viernes, 21 de mayo de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo III


Capítulo III


¡En guardia!


Darcy dejó transcurrir unos instantes antes de seguir a Bingley. Cerró lentamente la puerta de la biblioteca al salir y esperó todavía unos segundos hasta oír cómo se desvanecía por el corredor el eco de la pesada puerta de roble al cerrarse. Avanzó un poco con paso lento y luego se detuvo frente a uno de los grandes espejos situados entre las ventanas que adornaban el pasillo, para revisarse la corbata y arreglarse el chaleco. ¡Farsante!, pensó, acusando al reflejo que el espejo le devolvía. ¡Limítate a deslizarte en silencio, consigue una posición fácil de defender y espera a que termine el desafortunado y tedioso asunto! El rostro del espejo lo miró con desconfianza, aparentemente dudando de la efectividad de dicha táctica. ¡Entonces aconséjame una estrategia mejor y así se hará! La imagen lo miró fijamente un momento, pero como no tenía ninguna sugerencia, bajó la mirada. ¡Eso pensé!, gruñó Darcy mientras tiraba del chaleco hacia abajo.
El ruido de conversaciones y risas comenzó a llegar hasta él y, tras echar un último vistazo burlón a su desgraciado reflejo, enderezó los hombros y se acercó a Stevenson, que enseguida abrió con destreza las puertas del salón y se preparó para anunciar su llegada. Cuando el criado tomó aire, Darcy lo agarró del brazo y le hizo un gesto negativo con la cabeza, indicándole que guardara silencio. Haciéndose rápidamente a un lado, Stevenson lo dejó pasar y cerró las puertas.
Darcy observó el salón con gesto adusto. Todavía no estaba lleno, pues aún era temprano. Bingley tenía razón en que la mayoría de los visitantes eran personas que ya conocían. Caroline Bingley estaba desempeñando su papel de anfitriona a la perfección, aunque, pensó Darcy, su sonrisa no reflejaba una sinceridad igual de perfecta. Examinó con cuidado al grupo que la rodeaba: estaba compuesto por una serie de esposas de terratenientes y destacados comerciantes. Bingley ya tenía en la mano una taza de té y estaba absorto en una conversación con el vicario y su esposa, mientras que una bandada de jovencitas merodeaba a su alrededor, lo suficientemente cerca como para escucharlo, esperando ansiosamente, sin duda, que el vicario se fuera. Darcy se giró para observar a los jóvenes caballeros y oficiales militares que habían formado un semicírculo alrededor de la gran ventana en forma de arco desde la cual se divisaba el sendero por el que entraban los carruajes a Netherfield.
—Señor —murmuró una criada que pasaba con una bandeja. Darcy dirigió la vista hacia la bandeja y la inspeccionó—. Con un saludo de parte de la señorita Bingley, señor. —El aroma de su café favorito, preparado de la forma que le gustaba, se elevó desde una taza que reposaba junto a un exclusivo surtido de galletas. Darcy le dirigió una mirada a la señorita Bingley e hizo una leve inclinación de cabeza, al tiempo que ella hacía lo mismo para indicar que había notado su gesto, y agarró la taza. En ese momento, se produjo una agitación entre el grupo de hombres que estaba en la ventana. Varios jóvenes rompieron la formación y comenzaron a dispersarse por el salón, principalmente en dirección a las puertas. Como la curiosidad superó su sentido de discreción, Darcy se deslizó hacia uno de los lugares que quedaron abandonados junto a la ventana, para ver cuál era la causa de tanta expectación.
Un carruaje vulgar, tirado por un solo caballo, recorría el sendero. Apenas se había detenido, cuando se abrió de par en par la portezuela y una confusión de enaguas descendió sobre el sendero de gravilla.
—La señorita Lydia —dijo riendo uno de los hombres que estaba cerca de Darcy.
—¡Ahora sí tendremos un poco de diversión! —exclamó otro, y los dos dieron media vuelta para reunirse con sus amigos en la puerta. Darcy recordaba vagamente haber visto en el baile el rostro que se vislumbraba bajo el sombrero, pero no pudo ubicarlo exactamente en una familia concreta. Le dio un sorbo a su café, con curiosidad por saber quién saldría del vehículo. Lo que vio lo dejó frío mientras bebía. ¡La matrona del otro día! Tragó de un golpe la bebida hirviente. ¡Eso significaba…!
En el exterior, la señora de Edward Bennet estaba arreglándose el vestido y el chal, preparándose para subir las escaleras de Netherfield. Tras ella venían la señorita Jane Bennet y otra hermana, que ayudaban a su madre en esos preparativos, y detrás, asomando ligeramente la cabeza por la portezuela, se encontraba la señorita Elizabeth Bennet. La señora Bennet se dio la vuelta y le hizo un comentario a su hija, cuando bajaba del carruaje. La señorita Elizabeth respondió y luego le lanzó una fugaz sonrisa de complicidad a su hermana mayor, mientras su madre procedía a subir las escaleras. El hecho de haber sido testigo involuntario de ese intercambio íntimo hizo que Darcy se sonrojara de incomodidad y se retirara enseguida de la ventana. Al dar media vuelta, vio un asiento vacío que tenía una excelente perspectiva de la puerta y se apoderó de él.
Desde luego, la agitación que tuvo lugar en la ventana no pasó inadvertida para los hermanos Bingley. Caroline se volvió hacia su hermano con el ceño fruncido, éste se disculpó enseguida con el vicario y se dirigió rápidamente hacia la ventana. Al ver sólo un coche vacío que se retiraba de la entrada, dio media vuelta para buscar a Darcy, cuando se abrieron las puertas del salón. Apareció Stevenson y, con una voz ahogada por la contención de toda emoción, anunció: «La señora de Edward Bennet, la señorita Bennet, las señoritas Elizabeth, Mary, Catherine y Lydia Bennet». Por un instante, se hizo un silencio total en el salón, tan portentoso como el que se produce antes de la aparición de una novia. Sin percatarse de la expectación causada por su llegada, la señora Bennet reprendió a una de sus hijas que venía detrás para que dejara de moverse y entró en el salón para presentarle sus respetos a la anfitriona. Cuando las chicas Bennet finalmente aparecieron en el umbral, todo el salón pareció soltar la respiración contenida. La señorita Bennet, un poco ruborizada, sonrió con delicadeza ante las damas y los caballeros que la saludaron, mientras avanzaba hacia la señorita Bingley. La hermana más joven entró tan pegada a la mayor que casi tropieza con la cola del vestido de ésta, lo cual le proporcionó una excusa para agarrarse del brazo masculino más cercano en busca de apoyo. Riéndose y agitando los rizos, saludó al joven por el nombre y pronto estuvo rodeada de jóvenes caballeros y oficiales, lo cual le hizo olvidar por completo la obligación de presentarle sus respetos a las damas de la casa.
Darcy observó con aprensión cómo Bingley se abría paso entre el corrillo de personas que rodeaba a sus hermanas y se detenía junto al diván, como si quisiera saludar apropiadamente a las recién llegadas. Con cierto alivio, notó que su amigo saludaba a la señorita Bennet con toda formalidad y corrección, aunque, tal vez, con una mirada un poco más intensa de lo habitual. Un chillido, seguido de una risita, atrajo nuevamente la atención de Darcy hacia los oficiales, donde identificó su origen en la tan esperada «señorita Lydia».
A pesar de su decisión, la mirada de Darcy se deslizó otra vez hacia la puerta, que ahora enmarcaba a la última recién llegada. La señorita Elizabeth Bennet. Su llegada hizo que más de un joven oficial abandonara su lugar y avanzara hacia la puerta. Esos movimientos pronto la ocultaron de la vista de Darcy, pero no antes de que él pudiera apreciar en su rostro una expresión de ironía que fue reemplazada por una sonrisa al responder al afectuoso saludo de sus amigos. En realidad, la naturaleza de dicha expresión sorprendió bastante a Darcy. Inconscientemente se levantó de la silla en busca de un ángulo desde el que pudiera observar mejor a la dama, hasta que se encontró, para su disgusto, junto a Charles tras el diván, justo en el momento en que la señorita Elizabeth se inclinaba para saludar a la señorita Bingley. Mirándola fijamente, Darcy tuvo la esperanza de captar algún rastro de esa expresión de ironía que ya comenzaba a atribuirle a su propia imaginación.
La señorita Elizabeth Bennet todavía tenía inclinada la cabeza cuando se levantó, pero Darcy pudo ver que tenía apretado el labio inferior y se lo mordía en un vano intento por evitar que apareciera un hoyuelo. Ella miró fugazmente hacia arriba, antes de bajar nuevamente la mirada como era apropiado.
¡Aja! ¡Sí, yo no estaba equivocado! ¡Qué criatura tan insolente! Darcy se enderezó y se felicitó por no haberse dejado engañar por la modesta expresión que aparecía en aquel momento en el rostro de la señorita Bennet, mientras miraba a su anfitriona.
—Señorita Elizabeth —saludó la señorita Bingley arrastrando las palabras—. ¿Ya conoce a mi hermano, el señor Bingley? —Sin esperar a recibir una respuesta a su pregunta, la señorita Bingley señaló a su hermano, que estaba detrás de ella—. Charles —comenzó a decir, mientras giraba la cabeza para mirar a su hermano por encima del hombro—, la señorita Elizabeth Ben… —Fuese lo que fuese a decir, quedó, de repente, atascado en su garganta, al ver no sólo a su hermano, sino también a Darcy, esperando con ansiedad la presentación—. Señorita Elizabeth Bennet —repitió, forzando un poco la sonrisa.
La invitada se inclinó para hacer otra reverencia, al mismo tiempo que Charles hacía una ligera inclinación. Esta vez, cuando se levantó, Darcy notó que lo hizo con una actitud decididamente más suave.
—Señorita Elizabeth, creo que nos conocimos brevemente durante el baile del viernes pasado, así que ya han transcurrido tres días desde que le debo una disculpa. —La sonrisa de Bingley traicionaba la seriedad de sus palabras.
—¿Una disculpa, señor Bingley? —respondió ella con el mismo ánimo—. Aceptaré encantada cualquier disculpa que tenga que ofrecerme, pero insisto en que primero me informe usted de las circunstancias que la ocasionaron. Por favor, señor, ilústreme, si es usted tan amable.
—¿Insiste usted en recibir una confesión además de una disculpa? —La fingida actitud horrorizada de Bingley le arrancó una encantadora y discreta sonrisa a su interlocutora.
—¡Desde luego! Y hágalo enseguida, o su sentencia será mucho más severa.
—¡Dios me libre, lo confesaré todo! Se trata de lo siguiente: olvidé reclamar el baile que usted tan amablemente me prometió concederme. ¿Una vergüenza, no es así, señorita Elizabeth?
—Sí, así es, señor. Debería estar mortalmente ofendida por semejante descuido.
—Una serie de circunstancias lo justifican, se lo aseguro —se apresuró a explicar Bingley—. Inmediatamente antes de que la música empezara, descubrí que la señorita Bennet necesitaba un refresco, que me ofrecí a ir a buscar, creyendo que tendría suficiente tiempo antes de que la orquesta se organizara. De camino a la mesa fui abordado por dos, no, por tres caballeros…
—¿Salteadores de caminos, sin duda? —lo interrumpió Elizabeth—. Le advierto, señor Bingley, que lo único que calmaría mi indignación sería el ataque de tres asaltantes, como mínimo.
—Sí, fueron tres salteadores, estoy seguro —confirmó Bingley, adoptando tal actitud de desesperación que Elizabeth no pudo reprimir la risa a la que se sumó inmediatamente él.
—Está usted perdonado, señor Bingley, pero sólo porque su abandono se debió al deseo de ayudar a mi hermana. Dicha gentileza siempre debe ser alentada.
—Gracias. Es usted muy amable, señorita Bennet. —Bingley miró a su lado y se encontró con la expresión cautelosa de Darcy—. Pero soy negligente y pronto me veré obligado a ofrecerle otra disculpa, por la cual no seré perdonado con tanta facilidad.






—Bingley se enderezó—. Señorita Elizabeth Bennet, ¿me permite presentarle a mi amigo, el señor Darcy?
Darcy no se sintió capaz de interferir en la charada representada por Bingley y la señorita Bennet y justificó su reticencia en el hecho de que no habían sido adecuadamente presentados. La habilidad de la muchacha para responder con ingenio lo sorprendió. Se dejó absorber por completo por la pequeña farsa, pero cuando Bingley retomó el tono formal y los presentó, Darcy volvió de nuevo al presente. La actitud con la que la señorita Bennet aceptó la presentación fue, pensó Darcy, inusualmente contenida, teniendo en cuenta el buen humor que había mostrado con Bingley. Darcy sintió que asumía otra vez su tensa actitud de indiferencia.
—Darcy, tengo el gran placer de presentarte a la señorita Elizabeth Bennet y, si me disculpáis, veo que su hermana parece estar necesitando algo y yo soy el único que sabe dónde está. —Respondiendo con un guiño a la cara de alarma de su amigo, Bingley hizo una inclinación y se marchó apresuradamente hacia donde estaba la señorita Bennet.
—Señor Darcy —murmuró Elizabeth. Una vez que ella hizo la oportuna reverencia y él le correspondió, Darcy trató de buscar algo que decir, mientras se reprendía mentalmente por quedar atrapado precisamente en medio de una situación que había decidido evitar. Sin tener todavía una estrategia para romper el hielo, cayó en las trivialidades sociales que tanto detestaba, mientras fijaba la mirada en algo que estaba aparentemente más allá de la muchacha.
—Encantado, señorita Bennet. ¿Lleva mucho tiempo viviendo en Meryton?
—Toda mi vida, señor Darcy.
—Entonces, ¿nunca ha estado en Londres? —preguntó Darcy con sorpresa.
—He tenido oportunidad de visitar Londres, señor, pero no durante la temporada de eventos sociales, si es a eso a lo que se refiere con «estar en Londres». —La aspereza del tono de la muchacha hizo que Darcy frunciera un poco el ceño, mientras se preguntaba qué habría querido decir y, sin darse cuenta, la miró directamente a la cara. La señorita Elizabeth parecía toda inocencia, pero algo le dijo que aquello no era cierto. Tal vez era la manera casi imperceptible en que había enarcado una de sus bien formadas cejas, o la tendencia de su hoyuelo a asomarse. No obstante, Darcy sabía que estaba siendo objeto de una burla. Y no le gustó sentirse así.
—Yo no diría que el hecho de haber viajado a Londres sólo para visitar tiendas de modistas es haber estado realmente en la ciudad —replicó con frialdad.
—¡Señor Darcy, es usted demasiado amable! —La sonrisa de la muchacha era tan afectada que Darcy supo enseguida que no debía tomarla por otra cosa que una falsedad y que su intento de disminuir la impertinencia de la muchacha había fracasado estrepitosamente. Entrecerró los ojos. ¿Por qué razón debía ella fingir un sentimiento de gratitud? ¡Estaba claro que él no había tenido intención de elogiarla! Sus sospechas sobre el propósito de la muchacha se confirmaron rápidamente—. ¡Cómo puede un caballero tan distinguido como usted pensar que mi vestido es un diseño londinense! Me temo que debo desengañarlo, señor. Sólo se trata de una confección local, pero tenga la seguridad de que le repetiré a mi modista su amable cumplido.




—Elizabeth hizo otra fugaz inclinación antes de que Darcy, que aún no salía de su asombro, pudiera pensar en una respuesta coherente y dijo—: Por favor, discúlpeme, señor Darcy. Mi madre me necesita.
¿Amable cumplido? ¡Vaya cumplido! Mientras farfullaba en silencio, Darcy se quedó mirando cómo la señorita Elizabeth se abría paso a través del salón que ahora sí estaba abarrotado. Tal como acababa de decirle, se dirigió hasta donde estaba su madre, deteniéndose sólo brevemente para intercambiar saludos con amigos o vecinos junto a los cuales pasó deslizándose con elegancia. Darcy obligó a su cabeza a dejar de dar vueltas en círculo y trató de volver al principio, al momento en que ella había entrado por la puerta y en su rostro se reflejó la opinión que tenía de sus anfitriones. O, más exactamente, de su anfitriona, se corrigió Darcy, y recordó la animada conversación que sostuvo con Charles y su genuina sonrisa. Darcy miró a su alrededor en busca de la señorita Bingley y la descubrió con facilidad, rodeada por un círculo de invitados que, según parecía, escuchaban con atención cada una de sus palabras. En ese momento ella estaba contando algo acerca de la «terrible multitud» que había en casa de lord y lady…, lo que ella le había dicho a lady…, y cuál había sido su respuesta al ingenioso comentario del señor…, enfatizando todo con un altivo suspiro y el elegante gesto de encogerse de hombros. El grupo soltó una carcajada, y Darcy notó que varias jovencitas trataban de imitar el ademán de Caroline, al tiempo que una oleada de hombros subía y bajaba. Elizabeth Bennet no estaba entre ellas, pues se encontraba ocupada con un pequeño círculo de admiradores y amigas cercanas.
No, la señorita Elizabeth Bennet no estaba impresionada con la sofisticación londinense de la señorita Bingley o de la señora Hurst, y tampoco parecía sentir la necesidad de modificar su manera de ser para imitar la gracia de Caroline, como estaban haciendo la mayor parte de sus vecinas en ese preciso momento. En lugar de eso, pensó Darcy, comprendiéndolo por fin, ¡a la señorita Bennet le parecía que la conducta de la señorita Bingley era reprobable! A juzgar por la expresión de burla de sus ojos, lejos de cultivar una amistad con la señorita Bingley, la señorita Elizabeth parecía haberle asignado un lugar entre las cosas ridículas, como haría uno con una relación divertida pero un poco alocada. Después de satisfacer su deseo de saber qué se proponía la señorita Elizabeth Bennet, Darcy encontró que aquel descubrimiento había engendrado en él dos emociones equivalentes pero opuestas, que luchaban valerosamente en su pecho. La primera era la indignación que le causaba la impertinencia de una dama que se atrevía a juzgar a sus superiores. La segunda era el impulso de reírse por estar de acuerdo con su juicio. Una chispa de humor casi había surgido en los ojos de Darcy, cuando fue asaltado por el recuerdo de que la señorita Bingley no era el único residente de Netherfield que le causaba gracia a la señorita Elizabeth Bennet. La chispa de humor fue suprimida sin piedad cuando volvió a pensar en la manera en que la señorita Elizabeth se comportaba con él.
Ella le había propinado un buen vapuleo; a Darcy no le quedó más remedio que reconocerlo con cierta imparcialidad. La manera en que había logrado dar la vuelta a su insultante comentario, apenas disfrazado, para convertirlo en un supuesto elogio había sido magistral. Pero ¿qué le había sucedido para hablarle así a aquella muchacha? Darcy revisó mentalmente los sucesos de su encuentro. ¿Acaso había sido la rudeza de la respuesta de la joven a sus desesperados intentos por entablar una conversación banal, o tal vez se había molestado desde el principio, debido al evidente cambio de actitud de ella después de que Bingley se la presentara? A ella le gustaba Bingley, pero ¿qué pensaba de él, de Darcy?
¿Me considerará el mismo tipo de personaje que la señorita Bingley?, se preguntó, ¿o no será que su manera de comportarse es sólo una farsa, un juego de coquetería con el que espera atraer mi atención? De manera distraída, Darcy comenzó a darle vueltas al anillo de rubí que llevaba en el dedo meñique. ¿Podría tratarse de otra cosa totalmente distinta? Recordó cómo la señorita Bennet había bromeado con Bingley sobre el hecho de que él la hubiese ignorado en el baile y su amenaza de exigir un castigo. De repente, sintió que los músculos de su estómago se contraían, pues volvió a repasar mentalmente los sucesos del baile. ¡Eso era! ¡Tenía que ser! La señorita Bennet había alcanzado a oír su imprudente y desconsiderado comentario.
—¡Idiota! —El insulto hacia sí mismo se escapó de sus labios. Al no haber recibido una disculpa, ella piensa exigir lo que le corresponde a fuerza de ingenio. Consideró su teoría, mientras observaba atentamente el objeto de sus cavilaciones, que, en ese momento, se encontraba conversando animadamente con la señorita Lucas. ¿Qué debería hacer, si es que debo hacer algo?, se preguntó con sentimiento de culpa. Debía excusarse con la muchacha, sin duda, pero ¿qué podía decir: «Discúlpeme, señorita Bennet, me comporté como un patán el viernes pasado»? Y si lo hiciera, ¿cuál sería la respuesta de ella? ¿Lo perdonaría con un bonito discurso o aprovecharía la ocasión para hacerle un desplante frente a todo el mundo?
Darcy hizo una pausa en medio de su reflexión sobre la posibilidad de cerrar los ojos y masajearse las sienes con los dedos. No, no importaba que él hubiese herido el orgullo de la muchacha, no se arriesgaría a sufrir el reproche de una campesina cualquiera, sólo para el entretenimiento de ella o sus amigas. Si ella hubiese decidido guardarle rencor, estaría obligado a hacerlo, pero tal como estaban las cosas, Elizabeth había optado por desenfundar la espada. Darcy volvió a levantar la vista y encontró a Elizabeth Bennet al lado de su hermana mayor, mientras las dos miraban una carpeta con los últimos dibujos de la señorita Bingley. ¡Un movimiento audaz! Darcy sonrió para sus adentros. ¡Ahora la entiendo, pero me temo que usted está equivocada si cree que puede jugar a ese juego conmigo! Una mirada sarcástica acompañó entonces a su sonrisa, mientras se inclinaba para dedicarse a la tarea de descubrir todas las cualidades de su adversaria.
Se entretuvo dando una vuelta por el salón, intercambiando una palabra aquí, un saludo allá con los nuevos vecinos de Bingley y, de paso, observando a Elizabeth Bennet sin ser visto. Se dio cuenta de que su voz era bien modulada y agradable al oído, aunque no le resultó extraño después de haberla oído cantar en la iglesia el día anterior. La forma de comportarse entre sus amigas mostraba una espontaneidad y una sinceridad encantadoras, pero que ciertamente no reflejaban la conducta que se esperaba de una señorita del nivel social al que él estaba acostumbrado. Su rostro, decidió Darcy, era de la variedad «lechera»: redondo, limpio y saludable, pero carente de la distinción que se necesitaba para que fuera considerado modernamente clásico. Se movía con bastante gracia, reconoció Darcy, pero el temblor de su vestido dejaba intuir una falta de simetría en su figura que no le habría agradado a un purista.
Poco común en sus modales, eso es seguro, sentenció Darcy, pero le falta la gracia física y social que revela una educación verdaderamente aristocrática. Es bueno para ella que los oficiales estén cautivados, porque eso es lo más lejos a lo que podrá aspirar. Darcy esperó en vano a que sus emociones secundaran su veredicto, pero éstas se mostraron poco dispuestas a aceptar ese juicio y, en lugar de eso, exigieron más información, de manera que la decisión final sobre la dama quedaría pospuesta hasta una fecha posterior. Al volver su atención sobre la familia de la muchacha, Darcy no encontró las mismas reservas. Nadie que tuviera ojos u oídos podía dejar de notar los modales estridentes y claramente calculadores de su madre y el atrevimiento descarado de sus hijas más jóvenes, cuya única disculpa era su juventud. Darcy suspiró con fuerza para expresar su disgusto con ellas.
—Vamos, vamos, Darcy, qué actitud tan negativa. Estoy seguro de que la partida de caza de mañana será muy agradable. —Absorto en su debate interno, Darcy apenas había notado que estaba cerca de Bingley y el grupo de caballeros que lo acompañaban. Era evidente que estaban planeando una cacería, y su resoplido había sido interpretado como la expresión de su disgusto ante la idea. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Un día al aire libre, con perros y armas, alejado de las intrigas de un salón social de provincias, era exactamente lo que necesitaba.
—Al contrario, Bingley, una idea excelente. —Darcy palmeó a su amigo en el hombro y el alivio engendrado por la perspectiva de un día así hizo que estuviera más comunicativo de lo acostumbrado entre desconocidos—. Caballeros, ¿ya les ha hablado Bingley de su más reciente adquisición? Es la escopeta ligera más hermosa que ustedes hayan visto…


Más tarde, durante la cena, la señorita Bingley estaba relatando los sucesos de la mañana a quienes se hallaban sentados a la mesa. Antes de que se anunciara la cena, el señor Hurst se excusó diciendo que tenía un terrible dolor de cabeza y ahora se encontraba feliz en su habitación, ocupado con un botellón de brandy, mientras sus compañeros y su esposa formaban parte de la audiencia de la señorita Bingley. Bingley se sentó cómodamente en su asiento a la cabecera de la mesa y se dedicó a prestarle a su hermana toda la atención que le permitía su bondadosa naturaleza. La aparente compostura de la señorita Bingley esa mañana, cuando se marchaban los invitados, no había engañado a Darcy ni por un instante; era evidente que ardía en deseos de contar, analizar, criticar y regodearse. Mientras esperaban en el salón de armas a que los llamaran a cenar, Bingley le advirtió a Darcy que cualquier intento de detenerla sería inútil. Dijo que le daría a su hermana rienda suelta —como si pudiera hacer otra cosa— y que Darcy debía prepararse para una velada de habladurías y maliciosa satisfacción.
—Y no, no puedes alegar que tienes dolor de cabeza, pues esa excusa ya ha sido utilizada por el señor Hurst. ¡Y si crees por un momento que podrás huir de lo que ni siquiera yo, que soy su hermano, puedo escapar, estás completamente loco! Eso forma parte de ser el hermano de una mujer cuya primordial preocupación es llegar a los primeros círculos de la sociedad. —Bingley suspiró, cerrando un ojo y mirando otra vez por el cañón de la escopeta ligera para revisar el último ajuste de la mira—. Ella tiene que examinar exhaustivamente los acontecimientos de hoy. ¿Qué opinas? —añadió, alcanzándole el rifle a Darcy—, ¿está bien?
—¿El deseo de pertenecer a los círculos más altos de la sociedad o sus métodos para llegar a ellos? —respondió Darcy, mientras se llevaba el arma a la mejilla y apoyaba la culata contra el hombro.
—¡Ninguno de ellos! Me refiero a la mira —replicó Bingley de manera tajante, y luego guardó silencio mientras Darcy, un poco arrepentido por su ligereza, revisaba la alineación. Cuando terminó, bajó el arma del hombro y se la puso a Bingley en las manos.
—Charles —comenzó a decir.
—Tienes mucha suerte de tener la hermana que tienes, Darcy —lo interrumpió Bingley en voz baja—. La señorita Darcy no te atormenta tanto. ¿Acaso te ha dado un solo minuto de preocupación? —Darcy se quedó inmóvil al oír las palabras de su amigo y esperó—. Ella es mucho más joven que tú y estará en la cima de la sociedad tan pronto como sea presentada —continuó Bingley sin notar el silencio de Darcy. Luego comenzó a reírse entre dientes—. ¡Imagínate si Georgiana fuera mi hermana menor! —Bingley invitó a Darcy a reírse con él de aquella absurda idea—. Oh, sería demasiado delicioso. —Un golpe en la puerta terminó con la diversión y Stevenson anunció la cena—. Ah, el deber llama; y, amigo mío, se requiere tu presencia, aunque sólo sea para ayudar a recoger los pedazos de lo que quedará de nuestros vecinos cuando ella termine —dijo Bingley.
De acuerdo con lo prometido, Bingley no intentó dirigir la conversación durante la cena, excepto por un ocasional «¡Shhh, shhh, Caroline!» y unas cuantas sacudidas de cabeza. El hecho de encontrar tan poca resistencia a sus comentarios pareció animar a la señorita Bingley, haciéndole pensar que sus observaciones y opiniones eran compartidas por quienes la acompañaban en la mesa. La señora Hurst, desde luego, se hacía eco de los sentimientos de su hermana, o los adornaba, y ambas se animaban mutuamente a alcanzar un nivel más alto en la crítica y la ridiculización.
—Vamos, Louisa, ¡eso es tan cruel! —La señorita Bingley le dio un golpecito a su hermana en la mano. La señora Hurst dijo estar arrepentida hasta que su hermana continuó con malicia—: Yo sólo le conté dos barbillas a la señora, pero, claro, yo no tuve el placer de verla sentada, como tú. —La señora Hurst dejó escapar un pequeño chillido y se cubrió la boca con la mano, mientras la señorita Bingley se recostaba en su silla con una sonrisita disimulada—. En realidad estos pueblerinos no son muy interesantes. —Le lanzó una discreta mirada a Darcy—. Los caballeros sólo hablan de caballos y cacerías. ¡Y las damas! ¡Ninguna de ellas pudo hacer un solo comentario sobre la moda actual o ha tenido el mínimo contacto con el teatro! Y la poesía probablemente es un idioma tan desconocido aquí como el italiano —concluyó, dirigiendo una maliciosa sonrisa a Darcy.
La señora Hurst soltó una risita indulgente, pero la falta de respuesta por parte de Darcy hizo que la señorita Bingley siguiera un camino más directo.
—Charles, he decidido aceptar esta semana tres invitaciones particulares a cenar y otra para tomar el té. Por favor, ten la bondad de reservar algo de tiempo para eso.
—¿Puedo preguntar, querida hermana, dónde tenemos esos compromisos? —Bingley entrelazó los dedos y apoyó la barbilla sobre los pulgares, girándose y haciendo un guiño a Darcy.
—El miércoles por la noche con el squire
Justin; el jueves, con el señor y la señora King. A ellos se les tiene por gente bastante importante y se dice que tienen una renta de tres mil libras al año, ¡imagínate! El viernes cenamos con el coronel Forster y su esposa. ¿Crees que la mujer se ríe así a propósito, Louisa, o acaso soy la única a la que le parece un burro? —A medida que iba oyendo los nombres, Bingley se iba hundiendo un poco más en la silla, y al mencionar al coronel, en su rostro apareció una expresión totalmente desesperanzadora—… Y la noche del sábado, en casa de sir William Lucas. —La señorita Bingley hizo una marca al lado del último nombre de su lista y levantó la mirada justo a tiempo para ver cómo se animaba su hermano—. ¿Te parece bien, Charles?
—Dejo el aspecto social de esta empresa en tus hábiles manos, Caroline. Sólo te pido que me dejes algún tiempo para ocupaciones más masculinas y que, mientras estemos aquí, programes asistir a los servicios religiosos. Con regularidad —añadió, con una mirada que transmitía el mensaje de que no aceptaría objeciones.
Al oír eso, los ojos de la señorita Bingley se posaron involuntariamente sobre Darcy, en cuya mirada se veía reflejada la más profunda indiferencia.
—Desde luego, Charles. Eso está fuera de toda discusión, como bien sabes.
—Ahora —dijo Bingley, aprovechando el éxito de su petición y el estado de confusión en que se había sumido su hermana—, me gustaría señalar que la mañana ha transcurrido estupendamente. Caroline, mereces una felicitación. —La señorita Bingley protestó con dulzura—. No tengo la menor duda de que nuestra «mañana de puertas abiertas» será tema de muchas conversaciones y que hemos entrado con el pie derecho en la sociedad de Hertfordshire. —Bingley le permitió a su hermana la oportunidad de restarle importancia a su logro, aunque brevemente, y continuó con determinación—: Debes saber que he programado una partida de caza para mañana por la mañana y espero que vengan seis o más caballeros. Si tú haces los arreglos para el desayuno y lo notificas al personal de la casa, yo me encargaré de anunciarles nuestros planes al encargado de las caballerizas, el vigilante del campo y el guardabosques. —Bingley golpeó los brazos de la silla con los dedos al enumerar cada detalle, con la cara roja de felicidad por saberse el dueño de una propiedad donde podía ordenar cuanto deseaba—. Mañana será mi turno, queridas hermanas, de ir más allá del punto al que habéis llegado hoy.
Durante el siguiente intercambio de preguntas, advertencias y aseveraciones entre Bingley y sus hermanas, Darcy volvió a concentrarse en sus propios pensamientos. Había notado la desilusión de su amigo al no oír un nombre concreto entre la lista de compromisos sociales de su hermana y, a continuación, su entusiasmo ante la mención de sir William. Al haber observado personalmente la estrecha relación de la señorita Lucas con una de las hermanas Bennet, no fue difícil deducir la razón del súbito entusiasmo de Bingley. Él espera que la señorita Bennet también esté presente. Es totalmente probable. Lo que significa que… Darcy dejó que su pensamiento quedara inconcluso y se obligó a concentrarse de nuevo en el problema de su amigo y la señorita Bennet.
Estiró la mano para tomar su vaso de vino y, balanceando suavemente la copa en la mano, agitó su contenido mientras miraba distraídamente el líquido de color rojo oscuro. Quizás estaba viendo en la deferencia de Bingley por la señorita Bennet algo más de lo que había o habría alguna vez. Su amigo había sido el primero en admitir su propensión a enamorarse y desenamorarse más rápido de lo que se reproduce una liebre. No había razón para suponer que aquella atracción era distinta. Darcy se llevó el vaso a los labios y paladeó momentáneamente el vino antes de dejarlo deslizar por la garganta y sentir su calidez. Deja que las cosas sigan su curso. Ofrécele otros incentivos para distraer su atención. Mantenlo ocupado con Netherfield. Darcy volvió a colocar el vaso sobre la mesa con cuidado. Con seguridad esto pasará.
Tan pronto como Darcy dejó el vaso en la mesa, su anfitriona le hizo una seña al mayordomo para que volviera a llenárselo, pero él cubrió la copa con la mano y negó con la cabeza.
—¿Acaso el vino no es de su agrado, señor Darcy? —preguntó la señorita Bingley con diligencia—. Si lo desea, pedimos otra botella.
—No, no se inquiete —respondió Darcy—. El vino es excelente. —Comenzó a levantarse de su asiento, pero la señorita Bingley se apresuró a detenerle.
—Señor Darcy, no puede usted dejarnos tan pronto. Todavía no hemos oído sus impresiones sobre la sociedad de Hertfordshire. —Miró alrededor de la mesa en busca de apoyo para su requerimiento—. Estoy segura de que será muy interesante.


Darcy miró a Bingley, buscando disimuladamente su ayuda, pero su amigo se limitó a hacer una mueca y encogerse de hombros. Después de lanzarle una mirada feroz, Darcy volvió a tomar asiento y adoptó una actitud de indiferencia hacia las damas.
—Tal como usted ha dicho, señorita Bingley, los lugareños de aquí «no son muy interesantes». Sin embargo, ellos son lo que comúnmente se llama «el músculo del Imperio» y en la medida en que dependemos de ellos para que proporcionen la tan necesitada fuerza física, tal vez sea ilógico que esperemos un exceso de ingenio.
De las dos damas, la señorita Bingley fue la primera en recuperar la compostura, pero no antes de recurrir a su servilleta para limpiarse las lágrimas que la risa había dejado en sus ojos.
—Pero ¿qué hay de las damas, señor Darcy? —Un destello malicioso iluminó sus ojos—. Seguramente no incluirá a las mujeres en el suministro de la fuerza física, ¿o sí?
—De ningún modo, señorita Bingley. No sería tan desconsiderado.
—Pero, señor —insistió ella—, usted ha aceptado su falta de fuerza física y ha desestimado su ingenio. ¿Con qué criterio, entonces, podemos clasificar a las damas de Hertfordshire?
—Usted apunta a la característica más obvia cuando se trata de mujeres, señorita Bingley. Desea que yo comente sus atributos físicos, su belleza, si quiere. —Enormemente incómodo con el giro de la conversación, Darcy señaló a Bingley—. Es a su hermano y no a mí a quien debería pedirle ese juicio.
—Nosotras sabemos lo que piensa Charles —respondió la señorita Bingley con un matiz de irritación en la voz—. Para él todas son diamantes preciosos. Lo que nos gustaría oír es su opinión. ¿No es así, hermana?
—Sí, señor Darcy, por favor, cuéntenos —pidió la señora Hurst con entusiasmo y luego, después de lanzarle una mirada a su hermana, agregó con tono travieso—: En especial quisiera oír sus opiniones sobre las muchachas Bennet.
—Darcy —dijo Bingley con cierto timbre de pretendida amenaza en la voz—, no toleraré ningún comentario sobre la señorita Jane Bennet que no sea del más alto nivel. Puedes limitar tu análisis a sus hermanas… ¿a la señorita Elizabeth, tal vez? Ahora bien, ella sería mi ideal de belleza si no fuera por su hermana mayor.
El silencio invadió el salón, mientras los tres acompañantes de Darcy esperaban su respuesta. Al mismo tiempo que se limpiaba las manos con la servilleta que tenía en el regazo, se le pasó por la cabeza la idea de que, de una forma misteriosa, la señorita Elizabeth Bennet seguía exigiendo un castigo por su estúpida torpeza. Así que, mientras criticaba su rostro, su figura y sus modales con toda la despreocupación que pudo reunir, dejó bien claro que la señorita Elizabeth Bennet no era su ideal de perfección en una mujer.

40 comentarios:

Stars Seeker A.k dijo...

¡Hola Lady Darcy!
Wooo! XD Tendré más paciencia jeje y esperaré al siguiente capítulo. Este me ha encantado como siempre, gracias a P. Aidan por tan genial obra y a tí por compartirla :D

¡Gracias por alegrar mi fin de semanita!
A.k

Scarlett O¨Hara dijo...

Increible capitulo, Pamela Aidan escribe maravillosamente, creo que incluso Jane Austen aprobaria su escritura. ¡Darcy es gracioso y mono hasta cuando se mira en el espejo! ¡Quien fuera espejo!
Gracias por otro capitulo Lady Darcy.
Besos;9

AKASHA B. dijo...

Mi querida lady amiga, me encanta este capítulo, sobretodo ciertos detalles concretos como Darcy examinándose minuciosamente en el espejo o el gesto de impedirle al mayordomo anunciarlo en la entrada del baile, por pura timidez y ansia de no llamar la atención.
También el debate interno que se traía intentando rebajar a Lizzy ante sus ojos, diciéndose que un militar sería a lo máximo que podría aspirar... jejejje ingenuo.
Nos estamos leyendo querida, gracias por compartir esta maravilla con nosotras
besos

Madame Minuet dijo...

Madame, que buena excusa proporcionaban las colas de los vestidos, para poder simular tropezar y asi agarrarse del brazo de determinado caballero, jiji.

Por cierto, madame, qué discreto Bingley dejando a Darcey a solas con Elizabeth!
La tensa conversacion sobre Londres, deliciosa.
Oh, por supuesto que ella no era su ideal de perfeccion en una mujer! :)

Estupendo capitulo este, madame.

Buenas noches

Bisous

Juan Antonio dijo...

Maravillosa novela. Es siempre un placer releer los textos de Jane Austen.

Saludos.

Guacimara dijo...

Estoy disfrutando de la reelectura de esta novela como si fuera de nuevo la primera vez. Me encanta! Y con las imágenes por el medio aún es mejor.
Hasta la próxima.

César Coca Vargas dijo...

Acabo de descubrir el blog y me parece sorprendente que exista uno dedicado específicamente a Jane Austen. Y ¿cómo así nació tu gusto por esta autora?

Bueno me despido, y siempre que pueda leeré tus entradas, que por lo que veo son capítulos. Un gusto y hasta otra oportunidad.

Fernando dijo...

Más que interesante, ingeniosa, talentosa incursión en la consciencia y en el inconsciente de Mr. Darcy
Con ciertos pasajes como éste (y el de otros moldes clásicos) uno tiende a pensar que cuanto más valiosa es una persona, más tiende a encontrarse defectos y se critica a sí misma con más fuerza que a los demás.
De nuevo riega las palabras de la novelista con adecuadas y evocadoras imágenes, milady.
Sinceramente suyo.

Dubois dijo...

No conocía la novela, pero está super interesante. Me imagino esas reuniones, con esa etiqueta, esos vestidos, esas miradas. Cuanta rivalidad femenina se ve también!!!
Un saludo Mme!

Carmen dijo...

Bueno, Lady Darcy, aquí estoy como había prometido... La verdad es que el primer capítulo me desanimó a continuar con la lectura, que dejé aparcada; pero como le había prometido a usted darle una oportunidad... continué con ello! Este tercer capítulo es de los que por ahora más me han gustado (Darcy frente al espejo, muy bueno!)... aunque la obra no esté a la altura, sobra decirlo, de nuestra querida Jane, je-je. Hasta el próximo capítulo…
Un beso,

Lady Darcy dijo...

A.K!
Me alegro que disfrutes de esta novela, y ya sabes que la paciencia es una de las mejores virtudes que podemos aprender y parcticar en situaciones complicadas, como ésta ;). Y dicen por ahí que el secreto de la paciencia es hacer algo mientras esperas :DD
un beso.

Citu dijo...

Muchas lady Darcy ya ya se seinte la atración entre Lyzzy y él. Esta cada vez más interesante.

Lady Darcy dijo...

Scarlett!
sabes? te confieso que antes de leerla tuve mis prejuicios, me había hecho a la idea que con mucho esfuerzo y le llegaría a los talones a Jane, pero me equivoqué, disfruté mucho de su lectura, y me atrevería a decir, que Jane Austen habría imaginado a un Darcy así, para poder entregarnos al original. Me cautivó aún más.
besos.

Lady Darcy dijo...

Akasha!
Esa escena del espejo es deliciosa!Darcy hablando a si mismo en una mezcla perfecta entre el enfado y su fino humor.
muy ingeniosa!!
Gracias a ti por leerla.
Besos.

Lady Darcy dijo...

Ese arte en la seducción y la coquetería, que poseemos las mujeres (por excelencia), lo practicamos con vestidos largos y elegantes o con sencillos jeans; antes y hoy en día siguen dando resultados, ¿no es así Mme? pero no es aconsejable dar demasiados detalles al respecto, los caballeros se aprovecharían de tan útil información.

Buen día y un beso.

Lady Darcy dijo...

Muchas gracias Juan Antonio por tu visita, y que agradable ver a tantos caballeros, disfrutando de esta novela.
un saludo.

Lady Darcy dijo...

Hola Guacimara!
Es tan buena que vale la pena releerla, gracias por pasar.
un beso y un fuerte abrazo.

Lady Darcy dijo...

Hola César, bienvenido.
El gusto es mío por tenerte aquí.
Bueno, mi ferviente admiración por Jane Austen, ya que dista mucho de ser un simple gusto, fué gracias a Orgullo y Prejuicio, la novela sencillamente me atrapó desde el inicio y sorprendentemente mis emociones iban transformándose con una fuerte intensidad a medida que continuaba con la lectura, algo que no me había sucedido antes, o por lo menos no a ese nivel. Lo que vino después cayó por su propio peso, quería saber más de la autora que había provocado tal emoción, sus obras y todo lo demás, y aquí me tienes, tratando de rendirle honor a mi manera.
Espero seguir contando con el placer de tus visitas, y podamos compartir opiniones.
un saludo.

Princesa Nadie dijo...

Gracias por tu visita,es cierto ,recordar los buenos momentos me llena de felicidad...es como volver a vivirlos.
Espero impaciente el siguiente capítulo

Luciana dijo...

Recién descubro que ahora estás subiendo esta novela!
Espero ponerme al día con su lectura. Muchos besos.

petitebroderie dijo...

Hoy he descubierto por casualidad tu blog, desde luego, el título me ha atrapado, pues son mis películas favoritas, mis novelas preferidas, estas grandes historias de amor...., estas maravillosas descripciones....estos personajes tan penetrantes...te invito a conocer mi blog pero nada tiene que ver, a parte de la lectura tengo otras aficiones...Un abrazo Esther

Lady Darcy dijo...

Querido Milord, ha dicho una verdad irrefutable, esta vez no puedo discutirle. Nuestra torpeza y rudeza a veces responde a un natural mecanismo de autodefensa al sentirnos derrotados o casi vencidos, frente a un inevitable peligro de atracción....
¡Cielos! me siento derrotada y sólo me resta avergonzarme de mi comportamiento.

Lady Darcy dijo...

Buen día monsieur Dubois.
La rivalidad femenina aunque más discreta, es mucho más peligrosa, y no precisa de armas de duelo. Le aconsejo que ande con cuidado monsieur.
saludos.

Lady Darcy dijo...

Paciencia mi querida Carmen, espero no equivocarme y que en un futuro disfrutes de su lectura.
Besos.

Lady Darcy dijo...

Hola Citu,
Me alegro que disfrutes de la historia.
nos vemos pronto, besos.

Lady Darcy dijo...

Princesa Nadie,
Gracias a ti por el honor, nos vemos en la siguiente entrega.
saludos.

Lady Darcy dijo...

Hola Luciana, que agradable sorpresa!!
hace tanto que no pasabas, me alegro que aún te des un tiempo para las viejas amigas jeje.
No te preocupes que recién llevo pocos capítulos, tienes tiempo de sobra.
Besos.

Lady Darcy dijo...

Buen día Petitebroderie,
Muy agradecida por tan linda visita, eres bienvenida siempre.
Ahora mismo me doy un paseo por tu blog, estoy segura que podemos compartir infinidad de aficiones.
un abrazo.

Fernando dijo...

Nada más lejos de mi intención que se sienta derrotada, milady. Eso sí que sería la mayor de las torpezas por mi parte. Por favor, no se avergüence de nada porque no hay motivo alguno para ello. En todo caso lo único que podría sentir es vergüenza ajena por mis desvaríos.
Suyo que lo es siempre.

Carmen dijo...

No te preocupes, mi querida lady Darcy! Con este tercer capitulo ya le estoy empezando a coger el gustillo. También me divierte leer los comentarios que se intercambian usted y un caballero que la visita, de nombre Fernando...
Un beso,

Lady Darcy dijo...

Milord,
No crea que pretendo buscar ni encontrar palabras donde lamentablemente sé que no las puede haber, pero lo de "desvaríos" no me quedó muy claro ni me termina de gustar. Dicen que no hay palabra mal dicha sino mal interpretada, quizá ese sea mi caso. Aún así le reitero mi disculpa y le aseguro que no volverá a suceder.

Lady Darcy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lady Darcy dijo...

Mi querida Carmen, sería absurdo de mi parte que le pidiera hacer oidos sordos a algo inevitable, pero mejor concentrémonos en la lectura de la novela y disfrutémosla jeje.
un beso.

César Coca Vargas dijo...

Hola Lady Darcy
Seguí algunas recomendaciones tuyas y agregué algunas cosas más al diseño del blog. Te aviso, además, que ya saldé el pequeño incoveniente por el cual te sentiste un poco mal =).

Espero tenerte de vuelta algunas oportunidad más, sobre todo los fines de semana que son los días en que pienso colocar las entradas. Entre tanto que hacer a veces no se puede. Hasta otra.

Saludos, que estés bien.

Atenea dijo...

Hola Lady Darcy :)

Si para ti fue una sorpresa hallar un blog como el mio siendo compatriotas, para mi lo es más encontrar un espacio como el tuyo dedicado a la literatura del siglo XIX (y en este caso dedicada a la de Jane Austen), es la primera vez que veo a una peruana llevando un blog de esta clase, felicitaciones!! :).


Yo todavía no he leído a Jane Austen, creo que empezaría por "Sensatez y sentimiento" he visto la versión cinematográfica y me gustó, también vi en película "Orgullo y Prejuicio" pero la protagonista no me cayó bien, jajaja.

Del siglo XIX mi libro favorito de este estilo es "Jane Eyre" (Charlotte Bronte) este año pienso volver a leerlo en cualquier momento, me gustó un montón, por primera vez me sentí reflejada en una protagonista.

Desde ahora tienes una seguidora ;), yo por ahora no puedo actualizar mi blog porque estoy sin computadora propia, solamente uso la del trabajo y como entenderás el tiempo es muy limitado.

Un saludo y gracias por la visita ;)

Lady Darcy dijo...

Hola César,
Gracias por comentarme la frecuencia de tus entradas, estaré al pendiente.
saludos.

Lady Darcy dijo...

Querida Atenea,
Me complace enormemente el contar con tu compañía, y la verdad me halaga y me sorprende lo que dices, no sabía que era de las pocas o quizá la única que le rendía honor a Jane Austen en nuestro país. Gracias!!
Estoy segura que al leer a Jane Austen quedarás prendada de ella como lo hice yo, y más aún si eres amante de la lectura de época como puedo apreciar que así es.
Jane Eyre es otra de mis favoritas, disfruto de ella cada vez que puedo, ya sea en el libro o en alguna adaptación para el cine o tv.
Bueno, espero que pronto puedas actualizar, siempre será un placer leerte.
Gracias nuevamente.
Un beso.

Anouna dijo...

Sabes, cuando ví la película quedé alucinada, ya la he visto unas cinco veces, pero no he leído el libro, voy un poco atrasada ahora, pero si vuelvo atrás en tus entradas veo que puedo tener una grata lectura desde el original. Es bello tu blog, todo me gusta, sobre todo confieso que Mr Darcy es todo un encanto.

Muchos abrazos, ANouna

Lady Darcy dijo...

Querida Anouna,
A mí la película me encantó, la he visto 93 veces y no exagero, te lo aseguro, (las conté) pero leer el libro es una experiencia aún mayor y más enriquecedora ya que al ser la película sólo una adapatación de la la novela y teniendo en cuenta las escasas dos horas para narrarla, es fácil de entender que muchos detalles queden en el aire, claro que aún así logra captar maravillosamente la magia de la novela.
Si lo deseas en la parte lateral del blog tengo puesto un enlace directo al primer capítulo de la novela y de ahí facilmente puedes continuar. Estoy segura que quedarás completamente cautivada por Darcy, y si continúas después con UNA FIESTA COMO ÉSTA, terminarás irremediablemente enamorada jeje.

un fuerte abrazo y gracias por tu visita.

Lady Darcy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.