miércoles, 28 de mayo de 2014

PERSUASION Capítulo IV


CAPITULO IV

 

El no era el señor Wentworth, el otrora párroco de Monkford, a pesar de lo que hayan podido dictar las apariencias, sino el capitán Federico Wentworth, hermano del primero, que fuera ascendido a comandante a raíz de la acción de Santo Domin­go. Como no lo destinaron de inmediato, fue a Somersetshire en el verano de 1806, y, muertos sus padres, vivió en Monkford durante medio año. En aquel tiempo era un joven muy apuesto, de inteligencia destacada, ingenioso y brillante. Ana era una muchacha muy bonita, gentil, modesta, delicada y sensible. Con la mitad de los atractivos que poseía cada uno por su lado había bastante para que él no tuviese que esforzarse para- con­quistarla y para que ella difícilmente pudiese amar a alguien más. Pero la coincidencia de tan genero­sas circunstancias había de dar frutos. Poco a poco fueron conociéndose y se enamoraron el uno del otro rápida y profundamente. ¿Cuál de los dos vio más perfecciones en el otro?, ¿cuál de los dos fue más feliz: ella, al escuchar su declaración y sus proposiciones, o él, cuando ella las aceptó?

Siguió un período de felicidad exquisita, aun­que muy breve. No tardaron en surgir los sinsabo­res. Sir Walter, al enterarse del romance, no dio su consentimiento ni dijo si lo daría alguna vez; pero su negativa quedó de manifiesto por su gran asombro, su frialdad y su declarada indiferencia respec­to de los asuntos de su hija. Consideraba aquella unión degradante; y Lady Russell, a pesar de que su orgullo era más templado y más perdonable, la tuvo también por una verdadera desdicha.

¡Ana Elliot, con todos sus títulos de familia, bella e inteligente, malograrse a los diecinueve años; comprometerse en un noviazgo con un jo­ven que no tenía para abonarle a nadie más que a sí mismo, sin más esperanzas de alcanzar alguna distinción que la que proporcionan los azares de una carrera de las más inciertas, y sin relaciones que le asegurasen un ulterior encumbramiento en aquella profesión! ¡Era un desatino que sólo pen­sarlo la horrorizaba! ¡Ana Elliot, tan joven, tan inexperta, atarse a un extraño sin posición ni for­tuna; mejor dicho, hundirse por su culpa en un estado de extenuante dependencia, angustiosa y devastadora! No debía ser, si la intervención de la amistad y de la autoridad de quien era para ella como una madre y que tenía sus derechos podían evitarlo.

El capitán Wentworth no tenía bienes. Había sido afortunado en su carrera, pero gastó liberal­mente lo que con igual liberalidad había recibido y no conservó nada. No obstante, confiaba en ser rico pronto. Lleno de fuego y de vida, sabía que pronto podría tener un barco y que a poco andar llegaría el tiempo en que podría disponer de cuanto se le antojase. Siempre fue hombre de suerte y sabía que seguiría siéndolo. Esta confianza, pode­rosa por su mismo entusiasmo y hechicera por el talento con que solía expresarla, a Ana le bastaba; pero Lady Russell lo veía de otra manera. El tem­peramento sanguíneo y la atrevida fantasía de Went­worth operaban en ella de un modo del todo distinto. Le parecía que no hacían más que agra­var el mal y añadir a los inconvenientes de Went­worth el de un carácter peligroso. Era un hombre brillante y testarudo. A Lady Russell le gustaba muy poco el ingenio, y cualquier cosa que se aproximase a la temeridad le causaba horror. Así, pues, las relaciones de Ana con Wentworth le parecían reprobables desde todo punto de vista.

Semejante oposición y los sentimientos que provocaba superaban las fuerzas de Ana; con su juventud y su gentileza todavía hubiese podido hacer frente a la malquerencia de su padre; pero la firme opinión y las dulces maneras de Lady Russell, a la que siempre había querido y obede­cido, no podían asediarla siempre en vano. Se convenció de que aquel noviazgo era una cosa disparatada, indiscreta, impropia, que difícilmente podría dar buen resultado y que no convenía. Pero al romper el compromiso no actuó sólo in­ducida por una egoísta cautela. Si no hubiera creí­do que lo hacía en bien de Wentworth más que en el suyo propio, no sin dificultad habría podido despedirlo. Se imaginó que su prudencia y renun­ciación redundaban sobre todo en beneficio del capitán, y éste fue su mayor consuelo en medio del dolor de aquella ruptura definitiva. Precisó de todos los consuelos, pues por si su pena fuese poca, tuvo que soportar también la de él, que no se dio por convencido en absoluto y permaneció inflexible, herido en sus sentimientos al obligárse­le a aquel abandono. A causa de ello se alejó de la comarca.

En pocos meses tuvo lugar el principio y el fin de sus relaciones. Pero Ana no dejó en pocos meses de sufrir. Su amor y sus remordimientos le impidieron por mucho tiempo gozar de los placeres de la juventud, y la temprana pérdida de su frescura y animación le dejaron impresa una hue­lla que no se borraría.

Más de siete años habían pasado ya desde el final de esa pequeña historia de mezquinos inte­reses. El tiempo había suavizado mucho y casi apagado del todo el amor del capitán; pero Ana no había encontrado más lenitivo que el del tiem­po. Ningún cambio de lugar, excepto una visita a Bath poco después de la ruptura, ni ninguna no­vedad o ampliación en sus relaciones sociales le ayudaron a olvidar. No entró nadie en el círculo de Kellynch que pudiese compararse con Federi­co Wentworth tal como ella lo recordaba. Ningún otro cariño, que hubiese sido la única cura en verdad natural, eficaz y suficiente a su edad, fue posible, dadas las exigencias de su buen discerni­miento y lo amargado de su gesto, en los estre­chos límites de la sociedad que la rodeaba. Al frisar en los veintidós años le solicitó que cambia­se de nombre un joven que poco después encon­tró una mejor disposición en su hermana menor. Lady Russell lamentó que hubiera rehusado, pues Carlos Musgrove era el primogénito de un señor que en propiedades y significación no cedía en la comarca más que a Sir Walter; y poseía, además, muy buenos aspecto y carácter. Lady Russell hu­biese aspirado a algo más cuando Ana tenía dieci­nueve años, pero ya a los veintidós le habría encantado verla alejada de un modo tan honora­ble de la parcialidad e injusticia de su casa pater­na, y establecida para siempre a su vera. Pero esta vez Ana no hizo caso de los consejos ajenos. Y aunque Lady Russell, tan satisfecha como siempre de su propia discreción, nunca pensaba en rectifi­car el pasado, empezaba ahora a sentir un ansia que rayaba en la desesperación, de que Ana fuese invitada por un hombre hábil e independiente a entrar en un estado para el cual la creía particular­mente dotada por su ardiente afectividad y sus inclinaciones hogareñas.

Ni la una ni la otra sabían si sus opiniones respecto al punto fundamental de la existencia de Ana habían cambiado o persistían, porque no vol­vieron a hablar de aquel asunto; pero Ana, a los veintisiete años, pensaba de muy distinta manera que a los diecinueve. Ni censuraba a Lady Russell ni se censuraba a sí misma por haberse dejado guiar por ella; pero sentía que si cualquier joven­cita en similar situación hubiese acudido a ella en busca de consejo, de seguro no se habría llevado ninguno que le acarrease tan cierta desdicha de momento y tan incierta felicidad futura. Estaba convencida de que a pesar de todas las desventa­jas y oposiciones de su casa, de todas las zozo­bras inherentes a la profesión de Wentworth y de todos los probables temores, dilaciones y disgus­tos, habría sido mucho más feliz manteniendo su compromiso de lo que lo había sido sacrificándo­lo. Y eso se podía aplicar, estaba cierta de ello, a la mayor parte de tales solicitaciones y dudas, aunque sin referirse a los actuales resultados de su caso, pues sucedió que podía haberle procura­do una prosperidad más pronto de lo que razona­blemente se hubiera calculado. Todas las sanguí­neas esperanzas de Wentworth y toda su fe habían quedado justificadas. Parecía que su genio y su ánimo habían previsto y dirigido su próspero camino. Muy poco después de la ruptura, Wentworth consiguió una plaza; y todo lo que dijo que Ocurriría ocurrió. Su distinguida actuación le valió un rápido ascenso, y a la sazón, gracias a sucesivas capturas, debía haber hecho una buena fortu­na. Ana no podía saberlo más que por las listas navales y los periódicos, pero no podía dudar de que fuese rico y, en razón de su constancia, no podía creer que se hubiese casado.
 
 

¡Cuán elocuente pudo haber sido Ana Elliot -y cuán elocuentes fueron al fin y al cabo sus deseos en favor de un temprano y caluroso afecto y de una gozosa fe en el porvenir contra aquellas exageradas precauciones que parecían insultar el esfuerzo propio y desconfiar de la Providencia! La obligaron a ser prudente en su juventud y con la edad se volvía romántica, obligada consecuencia de un inicio antinatural.

Con todas estas circunstancias, recuerdos y sen­timientos, no podía oír decir que la hermana del capitán Wentworth viviría a lo mejor en Kellynch sin que su antiguo dolor se reavivase. Y fueron necesarios muchos paseos solitarios y muchos sus­piros para calmar la agitación que dicha idea le producía. A menudo se dijo que era una insensa­tez, antes de haber apaciguado sus nervios lo bastante para resistir sin peligro las continuas dis­cusiones acerca de los Croft y de sus asuntos. La ayudaron, no obstante, la perfecta indiferencia y la aparente inconsciencia de los tres únicos ami­gos que estaban al tanto de lo pasado, y que parecían haberlo olvidado por completo. Recono­cía que los motivos de Lady Russell fueron más nobles que los de su padre y su hermana, y justi­ficaba su tranquilidad; y, por lo que pudiese suce­der, era preferible que todos hubiesen borrado de sus mentes lo ocurrido. En caso de que los Croft arrendasen realmente Kellynch Hall, Ana se ale­graba de nuevo con una convicción que siempre le había sido grata: que lo pasado no era conoci­do más que por tres de sus familiares a los que creía no se les había escapado la más mínima indiscreción, y con la certeza de que entre los de él, sólo el hermano con quien Wentworth vivió tuvo alguna información de sus breves relaciones. Ese hermano hacía mucho tiempo que había sido trasladado, y como era un hombre delicado y además soltero, Ana estaba segura de que no ha­bría dicho nada de ello a nadie.

Su hermana, la señora Croft, había estado fue­ra de Inglaterra, acompañando a su marido en unos viajes por el extranjero. Su propia hermana María estaba en la escuela al ocurrir los hechos, y el orgullo de unos y la delicadeza de otros nunca permitirían que se supiese nada.

Con estas seguridades, Ana esperaba que su relación con los Croft, que anticipaba el hecho de estar aún en Kellynch Lady Russell y María sólo a tres millas de allí, no ocasionaría ningún contra­tiempo.
 
Continuará...