martes, 14 de agosto de 2012

EMMA Capítulo XXI

CAPÍTULO XXI

EMMA no podía perdonarle... Pero como el señor Knightley, que había estado también en la reunión, no había advertido ningún motivo de provocación ni ningún resentimiento, y sólo había visto las mayores amabilidades y cortesías por ambas partes, al día si­guiente por la mañana, cuando volvió a Hartfield para tratar de unos asuntos con el señor Woodhouse, expresó su satisfacción por la velada de la noche anterior; no de un modo tan claro como lo hubiera hecho de no encontrarse presente el padre de Emma, pero siendo lo suficientemente explícito para que ésta le comprendiera a la perfección. Había solido reprochar a Emma el ser injusta para con Jane, y ahora se alegraba muchísimo de ver que la situación había mejorado.
-Una velada agradabilísima empezó diciendo, después de haber hablado de todo lo necesario con el señor Woodhouse, de que éste le hubiera dicho que había comprendido y de que guardaran los papeles-; muy agradable. Usted y la señorita Fairfax nos obsequia­ron con una música deliciosa. Señor Woodhouse, no conozco mayor placer que estar cómodamente instalado en un sillón mientras dos jóvenes como éstas nos regalan los oídos durante toda una velada; a veces con música, a veces con su conversación. Estoy seguro, Emma, de que a la señorita Fairfax tiene que haberle parecido agradable la velada. En cualquier caso, por usted no quedaría. Me alegré de ver que le dejaba tocar tanto, porque como en casa de su abuela no tienen ningún instrumento, ella debe de haberlo agradecido mucho.
-Me alegra saber que le pareció acertado -dijo Emma sonrien­do-; pero no creo que acostumbre a ser descortés con las per­sonas que invitamos a Hartfield.
-¡Oh, no, querida! -dijo su padre al momento-, de eso sí que no tengo la menor duda. No hay nadie que sea ni la mitad de atenta y de cortés que tú. Si acaso eres demasiado atenta. Ayer noche los panecillos... creo que con que hubieses ofrecido una sola vez hubiese bastado.
-No -dijo el señor John Knightley casi al mismo tiempo-; no suele ser usted descortés; ni en modales ni en comprensión; en fin, creo que usted ya me entiende.
La maliciosa mirada de Emma significaba: «Le entiendo perfecta­mente»; pero sólo dijo:
-La señorita Fairfax es muy reservada.
-Siempre le he dicho que lo era... un poco; pero no tardará usted en disculpar la parte de su reserva que debe ser disculpada, la que tiene su origen en la timidez. Lo que es discreción ha de respetarse.
-¿Le parece tímida? A mí no.
-Mi querida Emma -dijo trasladándose a una silla que estaba más cerca de ella-, supongo que no irá a decirme que no le pa­reció agradable la velada de ayer.
-¡Oh, no! Me, divirtió mucho mi perseverancia en hacer pregun­tas y el pensar que obtenía tan poca información. -Lo lamento -fue su única respuesta.
-Yo supongo que todo el mundo lo pasó bien -dijo el señor Woodhouse, con su habitual placidez-. Por lo menos yo sí. Al prin­cipio estaba demasiado cerca del fuego; pero luego retiré un poco la silla, muy poquito, y ya dejó de molestarme. La señorita Bates estaba muy locuaz y de buen humor, como siempre, aunque para mi gusto habla demasiado aprisa. Pero es muy agradable, y la seño­ra Bates también, aunque de un modo distinto. Me gustan las antiguas amistades; y la señorita Jane Fairfax es una jovencita muy linda, muy linda y muy bien educada. Estoy seguro, señor Knightley, de que pasó una velada muy agradable, gracias a Emma.
-Sin duda; y Emma gracias a la señorita Fairfax.
Emma advirtió el tono de inquietud del señor Knightley, y de­seando tranquilizarle, al menos por entonces, dijo con una sinceridad de la que nadie se hubiera atrevido a dudar.
-Es una muchacha elegantísima, de la que una casi no puede apartar los ojos. Yo no me cansaba de contemplarla con verdadera admiración; y también compadeciéndola con toda mi alma.
El señor Knightley dio la impresión de sentir más gratitud de la que quería aparentar; y antes de que pudiera responder, el señor Woodhouse, que seguía pensando en las Bates, dijo:
-¡Qué lástima que sus medios sean tan escasos! ¡La verdad es que me dan mucha pena! Y muchas veces he querido hacerles algún regalo, algo pequeño, sin gran importancia, pero de lo que no hay corrientemente... ¡pero es tan poco lo que uno puede arries­garse a hacer! Ahora hemos matado un cerdo, y Emma piensa enviarles lomo o un jamón... Es un regalo de poco valor, pero exquisito... Los cerdos de Hartfield no pueden compararse con nin­gún otro... pero, a pesar de todo es cerdo... y, mi querida Emma, si no podemos estar seguros de que van a cortarlo en tajadas, bien fritas, como las freímos nosotros, quitando toda la grasa, y sin asarlo, porque no hay estómago que resista el cerdo asado... me parece que sería mejor que les enviáramos el jamón, ¿no crees, querida?
-Mi querido papá, les he enviado todo un cuarto trasero. Ya sabía que éste era tu deseo. El jamón tendrán que salarlo, ya lo sabes, y es riquísimo, y el lomo pueden comérselo como quieran.
-Has hecho muy bien, querida... muy bien. Yo no sabía nada de esto, pero era lo mejor que podía hacerse. Pero el jamón que no lo salen demasiado; y si no está demasiado salado y queda bien hervido, como Serle nos hierve los nuestros, si se come con mucha moderación acompañándolo de nabos hervidos y un poco de zanaho­ria o de chirivía, no creo que pueda hacerles daño.
-Emma -dijo bruscamente el señor Knightley-, tengo una no­ticia para usted. A usted le gustan las noticias... y cuando venía he oído algo que creo que le interesará.
-¿Noticias? ¡Oh, sí, siempre me gusta saber lo que ocurre! ¿De qué se trata? ¿Por qué sonríe usted de ese modo? ¿Dónde lo ha oído usted? ¿En Randalls?
Él sólo tuvo tiempo para decir:
-No, no, no ha sido en Randalls; no me he acercado por allí.
Cuando la puerta se abrió de repente y la señorita Bates y la señorita Fairfax entraron en la estancia. La señorita Bates, rebosando agradecimiento y noticias, no sabía a cuál de las dos cosas dar libre curso antes que la otra. El señor Knightley en seguida comprendió que había perdido la oportunidad y que ya no le iban a dejar decir ni una sílaba más.
-¡Querido señor Woodhouse! ¿Cómo se encuentra esta mañana? Mi querida señorita Woodhouse... ¡Estoy verdaderamente abrumada! ¡Qué magnífico cuarto de cerdo! ¡Son ustedes demasiado buenos! ¿Conocen ya la noticia? El señor Elton va a casarse.
En aquellos momentos en quien menos pensaba Emma era en el señor Elton, y quedó tan extraordinariamente sorprendida que no pudo evitar un pequeño sobresalto y un ligero rubor al oír aquellas palabras.
-Éstas eran mis noticias... Supuse que le interesarían -dijo el señor Knightley con una sonrisa que parecía aludir a lo que había pasado entre ellos.
-Pero ¿dónde ha podido usted enterarse? -exclamó la señorita Bates-; ¿dónde es posible que lo haya usted oído, señor Knightley? Porque aún no hace cinco minutos que he recibido una nota de la señora Cole... no, no puede hacer más de cinco minutos... o, en fin, como máximo, diez... porque ya me había puesto el sombrero y el chal, y estaba a punto de salir... bajé sólo un momento para volver a hablar con Patty sobre el cerdo... Jane estaba esperando en el pasillo... ¿verdad, Jane?... porque mi madre tenía miedo de que no tuviéramos un recipiente lo suficientemente grande para sa­larlo. Y yo me dije, bajaré a verlo, y Jane dijo: «¿Quieres que vaya yo? Porque me parece que estás un poco resfriada, y Patty ha estado fregando la cocina.» «¡Oh, querida...», dije yo... Bueno, pues precisamente en aquel momento llegó la nota. Una tal seño­rita Hawkins, eso es todo lo que yo sé. Una tal señorita Hawkins de Bath. Pero, señor Knightley, ¿cómo es posible que se haya en­terado usted? Porque en el mismo momento en que el señor Cole se lo dijo a la señora Cole, ella me escribió. Una tal señorita Hawkins...
-Hace una hora y media he estado hablando de negocios con el señor Cole. Cuando yo llegué acababa de leer la carta del señor Elton, y me la enseñó en seguida.
-¡Vaya! Eso sí que... Me parece que nunca ha habido una no­ticia que interese a más gente. Querido señor Woodhouse, es usted demasiado bueno. Mi madre me ha encargado que le dé sus saludos más afectuosos y un millar de gracias, y dice que usted nos está verdaderamente abrumando con sus amabilidades.
-La verdad -replicó el señor Woodhouse- es que consideramos (y en realidad así es) nuestros cerdos de Hartfield tan superiores a cualquier otro cerdo, que Emma y yo no podíamos tener mayor placer que...
-¡Oh, mi querido señor Woodhouse! Como dice siempre mi ma­dre, nuestros amigos son demasiado buenos para con nosotras. Si hay alguien que sin tener grandes medios de fortuna dispone de todo lo que puede llegar a desear, estoy segura de que somos nosotras. Nosotras sí que podemos decir que nos ha tocado la mejor parte. Bueno, señor Knightley, de modo que usted llegó incluso a leer la carta; vaya, vaya...
-Era muy corta... sólo para anunciar la boda... pero desde luego, alegre y exultante... -y al decir esto miró significativamente a Emma-. Decía que había tenido la suerte de... En fin, no me acuerdo exactamente de lo que decía... tampoco me interesaba tan­to como para recordarlo. En resumen, lo que decía es lo que usted ha dicho ya, que iba a casarse con una tal señorita Hawkins. Por el tono de la carta me imagino que la boda acababa de concer­tarse.
-¡El señor Elton se va a casar! -dijo Emma apenas pudo ha­blar-. Todo el mundo hará votos por su felicidad.
-Es muy joven para casarse -fue el comentario del señor Wood­house-. Hubiera hecho mejor no teniendo tanta prisa. A mí me parecía que vivía muy bien tal como estaba. Siempre nos alegraba verle en Hartfield.
-¡Una nueva vecina para todos, señorita Woodhouse! -dijo la señorita Bates, jubilosamente-. Mi madre está encantada... Dice que le parecía mal que en esta pobre y vieja Vicaría no hubiese un ama de casa. Eso sí que son grandes noticias. Jane, tú no co­noces al señor Elton... no me extraña que tengas tanta curiosidad por verle.
La curiosidad de Jane no parecía ser lo suficientemente intensa como para absorber su atención.
-No, no conozco al señor Elton -replicó al ser interpelada-. ¿Es... es alto?
-¿Quién puede contestar a esta pregunta? --exclamó Emma-. Mi padre diría que sí, el señor Knightley que no; y la señorita Bates y yo que es el justo término medio. Cuando lleve usted más tiempo aquí, señorita Fairfax, ya se irá dando cuenta de que el señor Elton es el modelo de perfección en Highbury, tanto en lo físico como en lo moral.
-Tiene usted mucha razón, señorita Woodhouse, ya se irá dando cuenta. Es un joven de grandes prendas... Pero querida Jane, re­cuerda que ayer te decía que era precisamente de la misma talla que el señor Perry. La señorita Hawkins... estoy convencida de que es una joven excelente. ¡Ha sido siempre tan atento con mi madre! Hacía que se sentara en los primeros bancos para que pudiera oír mejor, porque mi madre es un poco sorda, ¿sabe usted? No mu­cho, pero un poco dura de oído. Jane dice que el coronel Campbell es un poco sordo. Él tiene la impresión de que los baños le sientan bien... baños de agua caliente... pero Jane dice que la me­joría no le dura mucho. El coronel Campbell, ¿sabe usted?, es lo que se dice un ángel. Y el señor Dixon parece ser un joven de gran­des prendas, digno de él. ¡Es una suerte tan grande que la gen­te buena se encuentre...! ¡Y siempre termina encontrándose! Aho­ra por ejemplo, el señor Elton y la señorita Hawkins; y aquí están los Cole, que son personas tan buenas; y los Perry... Yo creo que nunca ha habido un matrimonio más feliz que los Perry. Lo que yo digo, señor Woodhouse -dijo volviéndose hacia él-, es que creo que hay muy pocos lugares en que haya tan buenas personas como en Highbury. Yo siempre digo que tenemos mucha suerte de tener vecinos como éstos... Mí querido señor Woodhouse, si hay algo en el mundo que le gusta a mi madre es el cerdo... lomo de cerdo bien asado...
-En cuanto a quién es la señorita Hawkins o qué hace o cuánto tiempo hace que el señor Elton la conoce -dijo Emma-, su­pongo que nada puede saberse. Yo no creo que se hayan conocido hace mucho. Hace sólo cuatro semanas que se fue.
Nadie conocía ningún detalle; y después de que se formularan varias preguntas más, Emma dijo:
-Está usted muy callada, señorita Fairfax... pero confío en que lle­gará a interesarse por estas noticias. Usted que últimamente ha te­nido ocasión de ver y oír tantas cosas referentes a esas cuestiones y que ha conocido tan de cerca uno de estos procesos, con la boda de la señorita Campbell... no podemos excusarle el que se muestre indiferente con el señor Elton y la señorita Hawkins.
-Cuando conozca al señor Elton -replicó Jane- estoy conven­cida de que me interesaré por su caso... pero me parece que para ello es indispensable que antes le conozca. Y como hace ya varios meses que la señorita Campbell se casó, tal vez las impresiones de entonces se han borrado bastante.
-Sí, hace exactamente cuatro semanas que se fue, como usted muy bien dice, señorita Woodhouse -dijo la señorita Bates-, ayer hizo cuatro semanas... Una tal señorita Hawkins... No sé, yo siempre me había imaginado que se casaría con alguna joven de estos alrededores... No es que yo nunca... Pero una vez la señora Cole me confesó en secreto... Pero yo inmediatamente le dije: «No, el señor Elton es un joven que merece algo más...» Pero... En resumidas cuentas, yo no me creo excesivamente lista para descu­brir esas cosas. Tampoco pretendo serlo. Veo lo que tengo delante de los ojos. Por otra parte nadie hubiera podido extrañarse de que el señor Elton aspirara a... La señorita Woodhouse me deja charlar, no se enfada, ¿verdad? Ya sabe que por nada del mundo quisiera ofender a nadie. ¿Cómo está la señorita Smith? Parece que ya se encuentra bien del todo, ¿no? ¿Han tenido noticias re­cientes de la señora de John Knightley? ¡Oh, tiene unos niños tan preciosos! Jane, ¿sabes que siempre me imagino al señor Dixon como al señor John Knightley? Me refiero al aspecto físico... alto, y con aquella manera de mirar... y no muy hablador.
-Pues te equivocas del todo, querida tía; no se parecen en nada.
-¿Ah, no? ¡Qué cosa más singular! Claro que una nunca puede formarse una idea exacta de nadie antes de conocerle. Nos imagi­namos una cosa y luego no hay quien nos la saque de la cabeza. Tú decías que el señor Dixon no es precisamente muy guapo.
-¿Guapo? ¡Oh, no...! Ni muchísimo menos... Ya te dije que era un hombre más bien corriente.
-Querida, tú dijiste que la señorita Campbell no quería admitir que fuese un hombre más bien corriente, y que fuiste tú...
-¡Oh! En cuanto a mí, mi opinión no tiene ningún valor. Cuando siento aprecio por una persona siempre creo que es bien parecida. Cuando dije que no era excesivamente apuesto, no hacía más que repetir lo que supongo que piensa la mayoría.
-Bueno, mi querida Jane. Me parece que tenemos que irnos. El tiempo está inseguro, y la abuelita estará intranquila. Es usted muy amable, mi querida señorita Woodhouse; pero de veras que tenemos que irnos ya. Vaya, eso sí que han sido noticias agradables. Pasaré un momento por casa de la señora Cole; para estar sólo dos o tres minutos; y tú, Jane, sería mejor que fueras directamente a casa... no quisiera que te pillara un chaparrón... Sí, será una gran cosa para Highbury... Muchas gracias, muy agradecidas. No, no creo que avise a la señora Goddard, ella sólo se interesa por el cerdo hervido; cuando preparemos el jamón ya será otra cosa. Bueno, hasta la vista, mi querido señor Woodhouse. ¡Oh, el señor Knightley también vie­ne! ¡Oh, es usted tan amable...! Si Jane está cansada, ¿querrá usted ofrecerle su brazo? El señor Elton y la señorita Hawkins... Adiós, adiós a todos.
Cuando Emma quedó a solas con su padre, la mitad de su aten­ción la reclamó el señor Woodhouse, quien se lamentaba de que los jóvenes tuvieran tanta prisa por casarse... y de que además se ca­saran con desconocidos... y la otra mitad pudo dedicarla a reflexio­nar sobre lo que acababa de oír. Para ella era una noticia divertida, francamente una buena noticia, ya que probaba que el señor Elton no había sufrido mucho por su desaire; pero lo sentía por Harriet. Harriet iba a sentirlo... y lo único que podía hacer era ser ella mis­ma la primera en enterarla y evitarle así que otros le dieran la noti­cia con menos delicadeza. Era precisamente la hora en que ella solía ir a Hartfield. ¡Si se encontrara por el camino con la señorita Ba­tes! Y cuando empezó a llover, Emma se vio obligada a resignarse a esperar que el mal tiempo la retendría en casa de la señora Goddard; sin duda alguna iba a enterarse de todo antes de que ella tuviese ocasión de prevenirla.
El aguacero fue intenso, pero no duró mucho; y apenas hacía cinco minutos que había terminado cuando llegó Harriet inquieta y acalorada por venir corriendo con el corazón angustiado. Y la pri­mera frase que brotó de sus labios mostraba con toda evidencia la turbación de su ánimo:
-¡Oh, Emma! ¿Te imaginas lo que ha ocurrido?
Emma se dio cuenta de que el mal ya estaba hecho, y de que lo mejor que podía hacer por su amiga era escucharla; y así Harriet pudo contar sin obstáculos todo lo que llevaba dentro.
-Hace una media hora que he salido de casa de la señora God­dard. Tenía miedo de que lloviera, y parecía que iba a empezar a llover de un momento a otro... pero he pensado que aún me daría tiempo de llegar a Hartfield... y he venido todo lo de prisa que he podido; pero al pasar cerca de la casa de una muchacha que me está haciendo un vestido, he pensado que podía entrar un momento para ver cómo lo tenía, y aunque sólo he estado allí un momento, apenas salir ha empezado a llover, y yo no sabía qué hacer; y en­tonces he seguido andando muy aprisa y he ido a refugiarme en la tienda de Ford -Ford era el propietario de la mejor tienda de pañería y mercería, la primera en importancia de Highbury por sus di­mensiones y su buen gusto-. Y allí he estado sentada más de diez minutos, sin imaginarme ni muchísimo menos lo que iba a pasar... Cuando de repente veo que entran dos personas... ¡Desde luego ha sido una gran casualidad! Aunque claro que ellos son clientes de Ford... ¡Pues entraron nada menos que Elizabeth Martin y su her­mano! ¡Querida Emma!, ¿tú te imaginas? Yo creí que me iba a desmayar. No sabía qué hacer. Estaba sentada cerca de la puerta... Elizabeth me vio en seguida; pero él no; estaba distraído con el paraguas. Estoy segura de que ella me vio, pero desvió la mirada e hizo como si no me hubiera conocido; y los dos se fueron hacia el otro extremo de la tienda; y yo me quedé sentada cerca de la puerta... ¡Oh, querida, pasé tan mal rato...! Estoy segura de que debía estar tan blanca como mi vestido. Pero no podía irme, claro, porque estaba lloviendo; pero hubiera querido estar en cualquier parte del mundo, menos allí. ¡Oh, mi querida Emma...! Bueno, por fin, supongo que él volvió la cabeza y me vio; porque en vez de seguir prestando atención a lo que compraban, empezaron a cuchi­chear los dos. Y estoy segura de que hablaban de mí; y yo no podía por menos de pensar que él la estaba convenciendo para que me ha­blara (¿crees que me equivocaba, Emma?)... porque en seguida ella vino hacia mí... se me acercó... y me preguntó cómo estaba, y pa­recía dispuesta a darme la mano si yo quería. No parecía la misma de siempre; yo me daba cuenta de que estaba nerviosa; pero parecía querer hablarme de un modo amistoso, y nos dimos la mano, y es­tuvimos charlando durante un rato; pero ya no me acuerdo de nada de lo que dije... ¡yo estaba temblando! Recuerdo que ella dijo que sentía mucho que ahora no nos viéramos nunca, lo cual a mí casi me pareció demasiado amable por su parte. ¡Querida Emma, me sen­tía tan mal! Y entonces empezó a aclararse el tiempo... y yo pensé que nada me impedía el irme... pero entonces... ¡imagínate!... vi que él se dirigía hacia nosotras... muy despacito, -¿sabes? como si no supiera muy bien lo que tenía que hacer; y se nos acercó, y me habló, y yo le contesté...

......y así estuvimos un minuto, poco más o menos, y yo me sentía tan apurada... ¡Oh, no puedes hacerte idea!; y entonces me armé de valor y dije que ya no llovía y que tenía que irme; y me fui, y cuando estaba en la calle y aún no había andado ni tres yardas desde la puerta, cuando él vino tras de mí sólo para decirme que si iba a Hartfield, él creía que iría mucho mejor dando la vuelta por las cuadras del señor Cole, porque si se­guía el camino más directo lo encontraría todo encharcado. ¡Oh, querida, yo creí que me moría! De modo que le dije que le agra­decía mucho el interés; ya ves, no podía decirle menos; y entonces él volvió con Elizabeth, y yo di la vuelta por las cuadras...

....bueno, me parece que sí que fui por allí, pero ahora te aseguro que ya casi no sé por dónde iba ni lo que hacía. ¡Oh, Emma! Hubiera dado cualquier cosa para que eso no me ocurriera; y a pesar de todo, ¿sabes?, me dio alegría ver que se portaba de un modo tan cortés y tan atento. Y Elizabeth también. ¡Oh, Emma, dime algo, te lo ruego, tranquilízame un poco!
Emma no hubiera deseado otra cosa; pero en aquellos momentos no estaba en sus manos el conseguirlo. Se vio obligada a hacer una pausa y a reflexionar. Ella también se sentía desazonada. El proce­der del joven y de su hermana parecían responder a unos senti­mientos sinceros, y Emma no podía sino compadecerles. Tal como lo describía Harriet, en su modo de actuar había habido una curiosa mezcla de afecto herido y de auténtica delicadeza. Pero es que antes de entonces ella siempre les había considerado como personas dignas y de buen corazón; pero eso no tenía nada que ver con el que em­parentar con ellos no fuese lo más recomendable. Era una tontería preocuparse por aquellas cosas. Por supuesto, él debía de sentir ha­berla perdido... todos debían de sentirlo. Probablemente para ellos era un doble fracaso de la ambición y del amor. Todos debían de haber confiado en elevarse de rango social gracias a las amistades de Harriet. Y por otra parte, ¿qué valor podía darse a la descripción de Harriet? Ella que era tan fácil de complacer... de tan poco cri­terio... ¿qué valor podía tener un elogio suyo?
Emma hizo un esfuerzo por dominarse e intentó consolarla, ha­ciéndole ver que todo lo que había pasado no tenía ninguna impor­tancia, y que no valía la pena que se preocupara por ello.
-Han tenido que ser unos momentos desagradables -dijo-; pero parece que tú te has portado muy bien; ahora todo ha termi­nado; y como un primer encuentro no puede volver a repetirse, no tienes por qué pensar más en eso.
Harriet dijo que Emma tenía razón, y que no volvería a pensar en aquello... pero siguió hablando de lo mismo... no podía hablar de otra cosa; y por fin Emma, con objeto de sacarle a los Martin de la cabeza, se vio obligada a recurrir a las noticias que antes se había propuesto comunicarle con tantas precauciones y tanta deli­cadeza; casi sin saber si tenía que alegrarse o indignarse, si aver­gonzarse o tomárselo a broma, visto el estado de ánimo de la pobre Harriet... para quien el señor Elton parecía haber perdido ya todo interés...
Sin embargo, poco a poco el señor Elton volvió a adquirir im­portancia. Quizá no tanta como le concedía el día anterior o tan sólo una hora antes, pero volvía a interesarse por él; y antes de que terminara aquella conversación, Harriet había expresado todas las sensaciones de curiosidad, de asombro, de pesar, de pena y de ilusión acerca de aquella afortunada señorita Hawkins, que en su imaginación había vuelto a relegar a un lugar secundario a los Martin.
Emma llegó a sentirse casi satisfecha de que se hubiera produ­cido aquel encuentro, ya que había servido para amortiguar el primer golpe sin producir ninguna influencia alarmante. Con el género de vida que llevaba ahora Harriet, los Martin no podían llegar hasta ella de no ser que fueran a buscarla exprofeso a donde no querrían ir por falta de valor y de condescendencia; porque desde que ella ha­bía rechazado al señor Martin, sus hermanas no habían vuelto a poner los pies en casa de la señora Goddard; y así era posible que pasase todo un año sin que volvieran a coincidir en algún sitio, careciendo pues de la necesidad y de la posibilidad incluso de ha­blarse.

Continuará...



lunes, 6 de agosto de 2012

EMMA Capítulo XX


CAPÍTULO XX



Jane Fairfax era huérfana, el único fruto del matrimonio de la hija menor de la señora Bates.

La boda del teniente Fairfax, del... regimiento de Infantería, y la señorita Jane Bates, había tenido su época de esplendor y de ilusiones, de esperanzas y de atractivos; pero ahora nada quedaba de él, excepto el melancólico recuerdo de la muerte del marido en acción de guerra en el extranjero... de su viuda, consumida por la tisis y la tristeza pocos años más tarde... y aquella hija.

Por su nacimiento Jane pertenecía a Highbury; y cuando a los tres años, al perder a su madre se convirtió en la propiedad, la carga, el consuelo y la niña mimada de su abuela y de su tía, todo parecía indicar que iba a vivir allí el resto de su vida; que iba a recibir una educación proporcionada a los escasos medios de su familia, y que iba a crecer sin frecuentar la buena sociedad y sin poder perfeccionar los dotes que la naturaleza le había propor­cionado: encanto personal, viveza de ingenio, un corazón sensible y un trato agradable.

Pero los compasivos sentimientos de un amigo de su padre le dieron la oportunidad de cambiar su destino. Ese amigo era el coronel Campbell, que había tenido en gran estima al teniente Fair­fax, considerándolo como un excelente oficial y como un joven de grandes méritos; y además le debía tales atenciones, durante una terrible fiebre que se declaró en un campamento, que creía deberle la vida. Éstas eran cosas que no podía olvidar, a pesar de que pasa­ron una serie de años, después de la muerte del pobre Fairfax, en los que él se hallaba en el extranjero, pero su regreso a In­glaterra le permitió llevar a cabo sus propósitos. Cuando regresó averiguó el paradero de la niña y se informó acerca de ella. El coronel estaba casado y sólo tenía un hijo, una niña que debía tener la misma edad que Jane; y Jane se convirtió en huésped habitual de su casa, en la que pasaba largas temporadas, siendo muy querida por todos; y antes de que cumpliera los nueve años, el gran cariño que su hija sentía por, ella y su propio deseo de dispensarle su protección, movieron al coronel Campbell a ofrecerse para correr con todos los gastos de su educación. La oferta fue aceptada; y desde entonces Jane había pertenecido a la familia del coronel Campbell y había vivido siempre con ellos, sin visitar a su abuela más que de vez en cuando.

Se decidió que Jane se preparara para la enseñanza, ya que los escasos centenares de libras que había heredado de su padre hacían imposible toda posición independiente. Y el coronel Campbell ca­recía de medios para asegurar su porvenir de otro modo; pues a pesar de que sus ingresos, procedentes de su paga y sus asignacio­nes, no eran nada despreciables, su fortuna no era muy grande, y debía ser íntegra para su hija; pero dándole una buena educación, confiaba proporcionarle para más adelante los medios para vivir de­corosamente.

Ésta era la historia de Jane Fairfax. Había caído en buenas manos, los Campbell no habían tenido más que bondades para con ella y se le había dado una excelente educación. Viviendo constantemente con personas de recto criterio y cultivadas, su corazón y su enten­dimiento se habían beneficiado de todas las ventajas de la disci­plina y de la cultura; y como el coronel Campbell residía en Lon­dres, sus aptitudes más descollantes habían podido ser plenamente cultivadas gracias al concurso de los mejores maestros. Sus faculta­des y su capacidad eran también dignos de todo lo que aquella amis­tad pudiera ofrecerle; y a los dieciocho o diecinueve años era ya, dentro de lo que a una edad tan temprana se puede estar capaci­tado para enseñar a los niños, muy competente en cuestiones de enseñanza; pero la querían demasiado para que permitiesen que se separara de ellos. Ni el padre ni la madre tuvieron valor para pro­ponerlo, y la hija no hubiera podido soportar una separación. El día funesto fue, pues, aplazado. Fue fácil encontrar la excusa de que era aún demasiado joven; y Jane siguió viviendo con ellos, participando como una hija más en los honestos recreos de la socie­dad elegante, y disfrutando de una juiciosa mezcla de vida hoga­reña y de diversiones, sin más preocupación que la de su porvenir, ya que su buen sentido no podía por menos de recordarle pru­dentemente que todo aquello no tardaría en terminarse.


El afecto que le profesaba toda la familia, y sobre todo el gran cariño que sentía por ella la señorita Campbell, decía mucho en favor de ellos, ya que el hecho era que Jane era claramente supe­rior tanto en belleza como en conocimientos. Los encantos de que le había dotado la naturaleza no podían pasar inadvertidos para su joven amiga, y los padres tenían también que darse cuenta de la superioridad de su inteligencia. Sin embargo, siguieron viviendo juntos unidos por un cálido afecto, hasta la boda de la señorita Campbell, quien tuvo la fortuna, esta buena suerte que tan a me­nudo desbarata todas las previsiones en cuestiones matrimoniales, haciendo que tenga preferencia la medianía a lo que es superior, de conquistar el corazón del señor Dixon, un joven rico y agrada­ble, casi desde el mismo momento en que se conocieron; y no tardó en verse casada y feliz, mientras que Jane Fairfax tenía aún que empezar a pensar en ganarse el pan cotidiano.

La boda se había celebrado hacía muy poco tiempo; demasiado poco para que la menos afortunada de las dos amigas hubiera po­dido emprender ya la senda del deber; aunque había llegado a la edad que ella misma se había fijado para este comienzo. Hacía tiempo que tenía decidido que a los veintiún años empezaría su nueva vida. Con la fortaleza de una novicia devota había resuelto completar el sacrificio a los veintiún años, y renunciar a todos los placeres del mundo, a todo honesto trato con los demás, a toda sociedad, a la paz y a la esperanza, para seguir para siempre el ca­mino de la penitencia y de la mortificación.

El buen juicio del coronel y de la señora Campbell les impidió oponerse a esta decisión, aunque sus sentimientos les impulsaran a ello. Mientras ambos viviesen, no era necesario que Jane lo pidiera: su casa estaría siempre abierta para ella; por su gusto, no hubie­ran consentido que se fuera de allí; pero eso hubiera sido egoísmo: lo que por fin tenía que llegar era mejor hacerlo pronto. Tal vez entonces empezaron a comprender que hubiera sido más sensato y mejor para ella haber resistido a la tentación de ir aplazando aquel momento y evitar que Jane conociera y disfrutara las ventajas del ocio de una vida desahogada que ahora se veía obligada a abandonar. Sin embargo, todavía el afecto se esforzaba por aferrarse a cualquier pretexto razonable para demorar en lo posible aquel triste momento. Jane no se había vuelto a encontrar completamente bien desde la boda de la hija de la casa; y hasta que no se hubiera recuperado del todo creyeron necesario prohibirle que emprendiera ningún trabajo, cosa que no sólo era incompatible con una salud delicada y un ánimo decaído, sino que, aun en las circunstancias más favorables, parecía exigir algo más que la perfección humana de cuerpo y de espíritu, para poder llevarlo a cabo de un modo de­sahogado.

Respecto a lo de no acompañarles a Irlanda, en el relato que hizo a su tía no decía más que la verdad, aunque tal vez hubiera algunas verdades que se callaba. Fue ella quien decidió consagrar a los de Highbury el tiempo que durara la ausencia de los Campbell; quizá para pasar los últimos meses de libertad total ro­deada de afectuosos parientes que tanto la querían; y los Campbell, por el motivo o motivos que fuesen, tanto si era uno como dos o tres, se apresuraron a aprobar ese proyecto y dijeron que tenían más confianza en unos pocos meses que pasara en su tierra natal para recobrar la salud, que en cualquier otro remedio. Era, pues, seguro que volvería a Highbury; y que allí, en vez de dar la bienve­nida a una novedad absoluta que hacía tanto tiempo que se les prometía --el señor Frank Churchill- deberían conformarse por ahora con Jane Fairfax, que sólo era una novedad por sus dos años de ausencia.

Emma no estaba contenta... ¡Tener que ser amable durante tres largos meses con una persona que le desagradaba! ¡Tener que estar siempre haciendo más de lo que deseaba y menos de lo que debía! Sería difícil explicar por qué Jane Fairfax no era persona de su gusto; en cierta ocasión el señor Knightley le había dicho que era porque veía en ella a la joven perfecta, como Emma hubiese que­rido que se la considerara; y aunque entonces la acusación había sido vivamente refutada, habían momentos de reflexión en que su conciencia no se sentía totalmente limpia de aquello. Pero nunca había podido trabar amistad con ella; no sabía por qué, pero veía en Jane una frialdad y una reserva... una aparente indiferencia por gustar o no gustar... ¡y además su tía era una charlatana tan te­rrible! Y todo el mundo armaba tal alboroto cuando se trataba de ella... Y siempre imaginaban que las dos tenían que llegar a ser íntimas amigas... porque tenían la misma edad todo el mundo había supuesto que era forzoso que congeniasen... Éstas eran sus razo­nes... no tenía mejores.

Sus motivos eran tan poco justificados... todos y cada uno de los defectos que le imputaba estaban tan agrandados por su ima­ginación, que siempre que veía por primera vez a Jane Fairfax después de una ausencia considerable tenía la sensación de haber sido injusta con ella; y ahora, cuando efectuó la anunciada visita, a su llegada, después de un intervalo de dos años, Emma quedó extraordinariamente sorprendida al ver los modales de aquella mu­chacha a la que había estado menospreciando durante dos años en­teros. Jane Fairfax era muy elegante, notablemente elegante. Su estatura era proporcionada, como para que casi todo el mundo la considerase alta, y nadie pudiera pensar que lo era demasiado; su figura era particularmente agraciada; un justo término medio, ni demasiado gruesa ni demasiado delgada, aunque una leve apariencia de salud un tanto frágil parecía descartar la posibilidad del más probable de esos dos peligros. Emma no pudo por menos de darse cuenta de todo esto; y además en su rostro, en sus facciones, había mucha más belleza de lo que ella creía recordar; sus facciones no eran muy regulares, pero sí de una belleza muy agradable. Nunca había regateado su admiración por aquellos ojos de un gris oscuro y aquellas pestañas y cejas negras; pero la tez, a la que siempre había solido poner reparos por descolorida, tenía una luminosidad y una delicadeza que ciertamente no necesitaba mayor lozanía. Era un tipo de belleza en el que el rasgo predominante era la elegancia, y por lo tanto, en conciencia y de acuerdo con su criterio, no podía por menos de admirarla... elegancia que, tanto en lo exterior como en lo espiritual tenía muy pocas ocasiones de encontrar en Highbury. Allí no ser vulgar era una distinción y un mérito.


En resumen, durante la primera visita, Emma contemplaba a Jane Fairfax con redoblada complacencia; al placer que experimen­taba al verla se unía la necesidad que sentía de hacerle justicia, y decidió abandonar su actitud hostil a la joven. Y cuando pensaba en su historia, su situación le impresionaba tanto como su belleza; cuando reflexionaba sobre el destino que iba a tener esta elegan­cia, sobre cómo tendría que rebajarse, sobre cómo iba a vivir, le parecía imposible que pudiera sentirse algo que no fuera compasión y respeto por ella; sobre todo, si a las circunstancias bien conocidas de su vida que la hacían merecedora de tanto interés, se unía el hecho más que probable de que se hubiera sentido atraída por el señor Dixon, sospecha que tan espontáneamente había surgido en la imaginación de Emma. De ser así, nada más digno de compasión ni más noble que los sacrificios que se hallaba dispuesta a aceptar. Ahora Emma no podía ser más contraria a creer que la joven hu­biese intentado atraerse al señor Dixon rivalizando con su amiga, o que hubiese sido capaz de cualquier otra intención malévola, como en un principio había llegado a suponer. Si había existido amor, debía de haber sido un sentimiento puro y sencillo, sólo experimen­tado por ella, no correspondido. Inconscientemente debía de haber ido sorbiendo aquel triste veneno mientras atendía al lado de su amiga a las palabras de él; y ahora debía de ser el más limpio, el más puro de los motivos el que le hiciera negarse a efectuar esta visita a Irlanda y decidirse a separarse definitivamente de él y de su familia para iniciar su vida de trabajo.

En conjunto, pues, Emma se separó de Jane sintiendo por ella tanta simpatía y tanto afecto que al regresar a su casa se vio forzada a pensar en la posibilidad de encontrarle un buen partido, y a lamentar que Highbury no contase con ningún joven que pudiese proporcionarle una situación independiente; no encontraba quien pudiese convenir a Jane.

Sentimientos admirables los de Emma... pero que duraron poco. Antes de que se comprometiera con alguna profesión pública de eterna amistad con Jane Fairfax, antes de que hubiera hecho algo más por enmendar sus pasados prejuicios y errores, que decir al señor Knightley: «La verdad es que es muy linda, más que linda», Jane pasó una velada en Hartfield con su abuela y su tía, y todo volvió al estado de cosas anterior. Reaparecieron los mismos moti­vos de enemistad de antes. La tía era tan pesada como siempre; más pesada aún, porque ahora además de admirar las cualidades de su sobrina, se sentía inquieta por su salud; y tuvieron que oír la descripción exacta del poco pan y mantequilla que comía en el de­sayuno y de lo pequeña que era la tajada de cordero de la comida, aparte de la exhibición de los nuevos gorros y de las nuevas bol­sas para la labor que había confeccionado para su abuela y para ella; y Emma volvió a sentirse irritada con Jane. Tuvieron un poco de música; Emma se vio obligada a tocar; y las gracias y los elogios que obligadamente siguieron a su ejecución parecieron a Emma de una ingenuidad afectada, de un aire de superioridad des­tinado tan sólo a demostrar a todos que ella, Jane, seguía estando muy por encima. Lo peor de todo era que además era tan fría, tan cautelosa... No había manera de saber qué es lo que realmente pensaba. Envuelta en una capa de cortesía, parecía decidida a no arriesgarse en nada. Resultaba molesta su actitud de suspicacia y de reserva.


Y si todavía era posible serlo más, se mostró aún más reser­vada en lo referente a Weymouth y a los Dixon. Parecía intere­sada en no querer hablar del carácter del señor Dixon, ni en opinar acerca de su trato, ni en hacer ningún comentario sobre lo conveniente que había sido aquella boda. Todo lo aprobaba por igual; en sus palabras no había nada de concreto ni destacado. Sin embargo de poco le sirvió. Para Emma esta cautela era artificio­sidad, disimulo, y la joven volvió a sus sospechas de antes. Proba­blemente allí había algo más que ocultar que sus simples prefe­rencias. Tal vez el señor Dixon había estado a punto de dejar una amiga por otra, o sólo se había decidido por la señorita Camp­bell pensando en sus futuras doce mil libras.

La misma reserva prevaleció tratándose de otros temas. Ella y el señor Frank Churchill habían coincidido en Weymouth. Era sa­bido que habían tenido cierto trato; pero Emma no pudo arran­carle ni una sílaba que pudiera orientarla acerca de la verdadera personalidad del joven. «¿Es apuesto?» «Creo que se le considera como un joven muy atractivo.» «¿Es agradable de trato?» «Se le suele considerar como muy agradable.» «¿Da la impresión de ser un joven de inteligencia despierta y cultivado?» «En un balneario o en casa de un amigo común en Londres es muy difícil formarse una opinión sobre esas cosas. Los modales son siempre lo primero que puede apreciarse, pero a pesar de todo se requiere conocer me­jor a la persona de lo que yo he podido conocer al señor Frank Churchill. Tengo la impresión de que todo el mundo le encuentra muy amable y cultivado.» Emma no podía perdonarle.

Continuará...