miércoles, 18 de julio de 2012

EMMA Capítulo XVII


CAPÍTULO XVII



EL señor y la señora John Knightley no se quedaron en Hartfield por mucho tiempo más. El tiempo no tardó en mejorar lo su­ficiente para que pudieran irse los que tenían que hacerlo; y el señor Woodhouse, como de costumbre, después de haber intentado conven­cer a su hija para que se quedara con todos los niños, tuvo que ver partir a toda la familia y volver a sus lamentaciones sobre el destino de la pobre Isabella... la pobre Isabella que se pasaba la vida ro­deada de personas a quienes adoraba, ensalzando sus virtudes y sin ver ninguno de sus defectos, y siempre inocentemente atareada, po­día considerarse como un verdadero modelo de felicidad femenina.

Al atardecer del mismo día en que ellos se fueron, llegó una nota del señor Elton para el señor Woodhouse, una larga, cortés y cere­moniosa nota, en la cual, en medio de los mayores cumplidos, el se­ñor Elton anunciaba «que al día siguiente por la mañana se proponía salir de Highbury para dirigirse a Bath, en donde, correspondiendo a las reiteradas invitaciones de unos amigos, se había comprometi­do a pasar unas cuantas semanas, y lamentaba infinitamente que, debido a una serie de circunstancias derivadas del mal tiempo y de sus ocu­paciones, le fuera imposible despedirse personalmente del señor Wood­house, de cuyas amables atenciones guardaría siempre un grato re­cuerdo... y en caso de que el señor Woodhouse tuviera algún en­cargo que darle, lo cumpliría con mucho gusto...»

Emma tuvo una agradabilísima sorpresa... La ausencia del señor Elton precisamente en aquellos días era lo mejor que hubiera podido desear. Le quedó agradecida por habérsele ocurrido la idea de mar­charse, pero lo que ya no le parecía tan bien era el modo en que anunciaba su partida. No podía haber mostrado su resentimiento de un modo más claro que limitándose a ser cortés para con su padre, sin citarla a ella para nada. Ni siquiera la mencionaba en los cumplidos con que empezaba la carta... Su nombre no aparecía por ninguna parte... Y todo ello implicaba un cambio de actitud tan acusado, y la despedida, llena de amables frases de gratitud, respiraba tal énfasis que al principio Emma pensó que no dejaría de despertar sospechas en su padre.

Y sin embargo no fue así... Su padre estaba demasiado absorto por la sorpresa que le produjo un viaje tan inesperado, y por sus temores de que el señor Elton no pudiese llegar sano y salvo, y no encontró extraño el tono de la carta; que por otra parte les fue muy útil, ya que les proporcionó un nuevo tema de reflexión y conversación durante todo el resto de aquella solitaria velada. El señor Woodhouse hablaba de sus temores, mientras que Emma, con su habitual solicitud, hacía todo lo posible por desvanecerlos.

Emma decidió por fin informar a Harriet de lo ocurrido. Según sus noticias ya casi se había recuperado del todo de su resfriado, y era preferible que tuviera el mayor tiempo posible para rehacerse de su otro mal antes de que regresara el señor Elton. Así pues, al día siguiente se dirigió a casa de la señora Goddard para tener aquella penosa y necesaria explicación; era forzoso que fuera un momento difícil... Tenía que destruir todas las esperanzas que ella misma había estado alimentando con tanto afán... mostrarse en el ingrato papel de la que había sido preferida... y reconocer que se había equivocado totalmente y que todas sus ideas sobre aquella cuestión habían sido erróneas, como todas sus observaciones, todas sus convicciones, todos los augurios que ella había hecho durante las últimas seis semanas.

La confesión renovó por completo en Emma el sonrojo de unos días atrás... y al ver las lágrimas de Harriet pensó que aquello nunca podría perdonárselo.

Harriet aceptó la realidad con mucho temple... sin hacer ningún reproche a nadie... y demostrando en todos los detalles un candor y una modestia que en aquellos momentos tenían un gran valor ante los ojos de su amiga.



Emma estaba en una buena disposición de ánimo para apreciar hasta el máximo la sencillez y la modestia; y todo lo que era afecto y comprensión, todo lo que debería resultar tan atractivo, le parecía estar de parte de Harriet, no de la suya. Harriet no se creía con derecho a quejarse de nada. Ganarse el afecto de un hombre como el señor Elton le parecía una distinción demasiado grande para ella... Nunca hubiera podido ser digna de él... Y na­die, excepto una amiga tan parcial y tan cariñosa como la señorita Woodhouse hubiera pensado que tal cosa fuera posible.

Derramó abundantes lágrimas... pero su aflicción era tan autén­tica, tan poco afectada, que ninguna otra actitud hubiera podido impresionar más a Emma... y la escuchaba e intentaba consolarla recurriendo a todo su afecto y a toda su inteligencia... aquella vez realmente convencida de que Harriet era muy superior a ella... y que de parecerse más a su amiga conseguiría más bienestar y felicidad de lo que podrían proporcionarle todo su talento y toda su sensibilidad.

Quizá ya era demasiado tarde para proponerse ser ingenua y can­dorosa; pero Emma se separó de su amiga reafirmándose en su anterior propósito de ser humilde y discreta, y de refrenar su ima­ginación durante todo el resto de su vida. Ahora su segundo de­ber, inferior tan sólo a las obligaciones que tenía para con su padre, era el de procurar el bienestar de Harriet y demostrarle su afecto por algún otro medio mejor que el de prepararle una boda. Se la llevó a Hartfield, dándole continuas pruebas de su cariño y esforzándose por distraerla y hacer que se divirtiese, y valiéndose de la conversación y de la lectura para apartar de sus pensamientos al señor Elton.

Ya sabía que era preciso que transcurriera tiempo para lograr lo que se proponía; y Emma se daba cuenta de que no era la más indicada para opinar sobre esas cuestiones en general ni para compenetrarse demasiado con alguien que se sintiera atraída por el señor Elton en concreto; pero le parecía lógico pensar que a la edad de Harriet, y una vez extinguida toda esperanza, para cuando regresara el señor Elton podía haberse llegado ya a un cier­to estado de serenidad que permitiera a ambos volver a encontrarse en la común rutina de la amistad sin ningún peligro de delatar sus sentimientos ni de acrecentarlos.

Harriet le consideraba_ como un hombre totalmente perfecto, y seguía sosteniendo que no podía existir nadie que pudiera compa­rársele ni física ni moralmente... y la verdad es que demostraba estar mucho más enamorada de lo que Emma había previsto; pero, a pesar de todo, le parecía una cosa tan natural, tan inevitable tener que luchar contra una inclinación no correspondida de aquella clase, que no suponía que pudiera seguir siendo tan intensa duran­te mucho más tiempo.

Si el señor Elton a su regreso manifestaba su indiferencia de un modo evidente e inequívoco, como Emma no dudaba que tendría interés en hacer, no creía que Harriet siguiese- empeñada en cifrar su felicidad en verle o recordarle.

El hecho de que los tres estuvieran tan arraigados, tan profun­damente arraigados en el mismo lugar, era un mal para todos y cada uno de ellos. Ninguno de los tres podía cambiar de residencia ni cabía otra posibilidad de elección en el trato social. Era ine­vitable que se encontraran unos con otros, y tenían que componér­selas como pudieran.

Harriet además tenía poca suerte por el ambiente que había en­tre sus compañeras del pensionado de la señora Goddard, ya que el señor Elton era objeto de adoración por parte de todas las maes­tras y alumnas mayores de la escuela; y Hartfield era el único lugar en donde podía tener ocasión de oír hablar de él con fría serenidad o con crudo realismo. Donde se había producido la he­rida allí debía ser curada, si es que era posible; y Emma se daba cuenta de que hasta que no viese a su amiga en vías de curación no podría recuperar la verdadera paz.

miércoles, 11 de julio de 2012

EMMA Capítulo XVI


CAPÍTULO XVI


Una vez cepillado el cabello y despedida la criada, Emma se puso a meditar en sus desventuras... ¡La verdad es que todo había salido mal! Todos sus planes deshechos, todas sus esperanzas frus­tradas ¡y de qué modo! ¡Qué golpe para Harriet! Eso era lo peor de todo. Todas las circunstancias de aquella cuestión eran penosas y humillantes por un motivo u otro; pero comparándolo con el mal que se había hecho a Harriet, lo demás carecía de importancia; y Emma hubiera aceptado gustosa haberse equivocado aún más -ha­berse hundido aún más en el error-, tenerse que reprochar una falta de criterio aún mayor, con tal de que ella fuera la única que pagase por sus torpezas.

-Si yo no hubiese convencido a Harriet para que se inclinara hacia él, ahora me sería más fácil sobrellevarlo todo. Él quizás hu­biera redoblado sus pretensiones respecto a mí... pero ¡pobre Ha­rriet!

¡Cómo podía haber estado tan ciega! Y él aseguraba que nunca había pensado seriamente en Harriet... ¡nunca! Intentó recapitular lo ocurrido en aquellas semanas; pero todo lo veía confuso. Supuso que tenía una idea fija y que había hecho que todo lo demás se acomodara a su prejuicio. Sin embargo, el modo de comportarse del señor Elton forzosamente tenía que haber sido ambiguo, incierto, poco claro, o de lo contrario ella no hubiera podido equivocarse tanto.



¡El cuadro! ¡Cómo se había interesado por aquel cuadro! ¡Y la charada! Y cien detalles más...; ¡todos parecían apuntar tan clara­mente a Harriet...! Desde luego que la charada con aquello del «ingenio»... aunque por otra parte lo de los «dulces ojos»... El hecho era que aquello podía decirse de cualquiera; era un embrollo de mal gusto y sin gracia. ¿Quién hubiera podido sacar algo en cla­ro de aquella tontería tan insípida?

Claro está que a menudo, sobre todo últimamente, Emma había notado que sus modales para con ella eran innecesariamente galan­tes; pero lo había considerado como una rareza suya, como una de sus exageraciones, una muestra más de su falta de tacto, de buen gusto, una prueba más de que no siempre había alternado con la mejor sociedad; que a pesar de lo cortés de su trato a veces ignoraba lo que era la verdadera distinción; pero hasta aquel mismo día, nunca ni por un momento había imaginado que todo aquello signi­ficaba algo más que un respeto agradecido como amiga de Harriet.

Debía al señor John Knightley el primer vislumbre de la verda­dera situación, la primera noticia de que aquello era posible. Era inne­gable que ambos hermanos tenían el juicio muy dato. Recordaba lo que el señor Knightley le había dicho en cierta ocasión acerca del señor Elton, la prudencia que le había aconsejado, la seguridad que tenía de que el señor Elton no renunciaría a una boda venta­josa; y Emma se sonrojaba al pensar que aquellas opiniones demos­traban un conocimiento mucho mayor del carácter de aquella persona que a lo que ella había llegado. Era algo terriblemente mortificante; pero el señor Elton en muchos aspectos demostraba ser todo lo con­trario de lo que ella había creído; orgulloso, arrogante, lleno de va­nidad; muy convencido de sus propias excelencias, y muy poco preocu­pado por los sentimientos de los demás.

Contrariamente a lo que suele ocurrir, el señor Elton al querer rendir homenaje a Emma había perdido toda estimación ante los ojos de la joven. Su declaración de amor y sus proposiciones no le sir­vieron de nada. Ella no se sintió halagada por esta predilección, y sus pretensiones le ofendieron. El señor Elton quería hacer una boda ventajosa y tenía el atrevimiento de poner los ojos en ella, de fingir que estaba enamorado; pero de lo que estaba totalmente segura es de que su decepción no sería muy profunda, ni había por qué preocu­parse por ella. Ni en sus palabras ni en su manera de actuar había verdadero afecto. Gran abundancia de suspiros y de palabras boni­tas; pero Emma apenas podía concebir expresiones, un tono de voz que tuviesen menos que ver con el amor verdadero. No tenía por qué preocuparse por compadecerle. Lo único que él quería era me­drar y enriquecerse; y si la señorita Woodhouse de Hartfield, la heredera de treinta mil libras anuales de renta, no era tan fácil de conseguir como él había imaginado, no tardaría en probar fortuna con otra joven que sólo tuviera veinte mil, o diez mil.

Pero... que él hablara de que Emma le había «alentado», que le supusiera enterada de sus intenciones, aceptando sus deferencias, en resumen, consintiendo en casarse con él... ¡Eso significaba que creía que ambos eran iguales en posición social y en inteligencia! Que miraba por encima del hombro a su amiga, distinguiendo cuidadosa­mente entre las categorías sociales que estaban por debajo de la suya, y que era tan ciego para todo lo que estaba por encima de él como para imaginarse que poner los ojos en ella no era ningún atre­vimiento excesivo... En fin, ¡era algo indignante!

Tal vez no tenía derecho a esperar que él comprendiera el abismo que les separaba en talento natural y en delicadezas de espíritu. La simple ausencia de esta igualdad impedía que se diera cuenta de ello; pero lo que sí debía saber era que en fortuna y en posición social ella estaba muy por encima. Debía saber que los Woodhouse, que procedían de la rama segundona de una antiquísima familia, se hallaban instalados en Hartfield desde hacía varias generaciones... y que los Elton no eran nadie. Ciertamente que las tierras que de­pendían de Hartfield no eran de una gran extensión, ya que consti­tuían sólo como una especie de mella de la heredad de Donwell Abbey, a la que pertenecía todo el resto de Highbury; pero su for­tuna, que procedía de otras fuentes, les situaba en una posición que sólo cedía en importancia a la de los propietarios de la misma Don­well Abbey; y los Woodhouse hacía ya tiempo que eran considera­dos como una de las familias más distinguidas y estimadas de aque­llos contornos, a los que el señor Elton había llegado hacía menos de dos años para abrirse camino como pudiera, sin contar con otras amistades que comerciantes, y sin otra recomendación que su cargo y sus maneras corteses.

Pero había llegado a imaginar que Emma estaba enamorada de él; evidentemente eso había sido lo que le dio confianza; y tras haber fantaseado un poco pensando en la poca adecuación que a veces exis­tía entre unos modales corteses y una mente vanidosa, Emma, con toda honradez se vio obligada a hacer alto y a admitir que se había mostrado con él tan complaciente y tan amable, tan llena de corte­sías y de atenciones (suponiendo que él no se hubiese dado cuen­ta de cuál era el verdadero móvil que la guiaba) que podía au­torizar a un hombre cuyas dotes de observación y buen criterio no eran excesivos, como era el caso del señor Elton, a imaginarse que ella le distinguía con sus preferencias. Si Emma se había engañado de tal modo acerca de los sentimientos del joven, no tenía mucho derecho a extrañarse de que él, cegado por el interés, también hu­biera interpretado mal las intenciones de ella.

El primer error y el más grave de todos lo había cometido ella. Era un disparate, una gran equivocación empeñarse en casar a dos personas. Era ir demasiado lejos, hacer algo que no le incumbía, convertir en frívolo algo que debería ser serio, en artificioso lo que debería ser natural. Estaba muy preocupada por todo aquello y sen­tía vergüenza de sí misma, y decidió no volver nunca más a hacer nada parecido.

«He sido yo -se decía a sí misma- quien ha convencido a la pobre Harriet para que se sintiera atraída por ese hombre. Si no hubiera sido por mí, nunca hubiera pensado en él; y desde luego nunca hubiera pensado en él alimentando esperanzas si yo no le hu­biese asegurado que el señor Elton se interesaba por ella, porque Harriet es tan modesta y humilde como yo creía que era él. ¡Oh! ¡Si me hubiera contentado con convencerla de que no aceptase al joven Martin! En eso sí que no me equivoqué. Hice bien; pero ten­dría que haberme conformado con eso y dejar que el tiempo y la suerte hicieran lo demás. Yo la estaba introduciendo en la buena sociedad y dándole ocasión de que alguien de más categoría se sin­tiera atraído por ella; no debería haber intentado nada más. Pero ahora, pobre muchacha, se le acabó el sosiego durante algún tiempo. Sólo he sido buena amiga a medías; pero es que aparte de la de­cepción que ahora pueda tener, no se me ocurre nadie más que pueda convenirle del todo... ¿William Cox...? ¡Oh, no! A William Cox no puedo soportarle... un abogadillo presuntuoso...»

Se detuvo para sonrojarse y se echó a reír al ver cómo reincidía; pero en seguida se puso a reflexionar más seriamente, aunque con menos optimismo, acerca de lo que había ocurrido y lo que podía y debía ocurrir. La penosa explicación que tenía que dar a Harriet y todo lo que iba a sufrir la pobre Harriet, además de lo violentas que iban a ser para las dos las futuras entrevistas, las dificultades de seguir con aquella amistad o de romper, de dominar su pena, disimular su resentimiento y evitar que se supiera todo aquello, bas­taron para ocuparla en melancólicas reflexiones durante algún tiempo más, y por fin se acostó sin haber decidido nada, pero convencida de haber cometido una terrible equivocación.

Emma, con su temperamento juvenil y espontáneamente alegre, con la llegada del nuevo día no podía dejar de sentirse animosa de nuevo, a pesar de los sombríos pensamientos que la habían domi­nado la noche anterior. La juventud y alegría de la mañana pare­cían corresponder a las de su espíritu, y ejercían sobre él una pode­rosa influencia; y si sus cuitas no habían sido lo suficientemente graves como para impedirle cerrar los ojos, éstos al abrirse hallaron sin duda las cuitas más aliviadas y las esperanzas más luminosas.

Por la mañana Emma se levantó mejor dispuesta para encontrar soluciones de lo que se había acostado, más resuelta a ver con buen ánimo los problemas que tenía que afrontar, y con más confianza para salir airosa de ellos.

Era un gran alivio que el señor Elton no estuviese realmente ena­morado de ella y que no fuera una persona de extremada delicadeza a quien sentía tener que causar una decepción... que Harriet no tuviera tampoco una de esas sensibilidades superiores en las que los sentimientos son más intensos y duraderos... y que no hubiera ne­cesidad de que nadie más se enterara de lo que había pasado, que todo quedara entre ellos tres, y sobre todo que su padre no tuviera ni un momento de preocupación por todo aquello.

Éstos eran pensamientos muy alentadores; y la espesa capa de nieve que cubría la tierra vino también en su ayuda, ya que en aquellos momentos cualquier cosa que pudiese justificar el que los tres se mantuvieran totalmente alejados los unos de los otros debía ser bien acogida.

Así pues, el tiempo le era francamente favorable; a pesar de ser día de Navidad no podía ir a la iglesia. El señor Woodhouse se hu­biese preocupado mucho si su hija lo hubiera intentado, y por lo tanto Emma se evitaba así el suscitar o revivir ideas desagradables y deprimentes. Como la nieve lo cubría todo y la atmósfera se ha­llaba en este estado inestable entre la helada y el deshielo, que es el que menos invita a estar al aire libre, y como cada mañana em­pezaba con lluvia o nieve y al atardecer volvía a helar, durante mu­chos días Emma tuvo el mejor pretexto para considerarse como pri­sionera en su casa. No podía comunicarse con Harriet más que por escrito; no podía ir a la iglesia ningún domingo, igual que el día de Navidad; y no necesitaba dar ninguna excusa para justificar la ausen­cia del señor Elton.

El tiempo que hacía explicaba perfectamente que todo el mundo se encerrara en su casa; y aunque Emma confiaba, y casi estaba se­gura de ello, que el señor Elton se consolaría con el trato de alguna otra persona, era muy tranquilizador ver que su padre se hallaba tan convencido de que el vicario no se movía de su casa, y de que era demasiado prudente para exponerse a salir; y oírle decir al señor Knightley, a quien ningún tiempo podía impedir que les visitara:

-¡Ah, señor Knightley! ¿Por qué no se queda usted en su casa como el pobre señor Elton?

Aquellos días de reclusión fueron muy gratos para todos -excepto para Emma, que seguía con sus íntimas vacilaciones- ya que este tipo de vida era muy del agrado de su cuñado, cuyo estado de ánimo era siempre de gran importancia para los que le rodeaban; el señor Knightley, además de haber dejado todo su mal humor en Randalls, durante el resto de su estancia en Hartfield no había dejado de mostrarse amable y contento. Estaba siempre lleno de cordialidad y de deferencias, y hablaba bien de todo el mundo. Pero a pesar de sus esperanzas optimistas y del alivio que le proporcionaba aquella tre­gua, Emma se sentía amenazada por la idea de que tarde o temprano tendría que dar una explicación a Harriet, y ello hacía imposible que la joven se sentía totalmente tranquila.

Continuará...