viernes, 13 de agosto de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo XI

Una novela de Pamela Aidan

Capítulo XI


Ciertos demonios


Con la colaboración de Fletcher, el ayuda de cámara de Bingley tuvo a su amo preparado para salir precisamente a mediodía. A las doce y cuarenta y cinco, ya habían dejado atrás Meryton e iban, a buena velocidad, por una carretera en medianamente buen estado, en el carruaje de Bingley. Aunque estaba vestido y había desayunado ya, la única contribución de Bingley durante la primera hora de viaje había consistido en suaves ronquidos y suspiros. El vaivén y el balanceo producido por los resortes del carruaje habían sido suficiente estímulo para que Darcy también dormitara un poco, teniendo en cuenta que, en contra de toda razón, se había despertado temprano como de costumbre, tras haber dormido muy pocas horas. Empezó a poner en práctica la primera parte de su estrategia cuando hicieron una parada en una posada del camino para cambiar de caballos.
—¡Bingley! Charles, despierta. —Darcy se inclinó hacia delante y, agarrando con firmeza el hombro de su amigo, le dio una sacudida—. Estamos cambiando de caballos y yo necesito estirar las piernas un poco, al menos. Una cerveza tampoco estaría mal. ¿Qué tal si probamos la cerveza local? —Darcy enarcó una ceja al oír los gruñidos amortiguados de Bingley—. Tal vez nos siente mejor un poco de café. ¡Vamos, hombre; levántate y sal!
Bingley abrió un ojo y, al ver la inflexible expresión de Darcy, lanzó un fuerte suspiro y se levantó lo suficiente como para bajar a trompicones la escalerilla del coche. Darcy lo agarró del brazo y lo empujó, riendo, hacia la puerta de la posada. Al pedir una mesa tranquila, una muchacha rolliza los llevó a un cómodo comedor privado, que tenía una ventana que daba al jardín. Enseguida ordenaron algo caliente y estimulante, mientras Bingley se desplomaba sobre un canapé algo gastado pero respetable.
—¿Cómo puedes estar tan infernalmente despierto, Darcy? —preguntó, bostezando y entrecerrando los ojos para mirar el perfil de su compañero, recortado contra la luz del sol que entraba por la ventana—. Te fuiste a dormir más tarde que yo y te levantaste horas antes. Apuesto a que tu Fletcher tiene algo que ver en eso. ¡Ese hombre parece un sargento! Tenía a mi pobre Kandle en tal estado de nerviosismo, que el hombre apenas podía sostener la navaja. He tenido que afeitarme yo mismo esta mañana, o él habría terminado por entregarte mi cadáver en lugar de… No te rías, ¡te juro que no estoy exagerando!
—¡Tu cadáver, claro! Bingley, tú no haces otra cosa que exagerar o, peor aún, dejas volar tu imaginación sin freno.
—Bueno, esto está pasando de castaño oscuro, Darcy —dijo Bingley frunciendo el ceño, ligeramente ofendido—. Pero si voy a ser acusado de esa manera, dígame, señor, cuál de los dos es peor para que yo pueda decidir si debo sentirme insultado o divertido. —Bingley se enderezó el chaleco y se arregló la chaqueta—. ¡Ejem! —Carraspeó y, agarrando una cuchara, golpeó la mesa con solemnidad—. Puede proceder.
—El hombre que exagera es perfectamente consciente de lo que hace —comenzó Darcy, mientras se recostaba con despreocupación contra el marco de la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho— y no espera que nadie crea sus afirmaciones al pie de la letra. Puede emplearlas de manera habitual, pero todavía está en posesión de la verdad del asunto y, bajo presión, la admitirá. Pero el hombre esclavizado por la imaginación le ha cedido el dominio de sus facultades a una ilusión y se apegará a ella a pesar de todos los hechos que demuestren lo contrario. Aún más, exigirá que el resto del mundo crea en el asunto y verá a cualquiera que se niegue a hacerlo como un enemigo o un opresor o…
Un golpecito en la puerta interrumpió su discurso. La hija del posadero entró y depositó sobre la mesa una humeante bandeja con tazas y platos cubiertos. Como Bingley estaba estudiando en detalle la cuchara que tenía en la mano, no pudo ver la alegre sonrisa que la muchacha le dirigió cuando le hizo una reverencia y cerró la puerta al salir.
—… O, al menos, como un personaje muy estúpido —concluyó Darcy con despreocupación. Se dirigió hasta la mesa y comenzó a levantar las tapas para examinar lo que les habían traído de comer—. Charles, ¿no tienes hambre? Esto parece bastante apetitoso. —Levantó uno de los platos—. ¿Charles?
Bingley levantó la vista al oír su nombre y, lanzándole a Darcy una extraña sonrisa, le alcanzó un plato y se reunió con él junto a la bandeja.
—Creo que elegiré sentirme divertido, en particular porque tú eres un «personaje muy estúpido».
—Estoy de acuerdo —contestó Darcy antes de comenzar a devorar los sencillos pero sabrosos alimentos que les habían ofrecido.
Después de un rápido paseo por los alrededores, al regresar a la posada se alegraron de encontrar el carruaje listo para partir. Tras introducir los ladrillos calientes, subieron al coche. Bingley dio la orden; los caballos se inclinaron hacia delante y los dos caballeros se recostaron contra los cojines. Cuando los caballos alcanzaron un galope estable, Darcy se inclinó hacia delante y abrió su maletín de viaje, del cual sacó Fuentes de Oñoro, y se acomodó más cerca de la ventana.
—Ah, ¿quieres leer? —En la voz de Bingley había una nota de decepción.
—Sí, si no te importa. Sólo queda una hora de luz. Pero te prometo dejarlo antes de que haya que encender las lámparas. ¿Te gustaría leer Badajoz? Lo tengo aquí en el maletín. —Bingley se encogió de hombros en señal de aceptación, y Darcy le pasó el volumen, un poco manoseado debido al examen de la señorita Bingley y a la forma en que se había deslizado por el suelo de la biblioteca. Estaba claro que Bingley quería continuar con la discusión que habían sostenido en la posada, pero Darcy se mantuvo dentro de su plan. Al recostarse de nuevo para tener más luz, acarició las puntas de los hilos de bordar que marcaban la página, antes de deslizar un dedo por la pequeña abertura entre las hojas y abrir el libro. Los vistosos hilos reposaban entre la hendidura del lomo, y un intricado nudo femenino los mantenía unidos en la parte superior. Mientras miraba a su amigo con el rabillo del ojo, Darcy se guardó secretamente el recuerdo en el bolsillo de la chaqueta y luego se concentró en su libro. Sólo volvió a poner el marcador de páginas en el lugar correspondiente cuando las sombras hicieron imposible seguir leyendo. Tan pronto como lo guardó, Bingley le devolvió el otro volumen y comentó que ya estaban casi en Londres.
—¿Cenas conmigo en Grenier's?
—Agradezco tu invitación, Bingley, pero debo quedarme en casa. Mañana tengo una agenda llena de citas que atender. ¿Qué te parece una cena en Erewile House mañana por la noche?
—¡Espléndido!, como diría sir William Lucas. —Bingley se rió entre dientes y luego se puso serio—. Darcy, estoy pensando en hacer una oferta por Netherfield.
—¿Una oferta? Es un poco prematuro, ¿no crees?
—Pensé que Netherfield tenía tu aprobación.
—Sí, está bastante bien —dijo Darcy, midiendo sus palabras con cuidado—, pero yo no te aconsejaría comprarlo, al menos no todavía. Esta ha sido tu primera experiencia de la vida en el campo. Te ha resultado agradable. Pero creo que debo recordarte que tus hermanas no se llevan la misma impresión.
—¡Ah, Caroline! —replicó Bingley en tono peyorativo—. Sólo algo tan magnífico como Pemberley la dejaría satisfecha, e incluso si yo tuviera la oportunidad de tener una propiedad así, los dos sabemos que no estoy preparado para eso. ¡Netherfield es perfecto!
—Tal vez. Sin embargo, no me parece prudente apresurarse. ¿Tienes un contrato de alquiler por un año? Tómate ese año. Hertfordshire no es el único condado de Inglaterra.



El carruaje disminuyó la marcha a medida que se iba aproximando al peaje de Highgate. Como el bullicio del peaje no estimulaba la conversación, Darcy se recostó entre las sombras, mientras observaba a su amigo con disimulo. Bingley tenía el ceño fruncido, en un extraño gesto que indicaba un súbito desconcierto. No obstante, cuando el coche comenzó a avanzar hacia Mayfair, ya parecía haberse librado de su inquietud.
—Espero que no tengas que pasar todo el tiempo ocupado en asuntos de negocios, antes de regresar a Derbyshire.
—No todo el tiempo, no. Tengo la placentera tarea de buscar regalos de Navidad para Georgiana. También haré alguna visita a mi club.
—Claro, pero ¿qué hay de cosas divertidas como… una obra de teatro o una visita a St. Martin's? Oí que Belcher se va a enfrentar a Cribb y, después de lidiar con un recién llegado, a un tipo de Bélgica. Bléret, creo. —Bingley no se dio por vencido al ver que Darcy se limitaba a encogerse de hombros—. La Catalani se va a presentar en casa de lady Melbourne; con seguridad ya habrás terminado de hacer cuentas para entonces, ¿no?
—Estás muy bien informado, Charles —contestó Darcy secamente, y su voz adquirió de repente un inexplicable tono de irritación—. Por favor, deja tus recomendaciones a Hinchcliffe, y trataré de complacerte tantas veces como pueda.
—¡Tu secretario! Oh, no me atrevería. Creo que no me cuento entre sus favoritos, Darcy.
—¿Acaso Hinchcliffe ha sido impertinente contigo? Lo lamento mucho.
—No te disculpes. —Bingley sonrió al ver la turbación de su amigo—. Sé lo valioso que es Hinchcliffe para ti. Tanto él como Fletcher son muy admirados, ya lo sabes. De hecho, he oído a varios caballeros entre nuestras amistades lamentándose por no haber podido quitarte ni al uno ni al otro. ¡Qué maravilla de lealtad!
Darcy frunció el ceño con expresión culpable al oír las palabras de Bingley y miró por la ventana. El coche entró en Grosvenor Square y se detuvo con suavidad frente a Erewile House.
—Además, probablemente es un gran honor ser despreciado por Hinchcliffe. Por otro lado, si él alguna vez descubre que fui yo quien lo ha delatado, me negará los servicios del sobrino que está instruyendo. Así que no digas nada, te lo ruego.
Darcy soltó un gruñido en señal de aceptación y comenzó a organizar su maletín de viaje para que lo introdujeran en la casa. Un lacayo abrió la puerta del coche. Tras él, con una lámpara en la mano, estaba el venerable mayordomo de Erewile House, con una expresión que reflejaba una mezcla de alivio y deferencia.
—Señor Darcy. ¡Qué alegría tenerlo en casa!
—Gracias, Witcher —respondió Darcy al bajar del coche—, pero usted no debería estar aquí con este frío, buen hombre.
—Gracias, señor, pero la señora Witcher estaba tan segura de que el tiempo empeoraría antes de que usted llegara, que sólo se quedará tranquila si yo le digo que usted está bien.
—Entonces quiero que vaya y le informe enseguida de que he llegado bien. El lacayo puede ocuparse de lo que se necesite. —Darcy se volvió hacia la puerta del coche—. Bingley, no te retrasaré más. ¿Mañana a las ocho?
—A las ocho.
Darcy asintió con la cabeza y el lacayo cerró la portezuela. Subió las escaleras mientras el coche de Bingley arrancaba y en segundos entró en el cálido y acogedor vestíbulo de su casa de Londres.
—Discúlpeme, señor, pero el señor Fletcher desea saber si usted quiere tomar un baño antes de cenar. —Witcher se le acercó desde atrás para ayudarlo a quitarse la chaqueta, el sombrero y los guantes—. Monsieur Jules pide permiso para informarle de que la cena estará lista dentro de una hora, si usted así lo desea, y un buen ponche caliente va camino de la biblioteca en este mismo instante.
Ah, sí, es estupendo estar en casa, pensó Darcy sintiéndose agotado.
—Puede decirle a Fletcher que un baño es una excelente idea. Y la cena en hora y media me complacería enormemente.
—Muy bien, señor. ¿Y el ponche, señor?
—Ya voy para la biblioteca. Gracias, Witcher.
—Señor Darcy. —Witcher se inclinó mientras su amo comenzaba a subir las escaleras hacia su refugio. Al entrar, Darcy encontró el fuego ardiendo en la chimenea y el ponche prometido en una bandeja al lado de su sillón favorito. Una rápida mirada a la bruñida tapa de su escritorio dejó ver su libro de citas y la correspondencia cuidadosamente organizada y anotada con la clara letra de Hinchcliffe. Sus libros ya habían sido desempaquetados y reposaban en espera de su atención sobre el estante reservado a lo que estaba leyendo en el momento.
Todo estaba como debería estar. Con un suspiro, se acercó a la botella de licor. Se sirvió una buena cantidad en el vaso que estaba sobre la bandeja y apagó la vela antes de acomodarse en el sillón junto a la chimenea y poner los pies sobre el escabel. Le dio un largo sorbo a su bebida y, cerrando los ojos, se recostó. Trató con todas sus fuerzas de no pensar en otra cosa que el líquido caliente y dulce que se deslizaba por su garganta y la placentera sensación de estar otra vez en casa, entre su propia gente y sus propias cosas. Pero la visión del rostro angustiado de Bingley en respuesta a sus deliberados comentarios no se borraría de su mente.
¡Bingley! Gruñó en voz alta, e incorporándose, se inclinó hacia delante para observar el fuego. Es por una buena causa, se dijo por enésima vez, y no interesa en lo más mínimo cómo te hace sentir todo este asunto. Mientras le daba otro sorbo a la bebida, sus ojos recorrieron la habitación y se fijaron en el libro que había estado leyendo en el coche. Al recordar lo que reposaba entre sus páginas, Darcy desvió rápidamente la mirada. ¡Con seguridad Fletcher ya debía tener todo preparado para el baño! Puso el vaso sobre la bandeja y salió de la biblioteca.


A la mañana siguiente, Darcy se despertó después de la primera noche de verdadero reposo que había tenido en mucho tiempo. Casi antes de que dejara de balancearse el cordón para tocar la campana, apareció Fletcher y, con silenciosa habilidad, lo preparó para un día dedicado a los asuntos de negocios. El desayuno y la lectura del periódico matutino estuvieron deliciosamente libres de las interrupciones y la charla de la señorita Bingley, y cuando terminó, levantó la vista y lo informaron de que su secretario lo esperaba en la biblioteca.
—Señor Darcy. —Hinchcliffe se levantó de su asiento, que estaba frente al ancho escritorio de Darcy.
—Hinchcliffe —dijo Darcy en respuesta al saludo del secretario—, parece que tenemos un día ocupado por delante. ¿Ha recibido usted las instrucciones relativas a la disposición de los fondos de caridad para este año? —Se sentó frente a su secretario, que volvió a acomodarse en su puesto.
—Sí, señor. —Hinchcliffe sacó la carta de Darcy de la carpeta de cuero que tenía sobre las piernas y la puso sobre el escritorio de su patrón para su aprobación. Cada uno de los beneficiarios de la generosidad anual de Darcy tenía una anotación y una marca escritas con la clara letra del secretario—. Las expresiones de gratitud por su interés llegan diariamente, señor. —Entonces sacó más cartas de la carpeta y las puso al lado de Darcy. El caballero levantó las cartas, echándoles una rápida ojeada, antes de empujarlas hasta el otro extremo del escritorio.
—Muy bien, Hinchcliffe. —Un movimiento de cabeza casi imperceptible fue toda la respuesta del secretario a sus palabras. Muchos de sus conocidos se habrían sorprendido al ver la naturaleza tan seca del secretario y la poca importancia que Darcy le prestaba a un comportamiento tan petulante en un sirviente. Desde luego, ellos no podían saber que Hinchcliffe había sido el secretario de su padre y que llevaba trabajando para su familia desde que Darcy era un chiquillo de doce años.
Su primer encuentro no había sido muy afortunado. Feliz por estar en casa para pasar unas cortas vacaciones mientras estaba en Eton, Darcy entró corriendo en Erewile House al bajarse del coche, a través del vestíbulo de entrada, cuando se estrelló directamente contra una figura alta y vestida de negro, que estaba pasando en ese momento. Cuando la última hoja de papel terminó de caer al suelo, se encontró metido entre las piernas de un hombre de mirada severa, que debía de tener unos treinta años. La caída había torcido la peluca del hombre de una manera tan cómica y que contrastaba tanto con la expresión de granito de su barbilla, que Darcy no pudo evitar reírse ante aquella graciosa situación. Aquello sólo duró hasta que el extraño sirviente se levantó y recuperó la compostura por completo. Ante el asombro de un Darcy de doce años, el hombre parecía un gigante de ojos oscuros, que lo miraba fijamente.
—El señorito Darcy, supongo —dijo el gigante con voz profunda.
—Sí, señor —respondió Darcy con tono sumiso, seguro de haber tenido la mala suerte de estrellarse contra un desconocido maestro que tal vez sus padres habían contratado para mantenerlo al día en sus estudios durante las vacaciones.
—Soy el nuevo secretario de su padre, el señor Hinchcliffe —siguió diciendo el gigante con dicción precisa y una voz atronadora—. A usted, señorito, lo esperan en la biblioteca. Me perdonará que no lo anuncie, pero tengo que terminar un trabajo inesperado. Sugiero que se levante antes de que su padre venga a buscarlo personalmente. —Después de clavarle una última mirada, Hinchcliffe se giró y comenzó a recoger los papeles que llenaban el suelo del vestíbulo, mientras Darcy subía rápidamente los escalones y se escabullía por la puerta de la biblioteca.
Durante años, Hinchcliffe fue una rígida presencia entre los sirvientes, la cual Darcy aprendió a apreciar sólo cuando regresó de la universidad y encontró que la salud de su amado padre se había deteriorado enormemente. Durante esos dos angustiosos años que precedieron a la muerte de su progenitor, Hinchcliffe le enseñó a Darcy todo lo relativo a los negocios, intereses y preocupaciones de su padre, y él no podía pensar en nadie más indicado para ser su propio secretario que aquel hombre que conocía tan íntimamente los intereses de los Darcy y los había llevado con tanta lealtad y pericia. Darcy no buscaba afecto en Hinchcliffe ni esperaba ninguna deferencia por su parte. Era suficiente para él saber que se había ganado el respeto y la lealtad de un hombre que conocía todas sus preocupaciones desde que era un niño y que luego le había prestado los servicios de un verdadero maestro en su oficio.
—Señor Darcy, hay una cosa más sobre la que debo llamar su atención. —Hinchcliffe sacó otra carta de su carpeta y, tras abrirla cuidadosamente, la puso sobre el escritorio—. Recibí esto de la señorita Darcy hace unos cuantos días. ¿Debo hacer lo que me solicita, señor?
Darcy tomó la carta y la leyó en voz alta:

21 de noviembre de 1811
Pemberley
Lambton
Derbyshire

Señor Hinchcliffe:
Por favor tenga la bondad de extender un cheque de mis fondos de caridad por la suma de veinte libras a favor de la «Sociedad para devolver jovencitas del campo a sus familias», en la siguiente dirección, y ocúpese de que un cheque por la suma de cien libras sea consignado anualmente a su favor de aquí en adelante.
Muchas gracias,
Señorita Georgiana Darcy

Enarcando las cejas con un gesto de sorpresa, Darcy miró a su secretario por encima del borde de la carta.
—¡La Sociedad para devolver jovencitas! Hinchcliffe, ¿conoce usted esa institución?
—No la conocía, señor, antes de recibir la carta de la señorita Darcy. He hecho algunas averiguaciones y es una sociedad legal, con conexiones en Clapham, señor. Tiene una junta directiva muy respetable, los socios son personas de las mejores familias e incluso hay algunos nobles. Nada que objetar, señor.
—Mmm —musitó Darcy, mientras miraba la carta con gesto pensativo—. Eso puede ser cierto, pero me inquieta que mi hermana sepa algo sobre esas mujeres… esos diablos —se corrigió. Además, ¡el hecho de que ella no haya consultado antes conmigo! ¿Por qué no lo ha hecho? Darcy frunció el ceño.
—¿Debo seguir las instrucciones de la señorita Darcy, señor? —preguntó Hinchcliffe con su voz de bajo.
—Sí —contestó Darcy lentamente, como si le costara trabajo aceptar la solicitud—. Haga la donación de veinte libras, pero no mande las cien libras hasta que tenga noticias mías sobre el particular. Hablaré antes con la señorita Darcy.
—Muy bien, señor. Su primera cita es con el gerente de la bodega que administra los productos importados de su negocio de transporte. ¿Lo hago pasar?
Darcy asintió con la cabeza y el día comenzó en serio, con una sucesión de reuniones y negociaciones. Se hicieron tratos y se retiraron o invirtieron fondos uno tras otro, con una pequeña pausa al final de la tarde para una colación fría y un vaso de cerveza. Esto gracias a la insistencia de su atenta ama de llaves, la señora Witcher. Cuando la puerta se cerró tras el último hombre anotado en su agenda de citas, el reloj estaba a punto de dar la seis.


—Un día muy productivo. —Darcy suspiró al cerrar los libros de contabilidad y se recostó contra el asiento de su escritorio. Hinchcliffe se inclinó sobre la mesa para colocar los libros en un cuidadoso montón y luego los llevó hasta la caja de seguridad que estaba escondida tras un grupo de gruesos volúmenes en la estantería.
—Sí, señor —contestó el secretario mientras tomaba una llavecita que tenía atada a su chaleco con una cadena, cerraba la caja de seguridad y volvía a dejar los libros en su lugar—. ¿Eso es todo, señor Darcy?
—Sí, ¡es todo! Ahora vaya a comer algo; le he hecho trabajar de manera inclemente. —Mientras Hinchcliffe se inclinaba brevemente y daba media vuelta para marcharse, a Darcy se le ocurrió algo inesperadamente—. Hinchcliffe, ¿cómo va su sobrino? El que usted está instruyendo. ¿Está buscando un empleo?
—Es usted muy amable por preguntar, señor Darcy. El muchacho va bien, señor, pero yo diría que todavía no está preparado para buscar un empleo. Le falta aún medio año.
—Voy a cenar esta noche con el señor Bingley, que está muy interesado en contratar los servicios de su sobrino. Sería difícil encontrar mejor patrón.
—¿El señor Bingley, señor? —Hinchcliffe hizo una pausa y luego siguió—: Ah, sí, ahora lo recuerdo, señor. Hicieron su fortuna a través del comercio, una familia de Yorkshire, creo. —Resopló delicadamente.
—Correcto, y un amigo muy especial para mí —enfatizó Darcy—. Cuando su sobrino esté listo, le agradecería mucho que pensara seriamente en entrar al servicio del señor Bingley.
—Para él será un honor complacerlo, señor Darcy. Buenas noches, señor.
Cuando la puerta se cerró tras su secretario, cuya figura seguía siendo imponente, Darcy se quitó la chaqueta, la puso sobre el escritorio y se dirigió hasta la chimenea, estirando los músculos de la espalda mientras avanzaba. Era probable que Bingley tuviera razón en que Hinchcliffe no lo veía con buenos ojos, pensó, mientras buscaba la botella y se servía una copa. Sacudió la cabeza y dio un sorbo al pesado vaso de cristal tallado, dejando que el líquido se deslizara por su garganta. Al menos le has hecho un buen favor a Bingley en esta cuestión, que apreciará enseguida. A diferencia del otro asunto. Ése te llevará algún tiempo.
El reloj dio una campanada. Darcy se tomó el resto del contenido de su vaso de un trago y lo dejó sobre la bandeja. Bingley llegaría más o menos al cabo de una hora y él había pasado todo el día recluido en casa. Necesitaba hacer un poco de ejercicio; un paseo rápido alrededor del parque sería óptimo. Se puso la chaqueta y pidió su abrigo y su sombrero. Witcher apareció con los dos y, tras anunciar que regresaría en veinte minutos y quería que Fletcher estuviera listo para recibirlo, Darcy bajó corriendo las escaleras y se marchó caminando con paso vigoroso.


—Entonces, Darcy, ¿has terminado ya de arreglar tus asuntos para que podamos divertirnos un poco, o seguirás portándote como un estúpido? —Bingley aceptó el vaso de vino tinto que le ofrecía su amigo y se sentó en su lugar habitual en la mesa de uno de los comedores pequeños de Erewile House. Mientras los criados se movían en silencio, destapando platos y sirviéndoles, Darcy levantó la copa para hacer un brindis.
—Por una rápida y exitosa conclusión de mis obligaciones, para que mis amigos no se mueran de aburrimiento.
—Así es. —Bingley se rió y le dio un sorbo al borgoña—. De verdad, ¿te has liberado ya de tus libros de contabilidad y tus asesores de negocios? ¡Ha transcurrido más de una semana!
—No todavía, y antes de que preguntes, no he tenido mucho tiempo para mirar ninguna invitación, así que aún no he decidido nada. Excepto… —Se quedó callado, mientras hacía girar lentamente la copa entre sus manos.
—Sí… ¿excepto qué?
—Mencionaste a la Catalani, la diva, y estoy tentado de asistir a la velada en casa de lady Melbourne.
—¡Tentado! ¿Quieres ir? Me gustaría ir, pero sólo si tú vas. Ese grupo está un poco fuera de mi alcance. —Bingley comenzó a probar con deleite la deliciosa comida que tenía delante.
Darcy soltó un resoplido.
—¡Ese grupo! No permitas que sus títulos y su aire de superioridad te engañen, Bingley. Ellos ocultan una historia llena de peligros y traiciones, de la que harías muy bien en mantenerte al margen. Su credo es la intriga y la ambición, pobre del hombre o la mujer que queden atrapados en sus maquinaciones.
—¡Tienes una opinión más bien negativa, Darcy! Pero me atrevería a decir que soy demasiado insignificante para atraer su atención y por eso me puedo arriesgar a entrar en la jaula del león sin correr mucho peligro. ¡Y oír a la Catalani! —dijo con tono de súplica—. ¡Darcy, tenemos que ir!
Una sombra de duda cubrió los rasgos de Darcy al mismo tiempo que miraba a su amigo, pero ante tanta insistencia no pudo hacer otra cosa que aceptar.
—Entonces que así sea, Bingley; iremos. Pero estás advertido y debes tener cuidado. Pasaré a buscarte a las nueve mañana por la noche.
—Maravilloso, Darcy. —Los dos se concentraron en su cena, mientras Bingley intercalaba noticias deportivas y chismes del club, entre bocados de pollo relleno, chartreuse y ternera al aceite de oliva. Una vez que los dos hicieron justicia al arte de monsieur Jules, volvieron a la biblioteca a tomar una copa de oporto, que Bingley aceptó con un suspiro.
—¿Charles?
—Ya han pasado dos semanas, ¿sabes?
—¿Dos semanas?
—Sí, dos semanas desde el baile. Hace dos semanas que vi por última vez a la señorita Bennet. ¡Parece un siglo! ¿No crees que estaba adorable? Apenas pude separarme de su lado. —La atención de Bingley pareció alejarse de lo que lo rodeaba.
—Sí, bueno, eso resultó evidente para todo el que tuviera ojos, amigo. —Darcy hizo una pausa y, desplegando sus fuerzas, preguntó de manera desinteresada—: ¿Dirías que ella siente lo mismo?
Bingley se estremeció un poco y se giró para mirar a su amigo con desconcierto.
—Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?
—¿En qué basas tu opinión exactamente? ¿Acaso te confesó su amor?
—¡No, no, claro que no! —Bingley puso su vaso sobre la mesa, se alejó un poco y luego regresó a recogerlo—. ¡Qué ocurrencia, Darcy! La señorita Bennet es una dama bien educada. Ella nunca…
—Entonces ¿te miró de una manera que hiciera innecesarias las palabras de amor, de afecto? —insistió Darcy.
Bingley abrió la boca para protestar.
—Te recuerdo otra vez que la señorita Bennet es una dama. Eso sería totalmente inapropiado.
—Entonces dime, Charles. —Darcy cerró filas, sin permitirle a su amigo ni una oportunidad de desviarse del tema—. ¿En qué te basas para creer que ella te tiene en mayor estima que a otros hombres de su círculo? Admites que no te ha hablado de amor, ni te ha obsequiado con miradas llenas de tierno afecto. Entonces, ¿qué?
—Un hombre simplemente lo sabe —espetó Bingley.
Darcy se encogió de hombros con actitud escéptica.
—Tú crees que estoy exagerando, pero ¡te juro que no! Esta vez no.
—Ah, sí. «Esta vez no» —replicó Darcy con voz suave. Bingley se quedó contemplando el vaso mientras su amigo, manteniendo siempre un aire de indiferencia, se sentaba y le daba un sorbo a su oporto. A medida que el silencio se hacía más profundo, miró de reojo a Charles, tratando de adivinar sus pensamientos. La insistencia con que movía la barbilla indicaba una profunda agitación.
—¿Tú crees que el afecto de sus atenciones está en mi imaginación? —La pregunta de Bingley parecía casi una afirmación.
—Charles —contestó Darcy con tono conciliador—, debes juzgar eso por ti mismo. Yo sólo quiero advertirte, prevenirte para que no establezcas una unión que te traería más dolor que satisfacción. Los inconvenientes de la señorita Bennet y su familia son muchos, aunque pueden controlarse si tú estás absolutamente convencido de su devoción. Pero si el matrimonio se realiza sólo por el deseo de la dama de escalar una posición social… —Dejó la frase sin terminar.
Bingley se tomó de un trago el resto del contenido de su copa.
—Sí, bueno, no hay necesidad de decir más. Entonces, ¿mañana a las nueve? —Se levantó de la silla y, para sorpresa de Darcy, le hizo una inclinación—. Creo que me retiraré temprano esta noche, Darcy. Tengo algunas citas que atender en la mañana. Me imagino que debo vestirme de gala para asistir a la casa de lady Melbourne.
—Sí, pero con mesura. Sin duda Brummell estará allí, y será mejor no atraer su atención para no tener que tolerar sus comentarios. Entonces, ¿tienes que marcharte?
—Lamentablemente, sí. ¡Ah, no te levantes! —se apresuró a añadir al ver que Darcy comenzaba a incorporarse—. Conozco la salida.
—Pamplinas. —Darcy se levantó de la silla y llamó a un lacayo. —Las cosas del señor Bingley, por favor. —Se volvió hacia su amigo—. Charles, he hablado con Hinchcliffe.
—¡Supongo que no sería sobre su comportamiento conmigo! ¡Darcy!
—No, no… sobre su sobrino. Estará preparado para presentarse ante ti en unos pocos meses; Hinchcliffe me ha dado su palabra. —Ya habían llegado al vestíbulo y Witcher sostenía el sombrero, el abrigo y los guantes de Bingley.
—Gracias, Darcy. —Bingley logró esbozar una sonrisa que, aunque discreta, sorprendió a Darcy por su sinceridad—. Agradezco inmensamente tu apoyo en esto. Siempre has sido un buen amigo.
Darcy no esperó a que la gigantesca puerta principal terminara de cerrarse para dar media vuelta y buscar nuevamente el refugio de su biblioteca. Casi se desploma en la silla. Permaneció allí inmóvil, y ni siquiera se inmutó cuando un criado entró en silencio para atizar el fuego de la chimenea.
«Siempre has sido un buen amigo». Darcy cerró los ojos y apretó la mandíbula. ¿Acaso las heridas causadas por un amigo nunca curan? Darcy dirigió su pregunta al cielo. ¡Mejor ponerse colorado una vez que pálido toda la vida porque ese amigo no hizo nada!
La repentina necesidad de hacer algo, cualquier cosa, se apoderó de él. Se puso de pie, dirigiéndose hasta la vitrina que tenía a su espalda, se quitó la chaqueta, el chaleco y la corbata y los tiró sobre una silla. Tras abrir rápidamente la vitrina, examinó la colección y seleccionó un estoque perfectamente equilibrado. Tomando una lámpara que había sobre el escritorio, salió de la biblioteca hacia el corredor. ¿Adónde ir? Después de dudar sólo un instante, se dirigió al salón de baile. No se encontró con ningún criado en el camino y pudo deslizarse en la gran estancia sin hacer ruido. Puso la lámpara sobre una consola estilo Sheraton que estaba contra la pared, y se dirigió hacia la pista, ejecutando movimientos amplios y cortantes mientras avanzaba. Los músculos de su hombro protestaron después de un mes sin hacer ejercicio, pero Darcy los ignoró y siguió con el entrenamiento hasta que aflojaron y él se sintió seguro del alcance y el equilibrio de su espada. Luego, llevándose el estoque a los labios, asumió la posición de «en guardia», poniendo el cuerpo en la curiosa pose al mismo tiempo tensa y relajada de los espadachines expertos.
Darcy lanzó una estocada. Su oponente imaginario esquivó el movimiento. Volvió a atacar. Esta vez el golpe fue esquivado, pero el oponente lanzó un rápido contragolpe. Levantó el estoque para bloquear el ataque, luego dobló la muñeca y usó el filo para desequilibrar a su enemigo. No tuvo éxito. Bloquear… bloquear otra vez, atacar. Darcy soltó una carcajada. ¡Eso lo estremeció! Atacó y el otro tuvo que retroceder un paso, luego dos.
La llama de la lámpara se reflejaba de manera intermitente sobre la espada, mientras Darcy practicaba las formas clásicas de avance y retroceso. Adelante y atrás sobre la pista a oscuras, Darcy persiguió, acechó y otras veces se enfrentó a su enemigo imaginario, hasta que unas gotas de sudor aparecieron en su frente y el brazo que sostenía el estoque sucumbió al peso del arma. Con un movimiento final en forma de arco, levantó el estoque a manera de saludo y, haciendo una inclinación, le presentó sus respetos a la oscuridad que le sirvió de contrincante.
Sintiendo un agudo dolor en los costados, agarró la lámpara, se deslizó en silencio por el corredor y devolvió la lámpara y el estoque a la biblioteca. Volvió a colocar el arma en la vitrina y recogió su ropa. A pesar de que estaba cansado, sabía que todavía no se sentía preparado para sucumbir al sueño. ¡Su libro! Leería hasta que el sueño lo rindiera. Desde donde estaba, podía ver Fuentes de Oñoro en espera de su atención, y junto a él, un antiguo regalo de su padre, los sermones de Whitefield. Darcy tomó Fuentes de Oñoro del estante y, tras metérselo debajo del brazo, apagó la lámpara y salió hacia su habitación.

18 comentarios:

princesa jazmin dijo...

Bueno, sí que ha sido un capítulo intenso, aquí podemos conocer la historia que desde el punto de vista de Lizzie queda oculta a no ser por algunos detalles.Esta es una separación muy larga entre ella y Darcy, y se volverán a ver recién en Rosings. Es interesante asistir a las conversaciones en las que Darcy despliega argumentos para convencer a Bingley, acompañarlo en sus negocios y conocer al señor Hinchcliffe. La escena del caballero practicando esgrima con oponentes imaginarios es magnífica, muy gráfica. También es genial la presencia de Lizzie a través del marcador del libro...sutil.

Guacimara dijo...

Ya has vuelto manos a la obra! Ahorita no puedo leer, pero tengo muchísimas ganas y te comento luego.
Un abrazo.

AKASHA BOWMAN. dijo...

Ufff me alegra tanto de que haya regresado Lady Darcy, la he echado muchísimo de menos tanto aquí como en mi saloncito. Me agrada que haya descansado y que regrese con ánimo de seguirnos brindando esta maravillosa novela capítulo a capítulo. Por cierto que antes de leer este capítulo de hoy me he releído los dos últimos, para rememorar el hilo de lo sucedido.

Ayyyy cuanto echaba de menos al señor Darcy... aunque lo que nos ocupa en estos momentos me enoje profundamente:separar a Charles de Jane y él mismo permanecer alejado de su Lizzie. En fin, se le perdona por las buenas obras que hará en el futuro.

Muchos besos de su amiga bloggera

Wendy dijo...

Me había perddo este capitulo, muy denso por cierto.
Es una pena que la entrada de la camarera interrumpa la conversación que tiene lugar en la posada entre Darcy y Bingley, era sumamente interesante.
Darcy parece tranquilo, recuerda a Lizzi por el detalle del marcador, delicado detalle.
Que pena no poder ver a Darcy entrenando con el estoque, estaría muy gallardo, es una escena perfectamente narrada.
Que envidia de vida social :)
Un beso My Lady.

Eliane dijo...

Mi querida amiga: Me alegro que hayas vuelto a tu "trabajo"... todos te extrañabamos!
Relei el capitulo, aunque como te dije lei el libro, y la verdad es que está muy bueno...Mr Darcy y sus pensamientos!!!!
Un gran abrazo

Citu dijo...

Ay nena es un placer verte y leer de Darcy cada vez que leo de él suspiro. Te deseo un buen fin de semana y te comunico que tienes un premio en mi blog.

Angy dijo...

tu blog es genial.¿afiliemos,te sigo y me sigues? es en inges pero ay traductor en el pagina. si te animas avisame
http://checktheseblueskiesout.blogspot.com

Ivana dijo...

Acabo de leerlo sin duda me ha resultado toda una novedad, Lizzy ya no esta como protagonistas en el corazón de nuestro querido Darcy y la historia da un giro que en mi opinión es interesante.
He podido ver a un Darcy en sus negocios,en su casa y en su vida social lejos del campo,que muchas veces me he querido imaginar como se comportaria ante ellos.
Los nuevos personajes resultan ser muy prometedores y me han agradado mucho !!
Tienes una forma de describir no solo como se siente Darcy interiormente, sino tambien el mundo que lo rodea, que hace que uno lo lea una y otra vez y se valla imaginando cada detalle.
me encanto que mas puedo decir jeje
espero anciosa el proximo capitulo.
Saludos y que tengas un buen fin de semana.

Fernando dijo...

Las heridas de un buen amigo, a diferencia de otras que pueden no tener cura, siempre son de agradecer a la larga. Duelen tanto o más estas heridas de amistad a quien las causa que a quien las sufre.
Me agrada ver de nuevo a nuestro Darcy en una situación que me parece un tanto pareja a la mía (excepto en el mes de agosto). Lamentablemente, o no tanto, los días provechosos lo son para el bien común y el interés público, no para mi propio patrimonio.
Aprecio su esfuerzo en encajar tam afortunadamente esas imágenes en un texto que no corresponde a la historia original, ni a su adaptación al cine.
Admirado una vez más, milady, además de cautivado.

Graciela Mejía dijo...

Lady Darcy, muchas gracias por tus comentarios a mi blog, espero seguir en contacto contigo y seguir compartiendo los ideales del lenguaje, los modales, la cortesía y el arte de cortejar.

Juan Antonio dijo...

Querida Lady Darcy, gracias por tus afectuosas palabras en mi blog. Allí me disculpo convenientemente, comme il faut, y agradezco de nuevo tus atenciones para conmigo.

Realmente me tienes anodadado. Eres genial. Me asombras. Me fascinas.

Beso tu mano y toco el cielo.

princesa jazmin dijo...

Amiga, gracias por tu amable vueltita por mis humildes aposentos blogeros. El Sr. y la Sra. Bennet sólo son el comienzo, pretendo seguir por todoss los personajes...Espero ver pronto de nuevo a nuestro querido Darcy, ya no puedo vivir sin él. Te envío besos de amaneceres.Bay!

Madame Minuet dijo...

Madame, qué delicia, este capitulo tiene hasta practica de esgrima, con lo que me gusta!
Y me he reido mucho con el divertido primer encuentro con el secretario.

Madame, disculpe que haya tardado tanto en ponerme al dia con usted. Como estuvo ausente no sabe que desde el mes pasado tengo una lesion de espalda algo complicada, que me afecta un poco al brazo derecho y a dos dedos, porque me pinza un nervio. Afortunadamente estoy mejor, pero me recomiendan que no pase mucho tiempo seguido aquí sentada, por lo que dedico menos tiempo al blog y no estoy pendiente de las actualizaciones siempre. En general me limito a devolver los comentarios y aprovecho entonces para devolver las visitas, pero es frecuente que se me pasen actualizaciones si no coincide que esté por aquí cuando aparecen.

Bueno, pero ahora ya está subsanado. Me disculpo de antemano si en las proximas semanas me retraso alguna vez mas.

Feliz tarde, madame

Bisous

Citu dijo...

Lady tienes un premio en mi blog

Te amo, espíritu mío dijo...

Me hubiese gustado vivir en esa época… en un mundo de carruajes y palacios.

gaviota dijo...

el señor darcy ese prejuicio le llevaria al entierro de su ferviente amor besitos gaviota

Eleanor Atwood dijo...

Buen capítulo. Tan correcto siempre este Darcy. A veces hacemos las cosas con las mejores intenciones y acabamos fastidiándola, como en el caso de sus consejos a su mejor amigo. No sólo afectarán a Bingley, menuda la que se va a armar cuando Lizzie se entere...y entonces él mismo verá que ha destruido sus posibilidades de felicidad.
Mañana me pongo con el siguiente.
Besitos.

Lina dijo...

Grandioso.
Adoro este capítulo.
Él ve como sus intenciones se vieron casi retorcidas por el destino.