le tendría que querer; pero ahora que además de ser el amigo de Bingley será tu marido, sólo a Bingley y a ti querré más que a él.
¡Pero qué callada y reservada has estado conmigo! ¿Cómo no me hablaste de lo que pasó en Pemberley y en Lambton? Lo tuve que saber todo por otra persona y no por ti.
Elizabeth le expuso los motivos de su secreto. No había querido nombrarle a Bingley, y la indecisión de sus propios sentimientos le hizo evitar también el nombre de su amigo. Pero ahora no quiso ocultarle la intervención de Darcy en el asunto de Lydia. Todo quedó aclarado y las dos hermanas se pasaron hablando la mitad de la noche.
––¡Ay, ojalá ese antipático señor Darcy no. venga otra vez con nuestro querido Bingley! ––suspiró la señora Bennet al asomarse a la ventana al día siguiente––. ¿Por qué será tan pesado y vendrá aquí continuamente? Ya podría irse a cazar o a hacer cualquier cosa en lugar de venir a importunarnos. ¿Cómo podríamos quitárnoslo de encima? Elizabeth, tendrás que volver a salir de paseo con él para que no estorbe a Bingley.
Elizabeth por poco suelta una carcajada al escuchar aquella proposición tan interesante, a pesar de que le dolía que su madre le estuviese siempre insultando.
En cuanto entraron los dos caballeros, Bingley miró a Elizabeth expresivamente y le estrechó la mano con tal ardor que la joven comprendió que ya lo sabía todo. Al poco rato Bingley dijo:
Señor Bennet, ¿no tiene usted por ahí otros caminos en los que Elizabeth pueda hoy volver a perderse?
––Recomiendo al señor Darcy, a Lizzy y a Kitty ––dijo la señora Bennet–– que vayan esta mañana a la montaña de Oagham. Es un paseo largo y precioso y el señor Darcy nunca ha visto ese panorama.
––Esto puede estar bien para los otros dos ––explicó Bingley––, pero me parece que Catherine se cansaría. ¿Verdad?
La muchacha confesó que preferiría quedarse en casa; Darcy manifestó gran curiosidad por disfrutar de la vista de aquella montaña, y Elizabeth accedió a acompañarle. Cuando subió para arreglarse, la señora Bennet la siguió para decirle:
––Lizzy, siento mucho que te veas obligada a andar con una persona tan antipática; pero espero que lo hagas por Jane. Además, sólo tienes que hablarle de vez en cuando. No te molestes mucho.
Durante el paseo decidieron que aquella misma tarde pedirían el consentimiento del padre. Elizabeth se reservó el notificárselo a la madre. No podía imaginarse cómo lo tomaría; a veces dudaba de si toda la riqueza y la alcurnia de Darcy serían suficientes para contrarrestar el odio que le profesaba; pero tanto si se oponía violentamente al matrimonio, como si lo aprobaba también con violencia, lo que no tenía duda era que sus arrebatos no serían ninguna muestra de buen sentido, y por ese motivo no podría soportar que Darcy presenciase ni los primeros raptos de júbilo ni las primeras manifestaciones de su desaprobación.
Por la tarde, poco después de haberse retirado el señor Bennet a su biblioteca, Elizabeth vio que Darcy se levantaba también y le seguía. El corazón se le puso a latir fuertemente. No temía que su padre se opusiera, pero le afligiría mucho y el hecho de que fuese ella, su hija favorita, la que le daba semejante disgusto y la que iba a inspirarle tantos cuidados y pesadumbres con su desafortunada elección, tenía a Elizabeth muy entristecida. Estuvo muy abatida hasta que Darcy volvió a entrar y hasta que, al mirarle, le dio ánimos su sonrisa. A los pocos minutos Darcy se acercó a la mesa junto a la cual estaba sentada Elizabeth con Catherine, y haciendo como que miraba su labor, le dijo al oído:
––Vaya a ver a su padre: la necesita en la biblioteca.
Elizabeth salió disparada.
Su padre se paseaba por la estancia y parecía muy serio e inquieto.
––Elizabeth ––le dijo––, ¿qué vas a hacer? ¿Estás en tu sano juicio al aceptar a ese hombre? ¿No habíamos quedado en que le odiabas?



¡Cuánto sintió Elizabeth que su primer concepto de Darcy hubiera sido tan injusto y sus expresiones tan inmoderadas! Así se habría ahorrado ciertas explicaciones y confesiones que le daban muchísima vergüenza, pero que no había más remedio que hacer. Bastante confundida, Elizabeth aseguró a su padre que amaba a Darcy profundamente.
––En otras palabras, que estás decidida a casarte con él. Es rico, eso sí; podrás tener mejores trajes y mejores coches que Jane. Pero ¿te hará feliz todo eso?
––¿Tu única objeción es que crees que no le amo?
––Ni más ni menos. Todos sabemos que es un hombre orgulloso y desagradable; pero esto no tiene nada que ver si a ti te gusta.
––Pues sí, me gusta ––replicó Elizabeth con lágrimas en los ojos––; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
––Elizabeth ––añadió su padre––, le he dado mi consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverías a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mi consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Lizzy. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondría en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. Difícilmente podrías salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.
Elizabeth, más conmovida aun que su padre, le respondió con vehemencia y solemnidad; y al fin logró vencer la incredulidad de su padre reiterándole la sinceridad de su amor por Darcy, exponiéndole el cambio gradual que se había producido en sus sentimientos por él, afirmándole que el afecto de él no era cosa de un día, sino que había resistido la prueba de muchos meses, y enumerando enérgicamente todas sus buenas cualidades. Hasta el punto que el señor Bennet aprobó ya sin reservas la boda.
––Bueno, querida ––le dijo cuando ella terminó de hablar––, no tengo más que decirte. Siendo así, es digno de ti. Lizzy mía, no te habría entregado a otro que valiese menos.
Para completar la favorable impresión de su padre, Elizabeth le relató lo que Darcy había hecho espontáneamente por Lydia.
––¡Ésta es de veras una tarde de asombro! ¿De modo que Darcy lo hizo todo: llevó a efecto el casamiento, dio el dinero, pagó las deudas del pollo y le obtuvo el destino? Mejor: así me libraré de un mar de confusiones y de cuentas. Si lo hubiese hecho tu tío, habría tenido que pagarle; pero esos jóvenes y apasionados enamorados cargan con todo. Mañana le ofreceré pagarle; él protestará y hará una escena invocando su amor por ti, y asunto concluido.
Entonces recordó el señor Bennet lo mal que lo había pasado Elizabeth mientras él le leía la carta de Collins, y después de bromear con ella un rato, la dejó que se fuera y le dijo cuando salía de la habitación:




––Si viene algún muchacho por Mary o Catherine, envíamelo, que estoy completamente desocupado.
Elizabeth sintió que le habían quitado un enorme peso de encima, y después de media hora de tranquila reflexión en su aposento, se halló en disposición de reunirse con los demás, bastante sosegada. Las cosas estaban demasiado recientes para poderse abandonar a la alegría, pero la tarde pasó en medio de la mayor serenidad. Nada tenía que temer, y el bienestar de la soltura y de la familiaridad vendrían a su debido tiempo.
Cuando su madre se retiró a su cuarto por la noche, Elizabeth entró con ella y le hizo la importante comunicación. El efecto fue extraordinario, porque al principio la señora Bennet se quedó absolutamente inmóvil, incapaz de articular palabra; y hasta al cabo de muchos minutos no pudo comprender lo que había oído, a pesar de que comúnmente no era muy reacia a creer todo lo que significase alguna ventaja para su familia o noviazgo para alguna de sus hijas. Por fin empezó a recobrarse y a agitarse. Se levantaba y se volvía a sentar. Se maravillaba y se congratulaba:
––¡Cielo santo! ¡Que Dios me bendiga! ¿Qué dices querida hija? ¿El señor Darcy? ¡Quién lo iba a decir! ¡Oh, Eliza de mi alma! ¡Qué rica y qué importante vas a ser! ¡Qué dineral, qué joyas, qué coches vas a tener! Lo de Jane no es nada en comparación, lo que se dice nada. ¡Qué contenta estoy, qué feliz! ¡Qué hombre tan encantador, tan guapo, tan bien plantado! ¡Lizzy, vida mía, perdóname que antes me fuese tan antipático! Espero que él me perdone también. ¡Elizabeth de mi corazón! ¡Una casa en la capital! ¡Todo lo apetecible! ¡Tres hijas casadas! ¡Diez mil libras al año! ¡Madre mía! ¿Qué va a ser de mí? ¡Voy a enloquecer!
Esto bastaba para demostrar que su aprobación era indudable. Elizabeth, encantada de que aquellas efusiones no hubiesen sido oídas más que por ella, se fue en seguida. Pero no hacía tres minutos que estaba en su cuarto, cuando entró su madre.
––¡Hija de mi corazón! ––exclamó . No puedo pensar en otra cosa. ¡Diez mil libras anuales y puede que más! ¡Vale tanto como un lord! Y licencia especial, porque debéis tener que casaros con licencia especial. Prenda mía, dime qué plato le gusta más a Darcy para que pueda preparárselo para mañana.
Mal presagio era esto de lo que iba a ser la conducta de la señora Bennet con el caballero en cuestión, y Elizabeth comprendió que a pesar de poseer el ardiente amor de Darcy y el consentimiento de toda su familia, todavía le faltaba algo. Pero la mañana siguiente transcurrió mejor de lo que había creído, porque, felizmente, su futuro yerno le infundía a la señora Bennet tal pavor, que no se atrevía a hablarle más que cuando podía dedicarle alguna atención o asentir a lo que él decía.
Elizabeth tuvo la satisfacción de ver que su padre se esforzaba en intimar con él, y le aseguró, para colmo, que cada día le gustaba más.