martes, 24 de agosto de 2010

UNA FIESTA COMO ÉSTA Capítulo XII

Una novela de Pamela Aidan

Capítulo XII


No todo lo que reluce…


Con su acostumbrada precisión, Darcy estampó su firma en el último documento de negocios que esperaba encontrar antes de marcharse de Londres para pasar la Navidad en Pemberley, y se lo entregó a Hinchcliffe para que le echara la arenilla secante y lo sellara. ¡Por fin estaba libre de los aspectos tediosos de su regreso a la ciudad y podía dedicar su atención a actividades más placenteras! Aunque, en realidad, la velada de esa noche en casa de lord y lady Melbourne en Whitehall no respondía exactamente a todo lo que él consideraba placentero, reconoció para sus adentros, mientras cerraba los libros de contabilidad. Únicamente la muy anunciada aparición de la Catalani podía haberlo convencido de aceptar una de las invitaciones de lady Melbourne, porque, en general, él siempre seguía el consejo que le había dado a Bingley y evitaba al grupo de esa dama tanto como era posible.


La manera en que lady Melbourne alentaba las excentricidades del príncipe regente no era la única razón para que Darcy mantuviera una actitud distante. Los rumores sobre las intrigas y las irregularidades que ocurrían dentro de las paredes de Melbourne House se remontaban a treinta años atrás, hasta el nacimiento del heredero del vizconde, y llegaban hasta la actualidad en forma de chismes sobre la escandalosa conducta de la nueva esposa del heredero. Darcy había estado presente en la boda del honorable William Lamb con lady Caroline Ponsonby, durante una de sus escasas visitas a la ciudad mientras su padre estaba enfermo. Consideraba a Lamb como un buen tipo, sensato en su objetivo de seguir una carrera política y de un carácter más serio de lo que podían esperar sus electores a juzgar por sus antecedentes. Pero su matrimonio con lady Caroline, que ya era conocida por una conducta poco convencional, fue, en opinión de Darcy, una imprudencia. En esto Darcy había tenido mucha razón, y mientras asentía para autorizar a Hinchcliffe a guardar los libros, pensó en cuál de las dos damas tendría más probabilidades de dar un espectáculo esa noche: ¿la temperamental diva o la impredecible lady Caroline?


—Otro buen día de trabajo, Hinchcliffe —le dijo Darcy a su secretario en tono elogioso—. Usted ha supervisado todo de manera admirable. Nunca podría haber conseguido tantas cosas sin contar antes con su atención.


—Un placer, señor —respondió el sombrío secretario, bajando ligeramente los ojos—. ¿Ya ha fijado fecha para su partida hacia Pemberley, señor? Me gustaría empezar a disponerlo todo.


—El martes 17, creo, si logro ver a Lawrence el lunes. ¿Ya hemos recibido respuesta a mi solicitud?


—Llegó esta tarde, señor Darcy. —Hinchcliffe abrió su omnipresente carpeta de cuero, extrajo una nota un poco arrugada y manchada de pintura y leyó: «El señor Thomas Lawrence tendrá el gusto de recibir al señor Fitzwilliam Darcy a las dos y media el lunes 16 de diciembre, en su residencia, Cavendish Square»—. ¿Envío confirmación, señor?


—Sí, hágalo. Si mi entrevista sale bien y él está de acuerdo, Lawrence hará un retrato de la señorita Darcy cuando ella venga a Londres conmigo en enero. —Darcy sonrió al ver la expresión de sorpresa de Hinchcliffe—. De hecho, tengo total confianza en que podré convencerla de que venga conmigo. No para la temporada social, claro, es demasiado joven, pero habrá reuniones suficientemente tranquilas, óperas y obras de teatro y… —añadió en voz baja después de hacer una pausa—: y será estupendo tenerla entre nosotros, ¿no es así?


—Así será, en efecto, señor Darcy. —La expresión de ternura que cruzó fugazmente por el rostro de Hinchcliffe confirmó lo que Darcy sabía desde hacía años. Él podía estar seguro de la lealtad de su secretario, pero la depositaria de la devoción de Hinchcliffe era su hermana, que había nacido el mismo año en que él entró a trabajar para la familia.


El reloj de la biblioteca dio las cuatro, y como si estuviera planeado, Witcher abrió la puerta en ese momento, pero no para hacer el esperado anuncio de que el té estaba listo.


—Señor Darcy, lord Dyfed Brougham está aquí para…


—Sí, sí, estoy aquí para verte, Fitz; y sé que estás en casa. No trates de deshacerte de mí con algún cuento chino, ¡porque sé que estás aquí! —La elegante figura de lord Brougham invadió el umbral de la puerta y luego pasó junto al mayordomo—. Buen intento, Witcher, pero Fitz me recibirá, ¿no es así, viejo amigo? —le dijo a Darcy con una sonrisa triunfal.


—Dy, ¿no tienes nada mejor que hacer que perturbar a mis empleados? —Darcy sacudió la cabeza al dirigirse a su viejo amigo de la universidad.


—¡Absolutamente nada más! ¡Excepto, tal vez, molestarte a ti! —Lord Brougham estiró la mano y estrechó la de Darcy con fuerza—. ¿Dónde has estado este último mes? Llegué a la ciudad y encontré cerrada tu puerta, y lo único que pude sacarle a Witcher fue que «El señor Darcy estaba de visita en el campo». Le ofrecí veinticinco libras para que me dijera dónde, pero el señor Witcher aquí presente —dijo lord Brougham, señalando con la cabeza al mayordomo— no soltó palabra.


—Que eso te sirva de lección para que no intentes sobornar a los criados leales —le contestó Darcy con una carcajada.


 —Bueno, todos esos años en la universidad no me han enseñado nada, así que dudo que esto lo haga. ¡Soy un caso perdido, ya lo sabes! —Brougham se dejó caer pesadamente en uno de los sillones al lado de la chimenea y miró a su alrededor—. Te pillé haciendo cuentas, ¿no es así, Fitz?


—No, de hecho acabamos de terminar; y estaba esperando el té…


—¡Té! ¡Buena idea! —Se incorporó en su asiento de un salto—. ¿Por qué no vamos hasta el club tú y yo? Apuesto a que no has visitado Boodle's desde que regresaste de… ¿en dónde has estado escondido?


—Hertfordshire.


—¡Dios, no me digas! ¡Hertfordshire! —exclamó Brougham con aire pensativo—. ¿Haciendo qué, Fitz?


—Te lo contaré cuando lleguemos al club. —Darcy se volvió hacia su mayordomo que, conociendo la naturaleza alegre de lord Brougham, estaba sonriendo discretamente tapándose la boca—. Mis cosas, Witcher, si es usted tan amable. Parece que tomaré el té en Boodle's.


Los dos hombres bajaron los escalones de la entrada de Erewile House y se subieron en el cabriolé de lord Brougham, que en minutos los llevó, bajo su experto látigo, hasta el silencioso santuario de Boodle's. El arrogante portero del club los acompañó al interior, donde varios lacayos se apresuraron en silencio a ocuparse de sus abrigos, sombreros y guantes.


Acompañando a su amigo mientras atravesaban el pavimento ajedrezado de mármol italiano, Darcy enarcó una ceja.


—¿Adónde vamos, Dy?


—A algún lugar donde podamos hablar en privado sin escandalizar a los socios más antiguos. El extremo del comedor, tal vez. —Brougham hizo un guiño al ver una sombra de reserva que cruzó enseguida el rostro de Darcy—. ¡Ah, nada tan malo como eso, Fitz! A menos que te hayas estado divirtiendo en… ¿dónde era? ¿Herefordshire?


—Hertfordshire, ya lo sabes —respondió Darcy de manera tajante.


—¡Ah! Ya veo que tenemos mucho terreno por cubrir. —Brougham comenzó a caminar hacia uno de los corredores revestidos de madera que formaban un arco sobre las escaleras que llevaban del vestíbulo a los pisos superiores del club.


Tal vez esto no ha sido una buena idea. Darcy entrecerró los ojos al observar la espalda de su amigo, mientras lo seguía hacia el comedor. Sabía muy bien que bajo la apariencia de diletante de Dy se escondía una mente aguda que, a pesar de sus declaraciones, era capaz tanto de diseñar un puente como de componer un soneto. Los dos habían competido intensamente en la universidad y Darcy recordaba muy bien, por si su amigo no tenía tan buena memoria, la cantidad de premios que Dy había ganado en Cambridge. Mientras, pensó Darcy con incomodidad, traía de cabeza a sus tutores.


En los siete años que habían transcurrido desde entonces, y a través de su estudiada elegancia y sus veleidosos modales, Dy había logrado hacer que la sociedad olvidara esos triunfos y le atribuyera solamente una encantadora frivolidad. Darcy se había preguntado muchas veces por qué quería dar aquella imagen, pero Dy había esquivado hábilmente todos sus intentos de obtener una respuesta. Cómo o por qué su amigo había decidido dirigir su vida en esa dirección seguía siendo un tema tabú entre ellos, pero como no afectaba a la firmeza de su larga amistad, Darcy había preferido, desde hacía tiempo, dejar la pregunta sin respuesta. Sin embargo, había descubierto que su tolerancia hacia la infructuosa existencia de Dy no siempre encontraba una respuesta recíproca. Si no soy extremadamente cuidadoso, se advirtió, Dy descubrirá a través de mis propios labios lo que más quiero ocultar.


Cuando entraron en el espacioso comedor, Brougham pidió inmediatamente la mesa más cómoda.


—Aquí, esto está perfecto, Fitz. —Le ofreció una silla a Darcy y luego se sentó en la que disponía de la mejor vista de todo el salón—. Pidamos nuestro té y luego podrás contarme todo acerca de tu expedición al campo. —Mientras los camareros traían un plato tras otro de lo que Boodle's consideraba un té apropiado para sus miembros, Darcy y Dy se entretuvieron intercambiando trivialidades y bromas acordes a su larga amistad. Cuando por fin quedaron solos, Dy se puso un poco más serio y habló con más franqueza mientras informaba a su amigo de los rumores económicos y las especulaciones políticas que realmente importaban a los hombres en la posición de Darcy.


—Eres una increíble fuente de información —comentó Darcy secamente, cuando Brougham hizo por fin una pausa para darle un largo sorbo a su té—. Uno casi podría suponer que es una pasión.


—¡Oh, nada tan fatigoso! Uno oye cosas, ya sabes. Reuniones, fiestas, partidas de caza, lugares de juego… lo que sea, charla y más charla. Lo que sucede es que tengo una memoria endemoniadamente prodigiosa. —Le lanzó a Darcy una expresiva mirada y suspiró—. Es una más de las maldiciones que debo soportar.


—Y dime, ¿cuáles son las otras? —Darcy se rió abiertamente ante la actitud de autocompasión de Dy—. Una fortuna muy considerable, una delicada personalidad y…


—¡Por favor, no más! ¡Me estás haciendo avergonzar! Lo cual es particularmente molesto pues era yo quien trataba de avergonzarte. Ahora, cuéntame sobre Hertfordshire —exigió Brougham.


—¿Estás seguro de que no es Herefordshire? —le dijo Darcy, mientras trataba de ganar tiempo para ponerse en guardia.


—No, estoy seguro de que dijiste Hertfordshire. Vamos, vamos; cuéntale a papá qué hiciste. La confesión, ya sabes… es buena para el alma y todo eso. —Brougham lo miró deliberadamente.


Darcy se sorprendió retorciendo la servilleta que tenía sobre las piernas. La cara de Dy era toda sinceridad, con un toque de humor sarcástico que invitaba a las confidencias. Al principio, la idea de reclutar a su viejo amigo para ayudarlo le había parecido totalmente imposible. Pero cuando se sentaron en silencio a tomarse su té, lentamente fue adquiriendo un matiz razonable. Darcy no iba a contarle todo, claro. Nada sobre… bueno, sólo lo que Dy necesitaba saber para ayudarlo con Bingley.


—¿Conoces a mi amigo Charles Bingley?


Brougham asintió con la cabeza.


—Un joven del norte, con más disposición que buen juicio. Tú le has hecho unos cuantos favores últimamente.


—Bingley alquiló por un año una pequeña propiedad en Hertfordshire y se enredó con una jovencita de una familia poco conveniente. —Darcy fue tejiendo su historia, teniendo cuidado de no mencionar que él también había caído en una tierna fascinación—. Así que —concluyó—, como al hombre no se le puede mencionar el tema y no atiende a razones, estoy intentando un juego encubierto. Sembrando dudas, ese tipo de cosas. Lo encuentro terriblemente incómodo.


—¡Me lo imagino! No va con tu carácter, Fitz. ¿Crees que él sospecha algo?


—No, no lo creo. Al menos, lo dudo. Confía en mí ciegamente, ¿sabes? —Darcy se sonrojó y fijó la vista en su anillo de rubí.


—Es probable que tengas razón en que no sospecha. «El corazón que es consciente de su propia integridad tarda en dar crédito a la traición de otro». ¡Ah, lo lamento, Fitz! —Brougham se disculpó al ver la expresión de dolor de Darcy—. No quería que sonara así. Bueno, ya tienes el toro por los cuernos. ¿Cuál es tu siguiente movimiento?


—Vamos a asistir a la velada de lady Melbourne esta noche.


—¡La divina Catalani! Fitz, tienes suerte. Yo también he enviado confirmación de mi asistencia a esa velada. ¿Cómo puedo ayudarte con el encantado señor Bingley?


—Ayúdame a presentarle nuevos encantos. Tú sabes lo torpe que soy para esas cosas, Dy. Pero espera —Darcy respondió con rapidez a la mirada de suspicacia de Brougham—, con eso quiero decir jovencitas decentes. Si le presentas alguna de las amigas íntimas de lady Caroline, te saco del asunto, ni se te ocurra intentarlo.


Brougham levantó las manos con fingido horror.


—¡Dios no lo permita, Fitz! Pero ¿dónde diablos sugieres que encuentre esas «jovencitas decentes» en una velada ofrecida por lady M?


—¡No creo que sea un desafío muy grande para alguien que carga con «la maldición de una memoria prodigiosa»! —le repitió Darcy. A pesar de lo razonable que parecía confiar en Dy, Darcy estaba comenzando a dudar.


—Sí —dijo Brougham, arrastrando la voz—, claro. Haré mi mejor esfuerzo, amigo. Ahora bien, ¿vamos juntos o debemos fingir que nos encontramos allí por casualidad?


—Nos reuniremos contigo allí, pero no voy a fingir que no fue planeado. Le contaré a Charles que convinimos encontrarnos, digamos, a las nueve y media cerca del salón de juego.


—¡Hecho! No hay nada como un poco de intriga para animar la velada. ¿Puedo dejarte en Erewile House?


Los dos se levantaron de la mesa y cruzaron a grandes zancadas los distintos salones del club, deteniéndose aquí y allá para intercambiar saludos con los conocidos de uno y otro, pero dirigiéndose hacia la puerta principal. Trajeron el cabriolé de Brougham y los caballos enfilaron hacia Grosvenor Square.


—No me has hablado de Georgiana —le dijo Brougham a Darcy con tono acusador—. Dios, debe de haberse convertido en una joven damita.


—Sí… sí, así es. Pretendo traerla conmigo a la ciudad en enero.


—¡Pero no para la temporada! ¡No puede estar tan crecida!


—En eso estamos de acuerdo. No, sólo quiero que conozca algunos de los entretenimientos de la ciudad. Disfruta mucho con la música y ha cultivado un gusto muy refinado.


—Y tú te vuelves muy elocuente cada vez que hablas de ella. —La cara de Brougham adoptó una expresión distante—. Te envidio, Fitz. Te envidio incluso desde que Georgiana era una chiquilla traviesa, que entorpecía inocentemente nuestros planes. ¿Recuerdas ese verano que pasé en Pemberley después de nuestro primer año en Cambridge?


—¿Cómo podría olvidarlo? ¡Fuiste tú quien la encontró! Nunca olvidaré la imagen de ella en tu regazo, al entrar en el jardín.


Brougham suspiró con tal sigilo que Darcy casi no lo nota.


—Fitz, tengo que confesarte algo. Fui yo quien escondió la maldita muñeca que ella estaba buscando. Si no la hubiese encontrado… —Se detuvo bruscamente—. Bueno, lo hice y eso, como suele decirse, es todo. ¡Y aquí estamos! —Brougham detuvo a los dos caballos bayos y se inclinó para abrirle la puerta a Darcy—. En el salón de juego de lady M a las nueve y media. Yo seré el que lleva una flor en el ojal. —Saludó a Darcy con el látigo—. ¡Au revoir!


Darcy se quedó parado en la penumbra, observando el cabriolé con el ceño fruncido, hasta que dio la vuelta a la esquina y desapareció de su vista. Luego, sacudiendo lentamente la cabeza, subió los escalones hasta Erewile House.




************





—¡Señor Darcy! —La puerta de la habitación se estaba cerrando tras él, cuando Fletcher, muy agitado, casi le saltó encima desde atrás.


—¡Por Dios, Fletcher! —protestó Darcy, sorprendido—. Todavía no le he llamado.


—No hay tiempo para eso, señor Darcy. ¡Tenemos que empezar ya! Su baño estará listo en un minuto. ¿Elegimos la ropa que llevará a la velada de esta noche? ¿Tenía usted algo en mente? —Darcy echó un vistazo a la habitación y notó, entre divertido y alarmado, que prácticamente todas las prendas de gala que poseía estaban colgadas o desplegadas por todos lados. Un montón de corbatas de lazo recién almidonadas reposaba dócilmente junto al joyero. Sus distintos pares de zapatos de gala habían sido lustrados hasta la perfección. Todo tenía la apariencia de una campaña militar, pensó Darcy mientras volvía a fijar su mirada en el ayuda de cámara.


—Creo que le han informado mal, Fletcher. Sólo es una velada, no una invitación a Carlton House.


—Precisamente, señor —resopló Fletcher—, ¡si se tratara de Carlton House! Pero en lugar de eso es Melbourne House, un lugar mucho más refinado, señor.


—Ajá —fue toda la contestación de Darcy cuando comenzó a avanzar hacia el vestidor, con Fletcher pisándole los talones. Durante el proceso de desnudarse y bañarse, su ayuda de cámara se movió con total profesionalidad y precisión. Una orden susurrada a un muchacho de la cocina por aquí o una pregunta en voz baja para sí mismo por allá, y casi sin darse cuenta, Darcy se encontró bañado, envuelto en su bata y sentado en la silla de afeitar, todo en un tiempo asombrosamente corto.


Mientras Fletcher probaba con pericia el filo de la navaja, Darcy se acomodó en la silla. El carácter rutinario del proceso —Fletcher siempre ejecutaba los movimientos en el mismo orden y de la misma manera— solía brindarle preciosos momentos de reflexión. Esa noche había muchas cosas sobre las cuales reflexionar… demasiadas, si Darcy permitía que su mente vagara hacia donde quisiera. La repentina aparición de Dy había sido verdaderamente providencial. Brougham era mucho más capaz de lo que él podría llegar a ser alguna vez, de orientar a Charles a través del laberinto de complejidades que suponía una reunión de la flor y nata de la sociedad. Aparte de un genuino aprecio por la aclamada diva, su único interés en la velada era la oportunidad de distraer a Charles de su enamoramiento en Hertfordshire. La atención que prestarían las damas jóvenes ante la aparición de una cara nueva y rica ciertamente sería para Charles como un vino embriagador. Darcy esperaba que eso, sumado a las dudas que él había sembrado respecto al otro asunto, canalizara las vacilantes convicciones de Bingley en una dirección apropiada. Mañana le enviaría una nota a la señorita Bingley, y si ella podía contener su desprecio por Hertfordshire y actuaba como él le había dicho, Charles estaría a salvo y fuera de peligro, y él podría volver a Pemberley.


—Aquí tiene, señor. Su toalla, señor. —Fletcher dejó caer una suave toalla turca en su mano y, volviéndose hacia la bandeja que contenía los artículos de tocador, seleccionó una botella—. Sándalo, creo, señor. —Darcy asintió con la cabeza y recibió en la palma de la mano un chorrito de la fragancia mezclada con alcohol.


—¿Ya ha decidido el traje que llevará, señor Darcy?


El caballero se levantó de la comodidad de la silla y miró a Fletcher, al que veía animado por primera vez desde que había regresado a Londres.


—No, no he pensado en eso todavía, aunque usted parece haber reflexionado mucho sobre el asunto, a juzgar por el estado de mi alcoba. ¿Qué sugiere, Fletcher, teniendo en cuenta que el mismísimo Beau Brummell asistirá, y probablemente también el regente? —Darcy volvió a su habitación, supervisando de nuevo aquel despliegue.


—Elegancia contenida, señor Darcy. Y como usted, señor, tiene más derecho que ciertos personajes famosos a reclamar como suya esa cualidad…


—No tengo ningún deseo de competir con el señor Brummell, Fletcher —aclaró Darcy mientras se quitaba la bata—. Sólo lo he mencionado a modo de advertencia y no quiero llamar excesivamente la atención de nadie en particular.


—Comprendo perfectamente, señor. Nada de llamar excesivamente la atención. —Fletcher hizo una pausa y acarició el fino algodón blanco de la camisa que había elegido para su amo—. Diría que el traje azul oscuro con el chaleco de seda negra. El que tiene bordados con hilo color zafiro, como el verde que se puso en Netherfield.


Darcy dio media vuelta.


—¡No! Otra cosa. —Fletcher levantó el chaleco y lo puso al lado del finísimo traje azul, casi negro—. Ah —suspiró Darcy—. Azul. —Su voz se convirtió en un murmullo—. Sí, eso funcionará.


—Sí, señor. —El ayuda de cámara sostuvo la camisa y la deslizó por los brazos de Darcy. El entusiasmo de Fletcher crecía con cada nueva prenda que Darcy se ponía, en marcado contraste con su actitud desde que habían vuelto a Londres. Era evidente que su ayuda de cámara también tenía intereses en Hertfordshire y Darcy sintió un poco de pena por eso. ¡Aquel viaje se había convertido en un completo desastre! Darcy bajó la vista mientras Fletcher terminaba de abrochar el chaleco y pasaba a elegir una corbata. Sí, se parecía mucho al que se había puesto en Netherfield. ¿Hacía sólo dos semanas? Los hilos metálicos brillaban y se ensombrecían cada vez que él se movía frente al espejo. ¡Cuántas esperanzas había puesto en los buenos resultados de esa velada!


Fletcher regresó y Darcy se sentó y levantó la barbilla para que el ayuda de cámara tuviera suficiente espacio para desplegar su habilidad. Mientras Fletcher hacía dobleces y nudos, la mente de su patrón se deslizó involuntariamente a aquella noche, a esos escasos momentos en que había tenido la mano de ella entre las suyas y se habían movido juntos en armonía y no en oposición. La manera en que el vestido flotaba alrededor de la muchacha, las flores que tenía entrelazadas en el pelo.



… tan agradablemente bella,


que lo que antes me había parecido


bello en todo el mundo


ahora me parecía raquítico,


o más bien, que estuviese reunido en ella,


contenido en ella.


Y en sus miradas, que desde aquel momento


han derramado en mi corazón una dulzura


no experimentada hasta entonces:


Su presencia inspiró a todas las cosas


un espíritu de amor y una amable delicia.


Sobresaltado, Darcy trató de pensar en otra cosa, pero no pudo evitar un estremecimiento que hizo exclamar a Fletcher:


—Por favor, señor, no se mueva todavía.


Aquellos versos eran los que había encontrado marcados por los hilos de bordar que había robado del ejemplar de Milton de la biblioteca de Netherfield. Una fantasía idiota, se dijo mientras desviaba la mirada de su ayuda de cámara, pero la severa autocensura no impidió que dirigiera su mano a los hilos del libro colocado sobre la mesilla de noche. Mientras Darcy se los enredaba con delicadeza en el dedo y los guardaba en el bolsillo del pecho, las palabras sobre las que habían reposado se apoderaron de él, de manera similar a la mujer que ellas evocaban.


Un golpecito en la puerta anunció una deseada distracción: una bandeja de monsieur Jules. Un muchacho de la cocina levantó las tapas para dejar a la vista un apetitoso tentempié para darle fuerza, ya que la cena en Melbourne House no sería servida antes de medianoche.


—Listo, señor. —Fletcher regresó a la habitación—. Excepto por la leontina y la chaqueta, está usted listo. —Darcy examinó en el espejo los esfuerzos del ayuda de cámara con ojo crítico. El rostro de Fletcher aparecía junto a él—. Si alguien pregunta —presumió con orgullo de sastre—, es el roquet. Una creación mía —agregó con modestia.


—¿Roquet? ¿Fuera de juego? ¿Y a quién voy a dejar fuera de juego con esto? —Darcy señaló el lazo que rodeaba su cuello, formado por una incontable cantidad de nudos y dobleces.


—A quien quiera, señor Darcy. —Fletcher hizo una reverencia, al ver que Darcy enarcaba una ceja; luego tomó la servilleta de la bandeja y la sacudió—. ¿Señor?


Darcy se sentó ante su comida con el ceño fruncido, mientras se preguntaba por la actitud de su ayuda de cámara, que le devolvió la mirada con imperturbable aplomo.


—¿Un caso de medida por medida, Fletcher? —preguntó Darcy finalmente, al tomar la servilleta.


La sombra de una sonrisa de satisfacción se vio reflejada en el rostro del ayuda de cámara.


—Más o menos, señor. Más o menos.





Darcy se inclinó para mirar por la ventana del carruaje, justo a tiempo para ver cómo uno de sus cocheros saltaba del pescante y doblaba por la calle Jermyn hacia Grenier's, con una nota para Bingley que lo avisaba de que Darcy ya había llegado y que lo esperara hasta que el coche estuviera frente a la puerta del hotel. Satisfecho, Darcy se recostó contra los cojines y se acomodó mejor el abrigo y la manta. El viaje hasta Melbourne House no era problema, pensó mientras esperaba envuelto entre las sombras de una fría noche de finales de otoño; pero la espera mientras la larga hilera de coches trataba de dejar a sus pasajeros y luego tenía lugar el saludo de bienvenida que podía alargarse más de una hora, incluso dos. No es que estuviera ansioso por llegar a su destino. ¡Gracias al Cielo, Dy estará allí! Alguien sensato y decente con quien conversar y que sirviera de excusa para no tener que prestarle atención a todas las lady Tal o señorita Cual y su madre.


El carruaje se balanceó un poco cuando Bingley, con un grueso abrigo, abrió inesperadamente la puerta y se subió.


—¡Charles! —exclamó Darcy—. ¿Acaso no recibiste mi nota?


Un pedazo de papel pasó frente a su nariz.


—Sí, ¡y aquí está! La hilera frente a Grenier's es increíble esta noche. Todo el mundo está saliendo o entrando, y tú estarías esperando hasta que los ladrillos estuvieran helados. Era mucho más fácil que yo viniera hasta aquí, y acompañado por tu cochero, no había ningún riesgo. ¡Sí, ya me he enterado! —Bingley interrumpió la protesta de Darcy—. ¡Qué asunto tan horrible lo de Wapping! ¡Está en todos los periódicos! —Se sentó en el asiento frente a Darcy y se quitó una bufanda gruesa que tenía sobre la boca—. ¿Es cierto que el regente ha prohibido la entrada a Carlton House después de las ocho?


Darcy asintió con la cabeza mientras el coche se alejaba de la acera y el conductor comenzaba el tedioso recorrido de las calles hacia Whitehall.


—Prohibida para los desconocidos. Desde luego, no se les cerrará la puerta a los amigos íntimos de su majestad, pues ninguno es, todavía, sospechoso de asesinato —añadió secamente.


La carcajada de Bingley dejó traslucir un temor nervioso.


—Darcy, esta recepción… Ayer parecía una gran idea, pero cuanto más lo pienso… —Dejó la frase sin terminar y se concentró en examinar sus guantes.


—Lo harás muy bien, Charles —le aseguró Darcy—. Siempre te he visto desenvolverte estupendamente en cualquier lugar. Tu talento para llevarte bien con cualquier persona con quien te encuentres es verdaderamente magnífico. Incomprensible, pero magnífico.


Bingley se rió otra vez con nerviosismo.


—Bueno, esta noche será la prueba de fuego. Casi desearía que la que estuviera emprendiendo esta aventura fuera Caroline y no yo. ¡A ella le fascinaría!


Darcy sonrió en la oscuridad.


—Para mí, tu presencia es mucho más agradable. Lo cual me recuerda que, además de la flor y nata de la sociedad que conocerás esta noche, quiero presentarte a un viejo amigo mío, lord Dyfed Brougham. Estuvimos juntos en Cambridge; y pasó uno o más veranos en Pemberley.


—¿Brougham, dices? No, no creo que lo conozca, ni a él ni a su familia.


—Es poco probable. Brougham es el único hijo vivo y sus padres ya eran mayores cuando él nació. El viejo conde murió antes de que nos conociéramos en el primer año de universidad. Brougham mismo es como un fuego fatuo; uno nunca sabe cuándo va a aparecer. Pero —advirtió Darcy— él es el hombre preciso para guiarte en la prueba que habrás de superar esta noche. Sigue sus indicaciones y no te quepa duda de que saldrás indemne.


—¿Y tú qué vas a hacer?


—Espero tener la oportunidad de oír realmente a la Catalani. La última vez que asistí a una representación, el ruido en los palcos era tan abrumador que ni siquiera se podía oír su potente voz. Aparte de eso, planeo pasar la mayor parte de la velada evitando el peligro lo mejor que pueda.


—¡Peligro! Haces que parezca tan siniestro, Darcy. Me temo que no esperas disfrutar de la velada en lo más mínimo. ¡Espero no estar interfiriendo con tus expectativas!


—¡Claro que no, no seas tonto! —Darcy se movió con inquietud—. Nunca me han gustado las reuniones multitudinarias, como bien sabes, y tengo poca paciencia para las intrigas que tanto le fascinan a la clase alta. —Se inclinó hacia delante—. Pero no permitas que eso te estropee la noche. Quédate cerca de Brougham y sin duda lo pasarás bien. Sólo procura no dejarte arrastrar a nada que requiera que yo te secunde.


—¡Casi creo que estás hablando en serio!


El carruaje se balanceó hasta detenerse en la esquina antes de Whitehall y se unió a la fila de coches que esperaban turno para aparcar ante las escaleras iluminadas con antorchas y los lacayos de Melbourne House. Darcy golpeó el techo con su bastón y en segundos apareció el cochero en la puerta.


—Señor Darcy.


—Harry, creo que iremos caminando desde aquí. ¿El señor Witcher le ha dado algo?


—Sí, señor. —Harry sonrió y se dio un golpecito en el bolsillo de la chaqueta, de la cual salió un alegre tintineo—. James y yo tenemos con qué tomarnos algo en el Bull 'n' Boar. Gracias, señor —contestó el cochero, mientras metía la mano por la puerta para bajar la escalerilla del carruaje.


—Muy bien, Harry. —Darcy se bajó y Bingley lo siguió—. Venga a buscarme a las dos. Espero salir temprano, a menos que el señor Bingley no se quiera ir.


—Sí, señor. A las dos en punto, entonces, y que tenga una buena noche, señor Darcy.


Los dos hombres dieron media vuelta y recorrieron a buen paso la calle, que ya estaba llena de curiosos y vendedores callejeros de todas clases. Darcy apretó el precioso mango de su bastón. Se enderezó, proyectando un aire de inquebrantable determinación, mientras se abría paso entre la multitud, con Bingley detrás de él. Rápidamente alcanzaron la fila de antorchas que iluminaban las entradas de Melbourne House, y tras entregar al lacayo sus tarjetas, fueron escoltados de inmediato escaleras arriba, al interior de la casa, antes que otros invitados que habían llegado primero.


Bingley miró a Darcy con un gesto de desconcierto, mientras un criado se acercaba a recoger el sombrero y el abrigo, pero Darcy se limitó a encogerse de hombros a modo de respuesta. Siempre había recibido aquel trato preferente, y sería difícil explicarle a Bingley, que era un recién llegado, que esto sólo era uno de los elementos básicos del juego al que tanto le gustaba jugar a la alta sociedad. Aunque mientras se dirigía al mayordomo y volvía a presentar su tarjeta, Darcy reconoció para sus adentros que él tampoco esperaba tanta deferencia en aquel lugar, en Melbourne House. Sólo se había mezclado con ese grupo en contadas ocasiones, a pesar de haber tenido muchas oportunidades y ser invitado innumerables veces, y sabía que la mayor parte de esa gente lo consideraba un tipo orgulloso y pomposo, por su devoción a los principios y el decoro. Pero parecía que esa noche su apellido y su fortuna superaban todos esos defectos. Faltaba ver quiénes eran los otros invitados de lady Melbourne. Entonces, tal vez, pudiera evaluar mejor la forma en que había sido recibido.


Darcy avanzó hacia el arco que llevaba a los salones sociales y esperó a que el mayordomo de los Melbourne lo anunciara a él y luego a Bingley. Un rápido examen le confirmó que casi todo el mundo había llegado, los nobles y los políticos, los literatos y los artistas, los hombres que estaban en la cima de sus carreras y aquellos cuyo momento de gloria acababa de pasar. Mujeres nobles y señoritas muy ricas colgaban airosas de sus brazos, mientras el esplendor de sus vestidos contrastaba con la austeridad brummelliana de los caballeros, que miraban a todos lados con el único objetivo de ver y ser vistos. La música sonaba en el salón de baile, que sumada a las voces daba como resultado una mezcla ensordecedora.


Darcy se volvió hacia Bingley y sonrió con ironía, al ver la expresión de asombro e intimidación de la cara de su amigo. ¡Claro que era una experiencia apabullante para un joven tan poco presuntuoso como Charles! A Darcy le entraron dudas sobre la conveniencia de su plan, pero ya era demasiado tarde para reconsiderarlo. El mayordomo estaba anunciándolos precisamente en ese momento.


Lady Melbourne se disculpó con el grupo con el que estaba conversando y se dirigió hacia ellos, con una sonrisa muy elogiada por su calidez pero no por su sinceridad.


—Señor Darcy, ¡qué maravilla tenerlo aquí! —Extendió su elegante mano enguantada, que el caballero tomó con suavidad al tiempo que hacía una reverencia—. Sefton —dijo lady Melbourne por encima del hombro—. ¿Ve usted? ¡Sí ha venido, aunque usted juró que no lo haría! —Lord Sefton le hizo a Darcy una rápida inclinación a modo de disculpa.


—Encantado de verle, Darcy —saludó, arrastrando las palabras el fundador del club Four-In-Hand—. Sólo estaba tratando de evitar que la dama sufriera una decepción. Además, usted nunca viene, al menos no hasta ahora.


—Shhh, Sefton, hará que piense que no hacemos otra cosa que chismorrear, y eso no es del todo cierto. —Lady Melbourne miró coquetamente a Darcy con sus famosos ojos negros y sonrió—. Hay muchas maneras de divertirse, señor Darcy, y hoy tenemos disponibles para los invitados muchas de ellas. —Al tomar el brazo de Darcy, lady Melbourne se fijó en Bingley, que estaba parado en silencio, detrás de su amigo—. ¡Ay, por favor excúseme, señor! ¿Un amigo suyo, señor Darcy?


—En efecto. ¿Me permite tener el honor de presentárselo, su señoría? —Después de que la dama asintiera con curiosidad, Darcy hizo la presentación. Para alivio de Darcy, Charles parecía haberse recuperado de su asombro por todo lo que lo rodeaba y pudo recibir la mano de la señora con genuina elegancia.


—Señor Bingley, debe usted aprovechar todas las oportunidades de divertirse que tenemos esta noche. Hay baile en el salón de baile, partidas de cartas en varios salones alrededor del vestíbulo… —Lady Melbourne hizo una pausa. Darcy pudo percibir que estaba evaluando rápidamente a Charles y asignándole una posición entre la clasificación de sus conocidos. ¿Dónde lo clasificará?, se preguntó, lo cual fue seguido de una pregunta más pertinente: ¿Y dónde me incluirá a mí esta noche?—. Pero si sus gustos tienden, como los de su amigo, hacia lo filosófico y lo político, mi hijo Lamb está atendiendo a los invitados más intelectuales en el salón azul. Ahora, ¿adónde quiere que lo lleve?


—Lady Melbourne, es usted muy amable. —Bingley volvió a inclinarse ante su anfitriona y luego miró a Darcy sin saber qué hacer—. No sé por dónde comenzar…


—Entonces, permítame que decida por usted, señor Bingley. —Lady Melbourne dio media vuelta, y después de examinar a los que tenía cerca, levantó con elegancia su abanico y le hizo señas a una joven que enseguida se disculpó con su distinguido acompañante y se dirigió hacia ella—. Mi querida señorita Cecil, permítame presentarle al señor Bingley, un amigo especial de nuestro querido señor Darcy. Señor Bingley, la señorita Cecil, sobrina nieta del marqués de Salisbury, Hertfordshire. —Darcy observó a Bingley mientras hacía una inclinación, y pensó que le habría gustado conocer mejor a la joven. La muchacha se inclinó graciosamente ante su amigo y ante él, pero tenía un aire de presunción que a él no le gustó, aunque era una mujer muy atractiva.


—Señorita Cecil —dijo Bingley con esa sonrisa sincera que contribuía a desplegar su encanto normal—, ¿le gustaría bailar o…?


—Claro que quiere bailar, señor Bingley; ¿no es así, querida? —Lady Melbourne le sonrió a la señorita Cecil con sorna y ésta, inmediatamente después de intercambiar una mirada con su señoría, asintió en señal de aceptación y tomó el brazo que Bingley le ofrecía.


—Entonces bailaremos, señorita Cecil, si tiene usted la bondad de enseñarme el camino. Darcy —le dijo por encima del hombro a su amigo—, tendrás que arreglártelas sin mí. ¡Buena suerte! Lady Melbourne. —Bingley hizo una reverencia y se perdió rápidamente entre la multitud de invitados, dejando a Darcy con la certeza de que había sido manipulado con exquisita pericia y preguntándose dónde diablos se habría metido Dy.


—Bueno, Darcy, su joven amigo ya está en buena compañía —señaló lady Melbourne, dándole un suave golpecito en el brazo con el abanico—. Ahora ya no tiene que cuidar a su encantador protegido y puede divertirse a sus anchas. —Levantó la vista hacia él y luego agitó las pestañas, mirándolo a través de ellas—. ¿Y qué lo divierte a usted, Darcy? Sefton tenía razón; usted nunca viene. ¡Sin embargo, aquí está! Me pregunto cuál puede ser la razón.


—La razón, querida señora, es tan clara como el agua —dijo una voz desde la espalda de la dama. Darcy enarcó la ceja izquierda cuando una espléndida figura vestida con una levita negra muy satinada y una impecable camisa de lino almidonado se detuvo delante de ellos. Enseguida se formó un círculo de espectadores, mientras el hombre procedía a obsequiar a Darcy con un minucioso escrutinio, que realizó mientras se llevaba una mano a la espalda y apoyaba la barbilla sobre la otra, golpeándose la mejilla con el dedo índice.


—Y esa razón es… —comenzó a decir lady Melbourne, pero fue interrumpida por un rápido gesto de la mano.


—¡Shhh, necesito silencio, madame!


Lady Melbourne miró a Darcy y entornó los ojos a modo de disculpa, pero él estaba totalmente concentrado en su examinador, a quien observaba con cierta presunción. El silencio exigido por el mayor árbitro de la moda de la sociedad inglesa se extendió hacia los alrededores, llamando la atención de más invitados. Darcy se enderezó todavía más ante la insolente mirada del hombre, decidido a no dejar traslucir su disgusto y a contener el comentario descortés que tenía en la punta de la lengua, pues sabía que cualquiera de las dos cosas sería un terrible error. Hasta el príncipe se sometía al exquisito gusto de aquel hombre.


—Humm —musitó el hombre mientras miraba a Darcy por un lado y luego por el otro. Después, de repente, dijo—: ¿Qué? —Entonces se acercó más, mirando a través de un monóculo con montura dorada que colgaba de una cadena que salía de su chaleco—. ¡Ah, sí, ya veo! —Soltando un gran suspiro, el hombre retrocedió un paso y por fin miró a Darcy a la cara—. ¿Cómo se llama?


Darcy esbozó una fugaz sonrisa al percibir el tono de resignación de la voz del hombre, pero mantuvo una actitud impasible y contestó con indiferencia:


—El roquet.
El otro enarcó las cejas al oírlo.
—Un nombre bastante audaz, ¿no lo cree? ¿Fletcher?
Darcy inclinó levemente la cabeza.
—Fletcher.
—Vamos, Brummell, no nos tengas a todos en ascuas. —La anhelada voz de Dy llegó hasta Darcy, que lo vio abriéndose paso hasta donde ellos estaban—. Hay algunas guineas en juego. ¿Cuál es el veredicto?


Todo el salón contuvo la respiración con asombro, cuando Beau Brummell se inclinó ante Darcy y le hizo una reverencia.
—Que todo el mundo lo sepa: el roquet es una obra maestra, digna de los mayores aplausos, y ante semejante genio, declaro aquí mismo que mi propia creación, la esfinge, pasa a disfrutar de un honorable retiro.
—Con seguridad, Brummell, no estará insinuando que el señor Darcy ha venido a esta velada únicamente a desafiarlo con su corbata. —La protesta de lady Melbourne quedó casi perdida en medio del alboroto general que despertó la asombrosa afirmación de Beau Brummell y el cálculo del total de guineas perdidas y ganadas a causa de ello.
—Pues eso es precisamente lo que quiero decir, madame. —Brummell dirigió perezosamente su monóculo hacia ella—. Aunque yo no podría añadir la palabra «únicamente» a esa afirmación. Estoy bastante desmoralizado, su señoría, bastante desmoralizado. Mi único consuelo es que acabo de ser derrotado por un verdadero artista. Por favor observe, madame, las dobleces aquí y los nudos allá…


—Brummell, si desea usted impartir una clase, con gusto pondré un salón a su disposición, pero el señor Darcy…


Brummell dio media vuelta y sorprendió a Darcy con un guiño que sólo él pudo ver y dijo:


—¡Dios, no, su señoría! Si cuento todo lo que sé, ¿quién me prestará luego la más mínima atención? —Les hizo una inclinación a los dos y añadió—: Encantado de verle, Darcy. —Luego se marchó a grandes zancadas, sólo para detenerse de repente frente a un caballero y declarar a los pocos segundos—: Mi querido muchacho, ¿llama usted chaleco a eso?


Lady Melbourne sonrió delicadamente y volvió a tomar el brazo de Darcy.


—Nunca había pensado que usted fuera un rival de Brummell, Darcy. ¿Cómo es que nunca antes lo había sabido? Y ¿quién es Fletcher?


—Rival, ciertamente no lo soy, su señoría —respondió Darcy de manera enérgica. La mirada que ella le devolvió al oír su declaración hizo que el caballero sintiera una oleada de rubor que comenzó a subir por su cuello.


La dama desvió la mirada, como si estuviera decidiendo qué ruta tomaría en medio del salón lleno de gente.


—¿Y Fletcher? —Lo miró con una sonrisa de pura cortesía.


—Mi ayuda de cámara, madame.


—Sí, claro. —Lady Melbourne señaló en una dirección y Darcy no pudo hacer otra cosa que acompañarla. De pronto, Dy apareció de la nada junto a ellos.


—¡Lady Melbourne, por favor, permítame felicitarla por la impresionante asistencia que ha conseguido esta noche! Sólo falta la presencia del regente para convertirla en la mayor fiesta que se haya dado, desde el banquete en Carlton House.


—Brougham, exagera usted terriblemente, pero lo perdono por eso. Espero no decepcionarlo cuando le diga que el querido Prinny no vendrá esta noche, y que además me he resistido a ofrecerles a mis invitados un riachuelo bien provisto de peces en el extremo de la mesa.


El rostro de Brougham se ensombreció de manera dramática.


—¡Madame, no lo sabía! Pero esta noticia es terrible. Darcy, ¿has oído? El príncipe no vendrá…


—Darcy —interrumpió la dama, volviendo a fijar su atención en él—, ¿estuvo usted en el banquete de Carlton House? No recuerdo haberlo visto allí, pero en medio de esa confusión es fácil no ver ni siquiera a los mejores amigos.


—No, madame, no estaba en Londres en esa época.


—¡Que no estabas en Londres! Recuerdo con claridad que me acompañaste a ver el Gran Desfile sólo unos días antes —dijo Dy, mirándolo con curiosidad por encima del tocado de lady Melbourne.


—Estaba en Ramsgate… visitando a mi hermana, milord. —Darcy lo miró con furia, con la esperanza de hacerle desistir de entablar cualquier otra discusión.


—Visitando a su hermana, Darcy, ¡en lugar de asistir al banquete del príncipe! —Lady Melbourne miró al caballero de cerca—. ¡Qué hermano tan extraordinariamente atento es usted! Pero así es su reputación, señor. Usted se mantiene pendiente de todos sus asuntos, como su querido padre antes que usted.


Darcy inclinó la cabeza en señal de agradecimiento por el cumplido.


—Ése es un altísimo elogio, milady.


—¿Y también se mantiene pendiente de los asuntos más generales, señor?


Darcy sintió que le bajaba por la espalda un escalofrío de advertencia, que fue confirmado por un ligero movimiento de los ojos de Dy por encima de la cabeza de la dama.


—¿Asuntos más generales, madame?


—Asuntos que superan los encantadores límites de Pemberley, incluso de Derbyshire.


—Espero ser un buen súbdito y leal con el rey, milady —contestó Darcy de forma evasiva. Luego volvió a mirar a su amigo, pero Dy se limitó a encogerse de hombros, dando la sensación de estar extremadamente aburrido.


—Al igual que todos, Darcy —contestó con voz suave lady Melbourne—. Pero el timón no sólo está en manos de su majestad, y hay ocasiones en que se debe corregir el curso de la nave del estado, seguir otras estrellas, para llevarla con seguridad a puerto. —Lady Melbourne detuvo su avance a través del vestíbulo lleno de invitados y señaló una puerta—. Permítanme presentarles a algunos de aquellos cuyos asuntos más generales afectan a todos nuestros pequeños intereses.


La puerta se abrió después de que lady Melbourne golpeara con suavidad, y mientras ella le susurraba algo al criado que estaba en el interior, Darcy miró a Dy con una ceja levantada, indicándole que aquél sería un excelente momento para traer a colación su elogiada sagacidad social y evitar seguir cayendo en las trampas de lady Melbourne. Pero como su amigo estaba increíblemente absorto en el estudio del bordado de su puño y no emitió ninguna respuesta, parecía que no había nada que hacer. Así que, con el ceño fruncido por la irritación, Darcy cruzó con reticencia el umbral y entró en el salón cuando los mandaron avanzar.


La elegante estancia en la que acababan de ser admitidos no estaba muy llena, pero era un espacio decididamente masculino; no había ni una sola mujer presente, excepto la anfitriona. Lady Melbourne le sonrió a Darcy con gesto tranquilizador, cuando le tendió la mano a un caballero que estaba asintiendo al oír el mensaje del criado que ella había enviado. El hombre entrecerró los ojos al observarlos en la puerta, pero rápidamente avanzó hasta colocarse al lado de su señoría.


—Lady Melbourne —la saludó de manera lacónica, con una sonrisa forzada y una rápida inclinación.


—Lamb —le dijo la dama a su hijo, sonriendo amplia pero fríamente—, ¿conoces al señor Fitzwilliam Darcy, de Derbyshire?


El honorable William Lamb esbozó otra sonrisa forzada.


—Sí, madame, aunque no tanto como quisiera. Encantado de verle, señor. —Le hizo una reverencia a Darcy, que respondió al saludo, sorprendido por no haber reconocido al hombre. Evidentemente, los años transcurridos desde que había asistido a la boda de Lamb no habían sido muy benévolos para este último, pues habían convertido en viejo a un hombre que era apenas cuatro años mayor que Darcy.


—Estoy segura de que conoces a lord Brougham —siguió diciendo lady Melbourne—, pues él siempre está aquí, allá y en todas partes.


—Sí, claro, su señoría. La última vez que nos vimos fue en esa partida de caza de Grenville, ¿no es así, Lamb?


—Creo que está en lo cierto, Brougham. No cazamos nada ese día, excepto un resfriado, según recuerdo, pero en medio de un magnífico paisaje. —La expresión de Lamb pareció relajarse un poco ante aquella evocación, pero volvió a endurecerse al dirigirse de manera cortante a su madre y decir—: Madame, no debe usted descuidar al resto de sus invitados. Yo me haré cargo de estos dos caballeros.


La chispa de fuego en los ojos de la dama fue inconfundible.


—Entonces te dejaré a cargo. —Lady Melbourne hizo una reverencia y se marchó con un remolino de faldas.


—Una dama formidable —murmuró Dy mientras la veían alejarse.


—¡En efecto! —comentó Lamb con cierto énfasis—. Pero ahora, caballeros, debo hacerles una pregunta: ¿Estaban buscando ustedes realmente nuestra compañía —dijo, señalando al salón con un movimiento de la mano—, o fueron reclutados por lady Melbourne? —Dy chasqueó la lengua al oír esa alusión, pero no respondió, dejando que Darcy buscara la forma de salir de aquella situación.


—Lady Melbourne no es una mujer a la que se pueda contradecir —dijo Darcy y vaciló un poco, antes de añadir con ironía—: Ni aunque tuviera la oportunidad.


Una franca sonrisa se vio reflejada en el rostro de Lamb, que le ofreció la mano a Darcy.


—Bien dicho, señor, ¡y con qué diplomacia! ¡Después de todo, tal vez haya venido al lugar correcto! Pero, en realidad, ustedes han venido esta noche a escuchar a la diva que mi madre prometió y no a discutir sobre política, ¿no es verdad?


Darcy le estrechó la mano con firmeza.


—Es cierto, señor, aunque no me falta interés por los «asuntos más generales», como los describió lady Melbourne. No obstante, creo que nos encontramos en orillas opuestas en muchos temas.


—Los Darcy siempre han sido torys —se quejó Lamb en broma—. Supongo que no hay esperanzas de que usted vote por Canning contra Castlereagh, ¿o sí? ¡No creo! —concluyó al ver la sonrisa cortés de Darcy—. Y soy lo suficientemente inteligente como para no preguntarle a nuestro amigo Brougham aquí presente, a quien le interesa tanto la política como a un poste. —La inclinación de cabeza de Dy respondió con elegancia a la perspicacia de Lamb—. Ah, bueno, es lo mismo que los acontecimientos del día. ¿Ya se han enterado de que nuestro ilustre regente no vendrá esta noche?


—Lady Melbourne lo mencionó —respondió Darcy—. Sin duda, los deberes del estado han debido requerir su atención.


—¡No, lo que, en realidad, ha requerido su atención fueron las exigencias de los sastres de su majestad! Después de convocar a sus ministros para tratar un asunto de «vital importancia» y tenerlos esperando todo el día, llegó una nota diciendo que sus sastres lo habían retrasado y que ya no podía asistir porque su madre lo necesitaba; ¡que se podían ir a casa! Así que esta noche llevará sus achaques y enfermedades imaginarias a que se las alivien en Windsor. —Lamb miró a Darcy con perspicacia—. Supongo que usted se imagina que, en estos días, la popularidad de su alteza entre los presentes en este salón no anda muy alta. —Lamb hizo una pausa mientras Darcy les lanzaba una mirada a los otros ocupantes de la estancia. El ambiente era decididamente hostil. Palabras airadas sobresalían con frecuencia entre el rumor de voces estridentes, mientras la aristocracia y los políticos whig de Inglaterra rechinaban los dientes por la forma en que el regente había maltratado recientemente a sus reconocidos amigos y seguidores.


—Ciertamente no ha sido muy correcto por parte de su alteza —confirmó Darcy—. Aunque no puedo decir que esté descontento con el resultado de su negligencia. ¿Qué van a hacer ustedes ahora?


—¡Todavía no nos hemos resignado totalmente a regresar a la sombra! Ya tuvimos nuestros cuarenta años o más de deambular por ahí bajo el gobierno del padre de su alteza y pensamos que, con el hijo, finalmente habíamos llegado a la Tierra Prometida. ¡Pero las malditas murallas de Jericó se resisten a caer! Sin embargo, Canning está decidido a seguir atacándolas, rechazando a Castlereagh y Perceval. Desde luego, yo lo apoyaré.


Una discreta tos les recordó a los dos hombres que lord Brougham también formaba parte de la conversación.


—¡Oh, perdóneme, Lamb! ¡No era mi intención interrumpir! Sólo una cosa, sin embargo. ¡Trompetas!


—¿Trompetas? —Lamb lo miró con desconcierto y luego dirigió su mirada a Darcy.


—Trompetas —repitió Brougham con determinación.


—Brougham —gruñó Lamb con impaciencia—, ¿a qué está jugando?


—No «atacaron» las murallas de Jericó para derribarlas, ¿o sí? Tocaron las trompetas y gritaron, según recuerdo. —Brougham bajó la mirada con modestia, mientras se examinaba las uñas perfectamente arregladas—. Tal vez ustedes deberían pensar un poco en eso, amigos.


—¡Un teólogo entre nosotros! —exclamó Lamb, sacudiendo la cabeza con gesto desdeñoso—. Nunca habría creído que era usted un clérigo, Brougham, como tampoco un político. —Miró luego a un grupo cuya decepción con los acontecimientos del día amenazaba con superar los límites de lo aceptable—. Aunque he tomado nota de su punto de vista, y trataré en el futuro de ser más preciso en mis metáforas, caballeros —afirmó y señaló a sus acalorados invitados—, ahora debo dejarlos solos para encargarme del salón antes de que se declare una maldita revolución. ¡Así los torys se encargarían de nuestros cadáveres! Darcy… Brougham.


Mientras Lamb se alejaba en dirección a las exaltadas voces, Darcy se volvió hacia su amigo:


—¡Muchas gracias por la ayuda! —susurró con sarcasmo.


—No seas tonto, Fitz. Acabo de deshacerme de él, ¿o no? —El hombre frívolo y de mirada vacía de hacía un momento había desaparecido. En su lugar, Darcy vio a otra persona diferente con un tono de determinación en la voz—. Lo único que tenemos que hacer ahora es salir por esa puerta.


—Dy, ¿qué es esto? —preguntó Darcy con suspicacia.


—Una velada muy interesante, diría yo, ¡que aún no ha terminado! —Dy miró a su amigo con una sonrisa amplia y transparente, que lo hizo dudar de su impresión previa—. Pero pienso que ya hemos dejado mucho tiempo sin vigilancia a tu amigo, el señor Bingley. —¡Dy avanzó hacia la salida y se volvió hacia Darcy cuando el criado abrió la puerta—. ¿No deberíamos ir a buscarlo?


—¡Bingley! —Acosado por un ataque de culpa, Darcy cruzó el umbral y los dos se apresuraron a atravesar el corredor y el vestíbulo, y luego se abrieron paso entre la gente que llenaba el arco que conducía al salón de baile. Lo único que se alcanzaba a ver del gran salón que se extendía hasta el fondo eran las resplandecientes velas de los candelabros de cristal tallado, adornados con ramas de acebo, hiedra y cinta dorada en honor de la próxima estación. La música de la orquesta que había en el interior le dio a Darcy un respiro; no era la música solemne y pomposa que caracterizaba normalmente los bailes de la aristocracia, y tampoco la melodía de las danzas populares del campo. En lugar de eso, la música seguía un ritmo distinto basado en compases de tres tiempos que a Darcy le pareció placentero oír.


Con Dy siguiéndolo de cerca, se abrió paso entre los curiosos que estaban apostados en la puerta. Al alcanzar el último círculo de espectadores sobre la pista de baile, Darcy pidió permiso para que lo dejaran pasar, y levantando la cabeza para comenzar a buscar a Bingley, de repente, se quedó paralizado. Con los ojos abiertos por el asombro, se volvió hacia su amigo.


—¿Qué pasa, Fitz? —preguntó Dy y luego siguió la mirada de Darcy que volvió a posarse en la pista de baile—. ¡Ja! —dijo riéndose—. Había oído rumores, pero no les di crédito. Bueno, uno nunca debe dudar de una historia escandalosa si lady Caroline está involucrada. Se llama vals, Fitz.


—¡Es indecente! —objetó Darcy con disgusto, sin poder apartar la mirada.


—Puede ser, pero, sin duda, se convertirá en moda.


—Moda o no… —Una oleada de exclamaciones de protesta se mezcló con otras de admiración y entusiasmo, cuando una carcajada obscena interrumpió la declaración de Darcy. La música se detuvo, dejando desconcertadas a las parejas que estaban en la pista, mientras que todos los ojos buscaban la fuente de tanta agitación. A la izquierda de Darcy se había abierto una entrada privada al salón, de la cual salió una mujer de cabello rubio, lady Caroline Lamb, del brazo de un caballero que él no conocía. Desde donde estaba, Darcy sólo podía ver la cara de la dama, su delicada barbilla muy levantada y sus ojos brillantes por la risa y el desafío. A medida que ella y su acompañante se fueron abriendo paso entre la multitud, la gente se apartaba delante de ellos y Darcy notó que más de unas cuantas caras, tanto de damas como de caballeros, se ruborizaron y desviaron la mirada.


De repente, una mujer mayor se desmayó y el caballero que estaba más cerca comenzó a gritar alarmado. Varias damas jóvenes siguieron el ejemplo y pronto la pista de baile se llenó de mujeres inconscientes y jóvenes alarmados que trataban de despertarlas, mientras seguían estirando el cuello para intentar echar otro vistazo a la fuente de toda aquella confusión. Entretanto, varias mujeres eran sacadas a rastras del salón por esposos o padres insistentes, en medio de gritos que pedían coches y abrigos.


—¿Qué demonios está pasando? —se preguntó Darcy al ver el caos que lo rodeaba. Dy le tiró de la manga y señaló solemnemente el extremo del salón, donde lady Caroline y su galán habían salido por fin de la cortina creada por los invitados de su suegra. Darcy abrió la boca con incredulidad y sintió que se ponía colorado.


—Por Dios, ella está… está… ¡Su ropa!


—Sí… parece que lleva muy poca —intervino Dy en voz baja—. Creo que se logra ese efecto rociando con agua un vestido muy transparente.


La música estaba comenzando a sonar nuevamente y varias parejas que no dejaban de reírse se habían reunido con lady Caroline y su acompañante en la pista, cuando se escuchó un aullido muy agudo que provenía de atrás y que hizo que Darcy y Dy se giraran justo a tiempo para ver a una mujer de apariencia majestuosa que avanzaba hacia el frente, mientras soltaba una perorata en italiano.


—La Catalani —susurró Dy— y está muy disgustada. —El italiano de Darcy estaba un poco oxidado, pero entendió lo suficiente como para reconocer el objeto de la queja de la dama. Antes de que aparecieran los lacayos de los Melbourne, que escoltaron a la diva hasta su carruaje, se pudieron oír bastantes comparaciones entre lady Caroline y ciertas meretrices de Covent Garden y el profundo insulto que había representado para ella la aparición de aquella mujer con semejante facha. De camino a la salida, la diva pasó junto a la rígida figura del marido de la dama, a quien le lanzó una mirada llena de compasión, antes de exclamar:


—¡Los ingleses! ¡Bah! —Y se apresuró a alcanzar la puerta.


Darcy sólo fue capaz de mirar a Lamb durante un segundo, y mientras el hombre caminaba decididamente hacia su esposa, agarró a Dy del brazo y le dijo:


—Debemos encontrar a Bingley inmediatamente, y luego tú puedes hacer lo que quieras, porque nosotros nos vamos.


—Una idea muy sensata. —Dy tuvo que gritar para que Darcy lo oyera por encima del bullicio—. ¿Cómo puedo ayudarte?


—Mi cochero está esperando en el Bull 'n' Boar. Búscalo y dile que prepare el coche enseguida. Bingley y yo nos reuniremos contigo en la esquina.


Dy asintió de inmediato y se sumergió en la multitud de invitados que luchaban por salir. Darcy volvió a su búsqueda, y aprovechando su estatura, se convenció rápidamente de que Bingley no estaba en el salón de baile. Se dirigió, entonces, al comedor, abriéndose paso con miles de excusas hasta que finalmente estuvo frente a las puertas del salón y se asomó.


 —¡Bingley! —Charles levantó la vista al oír que alguien gritaba su nombre desde el otro extremo de la estancia, y con una expresión de sincero alivio, se disculpó con la señorita Cecil y se apresuró a reunirse con su amigo.


—¿Dónde has estado, Darcy? Llevo casi una hora tratando de entretener a la señorita Cecil, desde que empezaron a tocar ese nuevo baile que, espero que no lo tomes a mal, no me parece del todo apropiado, si entiendes lo que quiero decir.


—¡Charles, tenemos que irnos, ahora! —interrumpió Darcy—. Algo extremadamente inapropiado ha… está… ¡Nos vamos! —ordenó con exasperación. Charles lo miró con asombro, pero no opuso resistencia. Tras hacerle una apresurada reverencia a la señorita Cecil, Bingley siguió a Darcy hasta el vestíbulo y luego hasta las escaleras, donde, después de dar una orden perentoria, Darcy logró recuperar sus sombreros y abrigos. Casi sin esperar a que el portero cumpliera con su obligación, Darcy salió junto con Bingley hacia el gélido aire nocturno.


—¡Por Dios! ¿Qué ha sucedido? —preguntó Bingley, poniendo las manos a los lados mientras caminaban por la acera—. ¿Por qué se está marchando tanta gente, Darcy?


—¡Porque no todo el mundo ha perdido la razón! —fue la única respuesta que Darcy estuvo dispuesto a ofrecer. En realidad, la velada había sido un absoluto desastre. ¿Cómo es que un plan tan sencillo había salido tan mal? Un grito hizo que los dos hombres miraran hacia la calle, donde vieron el coche de Darcy acercándose a la acera. Harry se bajó de un salto y abrió la puerta. El noble ocupante del vehículo se inclinó hacia fuera, tapando la entrada.


—¡Servicio de coches Brougham! ¿Adónde puedo llevarlos, caballeros?


—Brougham… Bingley. Bingley… Lord Dyfed Brougham. ¡Ahora muévete, Dy! —Darcy siguió a Bingley al interior del coche y se volvió hacia el cochero—: Harry, volvamos a casa.



15 comentarios:

Wendy dijo...

Lady Darcy,
Ha sido una lectura intensa. Guauuu.
primero las cuestiones prácticas, he tardado un ratillo en venir para comprobar sí se actualizaba el nuevo post en el blogrol y no ha sido así, ¿que demonios pasará?
no se sí estoy muy contenta con Darcy en su empeño de disuadir a Bilgley de su enamoramiento, creo que está siendo terco en este asunto y además sin ser objetivo puesto que tiene presente su desaliento con Lucy.
Me ha encantado encontrar a Brummell y me ha dejado buena imagen puesto que no ha dudado en elogiar el Roquet de Flettcher más que su propio disño. bien por el y que guapo debía estar Darcy :).
muy osada Lady caroline Lambd y hay que ver la que ha liado que se ha quedado el salón despejado. Misteriosa mujer ;).
estupendo capítulo My Lady.
Besitos.

princesa jazmin dijo...

Querida Lady Darcy, gracias por avisarme del nuevo capítulo, realmente las cosas están andando mal en blogger universe y provocan desencuentros.
Este capítulo me ha encantado por varias razones que paso a citar: 1-me gusta mucho este nuevo amigo, el señor Dy.2- las intrigas y el mundillo cortesano(increíblemente bien descriptas por Aidan)con diálogos filosos que no vemos en Hertforshire.3- el recuerdo de Lizzie fue formidable.4- el encuentro de Darcy y Brummell luego de los esfuerzos de Fletcher.5-toda la vívida escena del escándalo en el salón de Lady Melbourne y el truco de Caroline que me hizo acordar una línea de Lo que el Viento se Llevó.
6-todos estos pensamientos y acciones de Darcy...es como si Jane Austen lo hubiera escrito.
Me encantó.
Mil gracias amiga, como siempre.
P.D:Pudo leer mi entrada sobre Mary?pronto llegan Lydia y Kitty.

Citu dijo...

Muchas graciuas por avisarme genial capitulo muy interesante y esclarecedor sobre el caracter de Darcy sigue publicando y gracias por avisarme

Juan Antonio dijo...

Querida Lady Darcy, en efecto, no parece actualizarse mi blogroll. No obstante, te agradezco infinito la invitación.

Me tienes perplejo. Sí. Admirado. Cuánto. Así pues, era posible...

Beso tu mano, mi querida amiga.

AKASHA BOWMAN. dijo...

Gracias por avisarme mi querida amiga. He estado atenta a mi blogroll desde que supe de su llegada y me extrañaba que no publicara usted nada. Me alegra mucho que se pasara por mis aposentos para advertirme, puesto que no me perdería por nada ni uno solo de los capítulos de esta bella novela.
Aaayyyy la tecnología, no es para nosotras, damas victorianas.

¡Y lo que he echado de menos a este cabezota de Darcy! Como dije en mi último comentario, perdono su necedad por las buenas obras que hará en el futuro, pero realmente su conducta actual es muuuuy reprobable.¡Qué necio, apartar a su amigo (y a él mismo) de la razón de su existencia.!

En las obras de época, algo que aprecio sobremanera es el detalle. La descripción de las costumbres, el escenario y las normas de conducta que nos ayuden a comprender mejor ese tiempo plagado de tanta enseñanza didáctica.

Aquí lo encuentro todo.

Besos y nos leemos, lady amiga.

Ivana dijo...

Lady Dracy que lindo es poder estar por aca nuevamente, gracias por avisarme creo que los blog noe stan funcionando bien ultimamente.
Nuestro señor Darcy parece que esta con cargo de conciencia por el Sr Bingley, por un lado es lindo verlo preocuparse por su amigo y podes ver que tan importante es para él.
El personaje que mas me esta gustando e sel mayordomo,no se si seguira apareciendo, pero espero que si porque sus dialogos me gustan y como Darcy y él se ven me resulta interesante.
no me queda mucho tiempo, tengo que irme asi que te mando un beso grande y espero que pronto estemos disfrutando del proximo capitulo.

Princesa Nadie dijo...

Querida Lady Darcy
Me alegro mucho de encontrarte de nuevo,gracias por venir a tomar el té,eres una invitada muy especial porque te imagino siempre acampañada de todos esos maravillosos personajes a los que tenemos tanto cariño...
Ha sido un placer leer los dos últimos capítulos
Un abrazo

César Coca Vargas dijo...

Saludos lady Darcy, bienvenida de nuevo a tu blog. Espero que la hayas pasado muy bien en tus vacaciones.

Debo comentarte que he leido la novela Orgullo y prejuicio, aunque me costó algún trabajo poder encontrarlo. Espero también que en algún momento podamos comentar el libro pues me agradaría mucho conocer tus opiniones sobre él

César Coca Vargas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Isa Merino dijo...

Queridísima Lady Darcy, hace tiempo que sigo tu blog, como bien sabes, pero poco o nada me he dejado caer por los comentarios y va siendo hora. Voy siempre tan precipitada por donde quiera que paso, que mi presencia pasa inadvertida.
Como seguidora de Austen, y ferviente admiradora de la literatura de su época, debo darte la enhorabuena más sincera. Eres fantástica escribiendo este tipo de novelas que tanto nos seducen a los que estamos aquí. YO, aparte de mi oficio, me dedico a escribir y nada me gustaría más que escribir algo de época. Después de leerte, creo que en este sentido, por muy leida que esté, aún me queda mucho que aprender para llegar a tu nivel. Un placer leerte, sin lugar a dudas.

Un besito

Isa

Fernando dijo...

Su presencia inspiró a todas las cosas
un espíritu de amor y una amable delicia
.
Combinar la poesía y los recuerdos indelebles con la vida real es una de las obligaciones que se imponen en el ánimo de un caballero, o de una dama, por supuesto, que pretenda mantener en el nivel adecuado sus virtudes.
Intentar capturar el ánimo de Bingley en medio de los recuerdos de Hertfordshire es toda una prueba de fuego. Lástima que el fin no sea el más adecuado; y más lástima aún que pueda ser tomado por algo bien distinto en el futuro. Los grandes amores están llenos de amenazas insospechadas, que sólo la firmeza de espíritu y la fe entre quienes se aman pueden sortear.
Es más que interesante la imaginación y la recreación de esta elipsis de nuestro libro favorito. Una gran escritora la señora Aidan. Nada que no se pudiera esperar de la exquisita sensibilidad de milady, quiero aclarar nada perplejo.
Siempre fiel en mis afectos.

Wendy dijo...

A mi regreso de vacaciones compruebo que no se han solucionado tus problemas con Blogger en cuanto a la actualización del contenido pero por mi no te preocupes porque me voy pasando.
Un beso.

Fernando dijo...

Por cierto, milady, que esa referencia a Ramsgate, al contrario que a Darcy, me trae gratos recuerdos. De mi adolescencia. (Y de mi gusto por Dickens, que era originario de la vecina ciudad de Margate)
Si alguna vez se encontrara de visita por el condado de Kent, no dude en utilizar mis servicios como cicerone, pues no tiene secretos para mí. Seria un honor y un placer.

Lidix dijo...

Hola Lady Darcy, encantada de conocerte, me ha encantado tu blog.
Siendo como son los libros de Jane Austen tambien mis favoritos, especialmente, como no, Orgullo y Prejuicio.
Tienes un blog precioso y lleno de detalles con una musica maravillosa,de mis favoritas (todas ellas, de bandas sonoras de pelis de epoca románticas!).

Te dejo una entrada de mi blog, Lidia´s Montparnasse que quizá te guste, y te animo a que lo visites y lo curiosees si te apetece!
(http://lidia-montparnasse.blogspot.com/)

Y la entrada:
http://lidia-montparnasse.blogspot.com/search/label/Darcy

y aunque quizá ya lo conozcas tambien te dejo un regalito:
http://www.youtube.com/watch?v=Lcsyt1bJ5y4

Una reverencia de una dama a otra.:D

gaviota dijo...

darcy el atormentado darcy donde no sabe posar su amor cual rosa en flor perfumado de jazmines de sus manos prejuicios de que??? de un silencio de enamorado besitos gaviota