martes, 22 de mayo de 2012

EMMA Capítulo VII

CAPÍTULO VII


El mismo día de la partida del señor Elton para Londres ofre­ció a Emma una nueva ocasión de prestar un servicio a su ami­ga. Como de costumbre, Harriet había ido a Hartfield poco después de la hora del desayuno; y al cabo de un rato había vuelto a su casa para regresar a Hartfield a la hora de la cena. Regresó antes de lo que se había acordado, y con un aire de nerviosismo y de turba­ción que anunciaban que le había ocurrido algo extraordinario que estaba deseando contar. No tardó ni un minuto en decirlo todo. Apenas volvió a casa de la señora Goddard, le dijeron que una hora antes había estado allí el señor Martin, y que al no encontrarla en casa y que quizás iba a tardar todavía, había dejado un paquetito para ella de parte de una de sus hermanas y se había ido; y al abrir el paquete había encontrado, junto con las dos canciones que había prestado a Elizabeth para que las copiara, una carta para ella; y esta carta era de él -del señor Martin- y contenía una proposición de matrimonio en toda regla.

-¡Quién hubiera podido pensarlo! Quedé tan sorprendida que no sabía qué hacer. Sí, sí, toda una proposición de matrimonio; y una carta muy atenta, o al menos a mí me lo parece. Me escribe como si me amara muy de veras... pero yo no sé... y por eso he venido lo antes posible para preguntarte qué tengo que hacer...


Emma casi se avergonzó de su amiga al ver que parecía tan com­placida y tan dudosa.

-¡Vaya! -exclamó-. El joven está decidido a no dejarse perder nada por timidez. Por encima de todo quiere relacionarse bien.

-¿Quieres leer la carta? -preguntó Harriet-. Te lo ruego. Me gustaría tanto que la leyeras...

Emma no se hizo rogar mucho. Leyó la carta y quedó asombrada. La carta estaba mucho mejor redactada de lo que esperaba. No sólo no había ningún error gramatical, sino que su redacción no hubiera hecho desmerecer a ningún caballero; el lenguaje, aunque llano, era enérgico y sin artificiosidad, y la expresión de los sentimientos de­cía mucho en favor de quien la había escrito. Era breve, pero re­velaba buen sentido, un intenso afecto, liberalidad, corrección e in­cluso delicadeza de sentimientos. Se demoró leyéndola, mientras Harriet la miraba ansiosamente esperando su opinión, y murmu­rando:

-¡Vaya, vaya!

Hasta que por fin no pudo contenerse y añadió:

-Es una carta bonita ¿no? ¿O quizá te parece demasiado corta?

-Sí, la verdad es que es una carta muy bonita -replicó Emma con estudiada lentitud-, tan bonita, Harriet, que, teniendo en cuen­ta todas las circunstancias, creo que alguna de sus hermanas ha te­nido que ayudarle a escribirla. Apenas puedo concebir que el joven que vi el otro día hablando contigo se exprese tan bien sin ayuda de nadie, y sin embargo tampoco es el estilo de una mujer; no, desde luego es demasiado enérgico y conciso; no es suficientemente difuso para ser escrito por una mujer. Sin duda es un hombre de sensibilidad, y admito que pueda tener un talento natural para... Piensa de un modo enérgico y conciso... y cuando coge la pluma sabe encontrar las palabras adecuadas para expresar sus pensamien­tos. Eso les ocurre a ciertos hombres. Sí, ya me hago cargo de cómo es su manera de ser. Enérgico, decidido, no sin cierta sensi­bilidad, sin la menor grosería. Harriet -añadió devolviéndole la carta- está mejor escrita de lo que esperaba.


-Sí -dijo Harriet, que seguía aguardando algo más-. Sí... y... ¿qué tengo que hacer?

-¿Qué tienes que hacer? ¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a esta carta?

-Sí.

-Pero ¿cómo es posible que dudes? Desde luego tienes que contestarla... y además en seguida.

-Sí. Pero ¿qué le voy a decir? ¡Querida Emma, aconséjame!

-¡Oh, no, no! Es mucho mejor que la carta la escribas tú sola. Te expresarás con mucha más propiedad, estoy segura. No hay ningún peligro de-que no te hagas entender, y eso es lo más im­portante. Tienes que expresarte con toda claridad, sin vaguedades ni rodeos. Y estoy segura de que todas esas frases de gratitud, y de sentimiento por el dolor que le causas, y que exige la urbani­dad, se te ocurrirán a ti misma. No necesitas que nadie te aconseje para escribirle lamentando la decepción que le causas.

-Entonces tú crees que tengo que rechazarle -dijo Harriet, bajando los ojos.

-¿Que si tienes que rechazarle? ¡Querida Harriet!, ¿qué quieres decir con eso? ¿Es que tienes alguna duda? Yo creía... pero, en fin, te pido mil perdones porque tal vez estaba equivocada. Desde lue­go, si dudas acerca de lo que tienes que contestar es que yo te había comprendido mal. Yo me imaginaba que sólo me consultabas sobre la manera de redactar la contestación.

Harriet callaba. Emma, adoptando una actitud más reservada, pro­siguió:

-Según veo piensas darle una contestación favorable.

-No, no es eso; quiero decir, yo no quiero... ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué me aconsejas que haga? Por favor, Emma querida, dime qué es lo que debo hacer...

-Harriet, yo no puedo darte ningún consejo. No tengo nada que ver con eso. Ésta es una cuestión que debes decidir tú sola, según tus sentimientos.

-Yo no tenía ni la menor idea de que le atrajese tanto -dijo Harriet, contemplando la carta.

Por unos momentos Emma siguió guardando silencio; pero em­pezó a comprender que el halago seductor de aquella carta podía llegar a ser demasiado poderoso, y pensó que era preferible inter­venir:

-Harriet, para mí hay una norma general que es la siguiente: si una mujer duda si debe aceptar o no a un hombre, lo evidente es que debería rechazarle. Si puede llegar a dudar de decir «Sí», de­bería decir «No», sin pensárselo más. El matrimonio no es un estado en el que se pueda entrar tranquilamente con sentimientos vacilan­tes, sin tener una plena seguridad. Creo que es mi deber como ami­ga tuya, y también por tener algunos años más que tú, el decirte todo esto. Pero no creas que quiero influir en tu decisión.


-¡Oh, no! Estoy tan segura de que me quieres demasiado para... Pero, sólo si pudieras aconsejarme qué es lo mejor que podría ha­cer... No, no, no quiero decir eso... Como tú dices, debería estar completamente segura... No se puede vacilar en estas cosas... Es algo demasiado serio... Quizá será más seguro decir que no; ¿crees que hago mejor diciendo que no?

-Por nada del mundo -dijo Emma sonriendo graciosamente-- ­te aconsejaría que tomaras una u otra decisión. Tienes que ser tú el mejor juez de tu propia felicidad. Si prefieres al señor Martin más que a cualquier otra persona; si te parece el hombre más agradable de todos los que has tratado, ¿por qué dudas? Te ruborizas, Harriet. ¿Es que en este momento piensas en algún otro a quien conven­dría mejor esta definición? Harriet, Harriet, no te engañes a ti misma; no te dejes llevar por la gratitud y la compasión. ¿En quién piensas en este momento?

Los indicios eran favorables... En vez de contestar, Harriet volvió la cabeza llena de turbación, y se quedó pensativa; y aunque seguía aún con la carta en la mano, la iba arrollando ma­quinalmente, sin mirarla. Emma esperaba el resultado con impa­ciencia, pero no sin grandes esperanzas. Por fin, con voz vacilante, Harriet dijo:

-Emma, ya que no quieres darme tu opinión, procuraré expresar la mía lo mejor que sepa; estoy totalmente decidida, y la verdad es que ya casi me he hecho a la idea... de rechazar al señor Martin. ¿Crees que hago bien?

-Haces muy bien, querida Harriet, te aseguro que haces muy bien; haces lo que debes. Mientras estabas vacilando, yo me reser­vaba mis sentimientos, pero ahora que te veo tan decidida, no tengo ningún inconveniente en aprobar tu actitud. Querida Harriet, no sa­bes cuánto me alegro. Me hubiera apenado mucho perder tu amis­tad y dejar de tratarte, y ésta hubiera sido la consecuencia de que te casaras con el señor Martin. Mientras te hubiera visto dudosa, aunque hubiera sido en lo más mínimo, no te hubiera dicho nada acerca de esta cuestión, porque no quería influirte; pero para mí hubiera significado perder a una amiga. Yo no hubiera podido visi­tar a la señora de Robert Martin en Abbey-Mill Farm. Ahora ya estoy segura de no perderte nunca.

A Harriet no se le había ocurrido pensar en aquel peligro, pero entonces la sola idea la dejó muy impresionada.

-¿Que no hubieras podido visitarme? -exclamó horrorizada-. No, desde luego no hubieras podido; pero nunca se me había ocurri­do pensar en eso antes de ahora. Hubiera sido demasiado horrible. ¿Y eso iba a ser la solución de mi vida? Querida Emma, por nada del mundo renunciaría al placer y al honor de tu amistad.

-Sí, Harriet, para mí hubiera sido un golpe terrible perderte; pero hubiera tenido que ser así; tú misma te habrías apartado de toda la buena sociedad. Yo hubiera tenido que renunciar a ti.

-¡Querida! ¿Cómo hubiese podido soportarlo? ¡Sería mi muer­te el no volver nunca más a Hartfield!


-¡Pobre criatura, tan cariñosa! ¡Tú, desterrada en Abbey-Mill Farm! ¡Condenada durante toda tu vida a no tratar más que a gen­te vulgar y sin cultura! Me pregunto cómo ese joven ha tenido la osadía de proponerte tal cosa. Debe tener lo que se dice muy bue­na opinión de sí mismo.

-Tampoco creo que sea un engreído -dijo Harriet, cuya con­ciencia se oponía a esta censura-; sea como sea, es una persona de intenciones rectas, y yo siempre le estaré muy agradecida y pen­saré de él con afecto... Pero esto es una cosa, y casarse con él... Y además, aunque yo pueda atraerle, eso no quiere decir que yo vaya a... y desde luego tengo que confesar que desde que vengo aquí he conocido a personas... y si me pongo a hacer comparaciones, me refiero a la apostura y al trato, pues desde luego no hay compa­ración posible... aquí he conocido a caballeros tan atractivos y de trato tan agradable... Sin embargo, la verdad es que considero al señor Martin como un joven amabilísimo, y tengo muy buena opi­nión de él; y el que se muestre tan atraído por mí y el que me escriba una carta como ésta... Pero yo no me separaría de ti por nada del mundo.

-Gracias, muchas gracias, querida amiga; ¡eres tan cariñosa! No nos separaremos. Una mujer no tiene por qué casarse con un hom­bre sólo porque él se lo pida, o porque le haya inspirado un afec­to, o porque él sea capaz de escribir una carta aceptable.

-¡Oh, no! Y además es una carta demasiado corta...

Emma se daba cuenta del mal sabor de boca que le había quedado a su amiga, pero quiso pasarlo por alto y siguió:

-Desde luego; y de poco consuelo te iba a servir el saber que tu marido sabe escribir bien una carta cuando puede estar poniéndote en ridículo cada momento del día, con la ordinariez de sus modales.

-¡Oh, sí! Tienes mucha razón. ¿Qué importa una carta? Lo que importa es gozar siempre de la compañía de personas agradables. Estoy totalmente decidida a rechazarle. Pero ¿cómo voy a hacerlo? ¿Qué voy a decirle?

Emma le aseguró que no había ninguna dificultad en contestar, y le aconsejó que le escribiera inmediatamente, a lo cual la mucha­cha accedió con la esperanza de contar con la ayuda de su amiga; y aunque Emma seguía afirmando que no necesitaba ninguna clase de ayuda, lo cierto fue que colaboró en la redacción de todas y cada una de las frases de la carta. Al releer la del señor Martin para contestarla Harriet se sintió más propensa a ablandarse, tanto que fue preciso que Emma robusteciera su decisión con unas pocas pero decisivas frases; Harriet estaba tan preocupada por la idea de hacerle desdichado, y pensaba tanto en lo que iban a pensar y decir su madre y sus hermanas, y tenía tanto miedo de que la considerasen como una ingrata, que Emma no pudo por menos de convencerse de que si el joven hubiese acertado a pasar por allí en aquel momento, a pesar de todo hubiese sido aceptado.

Sin embargo la carta fue escrita, sellada y enviada. La cuestión estaba zanjada y Harriet a salvo. Durante toda la noche la muchacha estuvo más bien deprimida, pero Emma escuchó con paciencia sus tiernas lamentaciones, y de vez en cuando intentaba levantarle el ánimo hablándole del afecto que ella le profesaba, y, a veces tam­bién, reavivando el recuerdo del señor Elton.

-Nunca más volverán a invitarme a Abbey-Mill -dijo Harriet en un tono más bien lastimero.

-Y si te invitaran, Harriet, yo nunca sabría separarme de ti. Eres demasiado necesaria en Hartfield para que te deje perder el tiempo en Abbey-Mill.

-Y estoy segura de que nunca tendré deseos de ir allí; porque el único sitio donde yo soy feliz es en Hartfield. Y al cabo de un rato, Harriet prosiguió:

-Estoy pensando que la señora Goddard se quedaría sorprendi­dísima si supiera todo lo que ha pasado. Y estoy segura de que la señorita Nash también... Porque la señorita Nash cree que su her­mana ha hecho una gran boda, y eso que sólo se ha casado con un pañero.

-Sería penoso ver que una maestra de escuela tiene más orgullo o unos gustos más refinados. Me atrevería a decir que la señorita Nash te envidiaría una oportunidad como ésta para casarse. Incluso esta conquista sería de gran valor a sus ojos. En cuanto a algo que para ti fuera más valioso, supongo que ella no es capaz ni de imaginárselo. Dudo que las atenciones de cierta persona sean aún motivo de chismes en Highbury. Hasta ahora me imagino que tú y yo somos las únicas para quienes sus miradas y su proceder han sido suficientemente explícitos.

Harriet se ruborizó, sonrió y dijo algo acerca de su extrañeza de que hubiera quien pudiese interesarse tanto por ella. Evidentemente, le halagaba pensar en el señor Elton; pero al cabo de un rato volvía a conmoverse pensando en la negativa que había dado al señor Martin.

-A estas horas ya habrá recibido mi carta -dijo quedamente­-. Me gustaría saber qué están haciendo todos... si lo saben sus hermanas... si él se siente desdichado los demás lo serán también. Confío en que esto no le afecte mucho.

-Pensemos en nuestros amigos ausentes que viven horas más fe­lices -exclamó Emma-. En estos momentos quizás el señor Elton está enseñando tu retrato a su madre y a sus hermanas, y les está contando hasta qué punto es más hermoso el original, y después de habérselo hecho rogar cinco o seis veces consentirá en revelarles tu nombre, tu nombre tan querido para él.

-¡Mi retrato! Pero ¿no lo ha dejado en Bond Street?

-¡Es posible! Si lo ha hecho así es que yo no conozco al señor Elton. No, mi querida y modesta Harriet, puedes estar segura de que no llevará el retrato a Bond Street hasta un momento antes de montar a caballo para volver hacia aquí mañana. Durante toda esta noche será su compañero, su consuelo, su deleite. Le servirá para mostrar sus intenciones a su familia, para que te conozcan, para di­fundir entre los que le rodean los más gratos sentimientos de la naturaleza humana, la viva curiosidad y la calidez de una predispo­sición favorable. ¡Qué alegres, qué animados deben de estar! ¡Cómo deben de rebosar de fantasías las imaginaciones de todos ellos!

Harriet volvió a sonreír, y sus sonrisas se fueron acentuando.

Continuará...




jueves, 10 de mayo de 2012

EMMA Capítulo VI

CAPÍTULO VI
Emma no tenía la menor duda de que había encauzado bien la imaginación de Harriet, y de que había hecho que su instinto juvenil de vanidad se orientase hacia el buen camino, ya que adver­tía que la muchacha era mucho más sensible que antes al hecho de que el señor Elton fuese un hombre considerablemente atractivo y de maneras muy agradables; y como no desaprovechaba ninguna oportunidad para hacer que Harriet se convenciese de la admiración que él sentía por ella, presentándoselo de un modo sugestivo, Emma no tardó en estar segura de haber suscitado en la muchacha tanto interés como era posible; por otra parte estaba plenamente convencida de que el señor Elton estaba a punto de enamorarse, si es que ya no estaba enamorado. Emma no dudaba de los sentimientos del jo­ven. Le hablaba de Harriet y la elogiaba con tanto entusiasmo que Emma no podía por menos de pensar que sólo con que pasase algún tiempo más todo iba a ser perfecto. El que él se diera cuenta de los sorprendentes progresos que había hecho Harriet en sus maneras desde que frecuentaba Hartfield, era una de las más gratas pruebas de su creciente interés.
-Usted ha dado a la señorita Smith todo lo que ella necesitaba -decía el joven-; le ha dado gracia y naturalidad. Cuando empe­zaron a tratarse ya era una muchacha muy bella, pero en mi opi­nión los atractivos que usted le ha proporcionado son infinitamente superiores a los que ha recibido de la naturaleza.
-Me alegra saber que usted cree que le he podido ser útil; pero Harriet sólo necesitaba un poco de orientación, recibir unas escasas, muy escasas, indicaciones. Tenía el don natural de la dulzura de carácter y de la naturalidad. Yo he hecho muy poco.
-Si fuera posible contradecir a una dama... -dijo el señor Elton, galantemente.
-Yo quizá le he dado un poco más de decisión, tal vez le he hecho pensar en cosas que antes nunca se le habían ocurrido.
-Exactamente, eso es; eso es lo que más me asombra. La deci­sión que ha adquirido. ¡Ha tenido un magnífico maestro!
-Y yo una buena alumna, a quien le aseguro que ha sido grato enseñar; nunca había conocido a alguien con mayores disposicio­nes, con más docilidad.
-No lo dudo.
Y estas palabras fueron pronunciadas con una especie de viveza anhelante, que parecía ya la de un enamorado. Otro día no quedó Emma menos complacida al ver cómo secundó el joven su repentino deseo de pintar un retrato de Harriet.
-Harriet, ¿nunca te han hecho un retrato? -dijo-; ¿nunca has posado para un pintor?
En aquel momento Harriet se disponía a salir de la estancia, y sólo se detuvo para decir con una candidez un tanto afectada:
-¡Oh, querida! No, nunca.
Apenas hubo salido, Emma exclamó:
-¡Sería precioso un buen retrato suyo! Yo lo pagaría a cual­quier precio. Casi me dan ganas de pintarlo yo misma. Supongo que usted lo ignoraba, pero hace dos o tres años tuve una gran afición por la pintura, y probé a hacer el retrato de varios de mis amigos, y en general me dijeron que no lo hacía mal del todo. Pero por una u otra razón, me cansé y lo dejé correr. Pero claro está que podría probar otra vez si Harriet quisiera posar para mí. ¡Sería maravilloso tener un retrato suyo!
-Permítame que le anime a hacerlo -exclamó el señor El­ton-, sería precioso. Permítame que le anime, señorita Woodhouse, a ejercer sus excelentes dotes artísticas en beneficio de su amiga. Yo he visto sus dibujos. ¿Cómo podía suponer que ignoraba que fuese usted una artista? ¿No hay en este salón abundantes mues­tras de sus pinturas de paisajes y flores?; ¿no tiene la señora Wes­ton en su salón de Randalls unos inimitables dibujos que son obra suya?
«Sí, hombre de Dios -pensó Emma-, pero todo eso ¿qué tiene que ver con saber reproducir el parecido de una cara? Sabes muy poco de dibujo. No te quedes en éxtasis pensando en los míos. Guárdate los éxtasis para cuando estés delante de Harriet.»
-Verá usted, señor Elton -dijo en voz alta-, si me anima usted de un modo tan amable, creo que trataré de hacer lo que pueda. Las facciones de Harriet son muy delicadas, y por eso son más difíciles de reproducir en un retrato; y tiene rasgos muy pecu­liares, como la forma de los ojos o el trazado de la boca, que es preciso reproducir exactamente.
-Usted lo ha dicho... La forma de los ojos y el trazado de la boca. Yo no dudo de que usted lo conseguirá. Por favor, inténtelo. Estoy seguro de que tal como usted lo haga será, para usar su pro­pia expresión, algo precioso.
-Pero yo temo, señor Elton, que Harriet no quiera posar. Con­cede tan poco valor a su belleza. ¿Ha visto usted la manera en que me ha contestado? ¿Qué otra cosa quería decir si no: «Para qué hacer un retrato mío?»
-¡Oh, sí! Le aseguro que ya me he fijado. No me ha pasado por alto. Pero no dudo de que podremos convencerla.
Harriet no tardó en regresar, y casi inmediatamente se le hizo la proposición; y sus reparos no pudieron resistir mucho ante la insistencia de ambos. Emma quiso ponerse manos a la obra sin más demora, y por lo tanto fue a buscar la carpeta en donde guardaba sus bocetos, ya que ninguno de ellos estaba terminado, a fin de que entre todos decidieran cuál podía ser la mejor medida para el re­trato. Les mostró sus numerosos bocetos. Miniaturas, retratos de medio cuerpo, de cuerpo entero, dibujos a lápiz y al carbón, acua­relas, todo lo que había ido ensayando. Emma siempre había que­rido hacerlo todo, y había sido en el dibujo y en la música donde sus progresos habían sido mayores, sobre todo teniendo en cuenta la escasa disciplina en el trabajo a la que se había sometido. To­caba algún instrumento y cantaba; y dibujaba en casi todos los es­tilos; pero siempre le había faltado perseverancia; y en nada había alcanzado el grado de perfección que ella hubiese querido poseer, ya que no admitía errores. No se hacía muchas ilusiones acerca de sus habilidades musicales o pictóricas, pero no le disgustaba des­lumbrar a los demás, y no le importaba saber que tenía tina fama a menudo mayor que la que merecían sus méritos.
Todos los dibujos tenían su mérito; y quizá los mejores eran los menos acabados; su estilo estaba lleno de vida; pero tanto si hubiera tenido mucho menos, como si hubiese tenido diez veces más, la complacencia y la admiración de sus dos amigos hubiera sido la misma. Ambos estaban extasiados. El parecido gusta a todo el mundo, y en este aspecto los aciertos de la señorita Woodhouse eran muy notables.
 
 
-No verá usted mucha variedad de caras -dijo Emma-. No disponía de otros modelos que los de mi familia. Aquí está mi padre (otra de mi padre), pero la idea de posar para este cuadro le puso tan nervioso que tuve que dibujarle cuando él no se daba cuenta; por eso en ninguno de estos esbozos le saqué mucho pare­cido. Otra vez la señora Weston, y otra y otra, ya ve. ¡Ay, mi querida señora Weston! Siempre mi mejor amiga en todas las ocasio­nes. Siempre que se lo pedía estaba dispuesta a posar. Esta es mi hermana; y la verdad es que recuerda mucho su silueta fina y ele­gante; y las facciones son bastante parecidas. Hubiera podido ha­cerle un buen retrato si hubiera posado más tiempo, pero tenía tanta prisa para que dibujara a sus cuatro pequeños que no había modo de que se estuviera quieta. Y aquí está todo lo que conseguí con tres de sus cuatro hijos; éste es Henry, éste es John y ésta es Bella, los tres en la misma hoja, y apenas se distinguen el uno del otro. Su madre puso tanto interés en que los dibujara que no pude ne­garme; pero ya sabe usted que no es posible lograr que niños de tres o cuatro años se estén quietos; y tampoco es muy fácil sacar­les parecido, aparte de un vago aire personal y de la construcción de la cabeza, a no ser que tengan las facciones más- acusadas de lo que es normal en una criatura; éste es el esbozo que hice del cuar­to, que aún estaba en pañales. Lo dibujé mientras dormía en el sofá, y le aseguro .que esta cabecita sonrosada se parece a la suya todo lo que puede desearse. Tenía la cabeza inclinada de un modo muy gracioso. Se le parece mucho. Estoy bastante orgullosa de mi pequeño George. El rincón del sofá está muy bien. Y aquí está mi último dibujo (y desenvolvió un esbozo muy bonito, de pequeño tamaño, que representaba a un hombre de cuerpo entero), el último y el mejor: mi cuñado, el señor John Knightley. Me faltaba muy poco para terminarlo cuando lo arrinconé en un momento de mal humor y me prometí a mí misma que no volvería a hacer más re­tratos. No puedo soportar que me provoquen; porque después de todos mis esfuerzos, y cuando había conseguido hacer un retrato lo que se dice muy bueno (la señora Weston y yo estuvimos total­mente de acuerdo en que se le parecía muchísimo), sólo que quizá demasiado favorecido, demasiado halagador, pero eso era un defecto muy disculpable, después de esto, llega Isabella y su opinión fue como un jarro de agua fría: «Sí, se le parece un poco; pero, desde luego, no le has sacado muy favorecido.» Y además nos costó mu­chísimo convencerle para que posara; como si nos hiciera un gran favor; y todo en conjunto era más de lo que yo podía resistir; de modo que no pienso terminarlo, y así se ahorrarán excusarse ante sus visitas de que el retrato no se le parezca; y como ya he dicho entonces me juré que nunca más volvería a dibujar a nadie. Pero siendo por Harriet, o mejor dicho, por mí misma, pues ahora no va a intervenir ningún matrimonio en el asunto, estoy decidida a romper mi promesa.
El señor Elton parecía lo que se dice muy emocionado y com­placido con la idea, y repetía:
-Cierto, por el momento no va a intervenir ningún matrimonio, como usted dice. Tiene usted mucha razón. Ningún matrimonio.
E insistía tanto en ello que Emma empezó a pensar si no sería mejor dejarles solos. Pero como Harriet quería que le hicieran el re­trato, decidió que la declaración podía esperar.
Emma no tardó en concretar las medidas y la modalidad del re­trato. Debía ser un retrato de cuerpo entero, a la acuarela, como el del señor John Knightley, y estaba destinado, si es que complacía a la artista, a ocupar un lugar de honor sobre la chimenea.
Empezó la sesión; y Harriet sonriendo y ruborizándose, y te­merosa de no saber adoptar la posición más conveniente, ofrecía a la escrutadora mirada de la artista, una encantadora mezcla de ex­presiones juveniles. Pero no podía hacerse nada con el señor Elton, que no paraba ni un momento, y que detrás de Emma seguía con atención cada pincelada. Ella le autorizó a ponerse donde pudiera verlo todo a plena satisfacción sin molestar; pero terminó viéndose obligada a poner fin a todo aquello y a pedirle que se pusiera en otro sitio. Entonces se le ocurrió que podía hacerle leer.
-Si fuera usted tan amable de leernos algo, se lo agradecería­mos mucho. Haría más fácil mi trabajo y distraería a la señorita Smith.

El señor Elton no deseaba otra cosa. Harriet escuchaba y Emma dibujaba en paz. Tuvo que permitir al joven que se levantara con frecuencia para mirar; era lo mínimo que podía pedírsele a un ena­morado; y a la menor interrupción del trabajo del lápiz, se levan­taba para acercarse a ver los progresos de la obra y quedar mara­villado. No había modo de que se contrariara con un crítico tan poco exigente, ya que su admiración le hacía advertir parecidos casi antes de que fuera posible apreciarlos. Emma no hacía mucho caso de su opinión, pero su amor y su buena voluntad eran indiscutibles.
En conjunto la sesión resultó muy satisfactoria; los esbozos del primer día la dejaron lo suficientemente satisfecha como para desear seguir adelante. El parecido era evidente, había estado acertada en la elección de la postura, y como pensaba hacer unos pequeños re­toques en el cuerpo, para darle un poco más de altura y hacerlo considerablemente más esbelto y elegante, tenía una gran confianza en que terminaría siendo, en todos los aspectos, un magnífico dibu­jo, que iba a ocupar con honor para ambas el lugar al que estaba destinado; un recuerdo perenne de la belleza de una, de la habili­dad de la otra, y de la amistad de las dos; sin hablar de otras mu­chas gratas sugerencias, que el tan prometedor afecto del señor Elton era probable que añadiese.
Harriet tenía que volver a posar al día siguiente; y el señor Elton, como era de esperar, pidió permiso para asistir a la sesión y servirles de nuevo de lector.
-Con mucho gusto. Estaremos más que encantadas de que for­me usted parte de nuestro grupo.
Al día siguiente hubo los mismos cumplidos y cortesías, el mismo éxito y la misma satisfacción, y todo ello unido a los rápidos y afor­tunados progresos que hacía el dibujo. Todo el mundo que lo veía quedaba complacido, pero el señor Elton estaba en un éxtasis con­tinuo y lo defendía contra toda crítica.
-La señorita Woodhouse ha dotado a su amiga de las únicas perfecciones que le faltaban -comentaba con él la señora Weston sin tener la menor sospecha de que estaba hablando a un enamo­rado-. La expresión de los ojos es admirable, pero la señorita Smith no tiene esas cejas ni esas pestañas. Precisamente no tenerlas es el defecto de su cara.
-¿Usted cree? -replicó él-. Lamento no estar de acuerdo con usted. A mí me parece que hay un parecido perfecto en todos los rasgos. En mi vida he visto un parecido semejante. Hay que tener en cuenta los efectos de sombra, sabe usted.
-La ha pintado demasiado alta, Emma dijo el señor Knightley.
Emma sabía que esto era cierto, pero no estaba dispuesta a re­conocerlo, y el señor Elton intervino acaloradamente.
-¡Oh, no! Claro está que no es demasiado alta, ni muchísimo menos. Tenga usted en cuenta que está sentada... lo cual natural­mente significa una perspectiva distinta... y la reducción da exac­tamente la idea... y piense que tienen que mantenerse las propor­ciones. Las proporciones, el escorzo... ¡Oh, no! Da exactamente la idea de la estatura de la señorita Smith. Desde luego, exactamente su estatura...
-Es muy bonito -dijo el señor Woodhouse-; está muy bien hecho. Igual que todos tus dibujos, querida. No conozco a nadie que dibuje tan bien como tú. Lo único que no me acaba de gustar es que la señorita Smith simule estar al aire libre y sólo lleva un pequeño chal sobre los hombros... y da la impresión de que tenga que resfriarse.

-Pero papá querido, se supone que es en verano; un día ca­luroso de verano. Mira él árbol.
-Sí, querida, pero siempre es expuesto permanecer así al aire libre.
-Puede usted pensar lo que quiera -exclamó el señor Elton-, pero yo debo confesar que me parece una idea acertadísima el si­tuar a la señorita Smith al aire libre; ¡y el árbol está tratado con una gracia inimitable! Cualquier otra ambientación hubiera tenido mucho menos carácter. La ingenuidad de la postura de la señorita Smith... ¡En fin, todo! ¡Oh, es algo más que admirable! No puedo apartar los ojos del dibujo. Nunca había visto un parecido tan asom­broso.
Y lo inmediato fue pensar en enmarcar el cuadro; y aquí sur­gieron algunas dificultades. Alguien tenía que cuidarse de ello; y debía hacerse en Londres; el encargo tenía que confiarse a una per­sona inteligente de cuyo buen gusto se pudiera estar seguro; y no podía pensarse en Isabella, que era quien solía ocuparse de estas cosas, ya que estaban en diciembre, y el señor Woodhouse no po­día soportar la idea de hacerla salir de casa con la niebla de di­ciembre. Pero todo fue enterarse el señor Elton del conflicto y que­dar éste resuelto. Su galantería estaba siempre alerta.
-Si se me confiara este encargo, ¡con qué infinito placer lo cum­pliría! En cualquier momento estoy dispuesto a ensillar el caballo e ir a Londres. Me sería imposible describir la satisfacción que me causaría ocuparme de este encargo.
 
 
«¡Es demasiada amabilidad por su parte!», «¡Ni pensar en darle tantas molestias!», «¡Por nada del mundo consentiría en darle un encargo tan incómodo!»... Cumplidos que suscitaron la esperada re­petición de nuevas insistencias y frases amables, y en pocos minutos se acordó que así se haría.
El señor Elton llevaría el cuadro a Londres, elegiría el marco y se encargaría de todo lo necesario; y Emma pensó que podía arro­llar la tela de modo que pudiese llevarla sin peligro y sin que oca­sionase demasiadas molestias al joven, mientras que éste parecía temeroso de que tales molestias fueran demasiado pequeñas.
-¡Qué precioso depósito! erijo suspirando tiernamente cuando le entregaron el cuadro.
--Casi es demasiado galante para estar enamorado -pensó Emma.­ --Por lo menos eso es lo que me parece, pero supongo que debe de haber muchas maneras distintas de estar enamorado. Es un joven excelente, y eso es lo que le conviene a Harriet; «exacta­mente, eso es», como él dice siempre; pero da unos suspiros, se enternece de una manera y gasta unos cumplidos tan exagerados que es más de lo que yo podría soportar en un hombre. A mí me toca una buena parte de los cumplidos, pero en segundo plano; es su gratitud por lo que hago por Harriet.
Continuará...