martes, 10 de junio de 2014

PERSUASIÓN Capítulo VI


CAPITULO VI

 

Ana no necesitaba visitar Uppercross para saber que, cuando se traslada de un lugar a otro, aun­que no sea más que a tres millas de distancia, la gente suele cambiar de conversaciones, de opi­niones y de ideas. Había estado allí antes y siem­pre lo había notado, y hubiese querido que los otros Elliot tuviesen ocasión de ver_ cuán descono­cidos y desconsiderados eran en Uppercross los asuntos que en Kellynch Hall se trataban con tan­to interés y general aspaviento. Pese a esta expe­riencia creía que iba a tener que pasar por una nueva y necesaria lección en el arte de aprender lo poca cosa que somos fuera de nuestro propio círculo. Ana llegó totalmente embargada por los acontecimientos que habían tenido en vilo duran­te varias semanas las dos casas de Kellynch, y esperó encontrar más curiosidad y simpatía de las que hubo en las observaciones separadas pero similares que le hicieron el señor y la señora Musgrove.

¿Conque Sir Walter y su hermana se han mar­chado, señorita Ana? ¿Y en qué parte de Bath cree usted que van a radicarse?

Y esto sin prestar mucha atención a la res­puesta. En cuanto a las dos muchachas, agregaron solamente:

-Me parece que este invierno iremos a Bath; pero acuérdate, papá, de que si vamos, tendremos que vivir en un buen lugar. ¡No nos vengas con tus Plazas de la Reina!

Y María, ansiosa, comentó:

-¡Caramba, pues sí que voy a lucirme mientras todos ustedes se van a divertir a Bath!

Ana determinó precaverse de allí en más con­tra semejantes desilusiones y pensó con intensa gratitud que era un don extraordinario gozar de una amistad tan sincera y afectuosa como la de Lady Russell.

Los señores Musgrove tenían sus propios afa­nes; vivían acaparados por sus caballos, sus perros y sus periódicos, y las mujeres estaban pen­dientes de todos los demás asuntos del hogar, de sus vecinos, de sus trajes, de sus bailes y de su música. Ana encontraba muy razonable que cada pequeña comunidad social dictase su propio régi­men, y esperara convertirse en poco tiempo en un miembro digno de la comunidad a que había sido trasplantada. Con la perspectiva de pasar dos meses por lo menos en Uppercross, se esforzaba por dar a su imaginación, memoria e ideas un giro lo más uppercrossiano posible.

Esos dos meses no la espantaban. María no era tan hostil ni tan despegada ni tan inaccesible a la influencia de sus hermanas como Isabel. Y nin­guno de los otros moradores de la quinta se mos­traba reacio al buen acuerdo. Ana había estado siempre en los mejores términos con su cuñado, y los niños, que la querían y la respetaban mucho más que a su madre, eran para ella un objeto de interés, de distracción y de sana actividad.

Carlos Musgrove era muy fino y simpático; su juicio y su carácter eran sin duda alguna superio­res a los de su mujer; pero no era capaz, ni por su conversación ni por su encanto, de hacer del pa­sado que lo unía a Ana un recuerdo peligroso. Sin embargo, Ana pensaba lo mismo que Lady Russell, que era una lástima que Carlos no hubiese hecho un matrimonio más afortunado, y que una mujer más sensata que María habría podido sacar mejor partido de su carácter, dando a sus costumbres y ambiciones mayor utilidad, razón y elegancia. A la sazón, Carlos no se interesaba más que por los deportes, y fuera de ellos desperdiciaba el tiempo sin beneficiarse de las enseñanzas de los libros ni de nada. Gozaba de un humor a toda prueba y nunca parecía afectarse demasiado por el tedio frecuente de su esposa, soportando a veces sus desatinos con gran admiración de Ana. Muy a menudo tenían pequeñas disputas (riñas en las que Ana tenía que participar más de lo que hubie­se querido, pues ambas partes reclamaban su ar­bitraje), pero en general podían pasar por una pareja feliz. Siempre estaban de acuerdo en lo tocante a su necesidad de disponer de más dinero y tenían una fuerte tendencia a esperar un buen regalo del padre de él. Pero tanto en esto como en todo lo demás, Carlos quedaba siempre mejor que María, pues mientras ésta consideraba un te­rrible agravio que tal regalo no llegase, Carlos defendía a su padre, diciendo que tenía muchas otras cosas en que emplear su dinero y el derecho a gastárselo como le diera la gana.

En cuanto a la crianza de sus hijos, las teorías de Carlos eran mucho mejores que las de su mu­jer y su práctica no era mala.

-Podría educarlos muy bien si María no se metiese -solía decir a Ana. Y ésta lo creía firme­mente.

Pero luego tenía que escuchar los reproches de María:

-Carlos malcría a los chicos de tal modo que me es imposible hacerles obedecer.

Y nunca sentía la menor tentación de decirle: “Es cierto”.

Una de las circunstancias menos agradables de su residencia en Uppercross era que todos la trataban con demasiada confianza y que estaba demasiado al tanto de las ofensas de cada casa. Como sabían que tenía alguna influencia sobre su hermana, una y otra vez acudían a ella o por lo menos le insinuaban que interviniese hasta más allá de lo que estaba en sus manos.

-Me gustaría que convencieras a María de que no esté siempre imaginándose enferma -le decía Carlos.

Y María, en tono compungido, exclamaba:

-Carlos, aunque me viese muriéndome, no creería que estoy enferma. Estoy segura, Ana, de que si tú quisieras podrías convencerlo de que estoy en verdad muy enferma, mucho peor de lo que parece.

Luego María declaraba:

-Me disgusta terriblemente mandar a los chi­cos a la Casa Grande, a pesar de que su abuela los reclama constantemente, porque los subleva y los mima demasiado además de darles una por­ción de porquerías y dulces, con lo cual no hay día que no vuelvan a casa enfermos o cargantes hasta que se acuestan.

Y la señora Musgrove aprovechaba la primera oportunidad de estar a solas con Ana para decirle:

-¡Ay, señorita Ana! ¡Ojalá mi nuera aprendiese un poco de su manera de tratar a los niños! ¡Son tan diferentes con usted esas criaturas! Porque no sabe usted cuán malcriados están. Es una lástima que no pueda usted convencer a su hermana de que los eduque mejor. Son los chicos más guapos y sanos que he visto nunca; pobrecillos míos, la pasión no me ciega; pero la mujer de Carlos no tiene idea cómo debe educarlos. ¡Virgen santa! ¡A veces se ponen insufribles! Le aseguro, señorita Ana, que me quitan el gusto de verlos en casa tan a menudo como quisiera. Sospecho que la mujer de Carlos está un poco resentida porque no los invito a venir con más frecuencia; pero ¿usted sabe lo molesto que es estar con chiquillos cuan­do hay que bregar con ellos a cada momento diciéndoles: “No hagas eso, no hagas aquello”? Y si una quiere estar un poco tranquila, no tiene otro recurso que darles más pasteles de los que les convienen.

Además, María le comunicó lo siguiente:

-La señora Musgrove cree que sus criadas son tan formales que sería un crimen abrirle los ojos; pero estoy segura, sin exageración, de que tanto su primera doncella como su lavandera, en vez de dedicarse a sus tareas, se pasan todo el santo día correteando por el pueblo. Me las encuentro adon­dequiera que voy, y puedo decir que nunca entro dos veces en el cuarto de mis chicos sin ver allí a una o a la otra. Si Jemima no fuese la persona más segura y más seria del mundo, eso sería sufi­ciente para echarla a perder, pues me ha dicho que las otras la están siempre incitando a que se vaya de paseo con ellas.

Por su parte, la señora Musgrove decía:

-Me he prometido no meterme nunca en los asuntos de mi nuera, porque ya sé que no serviría de nada; pero debo decirle, señorita Ana, ya que usted puede poner las cosas en su lugar, que no tengo en buen concepto al ama de María. He oído contar de ella unas historias muy extrañas y decir que es una trotacalles. Por lo que sé yo misma puedo decir que es una pícara de tomo y lomo capaz de estropear a cualquier sirvienta que se le acerque. Ya sé que la mujer de Carlos responde enteramente de ella, pero yo me limito a avisarle para que pueda vigilarla y para que si ve usted algo que le llame la atención no tenga reparo en explicar lo que sucede.

Otras veces María se quejaba de que la señora Musgrove se las ingeniaba para no darle a ella la precedencia que se le debía cuando comían en la Casa Grande con otras familias, y no veía por qué razón se la tenía tan en menos en aquella casa para privarla del lugar que legítimamente le co­rrespondía. Y un día, mientras Ana paseaba a solas con las señoritas Musgrove, una de ellas, después de haber estado hablando del rango, de la gente de alto rango y de la manía del rango, dijo:

-No tengo reparo en observarle lo estúpidas que se ponen ciertas personas con la cuestión de su lugar, porque todos sabemos lo poco que le importan a usted esas cosas; pero me gustaría que alguien le hiciese ver a María cuánto mejor sería que se dejase de esas terquedades y especialmen­te que no anduviese siempre adelantándose para quitarle el sitio a mamá. Nadie duda de sus dere­chos a la precedencia por encima de mamá, pero sería más discreto que no estuviese siempre insis­tiendo en eso. No es que a mamá la preocupe en lo más mínimo, pero sé que muchas personas se lo han criticado.

¿Cómo podía Ana arreglar esas diferencias? Lo más que podía hacer era escuchar con paciencia, suavizar las asperezas y excusar a los unos delan­te de los otros; sugerir a todos la tolerancia nece­saria en tan estrecha vecindad y hacer que sus consejos fuesen lo bastante amplios para que al­canzasen a aprovechar a su hermana.

En otros aspectos, su visita empezó y continuó sin tropiezos. Su estado de ánimo mejoró con sólo haberse alejado tres millas de Kellynch y con el cambio de lugar y de ocupaciones. Las indisposi­ciones de María disminuyeron al tener una com­pañía permanente; y las cotidianas relaciones con la otra familia, como no tenían que interrumpir en la quinta ningún afecto, confianza o cuidado su­perior, eran más bien una ventaja. Dicha comuni­cación era lo más frecuente posible; todas las ma­ñanas se veían y era raro que pasaran una tarde separados; Ana creía que ya no se habrían hallado sin ver las respetables humanidades del señor y de la señora Musgrove en los sitios acostumbra­dos, o sin la charla, la risa y los cantos de sus hijas.

Ana tocaba el piano mucho mejor que una u otra de las señoritas Musgrove; pero como no tenía voz ni conocimiento del arpa, ni padres em­belesados sentados delante de ella, nadie repara­ba en su habilidad más que por cortesía o porque permitía descansar a los demás ejecutantes, lo que a ella no le pasaba inadvertido. Sabía que cuando tocaba a nadie daba gusto más que a sí misma; pero esto no le era nuevo, exceptuando un corto período de su vida; nunca, desde la edad de ca­torce años, en que perdió a su madre, había co­nocido la dicha de ser escuchada o alentada por una justa apreciación de verdadero gusto. En la música se había tenido que acostumbrar a sentirse sola en el mundo; y el ciego entusiasmo del señor y de la señora Musgrove por los talentos de sus hijas, con su total indiferencia hacia los de cual­quier otra persona, le daba mucho más placer por la ternura que significaba, que mortificación por sí misma.

Las tertulias de la Casa Grande se engrosaban a veces con la concurrencia de otras personas. La vecindad no era muy extensa, pero todo el mun­do acudía a casa de los Musgrove, y tenían más banquetes, más huéspedes y más visitantes oca­sionales o invitados que ninguna otra familia. Eran los más populares.

Las muchachas morían por bailar, y las tardes finalizaban muchas veces con un pequeño baile improvisado. Había una familia de primos cerca de Uppercross, de posición menos desahogada, que tenía en casa de los Musgrove su centro de diversiones; llegaban a cualquier hora y tocaban, bailaban o hacían lo que se presentase. Ana, que prefería el oficio de pianista a cualquier otro más activo, tocaba las contradanzas a las horas de las reuniones; sólo por esta amabilidad, los señores Musgrove apreciaban sus dotes musicales, y a me­nudo le dirigían estos cumplidos:

-¡Muy bien tocado, señorita Ana! ¡Muy bien tocado por cierto! ¡Bendito sea Dios, cómo vuelan esos deditos!

Así transcurrieron las tres primeras semanas. Llegó el día de san Miguel y el corazón de Ana se apresuró otra vez por Kellynch. Su hogar estaba en manos de extraños; aquellas preciosas habita­ciones con todo lo que contenían, aquellas arbo­ledas y aquellas perspectivas empezaban a perte­necer a otros ojos y a otros cuerpos...
 
 
 
El 29 de septiembre no pudo pensar en nada más, y por la tarde recibió una grata emoción cuando María, al detenerse en el día del mes en que estaban, ex­clamó:

-¡Querida!, ¿no es hoy el día en que los Croft van a instalarse en Kellynch? Me alegra no haber­lo pensado antes. ¡Cómo me habría entristecido!

Los Croft tomaron posesión de la casa con un aparato completamente naval, y hubo que ir a visitarlos. Maria deploró verse obligada a aquello. Nadie podía imaginarse el sufrimiento que eso le causaba. Lo diferiría todo lo posible. Pero no estu­vo tranquila hasta que hubo convencido a Carlos de que la llevase cuanto antes, y cuando volvió estaba en un estado de agradable excitación y de alborotadas fantasías. Ana se congratuló sincera­mente de no haber ido con ellos. Sin embargo, deseaba ver a los Croft y le encantó estar en casa cuando ellos devolvieron la visita. Cuando llega­ron, el señor de la casa no estaba, pero las dos hermanas se encontraban juntas. Sucedió entonces que la señora Croft se apoderó de Ana, mientras el almirante se sentaba junto a María, deleitándola con sus chistosos comentarios acerca de sus chiqui­llos. Y Ana pudo dedicarse a buscar un parecido que, si no halló en las facciones, reconoció en su voz y en su modo de sentir y de expresarse.

La señora Croft no era alta ni gorda, pero tenía una arrogancia, una tiesura y una robustez que daban presencia a su persona. Sus ojos eran oscuros y brillantes, sus dientes hermosos, y en conjunto su rostro era agradable, aunque su tez enrojecida y curtida por la intemperie, a conse­cuencia de pasarse en el mar casi tanto tiempo como su marido, hacía creer que tenía varios años más de los treinta y ocho que contaba. Sus moda­les eran francos, desenvueltos y decididos como los de una persona que confía en sí misma y que no duda de lo que tiene que hacer, sin que eso significase ni asomo de rudeza ni ninguna falta de buen carácter. Ana le agradeció sus sentimientos de gran consideración hacia ella, en todo lo que le dijo de Kellynch; estuvo muy complacida y más porque se tranquilizó pasado el primer medio mi­nuto, en el mismo instante de la presentación, al ver que la señora Croft no daba ninguna- muestra de estar en antecedentes o de tener sospechas de algo que torciese para nada sus intenciones. Estu­vo del todo descansada sobre el particular y por lo mismo llena de fuerza y de valor, hasta que en un momento se heló al oír que la señora Croft decía:

-¿De modo que fue usted y no su hermana a quien tuvo el gusto de conocer mi hermano cuan­do estuvo aquí?

Ana estaba segura de que ya había pasado la edad del rubor, pero no la edad de la emoción, a juzgar por lo ocurrido.

-Puede que no haya usted oído decir que se casó -agregó la señora Croft.

Ana pudo contestar entonces como era debi­do; y cuando las siguientes palabras de la señora Croft aclararon de cuál señor Wentworth estaba hablando, se alegró de no haber dicho nada que no pudiese aplicarse a ambos hermanos. Al mo­mento comprendió cuán razonable era que la se­ñora Croft pensara y hablara de Eduardo y no de Federico, y avergonzada de su error preguntó con el debido interés cómo le iba a su antiguo vecino en su nuevo estado.

El resto de la conversación fue ya tranquilísima; hasta el momento de levantarse, en que oyó que el almirante decía a María:

-Pronto va a llegar un hermano de la señora Croft. Creo que usted ya lo conoce de nombre.

Lo interrumpió en seco el vehemente ataque de los chiquillos, que se prendieron de él como de un antiguo amigo y declararon que no se iba a marchar. El les propuso llevárselos metidos en sus bolsillos, con lo cual aumentó el alboroto y ya no hubo lugar para que el almirante acabase o se acordara de lo que había empezado a decir. Ana pudo, pues, persuadirse, en lo que cabía, de que se trataba aún del hermano en cuestión. No logró, sin embargo, llegar a tal grado de certidumbre que no estuviese ansiosa por saber si los Croft habían dicho algo más sobre el particular en la otra casa en donde habían estado antes.

La gente de la Casa Grande iba a pasar la tarde aquel día a la quinta, y como ya estaba la estación muy avanzada para que semejantes visi­tas pudiesen hacerse a pie, aguzaban el oído para percibir el ruido del coche, cuando la menor de las chicas Musgrove entró en la habitación. La primera y negra idea que se les ocurrió fue que venía a decir que no irían, y que tendrían que pasarse la tarde solas. Maria estaba a punto de sentirse ofendida, cuando Luisa restableció la cal­ma anunciando que se había adelantado ella a pie con objeto de dejar espacio en el coche para el arpa que transportaban.

-Y además -agrego- voy a explicarles la cau­sa de todo esto. He venido para advertirles que mamá y papá están esta tarde muy deprimidos; mamá especialmente. No hace más que pensar en el pobre Ricardo. Y acordamos que sería mejor tocar el arpa, pues parece que la divierte más que el piano. Y voy a decirles por qué está tan desani­mada. Cuando vinieron los Croft esta mañana (lue­go estuvieron aquí, ¿verdad?), dijeron que su her­mano, el capitán Wentworth, acaba de volver a Inglaterra o que ha sido licenciado o algo por el estilo, y que vendrá a verlos de un momento a otro. Lo peor de todo es que a mamá se le ocu­rrió, cuando los Croft se hubieron ido, que Went­worth, o algo muy parecido, era el apellido del capitán del pobre Ricardo un tiempo, no sé cuán­do ni dónde, pero mucho antes de que muriera, pobre chico. Se puso a revisar sus cartas y sus cosas y cnfirmó su sospecha; está absolutamente segura que ése es el hombre de que se trata y no cesa de pensar en él y en el pobre Ricardo. Tene­mos que estar lo más alegres posible para dis­traerla de esos negros pensamientos.

Las verdaderas circunstancias de este patético episodio de una historia de familia eran que los Musgrove tuvieron la mala fortuna de echar al mundo un hijo cargante e inútil y la buena suerte de perderlo antes de que llegase a los veinte años; que lo mandaron al mar porque en tierra era la más estúpida e ingobernable de las criatu­ras; que su familia nunca se había preocupado mucho por él, aunque siempre más de lo que merecía; y que rara vez se supo de él y poco lo extrañaron, cuando dos años atrás llegó a Upper­cross la noticia de que había muerto en el extran­jero.

Aunque sus hermanas hacían por él todo lo que estaba a su alcance, llamándolo ahora “pobre Ricardo”, en realidad nunca había sido más que el muy mentecato, desnaturalizado e inaprovechable Ricardito Musgrove, que nunca, ni vivo ni muerto, hizo nada que le hiciese digno de más título que aquel diminutivo en su nombre.

Estuvo varios años navegando y en el curso de esos traslados a que todos los marinos medio­cres están sujetos, y en especial aquellos a quie­nes todos los capitanes desean quitarse de enci­ma, fue a dar por seis meses a la fragata Laconia del capitán Federico Wentworth. A bordo de la Laconia y a instancias de su capitán escribió las únicas dos cartas que sus padres recibieron de él durante toda su ausencia; es decir, las dos únicas cartas desinteresadas, pues todas las demás no habían sido más que simples pedidos de dinero.

En todas ellas habló bien de su capitán; pero sus padres estaban tan poco habituados a fijarse en tales cuestiones y les tenían tan sin cuidado los nombres de hombres o de barcos, que entonces apenas repararon en ello. El hecho de que la señora Musgrove hubiese tenido aquel día la súbi­ta inspiración de acordarse de la relación que guardaba con su hijo el nombre Wentworth pare­cía uno de esos extraordinarios chispazos de la mente que se dan de tarde en tarde.

Acudió a sus cartas y encontró confirmadas sus suposiciones. La nueva lectura de aquellas cartas después de tan largo tiempo desde que su hijo desapareciera para siempre y después que todas sus faltas hubieron sido olvidadas, la afectó sobremanera y la sumió en un gran desconsuelo que no había sentido ni cuando se enteró de su fallecimiento. El señor Musgrove también estaba afectado, aunque no tanto; y cuando llegaron a la quinta se hallaban en evidente disposición de que primero se escuchasen sus lamentaciones, y luego de recibir todos los consuelos que su alegre com­pañía pudiese suministrarles.

Fue una nueva prueba para los nervios de Ana tener que oírles hablar hasta por los codos del capitán Wentworth, repetir su nombre, rebus­car en sus memorias de los pasados años y por fin afirmar que debía ser, que probablemente se­ría, que era sin duda el mismo capitán Wentworth, aquel guapo joven que recordaban haber visto una o dos veces después de su regreso de Clifton, sin poder precisar si hacía de eso siete u ocho años. Pensó, sin embargo, que tendría que acos­tumbrarse. Puesto que el capitán iba a llegar a la comarca, le era preciso dominar su sensibilidad en lo tocante a este punto. Y no sólo parecía que lo esperaban y muy pronto, sino que los Musgrove, con su ardiente gratitud por la bondad con que había tratado al pobre Ricardito y con el gran respeto que sentían por su temple, evidenciado en el hecho de haber tenido seis meses al pobre muchacho Musgrove a su cuidado, quien hablaba de él con grandes aunque no muy bien ortografia­dos elogios, diciendo que era “un compañero muy vueno y muy brabo, sólo demasiado parecido al maestro de la ezcuela” , estaban decididos a pre­sentársele y a solicitar su amistad en cuanto supie­sen que había llegado.
 
Esta resolución contribuyó a consolarlos aque­lla tarde.

Continuará...

1 comentario:

Luciana dijo...

Persuasión es una novela que la primera vez que la leí no me llegó. Pero claro, una historia sobre segundas oportunidades en la vida cuando se tiene 20 años no parece tener importancia.
Cuando la releí, bastante después, puedo decir que me encantó, aunque Anne no sea mi chica Austen preferida.
Besos