martes, 2 de agosto de 2011

SÓLO QUEDAN ESTAS TRES Capítulo XI

La corriente del amor verdadero



Londres todavía estaba bastante vacía, pues la mayoría de sus habitantes de clase alta permanecían en los cotos de caza el mayor tiempo posible, hasta que el Parlamento y la temporada de eventos sociales reclamaban de nuevo su presencia en las frenéticas actividades de la ciudad. Mientras se tomaban una copa en Boodle's, el coronel Fitzwilliam le comentó a su primo que se había extendido ya la noticia de que Bonaparte no había podido conquistar Moscú, aunque a un terrible precio. Darcy sacudió la cabeza. ¡Qué se podía decir de la enorme desesperación que impulsaba a los hombres a quemar sus propias casas —una ciudad entera— en lugar de dejarlas en manos de aquel avaricioso monstruo!


—¿De qué estáis cuchicheando ahora, Darcy? ¡Por Dios, parecéis un par de viejas!


Darcy se dio media vuelta al oír la voz, pero no se detuvo a fijarse en el rostro de su dueño sino que saltó de la silla para darle una fuerte palmada en la espalda.


—¡Dy! ¡Dios mío! ¿Cuándo has vuelto? ¿Por qué no me escribiste?


Lord Dyfed Brougham levantó las manos perfectamente cuidadas en señal de protesta por semejante saludo y dio un paso atrás cuando Fitzwilliam también se levantó.


—¿Escribir? ¡Eso es demasiado fatigoso, viejo amigo! Y tú, Fitzwilliam, puedes estrechar mi mano, pero nada más. Sí, así está bien. —Brougham les dirigió una risita triunfal a los dos y luego acercó una silla y les hizo señas para que tomaran asiento—. ¿Escribir? No, no… creí que era mejor sorprenderte, lo cual he hecho con bastante facilidad, según parece. —Darcy se volvió a sentar, mientras las absurdas palabras de Dy confirmaban el personaje que quería representar.


—¿Y qué tal te ha ido en América, Brougham? —Fitzwilliam se sentó y estiró sus largas piernas—. No parece que te haya sentado muy bien. —Al mirar detenidamente a su amigo, Darcy vio que su primo tenía razón y cuanto más lo observaba, más alarmantes se volvían sus conclusiones. Dy estaba vestido con la elegancia de siempre, pero la ropa parecía quedarle extrañamente grande. A pesar de que nunca había tenido un rostro de anchas facciones, estaba muy demacrado y tenía las mejillas hundidas. Seguramente no le había ido bien al otro lado del mar.


—¡Te ruego que no menciones ese lugar en mi presencia! —Dy se puso la mano en la frente de forma dramática—. ¡No sé cómo pude haberme dejado convencer para ir! ¡El viaje fue brutal, Fitzwilliam, absolutamente brutal! Los nativos carecen totalmente de cultura y no tienen la más mínima sensibilidad. ¡Fue espantoso!


Richard dejó escapar un silbido al oír la descripción de Dy y luego preguntó:


—¿Y qué nativos eran ésos, Brougham? ¿Los algonquinos, los iroqueses…? —Miró a Darcy para pedir auxilio, pero su primo se limitó a encogerse de hombros.


—No, no, viejo amigo. —Dy lo miró como si Richard estuviera diciendo una locura—. ¡Los nativos de Boston y Nueva York! —Se sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se limpió las sienes—. ¡Horrible, sencillamente horrible!


Richard miró a Darcy y entornó los ojos. Luego se puso en pie.


—Bueno, te dejaré con mi primo, que será de más ayuda que yo en tu recuperación, estoy seguro. Fitz. —Dio media vuelta y se dirigió a Darcy—: Debo regresar al cuartel. Recuerda, su señoría el conde de Matlock y mi madre nos esperan a cenar esta noche, a las nueve en punto. —Le hizo una inclinación a Brougham—. Preferiría enfrentarme a los pieles rojas que llegar tarde a una cena de su señoría. Encantado de verte, Brougham. —Dy asintió y le dijo adiós con la mano.


Tanto Brougham como Darcy se quedaron callados, mirando cómo Fitzwilliam se abría paso hasta la puerta, en medio del bullicio de camareros y miembros del club.


Darcy se volvió hacia su amigo.


—¡Por Dios, Dy, tienes un aspecto horrible!


—¿Tan mal estoy? —preguntó Brougham, enderezándose en la silla, y luego llamó a un criado y pidió algo de beber—. No había querido aparecer en la ciudad hasta engordar un poco —dijo suspirando—, pero llevaba tanto tiempo ausente que el Ministerio del Interior temió que perdiera mi rango si tardaba más en volver. Así que aquí estoy. —Levantó los brazos—. ¡Parezco un espantapájaros!


—¿Qué ha sucedido? —Darcy se inclinó sobre la mesa.


—No puedo decírtelo, amigo mío. —Dy sonrió con tristeza—. Sólo puedo decir que ella logró evitarme.


—¿Y pudiste encontrar a Beverly Trenholme?


—Él jamás puso un pie en ese barco para el que tú le diste el billete. De hecho, nunca salió de Inglaterra. Alguien más pensó que ella era más útil que Trenholme.


—¡Sylvanie! Pero, nadie ha visto a Bev… ¡Por Dios, no querrás decir que…! —Dy asintió con la cabeza y los dos guardaron silencio. El murmullo de las conversaciones y las risas de los demás continuó con la misma intensidad. Un vaso se cayó al suelo en alguna parte y luego se oyó una discusión.


—Dime —preguntó Dy finalmente, rompiendo el silencio que se había instalado entre los dos—, ¿cómo está la señorita Darcy?


—Ella está bien —respondió Darcy con lentitud—. Bastante bien, en realidad, aunque echa de menos tu compañía. —Brougham volvió a esbozar una sonrisa tonta, pero muy distinta de la anterior porque era sincera. Darcy se recostó contra el respaldo y trató de adoptar una actitud de absoluto desinterés, antes de dar la noticia—. Durante tu ausencia hizo amistad con alguien que conoció.


La sonrisa de Dy se evaporó al instante.


—¿«Alguien que conoció», dices? —Pasó el dedo por el borde del vaso dos veces, y luego le dio un golpecito—. ¿Y puedo preguntar el nombre de esa persona?


 —Sí puedes y ya veo lo que estás pensando. No, no es eso a lo que me refiero. —Los hombros de su amigo se relajaron y la tensión de su mandíbula desapareció—. Su nueva amiga es Elizabeth Bennet.

—¡Elizabeth Bennet! —Dy miró fijamente a su amigo—. ¿Tu Elizabeth? ¿Y cómo demonios ha sucedido semejante cosa?


Manteniendo la misma actitud, Darcy le contó a Dy su encuentro casual en Pemberley en agosto. Brougham enarcó una ceja al oír la palabra «casual», pero no interrumpió a su amigo.


—Desgraciadamente, recibió una carta de su casa en la que le pedían que regresara a la mayor brevedad, de manera que Georgiana se vio privada de su compañía antes de lo esperado.


—Georgiana —repitió Dy con suspicacia—, ya veo. —Miró a Darcy con pesar—. Parece que la señorita Bennet no está ya tan predispuesta en tu contra como temías. ¡Qué pena que haya tenido que marcharse! ¿Y la has visto desde entonces, o has tenido noticias de ella?


Darcy asintió con la cabeza, arrellanándose en el sillón.


—Hace poco más de una semana fui a ver a mi amigo Bingley, ¿te acuerdas de Bingley, en el baile de los Melbourne? —Dy asintió—. Estuve de visita en Netherfield, la propiedad que está pensando en comprar en Hertfordshire. Fuimos a visitar a los Bennet el día después de mi llegada. Pero las cosas no salieron bien.


Dy le lanzó una mirada interrogante.


—¿Cómo que no salieron bien?


—Ella apenas me miró, casi no habló, aunque estuvimos juntos durante varias horas.


—¡Eso parece bastante extraño! —dijo Dy con actitud pensativa—. ¿Quieres decir que se negó a responderte cuando le dirigiste la palabra o que no quiso contestar a tu saludo?


—¡No, por supuesto que no! —Darcy se puso a la defensiva—. Ella estaba… no era ella misma y yo… —Darcy se miró las manos—. Yo no supe qué pensar ni qué decir.

—Ah, entonces ninguno de los dos le pudo decir mucho al otro —concluyó Dy—. Bueno, eso hace que resulte bastante difícil entablar una conversación o profundizar en una relación de cualquier tipo. Sin embargo, los dos tuvisteis menos dificultades cuando ella estuvo en Pemberley. ¿Se te ocurre alguna explicación?


Darcy miró a su amigo.


—Eres persistente, ¿verdad? —Dy se limitó a encogerse de hombros y sonreír—. Sí, hubo un problema familiar del que yo me enteré, quizá más de lo que debería haberse enterado un conocido lejano.

—¡La carta que recibió de su casa! —Dy dio un golpe en la mesa—. Sí, ahora todo encaja. ¡Ella se sentía avergonzada por lo que tú sabías de su familia! Una situación bastante incómoda para ella, después de haber criticado tu comportamiento con tanta severidad. —Se recostó contra el respaldo y, tras unos instantes, preguntó—: ¿De verdad le gustó a la señorita Darcy?

—Sí, así fue, en el poco tiempo que pasaron juntas. Georgiana expresó sus sinceros deseos de volverla a ver.

—Entonces —dijo Dy con suavidad—, ¿quieres un consejo, amigo mío? —Darcy lo pensó y después asintió con la cabeza—. Mi consejo es que tengas fe y esperes. Tu amigo está muy bien situado para que tengas razones suficientes para visitar el condado. Deja que el tiempo pase y vuélvelo a intentar cuando la tormenta se haya calmado un poco. Si ella merece la pena, también lo merecerá el tiempo y el esfuerzo que serán necesarios para conquistarla. Porque jamás he podido leer… —citó—. ¡Pero supongo que tú ya sabes eso! —Dy se levantó y miró a su amigo—. ¡Tengo que irme! Dale mis saludos a la señorita Darcy con tanto afecto como juzgues apropiado y dile que espero veros a los dos pronto. —Hizo una estrambótica reverencia y se dirigió al otro extremo del salón, donde se encontraban un grupo de caballeros jóvenes, conocidos por su ostentosa animación.


Cuando oyó que Dy preguntaba por una pelea de gallos, Darcy sacudió la cabeza y sonrió con pesar, al pensar en la vida que su amigo había elegido o, tal vez, que le había sido impuesta. Esperar había sido el consejo de Dy, esperar y tener esperanzas. Podía hacerlo, aunque le resultara doloroso.


Porque jamás he podido leer… Darcy trató de recordar las palabras de Shakespeare, mientras se levantaba para marcharse… en cuento o en historia, que se haya deslizado exenta de borrascas la corriente del amor verdadero. Acababa de recibir su sombrero y su bastón de manos de uno de los innumerables sirvientes de Boodle's, cuando otro se dirigió a él y le entregó una nota sobre una bandeja de plata.




**************




Darcy subió los escalones de Erewile House sin mirar casi el carruaje de su tía Catherine, que estaba estacionado en la calle. Ya era bastante singular que no hubiese escrito para comunicar su intención de hacer una visita, pero debía tratarse de algo urgente si había venido directamente hasta su casa. No podía imaginar cuál podía ser la razón de lady Catherine, excepto que estuviese relacionada con la salud de Anne. La puerta se abrió antes de que él llegara al último escalón y enseguida apareció Witcher, con una expresión bastante sombría, que recogió el sombrero y el bastón.


—¿Dónde está? —preguntó Darcy, quitándose los guantes y cruzando el vestíbulo.


—En el salón, señor. —Witcher le hizo una inclinación al tiempo que recogía los guantes—. Le ruego que me perdone, señor Darcy, pero ella insistió en que lo llamáramos.


—Y estoy seguro de que no le dio muchas opciones —le dijo el caballero a su mayordomo—. Ha hecho bien, Witcher. ¿Le han ofrecido algo de beber a lady Catherine?


—Sí, señor, pero no quiso nada. Tal vez ahora que usted está aquí…


—Traiga un poco de té, Witcher, si es usted tan amable. —Darcy subió las escaleras y se dirigió al salón. Fuese cual fuese el motivo de aquella aparición de su tía, estaba seguro de que pronto sabría más de lo que quería. ¡Ojalá no fueran malas noticias sobre su prima!


—¡Darcy! ¡Por fin has llegado! —Lady Catherine se había adueñado del salón. Estaba de pie, tan recta y rígida como el bastón con empuñadura de plata que tenía a su lado—. ¡Ven! —Le tendió la mano con urgencia. Darcy la tomó rápidamente y, ofreciéndole el apoyo de su brazo, la acompañó a sentarse.


 —¡Mi querida tía! —exclamó Darcy, al ver lo agotada que parecía y la manera en que se dejó caer sobre el diván—. ¿Qué sucede?

—Jamás, jamás en mi vida había estado sometida a la clase de maltrato e ingratitud que he experimentado hoy. ¡No sé hacia dónde va el mundo! —Su señoría pronunció aquellas palabras de manera enérgica—. ¡Nunca me había tomado tantas molestias sólo para ser insultada!


—¡Tía! —Darcy la miró con una mezcla de alivio y consternación. Si no se trataba de noticias sobre Anne, ¿qué habría podido impulsarla a emprender aquel viaje?


Lady Catherine le clavó la mirada.


—He decidido hacer este tremendo esfuerzo en tu nombre, sobrino. Sí —contestó ella al ver la expresión de sorpresa de Darcy—. ¡Y en nombre de toda la familia! Alguien debe ocuparse de estas cosas antes de que sea demasiado tarde, y como yo siempre estoy atenta a lo que exigen el honor y el decoro, la desagradable tarea ha recaído sobre mis hombros. Si toda la familia se une, tal vez todavía podamos evitar que esta perversa y escandalosa falsedad se extienda más.


Un golpe en la puerta interrumpió momentáneamente la asombrosa acusación de su tía. Cuando Darcy dio permiso, Witcher y un lacayo entraron en el salón con el té. Mientras lo servían, Darcy se levantó de su silla para escapar a la aguda mirada de su tía y tener oportunidad para pensar. ¿Una escandalosa falsedad? Al oír esas palabras, había pensado enseguida en Georgiana, pero luego su tía había dicho que había sido por su causa. ¿Podría tratarse de algo relacionado con los sucesos de Norwycke o lady Monmouth? Parecía poco probable, pero ¿qué otra cosa podía ser?


Después de terminar su tarea, los criados se retiraron y Darcy se volvió hacia su tía.


—No entiendo a qué se refiere. ¿Qué falsedad es ésa?


—¿Acaso no la has oído? —Una sonrisita se escapó de los labios fruncidos de lady Catherine, pero desapareció de inmediato—. Pero, claro, es demasiado increíble para que alguien sensato lo repita. —Lady Catherine miró a su sobrino con actitud de reproche—. Sin embargo, sobrino, debe ser enérgicamente rectificada, en especial por tu parte, y hay que demostrar que quien la difundió es un mentiroso.

Darcy empezó a perder la paciencia ante aquella extraña reticencia de su tía a hablar claro.


—Señora, si yo supiera qué es lo que ha despertado tanta inquietud en usted, tal vez pudiera tranquilizarla con más facilidad.


Lady Catherine abrió los ojos con desaprobación al oír el tono de Darcy, pero él pudo ver que no estaba intimidada. En lugar de eso, parecía a punto de sufrir un ataque.


—Esa joven… por la que me interesé tanto la primavera pasada… la amiga de la esposa de mi párroco…


—¿La señorita Elizabeth Bennet? —Darcy no dio crédito. ¡Por Dios! ¿Acaso se habían conocido sus gestiones a favor de Lydia Bennet?


—¡La misma! Ha mostrado ser totalmente indigna de la atención que recibió por mi parte. ¡Esa mujer ha difundido el rumor de que ella va a convertirse en la señora de Fitzwilliam Darcy! —Al decir esto último, lady Catherine golpeó el suelo con la punta de su bastón y se recostó contra el respaldo, con los ojos fijos en su sobrino.


El impacto que le causaron las palabras de su tía no podía excusar, de ninguna manera, la necesidad de mantener el control, pero el corazón comenzó a latirle como loco y sentía que la sangre corría desbocada por sus venas.


—Ya veo —logró responder en un tono neutro y rápidamente se dio media vuelta para dirigirse al diván que estaba enfrente del que ocupaba su tía, al otro lado de la mesita, y se sentó.


—¿De verdad lo entiendes, Darcy? El cuento ya se ha difundido por Hertfordshire y ha llegado a mis oídos en Kent, no hace más de tres días. He decidido tomar medidas de inmediato, claro, y he hecho lo que se podía hacer.


¿Qué había hecho su tía? Elizabeth… ¡Oh, Darcy necesitaba saberlo! Sin embargo, si quería obtener de ella toda la información que necesitaba sobre este asunto, debía ocultar sus propias emociones y aprovecharse de los prejuicios de lady Catherine con sumo cuidado.

—Lo que veo —le explicó a su tía— es que está bastante contrariada por algo que le contaron sobre la señorita Elizabeth Bennet. ¿De dónde ha salido esa historia? ¿Es fiable la fuente?


Su tía pareció relajar la tensión con que tenía agarrado el bastón y lo dejó a un lado.


—En los dos casos, proviene de la fuente más fidedigna. Mi pastor, el señor Collins, lo mencionó, y además de ser mi párroco, está emparentado con esa mujer. Y por si fuera poco, ella es la amiga íntima de su esposa. No puede haber ningún malentendido, sobrino.


—Tal vez —dijo Darcy lentamente, mientras se inclinaba sobre la mesita, para tomar de una taza de té que le sirviera de escudo. ¿Entonces lo había sabido a través de Collins? En realidad, debía de haber sido a través de su esposa. ¿Una carta de Elizabeth? ¿O una comunicación de la familia Lucas?—. ¿Y de que forma le llegó esa información?


—¿De qué forma? ¡Lo oí de los labios del propio Collins, Darcy! —exclamó lady Catherine con tono de protesta, al ver que Darcy enarcaba una ceja, pero luego se suavizó—. Una carta de la familia de su mujer, evidentemente, en la cual le contaban la noticia del compromiso de la hija mayor de los Bennet con tu amigo. —Lady Catherine levantó la voz—. Y se supone que pronto seguirá tu boda con la siguiente hija. ¡No podemos tolerar ese pernicioso chismorreo! —Lady Catherine volvió a golpear el suelo con el bastón, que había vuelto a agarrar con vehemencia.


Darcy negó con la cabeza.


—Mi querida tía, a lo largo de los años mi nombre se ha visto unido al de innumerables jovencitas. Todo rumores. Puro cuento. ¿Por qué debería preocuparse por este último?


—Porque —replicó ella— tú… o mejor, ella… —Lady Catherine cerró la boca y durante un momento se limitó a mirar fijamente a Darcy. Él le devolvió la mirada con toda la inocencia que pudo reunir, pero la verdad es que era esencial oír la respuesta de la anciana dama. Tenía que haber algo más que un simple chisme para que su señoría se alterara de esa forma.


—Por favor, continúe, señora.


—¡Ah! —estalló ella—. ¡Si hubieses permitido que tu compromiso con tu prima se hiciera público, esto no habría ocurrido! Para empezar, la muchacha no se habría atrevido a pensar que podía ser posible o, a falta de eso, yo habría obtenido su promesa…


—¡Su promesa! —Darcy se puso en pie como si hubiera sido impulsado por un resorte—. ¿Qué ha hecho? ¿Acaso se ha comunicado con la señorita Elizabeth Bennet?


—No creas, Darcy, que una carta es suficiente para poner fin a asuntos como éste. Me enfrenté a ella personalmente con su…


Darcy se quedó helado.


—¿Cuándo? —preguntó—. ¿Cuándo ha hablado con ella? ¿Qué le dijo?


—Esta mañana, señor, y fui recibida con obscena impertinencia y una ingratitud tal que espero no volver a ver nunca nada semejante.

Darcy se dirigió lentamente hasta la ventana, intentando sobreponerse al horror que le habían causado las palabras de lady Catherine. Pero aquel sentimiento dio paso de inmediato a un torrente de indignación por sí mismo, pero aún más por Elizabeth. Cuando volvió a mirar otra vez a su tía, sus emociones se habían fundido en una furia que no podía ocultar.

—¿Me está diciendo —comenzó en un tono preciso y exigente— que ha ido a Hertfordshire para acusar a la señorita Elizabeth Bennet de ese rumor y exigirle algún tipo de promesa? ¡Por Dios, señora! ¿Con qué propósito y con qué derecho interfiere en un asunto que sólo a mí me corresponde resolver?


Los ojos de lady Catherine brillaron con una luz marcial. Se enderezó y, agarrando su bastón, volvió a golpear el suelo.


—¡Por el derecho que me concede el hecho de ser tu pariente más cercana y pensando sólo en tus intereses! —Lady Catherine se levantó y se dirigió a Darcy con mordacidad—. ¡Sí, por tu bien! ¡Ay, yo capté tu debilidad cuando ella estuvo en Rosings durante la primavera, pero no podía creer que estuvieras tan dominado por las artes y los encantos de esa muchacha —¡y bajo mi propio techo!—, como para permitir ningún tipo de presunción! Si hubiera puesto este asunto en tus manos, ¿qué habría sucedido? Si ella no se conmueve con los argumentos del deber, el honor y la gratitud, ¿cómo se la puede convencer sino con la verdad de lo que le esperaría a semejante presunción? ¡Y yo estoy en todo mi derecho de decírselo! ¡Ella no debe atentar contra el deber que tienes con tu familia, ni puede interponerse en la felicidad de mi hija!

Darcy rodeó la mesa y le devolvió la mirada con toda la rabia que habían generado las palabras y las acciones de su tía.


—Se ha extralimitado, señora. No puede haber excusa suficiente para perdonar su intromisión en un asunto tan personal como el que describe, o para importunar a alguien tan absolutamente ajeno a usted, pero que, sin embargo, está sometido a sus caprichos por la superioridad de su rango.

—¡Si hubiese recurrido a ti, sólo lo habrías negado! Entonces, ¿dónde estaríamos? Ella, al menos, no negó…


—¿Negar qué? —Darcy sintió el impulso de sacudir a la mujer que tenía delante, aunque se tratase de su tía—. ¿Cómo quedaron las cosas entre ustedes?


—¡Ella no quiso prometerme nada! Aunque le hice un recuento de todas las desventajas que resultarían de semejante matrimonio, ¡no quiso oír nada! Se negó a prometer que no aceptaría un compromiso si le fuera ofrecido. ¡Criatura tozuda y obstinada! ¡Así se lo dije! ¡Ella está decidida a arruinarte! ¡Está determinada a convertirte en el hazmerreír de todo el mundo!


Algo parecido a la esperanza penetró a través del hielo que había rodeado el corazón de Darcy. ¡Ella se había negado a prometer! ¡Había sufrido la mayor invasión de su privacidad y un escandaloso enjuiciamiento de su carácter, y sin embargo se había negado a prometer! Elizabeth… Una sensación de calidez brotó dentro de su pecho y sintió deseos de alimentarla. Si alguna vez pudiera llegar a convertirse en algo más, tenía que allanar primero el camino, una tarea que debía comenzar inmediatamente.


—Su señoría —Darcy dio un paso atrás y se inclinó—, debo ser claro con usted. Nunca podré aprobar o excusar sus acciones con respecto a la señorita Elizabeth Bennet. Sin embargo, tal vez ha sido error mío.


—¡Hummm! —resopló su tía, cuyo rostro se iluminó con un aire de triunfo—. ¡Que yo tenga que recordarle al hijo de George Darcy su deber para con él mismo y con su familia!


—No, señora, mi error reside en algo totalmente distinto. La idea de un compromiso matrimonial entre Anne y yo es algo que ninguno de los dos desea y nunca hemos deseado. —Su señoría intentó abrir la boca en señal de protesta, pero Darcy la interrumpió—: Debí aclarar este asunto hace años, pero en lugar de eso tomé el camino más fácil de guardar silencio ante sus insinuaciones y manipulaciones, con la esperanza de que usted misma llegara a ver la imposibilidad de semejante unión. Debo rogarle humildemente que me perdone por lo que ahora veo que fue no sólo una cobardía sino una crueldad.


—Darcy, tú no puedes… Anne espera…


—Mi prima no espera casarse conmigo. Hemos hablado sobre este asunto y estamos de acuerdo. Mi crueldad reside en el hecho de permitir que usted siguiera albergando una ilusión imposible, en lugar de ser claro con respecto a la verdad de nuestra situación. Le ruego que me perdone por eso, señora. —Darcy volvió a inclinarse.


Por una vez en la vida, su tía se quedó sin palabras. Contrajo la cara por el esfuerzo que tuvo que hacer para asimilar lo que acababa de oír. Dio media vuelta, se puso de espaldas, y luego volvió a su postura original. Finalmente, con gran esfuerzo, hizo a un lado su decepción y atacó desde otro flanco.


—Aunque así sea, sobrino, ¡tú nunca le podrás imponer esa… esa… mujer a tu familia! ¡No puedes pretender hacerlo en contra de todos nuestros deseos y expectativas!


—¡Señora! —le advirtió Darcy.


—¡Semejante alianza va en contra de todos los intereses! ¡Ella no será bien recibida, no lo dudes! ¿Quién es su familia? No tienen ninguna influencia o posición, excepto por el hecho de ser el tema del escándalo más abominable. La hija más joven —¡seguramente lo habrás sabido!— huyó a Londres con un oficial. ¡Un matrimonio arreglado y vergonzoso!


—¡Señora, basta ya! —rugió Darcy, y por un momento su tía se estremeció.


Buscó apresuradamente su chal y su sombrero. Aferrándose a ellos, se volvió hacia él con una rabia que él nunca había visto.


—¡No me quedaré callada! Soy tu pariente más próxima y debo actuar en representación de tus padres. ¡Por su bien y por el tuyo, te digo que contraer matrimonio con esa mujer sería una desgracia! —Darcy se quedó mirándola en impasible silencio—. ¡Si persistes en esta locura —lo amenazó—, las puertas de Rosings quedarán cerradas para ti, tu nombre nunca volverá a ser pronunciado en mi presencia y te repudiaré!


—Que así sea, señora; como usted quiera. —Darcy le hizo nuevamente una reverencia y avanzó hacia la puerta—. ¡El carruaje de lady Catherine! —gritó y, dando media vuelta, le sostuvo la puerta abierta—. Su señoría.


—¡No creas que yo seré la única que rechazará semejante unión! —siguió diciendo lady Catherine, mientras pasaba delante de él y comenzaba a bajar las escaleras—. ¡Le escribiré de inmediato a tu tío, lord Matlock! Él te hará entrar en razón. Te hará saber…


Sólo cuando la puerta se cerró detrás de ella, Darcy pudo soltar la respiración que había contenido por la rabia que le producían los innumerables insultos de su tía. Se dirigió a la ventana y la vio salir a la calle como una tromba. Después de que el ligero carruaje se balanceara por la fuerza de su furia, el cochero arrancó rápidamente y arreó a los caballos para que apresuraran el paso. Ojalá desapareciera a toda prisa, pensó Darcy, mientras tomaba la botella de brandy y se servía un poco. ¡Por Dios! ¡Nunca había estado tan cerca de…! Tomó el vaso y le dio un sorbo. Luego lo dejó sobre una mesa y se acercó a la puerta, pero regresó enseguida. ¡Esa insoportable mujer! Bebió otro sorbo. ¡Qué había hecho! De pie en medio del salón, con la respiración entrecortada, Darcy se pasó una mano por el pelo. ¡Elizabeth asediada de semejante forma! Sacudió la cabeza. ¿Qué podría haber oído su tía que la hiciera ir de inmediato a Hertfordshire? ¿Un simple rumor? No, decidió Darcy. Tenía que haber algo más. Contuvo el aliento, tratando de calmarse para pensar de manera racional. ¿Qué había hecho su tía? ¿Cuál había sido el resultado final de su absurda pretensión?

Se sentó en el diván y examinó los hechos de aquella terrible entrevista. Elizabeth se había negado a prometer que no lo aceptaría. Eso era lo que había enfurecido tanto a su tía. ¿Podría él atreverse, entonces, a creer lo contrario? ¿Lo aceptaría Elizabeth? La actitud de la muchacha durante su última visita nunca lo habría inclinado a creer que podría aceptarlo. Pero, entonces, ¿por qué no lo había dicho y se había ahorrado todos esos insultos? ¿Qué la había impulsado a rechazar cada exigencia de lady Catherine: su corazón o su rabia? ¿Y cómo iba a saberlo él, si no regresaba a Hertfordshire?


—¡Witcher! —gritó escaleras abajo—. ¡Witcher!

—¿Señor? —El viejo mayordomo apareció con una expresión angustiada, a causa de los últimos acontecimientos que habían tenido lugar entre las paredes de la, por lo general, tranquila Erewile House.


—Ordene que preparen mi carruaje y dígale a Fletcher que haga el equipaje. ¡Quiero partir por la mañana!


—¡Sí, señor! —respondió el mayordomo y echó a correr escaleras abajo, tan rápido como se lo permitían sus viejas piernas, con el fin de transmitirle a la servidumbre, que ya estaba bastante escandalizada, las extraordinarias órdenes de su amo.




************


Ten fe y espera había sido el consejo de Dy. Mientras Darcy miraba por la ventanilla del landó el paisaje de Hertfordshire a la luz del atardecer, se podía imaginar la escena con facilidad. Él sabía bien lo autoritaria y antipática que podía ser su tía Catherine con el más mínimo detalle; pero este caso había despertado toda su vehemencia. Debía de haber sido terrible para Elizabeth ser el objeto de su furia, y, sin embargo, había resistido y se había negado a someterse a unas exigencias que habrían sido muy fáciles de aceptar si ella hubiese decidido que no quería tener nada que ver con él. Por enésima vez desde el día anterior, se preguntó qué pensaría Elizabeth y si estaría cometiendo la peor locura de su vida al regresar a Hertfordshire.


En menos tiempo de lo que esperaba debido a la ansiedad, el carruaje enfiló el sendero de Netherfield, y Darcy divisó la casa. No había enviado una carta anunciando su vuelta, y Bingley no sabía cuándo regresaría su amigo. Él había querido mantener las cosas así, en caso de que decidiera no volver. Era posible que Charles no estuviera en casa. Pero cuando el vehículo comenzó a acercarse, la puerta se abrió y Bingley apareció en la entrada, con una expresión de auténtica felicidad.



—¡Darcy! ¡Darcy! —exclamó, al bajar los escalones para darle la bienvenida—. ¡Esto es extraordinario! —Tan pronto como descendió del coche, estrechó la mano de su amigo.


—Charles —comenzó a decir Darcy—, por favor, perdóname por no avisarte…


—¡Pamplinas! —contestó Bingley—. Estoy muy contento de que estés aquí. Estaba a punto de enloquecer sin tener a nadie con quien compartir mi buena suerte. Vamos, entra. ¡Tengo tantas cosas que contarte! —Bingley ordenó que les trajeran algo de beber, mientras conducía a Darcy a la biblioteca y le rogaba que tomara asiento.


—¡Pero, Charles, estoy cubierto de polvo! —protestó Darcy, señalando su ropa.

—¡Al diablo con el polvo, Darcy! —se rió Bingley. Un criado llamó y entró con una bandeja, pero casi antes de que se cerrara la puerta, Bingley estalló—: ¡Estoy comprometido! ¡Comprometido con el ángel más adorable del mundo! Mi hermosa Jane ha aceptado y su padre estuvo de acuerdo. ¡Nos vamos a casar, Darcy, nos vamos a casar! —Volvió a soltar otra carcajada—. ¿Puedes creerlo? Porque yo no puedo. ¡Es demasiado maravilloso!


—¡Claro que sí, Charles! —Darcy le puso las manos sobre los hombros—. No puedo pensar en otro hombre que se merezca más esa felicidad, de verdad que no puedo. ¿Acaso pensaste que podría rechazarte? ¡Qué absurdo! Te deseo mucha felicidad, amigo mío, a ti y a tu futura esposa. —Al oír estas palabras, a Bingley se le humedecieron los ojos. Darcy le dio una enérgica palmada en los hombros y dio media vuelta.


—Gracias, Darcy. —Bingley carraspeó—. Gracias. Ahora, ¿en qué puedo servirte?


—No sabría decirte, excepto que espero que me permitas quedarme. Puede ser sólo un día, tal vez más; todavía no lo sé.


Bingley lo miró con curiosidad.


—Mi casa está a tu disposición, ya lo sabes. Pero ¿no puedes decirme nada más?


—Desgraciadamente, no —respondió Darcy—. Es un asunto personal. Tal vez sea una locura, no lo sé. Pero —siguió diciendo con una sonrisa— no es nada que deba alterar tu felicidad, sea cual sea el resultado. Lo único que te pido es que me permitas acompañarte la próxima vez que visites a tu prometida en su casa.


—Por supuesto —contestó Bingley—. Voy a visitarla mañana. Como Jane y yo estamos comprometidos, no hay ningún momento en que no sea bienvenido. Podemos ir tan temprano o tan tarde como quieras. —Bingley siguió mirándolo con curiosidad.

—¿Qué dices de una partida de billar antes de la cena? —Darcy propuso una distracción que siempre había funcionado con su primo.

—¡Claro! —Bingley apretó los labios—. ¿Apostamos a quién ganará?



**************




Al día siguiente temprano, Darcy y Bingley salieron rumbo a Longbourn, impulsados por una fresca brisa otoñal. Las hojas estaban comenzando a ponerse amarillas y ocres y los árboles multicolores enmarcaban los campos cultivados y los pastos dorados. Aunque Bingley había puesto a Darcy al día a propósito de todos los sucesos que habían ocurrido desde su marcha, dos semanas antes, todavía parecía haber algunos detalles que había que atender; así que el viaje estuvo acompañado por el desbordante entusiasmo de Bingley hacia sus futuros parientes políticos. Lejos de aburrirse, Darcy escuchó con atención, pendiente de cualquier información que pudiera darle alguna idea sobre el carácter de la familia Bennet en general y de Elizabeth en particular. Según sus descripciones, parecía que todos se encontraban en un estado de excitación y buen ánimo por la futura boda. Sobre Elizabeth, Darcy sólo supo que era muy buena con su hermana y que con frecuencia se había llevado a su madre a hacer alguna cosa, con el fin de permitirle a Bingley unos preciosos momentos de soledad con su futura esposa.


Su llegada fue recibida con toda la felicidad que Bingley había descrito, aunque Darcy fue objeto de varias miradas de curiosidad. Bastante temeroso acerca de lo que podría traer ese día, apenas pudo mirar a Elizabeth. Después de desmontar y presentar sus respetos, Bingley sugirió enseguida que, con ese día tan hermoso, todos deberían salir a dar un paseo. Su propuesta fue rápidamente aceptada y, mientras Jane, Elizabeth y Kitty subían a buscar sus sombreros y abrigos, la señora Bennet tomó a su futuro yerno del brazo y le dijo con un tono autoritario que los caminos de Longbourn eran los más hermosos de la región, aunque tenía que confesar que ella no tenía costumbre de caminar mucho.


Mientras Bingley estaba ocupado con la señora Bennet, Darcy se alejó y observó el jardín. La mayor parte de las plantas habían sido arrancadas y la tierra había sido removida, pero algunas flores temerarias todavía mecían sus pétalos multicolores en medio de la brisa. El caballero aspiró el olor a humedad y lo retuvo por un momento, intentando calmar la agitación de su corazón. De nuevo el tiempo parecía introducirse de cabeza en el futuro, su futuro, consumiendo y descartando el precioso presente de la forma más inclemente. Ansiaba que Elizabeth apareciera, pero al mismo tiempo deseaba ardientemente que se retrasara, al menos hasta que él pudiera conseguir aquietar, aunque sólo fuese momentáneamente, su corazón.


Un ruido procedente de la puerta le informó de que las jóvenes estaban listas. Se dio la vuelta para ver cómo Bingley le ofrecía la mano a Jane. Elizabeth salió de la casa con paso ligero y la luz del sol proyectó luces y sombras sobre su chaquetilla color cobre. No había nada elegante en su apariencia. Iba vestida para dar un paseo. Sin embargo, su actitud en conjunto despertó la admiración de Darcy.


Bingley tomó la mano de su Jane para ponerse en marcha, Elizabeth se dio la vuelta con una sonrisa y luego —¡oh, Darcy se quedó sin respiración!— levantó los ojos para mirarlo a él. No necesitó obligar a su cuerpo a moverse para colocarse junto a la muchacha, ya que, de repente, se encontró a su lado, avanzando por el sendero, detrás de Bingley y Jane, mientras que la hermana menor se quedaba ligeramente rezagada. Después de una breve discusión sobre la ruta que tomarían, en la cual Darcy no participó ni se interesó, decidieron dirigirse hacia la casa de los Lucas, donde Kitty se quedaría para visitar a la señorita Maria Lucas. El arreglo no podía ser más favorable. Sólo quedaba poner un poco de distancia entre ellos y los recién comprometidos, y Darcy no tendría excusa —nada, salvo sus propios temores— que le impidiera conocer su destino.


El grupo avanzó por el camino entre campos cultivados y luego atravesó un pequeño bosque. Antes de lo que esperaba, Bingley y Jane se quedaron rezagados, pues a medida que la intimidad que les ofrecía el paisaje aumentaba, la pareja caminaba cada vez más despacio.



—El señor Bingley ha elegido un hermoso día para caminar —dijo Elizabeth—, aunque no creo que se dé cuenta de por dónde va.


—Sí, es un hermoso día. —Darcy miró hacia atrás—. Y creo que tiene razón sobre Bingley. ¿Igual que su hermana, tal vez?


—Es muy probable. —Siguieron caminando sobre las hojas secas que crujían bajo sus pies y el silencio se instaló de nuevo entre ellos. Pasaron varios minutos antes de que Darcy le preguntara si aquél era su paseo favorito.


—Sólo cuando Charlotte está en casa, porque allí… ¿lo ve usted? —Elizabeth señaló una bifurcación del camino rodeada de árboles—. Ese es el camino hacia la casa de los Lucas. Supongo que podría recorrerlo con los ojos cerrados. —El caballero asintió con la cabeza, sí, veía el cruce del camino. En ese momento, Kitty pasó rápidamente junto a ellos.


—¿Me puedo ir ya, Elizabeth? —preguntó, evitando mirar a Darcy. Él pudo notar que lo que ella más deseaba era alejarse de su pesada compañía.


—Sí, puedes irte, pero vuelve antes del atardecer y no le pidas a sir William que te traiga en coche —le advirtió Elizabeth a su hermana menor.


Entornando los ojos, Kitty los abandonó y se apresuró a tomar el camino hacia la casa de su amiga. Darcy miró hacia atrás, pero no vio a Bingley y a Jane. Estaban solos. Esperó hasta ver qué dirección tomaría Elizabeth. Con una rápida mirada, ella pasó delante y siguió por el camino. Él la siguió. Tenía que hacerlo ahora, se dijo para sus adentros.


La alcanzó y estaba a punto de agarrarla del brazo para detenerla, cuando ella disminuyó el paso por voluntad propia y levantó los ojos para mirarlo, con expresión ansiosa.


—Señor Darcy, soy una criatura muy egoísta —comenzó a decir— y con tal de aliviar mis propios sentimientos, poco me importa cuánto esté hiriendo los suyos. —Sorprendido por semejante introducción, Darcy se detuvo y la miró con consternación—. Pero ya no puedo pasar más tiempo sin darle a usted las gracias por su bondad con mi pobre hermana —se apresuró a decir Elizabeth, aunque apenas podía mirarlo a los ojos—. Desde que lo supe, he estado ansiando manifestarle mi gratitud. Si mi familia lo supiera, ellos también lo habrían hecho.


¡Elizabeth lo sabía! El corazón de Darcy se convirtió en un nudo de hielo al oír aquella revelación que trastocaba todo y tal vez anulaba para siempre toda posibilidad entre ellos. Ahora le resultaba bastante clara la razón de su comportamiento durante su última visita.


—Lamento muchísimo —logró contestar Darcy— que haya sido usted informada de una cosa que, mal interpretada, podía haberle causado alguna inquietud. —Miró hacia delante y soltó un suspiro de resignación, antes de añadir—: No creí que la señora Gardiner fuese tan poco reservada.


—No debe culpar a mi tía —replicó Elizabeth con tono de súplica—. Una indiscreción de Lydia fue la que me reveló su intervención en el asunto; y, como es natural —confesó—, no descansé hasta que supe todos los detalles. —Respiró hondo—. Déjeme que le agradezca una y mil veces, en nombre de toda mi familia, el generoso interés que lo llevó a tomarse tantas molestias y a sufrir tantas mortificaciones para dar con el paradero de los dos fugitivos.

Con el corazón libre de los temores iniciales, Darcy escuchó cómo Elizabeth describía sus actos en los términos más benevolentes. No lo culpaba por interferir. Estaba agradecida, eso era evidente. Pero la simple gratitud podía ser devastadora para sus esperanzas. Darcy quería más que la gratitud de Elizabeth, o una alianza fundada en semejante desigualdad. Él quería su corazón, que ella se lo entregara total y libremente, o no quería nada.

—Si quiere darme las gracias, hágalo sólo en su nombre —le respondió Darcy con firmeza—. No negaré que el deseo de tranquilizarla se sumó a las otras razones que me impulsaron a actuar. Pero su familia no me debe nada. Siento un gran respeto por ellos, pero no pensé más que en usted. —Darcy esperó un momento, en medio de la ansiedad y el temor de que ella entendiera lo que quería decir, pero Elizabeth guardó silencio.

El rubor que Darcy alcanzaba a ver era inconfundible. Luego, algo en su interior se movió con una emoción tan poderosa que tenía que saberlo todo… allí… ahora.


—Tiene usted un espíritu demasiado generoso para burlarse de mí —comenzó a decir, al poner su futuro en las manos de Elizabeth—. Si sus sentimientos son aún los mismos que el pasado mes de abril, dígamelo sin rodeos. Mi cariño y mis deseos no han cambiado; pero con una sola palabra suya, no volveré a insistir más.

—Señor Darcy —dijo ella con voz entrecortada, levantando la cabeza para mirarlo—. Por favor… mis sentimientos… —Elizabeth parecía estar luchando por respirar, pero el brillo de sus ojos mostraba que no corría peligro alguno—. Mis sentimientos han sufrido un cambio tan radical desde aquel desdichado día de la primavera pasada que el hecho de oír que los suyos continúan siendo los mismos sólo me puede producir gratitud y el más profundo de los placeres.


—Elizabeth. —Darcy susurró su nombre por temor a que se rompiera el encanto que sabía que lo rodeaba—. Elizabeth —repitió, agarrando sus manos, mientras se deleitaba con la dulce sonrisa y los ojos brillantes de la muchacha. Darcy se llevó las manos de Elizabeth a los labios y las besó con ternura, para ponerlas luego sobre su corazón, mientras le decía, por fin, todo lo que guardaba en su pecho sobre su profundo amor, su gratitud y las esperanzas que tenía para el futuro.


El caballero no supo cómo ocurrió, tenía el corazón demasiado pletórico, pero de repente comenzaron a caminar, sin que él supiera hacia dónde. Había tanto que sentir, tanto que decir, tanta felicidad que imploraba salir a la luz. Darcy le contó la visita de su tía, y su doloroso enfrentamiento con ella y, sin embargo, cómo le había permitido concebir una esperanza. Habló sobre sus esfuerzos para corregir su manera de ser y cómo se había propuesto demostrarle en Pemberley que los reproches acerca de su carácter habían sido subsanados. Elizabeth expresó su sorpresa al conocer la seriedad con que Darcy había tomado sus duras palabras y se sonrojó al recordarlas. El caballero abjuró de su carta, aunque ella la recordaba con cariño y le aconsejó no pensar en el pasado más que para recordar lo placentero.


—No puedo atribuirte esa clase de filosofía —respondió Darcy, besando otra vez la mano de Elizabeth—. Tus recuerdos deben de estar tan limpios de todo reproche, de forma que la satisfacción que te producen no procede de ninguna filosofía sino de algo mejor: de la tranquilidad de conciencia. —Darcy metió la mano de Elizabeth bajo su brazo—. Pero conmigo es distinto. Me asaltan recuerdos penosos que no pueden ni deben ser ahuyentados. —Se detuvo y, acariciándole la mejilla, suspiró—. Toda mi vida he sido un egoísta en la práctica, aunque no en los principios. De niño me enseñaron lo que era correcto, pero no a corregir mi temperamento. Me inculcaron buenos valores, pero dejaron que los siguiese cargado de orgullo y presunción. Me permitieron, me consintieron y casi me enseñaron a ser egoísta y arrogante, a pensar tan sólo en mi círculo familiar y a despreciar al resto del mundo o, por lo menos, a creer que la inteligencia y los méritos de los demás eran muy inferiores a los míos.



Darcy bajó el brazo y volvió a tomar las manos de Elizabeth entre las suyas, mirándola a los ojos y hablándole con toda el alma.

—Así fui desde los ocho hasta los veintiocho años, y así continuaría siendo de no haber sido por ti, mi adorada Elizabeth. ¡Te lo debo todo! Me diste una lección que resultó muy dura al principio, es cierto, pero también muy provechosa. Me humillaste como convenía. Me dirigí a ti sin dudar de que me aceptarías, pero tú me hiciste ver lo insuficientes que eran mis pretensiones para halagar a una mujer digna de ser halagada.


Caminaron varias millas. Elizabeth le contó la inquietud que había sentido cuando él la había descubierto en Pemberley, pero él le aseguró que su único propósito había sido lograr que ella lo perdonara. Darcy le hizo partícipe, a su vez, de lo complacida que estaba Georgiana por haberla conocido, y lo decepcionada que se había sentido por la súbita interrupción de su amistad, y le explicó que el aspecto serio y pensativo que tenía cuando se despidieron en la posada de Lambton se debía a que ya estaba planeando la manera de rescatar a su hermana. Elizabeth le volvió a dar las gracias, pero ninguno de los dos quiso hablar más sobre ese doloroso asunto.


—¿Qué habrá sido de Bingley y de Jane? —Elizabeth miró el reloj y luego hacia atrás, hacia el camino—. ¡Deberíamos regresar ya, pero no los veo! —Luego dieron media vuelta y Darcy le tomó la mano para colocarla en su brazo—. Tengo que preguntarte —dijo Elizabeth, dirigiéndose a Darcy— si te sorprendió enterarte de su compromiso.


—De ningún modo. Al marcharme, comprendí que la cosa era inminente.


—Es decir, que le diste tu permiso. Ya lo sospechaba.


—¡Mi permiso! —exclamó Darcy—. ¡No, no, eso sería una pretensión demasiado elevada, a la cual nunca me atrevería a llegar, mi querida niña! ¡Espero haber aprendido la lección! —Elizabeth sonrió. Darcy le contó que le había confesado todo a Bingley la noche antes de salir para Londres, y lo equivocado que había estado acerca de lo que había ocurrido el pasado otoño—. Le dije que podía ver con facilidad el afecto que él sentía por ella y que estaba convencido de que ella lo amaba. Luego tuve que confesarle que había sabido que tu hermana había estado en la ciudad durante el invierno y que había conspirado para que no fuera informado. Se enfadó mucho. Pero estoy seguro de que se le pasó al convencerse de que tu hermana le amaba todavía. Ya me ha perdonado de todo corazón.


Siguieron caminando, y aunque en el pasado Darcy siempre se quedaba callado cuando estaba en presencia de Elizabeth, eso había terminado porque ahora sabía que ella comprendía todas sus opiniones y los planes que tenía para el futuro. Continuaron así hasta llegar a la casa y sólo se separaron antes de entrar en el comedor de Longbourn.



 
Continuará...
 


8 comentarios:

Lady Jane dijo...

Wow, ¡qué hermoso capitulo! Es simplemente precioso y romántico. Me ha fascinado. La honestidad de Darcy realmente cala fondo. Es magnífico que le diga a su amada que gracias a ella su vida cambió de un modo correcto. "¡Te lo debo todo!"...

Te agradezco, querida, que compartas esta saga con nosotras, la cual hace posible introducirnos en los pensamientos del caballero perfecto y eterno que es Darcy.

Espero con ansias el capítulo siguiente.

¡Un abrazote inmenso!

Citu dijo...

Uy amo esta historia te mando un abrazo y cuídate nena

Ricardo Miñana dijo...

Muy bonito el relato, gracias por compartir, escribes muy bien.
que tengas una feliz semana.
un abrazo.

Eliane dijo...

Un gran abrazo para ti!
Besotes

anne wentworth dijo...

Lady Darcy:
hola quiero mencionar que tu blog ha sido el primero que segui, y aunque no he sido muy constante en cuanto a comentarios, siempre paso a leerte; y me da gusto saber que sigues compartiendo esta trilogia con todos nosotros, asi que hoy en especial quiero invitarte pues abri mi blog (en realidad soy anabl, espero me recuerdes), y quiero compartirlo contigo, esperando aceptes pasar a visitarme. http://musicaparaanne.blogspot.com/
ademas de esperar te encuentres de maravilla, un abrazo!

Lady Jane dijo...

Querida, tienes un premio en mi blog.

Stars Seeker A.k dijo...

Querida amiga!
Cuánto tiempo sin venir a visitarte, ya te extrañaba :'(
Tanto tiempo me he perdido que has llegado a otro final de estas maravillosas historias TT_TT buaaa, tengo más por ponerme al corriente jeje. No leeré este post porque me arruino las sorpresas :P
Hace rato acabo de terminar de ver Emma (en estos mínimos tiempos libres que me quedan ahora :( ) y me he acordado de tí... Y aquí estoy! jeje Y pues, vengo a dejarte una visita, un comentario y un graaaaaan abrazo!!
Espero que estés bien en todos los aspectos, muy feliz y muy saludable ;)

En fin, también vengo a decirte je, que empiezo de nuevo woo, me moveré de blog (con la misma cuenta) ya que he decidido empezar de cero, siento que mi pobre blog ya está muy salado en cuanto a retornos, siempre digo que vuelvo y no lo hago TT_TT Esta vez va en serio, si no que me parta una rayo! (D: porfavor no >_< jajaja)

Wosh, he escrito mucho o.o pero bueno, que estés bien!! :D Aquí hay alguien que te extraña, las historias que compartes con nosotros y también esas hermosas palabras que nos dejas :D

Annie :D

Eileen dijo...

Yo tambien lo diré: ADORO ESTA HISTORIA!!! Espero algún día crear una tan bella y llena de fuerza como esta.

Lo leí una vez, otra, y otra, y una vez más, y no me canso de hacerlo. Es adictivo! jajaja

Besos