jueves, 5 de junio de 2014

PERSUASIÓN Capítulo V


CAPITULO V

 

La mañana fijada para que el almirante Croft y su señora visitasen Kellynch Hall, a Ana le pareció más natural dar su acostumbrado paseo hasta la casa de Lady Russell y quedarse allí hasta que la visita hubiese concluido. Aunque luego le pare­ciera igualmente natural lamentar haberse perdido la ocasión de conocerlos.

Esta entrevista de las dos partes resultó muy satisfactoria y con ella se dejó el negocio definiti­vamente resuelto. Ambas señoras estaban dispues­tas de antemano a llegar a un acuerdo y, por lo tanto, ninguna de las dos vio en la otra más que buenos modales. Entre los caballeros hubo tanta cordialidad, buen humor, franqueza, sinceridad y liberalidad por parte del almirante, que Sir Walter quedó conquistado, aunque las seguridades que Shepherd le había dado de que el almirante lo tenía por un dechado de buena educación, gra­cias a las referencias que él le había entregado, lo halagaron y lo inclinaron a hacer gala de su mejor y más cortés compostura.

La casa, los terrenos y el mobiliario fueron aprobados; los Croft fueron también aprobados, y las condiciones y plazo, cosas y personas, queda­ron arreglados. El escribiente del señor Shepherd se sentó a trabajar sin que hubiese ni una mínima diferencia preliminar que modificar en todo lo que “este contrato establece...”

Sir Walter declaró sin vacilar que el almirante era el marino más apuesto que había visto nunca, y llegó hasta decir que si su propio criado le hubiera ordenado un poco el pelo no se habría avergonzado de que lo viesen con él en cualquier parte. El almirante, con simpática cordialidad, co­mentó a su esposa, mientras paseaban por el par­que:

-Estoy pensando, querida, que a pesar de todo lo que nos contaron en Taunton, nos hemos en­tendido muy pronto. El baronet no es nada del otro mundo, pero no parece un mal hombre.

Estos cumplidos recíprocos dejan a la vista que ambos hombres habían formado el uno del otro el mismo concepto poco más o menos.

Los Croft debían tomar posesión de la casa por San Miguel y Sir Walter propuso trasladarse a Bath en el curso del mes precedente, de modo que no había tiempo que perder en hacer los preparativos de la mudanza.

Lady Russell, convencida de que no se permi­tiría a Ana tener ni voz ni voto en la elección de la casa que iban a tomar, sintió mucho verse sepa­rada tan pronto de ella e hizo todo lo posible por que se quedase a su lado hasta que fuesen ambas a Bath pasadas las Navidades. Pero unos compro­misos, que la retuvieron fuera de Kellynch varias semanas, le impidieron insistir en su invitación todo lo que hubiese querido. Y Ana, aunque te­mía los posibles calores de septiembre en la blan­ca y deslumbrante Bath y la apesadumbraba re­nunciar a la dulce y melancólica influencia de los meses otoñales en el campo, pensó que, bien mirado, no deseaba quedarse. Sería mejor y más prudente, y por lo tanto la haría sufrir menos, irse con los otros.

No obstante ocurrió algo que dio a sus ideas un giro inesperado. María, que estaba a menudo algo delicada, siempre ocupada en sus propias lamentaciones, y que tenía la costumbre de acudir a Ana en cuanto le pasaba algo, se hallaba indis­puesta. Previendo que no tendría un día bueno en todo el otoño, le rogó, o mejor dicho le exigió, pues a decir verdad no podía llamarse a eso un ruego, que fuese a su quinta de Uppercross para hacerle compañía todo el tiempo que la necesita­se en vez de irse a Bath.

-No puedo hacer nada sin Ana -argüía María.

E Isabel replicaba:

-Pues, siendo así, estoy segura de que Ana hará mejor en quedarse, porque en Bath no hace la menor falta.

Ser solicitada como algo útil, aunque sea en una forma impropia, vale más, al fin y al cabo, que ser rechazada como algo inútil. Y Ana, con­tenta de que la considerasen necesaria y de tener que cumplir algún deber; segura además de que lo cumpliría con alegría en el escenario de su propia y querida comarca, accedió sin dilación a quedarse.

Esta invitación de María allanó todas las difi­cultades de Lady Russell; y, por consiguiente, se acordó que Ana no iría a Bath hasta que Lady Russell la acompañase y que, entretanto, distribui­ría su tiempo entre la quinta de Uppercross y la casita de Kellynch.

Hasta aquí todo iba a pedir de boca; pero a Lady Russell le faltó poco para desmayarse cuan­do se enteró del disparate que entrañaba una de las partes del plan de Kellynch Hall y que consis­tía en lo siguiente: la señora Clay sería invitada a ir a Bath con Sir Walter e Isabel en calidad de importante y valiosa ayuda para esta última en todos los trabajos que les esperaban. Lady Russell sentía muchísimo que hubiesen recurrido a tal medida; la asombraba, la afligía y la asustaba. Y la afrenta que significaba para Ana el hecho de que la señora Clay fuese tan necesaria mientras ella no servía para nada, era una agravante aún más pe­nosa.

Ana ya estaba acostumbrada a ese género de afrentas; pero sintió la imprudencia de aquella decisión tan agudamente como Lady Russell. Do­tada de una gran capacidad de serena observa­ción y con un conocimiento tan profundo del carácter de su padre, que a veces hubiera preferi­do no tener, se daba cuenta de que era más que probable que aquella intimidad tuviese serias con­secuencias para su familia. No podía creer que a su padre se le ocurriese por el momento nada semejante. La señora Clay era pecosa, tenía un diente salido y las muñecas gruesas, cosas que Sir

Walter criticaba severa y constantemente cuando ella no estaba presente; pero era joven y muy bien parecida en conjunto, y su sagacidad y asi­duas y agradables maneras le daban un atractivo muchísimo más peligroso que el que pudiese te­ner una persona meramente agraciada. Ana estaba tan impresionada por el grado de aquel peligro, que creyó indispensable tratar de hacérselo ver a su hermana. No esperaba grandes resultados, pero pensaba que Isabel, quien, si la catástrofe se pro­ducía, sería más digna de compasión que ella, no podría reprocharle en modo alguno el no haberla puesto sobre aviso.

Le habló, pero, al parecer, lo único que logró fue ofenderla. Isabel no pudo comprender cómo le había pasado por la mente tan absurda sospe­cha, y le contestó, indignada, que cada cual sabe muy bien cuál es el lugar que ocupa.

-La señora Clay -dijo acaloradamente- nunca olvida quién es; y como yo estoy mucho mejor enterada de sus sentimientos que tú, puedo ase­gurarte que sus ideas sobre el matrimonio son discretas, y que reprueba la desigualdad de condi­ción y de rango con más energía que muchas otras personas. En cuanto a papá, no puedo admi­tir, en verdad, que él, que ha permanecido viudo tanto tiempo en atención a nosotras, tenga que pasar ahora por esta sospecha. Si la señora Clay fuese una mujer muy hermosa, te concedo que no estaría bien que anduviese demasiado conmigo; no porque haya nada en el mundo, estoy segura, que indujese a papá a hacer un matrimonio de­gradante, sino porque eso podría hacerlo desgra­ciado. ¡Pero la pobre señora Clay, que, con todos sus méritos, nunca ha sido ni pasablemente boni­ta! Creo en verdad que la pobre señora Clay puede estar aquí bien a salvo. ¡Cualquiera diría que nunca has oído hablar a papá de sus defectos, y lo has oído cincuenta veces!, ¡con aquel diente y aquellas pecas! A mí las pecas no me disgustan tanto como a él; conocí a una persona que tenía la cara no del todo desfigurada por unas cuantas, pero papá las detesta. Ya debes haberle oído co­mentar las pecas de la señora Clay.

-Rara vez se encuentra un defecto personal -repuso Ana- que la simpatía no nos haga olvi­dar poco a poco.

-Pues yo no pienso lo mismo -replicó Isabel vivamente-. La simpatía puede sobreponerse a unos rasgos hermosos, pero nunca puede cambiar los vulgares. Sea como sea, y ya que estoy más ente­rada de este asunto que nadie, puedes ahorrarte tus advertencias.

Ana había cumplido con su deber y se alegra­ba de ello, sin desesperar del todo de su eficacia. Isabel se sintió molesta con la sospecha, pero en lo sucesivo estaría más atenta.

El último servicio de la carroza de cuatro ca­ballos fue conducir a Sir Walter, a la señorita Elliot y a la señora Clay a Bath. Los viajeros partieron animadísimos. Sir Walter dispensó condescendien­tes saludos a los afligidos arrendatarios y labriegos, a quienes se había avisado para que fuesen a despedirlo. Y Ana se encaminó con una especie de tranquilidad desolada a la casita donde iba a pasar su primera semana.

Su amiga no estaba de mejor humor que ella. Lady Russell sentía con gran intensidad el trasplan­te de la familia. Su respetabilidad le era tan cara como la suya propia, y su cotidiano intercambio con los Elliot se le había hecho indispensable con la costumbre. La entristecía verlos abandonar aque­llas tierras y más aún pensar que iban a dar a otras manos. Para huir de la soledad y de la melancolía de aquel lugar tan cambiado y no presenciar la llegada del almirante Croft y de su mujer, determi­nó ausentarse de su casa e ir a buscar a Ana a Uppercross. Acordaron las dos que partirían de allí, y Ana se instaló en la quinta que sería la primera etapa del viaje de Lady Russell.

Uppercross era un pueblo relativamente pe­queño que pocos años antes aún conservaba -todo el viejo estilo inglés.

Ana había estado allí varias veces. Conocía los caminos de Uppercross tan bien como los de Ke­llynch. Las dos familias estaban juntas tan cons­tantemente y tenían tal costumbre de entrar y salir de una y otra casa a todas horas, que se llevó una sorpresa al encontrar a María sola. Estar sola y sentirse enferma y malhumorada eran casi la mis­ma cosa para ella. Aunque de mejor condición que su hermana mayor, María no tenía ni el en­tendimiento ni el buen carácter de Ana. Mientras se encontraba bien y se sentía feliz y agasajada, estaba de muy buen talante y animadísima; pero cualquier indisposición la hundía por completo; no tenía recursos para la soledad; y habiendo heredado una parte considerable de la presunción de los Elliot, estaba muy dispuesta a añadir a sus otras congojas la de creerse abandonada y maltra­tada. Físicamente era inferior a sus dos hermanas, e incluso cuando estaba en lo mejor de su edad no llegó a ser más que regularcilla. Estaba tendida en el desvencijado sofá del amable saloncillo cuyo mobiliario elegante en un tiempo había ido deslu­ciéndose bajo la acción de cuatro veranos y dos niños. Cuando vio aparecer a Ana la recibió, di­ciéndole:

¡Vamos! ¡Por fin llegaste! Ya empezaba a creer que no te volvería a ver. Estoy tan enferma que apenas puedo hablar. ¡No he visto a nadie en toda la mañana!

-Siento que no te encuentres bien -repuso Ana-. ¡Pero si el jueves me mandaste decir que estabas como una rosa!

-Sí, saqué fuerzas de flaqueza, como hago siempre. Pero no me sentía bien ni mucho menos, y creo que nunca en mi vida he estado tan mal como esta mañana. No estoy en situación de que se me deje sola. Supónte que me diese algo horri­ble de repente y que no fuese capaz ni de tirar de la campanilla. Lady Russell no debe salir de su casa. Me parece que en todo el verano ha venido tres veces a esta casa.

Ana dijo lo que hacía a propósito y preguntó luego a María por su marido.

-¡Ah! Carlos se fue de caza. No lo he visto desde las siete. Se ha querido marchar, a pesar de que le dije lo enferma que estaba. Respondió que no estaría mucho fuera, pero todavía no ha regre­sado y ya es casi la una. Es lo que te decía, no he visto un alma en toda esta larguísima mañana.

-¿No has estado con tus niños?

-Sí, mientras he podido soportar su bullicio; pero son tan traviesos que me hacen más mal que bien. Carlitos no obedece en nada y Walter crece igual de malo.

-Bueno; ahora te pondrás mejor -replicó Ana jovialmente-. Ya sabes que siempre te curo en cuanto llego. ¿Cómo están tus vecinos de la Casa Grande?
 
 

-No puedo decirte nada de ellos. Hoy no he visto más que al señor Musgrove, que se ha dete­nido un momento y me ha hablado por la venta­na, pero sin bajar del caballo. Por mucho que les dije lo mal que estaba, ninguno de ellos se me acercó. Me figuro que habrá sido porque a las señoritas Musgrove no les venía de paso y nunca se salen de su camino.

-Tal vez los veas antes de que pase la maña­na. Es temprano todavía. -

-Ni falta que me hacen, puedes estar segura. Encuentro que charlan y ríen demasiado. ¡Ay, Ana, qué mal estoy! ¿Cómo no viniste el jueves?

-Querida María, acuérdate de que me man­daste decir que estabas bien. Me escribiste con la mayor alegría diciéndome que te hallabas perfec­tamente y que no me diera prisa en venir. Por ello quise quedarme hasta el final con Lady Russell; y además del cariño que le tengo, estuve tan ocupa­da, y he tenido tanto que hacer que de ninguna manera hubiese podido salir antes de Kellynch.

-Pero, ¿qué es lo que tuviste que hacer?

-Muchísimas cosas, te lo aseguro. Más de las que puedo recordar en este momento, pero voy a decirte algunas. Hice un duplicado del catálogo de libros y cuadros de mi padre. Estuve varias veces en el jardín con Mackenzie, tratando de entender y dándole a entender a él cuáles eran las plantas de Isabel que debían apartarse para Lady Russell. Tuve que arreglar muchas pequeñas cosas mías: libros y música que separar; y tuve que rehacer todos mis baúles, debido- a que no supe a tiempo lo que se había decidido acerca de los acarreos. Y tuve que hacer una cosa, María, más fatigosa aún: ir a casi todas las casas de la parro­quia en visita de despedida, pues así me lo encar­garon. Todas estas cosas llevan mucho tiempo.

-¡Sin duda!

Y después de una pausa:

-Pero no me has preguntado nada de nuestra cena de ayer en casa de los Poole.

-¿Conque fuiste? No te pregunté nada porque me figuré que habías tenido que renunciar a la invitación.

-Claro que fui. Ayer me encontraba muy bien; no he sentido nada hasta esta mañana. Habría parecido muy raro si no hubiese ido.

-Me alegro de que estuvieses lo bastante bien y supongo que pasaste un rato muy agra­dable.

-Nada del otro mundo. Siempre se sabe de antemano lo que va a ser una cena y a quiénes vas a encontrar allí. ¡Y es tan incómodo no tener coche propio! Los señores Musgrove me llevaron en el suyo y anduvimos como sardinas en lata ¡Son tan corpulentos y ocupan tanto espacio! El señor Musgrove siempre se sienta delante. Yo iba aplastada en el asiento trasero entre Enriqueta y Luisa. No me extrañaría que toda mi enfermedad de hoy se debiera a eso.

Con un poco más de perseverante paciencia y de forzada jovialidad consiguió Ana que María se restableciese prontamente. Al poco rato ya pudo incorporarse en el sofá y empezó a acariciar la esperanza de poder dejarlo para la hora de la comida. Luego olvidó su postración y se fue al otro extremo del salón para arreglar un ramo de flores. Se comió unos fiambres y se sintió tan aliviada que propuso ir a dar un paseo.

-¿Adónde iremos? -preguntó en cuanto estu­vieron listas-. Me imagino que no querrás ir a visitar a los de la Casa Grande antes de que ellos hayan venido a verte.

-No tengo ningún inconveniente -replicó Ana-. Nunca se me ocurriría reparar en esas formalida­des con gente como los señores y las señoritas Musgrove, a los que tanto conozco.

-Sí, pero son ellos los que deben visitarte a ti primero. Deben saber cómo han de tratarte por ser mi hermana. Sin embargo, podemos ir muy bien y sentarnos con ellos un ratito, y cuando ya estemos satisfechas de la visita, nos distraemos con el paseíto de vuelta.

Ana siempre había considerado esa clase de trato como una gran imprudencia, pero desistido de oponerse porque creía que a pesar de que las dos familias se inferían mutuamente continuas ofen­sas, no podían estar la una sin la otra. Se dirigie­ron por tanto a la Casa Grande y estuvieron una buena media hora en el cuadrado gabinete deco­rado a la antigua usanza, con su pequeña alfom­bra y su lustroso suelo, al que las actuales hijas de la casa fueron dando gradualmente su aire pecu­liar de confusión, con un gran piano, un arpa, floreros y mesitas a diestra y siniestra. ¡Ah, si los originales de los retratos colgados contra el arri­madero, si los caballeros vestidos de pardo tercio­pelo y las damas envueltas en rasos azules hubie­sen visto lo que pasaba y hubiesen tenido conciencia de aquel atentado contra el orden y la pulcritud! Aquellos mismos retratos parecían estar contemplando boquiabiertos todo a su alrededor.

Los Musgrove, al igual que su casa, estaban en un estado de mudanza que tal vez era para bien. El padre y la madre se ajustaban a la vieja tradición inglesa, y la gente joven, a la nueva. El señor y la señora Musgrove eran de muy buena pasta, amistosos y hospitalarios, no muy educa­dos y nada elegantes. Las ideas y modales de sus hijos eran más modernos. Era una familia nume­rosa, pero los dos únicos hijos crecidos, excepto

Carlos, eran Enriqueta y Luisa, jóvenes de dieci­nueve y veinte años, que tenían de una escuela de Exeter todo el acostumbrado bagaje de talen­tos, y que ahora se dedicaban, como miles de otras señoritas, a vivir a la moda, felices y con­tentas. Sus trajes tenían todas las gracias, sus caras eran más bien bonitas, su humor excelente y sus modales, desenvueltos y agradables; eran muy consideradas en su casa y mimadas fuera de ella. Ana siempre las había mirado como a unas de las más dichosas criaturas que había conoci­do; no obstante, por esa grata sensación de su­perioridad que solemos experimentar y que nos salva de desear cualquier posible cambio, no ha­bría trocado su más fina y cultivada inteligencia por todos los placeres de Luisa y Enriqueta; lo único que les envidiaba era aquella apariencia de buena armonía y de mutuo acuerdo y aquel afecto alegre y recíproco que ella había conocido tan poco con sus dos hermanas.

Las recibieron con gran cordialidad. Nada pa­recía mal en el seno de la familia de la Casa Grande; toda ella -como Ana sabía muy bien- era completamente irreprochable. La media hora trans­currió agradablemente, y Ana no se sorprendió en absoluto cuando al marcharse María invitó a las dos señoritas Musgrove a que las acompañaran en su paseo.

 
Continuará...

2 comentarios:

MariCari dijo...

Eres tan generosa... tan maravillosa. Gracias por compartir. Bss

LADY DARCY dijo...

No hay de qué amiga mía. Es un placer...