lunes, 28 de marzo de 2011

SÓLO QUEDAN ESTAS TRES Capítulo III

Una novela de Pamela Aidan

Como en un sueño adulador

No necesario ejercer un gran poder de persuasión —de hecho, ninguno— para convencer a lady Catherine de los beneficios de invitar al párroco para la noche del jueves. Un par de comentarios sobre el agradable efecto de la música en el transcurso de una velada y el entretenimiento que significaba la presencia de más personas en la mesa de juego y ¡listo! Richard había guardado silencio mientras Darcy llevaba a su tía a la conclusión deseada, y sólo por ese hecho se puso en guardia. Una vez que la notificación fue enviada y se recibió una agradecida aceptación, Darcy pudo enfrentarse con admirable calma a la perspectiva de tener que pasar el día siguiente sin contar con la compañía de Elizabeth.


¡Mañana! Ese día sería testigo de la culminación de meses de deseos, negaciones y debates. El fututo de Darcy quedaría definido y de una manera que le resultaba muy satisfactoria: una unión como la que él había observado entre sus padres, en la que había una profunda conexión entre mente y corazón. Envuelto en su bata, con un vaso de oporto frente a la chimenea de su alcoba, Darcy dejó volar su fantasía y construyó una embriagadora imagen de Elizabeth a su lado, mientras la presentaba en Pemberley. No le cabía duda de que, al principio, se sentiría un poco intimidada; pero también estaba seguro de que rápidamente tomaría el dominio de su casa de la misma forma que se había apoderado de su corazón. Podía verla entre las flores de su madre, haciéndose dueña del Edén; en el salón de música, llenándolo suavemente con una canción, y en la biblioteca, compartiendo un libro, o simplemente la compañía mutua, durante la noche de un largo invierno. En realidad, él podía imaginársela adornando todos los salones de Pemberley con su presencia vivaracha y deliciosa. Los días pasarían en su dulce compañía, seguidos de noches… Suprimió el último pensamiento con un suspiro. Y los criados la adorarían, claro; los Reynolds en Pemberley y los Witcher en Londres. ¡Dios, era probable que, en menos de dos semanas, tuviera al mismo Hinchcliffe comiendo de su mano! Darcy se rió para sus adentros. ¡Y Georgiana! Darcy sonrió abiertamente. Ah, ahí estaba la otra cuestión importante relacionada con todo aquel asunto, superada sólo por la consideración de su propia felicidad. Al fin, Georgiana tendría una hermana, una amiga a quien amar y contarle sus cosas; alguien en quien él confiaba plenamente y que se preocuparía de manera sincera por su bienestar.


Aunque el contacto de Georgiana con la familia de Elizabeth tendría que ser cuidadosamente dosificado, pensó Darcy, conteniendo el agradable vuelo de su fantasía. Dio un sorbo a su oporto mientras recreaba con inquietud una imagen de la familia Bennet. Naturalmente Elizabeth querría verlos, al menos ocasionalmente. Supuso que ella podría viajar a veces a visitarlos, pero no le gustó la idea de estar lejos de ella. Esa razonable objeción dio paso a la funesta idea de que, en ese caso, él tendría que acompañarla durante esas visitas. Tomó otro sorbo de su oporto. ¿Una o dos semanas con su familia política? ¡No, eso era sencillamente imposible! Ellos tendrían que venir a Pemberley… cuando él no tuviera otros invitados ni estuviesen esperando a nadie. La idea de ver a la nobleza y la aristocracia de Derbyshire, o incluso a sus parientes Matlock, en el mismo salón con la familia de Elizabeth parecía más una pesadilla que un sueño. Se podía imaginar la perplejidad reflejada en el rostro de su tía si por casualidad tuviera que pasar una tarde o una noche en compañía de la señora Bennet y sus hijas pequeñas. ¡El conde Matlock se limitaría a lanzarle una mirada que le haría desistir de hacer cualquier sugerencia en ese sentido! Aunque, eso sólo sucedería, se recordó Darcy, ¡si volvían a hablarle después de ese matrimonio tan poco conveniente! Terminó su oporto lentamente, con aire pensativo, y dejó el vaso sobre la mesa. ¿Realmente iba a hacerlo? ¿De verdad estaba dispuesto a desafiar a su familia y a su mundo para que aceptaran a una mujer que no procedía de una familia distinguida y que ni siquiera tenía dinero para compensar semejante falta?


—¿Señor Darcy? —La discreta pregunta de Fletcher le arrancó del pantano de realidades desagradables en que se había hundido—. ¿Hay alguna cosa más que desee esta noche, señor?


Darcy miró el reloj; era bastante tarde. Debería haber despedido a su ayuda de cámara hacía ya un rato.


—No, Fletcher. ¡Por Dios, hombre, hace una hora por lo menos que debería haberme recordado que todavía estaba aquí!


—En absoluto, señor. —Fletcher hizo una ligera inclinación, pero no hizo ningún ademán de marcharse—. ¿Está usted seguro, señor? Perdóneme, pero parece usted —dijo, y se detuvo mientras parecía buscar la palabra correcta— inquieto, señor. ¿No necesita nada más que le pueda ayudar a descansar?


Darcy le dio un golpecito al borde de su vaso vacío.


—Ya se ha encargado usted de eso. No, no quiero nada más de beber.


—¿Entonces un libro, señor? ¿Algo de su estantería o, tal vez, de la biblioteca? —Fletcher movió la cabeza hacia la puerta.


—No, no es necesario. —Darcy bostezó—. No podría concentrarme el tiempo suficiente para empezar bien. Buenas noches, Fletcher. —Despidió al ayuda de cámara con voz firme, pero luego añadió, al ver su cara de consternación—: Todo va bien; se lo aseguro.


—Entonces, buenas noches, señor. —Fletcher hizo otra reverencia.


La puerta del vestidor se cerró tras él con suavidad. Darcy volvió a acercarse al fuego. Inquieto. Gracias a su aguda percepción, Fletcher había descrito perfectamente el estado en que se encontraba. La formidable tarea de reconciliar a todas las partes involucradas en su propuesta de matrimonio crecía con cada minuto que pasaba y lo acercaba a ese momento. Darcy sabía cómo sería. Lady Catherine se sentiría indignada, lord y lady Matlock quedarían perplejos y serían categóricos en su desaprobación, y todos ellos lo importunarían con todas las objeciones que se les ocurrieran. Sus amigos se asombrarían, sus enemigos se reirían con desdén y Bingley jamás le perdonaría por haber hecho precisamente aquello que le había aconsejado tan tajantemente no hacer.


—¡Maldición! —Darcy apretó la mandíbula. ¡Le propondría matrimonio a Elizabeth y mandaría a todos los demás al diablo! Lo cual, conociendo a sus amigos y conocidos, ciertamente podía hacer… ¡y sería un placer! Cerró los ojos y se masajeó las sienes, donde estaba empezando a arremolinarse un dolor de cabeza. Debía reordenar sus pensamientos o no tendría esperanzas de descansar esa noche. ¿Un libro, como Fletcher había sugerido? No, algo más corto… ¡Poesía! Darcy tomó un candelabro, avanzó hasta la estantería y sacó el delgado volumen de sonetos que Fletcher había traído. Llevó el libro hasta la cama, colocó el candelabro sobre la mesa y, después de quitarse la bata, se acomodó lo mejor que pudo entre las almohadas y las mantas. ¿Cuál era? Darcy pasó rápidamente las páginas, leyendo los primeros versos, hasta encontrar el soneto que le había hecho recordar a Elizabeth con tanta fuerza, y que parecía escrito para ella. ¡Ah, sí! Se recostó, dejándose conquistar por la fuerza de las palabras.


Si pudiera describir la, belleza de vuestros ojos…




************




—¡Darcy! Darcy, ¿vienes? —La voz de Fitzwilliam resonó a través del corredor superior de Rosings, fuera de la habitación de Darcy, atravesando la puerta de caoba. Cuando ésta se abrió, Fitzwilliam apareció elegantemente ataviado para dar un paseo. Darcy enarcó las cejas al ver la imagen que tenía ante él—. ¿Qué? —preguntó Fitzwilliam, mientras su seguridad parecía desvanecerse bajo el silencioso escrutinio de Darcy.


—Me siento muy honrado. —Darcy se inclinó con aire de mofa—. ¡Tanto refinamiento para un simple paseo con tu primo por el parque de una finca! Me había imaginado que te pondrías pantalones de cuero y no ésos hasta la rodilla y una chaqueta lo suficientemente elegante para Londres. Y, por Dios, ¿es un chaleco a rayas?


—Creí que pensarías que no es nada exagerado —replicó Fitzwilliam con tono de haberse ofendido—, teniendo en cuenta que humillaste a Beau Brummell con ese sofisticado nudo de corbata de Fletcher. Además —continuó con indiferencia, mientras entraba en la alcoba a grandes zancadas—, tal vez podríamos ir un poco más lejos y hacer una visita a la rectoría cuando terminemos, ¿qué te parece? Después de esta noche, como ya sabes, ya no veremos más a la Bennet. —Miró a Darcy con el rabillo del ojo—. Y yo, por lo menos, la voy a echar de menos.


—Hummm —había sido toda la respuesta que Darcy se había dignado darle a Richard a propósito de su primera observación, pero la segunda era otro asunto totalmente distinto—. ¿De verdad la vas a echar de menos? —le imprimió suficiente escepticismo a su tono como para hacer que su primo levantara la barbilla.


—Sí, de verdad, Fitz. La señorita Bennet es realmente encantadora.


—Una descripción que le has aplicado a todas las mujeres que han llamado tu atención —dijo Darcy, desafiándolo. ¿Cómo veía realmente Richard a Elizabeth?—. ¿Qué mujer a la que has tenido oportunidad de acompañar no te ha parecido «encantadora» en uno u otro momento, aunque un mes después estuvieras aburrido?


—Ése es un golpe bajo, viejo amigo —repuso Fitzwilliam con el ceño fruncido.


—¡Pero he dado en el blanco! —replicó Darcy, aunque luego se apiadó de él—. Y no te lo discuto. Sin duda tienes razón en lo último que has dicho.


—Entonces, ¿no crees lo que he dicho al principio? —Fitzwilliam enarcó las cejas y lo miró—. Ya veo. —Se giró un segundo y luego volvió a mirar a su primo—. Como, aparentemente, los dos estamos de acuerdo en que yo tengo más experiencia en estos asuntos, tras haberme sentido «encantado» tantas veces para desilusionarme después —propuso con tono irónico—, también podríamos deducir que he aprendido algo en el proceso.


Darcy inclinó la cabeza para mostrar que estaba de acuerdo con la suposición.


—Sí, en efecto.


Fitzwilliam asintió a modo respuesta.


—Entonces, te aseguro que, de acuerdo con mi amplia experiencia, la señorita Bennet es algo fuera de lo común. Desde luego, su figura es adorable. Su estilo sencillo, en contraste con los costosos atuendos a los que estamos acostumbrados, sólo la engrandece. Ah, le hace falta un poco de sofisticación urbana por haber vivido en el campo. No puede hablar de todas las pequeñas trivialidades relativas a la vida en Londres, ni participar de los últimos cotilleos, pero eso forma parte de su encanto. Esas cosas constituyen la mayor parte de la supuesta conversación de casi todas las jóvenes que conocemos. Pero es un placer muy grande conversar con una mujer que tiene opiniones sinceras sobre temas interesantes y además sentir que se ha pasado un buen rato.


—Eso es cierto aquí, en el campo, cuando no hay otras mujeres que le hagan competencia —repuso Darcy—. Pero ¿qué pasaría si hubiese otras mujeres, o tú te la hubieses encontrado en alguna reunión en Londres? Mejor aún, ¿qué pasaría si ella fuera a Londres sin ninguna otra recomendación que el hecho de que la viste aquí en Kent: la buscarías, se la presentarías a tus padres?


—¿Me estás preguntando que si la visitaría? ¡Indudablemente! ¿Si la llevaría al parque o al teatro? ¡Sería un placer! En cuanto a lo otro, dudo que la señorita Bennet recibiera una invitación a ningún evento organizado por la alta sociedad, y se necesitaría una influencia mayor que la mía para que la sociedad se fijara en ella. Detesto pensar en cómo le iría entre las fieras de la ciudad, teniendo en cuenta que, de cara a la opinión general, tiene tan poco que ofrecer.


—Pero, a tus padres, ¿se la presentarías? —insistió Darcy.


—No lo sé. —Fitzwilliam guardó silencio—. ¿Cuándo podrían encontrarse? Supongo que podría lograr que mi madre la invitara a tomar el té, pero eso parecería muy extraño por mi parte, a menos de que tuviera un interés muy particular en esa dirección. —Miró con curiosidad a su primo—. Lo cual no tengo o, mejor, no puedo tener. ¿Es eso lo que quieres insinuarme, que debería ser más prudente? Conozco mi situación, Fitz. ¡Para mi desgracia! —Suspiró—. Creo que si la situación de la señorita Bennet fuera distinta, ellos estarían tan encantados como yo, pero, claro, no soy yo el que tiene que mantener el apellido de la familia. Esa tarea le corresponde a D'Arcy y yo respeto con gusto ese privilegio que le concede la primogenitura. —Soltó una carcajada—. Pero, vamos, primo, ¿estás listo? ¡El rocío ya ha desaparecido y los campos esperan!


—Voy a tener que pedirte que me perdones, Richard. —Darcy negó con la cabeza—. A menos que postergue otra vez nuestro viaje, creo que hay algunos asuntos que requieren mi atención.


—¡Más «asuntos», Fitz! —Fitzwilliam lanzó un silbido bajito—. Por favor, atiéndelos a la mayor brevedad, porque no creo que pueda soportar otro despliegue de entusiasmo de lady Catherine. Creo que la próxima primavera haré algunos arreglos para no estar disponible. ¿Crees que un destino en España para atacar a Napoleón sea suficiente excusa? Sí, bueno, no lo creo. —Sonrió al oír la risa de Darcy—. Entonces ocúpate de tus «asuntos», mientras yo disfruto del día. ¿Tú crees que si te dejo ahora para que los atiendas, habrás terminado para el sábado?


—Espero tenerlos resueltos esta noche, o como mucho para mañana —le aseguró Darcy—. ¡Ahora lárgate!


—¡Sí, señor! —Fitzwilliam se llevó el bastón a la frente—. Y si me encuentro con la encantadora señorita Bennet, ¿tiene usted alguna orden, señor?


—No permitas que tu admiración te lleve demasiado lejos. —Sin poder evitar sonar un poco brusco, Darcy desvió la mirada pero, después de respirar para calmarse, continuó—: y trasmítele mis mejores deseos para que tenga un buen día.


—Prometido, viejo amigo. —Fitzwilliam no pareció haberse ofendido—. Te informaré de su respuesta cuando regrese —dijo por encima del hombro, mientras avanzaba hacia la puerta—. ¡Buena suerte con tus «asuntos», Fitz, y buena suerte para mí!


Darcy se dirigió hacia la puerta que Fitzwilliam había olvidado cerrar y oyó cómo los pasos ansiosos de su primo se perdían en la lejanía. Minutos después una puerta pesada se cerró y entonces supo que Richard se había marchado. Lady Catherine había salido temprano con Anne y su dama de compañía, en una misión de benéfica injerencia en la vida de sus vecinos, y Darcy tenía Rosings más o menos para él solo, tal como había deseado. Una creciente excitación se apoderó de él. ¡Sólo era cuestión de horas! ¡Era cuestión de horas! En él anidaban tanto la esperanza como el temor, y esas dos emociones se alternaban en su corazón. Las palabras de Richard también le habían servido de estímulo y advertencia, en la medida en que había admitido la superioridad de Elizabeth, pero había atenuado su opinión con el reconocimiento de la realidad de su mundo. Era posible que su primo lo apoyara, pero Darcy no se hacía ilusiones de que eso sucediera sin cierta reserva. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?, se preguntó elevando los ojos al cielo. Se detuvo ante las grandes puertas acristaladas que conducían al jardín y se quedó mirando al vacío. Toda su vida había sido una criatura sometida al deber y había cumplido con sus exigencias sin pensar o quejarse. Ésta era la única vez que quería hacer una excepción. Quería la felicidad, quería el amor. Quería… ¡a Elizabeth! Al instante vio su imagen delante de él, sonriendo de esa manera tan increíblemente fascinante, llenando su mente y los rincones más recónditos de su corazón.




***************




—¡Lo siento mucho, Fitz! Se me olvidó por completo. —Fitzwilliam puso cara de arrepentimiento al ver la expresión de fastidio de Darcy, cuando le dijo que había pasado una hora en compañía de Elizabeth y no le había transmitido sus saludos—. Pero sí hablamos de ti, lo cual es muy parecido, ¿verdad? —dijo a modo de disculpa, mientras se dirigían a las escaleras.


—¡Eres un inútil! ¡Eso no se parece en nada! —replicó Darcy.


—Mejor algo que nada. —Richard le sonrió—. Ay, vamos, Fitz. La Bennet estará aquí dentro de un rato y podrás expresarle todos tus deseos en persona. ¡Pero, ten cuidado, será absolutamente necesario que abras la boca! —Darcy fulminó a su primo con la mirada y siguió bajando las escaleras, cada vez más rápido. ¿Ella había hablado de él? Darcy ardía de curiosidad por saber qué le había podido decir Elizabeth a Richard, pero no se atrevió a preguntar, no en esas circunstancias. Si Richard llegaba a tener la más mínima sospecha sobre lo que Darcy pretendía hacer esta noche, estaría pendiente de todos sus movimientos.


Ya había sido suficientemente enervante estar bajo la ansiosa mirada de Fletcher, mientras lo ayudaba a vestir para la velada. Ninguno de los dos había hablado, lo cual era bastante inusual, pero cada prenda había sido colocada y abrochada con la mayor precisión. Los pantalones gris oscuro se ajustaban perfectamente al cuerpo, al igual que el discreto pero elegante chaleco color perla. Darcy se había negado terminantemente a exhibir otra vez el roquet, pero el nudo que Fletcher había hecho en su lugar parecía una obra de arte no menos incómoda. El ayuda de cámara le había ofrecido después la levita, deslizándola por los brazos y sobre los hombros con el mayor cuidado, para evitar cualquier arruga sobre la fina tela negra. Luego se la había ajustado hacia abajo y le había abrochado la doble fila de botones con tanto cuidado que casi no se atrevió a respirar. Fletcher le había pasado el reloj y la leontina, observando atentamente cómo se los colocaba, y enseguida le había entregado no uno sino dos pañuelos.


—¿Dos, Fletcher? —había preguntado Darcy, rompiendo aquel silencio casi sobrenatural.


—Sí, señor —había contestado el hombre de manera tímida—. Uno para usted, señor, y uno para la dama, en caso de que lo necesite. —Darcy se había limitado a agarrar las dos piezas de algodón sin decir palabra y se las había guardado rápidamente en el bolsillo de la chaqueta, mientras se preguntaba cómo diablos hacía Fletcher para saber esas cosas. Cuando por fin estuvo listo, el ayuda de cámara lo había escoltado hasta la puerta y, después de abrirla, se había inclinado para despedirlo, diciéndole:


—¡Mis mejores deseos para esta noche, señor Darcy!


—Gracias, Fletcher —había respondido su patrón de manera solemne, y sólo en ese momento el ayuda de cámara lo había mirado momentáneamente a los ojos.


—A su servicio, señor —había contestado Fletcher con voz suave, y tras ver el gesto de asentimiento de Darcy, había cerrado la puerta.


El caballero llegó al final de las escaleras dos pasos delante de su primo y dobló enseguida hacia la derecha, rumbo al vestíbulo y al salón. ¡Ya casi era la hora! Lady Catherine ya estaba presente, sentada en su gran sillón al final de la estancia, al igual que Anne y la señora Jenkinson, que estaban en un diván cercano.


—Darcy —dijo su tía tan pronto lo vio—, tienes que oír esto, ¡aunque no lo vas a creer, estoy segura!


—¿Su señoría? —Darcy hizo una inclinación, pero no tomó asiento en el lugar que ella le había señalado.


—Uno de los colonos… Fitzwilliam, tú también tienes que oír esto. ¡A uno de mis colonos se le ha ocurrido recurrir a la caridad de la parroquia! Y evidentemente, ya todo el mundo en Hunsford sabe que lo hizo.


—¡El pobre hombre debe de estar en la miseria! —exclamó Fitzwilliam, pero enseguida recibió una mirada fulminante de lady Catherine.


—¡No puede estar en la miseria! —protestó lady Catherine, ignorando el juicio de su sobrino—. Es uno de mis colonos y, por tanto, es imposible que le falte nada. Eso le dije el trimestre anterior, cuando el administrador me presentó una solicitud para que se le perdonara la renta. «Lo que lo tiene en esta situación es la falta de trabajo, no la falta de caridad», le dije. «Si le perdono la renta de este trimestre, no tengo duda de que recibiré la misma solicitud el próximo trimestre».


—Pero yo no he visto ninguna solicitud ni su administrador me informó de que hubiese alguna —intervino Darcy con tono de irritación. Si le ocultaban ese tipo de cosas, difícilmente podía hacer algo para solucionarlas, antes de que la situación de los colonos más pobres de su tía se volviera desesperada.


—¡Claro que no! ¿Por qué tendría yo que tolerar semejante afrenta al apellido De Bourgh por causa de la pereza de un hombre? ¡No lo haré! —exclamó lady Catherine con vehemencia.


—Pero ahora se ha vuelto inevitable, su señoría —replicó Darcy con tono de desaprobación—. El hombre se ha visto obligado a recurrir a la caridad y, como usted dice, «ya todo el mundo lo sabe». ¿De quién se trata?


Durante treinta segundos completos, como le informaría más tarde Richard, Darcy le sostuvo la mirada en silencio a lady Catherine, en espera de una respuesta, pero un grito de la señora Jenkinson dirigido a Anne rompió la tensión.


—No se altere, señorita, y recuéstese un momento. —Al oír estas palabras, lady Catherine abandonó el duelo y se ocupó de su hija, diciendo lacónicamente cuando pasó junto a Darcy: «Broadbelt, Rosings Hill», antes de pedirle una explicación a la dama de compañía de su hija.


La preocupación por Anne hizo que Darcy se acercara al diván, pero cuando se inclinó para preguntar si podía ayudar en algo, su prima lo miró directamente a la cara y, para su sorpresa, le hizo un rápido guiño. Tras salir de su asombro, Darcy ocultó su reacción con una actitud circunspecta y asintió para mostrar que había entendido. Evidentemente, su prima ocultaba más cosas de las que le había revelado durante aquella extraordinaria visita a Kent.


—Me temo que eso significa más «asuntos» para ti —anunció Fitzwilliam, cuando se reunió con él a una buena distancia del ansioso grupo que rodeaba el diván.


—Sin duda —contestó Darcy—. Ya me imaginaba de quién estaba hablando. El pobre hombre tiene la peor tierra de la propiedad y, para terminar de complicar las cosas, tiene una familia enorme y también grandes ambiciones para ellos. Está tratando de enviar a la escuela a todos los hijos que quieran estudiar, lo cual produce estudiantes cansados y trabajadores exhaustos.


—Y menos ingresos. —Fitzwilliam negó con la cabeza—. Tendría que mantenerlos en casa.


—Y lo hace, Richard. Sólo van a la escuela cuando no es época de cosecha, pero él los sigue haciendo estudiar por la noche. Es su parcela. La tierra realmente no es muy productiva.


—¿Qué se puede hacer?


Darcy suspiró.


—Hablaré con el administrador mañana. —De repente Darcy recordó las visitas dominicales a los colonos en las que lo había embarcado Georgiana el pasado invierno. No pudo evitar sonreír al pensar en la forma en que el sentido Darcy de justicia más femenino, que le había enseñado Georgiana, influiría necesariamente en su reacción ante esta situación. A juzgar por lo que le había visto hacer a ella en Pemberley, Darcy apenas podía adivinar qué sería un auxilio apropiado ante los ojos de Georgiana. Mañana se encargaría del asunto.


El sonido de las puertas del salón detrás de él lo hicieron enderezarse, mientras una mezcla de excitación y pánico recorría su columna vertebral. ¡Elizabeth!  De repente el nudo de la corbata le pareció insoportablemente apretado y trató de aflojárselo, al tiempo que daba media vuelta para saludar a los que llegaban. El anciano lacayo anunció a los invitados de lady Catherine con la voz un poco gritona, característica de alguien que está perdiendo el oído.


—El reverendo señor Collins y la señora Collins, su señoría. —Los Collins hicieron su reverencia de saludo, pero Darcy se limitó a asentir rápidamente, buscando con la mirada a Elizabeth en la entrada.


—La señorita Lucas, su señoría. —La joven señorita Lucas, insegura como siempre, hizo su reverencia y se hizo a un lado. La puerta se cerró detrás de ella.


¿Dónde estaba Elizabeth? Darcy miró la puerta cerrada con incredulidad. ¿No había venido? ¿Cómo era posible que no hubiera venido? ¿Por qué? Durante un minuto no pudo moverse, mirando hacia la puerta.


—¿Fitz? —El tono interrogante de Richard lo sacó de su trance. Ignorando a su primo, Darcy avanzó hacia el círculo que formaban las anfitrionas y sus visitantes, con la intención de agarrar a Collins de un brazo para pedirle una explicación, cuando lady Catherine se le adelantó.


—Señor Collins —dijo con voz estridente—, ¿dónde está la señorita Elizabeth Bennet?


—Mil excusas, su señoría, la señorita Bennet está consternada por no tener el honor de aceptar su amable invitación de esta noche. Se ha sentido muy decepcionada de…


—¿Por qué, señor Collins, por qué no ha venido? —lo interrumpió lady Catherine.


—La señorita Bennet tiene jaqueca, su señoría. —La señora Collins hizo una reverencia al intervenir en la conversación—. Le ruega que la disculpe usted esta noche.


—¡Una jaqueca! —Darcy no alcanzó a oír el resto de la opinión de lady Catherine acerca de las jaquecas, porque dio media vuelta en medio de una gran confusión. ¡Elizabeth estaba enferma! Aquélla era una eventualidad que él no había contemplado. ¿Enferma? Richard no había dicho nada acerca de que pareciera enferma.


—¡Qué mala suerte! —Su primo se reunió con él en la ventana—. En lugar de disfrutar de la Bennet, tendremos que aguantar al Collins. Aunque resulta extraño… no parecía enferma esta tarde.


—¿Cómo estaba? —Darcy no pudo evitar preguntar.


—Pensativa, un poco distraída, tal vez —contestó. Luego se rió—. Después de todo, hablamos sobre ti.


La broma de Richard centró los pensamientos de Darcy. ¡Ella había hablado sobre él! También sabía que sólo faltaba un día para que él se marchara de Kent. ¿Sería posible que estuviera incómoda con su lentitud al decir las cosas? ¿O tal vez al fingir una enfermedad le estaba ofreciendo una oportunidad? La idea no era tan improbable. Era muy factible. Por otro lado, era posible que estuviera enferma realmente. Darcy se la imaginó sola, esperando expectante o con resignación, y enseguida decidió lo que haría. En cualquier caso, era imposible que no fuera a verla… ¡e inmediatamente!


Sin decir palabra, se giró bruscamente y se alejó de la ventana. Con los ojos fijos en la puerta, ignoró a Fitzwilliam hasta que éste se puso delante de él y lo agarró del brazo.


—¡Fitz! ¿Adónde vas? —siseó Richard—. ¡No puedes irte así como así!


—Apártate —le espetó Darcy en voz baja pero llena de autoridad. No estaba dispuesto a tolerar más demoras ni objeciones.


—¡Fitz! ¡Piensa bien en lo que estás haciendo!


—¡Ya lo he hecho! ¡Y sé lo que estoy haciendo! —Se liberó de la mano de Richard—. Discúlpame con lady Catherine y los Collins… o haz lo que quieras. ¡No me importa lo que ella piense de mis modales! —Darcy desafió a su primo, y en sus ojos se vio reflejada la decisión implacable de su rostro.


Fitzwilliam dejó caer la mano y miró a Darcy con aprensión.


—Entonces haz lo que quieras y ¡que el cielo te ayude, primo!


Darcy le hizo un gesto breve de asentimiento, pasó junto a él, abrió la puerta y atravesó el vestíbulo a grandes zancadas. Subió las escaleras de dos en dos y recorrió el pasillo que conducía hasta su habitación casi corriendo. Fletcher lo había oído, porque las puertas de la habitación se abrieron inesperadamente, un segundo antes de que las alcanzara.


—¡Señor Darcy! —exclamó el ayuda de cámara, con los ojos muy abiertos, al ver la expresión contrariada de su patrón.


—Fletcher, mi abrigo y mi sombrero. ¡De inmediato!


El criado no dijo nada mientras se apresuraba a ir al vestidor para tomar las prendas que le había pedido, dejando al caballero en medio del silencioso orden de su alcoba. ¡Elizabeth no había venido! Se paseó de un lado a otro. Cuanto más pensaba en el asunto, más claro le parecía su significado. Ella había evitado que él cometiera el error de declararse en un lugar poco apropiado, y ¿qué había hecho él? Se había alejado de ella durante todo el día. Probablemente ella lo había estado esperando y su ausencia la había confundido… o la había decidido. Era muy propio de Elizabeth actuar de semejante forma para que los asuntos entre ellos alcanzaran una culminación. ¡Sus duelos en Netherfield y, más recientemente, en Rosings, deberían haberle enseñado eso!


El ruido de los pasos de Fletcher hizo que Darcy se diera la vuelta.


—Señor. —Fletcher levantó el abrigo gris a la altura de sus brazos. Darcy metió los brazos por las mangas y se ajustó la prenda sobre los hombros, antes de que Fletcher pudiera ayudarlo—. Sus guantes, señor. —Darcy se los puso y estiró la mano para coger el sombrero, que tomó de las manos de Fletcher y lo metió debajo del brazo mientras avanzaba hacia la puerta.


—Fletcher. —Se detuvo casi al llegar a la puerta para dirigirse a su ayuda de cámara—: Si alguien pregunta…


—Se requería su presencia urgente en otro lugar, señor —dijo Fletcher con voz suave—. Y no regresará hasta las…


Darcy asintió con agradecimiento al ver la astucia de su ayuda de cámara.


—Dentro de una hora. —Se quedó pensando en las posibilidades—. Dentro de varias horas —se corrigió, mientras estiraba los guantes—. Tal vez más.


—Muy bien, señor —respondió Fletcher, y su actitud segura y profesional le sirvieron a Darcy para calmar un poco el torbellino de sus pensamientos. Recorrió el pasillo a grandes zancadas, pero se detuvo al llegar a las escaleras. Si usaba la escalera y la puerta principal, se arriesgaba a ser interceptado por Richard, o visto por alguno de los criados de lady Catherine, que hubiese sido enviado a buscarle. Así que dio media vuelta y se dirigió hasta la entrada del pasillo del servicio. No recorría los estrechos y oscuros corredores que usaban los criados para ocuparse sigilosamente de la casa desde que era un niño, pero seguramente podría recordar el camino.


—¿Darcy? —El eco de la voz de Fitzwilliam resonó desde las escaleras. No tenía alternativa. En pocos segundos estuvo al otro lado de la puerta, rumbo a la escalera de servicio, y en el camino tuvo que evitar a varias criadas con los brazos cargados de sábanas y toallas que subían hacia las habitaciones. La estancia del servicio estaba desierta. Inspeccionó la habitación larga y estrecha, buscando una puerta que diera al exterior. Como no encontró ninguna, atravesó la estancia y descubrió un corto pasillo que conducía hasta la salida.


Después de alejarse un poco de Rosings, Darcy se detuvo y miró hacia la mansión que había abandonado de manera tan precipitada. ¡Richard debía de estar pensando que estaba loco! Su primo había adivinado adónde se dirigía y al principio se había alarmado. Pero luego le había deseado que el cielo le ayudase. Cuando llegara la hora y él trajera a Elizabeth de su brazo como su prometida, Richard lo apoyaría. Pero lady Catherine… Lady Catherine representaba un obstáculo inmediato y de gran dificultad, teniendo en cuenta que su absurda idea sobre el compromiso con Anne sería sólo la primera descarga que le dispararía. El escándalo que armaría oponiéndose a su elección sería enorme y estaría alimentado por su amarga decepción ante el fracaso de unos planes largamente acariciados. Darcy pensó que tal vez no sería buena idea llevar a Elizabeth a Rosings esa noche. Sería mejor no exponerla a la ira de su tía hasta que lady Catherine fuese reducida al silencio en lo que a su elección de esposa se refería. ¡Su esposa! Gracias a la dicha que le produjo ese pensamiento, sintió que el apresuramiento que le había hecho marcharse de Rosings de esa manera cedía un poco. Dio media vuelta y miró hacia Hunsford. Allí estaba su futuro, su bienestar, la felicidad de todos los que formaban parte de Pemberley. ¡Era hora de ir a buscar todo eso!


Comenzó a caminar con determinación y en pocos minutos llegó hasta el bosque. Notó el aire frío entre los árboles, al caminar al abrigo de su sombra mientras recordaba los paseos con Elizabeth allí mismo, sonriendo discretamente. Pronto… ¡pronto ella sería suya! La idea lo animó mientras atravesaba el bosque, pero cuando el camino comenzó a descender hacia el pueblo, disminuyó el paso. Con el fin de obtener a la dama tan deseada, todavía tenía que proponerle matrimonio. Aunque sabía que podía confiar en la aguda inteligencia de Elizabeth, también era consciente de que, aun así, debía decir las palabras adecuadas. La fórmula que había planeado estaba pensada para la grandeza de Rosings, que le resultaba tan familiar, y le hacía honor al lugar. Pero ahora esas frases y los sentimientos a los cuales aludían le parecían demasiado pomposas y estudiadas para el humilde ambiente del salón de una casa parroquial. No quería parecer un tonto en esa ocasión tan solemne de su vida.


¡Todavía puedes regresar!, se apresuró a decir la voz del deber, a medida que se acercaba a Hunsford, pero Darcy sabía que eso era mentira. Ya no podía regresar, de la misma forma que tampoco podía volar. Pero al oír esa advertencia, la tapa que cerraba la multitud de objeciones a aquella decisión, y que él creía sellada para siempre, se levantó de repente y fue atacado, con la vehemencia de una furia reprimida, por las acusaciones justificadas de arrastrar a la desgracia a su apellido y a su familia. Los sucesos del baile de Netherfield, los insultos e impertinencias de las cuales había sido objeto, el espantoso comportamiento y la falta de urbanidad que había presenciado, todo volvió a aparecer ante él. A medida que se acercaba a la entrada de la rectoría, la magnitud de lo que estaba a punto de hacer se apoderó de él. Puso una mano en la verja y se detuvo un momento. Hacía sólo unos días que se había dado cuenta, allí mismo, de que su corazón estaba decidido y se había confesado a sí mismo, por fin, que, sin ella, la sensación de plenitud siempre sería una ilusión inalcanzable. Miró hacia la puerta que estaba al final del sendero. Todo lo que deseaba, todo lo que más deseaba se encontraba ante él.


—La señorita Elizabeth Bennet —le dijo a la criada de ojos sorprendidos que abrió la puerta. La muchacha lo dejó pasar al vestíbulo rápidamente y, sin ninguna ceremonia, le hizo una torpe reverencia y balbuceó algo acerca del salón del piso de arriba. Tras enterarse de que allí era donde se encontraba Elizabeth, Darcy asintió y se apartó para dejarla pasar. El ruido de sus pasos sobre las escaleras resonó como un trueno en sus oídos, al igual que el día que la había sorprendido estando sola. Esta vez, desde luego, él sabía que ella estaba sola, pero el silencio de la casa lo impresionó como cuando uno contiene el aliento en espera de la llegada de una noticia largamente acariciada. El ruido de platos, de una puerta al cerrarse, cualquier sonido doméstico habría sido una agradable distracción para olvidarse de las palpitaciones de su corazón y de las insistentes dudas que le taladraban la mente. Llegó hasta la puerta del salón y se detuvo un momento para quitarse los guantes y hacer un intento inútil por serenarse, mientras la criada llamaba y lo anunciaba. Luego, con el sombrero debajo del brazo y el corazón latiéndole aceleradamente en el pecho, entró en la estancia.


Sus ojos se encontraron tan pronto atravesó el umbral.


—¡Señor Darcy! —Elizabeth hizo una reverencia. Ansioso como estaba por beber del placer de estar frente a ella después de casi dos días, Darcy hizo una inclinación rapidísima. Ella hizo un gesto distante para indicarle que podía tomar asiento.


—Entonces no está usted enferma —afirmó apresuradamente, acercándose a ella—. Dijeron que estaba enferma; así que vine a… Quería oír por mí mismo que se encontraba usted mejor.



—Como puede darse cuenta, señor, lo estoy —contestó Elizabeth con cortesía pero de manera fría, y luego añadió—: Gracias. —Y tomó asiento.


Darcy se alejó y dejó a un lado sus cosas, antes de sentarse en una silla que estaba frente a la que ella había elegido, con el corazón latiendo desbocado al ver a la mujer que tenía ante él. ¡Hermosa! ¡Muy hermosa! De su pecho surgieron ardientes e insistentes impulsos que pasaron por encima de su razón, confundiendo aún más sus pensamientos. Darcy la deseaba, ¡ay, cuánto la deseaba! Ella enarcó una ceja en silencio. Después de que ella lo atrapara admirándola abiertamente, el caballero desvió la mirada. Ella no dijo ni una palabra, pero el sonido de su propio corazón, de su respiración, rugió en los oídos de Darcy, impidiéndole pensar.


¡Tenía que aclarar sus pensamientos, recuperar el dominio de sus emociones! Se puso en pie y comenzó a pasearse. En contra de toda prudencia, le lanzó una mirada. ¡Habla!, exigió su corazón. Se detuvo y se volvió hacia ella, mientras pensaba en lo que le iba a decir. Señorita Elizabeth Bennet, ¿me haría usted el honor…? El peso de esa palabra cayó sobre él como un rayo. ¿Honor? En este asunto todo el honor era suyo ¡y él estaba dispuesto a arrastrarlo de una forma que todo el mundo despreciaría! El gélido disgusto de su familia por el bajo nivel de los parientes que incorporaría a su seno, la fría incomodidad de sus amigos y conocidos cuando estuviera otra vez entre ellos, la burla de sus enemigos, todo se le vino encima. Se volvió hacia la ventana y se quedó mirando al vacío, mientras la noche caía. Hacía sólo una hora todo estaba muy claro para él, pero ahora se encontraba de nuevo ahogado en el pantano de la duda y la indecisión. Deslizó sus dedos hasta el bolsillo del chaleco, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. ¡Nada! Darcy torció la boca con contrariedad. ¡Claro que los hilos de seda ya no estaban ahí! Los había lanzado al viento. Se dirigió otra vez hacia el salón y se perdió enseguida en la contemplación del hermoso perfil de Elizabeth. ¿Sería posible que la prudencia también se hubiera ido con ellos?


Hermosa, inteligente, elegante. Ella era todas esas cosas. Su voz le fascinaba; su habilidad al piano lo serenaba; su desdén por todo artificio coincidía con el suyo; su compasión era sincera; su inteligencia, una delicia; su coraje al tratar de imponer sus opiniones, aun en contra de él, despertaba en Darcy la más profunda admiración y deseo. ¡Ser el dueño de la encarnación de todas las virtudes! El orgullo que le produjo la idea de poseerla lo apartó de la ventana. ¡Tenía que ser suya! Abrió la boca para hablar, pero, de repente, el salón pareció llenarse con toda la familia: su calculadora madre, sus alocadas hermanas menores, su indiferente y burdo padre, y los oscuros tíos y tías que se dedicaban al comercio la rodearon e hicieron que él enmudeciera. Retrocedió, sintiendo los ojos de su propia familia sobre su espalda, mientras le suplicaban en silencio que no hiciera lo que estaba a punto de hacer. Casi al borde del ahogo por la impotencia y la frustración, volvió a dar un paso al frente y luego otro, hasta pararse en el centro del salón; en ese momento, ella levantó aquellos maravillosos ojos grandes y oscuros, para mirarlo de manera inquisitiva.


¡Cielo santo, Elizabeth! Darcy sintió que el corazón se le subía a la garganta, con el fin de expulsar como una marea incontenible las palabras que tenía amontonadas:


—He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos —dijo e hizo una brevísima pausa para tomar aire, antes de continuar hablando con la voz cargada de emoción—: Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente. —Al oír sus palabras, Elizabeth pareció abrir aún más los ojos, si eso fuera posible, y enrojeció. Darcy, por su parte, sintió que el alivio de confesar por fin sus sentimientos le producía una exaltación y un júbilo como los que podrían producirle un vaso de vino fuerte—. Casi desde el momento en que la conocí, sentí por usted un amor profundo y apasionado que ha superado todos mis esfuerzos por contrarrestarlo. —A pesar de que el corazón le latía aceleradamente, ahora parecía tener un ritmo más regular y sus palabras surgían sin freno—. No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que estaba hechizado por usted, inexorablemente atraído y cautivado. Ha ocupado mi mente y mi corazón durante meses, señorita Bennet. No he ido a ninguna parte, ni he visto a nadie, sin que usted esté conmigo.


Darcy se acercó más y la miró a los ojos, deseando que ella se levantara y le respondiera con el mismo ardor.


—Soy demasiado consciente de las dificultades que representan las enormes diferencias entre su posición social y la mía y de los numerosos obstáculos que supone la inferioridad de su familia. Son tan grandes que realmente ningún hombre cabal podría pasarlos por alto. He luchado contra todos ellos desde el comienzo, oponiendo la fuerza de mi inclinación a mi buen juicio y la certeza de que toda la sociedad y mi familia más cercana pensarán que nuestra unión es una degradación. Esos terribles impedimentos son los que me han obligado a guardar silencio hasta ahora acerca de mi sentimientos por usted. Son obstáculos inevitables, pero mi sincero afecto por usted también es inevitable, a pesar de que he hecho todo lo que estaba en mi poder para vencerlo. —Darcy se detuvo un momento y trató de serenarse, antes de hacer la propuesta que aseguraría su futuro—. Estoy convencido de que usted es y siempre será la dueña de mi corazón, que nuestro futuro está tan íntimamente entrelazado como los hilos de una madeja y que, al igual que ellos, seremos más fuertes si estamos unidos como si fuéramos uno solo. Con ese fin, espero y deseo que usted recompense mi larga y ardua lucha con la aceptación de mi mano en matrimonio y la promesa de convertirse en mi esposa. —¡Listo, estaba hecho! ¡Que el mundo se fuera al infierno, Darcy estaba dispuesto a ser feliz! Jadeando, se recostó contra la chimenea de los Collins y miró a Elizabeth, en espera de las palabras que sellarían al mismo tiempo esa felicidad que tanto deseaba y la desgracia que tanto temía.


Elizabeth se había ido ruborizando progresivamente durante la declaración de Darcy, hasta acabar colorada como un tomate. Desvió la mirada para no verlo y prefirió fijarla más bien en sus manos, que tenía apretadas sobre el regazo. ¿Por qué no decía nada? ¿Acaso estaba abrumada? ¿Se habría expresado con demasiado ardor?


—En estos casos creo que se acostumbra expresar cierto agradecimiento por los sentimientos manifestados, aunque no puedan ser igualmente correspondidos.



¿Qué? ¡No podía haberla entendido bien! El caballero se enderezó donde estaba, mientras la confusión se apoderaba de él y nublaba el significado de las palabras de la muchacha.


—Es natural que se sienta esa obligación, y si yo pudiese sentir gratitud, la daría las gracias ahora. Pero no puedo. Nunca he ambicionado su consideración, y usted ciertamente me la ha otorgado muy en contra de su voluntad. —Lo miró por un instante—. Siento haberle hecho daño a alguien, pero ha sido inconscientemente y espero que ese daño dure poco tiempo. Los mismos sentimientos que, según usted dice, le impidieron darme a conocer sus intenciones durante tanto tiempo, vencerán sin dificultad ese sufrimiento, después de esta explicación.

Al oír la facilidad con que ella desechaba tantos meses de lucha y desbarataba todas sus esperanzas, una marea de emociones recorrió a Darcy en rápida sucesión: aturdimiento e incredulidad, asombro, aguda incomodidad y, finalmente, una rabia tan feroz que se sintió incapaz de articular palabra. Pálido de furia, se quedó de pie junto a la chimenea, mientras luchaba contra su indignación. ¿Cómo podía ser tratado con tanta insensibilidad él, que había renunciado a tantas cosas para ofrecerle a ella el mundo y su corazón? ¡Quién era ella para rechazarlo de esa manera! La cabeza le daba vueltas, sin poderse serenar. ¿Por qué? La pregunta parecía gritar dentro de su cabeza. Miró a Elizabeth, pero ella parecía haber terminado lo que tenía que decir. ¡Oh, no, señora! ¡Usted todavía no ha terminado conmigo!


—¿Y ésa es toda la respuesta que voy a tener el honor de esperar? —preguntó Darcy de manera fría—. Tal vez quisiera preguntar por qué se me rechaza con tan escasa cortesía. —Adoptó un tono irónico—. Pero no tiene la menor importancia.


Elizabeth se levantó de la silla al oír esas palabras y la expresión de su rostro reflejaba el mismo sentimiento de indignación que la de él.


—Yo también podría preguntar por qué, con tan evidente propósito de ofenderme y de insultarme, me dice usted que le gusto en contra de su voluntad, su buen juicio y hasta su modo de ser. —Elizabeth puso una mano sobre la mesa que había entre ellos, como si necesitara apoyo—. ¿No es ésa una excusa para mi falta de cortesía, si es que en realidad fui descortés? —El fuego que despedían sus ojos no era menos ardiente que la sangre que subió a la cara de Darcy al oír su siguiente acusación—. Pero, además, he recibido otras provocaciones. Lo sabe usted muy bien. Aunque mis sentimientos no hubiesen sido contrarios a los suyos, aunque hubiesen sido indiferentes o incluso favorables, ¿cree usted que habría algo que pudiese tentarme a aceptar al hombre que ha sido el culpable de arruinar, tal vez para siempre, la felicidad de una hermana muy querida?


¡Elizabeth lo sabía! ¿Cómo? ¡Richard, maldición! Darcy se contuvo, pues sabía que sería inútil interrumpirla.


—¿Puede negar que lo hizo? —le preguntó ella.


—No voy a negar que hice todo lo que estuvo en mi poder para separar a mi amigo de su hermana —respondió Darcy, con un aire de tranquila superioridad—, ni que me alegro del resultado. He sido más amable con él —dijo haciendo énfasis— que conmigo mismo.


Elizabeth pareció ofenderse al oír aquella insinuación, pero decidió pasarla por alto, para lanzar un nuevo ataque.

—Pero no sólo en esto se funda mi antipatía. Mi opinión de usted se formó mucho antes de que este asunto tuviese lugar. Su verdadero carácter quedó revelado por una historia que me contó el señor Wickham hace algunos meses…
¡Wickham! Con un odio frío e implacable, fácilmente distinguible de la ardiente indignación que lo había invadido antes, se acercó para mirar a Elizabeth a través de unos ojos impenetrables.


—¡Se interesa usted muy vivamente por lo que afecta a ese caballero!


—¿Quién, que conozca las penas que ha pasado, puede evitar sentir interés por él? —replicó Elizabeth.


—¡Las penas que ha pasado! —espetó Darcy con desprecio, mientras su emociones se levantaban de manera amenazante ante la intrusión de ese odiado nombre entre él y la persona que todavía amaba—. Sí, realmente ha sufrido unas penas inmensas.


—¡Y por su culpa! —gritó Elizabeth—. Usted lo redujo a su actual estado de relativa pobreza. Usted le negó el porvenir que, como bien debe saber, estaba destinado para él…


¿Qué historias le habría contado ese demonio? ¿De qué manera habría manchado su nombre y su persona, para haber logrado envenenar de tal forma contra él a la mujer que amaba? ¡Si alguna vez ese canalla había pensado en vengarse, ahora ciertamente lo había logrado, destruyendo las más profundas esperanzas de Darcy y haciéndole daño de la forma más dolorosa posible!


—… ¡Usted hizo todo eso! Y todavía es capaz de ridiculizar y burlarse de sus penas.


¡Basta! Darcy atravesó el salón rápidamente.


—¡Y ésa es la opinión que tiene usted de mí! —tronó Darcy—. ¡Esa es la estimación en la que me tiene! Le doy las gracias por habérmelo explicado tan abiertamente. Mis faltas, según sus cálculos, son verdaderamente enormes. —Se detuvo a la mitad de un paso y se volvió hacia ella, con una sombra de sospecha en el rostro—. Pero puede que esas ofensas hubiesen sido pasadas por alto si no hubiese herido su orgullo con mi honesta confesión de los reparos que durante largo tiempo me impidieron tomar una resolución. Me habría ahorrado estas amargas acusaciones —continuó diciendo de manera mordaz—, si hubiese sido más hábil y le hubiese ocultado mi lucha, halagándola al hacerle creer que había dado este paso impulsado por la razón, por la reflexión, por una incondicional y pura inclinación, por lo que sea. —Elizabeth permaneció inmóvil bajo la andanada de Darcy, con actitud desafiante—. Pero aborrezco todo tipo de engaño y no me avergüenzo de los sentimientos que he manifestado. Eran naturales y justos. —Dio un paso hacia atrás y recogió con rabia sus guantes, su sombrero y su bastón—. ¿Cómo podía suponer usted que me agradase la inferioridad de su familia y que me congratulase por la perspectiva de tener unos parientes cuya condición está tan por debajo de la mía?


Elizabeth respondió con una voz asombrosamente serena.


—Se equivoca usted, señor Darcy, si supone que su forma de declararse me ha afectado más allá de ahorrarme la pena que me habría causado el hecho de rechazarlo, si se hubiera comportado de modo más caballeroso. —Darcy se sobresaltó al oír las palabras de Elizabeth y sintió como si ella le hubiese dado una bofetada, acusándolo de esa manera—. Usted no habría podido ofrecerme su mano de ningún modo que me hubiese tentado a aceptarla. —El caballero la miró con mudo asombro, mientras su convicción en la justicia de su posición rivalizaba con su incredulidad ante esas palabras—. Desde el principio, casi desde el primer instante en que le conocí, sus modales me convencieron de su arrogancia, de su vanidad y de su egoísta desdén hacia los sentimientos ajenos. Me disgustaron de tal modo que hicieron nacer en mí la desaprobación que los sucesos posteriores convirtieron en firme desagrado. —Elizabeth alzó la voz—. Y no hacía un mes aún desde que lo conocía, cuando supe que usted sería el último hombre en la tierra con el que podría casarme.



¡Darcy la había perdido, total e inevitablemente! La cabeza comenzó a darle vueltas. ¡Por Dios… Elizabeth! El dolor que sentía en el pecho se estaba haciendo insoportable. Tenía que salir de allí, huir. ¡Aquello era demasiado!


—Ha dicho usted bastante, señorita —logró responder—. Comprendo perfectamente sus sentimientos y sólo me resta avergonzarme de los míos. —Hizo una reverencia y retrocedió hasta la puerta. Tras apoyar la mano contra el picaporte, se detuvo, con la cabeza inclinada, y la miró a los ojos por última vez—. Perdóneme por haberle hecho perder tanto tiempo —dijo con voz ahogada— y acepte mis buenos deseos de salud y felicidad. —Sin esperar a que ella respondiera o le hiciera una reverencia, Darcy empujó el pomo y salió rápidamente del salón. Bajó las escaleras casi corriendo y en unos segundos estuvo fuera, mientras la puerta se cerraba tras él, de manera sólida e irrevocable.





Cuando Darcy salió de la rectoría y se encaminó hacia Rosings, tenía la mirada nublada y los campos le parecieron sólo una imagen borrosa. Al llegar al camino que atravesaba el bosque, se maravilló de ver que sus piernas continuaban llevándolo hacia delante, sin ser dirigidas por su mente, y que aparentemente su cuerpo seguía entero y lleno de vida. Pero ¿no acababa de aprender de manera muy amarga que nunca se podía fiar uno de las apariencias? Siguió avanzando a ciegas, con los hombros encogidos para soportar el terrible dolor que sentía en el pecho, mientras su cabeza daba vueltas como una peonza, incapaz de aferrarse a una idea distinta de la dolorosa certeza de haber perdido a Elizabeth. No sólo la había perdido sino que ella nunca había sido suya. Desde el principio le había parecido detestable, antes de que Wickham lo hubiese difamado, incluso antes de que él hubiese intervenido para separar a Bingley de su hermana. El último hombre en la tierra con el que podría casarme. Las palabras de Elizabeth resonaban una y otra vez en su cabeza, anunciando con su tañido fúnebre la muerte de todas las esperanzas de felicidad que había albergado. ¿Podría borrar alguna vez de su memoria la última imagen de Elizabeth, su adorada Elizabeth, rechazándolo de forma tan vehemente?


—¡Oh, Dios! —El dolor era profundo y extinguía todos sus pensamientos, dejando al descubierto todas sus emociones, oprimiendo tanto el pecho que apenas podía respirar. Elizabeth… aulló con todo su ser.

Las piedrecillas del sendero de gravilla que llevaba a la mansión saltaban hacia los lados a su paso, pero sólo se dio cuenta de dónde se encontraba cuando estuvo frente a la escalinata de Rosings. Disminuyó el paso hasta detenerse totalmente, confundido al ver que había llegado tan rápido. Al mirar la fría realidad de los escalones de mármol de la imponente fachada de la mansión, por fin volvió en sí. El instinto de supervivencia se impuso, advirtiéndole que si quería llegar hasta su habitación sin tropiezos tenía que reponerse a esa angustia y mantener el control. Sintió una punzada en el estómago al pensar que tal vez no lo lograra. Subió rápidamente la escalinata y atravesó el umbral, tan obsesionado con la idea de evitar cualquier retraso o que alguien lo viera, que olvidó saludar al viejo criado que había en la puerta, como era su costumbre. En unos segundos atravesó el vestíbulo y se dirigió escaleras arriba, pero al llegar al primer rellano y doblar, oyó que lo llamaban:


—¡Darcy! —La llamada de Richard era demasiado clara para fingir que no había oído. Se detuvo y se volvió con la mirada perdida hacia su primo, cuya inoportuna aparición sólo podía significar que lo había estado esperando—. ¿Fitz? —Fitzwilliam lo miró con preocupación y una nota de incertidumbre en la voz—. ¿Va todo bien?


—¿Bien? —repitió Darcy, sin poder establecer al principio ninguna relación entre esa palabra y su estado; pero luego le entraron ganas de reír por la ironía. Por Dios, ¿podría volver a ir todo bien verdaderamente alguna vez?—. Supongo que sí, pero tienes que disculparme. —Dio media vuelta y siguió escaleras arriba, antes de que su primo dijera nada más. La humillación de recibir la compasión de Richard sería lo mismo que añadir otro carbón ardiente a la boca de su estómago; ¡preferiría pegarse un tiro!


El corredor que conducía a su habitación estaba vacío y, en unos segundos, Darcy estuvo ante su puerta y entró de inmediato para sentirse a salvo. Cerró los ojos y se recostó contra la sólida puerta de caoba, mientras sus piernas amenazaban con ceder al fin a la angustia que lo consumía. Usted no habría podido ofrecerme su mano de ningún modo. Se mordió el labio para acallar el gemido que brotó de su pecho. ¡Nadie, nadie debía verlo en ese estado! Aguzó el oído para saber si habría alguien en el vestidor, pero todo estaba en silencio, sólo se oía el tictac del reloj colocado sobre la repisa de la chimenea.


Se alejó de la puerta y se dirigió hacia el bonito reloj. ¿Sería posible? Miró las manecillas con incredulidad. ¿Sólo había pasado poco más de una hora desde que había abandonado aquella misma habitación lleno de esperanzas? Arrojó el bastón y el abrigo sobre un sillón y el sombrero y los guantes cayeron poco después. ¡Una hora! Darcy resopló con amargura. Tiempo más que suficiente para acabar con los sueños de un hombre.


De pronto le dio la espalda al reloj y entró en la alcoba, tratando de de desabrocharse la chaqueta y deshacerse el nudo de la corbata. Tiró de ella de forma brusca, desenrollándola totalmente, y la puso sobre una mesa, al tiempo que disminuía el paso hasta quedarse inmóvil en el centro de la habitación. ¿Qué iba a hacer?, se preguntó. Miró a su alrededor, hacia ese orden frío y remoto que era su vida, como si la respuesta estuviera allí, esperando ser descubierta. Sintió una oleada de repulsión. ¡Qué sensación de inutilidad! Había alimentado asiduamente sus pretensiones incluso mientras presenciaba la vergonzosa extinción de una decisión que alguna vez había sido honorable, y lo que único que deseaba en aquel momento era deshacerse de ella. Avanzó hacia la campanilla con intención de llamar a Fletcher para que comenzara a hacer el equipaje, cuando se dio cuenta de que eso sería absurdo. Estaba anocheciendo; el sol ya había desaparecido en el horizonte. Y hacer una demostración tan evidente de sus deseos de huir iría totalmente en contra de la intención de mantener ante el mundo una fachada de indiferencia, a toda costa.


¿Indiferencia? Un estremecimiento recorrió su cuerpo, haciéndole caer sentado en el borde de la cama, mientras hundía la cabeza entre las manos. ¿Podía ser indiferente ante semejante pérdida? ¿Indiferente al vacío que sentía en su corazón? ¿Cómo podría continuar, pretender que Elizabeth sencillamente no existía para él, cuando ella había llegado a definir todas sus esperanzas hacia el futuro? Se derrumbó sobre la cama, rozando su mejilla con el áspero brocado de la colcha, y se quedó mirando el dosel que se extendía sobre su cabeza. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué podría ofrecerle ahora la vida?


¡Su arrogancia! Darcy frunció el ceño, cuando la acusación de Elizabeth fustigó su memoria como un látigo. ¡Su vanidad! Sacudió la cabeza. ¿Cómo era posible? Él siempre había aborrecido semejantes demostraciones; sin embargo, ésa era la opinión que Elizabeth tenía de él. ¡Ella lo había despreciado, había criticado todo lo que se refería a él desde el comienzo! Injusto… ruin —la letanía no se detenía—. El hombre que ha sido el culpable de arruinar la felicidad de una hermana muy querida.


—¡No! ¡No es cierto! —estalló Darcy. La fuerza de su indignación lo hizo incorporarse, mientras su conciencia se alzaba ante la injusticia de la acusación de Elizabeth. Como si fuera habitual que se burlara de la dignidad y las esperanzas de los demás, y en especial de aquellos que estaban por debajo de él socialmente. Darcy debía haberle respondido, debía haberle planteado el asunto de su hermana tal como él lo había observado de manera rigurosa. Él había tenido buenas y suficientes razones para disuadir a Bingley de su peligrosa decisión, razones que se apoyaban en una convicción imparcial, no en un capricho o un interés particular. ¿Por qué no se había hecho oír por encima de los miserables balbuceos de su orgullo herido?


Se levantó de la cama, se dirigió a la ventana y se apoyó contra el marco. ¿Por qué? Porque el ataque de Elizabeth lo había dejado sin palabras, primero a causa de la impresión y luego debido a una rabia que todavía hervía peligrosamente en su sangre. ¡Ruin! ¿Y ella cómo se había comportado? ¡Había atribuido cada una de sus acciones a la maldad o al capricho!


—¡Por Dios! —Golpeó la ventana con tal fuerza que el cristal se sacudió en el marco. Dio media vuelta, fue hasta la delicada licorera de cristal, la agarró y le sacó el tapón. El líquido color ámbar cayó dentro del vaso de cristal tallado, derramándose por los lados hasta formar un charco sobre la mesa. Colocó el tapón de nuevo en su sitio y se llevó el vaso a los labios, al tiempo que volvía a pasearse de un lado a otro.


¿Así que le parecía que él era arrogante y vanidoso? ¿Qué sabía ella de la alta sociedad? ¡Casi nada! No podía tener la menor idea de cómo era su vida o qué cosas le exigían su posición, su familia y sus relaciones. ¡Los círculos sociales provincianos y el modesto entorno del que ella procedía no podían compararse ni remotamente con el ambiente en el que él había nacido! Volvió a llevarse el vaso a los labios, se limpió la boca con el dorso de la mano y dejó el vaso sobre la mesa de un golpe. ¿Y cómo había sido el comportamiento de Elizabeth hacia él? Ella había bromeado y debatido con él, había aceptado sus atenciones, había alentado de diferentes formas la idea de que estaba a la espera de su declaración, ¡sólo para arrojarle a la cara sus sinceros sentimientos y todas las cosas que él le había ofrecido! Darcy ardía de rabia por la humillación que había sufrido. Se recostó contra la pared, con la cara encendida por la ira. ¡Un Darcy de Pemberley, despreciado como un maldito vagabundo, cuando él estaba dispuesto a confiarle todo lo que era! ¿Quién era ella para tratarlo así, para despreciarlo de esa manera? ¿Con qué derecho lo acusaba de toda una serie de horribles ofensas? La respuesta no tardó en llegar.


Su modo de ser quedó revelado por una historia que me contó el señor Wickham hace algunos meses.


—¡Wickham! —El odiado nombre resonó en su interior, hasta estallar finalmente en un rugido de rabia que hizo que los desordenados pensamientos de Darcy se concentraran en uno solo y su puño golpeara la pared. ¡Wickham! ¿Quién, que conozca las penas que ha pasado…? El caballero pareció atrapar esa idea entre su puño, al tiempo que comenzaba a pasearse otra vez. ¡Quién, que conozca! Fuesen cuales fuesen las «penas» que Wickham había inventado para los oídos de Elizabeth, y de las cuales había culpado luego a Darcy, le habían hecho un daño irreparable a su nombre. Su reputación había sido difamada groseramente y ¿para qué? ¿Para que Wickham pudiera congraciarse con los habitantes de un pueblo remoto y ganarse unas cuantas rondas de cerveza? ¿Qué demonio lo había impulsado a desplegar sus mentiras ante Elizabeth?


—¿Señor Darcy?


Darcy se dio media vuelta al percibir la desagradable intrusión y le lanzó a su ayuda de cámara una mirada de odio.


—¡Fletcher! ¿Qué hace usted aquí? —preguntó con brusquedad—. No le he llamado.


Su ayuda de cámara lo miró, y la expresión de sorpresa pareció ocultarse bajo la preocupación que cubrió su rostro.


—Perdón, señor, pensé que… es decir, acabo de oír que usted había regresado y…


—¡Ahórreme sus reflexiones, por favor! —exclamó Darcy, pronunciando cada palabra con rabia—. Esta noche no le necesito. ¡Déjeme solo!


Fletcher se puso pálido.


—S-sí, señor —farfulló, haciendo una inclinación y deslizándose rápidamente hacia el vestidor, pero Darcy ya había dado media vuelta, pues su mente estaba otra vez fija en el único cargo de aquella terrible debacle del que sabía que era totalmente inocente.


¡Esto no puede quedar así!, declaró su honor con fervor. Si había algo acerca de ese día de lo que estaba seguro, era que debía descubrir las mentiras de George Wickham que ponían en tela de juicio su honorabilidad y reivindicar su nombre. El orgullo le impediría responder a todos los cargos de Elizabeth, pero en nombre de la justicia, debía aclarar aquellos basados en las falsedades y las insinuaciones de Wickham para dejarlos al descubierto como la calumnia que eran.


Pero ¿cómo podría hacer eso? Estiró el brazo, aferrando el vaso de brandy al pasar. Era poco probable que pudiera tener una entrevista privada después de lo que había pasado entre ellos, y la idea tampoco le atraía. Mientras bebía el brandy, su mirada recorrió la habitación, hasta que, finalmente, se detuvo sobre el escritorio y el papel que descansaba sobre él. ¡Una carta! ¿Pero acaso la cortesía no exigía que él se la pusiera en las manos personalmente y en privado? Darcy abrazó una de las columnas de la cama, mientras su corazón parecía volver a la vida. Una carta de descargo, entregada personalmente…


Soltó la columna, se dirigió al escritorio y se dejó caer sobre la silla, al tiempo que sacaba una hoja grande. Abrió el tintero, rebuscó entre las plumas y lápices hasta encontrar una que le gustara y la mojó en la tinta. Escribió el nombre de Elizabeth en la parte superior de la hoja, con una letra cuidada, y luego se detuvo y se recostó contra el respaldo de la silla. Hacía sólo unas horas le habría parecido impensable lo que estaba a punto de hacer. En realidad, nunca había pensado en plasmar sobre el papel ninguna de sus experiencias con Wickham, pero ahora se proponía hacerlo y, más aún, ¡se proponía hacerlo ante los ojos de una mujer que no tenía ninguna relación con su familia ni interés en sus preocupaciones!


Dejó la pluma sobre el papel. La magnitud de lo que pensaba hacer se enfrentaba a la indignación de su alma. Su honor requería —no, exigía— que él le demostrara su inocencia a Elizabeth, pero para hacerlo tendría que confiarle la reputación de la persona más próxima a su corazón después de ella. ¡Georgiana! Su corazón se contrajo de dolor al pensar en el peligro en que estaría poniendo a su hermana. Una simple enumeración de las conductas habituales de Wickham no sería suficiente para sus propósitos, y tampoco un relato vago acerca de cómo había sido atrapado con una jovencita anónima. Una historia semejante sólo sería considerada producto de simples rumores. No, tendría que contarle la verdad completa y dolorosa e implicar a su primo como testigo para corroborarla. Ella, que lo había juzgado tan mal y tan severamente, se enteraría por su propia mano de algo tan grave que él se había empeñado en ocultar a todo el mundo.


Cerró los ojos para olvidarse de todo y consultar únicamente a su corazón. Hacía unas horas estaba dispuesto a entregarle a Elizabeth todo: su alma, su casa, su gente, su honor… Y ahora, a pesar de todo, ¿seguía confiando en ella? Se inclinó hacia delante, recorriendo con su mirada el nombre de Elizabeth escrito en la parte superior de la hoja. Luego respiró profunda y decididamente, empuñó otra vez la pluma y volvió a mojarla en el tintero.




Con la mirada embotada, Darcy observó fijamente cómo goteaba sobre el fino papel de su tía la barra de lacre rojo brillante y pensó que esas manchas rojas bien podrían ser gotas de su sangre sobre la página inmaculada… El último hombre en la tierra con el que podría casarme. Las palabras resonaron con inclemente claridad en su mente y luego se clavaron en su corazón como una daga. Sacó su sello personal y estampó el escudo de la familia Darcy sobre la cera blanda. ¡Listo! La carta que le había costado una noche de agonía estaba preparada para llegar a las manos de la mujer que lo había rechazado con tanta determinación.


Echó hacia atrás la silla del escritorio con un gruñido y miró por la ventana, hacia el incipiente amanecer, mientras se frotaba los ojos cansados y enrojecidos. Agotado, tomó la carta y leyó el nombre que había escrito con tanto cuidado. Señorita Elizabeth Bennet. No pasó mucho tiempo antes de que el dolor volviera a invadirlo. ¿Cómo podía haber pensado que estas emociones, que habían surgido en contra de su voluntad, estaban bajo control? ¿Acaso él mismo no había reconocido que no era así y no se lo había reconocido también a Elizabeth hacía sólo unas pocas horas, cuando le había propuesto matrimonio? Tenía la esperanza de que el hecho de escribir su defensa en contra de las amargas acusaciones de Elizabeth le devolviera el control, pero ahora sabía que aquel ejercicio era únicamente otra vana ilusión en una larga lista de decepciones. Levantándose rápidamente, como si quisiera protegerse de semejante ingenuidad, apagó con los dedos la vela moribunda que tenía sobre el escritorio y agradeció aquella ardiente sensación que lo recorrió de inmediato. Volvió a mirar la carta que reposaba en su mano y la forma en que había escrito el nombre de Elizabeth sobre el papel. ¡Sí, lo había hecho! Sólo le quedaba entregar aquella última excusa para acercarse a la mujer que había llegado a amar en contra de su voluntad y comenzar a dejar atrás el dolor y la humillación del día anterior.


Dejó la carta a un lado, se dirigió a la jarra de plata que había sobre la mesa y vertió agua en la jofaina. Enrolló las mangas arrugadas de su fina camisa de lino y se inclinó para lavarse la cara. Cuando comenzaba a secarse con una toalla, alcanzó a ver su reflejo en el espejo que había sobre la mesa y casi se sobresalta al ver su propia imagen. Dejó caer lentamente la toalla y, apoyando una mano contra la pared, se inclinó hacia delante para mirarse otra vez. Apenas pudo reconocer el rostro que lo miraba desde el espejo. Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio, pero eso no le resultó extraño. Había pasado muchas noches en blanco cuando estudiaba en la universidad, como para no reconocer las señales de la falta de sueño. No, había algo más… una cierta impotencia que parecía mirarlo desde el espejo y un nuevo rictus alrededor de la boca que había cambiado totalmente la expresión de su cara, reemplazando el gesto de seguridad con que siempre se había enfrentado al mundo.


¡El gesto de seguridad! Lo que él siempre había considerado seguridad, Elizabeth lo había tachado de arrogancia. Los sentimientos de rabia y orgullo herido del día anterior volvieron a encenderse, mientras se alejaba de la pared y se paseaba por la habitación. Las acusaciones ya no le causaban tanto daño, pero seguían enfureciéndolo. ¡Arrogancia y vanidad! Aquellas dos cualidades abundaban en la mayoría de sus conocidos. ¡Eran casi una condición para ser aceptado en sociedad! Darcy siempre había despreciado a quienes cultivaban socialmente un cierto tedio vital, que sólo podían aliviar con las noticias escandalosas e intrigantes juegos. En lugar de eso, él se había esforzado por obtener una verdadera inteligencia superior, que le había permitido conquistar un lugar respetable en el mundo, según creía. Y lo único que había conseguido era ser acusado precisamente de las cosas que aborrecía para ser descrito luego ¡como el despiadado verdugo del hombre más malvado que él conocía!


Se detuvo frente a la ventana y se recostó contra el marco. Ya había amanecido. La luz del sol se deslizaba lentamente sobre el parque, transmitiendo la tímida promesa de un hermoso día. Cuando los delicados rayos matutinos acariciaron su mejilla, Darcy se relajó y olvidó momentáneamente la rabia y la tensión. En lugar de esos sentimientos lo invadió la tranquila certeza de que Elizabeth estaba compartiendo el mismo amanecer. Seguramente saldría temprano a pasear por el parque con ese paso seguro y ágil que dejaba traslucir sus orígenes campesinos.


Darcy sonrió, complaciéndose con la imagen creada por su mente, mientras la veía caminando por su ruta favorita. Recordó la primera vez que la había visto después de una caminata, con el pelo deliciosamente despeinado por el viento, los ojos brillantes y frescos, impasibles tras un recorrido de tres millas para cuidar a su hermana. Al principio, Darcy había creído que la enfermedad de su hermana sólo era una excusa para permanecer en casa de los Bingley. Incluso había pensado vanidosamente que él podía ser la razón de que ella hubiese decidido hacerlo. No sería la primera vez que una jovencita ilusionada se inventaba una estratagema para llamar su atención. Pero Elizabeth realmente estaba preocupada por su hermana ya que había pasado poco tiempo con los familiares e invitados de Bingley. Su dedicación hacia su hermana había sido indiscutible y entonces Darcy había agregado la entrega a la creciente lista de talentos y gracias que continuaba atrayéndolo hacia la mujer a quien antes había descartado por no ser lo suficientemente guapa como para tentarlo.


Cuanto más la observaba, más intrigado se sentía. Cada encuentro con ella comenzaba como un baile cauteloso y terminaba como un elegante enfrentamiento verbal, que, a menudo, lo dejaba dudando de las intenciones de la muchacha, pero nunca de su inteligencia. A veces ella lo había enfurecido con desafíos verbales bruscos pero siempre certeros. Otras veces había estado tan errada en las aseveraciones acerca de su carácter que él sólo podía contener la frustración que eso le producía poniendo cierta distancia entre los dos, ya fuera real o social. No, Elizabeth no le había tenido miedo como hombre y tampoco se había sentido intimidada por su posición social. Era cierto; tal como había afirmado de manera categórica, ella nunca había ambicionado su consideración. Era totalmente distinta al resto de las mujeres que había conocido y él la encontraba irresistiblemente encantadora. Darcy recordó la expectación con que solía levantarse cada mañana en Netherfield, durante el otoño anterior, preguntándose qué dirección tomaría su próximo encuentro verbal.


El amanecer ya estaba a punto de convertirse en mañana. Darcy se alejó rápidamente de la ventana. ¡No podía llegar tarde! La única manera discreta de hacerle llegar la carta era entregársela él mismo, pero ¿cómo iba a acercársele después de haber sufrido su rechazo de forma tan categórica? Las amargas palabras que se habían dicho hacían que la tarea fuera casi imposible. Se arregló la camisa mientras avanzaba hacia el vestidor para buscar su mejor ropa de paseo. Con la solemnidad de un caballero que se está armando para la batalla, se puso un elegante chaleco y un par de botas relucientes. Tenía que planear cuidadosamente el encuentro. No debía improvisar el asunto, como había hecho el día anterior. Se le acercaría con mucha cortesía, le entregaría la carta y enseguida desaparecería para siempre de su vida. Suspiró mientras bajaba el ritmo de sus preparativos hasta detenerse. Luego la soledad, el frío deber que era lo único que había conocido antes de ella, regresaría y lo devoraría para siempre.


Buscó una corbata almidonada y regresó al espejo para comenzar la meticulosa tarea de hacer un nudo aceptable sin la ayuda de Fletcher. ¡No iba a aceptar semejante futuro con docilidad! Tenía que haber algo a lo cual le pudiese dedicar toda esa energía que había surgido en su corazón, alguien que no lo culpara por ser quien era. Un adorado rostro sonriente apareció en el espejo junto a su reflejo. ¡Georgiana! ¡Ella tenía tantas cosas por delante! Pronto se presentaría en sociedad. Su presentación en la corte tendría lugar ese año. Era obligatorio que Darcy hablara seriamente con su tía Matlock sobre ello y luego tendría que comenzar la tarea de identificar a los cazadores de fortunas para diferenciarlos de los admiradores sinceros y aceptables que seguramente lloverían sobre la heredera. Su corazón se suavizó gracias al amor que sentía por su hermana. Él tenía mucho que aprender de la joven damita en que se estaba convirtiendo Georgiana. Había tenido la ilusión de que ella y Elizabeth… No, tenía que dejar de pensar en sus ilusiones, en Elizabeth.


Se puso el abrigo, se dirigió al escritorio y tomó la carta. «Señorita Elizabeth Bennet». Tenía tantos recuerdos de ella: su forma de sonreír a sus amigos, la delicada arruga de su frente cuando estaba concentrada, los ojos abiertos por la curiosidad o entornados por la risa. Darcy había visto cómo esos ojos se suavizaban con amor y afecto cuando observaba a su familia. ¡Cuánto había deseado ser objeto de esa mirada cariñosa, sentir la calidez de esa sonrisa dirigida a él! Sin poder explicarse lo que sentía, se llevó la mano a la mejilla que, de repente, se había humedecido. Apresuradamente se limpió, pero luego se detuvo y miró hacia abajo. Bajo la tenue luz de la mañana, pudo ver una lágrima que brillaba sobre la yema de su dedo.




****************
La mañana era muy clara, como correspondía a la pujante primavera, cuyo verdor todavía trataba de hacer desaparecer las huellas del invierno. Cuando Darcy se deslizó de nuevo por la salida de la servidumbre, se detuvo para respirar el aire fresco y limpio, mientras se ponía los guantes, pero el esfuerzo fue inútil. La finalidad de la carta, escrita con firme objetividad incluso desde el saludo, continuaba pesándole en la mano. Soltó el aire lentamente. Pronto terminaría todo, todo menos el frío vacío que ya comenzaba a reclamar el lugar que al principio había ocupado una cálida esperanza y, después, una ardiente indignación. Tragó saliva y comenzó a caminar, ansioso por escapar a los ojos de cualquier persona relacionada con Rosings.


Más por costumbre que por decisión, Darcy atravesó el parque y tomó el camino que cruzaba el bosque, mientras su agotada mente se negaba a concentrarse en cualquier cosa más difícil que mantener el cuerpo en movimiento. Pero cuando el ejercicio puso a latir la sangre en sus venas con más fuerza, adquirió más conciencia de lo que lo rodeaba. Por allí habían caminado juntos; allá la había cortejado. ¿Habría un lugar que hubiese sido testigo de una decepción más completa? Cada árbol se erguía como testimonio de su humillación, pensó Darcy. ¿Habría sido Elizabeth tan buena actriz, o acaso él había estado tan ciego? ¿Cómo era posible que él, a quien no había logrado atrapar ni el diamante más precioso de los salones más exclusivos, hubiese quedado subyugado de esa manera por una muchacha campesina sin linaje, sólo para ser despreciado e insultado y tener que soportar que le echaran en cara sus justificados escrúpulos? Darcy sintió que el nudo de la corbata le apretaba y una oleada de sangre caliente subía a su rostro. ¡Por Dios! ¿Qué era lo que se había apoderado de él? El deseo, dijo su mente de manera mordaz. El deseo lo había puesto en ridículo y la soledad, la nostalgia por tener compañía íntima y femenina, habían atizado el fuego hasta convertirlo en un incendio que había convertido su orgullo en cenizas. Su orgullo. ¿Las dificultades inherentes a la entrevista que le esperaba atizarían nuevamente las cenizas? Pensó en el momento inevitable hacia el cual avanzaba. ¿Lo recibiría Elizabeth, o saldría huyendo de esa intromisión en su privacidad? Si accedía a hablar con él, ¿aceptaría la carta y, después de aceptarla, la leería? El caballero levantó la misiva y miró el nombre de Elizabeth escrito de su puño y letra. La noche anterior le había parecido muy importante y necesario escribir una defensa cuidadosa. Pero la luz de la mañana amenazaba ahora con convertir el arduo trabajo de toda una noche en un ejercicio tan vano como las esperanzas que había albergado el día anterior. Sacudió la cabeza y apresuró el paso. No había nada más que hacer que continuar lo que había empezado y esperar que la providencia, la curiosidad femenina, persuadieran a Elizabeth de leer su carta. Lo único que estaba en sus manos era lograr cruzar un saludo cortés con ella y retirarse después dignamente. Darcy esperó poder ser capaz al menos de eso.


Ya casi estaba llegando a Hunsford, cuando se detuvo para calibrar su situación. Elizabeth todavía no había dado señales de vida y él no tenía deseos de subir los escalones hasta la puerta de la casa parroquial para buscarla. Se puso el bastón de caña debajo del brazo, mientras sacaba el reloj y abría la tapa. Todavía era temprano. Seguramente ella todavía no había salido a dar su paseo diario, lo que significaba que todavía tenía un rato para pasearse de un lado a otro en medio de la incertidumbre y el nerviosismo. Darcy se volvió a guardar el reloj en el bolsillo del chaleco y se desvió hacia uno de los múltiples senderos que atravesaban los cultivos desde Hunsford. Caminó hasta que perdió de vista el camino principal y luego dio media vuelta y retrocedió lentamente. Hizo eso varias veces, eligiendo distintas rutas que convergían en su punto de observación.


Cuando las agotó todas, se detuvo y miró hacia la rectoría, pero el único movimiento que detectó fue el de una criada que parecía estar dando de comer a las gallinas. Luego, en lugar de regresar a la casa, la mujer puso la cesta en el suelo, se sacudió las manos y se puso un sombrero de paja que tenía atado al cuello y le colgaba por la espalda. ¿Elizabeth? Darcy entrecerró los ojos para observar más atentamente, mientras la lejana figura anudaba bien las cintas del sombrero bajo la barbilla y, después de lanzar una mirada por encima del hombro hacia la casa parroquial, avanzaba hacia la verja de la entrada y se deslizaba rápidamente a través de la campiña. ¡Sí, Elizabeth! La circulación de la sangre caliente le produjo un cosquilleo, pero de pronto se quedó helado. Darcy retrocedió un paso entre los árboles. Todavía le afectaba verla, pues su corazón ya se había acostumbrado a impulsarlo hacia ella; pero luego esa otra voz volvió a entrometerse, afirmando categóricamente que ella no debía descubrirlo esperándola allí mansamente, como si estuviera montando guardia como cualquier idiota ilusionado.


El caballero se retiró todavía más, hasta que la perdió de vista por completo, y se recostó contra un árbol inmenso a esperarla. Ahora que su encuentro se aproximaba, era imprescindible que recuperara la compostura y se asegurara de salir de él con el crédito y la dignidad que le debía a su nombre. Un ruido de ramas ocasionado por la brisa atrajo momentáneamente su atención hacia el árbol bajo el cual se encontraba. Curiosamente, se trataba del mismo árbol que en uno de sus paseos había comprobado que estaba enfermo y del cual le había hablado al guardabosques de su tía. El hombre había venido enseguida, porque después de examinarlo con cuidado, Darcy vio marcas negras que indicaban que el árbol sería cortado. Con expresión desconcertada, miró hacia las ramas del árbol. El crujido que producían al rozarse unas contra otras parecía un eco perfecto de las emociones desconocidas que daban vueltas en su pecho. No, no son desconocidas, dijo su conciencia. Tal vez, replicó el corazón, pero ciertamente son inadmisibles.


La algarabía de unos pájaros que alzaban el vuelo lo puso alerta. Se enderezó y se arregló el abrigo y el chaleco. Luego, apretando la mandíbula con un gesto que el salón de baile de Meryton reconocería enseguida, avanzó hacia su encuentro. Pero aunque Darcy alcanzó a llegar hasta su antiguo punto de observación, Elizabeth no apareció por ninguna parte. ¿Dónde demonios…? Contrariado al pensar en por qué no había esperado para asegurarse de la dirección que tomaría la muchacha y que ella tal vez hubiese elegido una ruta distinta de la acostumbrada, avanzó hasta el principio de cada sendero con la esperanza de llegar a ver un rayo de color. ¡Nada! Se detuvo en medio del último sendero con la mandíbula apretada de frustración, mientras reflexionaba sobre su situación. ¿Adónde había ido? Casi había decidido regresar a Rosings, cuando ella apareció. Era evidente que había evitado totalmente el parque y había preferido tomar un camino más largo que lo rodeaba. Darcy notó rápidamente que Elizabeth estaba a punto de llegar a uno de los cruces y salió de entre los árboles, decidido a interceptarla.


Se dio cuenta del momento en que ella lo vio, porque a pesar de que todavía estaban bastante lejos, casi pudo sentir la manera en que la joven se estremeció al reconocerlo y la forma de palpitarle el corazón cuando ella intentó dar media vuelta para tratar de evitarlo.


—¡Señorita Bennet! —Darcy apretó el paso y el nombre de Elizabeth salió de su boca aun antes de decidir cómo iba a proceder. Ella se detuvo y, tras un momento de vacilación, se volvió hacia él para esperarlo.
La sensación de alivio que Darcy experimentó al ver que ella se detenía no duró mucho, porque a medida que se iba aproximando, se sintió abrumado por la facilidad con que la figura de Elizabeth, incluso ahora, seguía despertando en él cálidos recuerdos y deseos. Luego se fijó en el pálido rostro y la mirada distante de la muchacha. La realidad de su situación se confirmó de inmediato. Darcy apretó más la mandíbula, avanzando con la carta en la mano.



—He estado paseando por el bosque durante un rato con la esperanza de encontrarla —dijo con una voz que sonó fría incluso para sus propios oídos—. ¿Me concederá el honor de leer esta carta? —Sin saber qué decir, Elizabeth estiró la mano. Darcy sospechaba que lo había hecho de manera involuntaria, pero de todas maneras aprovechó para entregarle la misiva y vio cómo los dedos de la muchacha se cerraban sobre ella. Listo. ¡Aquél era el final! El breve vuelo de sus esperanzas había concluido. Darcy nunca volvería a verla. Esa verdad lo conmovió hasta el alma. Apretó firmemente la mandíbula para evitar que se escapara algún sonido y, tras hacer una rápida inclinación, dio media vuelta hacia los campos y el parque y se marchó. Incluso cuando estuvo seguro de que ella ya no podía verlo, resistió el impulso de detenerse o mirar hacia atrás. Se limitó a apretar el paso, negándose a pensar y a sentir. Sobrevive… sólo sobrevive el resto de este día infernal, se dijo para sus adentros, y luego podrás marcharte. Sí, ¡por Dios, marcharte!


*****************

—Bueno, ¡por fin has vuelto! —Darcy se dio media vuelta al oír la voz que salía de uno de los sillones que había frente a la chimenea de su alcoba.


—¡Richard! —El golpe de las botas contra el suelo fue seguido rápidamente por la aparición de la figura de su primo, que trataba por levantarse del sillón. Darcy cerró la puerta enseguida, avanzando para enfrentarse al intruso y preguntó—: ¿Qué estás haciendo aquí?


—¡Esperando a Napoleón! —respondió Fitzwilliam con sarcasmo—. Pues buscándote, viejo amigo; y no armes un escándalo. Has estado muy esquivo, Fitz. Eso no es normal. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Tienes preocupado incluso a Fletcher. ¡Nunca lo había visto tan abatido! ¿Qué sucede? —preguntó Fitzwilliam al ver la mueca que hizo Darcy.


—Nada que deba preocuparte, te lo aseguro. —Darcy desvió la mirada, tratando de eludir el atento examen de su primo—. He pedido que el carruaje esté mañana en la puerta a las nueve. ¿Podrás estar listo?


—¿Entonces nos vamos mañana? —Darcy miró a su primo, enarcando las cejas, antes de darse la vuelta para quitarse el abrigo y los guantes—. Ya has cambiado de planes una vez sin tomarte la molestia de consultarme —protestó Fitzwilliam, mientras Darcy le daba la espalda.


—Salimos mañana a las nueve. No habrá ningún cambio de planes. —Darcy se volvió hacia Fitzwilliam—. Estoy ansioso por regresar a Londres tan pronto como sea posible. Ya he dejado a Georgiana demasiado tiempo al cuidado de lord Brougham —dijo.


—En eso estoy completamente de acuerdo contigo —convino Fitzwilliam con un tono más suave. Luego levantó las manos al ver el gesto adusto con que Darcy lo miró y arqueó una ceja—. Eso no va a funcionar, ¿sabes? No puedes intimidarme con esa actitud de autoridad. Ah, tienes un aspecto feroz, te lo aseguro; pero se te olvida que estás hablando con la mayor decepción de su señoría, el conde de Matlock. No le llegas ni a los talones a mi padre, Fitz. —Regresó al sillón frente al fuego y se volvió a sentar—. Así que puedes ahorrarte esa cara y habla con tu viejo confesor. ¿Qué sucede, primo?


—No tengo la menor idea…


—¡Maldición, Fitz! —lo interrumpió Richard—. No juegues conmigo como si fuera una viejecita impresionable. Vamos. —Se inclinó apoyándose en los codos y miró a Darcy con seriedad—. Tiene que ver con la señorita Bennet, ¿no es cierto?


Un estremecimiento de angustia recorrió la espalda de Darcy, haciendo que apretara la barbilla y añadiéndole un tono más frío a su respuesta.


—¿La señorita Bennet? —El suspiro que soltó Richard como respuesta y la mueca que hizo mostraron claramente que estaba decepcionado. Como Darcy sabía que su primo era tremendamente tenaz cuando sentía curiosidad por algo, trató de buscar alguna forma de distraerlo. Richard no podía saber hasta dónde había llegado su imbecilidad por Eliza… por la señorita Bennet. Y nunca debería saberlo; pero era cierto que necesitaba la ayuda de su primo. Si ella alguna vez llegaba a remitirse a él para corroborar la veracidad de su carta, Richard moriría antes de revelar algo que tuviera que ver con Georgiana. Darcy pensó rápidamente una forma de solucionar las dos cosas—. Sí, la señorita Bennet —repitió lentamente e hizo una pausa, mientras observaba la actitud alerta de Richard—. Necesito tu ayuda.


—Sí —contestó su primo con un tono que trataba de animar a Darcy a seguir—. Continúa.


—Es posible que hayas notado que la señorita Bennet y yo tenemos tendencia a discutir —comenzó a decir con tono cauteloso.


—¡Ja! —resopló Richard. Darcy le lanzó una mirada de censura tal que su primo se vio obligado a toser con incomodidad y a añadir—: Discúlpame. Continúa, Fitz.


—Desgraciadamente, la señorita Bennet y yo caímos en un malentendido que sólo se podía resolver de manera honrosa por ambas partes, con la revelación de las pasadas experiencias de nuestra familia con George Wickham.


—¡Wickham! ¡Por Dios, no te referirás a…! —Fitzwilliam miró a Darcy con asombro e incredulidad.


—Sí, Georgiana. —Darcy permitió que su primo asimilara la revelación que acababa de hacerle.


—Sabía que ella estaba molesta contigo —dijo Richard, sacudiendo la cabeza lentamente—. Pero… ¿Georgiana?


—¿Qué? —Ahora el asombrado fue Darcy—. ¿Ella te dijo que estaba molesta conmigo?


—Sí, bueno, no con esas palabras. Ayer, cuando estaba paseando por el parque, me encontré por casualidad con ella; y en el curso de la conversación quedó claro que estaba enfadada contigo. Yo traté de advertirte. —Entonces, pensó Darcy, ella ya estaba molesta desde antes de que él saliera de Rosings, y probablemente a causa del relato de la forma en que había ayudado a Bingley, lo cual Darcy sospechaba que era cortesía de Richard—. Pero ¿qué tiene que ver Georgiana en esto?


—¡Nada directamente! —Darcy suspiró y se frotó la frente para tratar de calmar el insistente dolor que había aparecido entre sus cejas, antes de continuar—: Richard, esto es realmente un nudo gordiano; y debes creer que sólo una vil calumnia podía inducirme a revelar algo que tuviera que ver con Georgiana. —Darcy avanzó hasta la chimenea y, agarrándose a la repisa, se agachó para mirar los tizones que ardían lentamente.


—Lo sé, Fitz —le aseguró su primo en voz baja—. ¿Cómo quieres que te ayude?


Darcy miró solemnemente a su primo.


—Si alguna vez la señorita Bennet recurre a ti para averiguar la verdad de lo ocurrido el verano pasado, debes decírselo. Con tus propias palabras y sin ocultarle nada, cuéntaselo todo.


Fitzwilliam miró fijamente a su primo.


—¿Confías tanto en ella?


—Sí —respondió Darcy, desviando la mirada.


Fitzwilliam dio media vuelta, se paseó un poco por la habitación con actitud reflexiva y luego miró nuevamente a Darcy.


—¿Y eso restaurará tu honor ante los ojos de la señorita Bennet?


—Tal vez tu testimonio y el tiempo —respondió Darcy en voz baja, levantando la vista— probarán que ella posee el sentido de justicia que yo creo.


—Entonces, no te preocupes, primo. —Fitzwilliam avanzó hacia Darcy y le tendió la mano—. Ella lo oirá de mis propios labios… ¡hoy mismo! —La seguridad con que Richard le estrechó la mano fue como un bálsamo para las heridas de Darcy, la primera indicación de que la sensación de haber sobrevivido a los terribles sucesos de las últimas veinticuatro horas era más que un sueño.


Movido por la insistencia de su primo, Darcy volvió a tomar el abrigo y los guantes y, una vez que Fitzwilliam recogió los suyos, los dos salieron hacia Hunsford. Hicieron el recorrido en medio de un agradable silencio. Aunque le aterraba la posibilidad de tener un segundo encuentro con Elizabeth y comprobar la ineficacia de sus palabras escritas, Darcy siguió el paso ligero de su primo, cuyo rostro tenía un aire casi beatífico gracias a la devoción con que encaraba la misión caballerosa que se había propuesto. Antes de que Darcy pudiera creerlo, estaban subiendo los escalones que llevaban a la puerta de la casa parroquial. Fitzwilliam, delante, le dirigió una sonrisa mientras tocaba la campanilla.


—Todo irá bien, Fitz. ¡Te lo prometo! —le aseguró su primo—. ¿Quieres que diga algo más en tu nombre?


—Te ruego que no digas nada más —respondió rápidamente Darcy—, ¡o este intento sería inútil!


Fitzwilliam se encogió de hombros y se volvió otra vez hacia la puerta, que comenzaba a abrirse en ese momento.


—¡Buenos días! —saludó Richard a la criada—. El coronel Fitzwilliam y el señor Darcy, que vienen a ver a las damas y al señor Collins.




********************


—Así será, su señoría. —Darcy se inclinó sobre la mano de su tía, rozándola con los labios, antes de dar un paso atrás para permitirle a Fitzwilliam el mismo honor. Estaba desesperado por marcharse, pero lady Catherine no tenía ganas de permitir que se fueran tan rápido. En el último minuto, decidió mandar con él una larga y variada lista de saludos dirigidos a otros miembros de la familia. Luego siguieron una serie de comentarios y recomendaciones sobre cualquier aspecto de su inminente viaje que pudiera retrasar la partida que lady Catherine tanto lamentaba, pero que Darcy ansiaba con todas sus fuerzas. Al final no le quedó otra alternativa que presionar las cosas un poco y tomar los dedos extendidos de lady Catherine, mientras le prometía de manera lacónica hacer todo lo que ella le pedía. Cuando le tocó el turno a Richard, Darcy se alejó para permitirle a su primo la oportunidad de ser el único objetivo de las preocupaciones, los consejos y las recomendaciones de su señoría.


Hasta aquel momento, el día parecía transcurrir con una lentitud exasperante. Desde que Fletcher lo había llamado esa mañana, hasta el desayuno y la preparación de los carruajes, todo y todos parecían decididos a retrasar su marcha, pero, en contrapartida, todos los movimientos y pensamientos de Darcy estaban marcados por un insistente deseo de salir de allí cuanto antes. La paciencia del caballero estaba a punto de agotarse. Al mirar por la ventana, mientras Richard sufría las instrucciones de su tía, Darcy vio cómo arrancaba el primer carruaje y los caballos comenzaban a avanzar al unísono por el camino que los llevaría de Rosings a Londres. Fletcher y el ordenanza de Fitzwilliam, el sargento Barrow, ambos expertos en las necesidades de sus caballeros, habían supervisado la carga del carruaje con precisión militar y se habían puesto ya en camino. Pero incluso Fletcher parecía moverse a un ritmo increíblemente lento. «Abatido» había sido la manera acertada en que Richard había descrito a su ayuda de cámara, normalmente tan seguro y previsor. Aunque Richard no podía saber por qué Fletcher tenía semejante aspecto, Darcy sí era consciente de ello; porque su fracaso al pedir la mano de la señorita Bennet también había acabado con las esperanzas de matrimonio del sirviente. Al parecer, la prometida de Fletcher había sido bastante clara. Hasta que su patrona, la señorita Bennet, no estuviese felizmente casada, no se separaría de ella, a pesar de la considerable capacidad de persuasión de Fletcher. Desde luego, Darcy no le había dicho a su ayuda de cámara ni una palabra acerca de su entrevista con la señorita Bennet, ni Fletcher había aludido a la fiebre que se había apoderado de Darcy durante la última semana ni a la manera súbita en que ésta había cesado. Aparte de que una actuación semejante habría sido el colmo de la impertinencia, no había habido necesidad. Fletcher había adivinado la verdad casi de inmediato y eso le había partido el corazón. A excepción de los días previos y posteriores a la muerte de su padre, las últimas treinta y seis horas habían sido las más silenciosas en su relación de casi ocho años.


—Gracias, señora. Su señoría, el conde de Matlock, estará encantado de oír eso. Le costará trabajo creerlo, pero estará encantado. —Darcy se volvió hacia el salón para ver la última inclinación de su primo sobre la mano de lady Catherine. Evidentemente, su tía había decidido establecer algún tipo de tregua. Por lo general solía hacerlo, después de haberse divertido durante toda la visita atormentando a su sobrino Matlock. Darcy sospechaba que tanta condescendencia tenía más que ver con la idea de asegurar que su sobrino regresara anualmente para aliviar su terrible soledad que con una verdadera actitud conciliadora.


—Entonces, adiós. —Lady Catherine por fin decidió permitir que la ceremonia terminara—. Espero veros en otoño. Anne está mejorando tanto que me atrevo a decir que podremos intentar reunirnos con vosotros en Pemberley. —Al decir esto, miró a su hija con suspicacia y luego a Darcy. Éste le lanzó una rápida mirada a su prima. Seguía teniendo un aspecto gris y retraído, pero ahora sabía que eso sólo era un subterfugio. Darcy la había buscado antes para despedirse, pues sabía que en su despedida formal no podría expresar nada de la verdadera naturaleza de su acuerdo. Anne podía ser frágil, pero bajo esa fachada latía un corazón lleno de palabras apasionadas y hermosas que el mundo jamás habría sospechado. Si en esa visita había habido algo bueno, había sido esa revelación.


—Serán bienvenidas en Pemberley en cualquier momento, señora —respondió Darcy—. ¿Fitzwilliam? —le preguntó a Richard, que asintió alegremente para confirmar que estaba listo.


—Señora, Anne. —Fitzwilliam se inclinó rápidamente hacia su prima y finalmente se marcharon.




—¡Arre! —James, el cochero, sacudió su látigo, haciendo que la punta golpeara exactamente sobre las orejas del caballo que lideraba la reata. El landó se sacudió una, dos veces, y luego adoptó un rítmico vaivén, cuando los caballos comenzaron a avanzar al unísono. Darcy tragó saliva y fijó los ojos al frente. Se estaba alejando, por fin se estaba alejando del lugar que había sido testigo de la peor humillación que había sufrido su orgullo y la herida más profunda que jamás había pensado que podría padecer su corazón. En pocos minutos atravesaron la entrada de Rosings y ahora estaban disminuyendo brevemente el paso para tomar el camino que rodeaba la aldea de Hunsford. En algunos segundos pasarían frente a la casa parroquial. El corazón de Darcy comenzó a latir pesadamente en su pecho. ¡No iba a mirar, por Dios que no iba a hacerlo!


—¡Mira, Fitz! Parece que vamos a terminar como empezamos. —La carcajada de Richard lo obligó a levantar la vista.


—¿Qué sucede? ¿A qué te refieres? —Darcy se inclinó hacia delante, siguiendo con reticencia la mirada de su primo.


—El viejo Collins, diciendo adiós como un loco desde la verja de la rectoría. ¡Eso es lo que se dice una despedida de verdad! Sólo quisiera que… —Fitzwilliam dejó la frase en suspenso, mientras el carruaje pasaba ante el clérigo de su tía, que no cesaba de inclinarse y saludar con la mano.


Darcy se recostó contra los cojines.


—Sólo quisieras ¿qué?


Fitzwilliam se puso colorado.


—¡Maldita lengua! —se reprochó a sí mismo y luego miró a su primo con tono apenado—. Sólo quisiera haber podido hacer lo que me pediste y haber hablado con la señorita Bennet ayer. ¡Si hubiese estado en casa, lo habría hecho enseguida! ¡Lo siento tanto, Fitz!


—No te atormentes —dijo Darcy, negando con la cabeza—. Al final, lo más probable es que no tenga importancia. —Desvió la mirada, fijando aparentemente la vista en el paisaje—. Dudo que alguna vez vuelva a tener ocasión de encontrármela.

 
continuará...

18 comentarios:

Wendy dijo...

No me lo puedo creer, he visto la pelicula y he leido la novela más de una vez y siempre me quedo perpleja ante la escena de la declaración de Darcy y la negativa de Elisabeth, por fin Darcy vence sus reticencias y es capaz de salir corriendo en busca de su amada y después de una declaración que derretiría a cualquier mujer, Elisabeth expone su negativa acompañada de duras y equivocadas razones.
En fin, dejemos que la historia vaya fluyendo.
Me encanto el detalle de Fltcher ofreciendo a Darcy dos pañuelos pensando en la dama, este hombre es perfecto :D
Me alegra ver que vas cogiendo tu ritmo habitual.
Me voy suspirando ¡Ay!
Feliz semana y besos.

CTM dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
luzyoshie dijo...

T.T muchas gracias por el cap, esta lindisimo, pobre darcy nunca me hubiese imaginado que hubiese sufrido tanto, estoy tan triste!!!!!!! que estes bien y de nuevo gracias!!!!!!! ^^

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

Luego vengo, en casa, con mi cafetito... umhhh! a saborear tus letras, je, je... Bss... amiga.

AKASHA BOWMAN. dijo...

¡Bravo! ¡Bravísimo! Creo que esta es la declaración de amor más bella (y fíjate que me he embebido ya de cientos de historias de amor)que se ha podido leer desde hace mucho tiempo.

Adoro cada palabra, cada gesto concernientes a esta bella historia, al igual que la película y la miniserie que la representan. Creo que me las sé ya de memoria.

Me hace sonreír constantemente el carácter de Darcy, suponiendo siempre que tiene todo hecho y que Elizabeth se sentiría halagada de aceptar su proposición (¡si de hecho ya pensaba regresar a Rosings con ella del brazo como prometida!). Su expresión de perplejidad debió ser -de hecho lo fue- bestial.

"¡Oh no, señorita, usted todavía no ha acabado conmigo!" Jejejeje

Adoro esos detalles como bien menciona Wen de los dos pañuelos, uno para el caballero y otro para la dama si lo precisara. Cualquier gesto costumbrista que nos remonte a esa época y nos ayude a ubicarnos en ella resulta delicioso.

Mi querida Lady amiga, por fin me he puesto al día con tu novela- sabes que llevaba un par de capítulos atrasados, que no olvidados- y me agrada ver que recuperas un poquito el ritmo habitual. Espero que sigas así, entre nosotros, como antes, y que todo vaya muy bien.

Recibe un beso afectuoso y mi abrazo desde allén de los mares.

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

Bueno, bueno, tomé café leyendo a nuestra hermosa Akasha y me divertí de lo lindo, je ,je... Bss Akasha.

Y después me he puesto manos a la obra (¡Y qué obra, hoy! ;-) con este precioso capítulo que a ratos pensé... llevo más de una hora disfrutando de Darcy ¡Ay mi Darcy! como una bailarina de claké, ea, pues me he pasado bailando y bailando sobre las palabras (preciosas palabras) y sentimientos (maravillosos sentimientos) de estos románticos personajes... y es que hoy... no ha habido protagonismo de señorita... sino totalmente masculino.... ¡Cómo ama Darcy! ¡XD cómo ama! Un hombre así me habría venido muy bien conocer en mis años mozos... ya no hay solución, estoy demasiado pillada, ja ,ja....

Y la bruja ha salido muy poco hoy a pesar de lo tremendo que era el remate final... Pues yo me llevo para un traje a mi medida, porque románticas hemos estado un buen rato, como siempre... dale las gracias a la autora y a ti... a ti te doy un montón de besos por hacer que reviva las escenas más tormentosas que en declaración de amor se ha podido describir alguna vez y que no fuese la de una propia, claro, je ,je... Porque la mía también fue buena, aún no me he repuesto, juas, juas...

Muchas gracias por haber dejado que capítulo a capítulo me asomase a este blog tan lindo y tan amistoso... y gracias a tu trabajera para nosotras y ¡¡gratis!! pero si ya nadie da nada gratis!!! Pues eso, generosa, que muchas gracias y el Jardín queda siempre en deuda contigo, y mi corazón también...
Bss... amiga.

anabel dijo...

Y aun leeo y re-leeo, veo y re-veo el libro, la serie, la pelicula y sigue encantandome esta parte!!...siempre me quedo perpleja y emocionada, pero viene la parte que siempre me ha interrogado...que pasa con Darcy despues de esto y hasta que se vuelven a ver en Pemberley?? que emocion!! yo me lo he imaginado, pero no soy escritora solo soy lectora, asi que estoy impaciente!!

Citu dijo...

Uy amo esa escena con ella me me enamore de Darcy en el libros y las muchas adaptacionesque he visto. siempre me parte el corzon cuando el la abandona y sale de la habitación pensando que la ha paerdido. Un beso mi lady y que tengas una buena semana.

Aglaia Callia dijo...

Querida, muchas gracias por avisarme de la actualización, sino seguiría a oscuras, qué ilusión poder pasar a leer.

No importa cuántas veces lea los libros o vea las películas, nunca me cansaré de esta declaración, aunque te confieso que lo que más me ha gustado ha sido la exploración desde el POV de Darcy, algo en lo que muchas veces no se repara, y bueno, era algo soberbio, sí, pero no por ello menos encantador.

Me encanta el ritmo que va cogiendo la historia, es fantástico, muchas gracias por subirla y tomarte semejante trabajo.

Un beso grande, espero leerte pronto.

Fernando dijo...

«Él se había esforzado por obtener una verdadera inteligencia superior, conquistar un lugar respetable en el mundo. Y lo único que había conseguido era ser acusado precisamente de las cosas que aborrecía». Está claro que el bueno de Fitz tenía todavía mucho que aprender sobre los resultados o las impresiones que nuestras acciones producen sobre los demás, sean amigos, enemigos o indiferentes. Recuerdo lo que dice nuestro admiradísimo don Mario en El sueño del celta sobre el infortunado Roger Casement: «Su vida había sido una contradicción permanente, una sucesión de confusiones y enredos donde la verdad de sus intenciones y comportamientos quedaba siempre, por obra del azar o pura torpeza, oscurecida, distorsionada, trastocada en mentira» (frases como ésta me matan). Y, tratándose de trabajos de amor, esta circunstancia ha de tenerse aún más presente.
Pero, por suerte, cuando se ama de verdad, suele haber más de una oportunidad para enmendar las torpezas y aprender a hacer las cosas bien. ¿No le parece, milady?
Lo que ocurre es que algunos juegan con ventaja. «Ser el dueño de la encarnación de todas las virtudes». Una aspiración muy superior a cualquier sueño, pero que puede ser realizado. Hay dueños de verdad. Hermosa, inteligente, elegante... su voz, su habilidad, su compasión, su inteligencia, su coraje... ¿Cómo no puede despertar tantísima opulencia humana la admiración y el deseo? Sin duda, los hay afortunados.
A sus pies, literalmente, mi Señora.

Lady Darcy dijo...

Que tal Wendy! lo cierto es que la fallida declaración de Darcy no despierta en mí, más que lástima, por el pobre, es decir, pienso que dista mucho de ser tan romántica como opinarían muchas. Lo ideal habría sido sin duda una declaración en la que expresara que su amor por ella iba más allá que cualquier obstáculo insalvable, y no debió mencionar siquiera, la diferencia de clases sociales,¡qué falta de tino la del hombre! al fin y al cabo ese asunto era un tema que Lizzy sabía de sobra y no tenía por qué tocarlo; en cambio, hizo demasiado énfasis en la "inferioridad" de ella y luego la instruyó de lo lindo con las grandes "virtudes de su familia" creo que al pobre Fitz se le fué la mano en cuanto a sinceridad, y creyendo que hacía bien, no hizo más que ofenderla y humillarla.
Nos vemos en la siguiente entrega mi querida amiga, y gracias por estar aquí.

Lady Darcy dijo...

Hola Lucyoshie,
Te confieso, que a pesar de su "maravillosa declaración", el adentrarme en los sentimientos de Darcy y ver de cerca el sufrimiento previo y posterior a su declaración, pues también soltaría muchas lagrimas por él; la lucha constante por la que ha atravesado, siempre en contra de sus sentimientos y de sus emociones, emociones y sentimientos que muchas veces se sentía obligado a ocultar, y cuando al fín decide mostrarlos, pues termina cayendo estrepitosamente contra el suelo.
Plenamente compartido el sentimiento, mi querida amiga.
Saludos.

Lady Darcy dijo...

Mi querida Akasha,
Pues te digo lo mismo que a nuestra querida Wendy, pero agregaría que a pesar de todo, tiene su buena dosis de romanticismo, un romanticismo que puedo ver en la intención de él al querer declararse a pesar de todo lo que los separaba, de los muchos obstáculos que marcaba una sociedad como aquella. La declaración, en si, deja mucho que desear, pero el motivo, la razón, el impulso que lo lleva a plantarse frente a Lizzy y declararle sus sentimientos, eso sí me parece absoluta y plenamente romántico.
"¡Oh no, señorita, usted todavía no ha acabado conmigo!... una frase deliciosa sin duda, aunque opino que mejor le habría valido quedarse callado...la pregunta sería entonces:¿Quién acabó con quién??
Me complace saber por fín nos acompañarás de manera más habitual, mi querida amiga.
Te envío un beso y hasta entonces.

Lady Darcy dijo...

Mi jardinera bella, no dudo que tu declaración haya sido digna de libreto para película romántica, dramática y sensiblera :) en cambio yo, aún no he tenido una de ese calibre, por lo menos...:(
Y caballeros como Darcy, que amen de ese modo y se encuentren hoy en día...Bueeeno, eso está aún más difícil.
Juntas en la amistad y en la esperanza mi querida amiga. ;)
Besos miles y gracias por ser.

Lady Darcy dijo...

Hola Anabel,
Te aseguro que te llevarás gratas sorpresas en los capítulos siguientes.
Un fuerte abrazo y hasta entonces.

Lady Darcy dijo...

Mi querida Citu,
A pesar de la nefasta declaración de Darcy, no podemos negar que es un personaje que enamora a cualquiera. Innegable el talento de Austen para lograr una reacción en cadena frente a este personaje y esta parte de la novela en concreto.
Gracias por estar siempre aquí, te mando un beso y buen fin de semana.

Lady Darcy dijo...

Buen día Aglaia,
Ese punto de vista personal de Darcy al que haces mención, es sin duda un gran acierto de la señora Aidan. Si bien es cierto, podría tacharse de un plagio, un remedo de la novela original, pero el ver la historia desde los ojos de Darcy, un personaje que siempre ha causado tanta fascinación, precisamente por el misterio que encierra, pues la hace singular; sumando a todo ello los nuevos personajes que aporta a la novela, y las buenas dosis de humor.
Me alegro que la historia te vaya atrapando, nos vemos en la siguiente entrega.
Un beso.

Lady Darcy dijo...

...Tomo aire para responderle mi querido Señor...
Para un hombre tan bien preparado como lo era Darcy, y precisamente por su modo de vida, estoy segura que se esforzaba para no causar una impresión equivocada, estaba acostumbrado a eso, y de hecho, en su entorno lo había logrado.
Estupenda cita, aunque ha de ser frustrante ir por la vida queriendo hacer las cosas bien, y dejar que el azar o la torpeza tomen el control de nuestra existencia, en fin, pero ese es otro tema.
A lo que sí me sentaré frente a frente ante usted y con una taza de café, será sólo para decirle que por muy preparado o muy inteligente que se pueda ser, algunas torpezas suelen
ser, en la mayoría de los casos, por desconocimiento del amor, por no saber cómo actuar. Son aquellas las que merecen una segunda oportunidad, es cierto, gran suerte que tienen algunos, y no le puedo discutir, me ha pasado; pero algunos caballeros lo toman como una excusa permanente... ¿Cómo saber entonces_ me pregunto_si eso no es más bien una ventaja? y no a la que usted hace mención? Aprovecharse de esa sucesión de confusiones y enredos en donde la verdad de las intenciones quedan sólo en eso, en meras intenciones? Estoy segura que la respuesta sería: Si amas, confía. Pero qué duro que a veces puede llegar a ser, hace falta fortaleza, paciencia y sobre todo mucho Amor.
Con todo eso, literalmente, mi Señor.