Mostrando entradas con la etiqueta Jane Austen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jane Austen. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de mayo de 2014

PERSUASION


CAPITULO PRIMERO


El señor de Kellynch Hall en Somersetshire, Sir Walter Elliot, era un hombre que no hallaba entre­tención en la lectura salvo que se tratase de la Crónica de los baronets. Con ese libro hacía lleva­deras sus horas de ocio y se sentía consolado en las de abatimiento. Su alma desbordaba admira­ción y respeto al detenerse en lo poco que queda­ba de los antiguos privilegios, y cualquier sensa­ción desagradable surgida de las trivialidades de la vida doméstica se le convertía en lástima y desprecio. Así, recorría la lista casi interminable de los títulos concedidos en el último siglo, y allí, aunque no le interesaran demasiado las otras pá­ginas, podía leer con ilusión siempre viva su pro­pia historia. La página en la que invariablemente estaba abierto su libro decía:


Elliot, de Kellynch Hall


Walter Elliot, nacido el 1 de marzo de 1760, con­trajo matrimonio en 15 de julio de 1784 con Isa­bel, hija de Jaime Stevenson, hidalgo de South Park, en el condado de Gloucester. De esta señora, fallecida en 1800, tuvo a Isabel, nacida el 1 de junio de 1785; a Ana, nacida el 9 de agosto de 1787; a un hijo nonato, el 5 de noviembre de 1789, y a María, nacida el 20 de noviembre de 1791.

Tal era el párrafo original salido de manos del impresor; pero Sir Walter lo había mejorado, añadiendo, para información propia y de su fa­milia, las siguientes palabras después de la fecha del natalicio de María: “Casada el 16 de diciem­bre de 1810 con Carlos, hijo y heredero de Carlos Musgrove, hidalgo de Uppercross, en el condado de Somerset”. Apuntó también con el ma­yor cuidado el día y el mes en que perdiera a su esposa.

Enseguida venían la historia y el encumbra­miento de la antigua y respetable familia, en los términos acostumbrados. Se describía que al prin­cipio se establecieron en Cheshire y que gozaron de gran reputación en Dugdale, donde desempe­ñaron el cargo de gobernador, y que habían sido representantes de una ciudad en tres parlamentos sucesivos. Después venían las recompensas a la lealtad y la concesión de la dignidad de baronet en el primer año del reinado de Carlos II, con la mención de todas las Marías e Isabeles con quie­nes los Elliot se habían casado. En total, la historia formaba dos hermosas páginas en doceavo y ter­minaba con las armas y la divisa: “Residencia sola­riega, Kellynch Hall, en el condado de Somerset”. Sir Walter había agregado de su puño y letra este final:


“Presunto heredero, William Walter Elliot, hi­dalgo, bisnieto del segundo Sir Walter”.


La vanidad era el alfa y omega de la personali­dad de Sir Walter Elliot; vanidad de su persona y de su posición. Había sido sin duda buenmozo en su juventud, y a los cincuenta y cuatro años era todavía un hombre de atractiva apariencia. Pocas mujeres presumían más de sus encantos que Sir Walter de los suyos, y ningún paje de ningún nuevo señor habría estado más orgulloso de lo que él estaba de la posición que ocupaba en la sociedad. El don de la belleza para él sólo era inferior al don de un título de nobleza, por lo que se tenía a sí mismo como objeto de sus más calurosos respeto y devoción.

Su buena estampa y su linaje eran poderosos argumentos para atraerle el amor. A ellos debió una esposa muy superior a lo que Sir Walter po­día esperar por sus méritos. Lady Elliot fue una mujer excelente, tierna y sensible, a cuyas con­ducta y buen juicio debía perdonarse la juvenil flaqueza de haber querido ser Lady Elliot, consi­derando que nunca más precisó de otras indul­gencias. Su talante alegre, su suavidad y el disi­mulo de sus defectos le procuraron la auténtica estima de que disfrutó durante diecisiete años. Y aunque no fue demasiado feliz en este mundo, encontró en el cumplimiento de sus deberes, en sus amigos y en sus hijos motivos suficientes para amar la vida y para no abandonarla con indiferen­cia cuando le llegó la hora. Tres hijas, de dieciséis y catorce años respectivamente las dos mayores, eran un legado que la madre temía dejar; una carga demasiado delicada para confiarla a la auto­ridad de un padre presumido y estúpido. Lady Elliot tenía, sin embargo, una amiga muy cercana, sensible y meritoria mujer, que había llegado, mo­vida por el gran cariño que profesaba a Lady Elliot, a establecerse próxima a ella en el pueblo de Kellynch. En su discreción y en su bondad puso Lady Elliot sus esperanzas de sustentar y mantener los buenos principios y la educación que tanto ansiaba dar a sus hijas.

Dicha amiga y Sir Walter no se casaron, no obstante lo que antecede pudiera inducir a pen­sarlo. Trece años habían transcurrido desde la muer­te de la señora Elliot, y una y otro seguían siendo vecinos e íntimos amigos, aunque cada uno viudo por su lado.

El hecho de que Lady Russell, de muy buena edad y agradable carácter, y en circunstancias ideales para ello, no hubiese querido pensar en segundas nupcias, no tiene por qué ser explica­do al público, que está tan dispuesto a sentirse irracionalmente descontento cuando una mujer no se vuelve a casar. Pero el hecho de que Sir Walter continuase viudo merece una aclaración. Ha de saberse, pues, que como buen padre (des­pués de haberse llevado un chasco en uno o dos intentos descabellados) se enorgullecía de per­manecer viudo en atención a sus queridas hijas. Por una de ellas, la mayor, hubiese hecho en realidad cualquier cosa, aunque no hubiese teni­do muchas ocasiones de demostrarlo. Isabel, a los dieciséis años, había asumido, en la medida de lo posible, todos los derechos y la importan­cia de su madre; y como era muy guapa y muy parecida a su padre, su influencia era grande y los dos se llevaban muy bien. Sus otras dos hijas gozaban de menor atención. María consiguió una pequeña y artificial importancia al convertirse en la señora de Carlos Musgrove; pero Ana, que poseía una finura de espíritu y una dulzura de carácter que la habrían colocado en el mejor lugar entre gentes de verdadero seso, no era nadie entre su padre y su hermana; sus palabras no pesaban y no se atendían en absoluto sus intereses. Era Ana, y nada más.



Para Lady Russell, en cambio, era la más que­rida y la más preciada de las criaturas; era su amiga y su favorita. Lady Russell las quería a to­das, pero sólo en Ana veía el vivo retrato de su madre.

Pocos años antes, Ana Elliot había sido una muchacha muy hermosa, pero su frescura se mar­chitó temprano. Su padre, que ni siquiera cuando estaba en su apogeo encontraba nada que admi­rar en ella (pues sus delicadas facciones y sus suaves y oscuros ojos eran totalmente distintos de los de él), menos le encontrará entonces, que estaba delgada y consumida. Nunca abrigó dema­siadas esperanzas, y ya no abrigaba ninguna, de leer su nombre en una página de su libro predi­lecto. Ponía en Isabel todas sus ilusiones de una alianza de su igual; pues María no había hecho más que entroncarse con una antigua familia ru­ral, muy rica y respetable, a la que llevó todo su honor sin recibir ella ninguno. Isabel era la única que podría protagonizar, algún día, una boda como Dios manda.

Suele ocurrir que una mujer sea más guapa a los veintinueve años que a los veinte. Y, por lo general, si no ha sufrido ninguna enfermedad ni soportado ningún padecimiento moral, es una épo­ca de la vida en que raramente se ha perdido algún encanto. Eso sucedía a Isabel, que era aún la misma hermosa señorita Elliot que empezó a ser a los trece años. Podía perdonarse, pues, que Sir Walter olvidase la edad de su hija o, en última instancia, creerle únicamente medio loco por con­siderarse a sí mismo y a Isabel tan primaverales como siempre, en medio del derrumbe físico de todos sus coetáneos, porque no tenía ojos más que para ver lo viejos que se estaban poniendo todos sus deudos y conocidos. El carácter huraño de Ana, la aspereza de María y los ajados rostros de sus vecinos, unidos al rápido incremento de las patas de gallo en las sienes de Lady Russell, lo sumían en el mayor desconsuelo.

Isabel era tan vanidosa como su padre. Du­rante trece años fue la señora de Kellynch Hall, presidiendo y dirigiendo todo con un dominio de sí misma y una decisión que no parecían propias de su edad. Por trece años hizo los honores de la casa, aplicó las leyes domésticas, ocupó el lugar de preferencia en la carroza y fue inmediatamente detrás de Lady Russell en todos los salones y comedores de la comarca. Los hielos de trece inviernos sucesivos la vieron presidir todos los bailes importantes celebrados en la reducida ve­cindad y trece primaveras abrieron sus capullos mientras ella viajaba a Londres con el fin de dis­frutar año tras año con su padre, por unas cuantas semanas, de los placeres del gran mundo. Isabel recordaba todo esto, y la conciencia de tener vein­tinueve años le despertaba algunas inquietudes y recelos. La complacía verse aún tan guapa como siempre, pero sentía que se le aproximaban los años peligrosos, y se habría alegrado de tener la seguridad de que dentro de uno o dos años sería solicitada por un joven de sangre noble. Sólo así habría podido hojear de nuevo el libro de los libros con el mismo gozo que en sus años tem­pranos; pero a la sazón no le hacía gracia. Eso de tener siempre presente la fecha de su nacimiento sin acariciar otro, proyecto de matrimonio que el de su hermana menor, le hacía mirar el libro como un tormento; y más de una vez, cuando su padre lo dejaba abierto encima de la mesa, junto a ella, lo había cerrado con ojos severos y lo había em­pujado lejos de sí.

Había tenido, además, un desencanto que le impedía olvidar el libro y la historia de su familia. El presunto heredero, aquel mismo William Walter Elliot cuyos derechos se hallaban tan generosamen­te reconocidos por su padre, la había desdeñado.

Sabía, desde muy joven, que en el caso de no tener ningún hermano, seria William el futuro ba­ronet, y creyó que se casaría con él, creencia siempre compartida con su padre. No lo conocie­ron de niño, pero en cuanto murió Lady Elliot, Sir Walter entabló relación con él, y aunque sus insi­nuaciones fueron acogidas sin ningún entusiasmo, siguió persiguiéndolo y atribuyendo su indiferen­cia a la timidez propia de la juventud. En una de sus excursiones primaverales a Londres, y cuando Isabel estaba en todo su esplendor, el joven Elliot se vio forzado a la presentación.

En aquella época era un chico muy joven, recién iniciado en el estudio del derecho; Isabel lo encontró por demás agradable y todos los pla­nes en favor de él quedaron confirmados. Lo invi­taron a Kellynch Hall; se habló de él y se le esperó todo el resto del año, pero él no fue. En la primavera siguiente volvieron a encontrarlo en la capital; les pareció igualmente simpático y de nuevo lo alentaron, invitaron y esperaron. Y otra vez no acudió. Al poco tiempo supieron que se había casado. En vez de dejar que su sino siguiera la línea que le señalaba la herencia de la casa de Elliot, había comprado su independencia unién­dose a una mujer rica de cuna inferior a la suya.

Sir Walter quedó muy resentido. Como cabeza de familia, consideraba que debió habérsele consultado, en especial después de haber tomado al muchacho tan públicamente bajo su égida.

-Pues por fuerza se les ha de haber visto juntos una vez en Tattersal y dos en la tribuna de la Cámara de los Comunes -observaba.

En apariencia muy poco afectado, expresó su desaprobación. Elliot, por su parte, ni siquiera se tomó la molestia de explicar su proceder y se mostró tan poco deseoso de que la familia volvie­se a ocuparse de él, cuanto indigno de ello fue considerado por Sir Walter. Las relaciones entre ellos quedaron definitivamente suspendidas.

A pesar de los años transcurridos, Isabel se­guía resentida por ese desdichado incidente. Des­de la A hasta la Z, no había baronet a quien pudiese mirar con tanto agrado como a un igual suyo. La conducta de William Elliot había sido tan ruin que aunque allá por el verano de 1814 Isabel llevaba luto por la muerte de la joven señora Elliot, no podía admitir pensar en él de nuevo. Y si no hubiese sido más que por aquel matrimonio que quedó sin fruto y podía ser considerado sólo como un fugaz contratiempo, pase. Pero lo peor era que algunos buenos y oficiosos amigos les habían referido que hablaba de ellos irrespetuosa­mente y que despreciaba su prosapia así como los honores que la misma le confería. Y eso era algo que no podía perdonarse.

Tales eran los sentimientos e inquietudes de Isabel Elliot, los cuidados a que había de dedicar­se, las agitaciones que la alteraban, la monotonía y la elegancia, las prosperidades y las naderías que constituían el escenario en que se movía.

Pero por entonces otra preocupación y otra zozobra empezaban a añadirse a todas ésas. Su padre estaba cada día más apurado de dinero. Sabía que iba a hipotecar sus propiedades para librarse de la obsesión de las subidas cuentas de sus abastecedores y de los importunos avisos de su agente Mr. Shepherd. Las posesiones de Kellynch eran buenas, pero no suficientes para mantener el nivel de vida que Sir Walter creía que debía llevar su propietario. Mientras vivió Lady Elliot, se observó método, moderación y econo­mía, dentro de lo que los ingresos permitían. Pero con su muerte, terminó toda prudencia y Sir Walter empezó a sucumbir a los excesos. No le era posi­ble gastar menos y no podía dejar de hacer aque­llo a lo que se consideraba imperiosamente obli­gado. Por muy reprensible que fuese, sus deudas se abultaban y se hablaba de ellas tan a menudo que ya fue inútil tratar de ocultárselas por más tiempo y ni siquiera en parte a su hija. Durante su última primavera en la capital aludió a su situa­ción y llegó a decir a Isabel:

-¿Podríamos reducir nuestros gastos? ¿Se te ocu­rre algo que pudiésemos suprimir?

Isabel -justo es decirlo-, en sus primeros arre­batos de femenina alarma, se puso a pensar seria­mente en qué podrían hacer y terminó por propo­ner estas dos soluciones: suspender algunas limosnas innecesarias y abstenerse del nuevo mo­biliario del salón. A estos expedientes agregó lue­go la peregrina idea de no comprarle a Ana el regalo que acostumbraban llevarle todos los años. Pero estas medidas, aunque buenas en sí mismas, fueron insuficientes dada la gran envergadura del mal, cuya totalidad Sir Walter se creyó obligado a confesar a Isabel poco después. Isabel no supo proponer nada que fuese verdaderamente eficaz.

Su padre sólo podía disponer de una pequeña parte de sus dominios, y aunque hubiese podido enajenar todos sus campos, nada habría cambia­do. Accedería a hipotecar todo lo que pudiese, pero jamás consentiría en vender. No, nunca des­honraría su nombre hasta ese punto. Las posesio­nes de Kellynch serían transmitidas íntegras y en su totalidad, tal como él las había recibido.

Sus dos confidentes: el señor Shepherd, que vivía en la vecina ciudad, y Lady Russell, fueron llamados a consulta. Tanto el padre como la hija parecían esperar que a uno o a otra se le ocurriría algo para librarlos de sus apuros y reducir su presupuesto sin que ello significase ningún me­noscabo de sus gustos o de su boato.

continuará...

martes, 17 de abril de 2012

Emma Capítulo IV

CAPÍTULO IV

 La intimidad de Harriet Smith en Hartfield pronto fue un hecho. Rápida y decidida en sus medios, Emma no perdió el tiempo y la invitó repetidamente, diciéndole que fuese a su casa muy a menudo; y a medida que su amistad aumentaba, aumentaba también el placer que ambas sentían de estar juntas. Desde los primeros momentos Emma ya había pensado en lo útil que podía serle como compañera de sus paseos. En este aspecto, la pérdida de la señora Weston había sido importante. Su padre nunca iba más allá del plantío, en donde dos divisiones de los terrenos señalaban el final de su paseo, largo o corto, según la época del año; y desde la boda de la señora Weston los paseos de Emma se habían reducido mucho. Una sola vez se había atrevido a ir sola hasta Randalls, pero no fue una experiencia agradable; y por lo tanto una Harriet Smíth, alguien a quien podía llamar en cualquier momento para que le acompañara a dar un paseo, sería una valiosa adquisición que amplia­ría sus posibilidades. Y en todos los aspectos, cuanto más la trataba, más la satisfacía, y se reafirmó en todos sus afectuosos propósitos.

Evidentemente, Harriet no era inteligente, pero tenía un carácter dulce y era dócil y agradecida; carecía de todo engreimiento, y sólo deseaba ser guiada —por alguien a quien pudiese considerar como su­perior. Lo espontáneo de su inclinación por Emma mostraba un tem­peramento muy afectuoso; y su afición al trato de personas selectas, y su capacidad de apreciar lo que era elegante e inteligente, de­mostraba que no estaba exenta de buen gusto, aunque no podía pedírsele un gran talento. En resumen, estaba completamente conven­cida de que Harriet Smith era exactamente la amiga que necesita­ba, exactamente lo que se necesitaba en su casa.

En una amiga como la señora Weston no había ni que pensar. Nunca hubiera encontrado otra igual, y tampoco la necesitaba. Era algo completamente distinto, un sentimiento diferente y que no tenía nada que ver con el otro. Por la señora Weston sentía un afecto basado en la gratitud y en la estimación. A Harriet la apre­ciaba como a alguien a quien podía ser útil. Porque por la señora Weston no podía hacer nada; por Harriet podía hacerlo todo.

Su primer intento para serle útil consistió en intentar saber quié­nes eran sus padres; pero Harriet no se lo dijo. Estaba dispuesta a decirle todo lo que supiera, pero las preguntas acerca de esta cuestión fueron en vano. Emma se vio obligada a imaginar lo que quiso, pero nunca pudo convencerse de que, de encontrarse en la misma situación, ella no hubiese revelado la verdad. Harriet carecía de curiosidad. Se había contentado con oír y creer lo que la señora Goddard había querido contarle, y no se preocupó por averiguar nada más.

La señora Goddard, los profesores, las alumnas, y en general to­dos Ios asuntos de la escuela formaban como era lógico una gran parte de la conversación, y a no ser por su amistad con los Martin de Abbey-Mill-Farm, no hubiera hablado de otra cosa. Pero los Martin ocupaban gran parte de sus pensamientos; había pasado con ellos dos meses muy felices, y ahora le gustaba hablar de los pla­ceres de su visita, y describir los numerosos encantos y delicias del lugar. Emma le incitaba a charlar, divertida por esta descripción de un género de vida distinto al suyo, y gozando de la ingenuidad juvenil con la que hablaba con tanto entusiasmo de que la señora Martin tenía «dos salones, nada menos que dos magníficos salones»; uno de ellos tan grande como la sala de estar de la señora God­dard; y de que tenía una sirvienta que ya llevaba con ella veinti­cinco años; y de que tenía ocho vacas, dos de ellas Alderneys, y otra de raza galesa, la verdad es que una linda vaquita galesa; y de que la señora Martin decía, ya que la tenía mucho cariño, que tendría que llamársele su vaca; y de que tenían un precioso pabellón de verano en su jardín, en donde el año pasado algún día tomaban todos el té: realmente un precioso pabellón de verano lo suficien­temente grande para que cupieran una docena de personas.

Durante algún tiempo esto divirtió a Emma sin que se preocu­pase de pensar en nada más; pero a medida que fue conociendo me­jor a la familia surgieron otros sentimientos. Se había hecho una idea equivocada al imaginarse que se trataba de una madre, una hija y un hijo y su esposa que vivían todos juntos; pero cuando comprendió que el señor Martin que tanta importancia tenía en el relato y que siempre se mencionaba con elogios por su gran bon­dad en hacer tal o cuál cosa, era soltero; que no había ninguna señora Martin, joven, ninguna nuera en la casa; sospechó que podía haber algún peligro para su pobre amiguita tras toda aquella hospi­talidad y amabilidad; y pensó que sí alguien no velaba por ella corría el riesgo de ir a menos para siempre.

Esta sospecha fue la que hizo que sus preguntas aumentaran en número y fuesen cada vez más agudas; y sobre todo hizo que Harriet hablara más del señor Martin... y evidentemente ello no de­sagradaba a la joven. Harriet siempre estaba a punto de hablar de la parte que él había tomado en sus paseos a la luz de la luna y de las alegres veladas que habían pasado juntos jugando; y se complacía no poco en referir que era hombre de tan buen ca­rácter y tan amable. Un día había dado un rodeo de tres millas para llevarle unas nueces porque ella había dicho que le gustaban mucho... y en todas las cosas ¡era siempre tan atento! Una noche había traído al salón al hijo de su pastor para que cantara para ella. A Harriet le gustaban mucho las canciones. El señor Martin también sabía cantar un poco. Ella le consideraba muy inteligente y creía que entendía de todo. Poseía un magnífico rebaño; y mientras la joven permaneció en su casa había visto que venían a pedirle más lana que a cualquier otro de la comarca. Ella creía que todo el mundo hablaba bien de él. Su madre y sus hermanas le querían mucho. Un día la señora Martin le había dicho a Harriet (y ahora al repetirlo se ruborizaba) que era imposible que hubiese un hijo mejor que el suyo, y que por lo tanto estaba segura de que cuando se casara sería un buen esposo. No es que ella quisiera casarle. No tenía la menor prisa.

-¡Vaya, señora Martin! -pensó Emma-. Usted sabe lo que se hace.

-Y cuando yo ya me hube ido, la señora Martin fue tan amable que envió a la señora Goddard un magnífico ganso; el ganso más her­moso que la señora Goddard había visto en toda su vida. La señora Goddard lo guisó un domingo e invitó a sus tres profesoras, la se­ñorita Nash, la señorita Prince y la señorita Richardson a cenar con ella.


-Supongo que el señor Martin no será un hombre que tenga una cultura muy superior a la que es normal entre los de su clase. ¿Le gusta leer?

-¡Oh, sí! Es decir, no; bueno no lo sé... pero creo que ha leído mucho... aunque seguramente son cosas que nosotros no leemos. Lee las Noticias agrícolas y algún libro que tiene en una estantería junto a la ventana; pero de todo eso no habla nunca. Aunque a ve­ces, por la tarde, antes de jugar a cartas, lee en voz alta algo de El compendio de la elegancia, un libro muy divertido. Y sé que ha leído El Vicario de Wakefield. Nunca ha leído La novela del bos­que ni Los hijos de la abadía. Nunca había oído hablar de estos libros antes de que yo se los mencionase, pero ahora está decidido a conseguirlos lo antes posible.

La siguiente pregunta fue:

-¿Qué aspecto tiene el señor Martin?

-¡Oh! No es un hombre guapo, no, ni muchísimo menos. Al principio me pareció muy corriente, pero ahora ya no me parece tan corriente. Al cabo de un tiempo de conocerle ya no lo parece, ¿sa­bes? Pero ¿no le has visto nunca? Viene a Highbury bastante a menudo, y por lo menos una vez por semana es seguro que pasa por aquí a caballo camino de Kingston. Has tenido que cruzarte con él muchas veces.

-Es posible, y quizá le haya visto cincuenta veces, pero sin tener la menor idea de quién era. Un joven granjero, tanto si va a caballo como a pie es la última persona que despertaría mi curiosidad. Esos hacendados son precisamente una clase de gente con la que siento que no tengo nada que ver. Personas que estén por debajo de su clase social, con tal de que su aspecto inspire confianza, pueden in­teresarme; puedo esperar ser útil a sus familias de un modo u otro. Pero un granjero no necesita nada de mí, por lo tanto en cierto sentido está tan por encima de mi atención como en todos los de­más está por debajo.

-Sin duda alguna. ¡Oh! Sí, no es probable que te hayas fijado en él... pero él sí que te conoce muy bien... quiero decir de vista.

-No dudo de que sea un joven muy digno. La verdad es que sé que lo es, y como a tal le deseo mucha suerte. ¿Qué edad crees que puede tener?

-El día ocho del pasado junio cumplió veinticuatro años, y mi cumpleaños es el día veintitrés... ¡exactamente dos semanas y un día de diferencia! Qué casual, ¿verdad?

-Sólo veinticuatro años. Es demasiado joven para casarse. Su ma­dre tiene toda la razón al no tener prisa. Ahora parece ser que viven muy bien, y si ella se preocupara por casarle probablemente se arrepentiría. Dentro de seis años si conoce a una buena muchacha de su misma clase con un poco de dinero, la cosa podría ser muy conveniente.

-¡Dentro de seis años! Pero, querida Emma, ¡él entonces ya ten­drá treinta años!

-Bueno, ésa es la edad a la que la mayoría de los hombres que no han nacido ricos tienen que esperar para casarse. Supongo que el señor Martin aún tiene que labrarse un porvenir; y antes de eso no puede hacerse nada. Por mucho dinero que heredase al morir su padre, por importante que sea su parte en la propiedad de la familia me atrevería a decir que todo no está disponible, que está empleado en el rebaño; y aunque con laboriosidad y buena suerte dentro de un tiempo puede hacerse rico, es casi imposible que aho­ra lo sea.

-Desde luego tienes razón. Pero viven muy bien. No tienen nin­gún criado en la casa, pero no les falta nada, y la señora Martin habla de contratar a un mozo para el año próximo.

-Harriet, no quisiera que te encontraras con dificultades cuando él se case; me refiero a tus relaciones con su esposa, pues aunque sus hermanas hayan recibido una educación superior y no pueda objetárseles nada, eso no quiere decir que él no pueda casarse con alguien que no sea digno de alternar contigo. La desgracia de tu nacimiento debería hacerte aún más cuidadosa con la gente que tra­tas. No cabe ninguna duda de que eres la hija de un caballero y debes mantenerte en esta categoría por todos los medios a tu al­cance, o de lo contrario serán muchos los que se complacerán en rebajarte.

-Sí, sí, tienes razón, supongo que hay gente así. Pero mientras YO frecuente Hartfield y tú seas tan amable conmigo no tengo mie­do de lo que otros puedan hacer.

-Harriet, comprendes muy bien lo que influyen las amistades; Pero yo quisiera verte tan sólidamente establecida en la sociedad que fueras independiente incluso de Hartfield y de la señorita Woodhouse. Quiero verte bien relacionada y ello de un modo permanente... y para eso sería aconsejable que tuvieses tan pocas amistades infe­riores como fuera posible; y por lo tanto lo que te digo es que si aún sigues en la comarca cuando el señor Martin se case, sería preferible que tu intimidad con sus hermanas no te obligara a re­lacionarte con su esposa, que probablemente será la hija de un simple granjero, sin ninguna educación.


-Desde luego. Sí. Pero no creo que el señor Martin se case con alguien que no tenga un poco de educación y que no sea de bue­na familia. Sin embargo, no quiero decir con eso que te contradiga, yo estoy segura de que no sentiré ningún deseo de conocer a su esposa. Siempre tendré mucho afecto a sus hermanas, sobre todo a Elizabeth, y sentiría mucho dejar de tratarlas, porque han recibido tan buena educación como yo. Pero si él se casa con una mujer vulgar y muy ignorante claro está que haría mejor en no visitarla, si puedo evitarlo.


lunes, 9 de abril de 2012

EMMA Capítulo III

CAPÍTULO III


A su manera, al señor Woodhouse le gustaba la compañía. Le gustaba muchísimo que sus amistades fueran a verle; y se sumaban una serie de factores, su larga residencia en Hartfield y su buen carácter, su fortuna, su casa y su hija, haciendo que pudiese elegir las visitas de su pequeño círculo, en gran parte según sus gustos. Fuera de este círculo tenía poco trato con otras familias; su horror a trasnochar y a las cenas muy concurridas impedían que tuviera más amistades que las que estaban dispuestas a visitarle según sus conveniencias. Afortunadamente para él, Highbury, que in­cluía a Randalls en su parroquia, y Donwell Abbey en la parroquia vecina -donde vivía el señor Knightley- comprendía a muchas de tales personas. No pocas veces se dejaba convencer por Emma, e invitaba a cenar a algunos de los mejores y más elegidos, pero lo que él prefería eran las reuniones de la tarde, y a menos que en alguna ocasión se le antojase que alguno de ellos no estaba a la altura de la casa, apenas había alguna tarde de la semana en que Emma no pudiese reunir a su alrededor personas suficientes para jugar a las cartas.

Un verdadero aprecio, ya antiguo, dio entrada a su casa a los Weston y al señor Knightley; y en cuanto al señor Elton, un joven que vivía solo contra su voluntad, tenía el privilegio de poder huir todas las tardes libres de su negra soledad, y cambiarla por los refinamientos y la compañía del salón del señor Woodhouse y por las sonrisas de su encantadora hija, sin ningún peligro de que se le expulsara de allí.

Tras éstos venía un segundo grupo; del cual, entre los más asi­duos figuraban la señora y la señorita Bates, y la señora Goddard, tres damas que estaban casi siempre a punto de aceptar una invi­tación procedente de Hartfield, y a quienes se iba a recoger y se devolvía a su casa tan a menudo, que el señor Woodhouse no con­sideraba que ello fuese pesado ni para James ni para los caballos. Si sólo hubiera sido una vez al año, lo hubiera considerado como una gran molestia.

La señora Bates, viuda de un antiguo vicario de Highbury, era una señora muy anciana, incapaz ya de casi toda actividad, excep­tuando el té y el cuatrillo.
Vivía muy modestamente con su única hija, y se le tenían todas las consideraciones y todo el respeto que una anciana inofensiva en tan incómodas circunstancias puede suscitar. Su hija gozaba de una popularidad muy poco común en una mujer que no era ni joven, ni hermosa, ni rica, ni casada. La posición social de la señorita Bates era de las peores para que go­zara de tantas simpatías; no tenía ninguna superioridad intelectual para compensar lo demás o para intimidar a los que hubieran po­dido detestarla y hacer que le demostraran un aparente respeto. Nun­ca había presumido ni de belleza ni de inteligencia. Su juventud había pasado sin llamar la atención, y ya de edad madura se había dedicado a cuidar a su decrépita madre, y a la empresa de hacer con sus exiguos ingresos el mayor número posible de cosas. Sin embargo era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie nombraba sin benevolencia. Era su gran buena voluntad y lo contentadizo de su carácter lo que obraba estas maravillas. Quería a todo el mundo, procuraba la felicidad de todo el mundo, ponderaba en seguida los méritos de todo el mundo; se consideraba a sí misma un ser muy afortunado, a quien se había dotado de algo tan valioso como una madre excelente, buenos vecinos y amigos, y un hogar en el que nada faltaba. La sencillez y la alegría de su carácter, su temperamen­to contentadizo y agradecido, complacían a todos y eran una fuente de felicidad para ella misma. Le gustaba mucho charlar de asuntos triviales, lo cual encajaba perfectamente con los gustos del señor Woodhouse, siempre atento a las pequeñas noticias y a los chismes inofensivos.



La señora Goddard era maestra de escuela, no de un colegio ni de un pensionado, ni de cualquier otra cosa por el estilo en donde se preten­de con largas frases de refinada tontería combinar la libertad de la ciencia con una elegante moral acerca de nuevos principios y nuevos sistemas, y en donde las jóvenes a cambio de pagar enormes sumas pierden salud y adquieren vanidad, sino una verdadera, honrada escue­la de internas a la antigua, en donde se vendía a un precio razonable una razonable cantidad de conocimientos, y a donde podía mandarse a las muchachas para que no estorbaran en casa, y podían hacerse un pequeña educación sin ningún peligro de que salieran de allí convertidas en prodigios. La escuela de la señora Goddard tenía muy buena reputación, y bien merecida, pues Highbury estaba conside­rado como un lugar particularmente saludable: tenía una casa es­paciosa, un jardín, daba a las niñas comida sana y abundante, en ve­rano dejaba que corretearan a su gusto, y en invierno ella misma les curaba los sabañones. No era, pues, de extrañar que una hilera de a dos de unas cuarenta jóvenes la siguieran cuando iba a la iglesia. Era una mujer sencilla y maternal, que había trabajado mu­cho en su juventud, y que ahora se consideraba con derecho a permitirse el ocasional esparcimiento de una visita para tomar el té; y como tiempo atrás debía mucho a la amabilidad del señor Wood­house, se sentía particularmente obligada a no desatender sus invi­taciones y a abandonar su pulcra salita, y pasar siempre que podía unas horas de ocio perdiendo o ganando unas cuantas monedas de seis peniques junto a la chimenea de su anfitrión.

Éstas eran las señoras que Emma podía reunir con mucha fre­cuencia; y estaba no poco contenta de conseguirlo, por su padre; aunque, por lo que a ella se refería, no había remedio para la ausencia de la señora Weston. Estaba encantada de ver que su padre parecía sentirse a gusto y muy contento con ella por saber arreglar las cosas tan bien; pero la apacible y monótona charla de aquellas tres mujeres le hacía darse cuenta que cada velada que pasaba de este modo era una de las largas veladas que con tanto temor había previsto.

Una mañana, cuando creía poder asegurar que el día iba a ter­minar de este modo, trajeron un billete de parte de la señora God­dard que solicitaba en los términos más respetuosos que se le permitiera venir acompañada de la señorita Smith; una petición que fue muy bien acogida; porque la señorita Smith era una muchacha de diecisiete años a quien Emma conocía muy bien de vista y por -quien hacía tiempo que sentía interés debido a su belleza. Contestó con una amable invitación, y la gentil dueña de la casa ya no temió la llegada de la tarde.

Harriet Smith era hija natural de alguien. Hacía ya varios años alguien la había hecho ingresar en la escuela de la señora Goddard, y recientemente alguien la había elevado desde su situación de co­legiala a la de huésped. En general, esto era todo lo que se sabía de su historia. En apariencia no tenía más amigos que los que se había hecho en Highbury, y ahora acababa de volver de una larga visita que había hecho a unas jóvenes que vivían en el campo y que habían sido sus compañeras de escuela.

Era una muchacha muy linda, y su belleza resultó ser de una clase que Emma admiraba particularmente. Era bajita, regordeta y rubia, llena de lozanía, de ojos azules, cabello reluciente, rasgos re­gulares y un aire de gran dulzura; y antes del fin de la velada Emma estaba tan complacida con sus modales como con su perso­na, y completamente decidida a seguir tratándola.

No le llamó la atención nada particularmente inteligente en el trato de la señorita Smith, pero en conjunto la encontró muy simpática -sin ninguna timidez fuera de lugar y sin reparos para ha­blar- y con todo sin ser por ello en absoluto inoportuna, sabiendo estar tan bien en su lugar y mostrándose tan deferente, dando mues­tras de estar tan agradablemente agradecida por haber sido admiti­da en Hartfield, y tan sinceramente impresionada por el aspecto de todas las cosas, tan superior en calidad a lo que ella estaba acos­tumbrada, que debía de tener muy buen juicio y merecía aliento. Y se le daría aliento. Aquellos ojos azules y mansos y todos aquellos dones naturales no iban a desperdiciarse en la sociedad inferior de Highbury y sus relaciones.



Las amistades que ya se había hecho eran indignas de ella. Las amigas de quien acababa de separarse, aunque fueran muy buena gente, debían estar perjudicándola. Eran una familia cuyo apellido era Martin, y a la que Emma conocía mucho de oídas, ya que tenían arrendada una gran granja del señor Knight­ley, y vivían en la parroquia de Donwell, tenían muy buena re­putación según creía -sabía que el señor Knightley les estimaba mucho- pero debían de ser gente vulgar y poco educada, en modo alguno propia de tener intimidad con una muchacha que sólo nece­sitaba un poco más de conocimientos y de elegancia para ser com­pletamente perfecta. Ella la aconsejaría; la haría mejorar; haría que abandonase sus malas amistades y la introduciría en la buena sociedad; formaría sus opiniones y sus modales. Sería una empresa interesante y sin duda también una buena obra; algo muy adecuado a su situación en la vida; a su tiempo libre y a sus posibilidades.

Estaba tan absorta admirando aquellos ojos azules y mansos, ha­blando y escuchando, y trazando todos estos planes en las pausas de la conversación, que la tarde pasó muchísimo más aprisa que de costumbre; y la cena con la que siempre terminaban esas reu­niones, y para la que Emma solía preparar la mesa con calma, es­perando a que llegara el momento oportuno, aquella vez se dispuso en un abrir y cerrar de ojos, y se acercó al fuego, casi sin que ella misma se diera cuenta. Con una presteza que no era habitual en un carácter como el suyo que, con todo, nunca había sido in­diferente al prestigio de hacerlo todo muy bien y poniendo en ello los cinco sentidos, con el auténtico entusiasmo de un espíritu que se complacía en sus propias ideas, aquella vez hizo los honores de la mesa, y sirvió y recomendó el picadillo de pollo y las ostras asa­das con una insistencia que sabía necesaria en aquella hora algo temprana y adecuada a los corteses cumplidos de sus invitados.

En ocasiones como ésta, en el ánimo del bueno del señor Wood­house se libraba un penoso combate. Le gustaba ver servida la mesa, pues tales invitaciones habían sido la moda elegante de su juventud; pero como estaba convencido de que las cenas eran perjudiciales para la salud, más bien le entristecía ver servir los platos; y mientras que su sentido de la hospitalidad le llevaba a alentar a sus invitados a que comieran de todo, los cuidados que le inspiraba su salud hacía que se apenase de ver que comían.

Lo único que en conciencia podía recomendar era un pequeño tazón de avenate claro como el que él tomaba, pero, mientras las señoras no tenían ningún reparo en atacar bocados más sabrosos, debía contentarse con decir:

-Señora Bates, permítame aconsejarle que pruebe uno de estos huevos. Un huevo duro poco cocido no puede perjudicar. Serle sabe hacer huevos duros mejor que nadie. Yo no recomendaría un huevo duro a nadie más, pero no tema usted, ya ve que son muy pequeños, uno de esos huevos tan pequeños no pueden hacerle daño. Señorita Bates, que Emma le sirva un pedacito de tarta, un pedacito chiquitín. Nuestras tartas son sólo de manzana. En esta casa no le daremos ningún dulce que pueda perjudicarle. Lo que no le aconsejo son las natillas. Señora Goddard, ¿qué le parecería medio vasito de vino? ¿Medio vasito pequeño, mezclado con agua? No creo que eso pueda sentarle mal.

Emma dejaba hablar a su padre, pero servía a sus invitados man­jares más consistentes; y aquella noche tenía un interés especial en que quedaran contentos. Se había propuesto atraerse a la señorita Smith y lo había conseguido. La señorita Wodhouse era un per­sonaje tan importante en Highbury que la noticia de que iban a ser presentadas le había producido tanto miedo como alegría... Pero la modesta y agradecida joven salió de la casa llena de gratitud, muy contenta de la afabilidad con la que la señorita Woodhouse la había tratado durante toda la velada; ¡incluso le había estrechado la mano al despedirse!

Continuará...

viernes, 16 de marzo de 2012

EMMA Capitulo Primero

CAPÍTULO PRIMERO



EMMA WOODHOUSE, bella, inteligente y rica, con una familia aco­modada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase.

Era la menor de las dos hijas de un padre muy cariñoso e in­dulgente y, como consecuencia de la boda de su hermana, desde muy joven había tenido que hacer de ama de casa. Hacía ya de­masiado tiempo que su madre había muerto para que ella conser­vase algo más que un confuso recuerdo de sus caricias, y había ocu­pado su lugar una institutriz, mujer de gran corazón, que se había hecho querer casi como una madre.


La señorita Taylor había estado dieciséis años con la familia del señor Woodhouse, más como amiga que como institutriz, y muy encariñada con las dos hijas, pero sobre todo con Emma. La in­timidad que había entre ellas era más de hermanas que de otra cosa. Aun antes de que la señorita Taylor cesara en sus funciones nominales de institutriz, la blandura de su carácter raras veces le permitía imponer una prohibición; y entonces, que hacía ya tiem­po que había desaparecido la sombra de su autoridad, habían se­guido viviendo juntas como amigas, muy unidas la una a la otra, y Emma haciendo siempre lo que quería; teniendo en gran estima el criterio de la señorita Taylor, pero rigiéndose fundamentalmente por el suyo propio.

Lo cierto era que los verdaderos peligros de la situación de Emma eran, de una parte, que en todo podía hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma; éstas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades. Sin embargo, por el momento el peligro era tan imperceptible que en modo alguno podían considerarse como incon­venientes suyos.

Llegó la contrariedad -una pequeña contrariedad-, sin que ello la turbara en absoluto de un modo demasiado visible: la señorita Taylor se casó. Perder a la señorita Taylor fue el primero de sus sinsabores. Y fue el día de la boda de su querida amiga cuando Emma empezó a alimentar sombríos pensamientos de cierta impor­tancia. Terminada la boda y cuando ya se hubieron ido los invitados, su padre y ella se sentaron a cenar, solos, sin un tercero que alegrase la larga velada. Después de la cena, su padre se dispuso a dormir, como de costumbre, y a Emma no le quedó más que ponerse a pensar en lo que había perdido.

La boda parecía prometer toda suerte de dichas a su amiga. El señor Weston era un hombre de reputación intachable, posición desahogada, edad conveniente y agradables maneras; y había algo de satisfacción en el pensar con qué desinterés, con qué generosa amistad ella había siempre deseado y alentado esta unión. Pero la mañana siguiente fue triste. La ausencia de la señorita Taylor iba a sentirse a todas horas y en todos los días. Recordaba el cariño que le había profesado -el cariño, el afecto de dieciséis años-, cómo la había educado y cómo había jugado con ella desde que te­nía cinco años... cómo no había escatimado esfuerzos para atraér­sela y distraerla cuando estaba sana, y cómo la había cuidado cuan­do habían llegado las diversas enfermedades de la niñez. Tenía con ella una gran deuda de gratitud; pero el período de los últimos siete años, la igualdad de condiciones y la total intimidad que ha­bían seguido a la boda de Isabella, cuando ambas quedaron solas con su padre, tenía recuerdos aún más queridos, más entrañables. Había sido una amiga y una compañera como pocas existen: inte­ligente, instruida, servicial, afectuosa, conociendo todas las costum­bres de la familia, compenetrada con todas sus inquietudes, y sobre todo preocupada por ella, por todas sus ilusiones y por todos sus proyectos; alguien a quien podía revelar sus pensamientos apenas nacían en su mente, y que le profesaba tal afecto que nunca podía decepcionarla.

¿Cómo iba a soportar aquel cambio? Claro que su amiga había ido a vivir a sólo media milla de distancia de su casa; pero Emma se daba cuenta de que debía haber una gran diferencia entre una señora Weston que vivía sólo a media milla de distancia y una señorita Taylor que vivía en la casa; y a pesar de todas sus cuali­dades naturales y domésticas corría el gran peligro de sentirse mo­ralmente sola. Amaba tiernamente a su padre, pero para ella no era ésta la mejor compañía; los dos no podían sostener ni conver­saciones serias ni en chanza.

El mal de la disparidad de sus edades (y el señor Woodhouse no se había casado muy joven) se veía considerablemente aumentado por su estado de salud y sus costumbres; pues, como había estado enfermizo durante toda su vida, sin desarrollar la menor actividad, ni física ni intelectual, sus costumbres eran las de un hombre mu­cho mayor de lo que correspondía a sus años; y aunque era que­rido por todos por la bondad de su corazón y lo afable de su ca­rácter, el talento no era precisamente lo más destacado de su per­sona.

Su hermana, aunque el matrimonio no la había alejado mucho de ellos, ya que se había instalado en Londres, a sólo dieciséis millas del lugar, estaba lo suficientemente lejos como para no poder estar a su lado cada día; y en Hartfield tenían que hacer frente a muchas largas veladas de octubre y de noviembre, antes de que la Navidad significase la nueva visita de Isabella, de su marido y de sus pequeños, que llenaban la casa proporcionándole de nuevo el pla­cer de su compañía.

En Highbury, la grande y populosa villa, casi una ciudad, a la que en realidad Hartfield pertenecía, a pesar de sus prados inde­pendientes, y de sus plantíos y de su fama, no vivía nadie de su misma dase. Y por lo tanto los Woodhouse eran la primera familia del lugar. Todos les consideraban como superiores. Emma tenía muchas amistades en el pueblo, pues su padre era amable con todo el mundo, pero nadie que pudiera aceptarse en lugar de la señorita Taylor, ni siquiera por medio día. Era un triste cambio; y al pen­sar en ello, Emma no podía por menos de suspirar y desear im­posibles, hasta que su padre despertaba y era necesario ponerle buena cara. Necesitaba que le levantasen el ánimo. Era un hombre nervioso, propenso al abatimiento; quería a cualquiera a quien es­tuviera acostumbrado, y detestaba separarse de él; odiaba los cam­bios de cualquier especie. El matrimonio, como origen de cambios, siempre le era desagradable; y aún no había asimilado ni mucho menos el matrimonio de su hija, y siempre hablaba de ella de un modo compasivo, a pesar de que había sido por completo un ma­trimonio por amor, cuando se vio obligado a separarse también de la señorita Taylor; y sus costumbres de plácido egoísmo y su total incapacidad para suponer que otros podían pensar de modo distinto a él, le predispusieron no poco a imaginar que la señorita Taylor había cometido un error tan grave para ellos como para ella misma, y que hubiera sido mucho más feliz de haberse quedado todo el resto de su vida en Hartfield. Emma sonreía y se esforzaba por que su charla fuera lo más animada posible, para apartarle de estos pensamientos; pero a la hora del té, al señor Woodhouse le era im­posible no repetir exactamente lo que ya había dicho al mediodía:

-¡Pobre señorita Taylor! Me gustaría que pudiera volver con nosotros. ¡Qué lastima que al señor Weston se le ocurriera pensar en ella!

-En esto no puedo estar de acuerdo contigo, papá; ya sabes que no. El señor Weston es un hombre excelente, de muy buen ca­rácter y muy agradable, y por lo tanto merece una buena esposa; y supongo que no hubieras preferido que la señorita Taylor viviera con nosotros para siempre y soportara todas mis manías, cuando podía tener una casa propia...


-¡Una casa propia! Pero ¿qué sale ganando con tener una casa propia? Ésta es tres veces mayor. Y tú nunca has tenido manías, querida.

-Iremos a verles a menudo y ellos vendrán a vernos... ¡Siempre estaremos juntos! Somos nosotros los que tenemos que empezar, tenemos que hacerles la primera visita, y muy pronto.

-Querida, ¿cómo voy a ir tan lejos? Randalls está demasiado lejos. No podría andar ni la mitad del camino.

-No, papá, nadie dice que tengas que ir andando. Desde luego que tenemos que ir en coche.

-¿En coche? Pero a James no le gusta sacar los caballos por un viaje tan corto; ¿y dónde vamos a dejar a los pobres caballos mien­tras estamos de visita?

-Papá, pues en las cuadras del señor Weston. Ya sabes que estaba todo previsto. Ayer por la noche hablamos de todo esto con el señor Weston. Y en cuanto a James, puedes estar completamente seguro de que siempre querrá ir a Randalls, porque su hija está sirviendo allí como doncella. Lo único de que dudo es de que quiera llevarnos a algún otro sitio. Fue obra tuya, papá. Fuiste tú quien consiguió a Hannah el empleo. Nadie pensaba en Hannah hasta que tú la mencionaste... ¡James te está muy agradecido!

-Estoy muy contento de haber pensado en ella. Fue una gran suerte, porque por nada del mundo hubiese querido que el pobre James se creyera desairado; y estoy seguro de que será una mag­nífica sirvienta; es una muchacha bien educada y que sabe hablar; tengo muy buena opinión de ella. Cuando la encuentro siempre me hace una reverencia y me pregunta cómo estoy con maneras muy corteses; y cuando la tienes aquí haciendo costura, me fijo en que siempre sabe hacer girar muy bien la llave en la cerradura, y nunca la cierra de un portazo. Estoy seguro de que será una excelente criada; y será un gran consuelo para la pobre señorita Taylor tener a su lado a alguien a quien está acostumbrada a ver. Siempre que James va a ver a su hija, ya puedes suponer que tendrá noticias nuestras. Él puede decirle cómo vamos.

Emma no regateó esfuerzos para conseguir que su padre se man­tuviera en este estado de ánimo, y confiaba, con la ayuda del cha­quete, lograr que pasara tolerablemente bien la velada, sin que le asaltaran más pesares que los suyos propios. Se puso la tabla del chaquete; pero inmediatamente entró una visita que lo hizo inne­cesario.


El señor Knightley, hombre de muy buen criterio, de unos treinta y siete o treinta y ocho años, no sólo era un viejo e íntimo amigo de la familia, sino que también se hallaba particularmente relacio­nado con ella por ser hermano mayor del marido de Isabella. Vivía aproximadamente a una milla de distancia de Highbury, les visitaba con frecuencia y era siempre bien recibido, y esta vez mejor reci­bido que de costumbre, ya que traía nuevas recientes de sus mu­tuos parientes de Londres. Después de varios días de ausencia, había vuelto poco después de la hora de cenar, y había ido a Hartfield para decirles que todo marchaba bien en la plaza de Brunswick. Ésta fue una feliz circunstancia que animó al señor Woodhouse por cierto tiempo. El señor Knightley era un hombre alegre, que siem­pre le levantaba los ánimos; y sus numerosas preguntas acerca de «la pobre Isabella» y sus hijos fueron contestadas a plena satisfac­ción. Cuando hubo terminado, el señor Woodhouse, agradecido, co­mentó:

-Señor Knightley, ha sido usted muy amable al salir de su casa tan tarde y venir a visitarnos. ¿No le habrá sentado mal salir a esta hora?

lunes, 20 de julio de 2009

Jane Austen

El Mundo de Jane


Jane Austen (1775-1817) es considerada una de las fundadoras de la novela moderna, y aún después de 200 años, sus obras siguen asombrando por la perfecta construcción de las tramas, la profundidad en el análisis psicológico de los personajes, y el desarrollo de la historia, que trabaja con la exactitud de un mecanismo de relojería.



Se ha comparado a Jane Austen con Shakespeare y Henry James. Walter Scott decía que no había conocido a un escritor de mayor talento. Lo cierto es que al margen de tales elogios, su obra ha vencido sin dificultad el paso del tiempo. De igual forma asombra la naturalidad con la que esta escritora cuenta sus historias, una naturalidad que la acerca al lector, tanto, que a veces parece que es alguien contemporáneo nuestro que mira hacia el pasado, más que alguien que nos habla desde allá.



Austen nos hace sentir la extrañeza y el milagro de la literatura, esa extrañeza de un mundo tan distinto y lejano al nuestro y que de pronto se descubre ante nosotros tan asombrosamente cercano. Esto se debe, sin duda, a que sus novelas no tratan sólo de cómo las personas consiguen unir sus vidas con aquellos a quien aman, por muy difícil que sea, se diría que bajo esta aparente peripecia existe algo mucho más profundo, que sirve para contar de qué difícil manera se confrontan los anhelos con las posibilidades verdaderas de poder satisfacerlos, esa lucha constante entre la realidad y el deseo.



Sentido y Sensibilidad (1811) y Orgullo y Prejuicio (escrita por Jane a los 21 años y publicada por ella misma en 1813 , firmándola con un seudónimo ) son las que más elogios han recibido por su visión irónica de las relaciones entre el individuo y la posición social.



Mansfield Park (1814), Emma (1816), La Abadía de Northanger y Persuasión, estas dos últimas publicadas después de su muerte en 1818, completan la obra de la autora, una obra que se ha mantenido siempre en un lugar de privilegio en los gustos de lectores y especialistas.







Los Hombres de Jane Austen



¿Nadie mejor que una mujer puede escribir sobre la vida y sentimientos de las mujeres?



Más que discutir sobre este tema, bastaría con mencionar las pruebas que nos pueden convencer en literatura, aquellas obras de ficción que nos han demostrado que ha habido hombres capaces de recrear el universo femenino, un universo bastante alejado del suyo. Detrás de Madame Bovary, Ana Ozores o Fortunata, están las miradas de aquellos escritores que supieron salvar esa distancia, y se pusieron en el lugar de aquellas con respeto y perspicacia; dependiendo de un mundo completamente masculino y esclavas en muchos casos de ellos, pero a pesar de esa condición social inferior, poseedoras de una esencia rica y secreta siempre.



Pero hay obras como las de Jane Austen que me hacen dudar de si todo puede ser contado por cualquiera.



¿No es acaso el talento del escritor el saber ponerse en el lugar del otro?



¿O es que en momentos históricos sólo es capaz de darnos esa experiencia, quien la está sufriendo en carne propia?



Es aquí que me detengo para hablar de mi novela favorita, su obra maestra, Orgullo y Prejuicio. La primera vez que la leí (poco más de un año) me atrapó de tal manera que desde entonces no he dejado de leerla, la he leído tantas veces que podría decir que ha pasado a formar parte de mi esencia como ser humano; y aún no puedo entender cómo he pasado tantos años de mi vida sin haber leído a Austen, algo inaudito si eres alguien que disfrute del placer de leer. cosa que por causas y azares del destino tuve la suerte de remediar. No me considero una experta en el tema ni mucho menos, pero creo yo, digo, que toda mujer que se respete como tal debería leer a Austen, y porque no decirlo, todo hombre también, ya que las obras de Austen __según especialistas__se encuentran a un abismo de ser consideradas como novelas cursis.



"Es una verdad universalmente reconocida, que un hombre soltero poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa...." es así como la autora dá inicio a una de las historias más románticas de todos los tiempos; Orgullo y Prejuicio ha servido de inspiración para innumerables comedias románticas de nuestra época, cuyo idilio se ha convertido en la más clásica batalla entre los dos sexos jamás descrita.



Esta novela está escrita desde dentro de la experiencia que se cuenta, y es posible que la naturalidad sorprendente con la que está contada, venga no sólo de una gran narradora, sino que la cuenta alguien que está viviendo la misma vida de los personajes que aquí aparecen. Una vida sin herencia después de la muerte del padre, dependiente del favor que le otorgaran sus hermanos varones o la gracia de lograr un matrimonio conveniente sin contemplar siquiera los sentimientos de la hija. Inmersa desde pequeña en este tipo de diálogos femeninos y siendo como fue una gran observadora, Austen supo hacer de su experiencia doméstica la fuente de la que manaban sus argumentos.



Jane Austen escribió una y otra vez sobre el destino de las mujeres, ese destino que a veces choca brutalmente contra sus deseos, escribió sobre la inteligencia de las mujeres, bueno, de algunas, pero está claro que en esta novela, el personaje femenino fundamental es el más inteligente. Escribió muchas veces sobre el anhelo de las mujeres sensibles de encontrar al hombre ideal, aquel hombre que responda a los principios de la pasión y que con el tiempo pueda llegar a ser un gran compañero en la vida.



No es el mejor destino para una mujer el quedarse soltera__ni siquiera para Jane que nunca se casó__pero tampoco lo es para Elizabeth Bennet, la heroína de Orgullo y Prejuicio, el pasarse la vida junto a un tipo patán, desconsiderado, falto de sensatez y poco interesante a la hora de conversar, que es algo que les gusta mucho a los personajes de esta historia.



Quien lea esta obra no sólo queda prendado del atractivo que irradia el personaje de Lizzy (Elizabeth) por inteligente y vivaz, y de su hermana Jane, bella y discreta; también los hombres de esta novela tienen una complejidad demasiado interesante. Hay dos de ellos, Darcy y Wickham; Darcy el huraño, el arrogante, el antipático, el que parece preso de un orgullo que le hace mirar a los demás por encima del hombro; y Wickham, sociable, encantador, divertido y víctima de una injusticia que lo dejó sin herencia; cada uno de ellos lleva consigo su misterio... pero hay uno de ellos de los que se puede decir que es considerado el personaje masculino más amado de la literatura inglesa, y ésto me lleva a preguntarme ¿qué sentía Jane Austen al crear a sus personajes? acaso ellos respondían al impulso de sus propios deseos?



¿Porque los hombres de Jane Austen nos resultan tan apasionadamente atractivos? o es que sólo el corazón de una mujer puede conocer la complejidad del mismo?



Al principio decía de si era posible que esta misma historia tal y como está contada desde el corazón de la que sabe lo que es esperar a alguien que la elija entre otras mujeres, lo que es escuchar siempre los deseos de los varones antes que los propios, lo que es ser dependiente de ellos y obediente, cuya única fuerza es su astucia e inteligencia y que conoce el misterio del hombre ideal, ¿es posible, digo, imaginar que esta misma historia estuviera narrada con igual autenticidad si la hubiera escrito un hombre? Pues aquí les dejo esta novela para los que la hayan leído y a los que no, pongan remedio a esa falta, y tras la maravilla que les ha de proporcionar su lectura, y que de seguro como a mi, les acompañará mucho más allá, busquemos juntos respuesta a ésta y otras preguntas en este Salón de lectura.















*fragmentos extraídos de Punto de lectura.