martes, 4 de septiembre de 2012

EMMA Capítulo XLI al XLV


CAPÍTULO XLI

 

EN este estado de cosas, por lo que se refiere a proyectos, esperan­zas y relaciones mutuas, empezó el mes de junio en Hartfield. En Highbury en general no hubo ningún cambio concreto. Los Elton seguían hablando de la visita que iban a hacerles los Suckling, y del uso que harían de su landó, y Jane Fairfax se hallaba aún en casa de su abuela; y como el regreso de Irlanda de los Campbell volvió a aplazarse, y se fijó la fecha de su vuelta, en vez de para mediados de verano para el mes de agosto, era probable que Jane se quedase en el pueblo dos meses más, con tal de que pudiera contrarrestar la activi­dad que la señora Elton estaba desarrollando para ayudarla, y salvarse de verse obligada a aceptar a toda prisa un magnífico empleo contra su voluntad.

El señor Knightley que, por algún motivo que sólo él conocía, des­de el primer momento había demostrado sentir una profunda aversión por Frank Churchill, cada vez la sentía mayor. Empezó a sospechar que el joven, al cortejar a Emma hacía un doble juego. Que cortejaba a Emma era algo indiscutible. Todo lo demostraba; las atenciones que le dedicaba, las insinuaciones de su padre, la significativa reserva de su madrasta; todo coincidía; palabras, conducta, discreción e indis­creción, todo apuntaba hacia lo mismo. Pero mientras tantas personas le consideraban interesado por Emma, y la propia Emma le creía in­teresado por Harriet, el señor Knightley empezó a sospechar que el joven tenía cierta inclinación por Jane Fairfax. No podía comprender­lo; pero había indicios de que entre los dos pasaba algo... por lo me­nos así se lo parecía... indicios de que él la admiraba... Y después de haber observado sus reacciones, el señor Knightley, aun proponién­dose evitar a toda costa el exceso de imaginación que inducía a Emma a cometer tantos errores, no pudo por menos de admitir que sus su­posiciones no eran totalmente equivocadas. Ella no estaba presente la primera vez que se despertaron sus sospechas. Fue en casa de los El­ton, durante una comida a la que habían invitado a la familia de Ran­dalls y a Jane; y había sorprendido miradas, más de una mirada diri­gida a la señorita Fairfax, que en un admirador de la señorita Wood­house parecía algo incongruente. En la siguiente ocasión en que coin­cidieron no pudo por menos de recordar lo que había visto la otra vez; ni evitar el observar detalles que, a menos de creerse como Cow­per, soñando junto a su chimenea a la caída de la tarde,

 

Creándome yo mismo las visiones

 

forzosamente tenían que reafirmarle en la sospecha de que había una relación oculta, una secreta inteligencia entre Frank Churchill y Jane.

Cierto día después de comer el señor Knightley salió a pasear, y de­cidió hacer una visita a Hartfield, como solía hacer muy a menudo; encontró a Emma y a Harriet que se disponían también a dar un pa­seo; él las acompañó, y al regresar se encontraron con un grupo mu­cho más numeroso que al igual que ellos habían considerado más pru­dente salir a hacer un poco de ejercicio a primera hora de la tarde, ya que el tiempo amenazaba lluvia; se trataba del señor y de la señora Weston, y de su hijo, y de la señorita Bates y de su sobrina, que se habían encontrado por casualidad. Cuando llegaron todos juntos ante la verja de Hartfield, Emma, que sabía que éstas eran exactamente la clase de visitas que le gustaban a su padre, insistió en que todos en­traran y tomaran el té con él. El grupo de Randalls accedió inmedia­tamente; después de un discurso francamente largo de la señorita Ba­tes, a quien muy pocas personas prestaron atención, también ella con­sideró posible aceptar la amabilísima invitación que les hacía la seño­rita Woodhouse.

Cuando atravesaban el jardín pasó cerca de allí el señor Perry a ca­ballo, y los caballeros hicieron algunos comentarios acerca de su mon­tura.

-Por cierto -dijo inmediatamente Frank Churchill dirigiéndose a la señora Weston-, ¿sigue teniendo intenciones de comprarse un co­che el señor Perry?

La señora Weston pareció muy sorprendida, y dijo: -No sabía nada de esas intenciones.

-Por Dios, pero si fue usted quien me lo dijo. Me lo decía en una carta hace unos tres meses.

-¿Yo? ¡Imposible!

-Sí, sí, seguro. Lo recuerdo perfectamente. Usted lo mencionaba como algo inminente. La señora Perry se lo había dicho a alguien, y estaba muy contenta. Usted decía que había sido ella quien le había convencido, porque opinaba que cuando hacía mal tiempo era muy expuesto hacer las visitas a caballo. ¿Todavía no lo recuerda?

-¡Te prometo que es la primera vez que oigo hablar de ese asunto!

-¿La primera vez? ¿De veras? ¡Santo Cielo! Entonces, ¿cómo lo sé yo? Debo de haberlo soñado... Pero estaba completamente conven­cido... Señorita Smith, tengo la sensación de que está usted cansada. Supongo que se alegrará de estar ya en casa después de tanto andar.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? -exclamó el señor Weston-. ¿Qué de­cíais de Perry y de un coche? Frank, ¿va a comprarse un coche Perry? No sabes lo que me alegro. Te lo ha dicho él mismo, ¿no?

-Pues no -replicó su hijo riendo-. Parece ser que no me lo ha dicho nadie... ¡Qué raro! Yo, la verdad es que estaba convencido de que la señora Weston lo había mencionado en una de las cartas que me escribía a Enscombe, hace muchas semanas, dándome todos esos detalles... pero como ella dice que es la primera vez que oye hablar de eso, no hay otra explicación que la de que lo he soñado. Yo sueño mucho. Sueño con todo el mundo de Highbury cuando estoy lejos de aquí... y cuando ya he terminado con todos mis amigos íntimos, en­tonces empiezo a soñar con el señor y la señora Perry.

-Sí que es extraño -comentó su padre- que hayas tenido un sueño tan lógico y tan verosímil sobre gente en la que no es probable que pienses mucho en Enscombe. ¡Perry que se compra un coche! ¡Y su mujer que le convence para que se lo compre, por motivos de salud! Exactamente lo que ocurrirá un día u otro, no tengo la menor duda; sólo que ha sido un poco prematuro. ¡Qué cosas tan lógicas llegan a soñarse a veces!, ¿verdad? ¡Y a veces en cambio qué can­tidad de absurdos! Bueno, Frank, desde luego tu sueño lo que de­muestra es que piensas en Highbury cuando estás ausente. Emma, creo que tú también sueñas mucho, ¿verdad?

Emma estaba demasiado lejos para oírle; se había adelantado a los demás para avisar a su padre de la presencia de sus invitados, y no pudo oír la pregunta del señor Weston.

-Verán, para ser franca -exclamó la señorita Bates, que en los últimos dos minutos había estado intentando en vano hacerse oír-, si me permiten decir algo sobre esta cuestión... no es que yo niegue que el señor Frank Churchill pueda haber tenido... yo no quiero decir que no lo haya soñado... porque a veces yo misma tengo los sueños más raros que puedan imaginarse... pero si me preguntaran acerca de este caso, debería confesar que ya se habló de eso la primavera pasada; porque la propia señora Perry se lo dijo a mi madre, y los Cole tam­bién lo sabían igual que nosotros... pero era un secreto, no lo sabía nadie más, y sólo se habló de ello durante unos tres días. La señora Perry tenía muchas ganas de que su marido tuviese un coche, y una mañana vino a ver a mi madre muy contenta, porque creía que había logrado convencerle. Jane, ¿no te acuerdas que la abuelita nos lo con­tó, cuando volvimos a casa? No me acuerdo adónde habíamos ido... lo más probable es que fuéramos a Randalls; sí, creo que fue a Ran­dalls. La señora Perry siempre ha querido mucho a mi madre... bueno, la verdad es que todo el mundo la quiere mucho... y le con­tó eso como haciéndole una confidencia; desde luego que no se opuso a que nos lo contara a nosotras, pero no tenía que saberlo nadie más; y desde entonces hasta hoy yo no he dicho ni una palabra a nadie. Claro que yo no puedo responder de que alguna vez no se me haya escapado algo, porque ya sé que a veces digo cosas que no quería decir, sin darme cuenta. Yo soy habladora, ¿saben? Soy bastante habla­dora; y de vez en cuando se me escapan cosas que no deberían esca­párseme. No soy como Jane; ojalá lo fuera. Estoy segura de que a ella nunca se le escapa nada. Por cierto, ¿dónde está? ¡Ah, aquí, detrás de mí! Sí, sí, me acuerdo perfectamente de cuando vino a ver­nos la señora Perry... ¡La verdad es que es un sueño curioso!, ¿eh?

Estaban ya en el vestíbulo. La mirada del señor Knightley había precedido a la de la señorita Bates en posarse sobre Jane; del rostro de Frank Churchill, en el que creyó ver turbación reprimida y serie­dad, sus ojos se volvieron involuntariamente hacia el de ella; pero se había rezagado mucho y estaba distraída con su chal. El señor Weston ya había entrado. Los otros dos caballeros esperaron en la puerta para dejarla pasar. El señor Knightley sospechaba que Frank Churchill se proponía cambiar una mirada con ella... y parecía estar acechando la ocasión propicia... pero, de ser así, fue en vano... Jane pasó entre los dos y entró en la sala sin mirar a nadie.

No hubo ocasión de hacer más comentarios ni de dar más explica­ciones. Se admitía lo del sueño, y el señor Knightley tuvo que sen­tarse junto con los demás, alrededor de la gran mesa circular, tan mo­derna, que Emma había introducido en Hartfield, y que sólo Emma hubiese podido tener autoridad para poner allí y convencer a su pa­dre de que se usara, en vez de la pequeña Pembroke en la que, du­rante cuarenta años, se habían servido dos de sus comidas diarias. El té pasó sin incidentes, y nadie parecía tener prisa por irse.

-Señorita Woodhouse -dijo Frank Churchill, después de haber re­vuelto los objetos de la mesa que tenía a sus espaldas y que alcanzaba con la mano-, ¿se han llevado sus sobrinos los abecedarios... aquella caja de letras? Solía estar aquí. ¿Dónde está? Es una velada un poco triste, casi debería considerarse como de invierno más que de verano. Una mañana nos divertimos mucho con aquellas letras. Me gustaría volver a jugar a los acertijos.

A Emma le gustó la idea; trajo la caja y la mesa pronto quedó cu­bierta por las letras del abecedario, que nadie más, excepto ellos dos, parecía dispuesto a manejar. En seguida empezaron a formar palabras que se intercambiaban entre sí o que presentaban a cualquiera que quisiese descrifrar el acertijo. Lo apacible del juego lo hacía particu­larmente grato al señor Woodhouse, que a menudo había tenido que soportar juegos mucho más movidos que había introducido en la casa el señor Weston; el padre de Emma, ahora era feliz, lamentando con melancólicos acentos la marcha de «los pobres niñitos», o comentan­do con satisfacción, cuando alguna letra se extraviaba cerca de su si­tio, lo bien que Emma había sabido dibujarlas.

Frank Churchill puso una palabra delante de la señorita Fairfax; ésta, después de lanzar una rápida mirada a su alrededor, se aplicó a descifrarla. Frank estaba al lado de Emma, Jane enfrente de ellos... y el señor Knightley situado de tal manera que podía verles a todos; y su propósito era ver todo lo que pudiese sin demostrar que estaba ob­servándoles. La palabra fue descifrada, y Jane apartó las letras con una leve sonrisa. Si hubiese querido que se mezclaran con las demás y que la palabra no pudiera recomponerse, hubiera tenido que mirar a la mesa en vez de mirar a los que tenía enfrente, ya que las letras no se mezclaron; y Harriet, que seguía con atención todas las pala­bras nuevas, al ver que no salía ninguna por el momento, recogió la última y se afanó por descifrarla. Estaba sentada al lado del señor Knightley, y se volvió hacia él para pedirle que le ayudara. La palabra era error; y cuando Harriet la proclamó triunfalmente en voz alta, la única reacción de Jane fue ruborizarse. El señor Knightley relacionó aquello con el sueño; pero no acertaba a comprender qué tenía que ver una cosa con la otra. ¿Cómo era posible que fa agudeza y la in­tuición de Emma estuvieran tan embotadas como para no darse cuen­ta de todo aquello? Temía que allí había algo oculto. A cada momen­to tenía indicios de que en ellos había una falta de sinceridad, un doble juego. Aquellas letras sólo les servían para un disimulado ga­lanteo. Era un juego de niños que Frank Churchill había elegido para ocultar otro juego de más importancia, secreto.

Siguió observándole con gran indignación; y también con alarma y desconfianza al ver hasta dónde llegaba la ceguera de sus dos com­pañeras. Vio que preparaba una palabra corta para Emma, y que se la presentaba con un aire de forzada seriedad. Vio que Emma la des­cifraba en seguida y que la encontraba muy divertida, aunque por lo visto había algo en ella que la obligaba a no darle su aprobación; porque le oyó decir:

-No, por Dios, eso sí que no. Es demasiado.

Luego oyó que Frank Churchill le decía, mirando de reojo a Jane:

-Sí, sí, se la daré... ¿Se la doy?

Oyó claramente que Emma se oponía vivamente entre risas.

-No, no, no. No lo haga, eso sí que no. No debe hacerlo.

Sin embargo, ya estaba hecho. Aquel joven tan galante que parecía amar sin sentir emociones y elogiarse a sí mismo sin complacencia, tendió inmediatamente la palabra a la señorita Fairfax, rogándole con una insistencia particularmente cortés que intentara descifrarla. La desmedida curiosidad del señor Knightley por saber qué palabra era le hizo aprovechar todas las oportunidades para mirar de reojo, y no tardó mucho en darse cuenta de que la palabra en cuestión era Dixon. Jane Fairfax pareció haberla descifrado al mismo tiempo que él; des­de luego a ella debía de serle más fácil el acertijo, ya que penetraba en el sentido oculto que poseían aquellas cinco letras dispuestas de aquel modo. Evidentemente quedó muy contrariada; levantó los ojos, y al ver que la miraban se ruborizó más de lo que antes había ob­servado el señor Knightley; se limitó a decir:

-No sabía que también valían los nombres propios.

Apartó las letras con enojo y pareció decidida a no intentar desci­frar ninguna otra palabra que le propusieran. Volvió el rostro de los que le habían dirigido aquel ataque, y miró hacia su tía.

-Sí, sí, querida, tienes mucha razón -exclamó ésta antes de que Jane tuviera tiempo de decir nada-. Precisamente ahora mismo lo iba a decir. Sí, sí, ya es hora de que nos vayamos. Está anocheciendo y la abuelita nos espera. Es usted muy amable, pero tenemos que de­cirle adiós.

La rapidez con que se levantó Jane demostró que tenía tanta prisa por irse como su tía había imaginado. Inmediatamente se puso de pie y abandonó la mesa; pero fueron tantos los que se levantaron tam­bién que se produjo una cierta confusión; y el señor Knightley creyó ver que alguien empujaba ansiosamente hacia la muchacha otra serie de letras, que ella apartó con un ademán brusco antes de mirarlas. Luego buscó su chal... Frank Churchill le ayudaba a buscarlo... Iba oscureciendo y en la sala había una gran confusión; el señor Knigh­tley no hubiera podido decir cómo se despidieron.

Él, una vez se hubieron ido los demás, se quedó en Hartfield muy preocupado por todo lo que había visto; tan preocupado que, cuando se encendieron las velas, como para crear un ambiente propicio a las confidencias, pensó que debía... sí, que debía, sin ningún género de dudas, como amigo, como amigo leal... insinuar algo a Emma, hacer­le alguna pregunta. No era capaz de verla en una situación de peligro como aquella sin tratar de defenderla. Era su deber.

-Por favor, Emma -dijo-, ¿puedo preguntar en qué consistía la gracia, la malicia, de la última palabra que les han dado a usted y a la señorita Fairfax para descifrar? He visto la palabra, y tengo curiosidad por saber por qué ha sido tan divertida para la una y tan poco divertida para la otra.

Emma quedó muy turbada. No podía ni pensar en darle la verdade­ra explicación; pues aunque estaba lejos de haber visto disipadas sus sospechas, se sentía realmente avergonzada de haberlas comunicado a alguien.

-¡Oh! -exclamó visiblemente nerviosa-. No quería decir nada. Una simple broma entre nosotros.

-Una broma -replicó él gravemente- que sólo les hizo a gracia a usted y al señor Churchill.

Él esperaba tener una respuesta, pero no la obtuvo. Emma prefe­ría hacer cualquier otra cosa menos hablar. El señor Knightley per­maneció en silencio durante un rato haciendo conjeturas. Por su mente cruzó la posibilidad de una serie de peligros. Inmiscuirse... inmiscuir­se en vano. La turbación de Emma y su reconocimiento de su intimi­dad con Frank parecían ser como una confesión de que sentía un gran interés por él. Sin embargo debía hablar. Prefería correr el ries­go de que le tomara por un entrometido antes de que ella pudiera salir perjudicada; prefería cualquier cosa antes de quedarse con la mala impresión de que hubiera podido evitarle algún mal.

-Mi querida Emma -dijo por fin, de la manera más afectuosa-, ¿cree usted que conoce perfectamente el grado de amistad que existe entre el caballero y la dama de los que estamos hablando?

-¿Entre el señor Frank Churchill y la señorita Fairfax? ¡Oh sí! Perfectamente... ¿Por qué lo pone en duda?

-¿No ha tenido en ninguna ocasión motivos para pensar que él sentía una gran admiración por ella o viceversa?

-¡Oh, no, nunca, nunca! -exclamó Emma con gran apasionamien­to-. Nunca, ni por una fracción de segundo se me ha ocurrido esta idea. ¿Cómo es posible que se le haya ocurrido a usted?

-Últimamente he creído ver indicios de que existía algo más que amistad entre ellos... ciertas miradas significativas que no creo que ellos supieran que alguien iba a interceptar.

-¡Oh, casi me hace usted reír! Me encanta ver que también usted se permite dejar vagar su imaginación... pero se equivoca... siento mucho tener que cortarle las alas al primer intento... pero lo cierto es que se equivoca. Entre ellos no hay nada más que amistad, se lo aseguro; y las apariencias que puede usted haber advertido son fru­to de alguna circunstancia especial... sentimientos de una naturaleza totalmente distinta... es imposible explicar exactamente... es algo bas­tante absurdo... pero lo que puede contarse, lo que no es absurdo del todo, no puede estar más lejos de ser una mutua atracción o admira­ción. Es decir, supongo que las cosas son así por lo que a ella respec­ta; por lo que respecta a él, estoy segura. Yo le respondo de que él es absolutamente indiferente.

Emma hablaba con una seguridad que hizo vacilar al señor Knigh­tley, con una satisfacción que le hizo callarse. Estaba muy alegre y hubiese querido prolongar la conversación con el deseo de enterarse de los detalles de sus sospechas, de que le describiera cada mirada, cada uno de los pormenores y circunstancias, por los que decía sen­tir tanto interés. Pero la jovialidad de ella no encontró eco en su interlocutor. El señor Knightley se daba cuenta de que no podía ser útil, y aquella conversación le estaba irritando demasiado. Y a fin de que su irritación no se convirtiera en verdadera fiebre. con el fuego que las delicadas costumbres del señor Woodhouse obligaban a que se encendiese casi todas las tardes del año, no tardó en despedirse apresuradamente y en encaminarse hacia su fría y solitaria Donwell Abbey.

 

 

CAPÍTULO XLII

 

HIGHBURY, después de haber alimentado durante largo tiempo la esperanza de que el señor y la señora Suckling no tardarían en hacer una visita al pueblo, tuvo que resignarse a la mortificante noti­cia de que no les era posible acudir hasta el otoño. Por el momento, pues, su acervo intelectual se veía privado de enriquecerse con una im­portación de novedades de aquella magnitud. Y en el cotidiano in­tercambio de noticias de nuevo se vieron obligados a limitarse a los demás temas de conversación que durante algún tiempo habían ido emparejados al de la visita de los Suckling, como las últimas nuevas sobre la señora Churchill, cuya salud parecía ofrecer cada día aspec­tos diferentes, y el estado de la señora Weston, cuya felicidad era de esperar que pudiese verse incrementada por el nacimiento de un hijo, acontecimiento que iba también a producir gran contento entre todos sus vecinos.

La señora Elton se sentía muy decepcionada. Aquello representaba tener que aplazar una gran ocasión para divertirse y para presumir. Todas sus presentaciones y todas sus recomendaciones debían esperar, y todas las fiestas y excursiones de las que se había hablado, por el momento quedaban en simple proyecto. Por lo menos eso fue lo que pensó en un principio... pero después de reflexionar un poco, se con­venció de que no era preciso aplazarlo todo. ¿Por qué no podían ha­cer una excursión a Box Hill aunque los Suckling aún no hubieran venido? En el otoño, cuando ellos ya estuvieran allí, podría repetirse la excursión. Quedó, pues, decidido que irían a Box Hill. Todo el mundo se enteró de este plan; e incluso sugirió la idea de otro. Emma nunca había estado en Box Hill; tenía curiosidad por ver aquello que todos consideraban tan digno de verse, y ella y la señora Weston habían acordado elegir alguna mañana en que hiciera buen tiempo para ir hasta aquel lugar. Sólo se pensaba admitir en su compañía a dos o tres personas más, cuidadosamente escogidas, y la excursión de­bía tener un carácter apacible, elegante y sin ninguna pretensión, sin que pudiera compararse con el bullicio y los aparatosos preparativos, el gran acopio de provisiones, y toda la ostentación de las giras cam­pestres de los Elton y los Suckling.

Esto había quedado ya tan claro entre ellos, que Emma no pudo por menos de sentirse un poco sorprendida y un tanto contrariada al oír decir al señor Weston que había propuesto a la señora Elton que, puesto que su cuñado y su hermana aplazaban su visita, las dos excur­siones podían fundirse en una e ir todos juntos al mismo sitio; y que, como la señora Elton había aceptado inmediatamente esta proposición, se había decidido hacerlo de ese modo, si ella no tenía inconveniente. Ahora bien, como su único inconveniente era la aversión que sentía por la señora Elton, de lo cual el señor Weston debía de estar ya perfectamente enterado, no valía la pena insistir más en aquello... No podía negarse sin hacerle un desaire a él, lo cual sería dar un disgusto a su esposa; y así fue como se vio obligada a aceptar un arreglo que hubiese querido evitar por todos los medios a su alcance; un arreglo que probablemente la exponía incluso a la humillación de que se di­jese de ella que había asistido a la excursión de la señora Elton... Aquello la contrariaba extraordinariamente; y el tener que resignarse a aquella aparente sumisión dio una cierta acritud a sus íntimas opi­niones acerca de la incorregible buena voluntad que caracterizaba el temperamento del señor Weston.

-Me alegro mucho de que apruebe mi plan -dijo él muy satis­fecho-. Pero ya suponía que lo encontraría bien. Para esas cosas se necesita mucha gente. Nunca son demasiados. Una excursión con mu­chos siempre resulta divertida. Y en el fondo la señora Elton es muy buena persona. No podíamos dejarla de lado.

Emma no le contradijo en nada, pero en su fuero interno no podía estar más en desacuerdo con tales opiniones.

Estaban a mediados de junio y el tiempo era excelente; y la señora Elton se impacientaba por fijar la fecha y por acabar de ponerse de acuerdo con el señor Weston en lo referente al pastel de pichones y al cordero frío, cuando uno de los caballos del coche se torció una pata, dejando todos los preparativos en la más lamentable de las incer­tidumbres. Antes de que el caballo pudiera volver a utilizarse podían pasar semanas, o tal vez sólo unos pocos días, pero no podían arries­garse a preparar nada, y todos los planes quedaron aplazados en me­dio de la desolación general. A la señora Elton le faltaron recursos para hacer frente a aquella contrariedad.

-¿No le parece indignante, Knightley? -exclamaba-. ¡Y con un tiempo tan bueno para hacer excursiones! ¡Esos aplazamientos y la inseguridad! ¡Es algo odioso! ¿Qué vamos a hacer? A este paso va a pasar todo el año sin que hagamos nada. Mire, el año pasado, an­tes de que llegara esta época, ya habíamos hecho una excursión deli­ciosa desde Maple Grove a Kings Weston.

-Sería mejor que hicieran la excursión a Donwell -replicó el señor Knightley-. Para eso no necesitan caballos. Vengan y comerán mis fresas. Ya están empezando a madurar.

Si el señor Knightley lo había dicho en broma no tardó en verse obligado a tomárselo en serio, porque su proposición fue aceptada en el acto y con gran entusiasmo; y los ademanes que acompañaron al «¡Oh! ¡Cuánto me gustaría!», fueron tan expresivos como las pa­labras mismas. Donwell era famoso por sus fresales, lo cual parecía justificar el entusiasmo con que acogió la invitación; pero no era ne­cesario justificar nada; un campo de coles hubiera bastado para tentar a aquella dama, que sólo estaba deseando ir a alguna parte, fuera don­de fuese. Ella le prometió una y otra vez que irían.., con más insis­tencia de lo que él había supuesto... y quedó extremadamente com­placida ante aquella prueba de íntima amistad, de tan marcada defe­rencia, pues se empeñó en considerarlo de este modo.

-Puede usted contar conmigo -le dijo-. Tenga la seguridad de que iré. Fije usted mismo la fecha, e iré a su casa. ¿No le impor­tará que venga conmigo Jane Fairfax?

-No puedo fijar el día -dijo él- hasta que no haya hablado con otras personas que quisiera que viniesen con usted.

-¡Oh! ¡Déjelo todo de mi cuenta! Sólo le pido que me dé carta blanca... Deje que yo lo organice todo, ¿eh? Es mi excursión. Yo ya llevaré amigos.

-Confío en que lleve usted a Elton -le dijo-; pero no quiero que se tome la molestia de buscar más invitados.

-¡Ah, qué desconfiado es usted! Pero mire... No tiene que tener ningún miedo de delegar su autoridad en mí. No soy una jovencita sin experiencia. Puede tener confianza en una mujer casada como yo, ¿sabe usted? Ésta es mi excursión. Déjelo todo de mi cuenta. Yo ya me encargaré de invitar a los demás.

-No -replicó él calmosamente-, sólo hay una mujer casada a la que yo permitiré que invite a quien quiera a Donwell; y esa mu­jer es...

-... la señora Weston, supongo -le interrumpió la señora Elton, un poco molesta.

-No... La señora Knightley; y mientras aún no exista, de esas cuestiones me encargo yo mismo.

-¡Ah! ¡Qué original es usted! -exclamó satisfecha al no verse preterida por nadie-. Tiene usted mucho sentido del humor, y todo lo que dice queda bien. Mucho sentido del humor, sí. Bueno, pues me acompañará Jane... Jane y su tía... Los demás se los dejo para usted... No tengo ningún inconveniente en que venga la familia de Hartfield... Ni el menor reparo. Ya sé que tiene usted mucha amistad con ellos.

-Si puedo convencerles, no dude usted de que vendrán; en cuanto a la señorita Bates, antes de volver a mi casa pasaré a visitarla.

-¡Oh! Pero es completamente innecesario; yo veo a Jane todos los días... pero como usted prefiera. Tiene que ser por la mañana, ¿sabe usted, Knightley? Una cosa de lo más sencilla. Yo me pondré un som­brero de alas anchas y llevaré uno de mi cestitos colgando del brazo. Éste... probablemente este mismo, con una cinta de color rosa. Ya ve, no puede ser más sencillo. Y Jane llevará otro igual. Quiero decir que no será ninguna exhibición... un poco a lo gitano... Pasearemos por sus jardines, nosotros mismos cogeremos las fresas y nos sentare­mos debajo de un árbol... y todo lo demás con lo que quiera usted obsequiarnos se sirve al aire libre... Una mesa a la sombra, ¿sabe us­ted? Todo de la manera más natural y más sencilla que sea posible. ¿No es eso lo que pensaba usted hacer?

-No, en absoluto. Para mí, lo sencillo y lo natural es que se ponga la mesa en el comedor. A mi entender, la naturalidad y la sencillez de los caballeros y las damas, junto con sus criados y los muebles, se observa mejor cuando las comidas se sirven dentro de casa. Cuando se cansen ustedes de comer fresas en el jardín, se servirá una comida fría en el comedor.

-Bueno... como quiera; pero que no sea muy ostentoso. Y, dicho sea de paso, si cree usted que mi ama de llaves o yo podemos serle de alguna utilidad... Dígalo con toda sinceridad, Knightley. Si quiere que hable con la señora Hodges o que me cuide de algo...

-Muchas gracias, pero no hace ninguna falta.

-Bueno... pero si surge alguna dificultad mi ama de llaves es una mujer muy dispuesta.

-Tengo la seguridad de que la mía se considera tan dispuesta como la que más, y de que rechazaría la ayuda de cualquier otra persona.

-Me gustaría que tuviéramos borricos. Todas nosotras podríamos ir montadas en borriquillos, Jane, la señorita Bates y yo... y mi caro sposo, andando a mi lado. Sí, sí, tengo que hablar con él para que compre un borrico. Viviendo en el campo, me parece una cosa muy necesaria; porque, aunque una mujer tenga muchos recursos, no es po­sible que se quede siempre encerrada en casa; y, ya sabe usted, para dar paseos largos... en verano hay polvo, y en invierno todo es barro.

-En el camino de Highbury a Donwell no encontrará usted ni una cosa ni otra. Es un camino en el que nunca hay polvo, y ahora no puede estar más seco. De todas maneras, si lo prefiere venga monta­da en un borrico. Puede pedirlo prestado a la señora Cole. Quisiera que todo fuera tan a su gusto como fuese posible.

-¡Ah, de eso sí que estoy segura! No crea que no sé apreciar sus cualidades, mi buen amigo. Ya sé que bajo esa especie de sequedad y de modales un poco bruscos, oculta usted un gran corazón. Como le digo siempre al señor E., tiene usted un gran sentido del humor... Sí, sí, créame, Knightley, me doy perfectamente cuenta de la deferen­cia que ha tenido conmigo al imaginar todo ese plan. Ha elegido us­ted la cosa que más me complace.

El señor Knightley tenía otro motivo para negarse a que se sacara una mesa al aire libre, a la sombra de un árbol. Deseaba convencer al señor Woodhouse para que aceptase su invitación junto con Emma, y sabía que era darle un disgusto permitir que delante de él alguien ' se pusiera a comer al aire libre. Ni siquiera con la excusa de hacer un poco de ejercicio matinal y de pasar un par de horas en Donwell, el señor Woodhouse se sentiría tentado a ser testigo de una impru­dencia semejante.

Se le invitó, pues, de buena fe. Sin que se le reservaran penosos es­pectáculos que le hubieran hecho arrepentirse de su ingenua creduli­dad. Y aceptó. Hacía dos años que no había estado en Donwell.

-Una mañana que haga buen tiempo podemos llegamos hasta allí con Emma y Harriet. Yo me quedo sentado charlando tranquilamente con la señora Weston, mientras ellas dan un paseo por los jardines. No creo que haya mucha humedad a esas horas del mediodía. Me gustaría mucho volver a ver aquella casa, y charlar con el señor y la señora Elton y otros amigos... No tengo ningún inconveniente en ir con Emma y Harriet, con tal de que sea una mañana en que haga un tiempo muy bueno... El señor Knightley ha tenido una gran idea al invitarnos... es muy amable de su parte... es una gran persona... Y es mucho mejor así que no comer al aire libre... No me gustan las comi­das al aire libre.

El señor Knightley tuvo la buena suerte de que todo el mundo aceptara con gran entusiasmo su ofrecimiento. La invitación fue tan bien acogida por todos que parecía como si, al igual que la señora Elton, cada cual considerase el plan como una especial deferencia que se tenía con ellos... Emma y Harriet esperaban pasar un día muy di­vertido; y el señor Weston, sin que se lo pidieran, prometió hacer todo lo posible para que Frank pudiese también acompañarles; una demostración de agrado y de gratitud que hubiese podido ahorrarse... ya que entonces el señor Knightley se vio obligado a decir que se alegraría mucho de que pudiera venir; y el señor Weston se compro­metió a escribirle sin pérdida de tiempo, y a no escatimar argumentos para convencerle para que viniese.

Entretanto, el caballo cojo había sanado tan aprisa que volvió a pensarse jubilosamente en la excursión a Box Hill; y por fin se fijó la ida a Donwell para un día, y la excursión de Box Hill para el siguiente... ya que el buen tiempo parecía ya estable.

En una luminosa mañana de sol, casi de pleno verano, el señor Woodhouse se trasladó cómodamente en su coche con una ventanilla bajada, hasta Donwell Abbey; allí, en una de las habitaciones más confortables, especialmente acondicionada para él con el fuego de la chimenea que había estado encendido durante toda la mañana, se arre­llanó en un sillón, y feliz y tranquilo, se dispuso a charlar complacida­mente de la hazaña que había llevado a cabo, y a aconsejar a todos que fueran a sentarse con él y que no se acaloraran demasiado... La se­ñora Weston, que parecía haber ido andando con el único objeto de cansarse y estar con él durante todo el tiempo, se quedó a hacerle compañía como la más cordial y pacienzuda de sus oyentes, mientras los demás se dejaban convencer para salir al aire libre.

Hacía tanto tiempo que Emma no había estado en la Abadía, que tan pronto como se convenció de que su padre se hallaba plenamente a su gusto, no tuvo reparo en dejarle y en dar una vuelta por allí; an­siosa de refrescar su memoria y corregir los errores de sus recuerdos, fijándose con más atención en cada detalle, formándose una idea más exacta de una casa y de unas tierras que tan íntimamente ligadas iban a estar para siempre a ella y a toda su familia.

Sentía todo el justo orgullo y la complacencia que su parentesco con el actual y el futuro propietario de Donwell podían permitirle, mientras contemplaba las considerables dimensiones y el estilo de la construcción de la casa, su característica situación tan ventajosa, en un terreno bajo y bien resguardado... sus amplios jardines que des­cendían hasta unos prados regados por un arroyuelo que, desde la Abadía, debido a la típica indiferencia que se sentía en otros tiem­pos por las buenas vistas, apenas se divisaban... y su abundancia de árboles formando hileras y avenidas, árboles que ni las modas ni la extravagancia habían logrado hacer cortar... La casa era mayor que la de Hartfield y totalmente distinta; ocupaba una gran extensión de terreno de forma irregular, y contenía muchas estancias cómodas y una o dos realmente magníficas... Era exactamente lo que debía ser, y pa­recía lo que era... Emma contemplándola sentía crecer el respeto que sentía por ella, como la casa solariega de una familia de auténtico abolengo, intachable tanto desde el punto de vista de la sangre como desde el de la inteligencia. John Knightley tenía ciertos defectos de ca­rácter; pero al casarse con él Isabella había hecho una boda excepcio­nalmente buena. Ni el apellido, ni la familia, ni los bienes de ella desmerecían al lado de los de su marido. Éstos eran pensamientos agradables, y Emma mientras paseaba iba paladeándolos hasta que le fue necesario imitar a los demás e ir a reunirse con ellos en los fre­sales... Allí se habían reunido todos, exceptuando a Frank Churchill, que se esperaba llegase de Richmond de un momento a otro; y la señora Elton, agresivamente feliz, con su sombrero ancho y su cestita, abría la marcha, sin consentir que se pensara ni hablara de otra cosa que no fueran fresas, y sólo fresas... «Es la fruta mejor que se cría en Inglaterra... la que prefiere todo el mundo... siempre sienta bien... éstos son los mejores fresales... las fresas de mejor clase... es delicio­so cogerlas una misma... es la única manera de disfrutarlas de veras... desde luego la mañana es la mejor hora... nunca me cansan... todas las clases son buenas... pero la hautboy es infinitamente superior a las demás... no pueden compararse... las demás apenas son comes­tibles... pero hay muy pocas hautboy... prefieren las de Chile... las blancas son las que tienen más perfume a bosque... el precio de las fresas en Londres... abundan en la región de Bristol... Maple Grove... cultivos... fresales cuando tienen que renovarse... los jardineros opinan todo lo contrario... no hay una norma general... a los jardineros no hay quien les haga cambiar de costumbre... una fruta deliciosa... lásti­ma que sea demasiado dulce para poder comer muchas... no son tan buenas como las cerezas... las grosellas son más refrescantes... el único inconveniente de coger fresas es que hay que agacharse... el sol pica mucho... estoy cansadísima... ya no puedo más... tengo que ir a sen­tarme a la sombra.»

Durante media hora ésta fue la conversación... interrumpida sólo una vez por la señora Weston que salió, preocupada por su hijastro, para preguntar si ya había llegado... Estaba un poco inquieta... Tenía miedo de que le hubiera ocurrido algo con el caballo.

Se encontraban lugares adecuados para sentarse a la sombra; y Emma se vio obligada a oír lo que hablaban la señora Elton y Jane Fairfax... Un empleo, un magnífico empleo, era el tema de la conver­sación. La señora Elton se había enterado de él aquella mañana, y es­taba entusiasmada. No era con la señora Suckling, no era con la seño­ra Bragge, pero era una casa casi tan digna y conveniente como en cualquiera de las otras dos; se trataba de una prima de la señora Bragge, una amiga de la señora Suckling, una señora muy conocida en Maple Grove. Agradabilísima, encantadora, alta posición, gran mun­do, distinción, buena sociedad, todo... y la señora Elton deseaba ar­dientemente que el ofrecimiento se aceptara sin perder ni un segun­do... Se mostraba exultante, enérgica, triunfal... y se negó en redon­do a aceptar la negativa de su amiga, a pesar de que la señorita Fair­fax seguía asegurándole que por el momento no quería comprometerse con nadie, repitiéndole los mismos motivos que ya le había dado en otras ocasiones... Pero la señora El ton seguía insistiendo para que se le autorizara para escribir al día siguiente mismo aceptando el ofreci­miento... Emma se maravillaba de que Jane pudiese soportar todo aquello... Se la notaba molesta y hablaba en un tono casi agresivo... Hasta que por fin, con una decisión que no era habitual en ella, pro­puso que se fueran de allí.

-¿Y si diéramos un paseo? El señor Knightley podría enseñarnos los jardines... todos los jardines... Me gustaría verlo todo...

La terquedad de su amiga parecía superior a lo que ella podía so­portar.

Hacía calor; y después de pasear un rato por los jardines, todos desperdigados, sin que apenas hubieran grupos de tres, insensiblemen­te uno tras otro fueron acercándose a la deliciosa sombra de una ancha y corta avenida de limeros, que, extendiéndose más allá del jardín y a medio camino del río, parecía marcar el límite de los te­rrenos destinados al recreo... No conducía a ninguna parte; y ter­minaba en un muro de piedra bajo, con altos pilares, que parecía destinado a anunciar la proximidad de la casa, que nunca había es­tado allí. Sin embargo, aunque el gusto de quien lo había construido era discutible, no dejaba de constituir un paseo encantador, y el pa­norama que se disfrutaba desde allí era extraordinariamente sugesti­vo... La considerable cuesta casi al pie de la cual se hallaba la Abadía iba haciéndose cada vez más abrupta a medida que se iba alejando de sus tierras; y a una media milla de distancia había una ribera de impresionante aspecto, considerablemente escarpada y bien cubier­ta de árboles; y debajo, en una situación muy favorable y bien res­guardada, se elevaba la granja de Abbey-Mill, ante la cual se exten­dían unos prados, y que el río abrazaba formando un bello y pro­nunciado recodo.

Era una vista preciosa... que halagaba los ojos y el espíritu. Ver­dor inglés, civilización inglesa, bienestar inglés, bajo un luminoso sol no demasiado agobiante.

En este paseo Emma y la señora Weston encontraron reunidos a todos los demás; y al fondo de la avenida, la joven distinguió inmedia­tamente al señor Knightley y a Harriet, delante de los demás, enca­bezando la marcha. ¡El señor Knightley y Harriet! ¡Un singular tête-à-tête! Pero se alegró de verlo; en otro tiempo él hubiera des­deñado su compañía y se la hubiese quitado de encima con pocos cumplidos. Ahora parecían disfrutar de una agradable conversación. También en otro tiempo a Emma le hubiese preocupado ver a Ha­rriet en un lugar que favorecía tanto sus recuerdos de Abbey-Mill Farm; pero ahora ya no lo temía. No había peligro en que contem­plara todas sus muestras de prosperidad y de belleza, sus ricos pas­tos, sus rebaños diseminados, su huerta floreciente y la leve columna de humo que ascendía hasta el cielo. Fue a reunirse con ellos junto al muro y les encontró más atentos a la conversación que a la vista que se disfrutaba desde allí. Él estaba informando a Harriet sobre cuestiones de agricultura, etc., y Emma recibió una sonrisa que pare­cía querer decir: «Esto es lo mío. Tengo derecho a hablar de esas cosas sin que se sospeche que estoy favoreciendo la causa de Robert Martin...» Ella no sospechaba tal cosa. Era una historia demasiado vieja. Probablemente Robert Martin ya había dejado de pensar en Harriet... Juntos dieron varias vueltas por el paseo... La sombra era un consuelo refrescante, y Emma pensó que aquéllos eran los mo­mentos más agradables del día.

Luego se dirigieron hacia la casa, donde todos debían reunirse para comer; se aposentaron en el interior y Frank Churchill seguía sin lle­gar. La señora Weston salía una y otra vez para vigilar el camino, pero en vano. Su esposo no quería reconocer que estaba intranquilo y se reía de sus temores; pero ella no podía por menos de formular el deseo de que no hubiese venido en su yegua negra. El joven les había asegurado con toda certeza que iría... Su tía había mejorado tanto que no tenía la menor duda de que conseguiría el permiso para irse... Pero como muchos recordaron a su madrastra, el estado de salud de la señora Churchill era propicio a cualquier variación ines­perada que podía frustrar las más razonables esperanzas de su so­brino... y por fin convencieron a la señora Weston de que pensara, o al menos dijera, que no había podido acudir debido a alguna sú­bita indisposición de la señora Churchill... Mientras se discutía este asunto, Emma no perdía de vista a Harriet; pero la muchacha pare­cía indiferente y no delataba ninguna emoción.

Una vez terminada la comida fría, todos volvieron a salir para visitar lo que aún les faltaba por ver, los estanques de la antigua aba­día; o tal vez llegar hasta el prado de los tréboles, que iba a em­pezar a guadañarse al día siguiente, o, en cualquier caso, tener el placer de acalorarse, para poder refrescarse luego... El señor Wood­house, que ya había dado una pequeña vuelta por la parte más alta de los jardines, en donde ni siquiera él tuvo la sensación de notar la humedad del río, ya no volvió a moverse; y su hija decidió que­darse a hacerle compañía para que la señora Weston aceptara salir con su marido, hacer un poco de ejercicio y tener la distracción que su estado de ánimo parecía necesitar en aquellos momentos.

El señor Knightley había hecho todo lo posible para que el señor Woodhouse no se aburriera. Libros de grabados, cajones de medallas, camafeos, corales, conchas y todas las demás colecciones familiares que había en la casa, se sacaron para que su viejo amigo se distrajese du­rante la mañana; y su solicitud obtuvo el resultado deseado. El señor Woodhouse había estado muy entretenido. La señora Weston había estado enseñándoselo todo, y ahora él se lo enseñaría a Emma; por fortuna el buen señor sólo se parecía a los niños en su total falta de criterio para apreciar lo que veía, pues era lento, constante y me­tódico... Sin embargo, antes de que empezara este repaso Emma salió al vestíbulo para contemplar por unos momentos con toda tranquili­dad la entrada de la casa y las tierras inmediatas a ella, pero apenas estuvo allí apareció Jane Fairfax, que venía del jardín a grandes pasos como si huyera de alguien... Como no esperaba encontrar tan pronto a la señorita Woodhouse, al principio se sobresaltó un poco; pero precisamente la señorita Woodhouse era la persona a quien andaba buscando.

-Por favor -dijo-, ¿será tan amable de decirles, cuando me echen de menos, que me he ido a casa? Me voy ahora mismo... Mi tía no se da cuenta de lo tarde que es y de que hace ya demasiado tiempo que estamos ausentes... Pero estoy segura de que mi abuela nos echará de menos y prefiero irme ahora mismo. No he dicho nada a nadie. Sería ocasionarles molestias y hacer que se preocuparan. Unos han ido a ver los estanques y otros están en el paseo de los limeros. Hasta que vuelvan no me echarán de menos, y entonces, ¿tendrá us­ted la bondad de decirles que me he ido?

-Desde luego, si es eso lo que desea; pero... no va a volver a Highbury andando y sola.

-Sí... no hay ningún peligro; yo ando de prisa; en veinte minutos estoy en mi casa.

-Pero, por Dios, es demasiado lejos para ir andando completa­mente sola. Puede acompañarle el criado de mi padre... Voy a man­dar que preparen el coche. En cinco minutos está listo.

-Gracias, muchas gracias... Pero no vale la pena... Prefiero ir andando... Y no voy a tener miedo a ir sola... ¡Yo que tan pronto tendré que vigilar y proteger a otros!

Hablaba con gran agitación, y Emma le respondió con afecto:

-Eso no justifica el que ahora se exponga a un peligro. Voy a hacer que preparen el coche. Incluso el calor puede perjudicarla... Ya está cansada...

-Sí... -respondió ella-, sí, estoy cansada; pero no es la clase de cansancio... Andar aprisa me sentará bien... Señorita Woodhouse, todos sabemos lo que es estar a veces cansado de espíritu. Y confieso que ahora mis ánimos están agotados. El mayor favor que puede ha­cerme es dejar que me vaya sola y sólo decir que me he ido cuando sea necesario.

Emma no podía decirle nada más. Se hacía cargo de lo que le ocu­rría; e identificándose con sus sentimientos, le instó a que abando­nara la casa inmediatamente, y con el celo de una amiga le ayudó a salir sin ser vista. Al despedirse Jane le miró con gratitud, y las palabras que pronunció, «¡Oh, señorita Woodhouse! A veces, ¡qué con, suelo poder estar sola!», parecían brotar de un corazón atribulado y expresar algo de la continua tensión en que se hallaba, incluso entre las personas que más la querían.

«¡Con una casa como aquélla! ¡Y con aquella tía! -se dijo Emma, mientras volvía a entrar en el vestíbulo-. Te compadezco. Y cuan­ta más sensibilidad muestras para todos estos horrores, más cariño te tengo.»

Apenas hacía un cuarto de hora que Jane se había ido y que padre e hija no habían hecho más que ver unas cuantas vistas de la plaza de San Marcos de Venecia cuando Frank Churchill entró en la es­tancia. Emma no había estado pensando en él, se había olvidado de pensar en él... pero se alegró mucho al verle. La señora Weston se tranquilizaría. La yegua negra no tenía la culpa de nada; habían te­nido razón al suponer que la señora Churchill había sido el motivo. Se había retrasado debido a un empeoramiento temporal de su salud; un ataque de nervios que había durado varias horas... y el joven abandonó la idea de su partida hasta muy tarde; y, según dijo, de haber previsto el calor que le esperaba durante el camino, y que a pesar de todas sus prisas iba a llegar tan tarde, no hubiese venido. Ha­bía pasado un calor horroroso... nunca había tenido tanto... casi había deseado haberse quedado en casa... el calor era lo que más le incomodaba... era capaz de resistir todo el frío del mundo... pero el calor no podía sufrirlo... Y se sentó a la mayor distancia posible de los rescoldos del fuego de la chimenea del señor Woodhouse con un aspecto realmente lamentable.

-Si no hace ejercicio -dijo Emma- en seguida se le pasará el calor.

-Apenas se me haya pasado el calor tendré que regresar. Podía ahorrarme perfectamente el venir... pero se empeñaron tanto... Su­pongo que ya no tardarán mucho en irse. Ya deben de estar despi­diéndose. Al venir encontré a alguien que se iba... ¡Qué locura con ese tiempo! ¡Hay que estar loco de remate!

Emma le escuchaba, le miraba y no tardó en darse cuenta de que el estado de ánimo de Frank Churchill podía definirse con la ex­presiva frase de que estaba de un humor de perros. Hay personas que cuando tienen calor son intratables. Y él debía de ser una de ésas; y como sabía que comer y beber a menudo alivian esos estados accidentales de mal humor, le recomendó que tomara algo; en el co­medor encontraría abundancia de todo... y le señaló afectuosamente la puerta.

-No, no quiero comer; no tengo apetito. Aún tendría más calor.

Sin embargo, al cabo de dos minutos empezó a pasársele el en­fado, y murmurando entre dientes algo sobre la cerveza pruche salió de la estancia. Emma volvió a dedicar toda la atención a su padre, diciendo para sus adentros:

«Me alegro de no estar enamorada de él. No me gustan los hombres que se ponen de mal humor porque una mañana se acaloran. Harriet tiene un carácter más suave y no le preocupan esas cosas.»

Tardó el tiempo más que suficiente para haber hecho una comida considerable, y regresó mucho mejor... ya sin acaloramiento... y con buenos modales, como era costumbre en él... capaz de acercar una silla a donde ellos se encontraban e interesarse por lo que estaban haciendo; y lamentarse de un modo más razonable que fuera tan tar­de. No estaba de muy buen humor, pero parecía hacer esfuerzos por estarlo; y por fin consiguió hablar de naderías de un modo muy agra­dable. Estaban contemplando unas vistas de Suiza.

-Tan pronto como mi tía se reponga me iré al extranjero -dijo-. No me quedaré tranquilo hasta haber visto algunos de estos lugares. Un día u otro ya verán mis dibujos... o podrán leer la historia de mis viajes, o mi poema. Haré algo y se hablará de mí.

-Es muy posible... pero no por sus dibujos de Suiza. Usted nun­ca irá a Suiza. Sus tíos nunca le dejarán salir de Inglaterra.

-A lo mejor se ven obligados a salir ellos también. A mi tía pueden recomendarle un clima cálido. No dejo de tener esperanzas de que todos nos vayamos al extranjero. Le aseguro que yo sí iré. Esta mañana estoy firmemente convencido de que no tardaré mucho en salir del país. Tengo que viajar. Estoy cansado de no hacer nada. Necesito un cambio. Le hablo seriamente, señorita Woodhouse... no sé lo que se están imaginando sus penetrantes ojos, pero... estoy har­to de Inglaterra... si pudiera me iría mañana mismo.

-Usted está harto de dinero y de comodidades. ¿No puede inven­tarse algún trabajo y contentarse con quedarse aquí?

-¿Harto de dinero y de comodidades? ¿Yo? Se equivoca usted del todo. No me considero una persona con dinero ni con comodida­des. En el aspecto material me sale mal todo. No creo ser una perso­na afortunada.

-Sin embargo, ya no es usted tan desgraciado como cuando llegó. Vaya a comer y a beber un poco más y se sentirá perfectamente. Otra tajada de carne fría, otro vaso de vino de Madera con un poco de agua y se sentirá usted casi tan bien como el resto de noso­tros.

-No... prefiero no moverme... Me quedo al lado de usted. Usted es mi mejor medicina.

-Mañana vamos a Box Hill; vendrá usted, supongo... No es Suiza, pero para un joven que desea tanto cambiar, algo es algo. ¿Se quedará usted y vendrá con nosotros?

-No, desde luego que no; regresaré a casa con el fresco de la tarde.

-Pero puede volver a venir mañana, con el fresco de las prime­ras horas.

-No... no valdría la pena. Si vengo estaré de mal humor.

-Entonces, por favor, quédese en Richmond.

-Pero si me quedo aún estaré de peor humor. No puedo sufrir el pensar que todos ustedes estarán allí sin mí.

-Éstos son problemas que debe usted resolver por sí mismo. Elija su grado de mal humor. Yo ya no volveré a insistir.

El resto de los invitados empezaba a regresar, y pronto estuvieron todos reunidos. Algunos se alegraron mucho de ver a Frank Chur­chill; otros manifestaron menos entusiasmo; pero cuando se explicó la desaparición de la señorita Fairfax las lamentaciones fueron gene­rales; ya era hora de que todos se fueran cuando cesaron los comen­tarios; y después de ponerse rápidamente de acuerdo sobre el plan del día siguiente, cada cual se fue por su lado. La contrariedad de Frank Churchill al sentirse excluido de todo aquello fue en aumento, hasta el punto de que sus últimas palabras a Emma fueron:

-Bueno... si quiere usted que me quede y mañana vaya con los demás, me quedaré.

Ella le sonrió en señal de asentimiento; y sólo una orden de Rich­mond hubiese podido hacerle regresar con sus tíos antes de la tarde del día siguiente.

 

 

CAPÍTULO XLIII

 

TUVIERON muy buen día para ir a Box Hill; y todas las circuns­tancias externas de preparativos, comodidad y puntualidad pa­recían anunciar una excursión muy agradable. El señor Weston fue el organizador, el intermediario entre Hartfield y la Vicaría, y todo el mundo llegó a su debido tiempo. Emma y Harriet iban juntas; la señorita Bates y su sobrina con los Elton; los hombres iban a caba­llo. La señora Weston se quedó con el señor Woodhouse. Sólo fal­taba que una vez allí disfrutaran del día; recorrieron siete millas con la esperanza de divertirse, y al llegar hubo como un estallido general de entusiasmo; pero en conjunto, el balance del día dejó mucho que desear. Hubo una apatía, una falta de animación, una falta de unión que no pudieron superarse. En seguida se formaron grupos independientes. Los Elton paseaban juntos; el señor Knigh­tley cuidaba de la señorita Bates y de Jane; y Emma y Harriet per­tenecían a Frank Churchill. Y el señor Weston intentaba en vano conseguir que hubiese más armonía entre ellos. Al principio, la di­visión en grupos parecía casual, pero de hecho no se alteró en ningún momento. Lo cierto es que el señor y la señora Elton no parecían muy dispuestos a alternar con los demás ni a mostrarse todo lo agra­dables que podían; pero durante las dos horas completas que pasa­ron en la colina reinó un espíritu tal de separación entre los demás grupos, demasiado fuerte para ser superado por ninguna buena in­tención, ninguna comida fría, ningún efusivo señor Weston.

Al principio Emma se aburría muchísimo. Jamás había visto a Frank Churchill tan callado y tan torpe. No decía nada digno de oírse... miraba sin ver... se admiraba sin ningún motivo... la oía sin saber lo que le decía. Y cuando él estaba tan apagado no era de extrañar que Harriet lo estuviese aún más, y en conjunto los dos resultaban insufribles.

Cuando se sentaron todos juntos la cosa fue un poco mejor; para el gusto de ella, mucho mejor, ya que Frank Churchill se volvió más comunicativo y alegre, dedicándole toda suerte de atenciones; todas las atenciones que podía tener, las tuvo para con Emma. Di­vertirla y serle agradable parecía ser lo único que se proponía... y Emma, halagada, sin lamentar el que la adulasen un poco, se mos­traba también alegre y espontánea, le alentaba amistosamente permi­tiéndole ser galante, tal como se lo había permitido en el primer y más emocionante período de su amistad; todo lo cual, sin embargo, en aquellos momentos para ella no significaba nada, aunque en la opinión de la mayoría de los que les miraban debía parecer algo para lo cual, en nuestra lengua sólo existe una palabra propia y adecuada: coqueteo. «La señorita Woodhouse coquetea mucho con el señor Frank Churchill.» Ellos mismos daban pie a que se pronunciara esta frase... y a que se escribiera en una carta que una de aquellas damas iba a enviar a Maple Grove y otra a Irlanda. No es que Emma se sintiese alegre y rehuyera pensar en una felicidad real; más bien era debido a que se sentía menos feliz de lo que había espera­do. Se reía porque estaba decepcionada; y aunque agradecía al joven sus cumplidos, y los consideraba, tanto si eran fruto de la amistad, como de la admiración, como de un simple discreteo, como muy correctos, no conseguían ganar terreno en su corazón. Emma seguía proponiéndose tenerle sólo por amigo.

-No sabe la gratitud que le debo -decía él- por haber insistido en que viniera hoy. De no haber sido por usted, me hubiese perdido una excursión tan magnífica como ésta. Yo estaba completamente decidido a volver a casa ayer mismo.

-Sí, estaba de muy mal humor; y no sé exactamente por qué, si es que no era por haber llegado demasiado tarde para las mejores fresas. Fui una amiga más amable de lo que merecía. Claro que usted fue humilde. Y me rogó mucho que le ordenara venir.

-No diga que estaba de mal humor, no es cierto. Estaba cansado. El calor puede conmigo.

-Pues hoy hace más calor.

-Yo no lo siento tanto. Hoy me encuentro muy a gusto. -Se encuentra a gusto porque obedece órdenes. -¿órdenes de usted? Sí.

-Quizás era eso lo que esperaba que me dijera, pero me refería a órdenes que se daba usted mismo. Podría decirse que ayer perdió los estribos y perdió el dominio de sí mismo; hoy ha vuelto a reco­brar este dominio... y como yo no puedo estar siempre a su lado es preferible que dependa usted de las órdenes que se dé usted mis­mo que no de las mías.

-Viene a ser lo mismo. Yo no puedo dominarme a mí mismo sin un motivo. Usted me da órdenes, tanto si habla como si no dice nada. Y usted puede estar siempre a mi lado. Siempre está usted conmigo.

-Desde las tres de la tarde de ayer. Mi influencia perpetua no debía haber empezado antes, de lo contrario no se hubiera puesto usted de tan mal humor antes de esta hora.

-¡Las tres de la tarde de ayer! Para usted tal vez sea éste el principio. Yo creía que la había visto por vez primera en el mes de febrero.

-Realmente no hay modo de contestar a sus galanterías. Pero... -bajando la voz- nosotros somos los únicos que hablamos, y quizá sea demasiado estar diciendo tonterías para divertir a siete personas silenciosas.

-¡Yo no me avergüenzo de nada de lo que he dicho! -replicó él con desenfadada viveza-. Yo la vi por primera vez en el mes de febrero. Y ya pueden oírme todos los de la colina. Y que el eco de mi voz llegue por una parte a Mickleham y por otra a Dorking. La vi por primera vez en el mes de febrero. -Y luego, en un susurro-: Nuestros compañeros están medio dormidos. ¿Qué vamos a hacer para despertarles? Cualquier tontería servirá. Vamos a hacerles hablar. ¡Señoras y caballeros! La señorita Woodhouse, que en cualquier parte en que se encuentre es siempre la reina, me ha ordenado que les diga que desea saber en qué están pensando.

Unos rieron y contestaron de buen humor; la señorita Bates habló, y no poco; la señora Elton dio un respingo al oír lo de que la señorita Woodhouse era la reina; la respuesta más coherente fue la que dio el señor Knightley:

-¿Está segura la señorita Woodhouse de que le gustaría enterarse de todo lo que estamos pensando?

-¡Oh, no, no! -exclamó Emma riendo y aparentando toda la despreocupación de que fue capaz-. Por nada del mundo quisiera saberlo. En estos momentos es la cosa que menos deseo. Cuéntenme cualquier cosa menos lo que están pensando. No me refiero a todos los presentes. Quizás haya uno o dos -mirando primero al señor Weston y luego a Harriet- cuyos pensamientos no tendría ningún miedo en conocer.

-Eso es algo -exclamó enfáticamente la señora Elton- que no me hubiese creído con derecho a pedir. Aunque, claro está, que siendo la señora de más respeto de las que estamos aquí... nunca había ido a ninguna excursión... en el campo... señoritas... señoras casadas...

Refunfuñaba dirigiéndose fundamentalmente a su marido; y éste murmuró en contestación:

-Cierto, querida, tienes toda la razón; sí, sí, es exactamente como tú dices... yo nunca había oído... pero siempre hay jóvenes que se atreven. Es mejor considerarlo como una broma. Todo el mundo sabe el respeto que se te debe.

-Eso no sirve -musitó Frank al oído de Emma-, la mayoría se ha ofendido. Les atacaré con más malicia. ¡Señoras y caballeros! La señorita Woodhouse me ordena decirles que renuncia a su derecho de saber exactamente todo lo que están pensando, y sólo les pide que cada uno de ustedes diga algo divertido, sea lo que sea. Ustedes son siete, sin contarme a mí (que, modestia aparte, ya estoy diciendo algo divertido), y ella sólo pide que cada uno de ustedes diga una cosa muy ingeniosa en verso o en prosa, como quieran, original o imi­tado de alguien, o diga dos cosas más o menos ingeniosas o tres cosas muy aburridas, y se compromete a reírse con toda su alma de todo lo que se diga.

-¡Oh, espléndido! -exclamó la señorita Bates-. Eso sí que no me preocupa. «Tres cosas muy aburridas.» Eso es muy fácil para mí, ¿eh? Sólo con abrir la boca puedo tener la seguridad de decir inme­diatamente tres cosas muy aburridas, ¿verdad? -Mirando a su al­rededor como aguardando humorísticamente el asentimiento de to­dos-. ¿No les parece a todos ustedes que me será fácil?

Emma no pudo contenerse.

-¡Ah, pero quizá tenga una dificultad! No sé... pero tengo la impresión de que son_ muy pocas para usted... Sólo tres a la vez.

La señorita Bates, engañada por la ceremoniosidad burlona de su expresión, no captó inmediatamente el significado de aquello; pero al comprenderlo, aunque no se enojó, un leve rubor demostró que no había dejado de herirla.

-¡Ah...! Bueno... sí, sí, desde luego. Ya entiendo lo que quiere decir -volviéndose hacia el señor Knightley-, y haré lo posible por morderme la lengua. Debo de hacerme muy pesada, de lo con­trario Emma no habría dicho una cosa así a una antigua amiga.

-Me gustar su propuesta -exclamó el señor Weston-. ¡Aceptado, aceptado! Yo haré todo lo que pueda. Estoy pensando una adivinan­za. ¿Qué tal una adivinanza?

-Bueno -respondió su hijo-, me temo que no sea gran cosa, pero seremos indulgentes... sobre todo con el que tenga el valor de empezar.

-No, no -dijo Emma-, me parece muy bien. Una adivinanza del señor Weston servirá para él y para el siguiente. Dígala, por favor.

-A mí mismo no me parece muy ingeniosa erijo el señor Wes­ton-. Es demasiado fácil, pero ahí va. ¿Cuáles son las dos letras del alfabeto que expresan la perfección?

-¿Dos letras? ¿Que expresan la perfección? Pues no tengo ni la menor idea.

-¡Ah! Nunca lo adivinarán. Y tú -a Emma- estoy seguro de que nunca lo adivinarás... Bueno, te lo diré... La «em» y la «a»... Em...ma. ¿Comprenden?

A la comprensión se unieron las felicitaciones de todos. Como muestra de ingenió no era gran cosa, pero Emma se rió mucho y la encontró muy de su agrado... y lo mismo Frank y Harriet. Pero el resto de los presentes no parecieron quedar tan complacidos; unos la escucharon imperturbables, y el señor Knightley dijo muy serio:

-Este ejemplo ilustra el tipo de cosas ingeniosas que se nos pide, y el señor Weston ha salido muy airoso de la prueba; pero hubiera tenido que preguntar a todos los demás. La perfección se ha descu­bierto demasiado pronto.

-¡Oh! Por mi parte, les ruego que me excluyan del juego -dijo la señora Elton-. No sería capaz de acertar nunca. No me gustan ni pizca esa clase de cosas. Una vez me mandaron un acróstico con mi propio nombre que no me hizo nada feliz. Yo ya sabía quién me lo enviaba. Un tontaina de pretendiente. Ya saben a quien me refiero -indicando con la cabeza a su marido-. Esa dase de cosas están muy bien por Navidad, cuando se está sentado alrededor del fuego; pero en mi opinión están completamente fuera de lugar cuando se hace una jira campestre en verano. La señorita Woodhouse tendrá que perdonarme. Yo no soy una de esas personas que siempre tienen cosas ingeniosas que decir para divertir a todo el mundo. No pre­tendo ser ingeniosa. A mi manera yo también tengo mucha viveza de ingenio, pero quisiera que se me permitiera decidir cuándo tengo que hablar y cuándo prefiero callarme. O sea que, por favor, señor Churchill, pásenos por alto. Pásenos por alto al señor E., a Knightley, a Jane y a mí. No tenemos nada ingenioso que decir... ninguno de nosotros.

-Sí, sí, por favor, no cuente conmigo -añadió su marido, con una especie de seriedad burlona-. No tengo nada que decir que resulte divertido para la señorita Woodhouse o para cualquier otra joven. Un hombre ya mayor y casado... que ya no sirve para nada. ¿Damos un paseo, Augusta?

-Sí, me apetece mucho. Ya estoy cansada de estar siempre en el mismo sitio. Vamos, Jane, cógeme del otro brazo.

Sin embargo Jane declinó el ofrecimiento y marido y mujer se alejaron paseando.

-¡He ahí un matrimonio feliz! -dijo Frank Churchill apenas es­tuvieron lo suficientemente lejos para que no le oyeran-. ¡Están he­chos el uno para el otro! Eso sí que es una gran suerte... Casarse tan acertadamente conociéndose tan sólo de unas cuantas reunio­nes... Creo que en Bath sólo se trataron durante unas pocas sema­nas... ¡Qué suerte más extraordinaria! Porque conocer a fondo el carácter de una persona en Bath o en cualquier otro lugar por el estilo... no hay manera; no es posible conocerse. Sólo viendo a las mujeres en su propio hogar, en su ambiente, donde siempre están, puede tenerse una idea más o menos aproximada de cómo son. A fal­ta de eso, todo lo demás es intuición y buena suerte... y general­mente se tiene mala. ¡Cuántos hombres han depositado demasiadas esperanzas en una amistad breve y luego lo han lamentado durante todo el resto de su vida!

La señorita Fairfax, que hasta entonces había hablado muy poco, excepto con sus aliados, ahora se decidió a hablar.

-Desde luego, esas cosas ocurren...

La interrumpió un acceso de tos. Frank Churchill se volvió hacia ella para escuchar.

-¿Decía usted? -dijo muy serio.

La joven había recobrado la voz y siguió:

-Sólo iba a comentar que aunque esos casos tan desgraciados a veces ocurren tanto a mujeres como a hombres, no creo que sean tan frecuentes. Una atracción rápida e imprudente puede originar... pero en general luego hay tiempo para reflexionar. Lo que quiero decir es que en el fondo sólo hay caracteres débiles, indecisos (cuya felicidad estará siempre a merced del azar), que consentirán que una amistad desafortunada sea un estorbo y una rémora para toda la vida.

Él no contestó; seguía mirándola e inclinó la cabeza como acep­tando su opinión; y poco después dijo en un tono desenfadado:

-Bueno, yo tengo tan poca confianza en mi criterio que confío que cuando me case alguien me elegirá esposa por mí. ¿Acepta us­ted el encargo? -dijo volviéndose hacia Emma-. ¿Quiere usted elegirme esposa? Estoy seguro de que la persona que eligiera sería de mi gusto. No sería el primer caso en mi familia, ya lo sabe -con una sonrisa a su padre-. Busque a alguien para mí. No tengo prisa. Aconséjela, edúquela...

-¿Tengo que hacer que se parezca a mí?

-¡Oh, desde luego! Si le es posible...

-Muy bien. Acepto el encargo. Tendrá usted una esposa encan­tadora.

-Tiene que ser muy alegre y tener los ojos de color avellana. Lo demás me da igual. Pasaré un par de años en el extranjero y cuando vuelva vendré a verla para pedirle mi esposa. Recuérdelo.

No había peligro de que Emma lo olvidase. Era un encargo que halagaba sus aficiones favoritas. ¿No sería Harriet aquella esposa que había descrito? Excepto en el color de los ojos, dos años más podían convertirla exactamente en la mujer que él deseaba. Tal vez incluso en aquellos momentos era en Harriet que él pensaba. ¡Quién sabe! Aludir a que ella la educase parecía referirse a la muchacha...

-Bueno -dijo Jane a su tía-, ¿qué te parece si fuéramos a bus­car a la señora Elton?

-Como quieras, querida, me parece muy bien. Yo estoy dispuesta. Por mí ya me hubiera ido entonces con ella, pero me da igual ir ahora. En seguida la alcanzaremos. Allí está... no, no es ella. Es una de las señoras del coche irlandés que no se le parece en nada... Bueno, tengo que confesarte...

Se alejaron seguidas al cabo de medio minuto por el señor Knigh­tley. Los únicos que se quedaron fueron pues el señor Weston, su hijo, Emma y Harriet; y el buen humor del joven llegó ahora a extre­mos casi molestos. Incluso Emma se cansó finalmente de tantos cum­plidos y halagos, y deseó pasear tranquilamente con alguien que no fuera él, o sentarse a descansar casi sola sin que nadie se fijara en ella, contemplando apaciblemente el hermoso panorama que tenía ante sus ojos. La aparición de los criados que les buscaban para avi­sarles de que los coches estaban a punto, más bien la alegró; y todo el bullicio de volver a reunirse y prepararse para la marcha, y el in­terés de la señora Elton por que fuera su coche el primero que trajeran, lo soportó muy bien, pensando en la grata perspectiva de un tranquilo regreso a su casa que iba a poner punto final a las du­dosas diversiones de aquella gira campestre. No volvería a sentirse tentada por otra excursión como aquella a la que asistiesen tantas personas tan mal avenidas.

Mientras esperaba su coche, vio que el señor Knightley se le acer­caba para hablarle. Él miró a su alrededor como para cerciorarse de que nadie podía oírles, y luego dijo:

-Emma, quisiera hablar con usted una vez más, como tengo por costumbre hacerlo: un privilegio que supongo que usted más que permitírmelo, lo soporta, pero debo seguir usando de él. No puedo ver que obra usted mal, sin hacerle reproches. ¿Cómo ha podido ser tan cruel con la señorita Bates? ¿Cómo ha podido ser tan inso­lente con una mujer de su carácter, de su edad y de su situación? Emma, nunca lo hubiera creído de usted.

Emma hizo memoria, enrojeció, se sintió apenada, pero trató de tomarlo a broma.

-Bueno, no resistí la tentación de decirlo... Nadie la hubiera re­sistido. No creo que obrase tan mal. Estoy casi convencida de que no me entendió.

-Le aseguro que sí. Comprendió muy bien lo que quería usted decir. Luego lo ha estado comentando. Y me hubiese gustado que hubiese podido oírla... con qué buena fe y con qué generosidad hablaba. Me hubiera gustado que hubiese podido oírla al elogiar la paciencia de usted al tener tantas atenciones con ella, como siempre ha recibido de usted y de su padre, cuando su compañía debe de ser tan fastidiosa.

-¡Oh! -exclamó Emma-. Ya sé que es la mujer más buena del mundo. Pero debe usted reconocer que en ella la bondad y la ridi­culez van unidas de la manera más lamentable.

-Sí -dijo él-, reconozco que son dos cosas que en ella van unidas; y si estuviese en buena posición no tendría gran inconve­niente en que, de un modo ocasional, la ridiculez prevaleciera sobre la bondad. Si fuese una mujer rica dejaría que todas sus tonterías ino­fensivas tuviesen el comentario que merecen, y no la regañaría a usted por haberse permitido ciertas libertades de expresión. Si su posición fuera igual a la suya... pero, Emma, piense que éste no es el caso ni muchísimo menos. Es pobre; ha venido a menos y ha tenido que abandonar las comodidades entre las que nació; y probablemente, si aún le quedan muchos años de vida, todavía tendrá que renunciar a más cosas. En su situación es obligado que usted la compadezca. ¡No! ¡Hizo usted muy mal, muy mal! Usted, a quien ella ha cono­cido desde niña, que la ha visto crecer en una época en la que su trato honraba a todo el mundo... que ahora sea usted la que en un, momento de ligereza y de orgullo se ría de ella, quien la humille... y además delante de su sobrina... y delante de otras personas, mu­chas de las cuales (por lo menos algunas) se guiarán ciegamente por el modo en que usted la trate... Eso no es digno de usted, Emma... y a mí no puede resultarme agradable de ningún modo; pero creo que debo... sí, que debo, mientras pueda, decirle esas verdades y tener el consuelo de saber que me he portado como un amigo leal que le da un buen consejo, y confiar en que un día u otro se dará usted cuenta de la razón que tengo.

Mientras hablaban iban andando hacia el coche, que ya estaba dis­puesto; y antes de que Enema pudiera replicar él ya la había ayu­dado a subir; el señor Knightley había interpretado mal los sen­timientos que habían impulsado a la joven a mantenerse con la cara vuelta y en silencio. No eran más que una mezcla de indignación consigo misma, de mortificación y de profundo pesar. No le había sido posible hablar; y al entrar en el coche se dejó caer en el asiento, verdaderamente abrumada por unos instantes... luego se reprochó a sí misma no haberse despedido, no haber reconocido la verdad de aquellas reconvenciones, haberle dado la impresión de estar enoja­da; se asomó a la ventanilla con el propósito de corregir su actitud por todos los medios; pero ya era demasiado tarde. Él se había ale­jado y los caballos iniciaban la marcha. Siguió mirando hacia atrás; pero en vano; y en seguida, con lo que le pareció una rapidez ma­yor que la habitual, estuvieron ya a media cuesta de la colina y todo quedó demasiado lejos. Emma se sentía más irritada de lo que hu­biera podido expresar con palabras... incluso más de lo que era capaz de disimular. Nunca, en ningún momento de su vida se había sentido tan nerviosa, tan mortificada, tan abatida. Aquella escena había sido superior a todo. La verdad de los reproches que le habían hecho era innegable. Lo sentía de todo corazón. ¡Cómo había podido ser tan brutal, tan cruel con la señorita Bates! ¿Cómo había podido exponerse a que los que la apreciaban formasen tan mala opinión de ella? ¿Y cómo había dejado que el señor Knightley se separase de ella sin decirle ni una palabra de gratitud, de aceptación de sus censuras, de simple afecto?

El tiempo no la consolaba. Cuanto más reflexionaba sobre todo aquello más profundamente apenada se sentía. Nunca había estado tan abatida. Afortunadamente no le era necesario hablar; a su lado sólo iba Harriet, que también parecía de mal humor, cansada y sin ganas de hablar; y durante casi todo el camino Emma sintió que las lágrimas le corrían por el rostro, sin que ningún suceso la obligara a reprimir aquella expansión tan poco frecuente en ella.

 

 

CAPÍTULO XLIV

 

DURANTE toda la tarde Emma no pudo olvidar el mal sabor de boca que le había dejado la excursión a Box Hill. No hubiera sabido decir cómo los demás habían considerado aquella gira. Posi­blemente, cada cual en su casa y cada cual a su modo, la recordarían con placer; pero para ella había sido la mañana más completamente desperdiciada, más falta de toda compensación razonable y que más deseos tenía de que se borrara de su recuerdo de todas las de su vida. Toda una tarde de jugar al chaquete con su padre representó la felicidad. Aquél era el mayor, el mas real de sus placeres, ya que consagraba las mejores horas de las veinticuatro de aquel día a dar satisfacción a su padre; pensaba que, aunque no era merecedora del profundo afecto y de la segura estima del señor Knightley, en gene­ral su conducta tampoco merecía un reproche muy severo. Como hija confiaba en que no dejaba de tener corazón; confiaba en que nadie podía decirle: «¿Cómo ha podido ser usted tan cruel para con su padre? Creo que debo... sí, que debo, mientras pueda, de­cirle esas verdades.» La señorita Bates... ¡oh, no, nunca más, nunca más volvería a hacerlo! Si las atenciones que en el futuro pudiera tener con ella hacían que se olvidase el pasado, estaba segura de que lograría ser perdonada. A menudo se había portado mal con ella, su conciencia ahora se lo decía. Quizá se había portado peor de pensamiento que de hecho; había sido despectiva, poco amable. Pero no volvería a ocurrir. En el ardor de un verdadero arrepentimiento, al día siguiente por la mañana iría a visitarla, y aquél no sería por su parte más que el principio de una relación regular, justa y amistosa.

Al día siguiente seguía firme en su propósito, y salió temprano de su casa para que nada pudiese estorbar su plan. Consideró probable que encontrase por el camino al señor Knightley; o tal vez se presentara en casa de las Bates mientras ella estaba de visita. No tenía ningún inconveniente. No iba a 'avergonzarse porque vieran su penitencia, tan merecida e impuesta por ella misma. Mientras andaba su mirada no se apartó de la dirección de Donwell, pero no le vio.

«Todas las señoras están en casa.» Palabras que nunca le habían producido mucha alegría, como nunca antes de entonces había pe­netrado por aquel corredor, ni subido aquellas escaleras con deseos de proporcionar un placer, sino simplemente de cumplir con una obligación, que no iba a darle ningún gusto a no ser el del espec­táculo de la ridiculez.

Mientras se acercaba oyó que se producía un revuelo; pasos rá­pidos y palabras apresuradas. Oyó la voz de la señorita Bates que daba prisas a alguien; la sirvienta parecía asustada y confusa; le rogó que esperara un momento y luego la hizo entrar demasiado pronto. Tía y sobrina parecieron huir a la habitación de al lado; y Emma tuvo la visión fugaz de una Jane que daba la impresión de encontrarse muy mal; y antes de que la puerta acabara de cerrarse oyó que la señorita Bates decía:

-Bueno, querida, diré que te has acostado y estoy segura de que te encuentras mal para eso.

La pobre señora Bates, cortés y humilde como de costumbre, no parecía haber entendido muy bien todo lo que estaba pasando.

-Temo que Jane no se encuentre muy bien -dijo-, pero no lo sé; ellas dicen que está bien. Creo que mi hija vendrá en seguida, señorita Woodhouse. Coja una silla para sentarse, por favor. Si Hetty no se hubiera ido... Yo sirvo para tan poco... ¿Ya ha encontrado la silla? Siéntese donde usted prefiera. Seguro de que mi hija viene en seguida.

Emma deseaba ardientemente que fuera así; por un momento tuvo miedo de que la señorita Bates no quisiera salir a recibirla; pero la señorita Bates no tardó en aparecer.

-¡Oh, qué alegría verla! ¡No sabe cómo se lo agradezco!

Pero la conciencia de Emma le decía que no hablaba con la mis­ma afectuosa volubilidad de antes... que era menos espontánea en sus palabras y en sus modales. Confió en que el mostrarse vivamente interesada por la señorita Fairfax podía contribuir a restablecer la cordialidad de antes. El efecto fue inmediato.

-¡Ah! Señorita Woodhouse... ¡qué amable es usted! Supongo que habrá oído usted decir... y que viene usted a consolarnos. La verdad es que yo no doy la impresión de estar muy consolada... -enjugándose una o dos lágrimas- pero es que es muy duro para nosotras separarnos de ella después de haberla tenido en casa du­rante tanto tiempo; y ahora tiene una jaqueca tan horrible... claro que ha estado escribiendo toda la mañana... Y cartas tan largas, ¿sabe usted?, tenía que escribir al coronel Campbell y a la señora Dixon... «Querida», le he dicho yo, «vas a volverte ciega»... porque constantemente tenía los ojos llenos de lágrimas. No es de extrañar, no es de extrañar. Es un gran cambio; y aunque haya tenido una suerte increíble... un empleo como éste... Yo supongo que ninguna joven ha encontrado jamás una cosa parecida la primera vez que lo intenta... No crea que somos desagradecidas, señorita Woodhouse... Nos damos cuenta de que ha tenido muchísima suerte... -volviendo a secarse unas lágrimas- pero... ¡pobrecilla mía...! ¡Si viera usted la jaqueca que tiene! Cuando se tiene una pena muy grande ya sabe usted que no se puede apreciar la buena suerte como merece... Y está tan abatida... Viéndola nadie diría que está tan contenta, que se siente tan feliz por haber conseguido un empleo como éste. Usted ya perdonará que no salga a verla... es que no podría... se ha ido a su habitación... yo le he dicho que se acostara. «Querida», le he dicho, «diré que te has acostado»; pero la verdad es que no se ha metido en la cama; está dando vueltas por la habitación. Pero ahora que ya tiene escritas las cartas, dice que en seguida se encon­trará bien. No sabe lo que lamentará el no verla a usted, señorita Woodhouse, pero usted que es tan comprensiva, sabrá perdonarla. La hemos hecho esperar en la puerta... ¡yo estaba tan avergonzada!... pero como había un poco de revuelo... porque, verá, lo que ha pa­sado ha sido que no la hemos oído llamar, y hasta que estaba en la escalera no nos hemos dado cuenta de que venía alguien. «Sólo es la señora Cole», he dicho yo, «podéis estar seguras. Ella es la única que viene tan temprano». «Bueno», ha dicho ella, «un día u otro tendré que verla, tanto da que sea ahora mismo». Pero entonces ha entrado Patty y ha dicho que era usted. «¡Oh!», he dicho, «es la señorita Woodhouse. Estoy segura de que te gustará verla». «No puedo reci­bir a nadie», ha dicho ella, y se ha levantado y se ha ido; y éste ha sido el motivo de que la hayamos hecho esperar... nosotras lo hemos sentido tanto, nos ha dado tanta vergüenza. «Si tienes que irte, querida, vete», le he dicho, «diré que te has acostado».

Emma quedó sinceramente conmovida; hacía tiempo que cada vez sentía más afecto por Jane; y la descripción de las tribulaciones por las que pasaba en aquellos momentos borraron de su memoria toda sospecha y todo recelo, y sólo le inspiró compasión. Y el re­cordar impresiones menos justas y menos amables del pasado, le obligaron a admitir que era muy natural que Jane decidiese ver a la señora Cole o a cualquier otra de sus amigas más constantes, y que no soportase la idea de verla a ella. Habló, pues, de acuerdo con sus sentimientos, lamentando vivamente la situación y mostrán­dose interesada por ella.., deseando sinceramente que las circuns­tancias que según acababa de referirle la señorita Bates eran ya un hecho, representaran las máximas ventajas que fuera posible para la señorita Fairfax. Dijo que comprendía que era una dura prueba para todos ellos; pero que había oído decir que iba a aplazarse hasta el regreso del coronel Campbell.

-¡Qué amable es usted! -replicó la señorita Bates-. Pero usted ¡es siempre tan amable!

Emma no podía soportar aquel «siempre»; y para esquivar su te­mible gratitud, preguntó directamente:

-Y ¿adónde, si me permite la curiosidad, irá la señorita Fair­fax?

-A casa de la señora Smallridge... una mujer encantadora... de gran posición... se cuidará de sus tres hijas... unas niñas deliciosas. No era posible imaginar un empleo más adecuado, más conveniente; exceptuando tal vez la propia familia de la señora Suckling y la de la señora Bragge; pero la señora Smallridge es íntima amiga de las dos y vive muy cerca de ellas...; vive a sólo cuatro millas de Maple Grove. Jane estará sólo a cuatro millas de Maple Grove.

-Supongo que la señora Elton es la persona a quien la señorita Fairfax debe...

-Sí, nuestra buena señora Elton. La más infatigable y leal de las amigas. No hubiera aceptado una negativa; no hubiese consentido que Jane le dijera que no; porque la primera vez que se lo dijo a Jane (eso fue anteayer, o sea la mañana que estuvimos en Donwell), la primera vez que se lo dijo a Jane ella estaba completamente decidida a no aceptar el ofrecimiento, y precisamente por las razones que usted ha mencionado; exactamente como usted ha dicho se había propuesto no comprometerse a nada hasta que regresara el coronel Campbell, y por el momento no había manera de convencerla de que aceptara ningún empleo... y así se lo dijo a la señora Elton una y otra vez... y bien sabe Dios que yo no tenía la menor idea de que iba a cambiar de opinión... Pero la buena señora Elton, que siempre es tan aguda, vio más claro que yo. Ella era la única capaz de insis­tir de un modo tan amable como lo hizo y negarse a aceptar la res­puesta de Jane... Se negó en redondo a escribir dando esta negativa ayer, como Jane quería que lo hiciese; dijo que esperaría... y sí se­ñor, ayer por la tarde se acordó que Jane aceptaba. ¡Para mí ha sido una gran sorpresa! ¡Yo no tenía ni la menor idea! Jane se llevó aparte a la señora Elton y le dijo en seguida que después de haber pensado sobre las ventajas del empleo en casa de la señora Smallridge, había decidido aceptarlo... Yo no supe ni una palabra de ello hasta que todo estuvo resuelto.

-¿Pasaron ustedes la tarde en casa de la señora Elton?

-Sí, todos. La señora Elton insistió en que fuéramos. Lo decidi­mos en la colina, mientras paseábamos con el señor Knightley. «To­dos ustedes van a venir a mi casa esta tarde, ¿verdad?», nos dijo; «quisiera que todos ustedes vinieran a mi casa esta tarde».

-Entonces, el señor Knightley también estuvo allí, ¿no?

-No, el señor Knightley no; él ya dijo desde el primer momento que no podía; y aunque yo creía que acabaría yendo, porque la se­ñora Elton afirmó que no consentía que se negase, no fue; pero estuvimos mi madre, Jane y yo, las tres, y pasamos una tarde muy agradable. Ya sabe usted, señorita Woodhouse, entre amigos tan amables una siempre lo pasa bien, aunque todo el mundo parecía estar un poco cansado después de la excursión de la mañana. Ya se sabe, incluso divertirse es cansado... y no es que pueda decir que dieran la impresión de que se hubiesen divertido mucho. A pe­sar de todo yo siempre pensaré que fue una excursión muy agrada­ble, y me siento muy agradecida a los buenos amigos que me in­vitaron.

-Pero supongo que la señorita Fairfax, aunque ustedes no se die­ran cuenta, estuvo todo el día dándole vueltas al asunto.

-Yo también lo supongo.

-Era forzoso que al llegar este momento lo sintieran tanto ella como todos sus amigos... Pero confío en que su trabajo le sea lo más agradable posible... Me refiero al carácter y al trato de esa familia.

-Muchas gracias, querida señorita Woodhouse. Sí, la verdad es que parece ser que no va a faltarle nada para ser totalmente feliz. Entre todas las relaciones de la señora Elton, exceptuando las casas de los Suckling y de los Bragge, no había otro puesto de institutriz en otra familia más generosa y distinguida. ¡La señora Smallridge es una dama encantadora! Llevan un tren de vida casi igual al de Maple Grove... Y en cuanto a los niños, exceptuando a los de los Suckling y a los de los Bragge, no es posible encontrar criaturas más finas y más distinguidas. ¡Jane será tratada con tanto afecto y tanta deli­cadeza! No tendrán más que atenciones para con ella, lo que se dice una vida regalada... ¡Y qué sueldo! Yo es que no me atrevo a citar ese sueldo delante de usted, señorita Woodhouse. Incluso usted, que está acostumbrada a sumas tan elevadas, apenas podría creer que se dé tanto dinero a una muchacha tan joven como Jane...

-Verá usted -exclamó Emma-, si todos los demás niños son como recuerdo que yo era de pequeña, me inclino a creer que pagar cinco veces lo que suele darse a las institutrices no es regalarles el dinero.

-¡Usted siempre tan comprensiva y generosa!

-¿Y cuándo va a dejarles la señorita Fairfax?

-Pues muy pronto, la verdad es que muy pronto. Eso es lo peor de todo. Dentro de quince días. La señora Smallridge tiene mucha prisa. No sé cómo podrá soportarlo mi pobre madre. Yo hago lo que puedo por sacárselo de la cabeza y le digo: «Vamos, mamá, no pienses más en eso...»

-Todos sus amigos sentirán mucho perderla; y ¿no les sentará mal al coronel y a la señora Campbell que se haya comprometido an­tes de que ellos regresen?

-Sí; Jane dice que está segura que lo lamentarán; pero, claro, éste es un empleo que no se cree con derecho a rechazar. ¡Yo me quedé tan sorprendida cuando me dijo lo que le había dicho a la señora Elton, y cuando la señora Elton vino en seguida a felici­tarme! Fue antes de tomar el té... no, espere... no podía ser antes del té porque empezábamos a jugar a las cartas... pero, sí, sí, era antes del té porque recuerdo que pensé... ¡Oh, no! Ahora me acuer­do, ya está; antes del té ocurrió algo, pero no esto. Antes del té al señor Elton le llamaron porque el hijo del viejo John Abdy que­ría hablar en él. ¡Pobre John...! Yo le tengo mucho afecto; trabajó para mi pobre padre durante veintisiete años; y ahora el pobre tiene mucha edad, no puede levantarse de la cama y lo pasa muy mal con su reuma... Hoy mismo tengo que ir a verle; y estoy segura de que Jane si sale a la calle también irá a verle. Y el hijo del pobre John fue a hablar con el señor Elton para ver si la parroquia podía ayudarle; él se gana bien la vida, ¿sabe usted?, le pagan bien en la Corona, es mozo de mulas y todas esas cosas, pero a pesar de todo necesita ayuda para mantener a su padre. Y cuando volvió a entrar el señor Elton nos dijo lo que le había estado contando John, el mozo, y luego se habló de que habían enviado a Randalls una silla de posta para recoger al señor Frank Churchill que tenía que volver a Richmond. Eso es lo que ocurrió antes del té. Y después del té Jane habló con la señora Elton.

La señorita Bates apenas dio ocasión a Emma de que dijese que aquel hecho era absolutamente nuevo para ella; pero, aunque sin creer posible que pudiese ignorar ninguno de los detalles de la par­tida del señor Frank Churchill, inmediatamente se los notificó todos, la joven no tuvo que hacer ninguna pregunta.

De lo que el señor Elton se había enterado por el mozo era la suma de lo que éste sabía y de lo que sabían los criados de Randalls; poco después del regreso de la excursión a Box Hill había llegado un mensajero de Richmond, que traía noticias que no causaron nin­guna sorpresa; el señor Churchill había escrito una carta a su so­brino, en la que le refería el estado de salud, relativamente normal, de la señora Churchill, y sólo le rogaba que regresase a lo más tar­dar al día siguiente por la mañana; pero el señor Frank Churchill había decidido regresar inmediatamente sin demorar más su partida, y como al parecer su caballo tenía un enfriamiento, Tom había sali­do al punto en busca de la silla de posta de la Corona, y el hijo de John Abdy lo había encontrado por el camino y se había dejado ade­lantar por él, ya que iba a toda prisa y conduciendo con mano muy firme.

Nada de todo aquello resultaba ni sorprendente ni muy interesan­te, y sólo llamó la atención de Emma cuando ésta lo relacionó con el caso que la preocupaba en aquellos momentos. Quedó impresio­nada pensando en el contraste entre los caprichos que podía permi­tirse la señora Churchill y la vida de Jane Fairfax; la una lo tenía todo, la otra no tenía nada... Y estuvo reflexionando sobre la diver­sidad del destino de ciertas mujeres, totalmente ajena a lo que tenía ante los ojos, hasta que se sobresaltó al oír decir a la señorita Bates:

-¡Ay, sí! Ya sé en lo que está pensando usted... el piano. ¿Qué vamos a hacer del piano? Sí, sí, es cierto. Ahora mismo la pobre Jane estaba hablando de esto. Hablaba con el piano y le decía: «Tendrás que irte de aquí. Tendremos que separarnos. Aquí ya no servirías para nada...» Y luego nos ha dicho a nosotras: «Pero no lo toquéis hasta que vuelva el coronel Campbell. Yo hablaré con él y ya se lo llevará; él me ayudará a resolver todos mis problemas...» Y aún hoy estoy convencida de que no sabe todavía si fue un regalo del coronel o de su hija.

Emma se vio obligada, pues, a pensar en el piano; y el recuerdo de todas sus antiguas suposiciones fantasiosas e injustas le fue tan desagradable, que no tardó en permitirse considerar que la visita ya había sido lo suficientemente larga; y, después de repetir todo lo que creía propio decir en cuanto a buenos deseos, que eran since­ros, se despidió.

 

 

CAPÍTULO XLV

 

MIENTRAS regresaba andando a su casa, las meditaciones de Emma no fueron interrumpidas; pero al entrar en el salón encontró allí a quienes debían distraerla de sus pensamientos. El señor Knigh­tley y Harriet habían llegado durante su ausencia y estaban con­versando con su padre. El señor Knightley al verla se levantó in­mediatamente, y con un aire más serio que de costumbre dijo:

-No quería irme sin verla, pero no tengo tiempo que perder, o sea que tengo que ir directamente al asunto. Me voy a Londres a pasar unos días con John e Isabella. ¿Quiere usted que les dé o les diga algo de su parte, además del «afecto» que no puede trans­mitirse por una tercera persona?

-No, no, nada. Pero, ¿lo ha decidido usted de repente?

-Pues... sí... más bien sí... Hace poco que se me ha ocurrido la idea.

Emma estaba segura de que él no la había perdonado; su actitud era distinta. Pero confiaba que el tiempo le convencería de que debían volver a ser amigos. Mientras él seguía de pie, como dispuesto a irse de un momento a otro pero sin acabar de hacerlo, su padre empezó a hacer preguntas.

-Bueno, querida, ¿no te ha ocurrido nada por el camino? ¿Cómo has encontrado a mi buena amiga y a su hija? Estoy convencido de que habrán estado muy contentas de que fueras a verlas. Emma ha ido a visitar a la señora y a la señorita Bates, señor Knightley, como ya le he dicho antes. Siempre es tan atenta con ellas...

Emma enrojeció al oír un elogio tan inmerecido; y sonriendo y negando con la cabeza, gesto que no podía ser más elocuente, miró al señor Knightley... Creyó percibir una instantánea impresión en favor suyo, como si los ojos de él captaran en los suyos la verdad y todos aquellos buenos sentimientos de Emma fueran en un mo­mento comprendidos y honrados... Él la miraba con afecto. Emma se sentía sobradamente recompensada... y más aún cuando un momento después él inició un ademán que delataba algo más que una simple amistad... Le cogió la mano... Emma no hubiera podido decir si no había sido ella quien había hecho el primer movimiento... quizá más bien se la había ofrecido... pero él le cogió la mano, la apretó y estuvo a punto de llevársela a los labios... pero algo le hizo cambiar de idea y la dejó caer bruscamente... Ella no adivinaba por qué ha­bía tenido aquel reparo, por qué había cambiado de opinión cuando sólo faltaba completar el gesto... Según Emma hubiese hecho mejor de llegar hasta el fin... Sin embargo la intención era indudable; y ya fuera porque aquello contrastaba con sus maneras en general poco galantes, ya por cualquier otro motivo, consideró que nada le sen­taba mejor... En él era un gesto tan sencillo y sin embargo tan caballeresco... No podía por menos de recordar el intento con gran complacencia. Revelaba una amistad tan cordial... Inmediatamente después se despidió... y se fue en seguida. El señor Knightley siem­pre lo hacía todo con una seguridad enemiga de toda indecisión y toda demora, pero en aquellos momentos su partida parecía más brusca de lo que era habitual en él.

Emma no lamentaba haber ido a visitar a la señorita Bates, pero sí hubiese preferido haber salido de allí diez minutos antes; le hu­biese gustado mucho poder hablar con el señor Knightley sobre el empleo de Jane Fairfax... Tampoco lamentaba el que visitara a la familia de Brunswick Square porque sabía la alegría que iba a pro­porcionar su visita... pero hubiese preferido que hubiera elegido una época mejor... y que se hubiese enterado de su marcha con más antelación... Sin embargo, se separaron muy amistosamente; Emma no podía dudar de lo que significaba su actitud y su galantería ina­cabada; todo aquello tenía por objeto darle la seguridad de que volvía a tener buena opinión de ella... El señor Knightley había estado en Hartfield más de media hora... ¡Qué lástima que no hubiese vuelto más temprano!

Con la esperanza de distraer a su padre de la desagradable impre­sión de la marcha a Londres del señor Knightley (¡una marcha tan precipitada, y además teniendo en cuenta que iba a caballo, lo cual podía ser tan peligroso!), Emma le comunicó las noticias de Jane Fairfax, y sus palabras produjeron el efecto que esperaba; consiguió distraerle... e interesarle, sin llegar a hacer que se preocupara. El señor Woodhouse hacía ya tiempo que se había hecho a la idea de que Jane Fairfax iba a emplearse como institutriz y podía hablar de ello tranquilamente; pero la súbita partida para Londres del señor Knightley había sido un golpe inesperado.

-No sabes lo que me alegro de saber que ha encontrado un em­pleo tan conveniente. La señora Elton es muy buena persona y muy agradable, y estoy seguro de que sus amistades son como deben ser. Confío en que el clima será seco y que se ocuparán de su salud. De­berían tenerle todas las atenciones, como estoy seguro de que yo siempre tuve con la pobre señorita Taylor. Mira, querida, ella será para esta señora lo mismo que la señorita Taylor era para nosotros. Y espero que en un aspecto tendrá más suerte, y no la obligarán a irse para casarse después de haber estado tanto tiempo en la casa.

Al día siguiente las noticias que se recibieron de Richmond hicie­ron olvidar todos los demás acontecimientos. ¡A Randalls llegó un propio para anunciar la muerte de la señora Churchill! A pesar de que no se habían dado motivos alarmantes a su sobrino para que se apresurara a regresar, cuando llegó apenas le quedaban treinta y seis horas de vida. Un ataque repentino, de un mal de naturaleza distinta de lo que hacía prever su estado general, le había causado la muerte tras una breve agonía. ¡La gran señora Churchill había dejado de existir!

Su muerte fue sentida como deben sentirse esas cosas. Todo el mundo se mostró un poco serio, un poco apenado; compasivo para con la que se había ido, interesado por los amigos que la sobrevi­vían; y al cabo de un tiempo razonable, curioso por saber dónde la enterrarían. Goldsmith dice que cuando una mujer encantadora em­pieza a volverse un poco loca lo mejor que puede hacer es morirse; y que cuando empieza a volverse desagradable, ésta es también la mejor solución para evitar tener una mala fama. Después de haber sido aborrecida al menos durante veinticinco años, ahora la señora Churchill hubiera podido oír cómo se hablaba de ella con compasiva benevolencia. En un aspecto había demostrado tener razón. Antes de entonces nunca nadie había creído que se encontraba gravemente enferma. Su muerte justificó, pues, todas sus manías, todos los males imaginarios que inventaba su egoísmo.

«¡Pobre señora Churchill! Sin duda había sufrido mucho; más de lo que nadie había supuesto... y el sufrimiento continuo siempre agria el carácter. Un lamentable acontecimiento... dejaba un gran vacío... a pesar de todos sus defectos... ¿Qué haría ahora el señor Churchill sin ella? Ciertamente, para el señor Churchill la pérdida era irreparable. El señor Churchill nunca lograría sobreponerse a ella...» Incluso el señor Weston cabeceó tristemente y adoptando un aire de solemnidad dijo:

-¡Ah! ¡Pobre mujer! ¡Quién lo hubiera pensado!

Y decidió que su luto sería lo más serio que fuera posible; mien­tras su esposa, inclinada sobre sus anchos dobladillos, suspiraba y hacía comentarios llenos de sentido común y de compasión sincera y profunda. Una de las primeras cosas que se les ocurrió a ambos fue preguntarse qué repercusiones iba a tener en Frank aquel hecho. Ésta fue también una de las primeras cosas en las que pensó Emma. La personalidad de la señora Churchill, el dolor de su marido... pen­saba en ellos con respeto y con compasión... y luego, con una visión menos sombría, se preguntaba hasta qué punto aquel acontecimiento podía afectar a Frank, hasta qué punto podía beneficiarle, liberarle. En un momento creyó prever todas las ventajas posibles. Ahora, sus relaciones con Harriet Smith no iban a encontrar ningún obstáculo. Nadie temía al señor Churchill, una vez su esposa hubiera dejado de ejercer influencia sobre él; un hombre blando de carácter, dócil, a quien su sobrino convencería de cualquier cosa. Lo único, pues, que faltaba por desear era que el sobrino se propusiera fijar su inte­rés en una persona concreta, y Emma, a pesar de la buena voluntad que mostraba en aquella causa, no tenía ninguna certeza de que ello fuese ya un hecho real.

Harriet se portó extraordinariamente bien en aquella ocasión, con gran dominio de sí misma. Fueran cuales fuesen las esperanzas que el suceso le permitieran alimentar, no delató nada de sus sentimien­tos. Emma quedó muy complacida al observar esta demostración de que su carácter se estaba robusteciendo, y se abstuvo de hacer la menor alusión que pudiera debilitar su entereza. Por lo tanto, las dos ami­gas hablaron de la muerte de la señora Churchill con mucha cir­cunspección.

En Randalls se recibieron varias breves misivas de Frank Chur­chill, comunicándoles lo más importante de su situación actual y de sus planes inmediatos. El estado de ánimo del señor Churchill era mejor de lo que pudiera haberse esperado; y al partir el cortejo fúnebre en dirección al condado de York, la primera visita que había hecho había sido a un viejo amigo suyo que vivía en Windsor y a quien el señor Churchill había estado prometiendo que visitaría des­de hacía diez años. Por el momento no podía hacerse nada por Har­riet; por parte de Emma lo único que le era posible era formular buenos deseos para el futuro.

Mucho más urgente era prestar atención a Jane Fairfax, cuyo por­venir se ensombrecía tanto como el de Harriet se aclaraba, y cuyos compromisos inminentes no permitían que nadie de Highbury que tuviese deseos de mostrarse amable para con ella, se demorase lo más mínimo, porque quedaba muy poco tiempo... y éste era pre­cisamente el deseo que ahora dominaba a Emma. Jamás había lamen­tado tanto la actitud de frialdad que había tenido para con ella en otros tiempos; y la misma persona que durante tantos meses le había sido totalmente indiferente, ahora era con la que se consideraba más en deuda, a quien hubiera distinguido con todo su afecto y su sim­patía. Quería serle útil; deseaba demostrarle que apreciaba su com­pañía, que la creía digna de respeto y de consideración. Decidió convencerla para que pasara un día en Hartfield. Y le escribió una nota invitándola. La invitación fue rechazada con una simple res­puesta verbal. «La señorita Fairfax no se encontraba en condiciones de poder escribir»; y cuando el señor Perry fue a Hartfield aquella misma mañana, se supo que la joven se había encontrado tan mal que había tenido que ser visitada por el médico, aun contra su pro­pia voluntad, y que sufría una jaqueca tan fuerte y una fiebre ner­viosa tal que era dudoso que pudiera acudir a casa de la señora Smallridge en los días que se habían acordado. Por el momento su salud no podía ser más precaria... había perdido del todo el apetito... y aunque no había ningún síntoma decididamente alarmante, nada que pudiera hacer pensar en su antigua afección pulmonar, que era lo que más temía su familia, el señor Perry estaba preocupado por ella. Según su opinión, la señorita Fairfax se había lanzado a una empresa superior a sus fuerzas, y aunque ella misma comprendía que era así, no quería reconocerlo. Estaba muy abatida. La' casa que ha­bitaba -el médico no pudo por menos de comentarlo- no era la más adecuada para su estado de nervios... siempre encerrada en una habitación... él hubiese recomendado otro género de vida... Y en cuanto a su tía, aunque era una antigua amiga del señor Perry, éste debía confesar que no era la persona más apropiada para hacer com­pañía a una enferma como ella. Que la cuidaba y que la atendía en todo era indudable; sólo que en realidad la cuidaba y la atendía de­masiado. Y él se temía que aquellos cuidados contribuían más a em­peorarla que a mejorarla. Emma le escuchaba preocupadísima; cada vez más apenada por aquella situación, y afanosa por encontrar el modo de serle útil. Apartarla... aunque sólo fuera por una o dos taras... de su tía, hacerle cambiar de aires y de panorama, ofrecerle una conversación apacible y sensata, aunque sólo fuera por una o dos horas, podía hacerle mucho bien. Y a la mañana siguiente volvió a escribirle con las palabras más afectuosas que se le ocurrieron, di­ciéndole que iría a buscarla en su coche a la hora que Jane prefirie­se... indicando que contaba con el asentimiento del señor Perry, quien se había mostrado decididamente favorable a que su paciente hiciera un poco de ejercicio. La respuesta llegó en esta breve nota:

«Muchas gracias y afectuosos saludos de parte de la señorita Fair­fax, pero no se encuentra en condiciones de hacer ninguna clase de ejercicio.»

Emma tuvo la sensación de que su nota merecía algo mejor; pero era imposible luchar contra aquellas palabras cuya trémula desigual­dad decía bien a las claras que habían sido escritas por una enferma, y sólo pensó en cuál podía ser el mejor medio para vencer su re­pugnancia a ser vista o ayudada; por lo tanto, a pesar de esta res­puesta mandó preparar el coche y se dirigió a casa de la señora Bates con la esperanza de que podría convencer a Jane de que sa­liera con ella; pero fue en vano; la señorita Bates fue hasta la puerta del coche, deshaciéndose en muestras de gratitud y afirmando que coincidía totalmente con ella en pensar que tomar un poco el aire le sería muy beneficioso.., y sirviendo de intermediaria entre ambas hizo lo que pudo para convencer a su sobrina, pero todo en vano. La señorita Bates se vio obligada a regresar sin haber conseguido su propósito; no había modo de que Jane se dejara convencer; la simple proposición de salir parecía que le hacía sentirse peor... Emma tenía deseos de verla, y de probar su poder de persuasión; pero casi antes de que pudiera insinuar este deseo, la señorita Bates le dijo que había prometido a su sobrina que por nada del mundo dejaría entrar a la señorita Woodhouse.

-La verdad es que la pobre Jane no puede sufrir el ver a na­die... a nadie en absoluto... Claro que, a la señora Elton no hemos podido decirle que no... y la señora Cole ha insistido tanto... y como la señora Perry también ha demostrado tanto interés... Pero, exceptuando estos casos, Jane no recibe a nadie.

Emma no quería ponerse a la misma altura que la señora Elton, la señora Perry y la señora Cole, que consiguen casi por la fuerza entrar en todas partes; tampoco creía tener ningún derecho de pre­ferencia... por lo tanto, se resignó, y las demás preguntas que hizo a la señorita Bates sólo se referían al apetito de su sobrina y a lo que comía, por el deseo de auxiliarla en algo. Sobre esta cuestión la pobre señorita Bates estaba desolada y fue muy comunicativa; Jane apenas quería comer nada... el señor Perry le recomendaba que to­mase alimentos nutritivos; pero todo lo que le daban (y bien sabía Dios que nadie como ellos podían alabarse de tener vecinos tan bue­nos) lo rechazaba.

De regreso a su casa, Emma llamó inmediatamente a su ama de llaves para que la ayudase a pasar revista a las alacenas; y mandó inmediatamente a casa de la señorita Bates cierta cantidad de arru­rruz de la mejor calidad, junto con una nota redactada en los tér­minos más cordiales. Al cabo de media hora el arrurruz era devuelto con mil gracias de parte de la señorita Bates pero «mi querida Jane no ha estado tranquila hasta saber que lo habíamos devuelto; es algo que ella no iba a poder tomar... y una vez más insiste en decir que no necesita nada».

Cuando poco después Emma oyó decir que habían visto a Jane Fairfax paseando por los prados a cierta distancia de Highbury, la tarde del mismo día en el que, con la excusa de que no estaba en condiciones de hacer ninguna clase de ejercicio, había rechazado tan tajantemente su ofrecimiento de salir con ella en el coche, no pudo tener ya la menor duda, teniendo en cuenta todos aquellos indicios, que Jane estaba decidida a no admitir ningún favor de ella. Lo sin­tió, lo sintió mucho. Estaba muy dolida al verse en una situación como aquélla, quizá la más penosa de todas, sintiéndose mortificada, dándose cuenta de que todo lo que hiciera sería inútil y de que no podía luchar contra aquello; y la humillaba el que dieran tan poco crédito a sus buenos sentimientos y la considerasen tan poco digna de amistad; pero tenía el consuelo de pensar que sus intenciones eran buenas y de poderse decir a sí misma que si el señor Knightley hu­biese podido conocer todos sus intentos para ayudar a Jane Fairfax, si hubiera podido incluso leer en su corazón, esta vez no hubiera encontrado motivos para hacerle ningún reproche.

 
Continuará...