lunes, 2 de julio de 2012

EMMA Capítulos XIII XIV XV


CAPÍTULO XIII



NADIE más feliz que la señora John Knightley durante su breve estancia en Hartfield, visitando cada mañana a sus an­tiguas amistades en compañía de sus cinco hijos, y por la noche contando a su padre y a su hermana todo lo que había hecho durante el día. No podía desear nada mejor... excepto que los días no pasaran tan aprisa. Eran unas vacaciones maravillosas, per­fectas a pesar de ser demasiado cortas.

En general, por las tardes estaba menos ocupada con sus ami­gos que por las mañanas; pero el compromiso de reunirse todos en una cena, fuera de casa, no había manera de evitarlo, a pesar de ser Navidad. El señor Weston no hubiera aceptado una nega­tiva; debían cenar todos juntos en Randalls; e incluso el señor Woodhouse se dejó convencer de que esta idea era posible y que era mejor hacerlo así que dividir el grupo.

De haber podido, el señor Woodhouse hubiera puesto reparos al modo en que iba a trasladarse a todos a Randalls, pero como el coche y los caballos de su yerno se encontraban en Hartfield en aquellos días, tuvo que limitarse a hacer una simple pregunta sobre aquella cuestión; de modo que no pudo hacer de ello un conflicto; y a Emma no le costó mucho convencerle de que en uno de los coches también podrían acomodar a Harriet.

Harriet, el señor Elton y el señor Knightley, los habituales de la casa, fueron los únicos invitados; la cena iba a ser a una hora temprana, y los comensales pocos y escogidos; y en todos los de­talles se tuvieron en cuenta las costumbres y preferencias del se­ñor Woodhouse.

La víspera de este gran acontecimiento (pues era un gran acon­tecimiento que el señor Woodhouse cenara fuera de casa el 24 de diciembre), Harriet pasó toda la tarde en Hartfield, y había vuelto a su casa tan destemplada por un fuerte resfriado que, a no ser por su insistencia en querer que la cuidara la señora Goddard, Emma no le hubiera permitido salir de la casa. Al día siguiente Emma la visitó, y comprendió que habría que renunciar a su com­pañía en la cena de aquella noche. Tenía mucha fiebre y un fuerte dolor de garganta. La señora Goddard le prodigaba los cuidados más afectuosos, se habló del señor Perry, y la propia Harriet se encontraba demasiado enferma y abatida para resistir a la auto­ridad que la excluía de la grata reunión de aquella noche, aunque no podía hablar de ello sin derramar abundantes lágrimas.

Emma le hizo compañía todo el tiempo que pudo para atenderla durante las obligadas ausencias de la señora Goddard, y levantarle el ánimo describiéndole cuál sería el abatimiento del señor Elton cuando supiera su estado; y por fin la dejó bastante resignada, con la grata confianza de que él iba a pasar una mala velada y de que todos la echarían muchísimo de menos. Apenas Emma había andado unas pocas yardas desde la puerta de la casa de la señora Goddard, cuando se encontró con el propio señor Elton, que evi­dentemente se dirigía hacia allí, y como siguieron andando juntos poco a poco, conversando acerca de la enferma (habían llegado hasta él rumores de que se trataba de una enfermedad grave y había ido a enterarse a fin de poder ir a informar luego a los de Hartfield), fueron alcanzados por el señor John Knightley, que volvía de su cotidiana visita a Donwell en compañía de sus dos hijos mayores, cuyas caras encendidas y saludables mostraban to­dos los beneficios de un paseo por el campo, y parecían augurar la rápida desaparición del cordero asado y del pudding de arroz por los que se apresuraban a volver a casa. Se unieron a ellos y siguieron andando todos juntos. En aquellos momentos Emma estaba describiendo los síntomas de la enfermedad de su amiga:

-... una garganta inflamadísima, con mucha fiebre y con un pulso rápido y débil... etcétera.

Y contó que la señora Goddard le había dicho que Harriet era propensa a las inflamaciones de garganta y que muchas veces le había dado sustos como aquél. El señor Elton pareció alarmadísimo al oír esto, y exclamó:

-¡Inflamaciones de garganta! Confío en que no habrá infección. No será una infección maligna, ¿verdad? ¿La ha visto Perry? La verdad es que debería cuidarse tanto de usted misma como de su amiga. Permítame aconsejarle que no se exponga demasiado. ¿Por qué no la visita Perry?

Emma, que la verdad es que no estaba alarmada en absoluto, calmó esos temores exagerados asegurándole que la señora Goddard tenía mucha experiencia y le prestaba los cuidados más solícitos; pero como aún debía quedarle una cierta inquietud, que ella no deseaba hacer desaparecer, sino que más bien prefería atizar para que aumentara, no tardó en añadir como si hablara de algo total­mente distinto:

-Oh, hace tanto frío, tantísimo frío, y da tanto la impresión de que va a nevar que si se tratara de cualquier otro lugar o de cualquier otra reunión, la verdad es que haría lo posible para no salir de casa esta noche... y para disuadir a mi padre de aven­turarse a cenar fuera de casa; pero como él ya se ha hecho a la idea e incluso parece que no siente tanto el frío, prefiero no poner obstáculos, porque sé que sería una gran decepción para el señor y la señora Weston. Pero le doy mi palabra, señor Elton, de que yo, si estuviera en su lugar, daría una excusa para no asistir. Me parece que ya está usted un poco ronco, y teniendo en cuen­ta lo mucho que tendrá que hablar mañana y lo cansado que va a ser para usted ese día, creo que la más elemental prudencia aconseja que se quede en casa y que esta noche se cuide lo mejor que pueda.

El señor Elton daba la impresión de que no sabía muy bien qué responder; y en realidad eso era lo que le ocurría; pues aun­que muy halagado por el gran interés que se tomaba por él una dama tan bella, y sin querer negarse a seguir ninguno de sus con­sejos, lo cierto es que no sentía la menor inclinación por dejar de asistir a la cena; pero Emma, demasiado confiada en la idea que se había hecho de la situación para oírle imparcialmente y darse cuenta de su estado de ánimo en aquel momento, quedó plenamente satisfecha con oírle murmurar aprobadoramente que ha­cía «mucho frío, verdaderamente mucho frío», y siguió andando contenta de haberle alejado de Randalls permitiéndole así inte­resarse cada hora por la salud de Harriet.

-Hace usted muy bien -dijo-; nosotros ya le excusaremos con los señores Weston.

Pero apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando su cuñado le ofrecía cortésmente un lugar en su coche, si es que el tiempo era el único obstáculo para el señor Elton, y éste aceptó inmediatamente el ofrecimiento con una gran satisfacción. No tardó en ser cosa hecha; y nunca sus grandes y correctas facciones ex­presaron más contento que en aquellos instantes; nunca había sido más amplia su sonrisa ni más brillantes de alegría sus ojos que cuando volvió el rostro hacia Emma.

«¡Vaya! -se dijo Emma para sus adentros- ¡Eso sí que es curioso! Yo le encuentro una excusa para no venir, y ahora prefiere acompañarnos y dejar a Harriet enferma en su casa... Me parece pero que muy extraño... Aunque tengo la impresión de que hay muchos hombres, sobre todo los solteros, que sienten tanta afi­ción, que les entusiasma tanto cenar fuera de casa, que una invi­tación así es una de las cosas que más les ilusiona, lo consideran como uno de los mayores gustos que pueden darse, casi como un deber de su posición social y de su profesión, y todo lo demás pasa a segundo término... y ése debe ser el caso del señor Elton; sin duda alguna, un joven de grandes prendas, muy correcto y agradable, y enamoradísimo de Harriet; pero, a pesar de todo, no es capaz de rechazar una invitación y tiene que cenar fuera de casa sea donde sea que le inviten. ¡Qué cosa más extraña es el amor! Es capaz de ver ingenio en Harriet, pero por ella no es capaz de cenar solo.»

Al cabo de poco el señor Elton se despidió de ellos, y Emma no pudo por menos de hacerle justicia apreciando el sentimiento que puso al nombrar a Harriet cuando se iba; el tono de su voz al asegurarle que la última cosa que haría antes de prepa­rarse para el placer de volver a ver a Emma sería ir a casa de la señora Goddard a pedir noticias de su linda amiga, y que espe­raba que podría darle mejores nuevas, era muy significativo; y suspirando esbozó una triste sonrisa que inclinó definitivamente la balanza de la aprobación en favor suyo.

Después de unos minutos que pasaron en completo silencio, John Knightley dijo:

-En mi vida he visto a un hombre más empeñado en ser agra­dable que el señor Elton. Cuando trata con señoras se le ve afanosísimo por complacerlas. Con los hombres es más sensato y más natural, pero cuando tiene una dama a quien complacer cualquier ridiculez le parece bien.

-Las maneras del señor Elton no son lo que se llama perfec­tas -replicó Emma-; pero cuando se ve que se desvive por agra­dar, hay que pasar por alto muchas cosas. Cuando un hombre hace lo que puede, aunque sea con dotes limitados, siempre será preferible al que sea superior pero no tenga voluntad. El señor Elton tiene tan buen carácter y tan buena voluntad que no es posible dejar de apreciar esos méritos.

-Sí -dijo rápidamente el señor John Knightley con cierta socarronería-, parece tener muy buena voluntad... sobre todo por lo que se refiere a ti.

-¿A mí? -exclamó Emma con una sonrisa de asombro-; ¿imaginas que el señor Elton está interesado por mí?

-Confieso, Emma, que esta idea me ha pasado por la ima­ginación; y si antes de ahora nunca habías pensado en ello ya tienes motivo para hacerlo.

-¡El señor Elton enamorado de mí! Pero ¡a quién se le ocurre!

-Yo no digo que sea así; pero no estaría de más que pensaras en si es o no es verdad, para amoldar tu conducta a lo que decidas. Yo creo que le das alas siendo tan amable con él. Te hablo como un amigo, Emma. Sería mejor que abrieras bien los ojos y te asegu­raras de lo que haces y de lo que quieres hacer.

-Te agradezco el interés; pero te aseguro que te equivocas por completo. El señor Elton y yo somos muy buenos amigos, nada más.

Y siguió andando, riéndose para sus adentros de los desatinos que a menudo se le ocurren a la gente que sólo conoce una parte de los hechos, y de los errores en que incurren ciertas personas que pre­tenden tener un criterio infalible; y no muy complacida con su cu­ñado que la creía tan ciega e ignorante, y tan necesitada de con­sejos. Él no dijo nada más.

El señor Woodhouse se había hecho tanto a la idea de salir aquella noche que a pesar de que el frío era cada vez más intenso no parecía en absoluto dispuesto a asustarse de él, y al final estuvo listo para la marcha con toda puntualidad, y se instaló en su coche junto con su hija mayor, en apariencia prestando menos atención al tiem­po que ninguno de los demás; demasiado maravillado por su pro­pia hazaña y pensando demasiado en la ilusión que iba a propor­cionar a los de Randalls para darse cuenta de que hacía frío... aparte de que iba demasiado bien abrigado para sentirlo. Sin embar­go el frío era muy intenso; y cuando el segundo coche se puso en movimiento empezaron a caer unos copos de nieve, y el cielo parecía tan cargado como para necesitar tan sólo un soplo de aire más tibio para dejarlo todo blanquísimo al cabo de muy poco tiempo.

Emma no tardó en advertir que su compañero no estaba del me­jor de los humores. Los preparativos para salir y la salida misma con aquel tiempo, unido al hecho de tener que renunciar a la com­pañía de sus hijos después de la comida, eran inconvenientes lo suficientemente desagradables como para disgustar al señor John Knightley; la visita no le parecía ofrecer compensaciones dignas de aquellas contrariedades; y durante todo el trayecto hasta la Vicaría no dejó de expresar su descontento.

-Se necesita tener muy buena opinión de uno mismo –dijo- ­para pedir a la gente que abandone su chimenea y vaya a verle en un día como éste, sin más objeto que hacerle una visita. Debe de considerarse alguien muy agradable; yo no sería capaz de hacer una cosa así. Es el mayor de los absurdos... ¡Y ahora se pone a nevar! Es una locura no permitir que la gente se quede cómodamente en su casa... y lo es el no quedarse cómodamente en casa cuando uno puede hacerlo. Si nos obligaran a salir en una noche así para cum­plir algún deber o para algún negocio, ¡cómo nos quejaríamos de nuestra mala suerte; y aquí estamos probablemente con ropas más ligeras que de costumbre, siguiendo adelante por nuestra propia vo­luntad, sin ningún motivo justificado y desafiando la voz de la na­turaleza que dice al hombre por todos los medios que tiene a su al­cance que se quede en casa y que se resguarde lo mejor que pueda; aquí estamos en camino para pasar cinco horas aburridas en una casa ajena, sin nada que decir u oír que no se dijera u oyera ayer y que no pueda decirse u oírse de nuevo mañana. Saliendo con mal tiem­po para volver probablemente con un tiempo peor; obligando a salir a cuatro caballos y a cuatro criados sólo para llevar a cinco perso­nas ociosas tiritando de frío a unas habitaciones más frías y entre peores compañeros de lo que se hubiese podido tener en casa.

Emma no estaba dispuesta a asentir complacida a estos comen­tarios a lo cual sin duda él estaba acostumbrado, para emular el «Tienes toda la razón, querido», frase con la que solía obsequiarle su habitual compañera de viaje; pero tuvo la fuerza de voluntad suficiente para contenerse y no responderle nada. No podía estar de acuerdo con él y temía que una discusión degenerase en disputa; su heroísmo sólo llegaba al silencio. Le dejó seguir hablando y arregló los cristales y se arrebujó bien en sus ropas sin despegar los labios.

Llegaron, el coche dio la vuelta, se bajó el estribo y el señor Elton, bien acicalado, sonriendo y con su traje negro, se reunió con ellos al instante. Emma tenía la esperanza de que se cambiara el tema de la conversación. El señor Elton se deshacía en amabilidades y parecía de muy buen humor; la verdad es que de tan buen hu­mor que Emma pensó que debía haber recibido noticias distintas acerca del estado de Harriet de las que habían llegado hasta ella. Mientras se vestía había enviado a alguien a preguntar, y la res­puesta había sido: «Sigue lo mismo, no hay mejoría.»

-Las noticias que he recibido de la casa de la señora Goddard -dijo al cabo de un momento- no son tan buenas como yo espe­raba. Me han dicho que no hay ninguna mejoría.

Su rostro se ensombreció inmediatamente; y cuando contestó lo hizo con una voz llena de sentimiento:

-¡Oh, no! Lo sentí tanto al enterarme... estaba a punto de decirle que cuando fui a casa de la señora Goddard, que fue la última cosa que hice antes de volver a la Vicaría para vestirme, me dijeron que la señorita Smith no había mejorado nada, lo que se dice nada, sino que más bien estaba peor. Lo sentí tanto y me quedé muy preocupado... yo tenía esperanzas de que iba a mejorar después del cordial que le dieron esta mañana.

Emma sonrió y contestó:

-Confío en que mi visita le haya sido beneficiosa para la parte nerviosa de su enfermedad; pero mi presencia aún no tiene poder suficiente para hacer desaparecer una inflamación de garganta; es un resfriado verdaderamente fuerte. El señor Perry la ha visitado, como seguramente ya le han dicho a usted.

-Sí... yo suponía... es decir... no me lo habían dicho...

-Él ya la había tratado de cosas parecidas, y confío que mañana por la mañana podrá darnos a los dos mejores noticias. Pero es imposible no sentirse inquieto. ¡Es una ausencia tan lamentable para nuestra reunión de esta noche!

-Sí, muy lamentable... Usted lo ha dicho, ésta es la palabra... la echaremos de menos a cada momento.

Eso ya era ponerse más en carácter; el suspiro que acompañó estas palabras era muy digno de tenerse en cuenta; pero hubiera tenido que durar más. Emma no pudo por menos de desalentarse cuando sólo al cabo de medio minuto el señor Elton empezó a hablar de otras cosas; y en un tono de voz totalmente despreo­cupado y alegre.

-Es una idea excelente -dijo- usar las pieles de cordero en los coches. Así se va muy cómodo; es imposible tener frío tomando estas precauciones. Esas innovaciones modernas la verdad es que convierten el coche de un caballero en algo perfectamente completo. Se está tan protegido y defendido del tiempo que no hay corriente de aire que pueda penetrar. De este modo el tiempo deja de tener importancia. Hoy hace una noche muy fría... pero en este coche nosotros ni nos enteramos... ¡Ah! veo que nieva un poco.

-Sí -dijo el señor John Knightley-, y me parece que vamos a tener mucha nieve.

-Tiempo navideño -comentó el señor Elton-. Es lo propio de la estación; y podemos considerarnos como muy afortunados de que no empezara a nevar ayer y hubiera habido que aplazar la reunión de hoy, lo cual hubiera podido ocurrir muy fácilmente, porque el señor Woodhouse no se hubiera atrevido a salir si hubiese nevado dema­siado; pero ahora ya no tiene importancia. La verdad es que ésta es la estación del año más adecuada para las reuniones amistosas. Por Navidad todo el mundo invita a sus amigos y la gente no se preocupa mucho por el tiempo que haga, aunque sea muy malo. Una vez me quedé sitiado una semana en casa de un amigo. Nada podía serme más agradable. Fui allí para pasar sólo una noche y no pude irme hasta al cabo de siete días justos.

El señor John Knightley no parecía muy propicio a comprender este placer, pero sólo dijo fríamente:

-A mí no me gustaría nada verme sitiado por la nieve en Ran­dalls durante una semana.

En otra ocasión Emma hubiera encontrado divertido todo aquello, pero en aquellos momento estaba demasiado asombrada al ver el interés que el señor Elton prestaba a otras cuestiones. Harriet parecía haber sido olvidada totalmente ante la perspectiva de una grata velada.

-Podemos tener la seguridad de contar con un buen fuego en la chimenea -siguió diciendo-, y sin duda todo estará dispuesto para ofrecernos las mayores comodidades. El señor y la señora Wes­ton son encantadores; la señora Weston merece todos los elogios, y él por su parte es una persona admirable, tan hospitalario y tan sociable; desde luego seremos pocos, pero las reuniones en las que hay poca gente pero escogida son quizá las más agradables de todas. El comedor de la señora Weston tampoco es capaz de acomodar debidamente a más de diez personas; y por mi parte en estas cir­cunstancia yo suelo preferir que sobre espacio para dos a que falte espacio para dos. Seguramente estará usted de acuerdo conmigo -dijo volviéndose hacia Emma con aire meloso-, estoy seguro de que con­taré con su aprobación aunque tal vez el señor Knightley que está acostumbrado a las grandes reuniones de Londres no esté totalmente de acuerdo con nosotros.

-Yo no sé nada de las grandes reuniones de Londres, nunca ceno fuera de casa.

-¿De veras? -en un tono entre asombrado y compasivo-. No tenía ni la menor idea de que las leyes significaran una esclavitud tan grande. Pero no desespere usted, ya llegará el tiempo en que encuentre la recompensa, cuando tenga que trabajar poco y pueda disfrutar mucho.

-Cuando más disfrutaré -replicó el señor John Knightley cuan­do cruzaban ya la verja de la casa- será cuando vuelva a estar sano y salvo en Hartfield.





CAPÍTULO XIV



AL entrar en el salón de la señora Weston ambos tuvieron que componer su actitud; el señor Elton refrenar un poco su entusiasmo y el señor John Knightley ahuyentar su mal humor. Para acomodarse a las circunstancias y al lugar, el señor Elton tuvo que sonreír menos, y el señor John Knightley que sonreír más. Emma fue la única que pudo ser espontánea, y mostrarse tan contenta como estaba en realidad. Era una gran alegría para ella el estar con los Weston. El señor Weston era uno de sus amigos favoritos, y no había nadie en el mundo con quien pudiera hablar con tanta fran­queza como con su esposa; nadie en quien confiara con tanta se­guridad de ser escuchada y comprendida, despertando siempre el mismo interés y la misma comprensión, nadie que se hiciera tanto cargo de los pequeños conflictos, proyectos, dudas e ilusiones, suyos y de su padre. No podía hablar de nada de Hartfield por lo que la señora Weston no sintiera un vivo interés; y media hora de inin­terrumpidas confidencias acerca de todas esas cuestiones menudas de las que dependen la felicidad cotidiana de la vida íntima de cada cual, era uno de los mayores placeres que ambas podían con­cederse.

Éste era un placer del que quizá no podrían disfrutar durante toda aquella visita, en la que sería difícil encontrar media hora para sus expansiones; pero sólo la presencia de la señora Weston, su sonrisa, su contacto, su voz, era ya reconfortante para Emma y decidió pensar lo menos posible en las rarezas del señor Elton, o en cualquier otra cosa desagradable, y disfrutar hasta el máximo de todo lo grato que pudiera ofrecer la velada.


Antes de su llegada ya se había hablado mucho de la mala suerte que había tenido Harriet al resfriarse. Hacía rato que el señor Woodhouse se hallaba cómodamente instalado en un sillón contando toda la historia, además de toda la historia de los incidentes del trayecto hasta allí que había hecho con Isabella; entonces se anun­ció la llegada de Emma, y apenas había terminado unas frases en las que se congratulaba de que James al ir con ellos tuviera ocasión de ver a su hija, cuando aparecieron los demás, y la señora Wes­ton, que hasta entonces había dedicado casi toda su atención al señor Woodhouse, pudo dejarle y dar la bienvenida a su querida Emma.

Emma encontró ciertas dificultades para poner en práctica su decisión de olvidarse del señor Elton por un rato, ya que cuando todos se sentaron resultó que el joven estaba a su lado. Era muy difícil apartar de su mente la idea de su sorprendente insensibilidad respecto a Harriet, mientras no sólo le tenía pegado a ella, sino que además le dedicaba de continuo las más atentas sonrisas y le dirigía la palabra con la mayor deferencia siempre que tenía ocasión. En vez de olvidarle, su proceder era tal que no pudo evitar el decirse para sus adentros:

-¿Es posible que tenga razón mi cuñado? ¿Es posible que em­piece a olvidarse de Harriet y a poner su afecto en mí? ¡Sería ab­surdo, no puede ser!

Sin embargo, el señor Elton se desvivía de tal modo porque Emma no sintiera frío, se mostraba tan atento con su padre y tan amable para con la señora Weston, y por fin demostró tanto entusiasmo y tanta falta de criterio ante sus dibujos, que no podía por menos de pensarse que parecía enamorado, y ella tuvo que hacer un es­fuerzo por conservar la calma y la naturalidad. No quería mos­trarse descortés, en primer lugar por ella misma y luego por Ha­rriet, confiando en que todo podría volver a encauzarse bien, como al principio; de modo que fue muy amable con él; pero le cos­taba un esfuerzo sobre todo cuando los demás hablaban de cosas por las que ella estaba interesada, mientras que el señor Elton la aturdía con su insípida locuacidad. Por algunas palabras sueltas que pudo oír comprendió que el señor Weston estaba hablando de su hijo; oyó las palabras «mi hijo» y «Frank», y que repetía «mi hijo» varias veces más; y por alguna otra cosa que llegó hasta sus oídos, supuso que estaba anunciando la próxima visita de su hijo; pero antes de que pudiera deshacerse del señor Elton la con­versación había cambiado por completo, hasta el punto de que cual­quier pregunta suya que hubiese resucitado el tema hubiera pa­recido fuera de lugar e impertinente.


Lo que ocurría era que, a pesar de la decisión que había tomado Emma de no casarse nunca, había algo en el nombre, en la idea del señor Frank Churchill que siempre la había atraído. Con fre­cuencia había pensado -sobre todo desde que el padre del joven había contraído matrimonio con la señorita Taylor- que si ella tu­viera que casarse Frank Churchill sería la persona más indicada, tanto por su edad como por su carácter y su posición social. Por la relación que existía entre ambas familias parecía una unión per­fectamente natural. Y Emma no podía por menos de suponer que era una boda en la que debería de pensar todo el mundo que les conocía. Estaba totalmente persuadida de que los Weston pensaban en ello; y aunque no estaba dispuesta a que ni él ni ningún otro hombre le hiciera abandonar su actual situación que consideraba más pletórica de bienestar que ninguna otra nueva que pudiese substituirla, sentía una gran curiosidad por verle, una decidida intención a encontrarle agradable, a que él se sintiera atraído hasta cierto punto, y una especie de placer ante la idea de que en la imagi­nación de sus amigos ambos aparecieran unidos.

Bajo el influjo de estas sensaciones, las cortesías del señor Elton no podían ser más inoportunas; pero ella se consolaba pensando que en apariencia era muy atenta, cuando en realidad no podía contrariarla más aquella situación... y suponiendo que durante el resto de la velada forzosamente se volvería a hablar del mismo tema que al principio, o que por lo menos se aludiría a lo esencial del asunto, tratándose de una persona tan comunicativa como el señor Weston; y así resultó ser; y cuando por fin se hubo desem­barazado del señor Elton y se- sentó a la mesa junto al señor Weston, éste aprovechó la primera tregua que pudo hacer en sus deberes como anfitrión, la primera pausa que hubo desde que se sirvió el lomo de carnero, para decir a Emma:

-Sólo nos faltan dos personas más para ser el número exacto. Quisiera poder tener con nosotros a dos invitados más... la ami­guita de usted, la señorita Smith, y mi hijo... sólo entonces po­dría decir que la reunión es completa del todo. No sé si me ha oído usted decir a los demás cuando estábamos en el salón que esperábamos a Frank. Esta mañana he tenido carta suya, y me dice que estará con nosotros dentro de dos semanas.

Emma no tuvo que esforzarse mucho por manifestar su alegría; y se mostró totalmente de acuerdo con la idea de que el señor Frank Churchill y la señorita Smith eran los dos comensales que faltaban para completar la reunión.

-Desde el mes de setiembre -siguió diciendo el señor Wes­ton- estaba deseando venir a vernos; en todas sus cartas hablaba de lo mismo; pero no puede disponer de su tiempo; se ve forzado a complacer a ciertas personas, y complacer a estas personas (y que eso quede entre nosotros) a veces cuesta muchos sacrificios. Pero ahora no tengo la menor duda de que lo tendremos con nosotros hacia la segunda semana de enero.

-¡Qué alegría va a tener usted! Y la señora Weston está tan ansiosa por conocerle bien que debe estar casi tan ilusionada como usted.

-Sí, tendría una gran alegría, pero ella es de la opinión de que este viaje volverá a aplazarse una vez más. No está tan segura como yo de que venga. Pero yo conozco mejor que ella el intrín­gulis de ese asunto. Verá usted, el caso es que... (pero sobre todo que eso quede entre nosotros; en la sala de estar yo de eso no he dicho ni una palabra. Ya sabe usted que en todas las fami­lias hay secretos...). Le decía que el caso es que hay un grupo de amigos que han sido invitados a pasar unos días en Enscombe, en el mes de enero; y para que Frank venga es preciso que esta invi­tación se aplace. Si no se aplaza, él no puede moverse de allí. Pero yo sé que se aplazará, porque se trata de una familia por la que cierta señora, que tiene bastante importancia en Enscombe, siente una particular aversión; y aunque se considera necesario in­vitarles una vez cada dos o tres años, cuando llega el momento siempre terminan aplazando la visita. No tengo la menor duda de que va a ocurrir así. Estoy tan seguro de que Frank va a estar aquí antes de mediados de enero, como de estar aquí yo mismo. Pero su querida amiga -e indicó con la cabeza el otro extremo de la mesa- tiene tan pocos caprichos, y en Hartfield estaba tan poco acostumbrada a ellos, que no prevé los efectos que pueden tener, mientras que yo tengo ya una práctica de muchos años en esas cosas.

-Lamento que todavía hayan dudas en este caso -replicó Emma-; pero estoy dispuesta a ponerme a su lado, señor Weston. Si usted opina que vendrá, yo seré de su misma opinión; porque usted conoce Enscombe.

-Sí... bien puedo decir que lo conozco; aunque en mi vida haya estado allí... ¡Es una mujer extraña! Pero yo nunca me permito hablar mal de ella por consideración a Frank; porque sé que ella le quiere de veras. Yo solía pensar que no era capaz de querer a nadie excepto a sí misma; pero siempre ha sido muy afectuosa con él (a su modo... consintiéndole pequeños antojos y ca­prichos, y queriendo que todo salga de acuerdo con su voluntad). Y a mi entender dice mucho en favor de él haber despertado un afecto así; porque, aunque eso yo no lo diría a nadie más, la verdad es que para el resto de la gente esa mujer tiene un corazón más duro que la piedra; y un carácter endiablado.


Emma estaba tan interesada por aquel tema que volvió a abor­darlo, esta vez con la señora Weston, cuando al cabo de poco vol­vieron a trasladarse a la sala de estar; le deseó que pudiera tener esta ilusión... aun reconociendo que comprendía que la primera en­trevista debería ser más bien violenta... La señora Weston estuvo de acuerdo con ella; pero añadió que aceptaría con gusto la vio­lencia que pudiese haber en esta primera entrevista con tal de poder tener la seguridad de que sería cuando se había anunciado...

-...porque yo no confío que venga. No puedo ser tan entusiasta como el señor Weston. Mucho me temo que todo esto terminará en nada. Supongo que el señor Weston te ha contado ya exacta­mente cómo están las cosas.

-Sí... parece ser que todo depende exclusivamente del mal hu­mor de la señora Churchill, que imagino que es la cosa más segura del mundo.

-Querida Emma -replicó la señora Weston, sonriendo-, ¿qué seguridad puede haber en un capricho?

Y volviéndose hacia Isabella, que antes no había estado aten­diendo a la conversación, añadió:

-Debe usted saber, mi querida señora Knightley, que en mi opinión no podemos estar tan seguros ni muchísimo menos de poder tener con nosotros al señor Frank Churchill, como piensa su padre. Depende exclusivamente del buen o mal humor y del ca­pricho de su tía; en resumen, de si ella quiere o no. Entre noso­tras, porque estamos como entre hermanas y puede decirse la ver­dad: la señora Churchill manda en Enscombe, y es una mujer de un carácter caprichosísimo; y el que su sobrino venga aquí depende de que esté dispuesta a prescindir de él por unos días.

-¡Oh, la señora Churchill! Todo el mundo conoce a la señora Churchill -replicó Isabella-; y yo por mi parte siempre que pien­so en ese pobre muchacho me inspira una gran compasión. Vivir constantemente con una persona de mal carácter debe de ser horri­ble. Eso es algo que afortunadamente ninguno de nosotros conoce por experiencia; pero tiene que ser una vida espantosa. ¡Qué suer­te que esa mujer nunca haya tenido hijos! ¡Pobres criaturas, qué desgraciados los hubiera hecho!

Emma hubiese querido estar a solas con la señora Weston. De este modo se hubiese enterado de más cosas; la señora Weston le hubiera hablado con una franqueza que nunca se atrevería a em­plear delante de Isabella; y estaba segura de que no le hubiera ocultado casi nada referente a los Churchill, exceptuando sus pro­yectos sobre el joven de los que instintivamente presumía ya algo gracias a su imaginación. Pero allí no podía decirse nada más. El señor Woodhouse no tardó en ir a reunirse con ellas en la sala de estar. Permanecer durante mucho rato sentado a la mesa después de comer era una penitencia que no podía soportar. Ni el vino ni la conversación lograron retenerle; y se dispuso alegremente a reu­nirse con las personas con las que siempre se encontraba a gusto.

Y mientras él hablaba con Isabella, Emma tuvo oportunidad de decir a su amiga:

-De modo que no crees que esta visita de tu hijo sea segura ni mucho menos. Lo siento. Sea cuando fuere, la presentación tiene que ser un poco violenta. Y cuanto antes se termine con eso mejor.

-Sí; y cada aplazamiento hace temer que vengan otros. Incluso si esa familia, los Braithwaites, aplazan otra vez su visita, aún temo que puedan encontrar alguna otra excusa y tengamos una nueva decepción. No puedo imaginarme que haya ningún obstáculo por parte de él; pero estoy segura de que los Churchill tienen un gran interés en retenerle a su lado. Tienen celos. Estás celosos incluso del afecto que siente por su padre. En resumen, que no tengo ninguna seguridad de que venga, y preferiría que el señor Weston no se entusiasmara tanto con esta idea.

-Debería venir -dijo Emma-. Aunque sólo pudiera estar con vosotros un par de días, debería venir; casi es difícil imaginarse un joven de su edad que no pueda ni siquiera hacer eso. Una joven, si cae en malas manos, puede ser apartada y alejada de aquellas per­sonas con las que ella desearía estar; pero es inconcebible que un hombre esté tan supeditado a sus parientes como para no poder pasar una semana con su padre si lo desea.

-Para saber lo que él puede o no puede hacer -replicó la se­ñora Weston- deberíamos estar en Enscombe y conocer la vida de la familia. Quizá fuera eso lo que deberíamos hacer siempre antes de juzgar el proceder de cualquier persona de cualquier familia; pero estoy segura de que lo que ocurre en Enscombe no puede juzgarse de acuerdo con normas generales... ¡Es una mujer tan an­tojadiza! Y todo depende de ella...

-Pero quiere mucho a su sobrino: es su preferido, ¿no? Ahora bien, de acuerdo con la idea que yo tengo de la señora Churchill, sería más natural que mientras ella no hace ningún sacrificio por el bienestar de su marido, a quien se lo debe todo, se dejara go­bernar con frecuencia por su sobrino, a quien no debe nada en absoluto, aun sin dejar de hacerle víctima de sus constantes capri­chos.

-Mi querida Emma, tienes un carácter demasiado dulce para comprender a alguien que lo tiene muy malo, y poder fijar las leyes de su conducta; déjala que sea como quiera. De lo que yo no dudo es de que en ocasiones su sobrino ejerce sobre ella una considerable influencia; pero puede ocurrir que a él le sea total­mente imposible saber de antemano cuándo podrá ejercerla.

Emma escuchaba, y luego dijo fríamente:

-No me convenceré a menos que venga.

-En ciertas cuestiones puede tener mucha influencia -siguió di­ciendo la señora Weston -y en otras muy poca; y entre estas úl­timas que están fuera de su alcance, es más que probable que fi­gure eso de ahora de poder separarse de ellos para venir a vi­sitarnos.





CAPÍTULO XV



EL señor Woodhouse no tardó en reclamar su té; y cuando lo hubo bebido se mostró dispuesto a regresar a su casa; y lo único que consiguieron las tres mujeres que estaban con él fue distraerle, haciéndole olvidar que era ya tarde, hasta que hicieron su aparición los demás hombres. El señor Weston era una persona habladora y jovial, y muy poco amiga de dejar ir a sus invitados a una hora demasiado temprana; pero por fin todos fueron pasando a la sala de estar. El señor Elton, que parecía de muy buen humor, fue uno de los primeros que dejó el comedor por el salón. La se­ñora Weston y Emma estaban sentadas en el sofá, una al lado de la otra. Él inmediatamente se les acercó y casi sin pedirles permiso se sentó entre ambas.

Emma, que estaba también de buen humor por la noticia de la inminente llegada del señor Frank Churchill, estaba dispuesta a ol­vidar lo enojosamente inoportuno que había sido el señor Elton y a mostrarse con él tan atenta como al principio, y cuando Harriet se convirtió en el primer tema de conversación, se dipuso a es­cucharle con la más cordial de sus sonrisas.

El señor Elton se mostró muy inquieto acerca del estado de su linda amiga... su linda, adorable, simpática amiga.

-¿Sabe usted algo nuevo? ¿Ha tenido alguna noticia de ella desde que estamos en Randalls? Estoy muy intranquilo... tengo que confesar que esta enfermedad suya me alarma muchísimo...


Y en este tono siguió hablando durante un buen rato, muy en su punto, sin esperar que le contestaran, realmente preocupado por aquel dolor de garganta tan maligno; y así llegó a captarse de nuevo todas las simpatías de Emma.

Pero poco a poco la cosa degeneró en algo distinto; de pronto dio la impresión de que si estaba tan preocupado por la malignidad de aquel dolor de garganta era más por Emma que por Harriet... que más que el que la enferma se recuperase de su mal, le inquietaba el que éste no fuera contagioso. Rogó encarecidamente a Emma que se abstuviera de visitar a su amiga, por lo menos por ahora... in­sistiendo en que le prometiese a él que no se expondría a aquel peligro hasta que él hubiese hablado con el señor Perry y cono­ciera la opinión del médico; y aunque Emma intentó tomárselo a broma, y hacer que la cuestión volviera a sus cauces normales, no hubo modo de poner fin a su extremada solicitud por ella. Se sentía molesta. Era manifiesto -y él no hacía ningún esfuerzo por ocultar­lo- que hacía como si estuviera enamorado de ella, en vez de estarlo de Harriet; una muestra de inconstancia, que de ser verdad, resultaba la cosa más despreciable y abominable del mundo. Y a Emma le costaba esfuerzos conservar la calma. El señor Elton se volvió hacia la señora Weston para implorar su ayuda.

-Ayúdeme, se lo suplico; ¿me ayudará usted a convencer a la señorita Woodhouse de que no vaya a casa de la señora Goddard hasta que tengamos la seguridad de que la enfermedad de la señorita Smith no es contagiosa? No estaré tranquilo hasta que no me pro­meta que no va a ir allí... ¿No quiere usted usar de su influencia para conseguir arrancarle a la señorita Woodhouse esta promesa? ¡Tanto como se preocupa por los demás -siguió diciendo- y tan poco que se cuida de sí misma! Quería que esta noche me quedara en casa para cuidarme un resfriado, y ahora no quiere prometerme que no se expondrá a contagiarse una peligrosa inflamación de garganta... ¿Le parece razonable ese proceder, señora Weston? Juz­gue usted misma. ¿No tengo cierto derecho a quejarme? Estoy se­guro de que es usted demasiado comprensiva para no ayudarme en esta empresa.

Emma vio la sorpresa de la señora Weston y comprendió que ésta debía de ser mayúscula ante aquellas frases, que por su sen­tido y por la manera en que se habían dicho hacían suponer que el señor Elton se atribuía más derecho que nadie a interesarse por ella; y en cuanto a ella misma estaba demasiado encolerizada y ofendida para poder decir algo sobre la cuestión. Lo único que hizo fue mirarle fijamente; una mirada que creyó bastaría para devolverle el buen juicio; y luego, levantándose del sofá fue a sentarse en una silla al lado de su hermana, dedicando a ésta toda su atención.

Pero Emma no tuvo ocasión de observar el efecto que producía en el señor Elton aquel desaire, ya que inmediatamente la atención de todos se concentró en otro asunto; ya que el señor John Knigh­tley entró en la estancia, después de haber estado observando el tiempo que hacía, y les espetó la noticia de que todo estaba cu­bierto de nieve y de que aún seguía nevando copiosamente entre violentas ráfagas de viento; y concluyó con estas palabras dirigidas al señor Woodhouse:

-Será un comienzo muy animado para la primera de sus visitas de este invierno. Algo nuevo para su cochero y los caballos tener que abrirse paso en medio de una tormenta de nieve.

La consternación había vuelto silencioso al pobre señor Wood­house; pero todos los demás tenían algo que decir. Unos estaban asustados, otros no, pero todos tenían alguna pregunta que hacer o algún consuelo que ofrecer. La señora Weston y Emma intentaron animarle por todos los medios, distrayendo su atención de las pa­labras de su yerno, que seguía implacable en son de triunfo:

-Yo estaba admirado de su valentía -dijo- al arriesgarse a salir con un tiempo así, porque por supuesto que ya veía usted que no iba a tardar mucho en nevar. Todo el mundo veía que estaba a punto de desatarse un temporal de nieve. Su valor ha sido admi­rable; y confío en que podremos volver a casa sanos y salvos. Aunque nieve durante una o dos horas más, no creo que los caminos se pongan intransitables; y tenemos dos coches; si uno vuelca en el descampado del prado comunal, siempre podemos recurrir al otro. Confío en que antes de medianoche todos estaremos de regreso en Hartfield sanos y salvos.

El señor Weston, también triunfalmente, pero por otros motivos, confesaba que ya hacía rato que se había dado cuenta de que es­taba nevando, pero que si no había dicho nada había sido para no intranquilizar al señor Woodhouse, que así hubiera tenido una ex­cusa para irse en seguida. En cuanto a lo de que hubiera caído o estuviera a punto de caer tanta nieve que impidiera su regreso, no era más que una broma; lo que temía era que no encontraran di­ficultades para regresar. Lo que él deseaba era que los caminos fue­sen impracticables para poder retenerlos a todos en Randalls; y con buena voluntad estaba seguro de que se encontraría acomodo para todo el mundo; y dijo a su esposa que suponía que estaba de acuer­do con él en que, con un poco de ingenio, podía alojarse a todo el mundo, lo cual ella lo cierto es que no sabía cómo iba a conse­guirse, ya que sabía que en la casa no había más que dos habi­taciones sobrantes.

-¿Qué vamos a hacer, querida Emma... qué vamos a hacer? -fue la primera exclamación del señor Woodhouse, y todo lo que pudo decir por un buen rato.

Miró a su hija, como en demanda de auxilio; y cuando ésta le tranquilizó recordándole lo buenos que eran los caballos, la pericia de James y la confianza que debía inspirarle tener a tantos amigos a su alrededor, le reanimaron un poco.

El susto de su hija mayor fue semejante al suyo. El horror de quedar bloqueados en Randalls mientras sus hijos estaban en Hart­field dominó su imaginación; y pensando que los caminos serían sólo transitables para gente muy decidida, pero en un estado que no admitía más demora, propuso rápidamente que su padre y Emma se quedaran en Randalls, mientras ella y su esposo se pusieran en marcha inmediatamente desafiando todas las posibles acumulaciones de nieve y temporales que pudieran salirles al paso.

-Me parece, querido, que lo mejor que podríamos hacer es que guiaras tú mismo el coche -dijo-; estoy segura de que ese modo conseguiremos llegar a casa si salimos ahora mismo; y si tropezamos con algún obstáculo insuperable, yo puedo bajar y seguir andando. No tengo ningún miedo. No me importaría ir andando la mitad del camino. Cuando llegáramos a casa me cambiaría los zapatos; ya sabes que eso es una cosa que no me da frío.

-¿De veras? -replicó su marido-. Entonces, mi querida Isa­bella, eso es lo más extraordinario del mundo, porque en general todo te da frío. ¡Ir andando hasta casa...! Pues me parece que llevas buen calzado para volver andando. Ni los caballos creo que puedan llegar.

Isabella se volvió hacia la señora Weston con la esperanza que aprobara su plan. La señora Weston no podía por menos de apro­barlo. Isabella entonces se volvió hacia Emma; pero Emma no se resignaba del todo a abandonar la esperanza de que todos pudieran irse; y estaban aún discutiendo la cuestión cuando el señor Knigh­tley, que había salido de la estancia inmediatamente después de que su hermano hubiera dado las primeras noticias acerca de la nieve, re­gresó y les dijo que había salido para examinar de cerca la situación y que podía asegurarles que no había la menor dificultad de que regresaran a sus casas cuando quisieran, entonces o al cabo de una hora. Había ido hasta más allá de la verja y habían andado un trecho del camino en dirección a Highbury... en los lugares de ma­yor espesor la nieve no pasaba de media pulgada de grosor... en muchos lugares apenas había nieve suficiente para blanquear la tierra; en aquellos momentos caían unos cuantos copos, pero las nubes se estaban dispersando y todo parecía anunciar que la tor­menta no tardaría en cesar. Había estado hablando con los cocheros y ambos estuvieron de acuerdo con él en que no había nada que temer.

Estas noticias fueron un gran alivio para Isabella, como lo fue­ron también para Emma, principalmente a causa de su padre, quien inmediatamente se tranquilizó todo lo que se lo permitieron sus ner­vios; pero la alarma que se había producido no le permitía seguir sintiéndose a gusto mientras continuara en Randalls. Estaba conven­cido de que por el momento no había ningún peligro en regresar a su casa, pero nadie podía convencerle de que no había ningún peli­gro en seguir allí; y mientras unos y otros seguían discutiendo sus respectivas opiniones, el señor Knightley y Emma resolvieron el caso en unas pocas frases escuetas:

-Su padre no estará tranquilo; ¿por qué no se van ustedes?

-Yo estoy dispuesta si los otros me siguen.

-¿Quiere que llame a los criados?

-Sí, por favor.

Sonó la campanilla y se dieron órdenes para que se dispusieran los coches. Al cabo de unos minutos Emma pensó con alivio que no tardarían en dejar en su casa al fastidioso acompañante que ha­bía tenido aquella noche -tal vez allí recuperaría la sensatez y la serenidad-, mientras que su cuñado volvería a su estado normal de calma y equilibrio una vez terminada aquella ardua visita.

Llegaron los coches; y el señor Woodhouse, siempre la persona más solícitamente cuidada en tales ocasiones, fue acompañado hasta el suyo por el señor Knightley y el señor Weston; pero nada de lo que uno y otro le dijeron pudo evitar que volviera a asustarse un poco al ver la nieve que había caído y al darse cuenta de que la noche era mucho más oscura de lo que él había supuesto.

-Me temo que vamos a tener un mal viaje de regreso. No qui­siera que la pobre Isabella se asustase. Y la pobre Emma, que ven­drá en el coche de atrás. No sé qué es lo mejor que podríamos hacer. Los dos coches tendrían que ir tan cerca el uno del otro como fuera posible.

Hablaron con James y le ordenaron que fuera muy despacio y que esperara al otro coche.

Isabella subió detrás de su padre; John Knightley, olvidando que él no pertenecía a aquel grupo, subió con toda naturalidad detrás de su esposa; de modo que Emma se encontró escoltada y seguida hasta el segundo coche por el señor Elton, dándose cuenta de que la puerta iba a cerrarse tras ellos y de que iban a hacer el viaje solos. Antes de que se despertaran las sospechas de aquella noche con el fastidioso incidente de poco antes, a Emma el viaje le hubiera resultado agradable; ella le hubiera hablado de Harriet, y los tres cuartos de milla le hubieran parecido apenas un cuarto. Pero ahora hubiera preferido que la situación hubiese sido otra. Tenía la im­presión de que su acompañante había abusado del excelente vino del señor Weston, y tenía la seguridad de que no dejaría de decir necedades impertinentes.

Para imponerle el máximo respeto posible con la frialdad de sus modales, se dispuso inmediatamente a hablarle con extremada calma y seriedad del tiempo y de la noche; pero apenas había empezado, apenas habían traspuesto la verja en pos del otro coche, cuando el señor Elton le quitó la palabra de la boca, le cogió la mano, solicitó su atención y empezó a declararle su apasionado amor; aprovechando aquella oportunidad inmejorable, le manifestó «sentimientos que de­bían de ser ya bien conocidos de ella», su esperanza, su temor, su adoración...


Estaba dispuesto a morir si ella le rechazaba...; pero confiaba en que lo profundo de su afecto, lo insuperado de su amor, lo ardiente de su pasión, tenían que encontrar cierta correspondencia en ella, y, en resumen, le proponía que le aceptase formalmente tan pronto como fuera posible. Así estaban las cosas. Sin ningún escrú­pulo, sin ninguna excusa, sin que al parecer se sintiera responsable de la menor infidelidad, el señor Elton, el enamorado de Harriet, estaba declarándose a Emma. Ésta intentó pararle los pies; pero fue en vano; él estaba dispuesto a seguir adelante y a decirlo todo. A pe­sar de lo enojada que estaba, al pensar en la situación en que se veía le hizo contenerse al responderle. Pensaba que por lo menos la mitad de aquella locura debía atribuirse a la embriaguez, y que por lo tanto era de esperar que fuese algo pasajero. Así, en un tono entre grave y burlón que confiaba sería más adecuado para su turbio estado men­tal, replicó:

-Me asombra usted, señor Elton. ¿Es a mí a quien se dirige usted? Se está usted confundiendo... me está tomando por mi ami­ga... si tiene algún recado para la señorita Smith, se lo transmitiré muy gustosa; pero, por favor, recuerde que yo no soy ella.

-¿La señorita Smith? ¿Un recado para la señorita Smith? ¿Qué quiere usted decir?

Y repetía las palabras de ella con tal convicción, dando muestras de tal estupor, que Emma no pudo por menos que replicar con vi­veza:

-Señor Elton, su proceder es totalmente inexplicable. Y sólo pue­do justificarlo de un modo: no está usted en su sano juicio; de lo contrario no me hablaría de esta manera, ni aludiría a Harriet como acaba de hacerlo. Domínese y no diga nada más, y yo intentaré ol­vidar sus palabras.

Pero el vino que había bebido el señor Elton le había dado áni­mos, pero no le había enturbiado la cabeza. Sabía perfectamente lo que estaba diciendo; y después de protestar con vehemencia, consi­derando como altamente ofensivas las sospechas de Emma, y de alu­dir aunque muy de pasada al respeto que le merecía la señorita Smith... aunque afirmando que no podía por menos de asombrarse de que se la mencionase en aquellos momentos, volvió a insistir so­bre su gran amor, apremiando a la joven para que le diese una res­puesta favorable.

Emma se iba dando cuenta de que las palabras de su interlocutor más que a la embriaguez eran debidas a la inconstancia y a la pre­sunción; y haciendo ya menos esfuerzos para ser cortés, replicó:

-Ya me es imposible seguir dudando. Se ha manifestado usted tal cual es. Señor Elton, no encuentro palabras para expresar mi asombro. Después de su proceder, del que yo he sido testigo, du­rante este último mes, respecto a la señorita Smith... después de las atenciones que yo he visto día a día, como usted le prodigaba... dirigirse a mí con estas pretensiones, le aseguro que me parece una falta de formalidad que nunca hubiera creído posible en usted. Créame que no puedo estar más lejos de congratularme de ser el ob­jeto de su interés.


-¡Santo Cielo! -exclamó el señor Elton-. Pero ¿qué quiere us­ted decir con esto? ¡La señorita Smith! En ningún momento de mi vida he pensado en la señorita Smith... jamás le he prestado la menor atención... a no ser como amiga de usted; nunca he mani­festado el menor interés por ella excepto por el hecho de ser amiga de usted. Si ella ha creído otra cosa, han sido sus propias ilusiones las que la han engañado, y yo lo lamento mucho... muchísimo. Pero la verdad es que la señorita Smith... ¡Oh, señorita Woodhouse! ¿Quién puede pensar en la señorita Smith cuando se tiene cerca a la seño­rita Woodhouse? No, le doy mi palabra de honor de que no se trata de una falta de formalidad. Yo sólo he pensado en usted. Le aseguro que nunca he prestado la menor atención a nadie más. Des­de hace ya muchas semanas, todo lo que yo hacía o decía no tenía otro objeto que manifestar mi adoración por usted. ¡No puede usted ponerlo en duda! ¡No!... -en un tono que pretendía ser insinuan­te- y estoy seguro de que usted se ha dado cuenta de ello y me ha comprendido...

Sería imposible describir cuáles eran los sentimientos de Emma al escuchar todo esto... que le producía una enojosa sensación de dis­gusto y contrariedad. Quedó demasiado abrumada para poder darle una respuesta inmediata, y la breve pausa de silencio que siguió dio nuevos ánimos al exaltado señor Elton, quien intentó volver a co­gerle la mano mientras exclamaba jubilosamente:

-¡Encantadora señorita Woodhouse! Permítame que interprete este significativo silencio, con el que usted reconoce que hace ya mucho tiempo que me había comprendido.

-¡No! -exclamó Emma-. Este silencio no reconoce semejante cosa. No sólo no he podido estar más lejos de comprenderle a usted, sino que hasta este mismo momento había estado completamente equi­vocaba respecto a sus intenciones. Y por lo que a mí se refiere, la­mento muchísimo que haya estado alimentando esas esperanzas... Porque nada podía ser más contrario a mis deseos... El afecto que demostraba tener a mi amiga Harriet... el modo en que le hacía la corte (por lo menos así lo parecía), me causaban un gran placer, y le deseaba de todo corazón el mayor éxito; pero si hubiera supuesto que lo que le atraía en Hartfield no era ella, inmediatamente hu­biera pensado que se equivocaba usted al visitarnos con tanta fre­cuencia. ¿Tengo que creer que jamás ha sentido usted ningún inte­rés particular por la señorita Smith? ¿Que nunca ha pensado seria­mente en ella?

-¡Nunca! -exclamó él, sintiéndose ofendido a su vez-; nunca, se lo aseguro. ¡Yo, pensar seriamente en la señorita Smith! La se­ñorita Smith es una joven excelente; y me alegraría mucho verla bien casada. Yo le deseo toda clase de venturas; y sin duda hay hom­bres que no tendrían nada que objetar a... Pero no creo que esté a mi altura; me parece que puedo aspirar a algo mejor. ¡No tengo porqué pensar que no voy a poder casarme con alguien de mi misma posición como para tener que dirigirme a la señorita Smith! No... mis visitas a Hartfield no tenían otro objetivo que usted; y como allí se me alentaba...

-¿Que se le alentaba? ¿Que yo le alentaba? Me temo que se haya usted equivocado por completo al suponer semejante cosa. Yo sólo le consideraba como un admirador de mi amiga. Bajo cualquier otro punto de vista, no hubiera podido ser usted más que un cono­cido como cualquier otro. Lo lamento muy de veras; pero es mejor que se haya aclarado este error. De haber continuado como hasta ahora la señorita Smith hubiera podido llegar a interpretar mal sus intenciones; probablemente sin advertir, como tampoco lo había ad­vertido yo, la gran desigualdad a la que usted da tanta importancia. Pero, una vez aclarado el asunto, todo se reduce a una decepción por parte de usted, que, confío, no durará mucho. Por el momento no tengo la menor intención de casarme.


Él estaba demasiado enojado para contestar; y el tono de Emma había sido demasiado cortante para invitar a nuevas súplicas; y am­bos irritados y ofendidos, y profundamente molestos el uno con el otro, tuvieron que seguir juntos durante unos minutos más, ya que los temores del señor Woodhouse les obligaban a ir a un paso muy lento. De no haber estado tan encolerizados, la situación hubiese sido muy embarazosa, pero la intensidad de sus emociones no daba lugar a los pequeños zigs-zags de este estado de ánimo. El coche enfiló el callejón de la Vicaría y se detuvo, y ellos inesperadamente se encontraron delante de la puerta de la casa del señor Elton, quien bajó sin pronunciar ni una palabra... A Emma le pareció indispen­sable desearle buenas noches; y él se limitó a corresponder a la cortesía fría y orgullosamente; y la joven, presa de una indescriptible turbación, siguió su camino hasta Hartfield.

Allí fue acogida con grandes muestras de alegría por su padre, quien temblaba de miedo al pensar en los peligros que podía repre­sentar el que viniera sola desde el callejón de la Vicaría... y el do­blar aquella esquina cuya sola idea le horrorizaba... y todo ello con el coche conducido por manos extrañas... por un cochero cualquiera... no por James; y pareció como si todos esperaran su regreso para que todo empezara a marchar perfectamente; ya que el señor John Knightley, avergonzado de su mal humor de antes, ahora se deshacía en amabilidades y atenciones; mostrándose particularmente solícito con su suegro, hasta el punto de parecer -ya que no dis­puesto a tomar con él un bol de avenate- por lo menos totalmente comprensivo respecto a las grandes virtudes de esta bebida; y así fue cómo el día concluyó en paz y sosiego para toda la familia, ex­cepto para Emma... que se hallaba tan turbada y nerviosa que tuvo que hacer un gran esfuerzo por mostrarse alegre y fingir que pres­taba atención a lo que se decía; hasta que al llegar la hora en que como de costumbre todos se retiraron a descansar, pudo permitirse el alivio de reflexionar con calma.

Continuará...



10 comentarios:

Elizabeth Bowman dijo...

Como te prometí aquí estoy, y aunque esta no es mi novela austeniana favorita, si eso resulta posible (ni Emma ni Mansfield gozan de mi predilección) es un placer sacar un minuto para pasearme por tus letras, que son las letras de la maestra. Emma siempre me ha parecido una snob y por mi parte prefiero las heroínas más humildes que saben de sus limitaciones y así y todo se atreven a plantar cara a grandes personajes. Eso de que no les bailen el agua suele llamar la atención de estos encumbrados galanes jejejejejje

Por otra parte la "Güiny" no es mi favorita. Si tengo que escoger una Emma cinematográfica me quedo forever con Kate Beckinsale.

Besos y nos leemos, milady.

LADY DARCY dijo...

Mi estimada amiga, pues que mejor que no te agrade Emma, de hecho, no goza de la simpatía de muchos, pero eso es bueno, así se le puede criticar a placer y buscar algo de contienda en este pacífico salón azul.
En lo que se refiere a la elección de la heroínas cinematográficas, debo confesar que, mi inclinación al momento de escoger las versiones, se debe unicamente a los Caballeros Austen (una manera más de hacerle honor al sugestivo nombre de este blog) ;)
Mi elegante y admirado Jeremy Northam le da el punto adecuado de generosidad, superioridad, templanza y caballerosidad, y un tono cautivador entre el perfecto sermoneador y el amante enamorado...en mi humilde opinión, es el mejor actor que ha interpretado a Mr.Knightley.

Besos mi querida amiga, y gracias por tu visita.

Fernando García-Pañeda dijo...

Todo un acierto publicar en un sólo bloque estos capítulos, milady, para captar mejor su alcance.
Nuestra favorita tejedora de historias va tirando de nuevos hilos y, casi sin darnos cuenta, nos va sumergiendo en la trama, dándole, de paso, una primera sacudida a la entrometida protagonista. Una aparentemente banal cena (me encanta el hermano de Knightley: «pasar cinco horas aburridas en una casa ajena, sin nada que decir u oír que no se dijera u oyera ayer y que no pueda decirse u oírse de nuevo mañana») empieza a perfilar un futuro enredo que Emma se encargará de urdir como le corresponde con su ingenio e imaginación tan mal aprovechadas.

Estoy absolutamente de acuerdo en cuanto se refiere a Jeremy Northam y su papel en Emma (algo muy distinto, por cierto, al resto de papeles de su carrera, lo que le honra como actor): templanza, contención, elegancia. Un perfecto Knightley. Quién pudiera...

Contento y complacido en este pacific blue, mi Señora. Siempre.

Fernando dijo...

Ah, se me olvidaba comentar, mi Señora: «Cuando un hombre hace lo que puede, aunque sea con dotes limitadas, siempre será preferible al que sea superior pero no tenga voluntad».
Cuánto mejor nos iría a muchos si, en este concreto aspecto, imitáramos al inefable señor Elton.
De nuevo, suyo.

LADY DARCY dijo...

Mi querido y admirado Señor, intenté publicar varios capítulos de un golpe, pero ya ve que Don Blogger siempre me fastidia y no actualiza mis entradas cuando le doy carga pesada :(. Ya veremos si lo intento de nuevo más adelante...
Estoy segura que aunque lo disimule muy bien, a usted le place las contiendas y debates en los mares tranquilos. Alterar el orden de las cosas, es sin duda su fuerte ;) y este apacible lugar no será la excepción para sus fechorías. En lo que a mí se refiere, siempre estoy dispuesta a contradecirle cuanto pueda, sabe que me apasionan nuestros juegos de palabras...Pero hoy me siento muy mimosa, tanto que, me atreveré a brindarle un cumplido: muy pocos caballeros poseen de verdad la voluntad y los dotes de mi Señor, ni los emplean con el cariño y la inteligencia con el que usted lo hace. Solo que a veces tarda un poco en reaccionar, mi querido Fer Knightley ;D
Muy agradecida por la condescendencia.
Suya también, mi querido Señor. Siempre.

Fernando García Pañeda dijo...

Si advierte inteligencia (sólo la que alcanzo, no demasiada) y cariño en mis comentarios, así como en las fechorías y tropelías que cometo en este su mar azul, quiere decir que me expreso bien, porque no hay otra cosa en todo ello, mi querida Lady Darcy. Pero nunca con tanto donaire e ingenio como sus palabras.
Será un placer aceptar esta suave tregua, y cambiar las dagas florentinas por halagos y mimos... ¿o quizá unas y otras sean lo mismo? ;D
Gracias por su afecto y su presencia...
Suyo, como bien sabe, siempre, mi Señora.

LADY DARCY dijo...

De hecho, sí. Son lo mismo. ¿Acaso no advierte un suave cosquilleo, un soplo de caricia, o un revoloteo de mariposas en la boca del estómago cada vez que desenfundo mi espada??
Gracias por ser un contrincante perfecto, Mi querido Señor.

princesa jazmin dijo...

Un placer leer juntos estos capítulos, que están muy bien así ya que se trata de un sólo hecho(o dos): la cena en Randalls y la declaración del señor Elton.
A pesar de que su cuñado la había puesto en guardia poco tiempo antes sobre las intenciones del joven, la sorpresa y desagrado de Emma son muy sinceras, ella realmente estaba creída que él sólo se interesaba en Harriet. Veremos ahora cómo ella racionalizará sus propios errores.
Vemos aparecer también a Frank Churchill y el lugar que éste ocupa en la mente(y la desbordada imaginación)de nuestra damita.
Ya que hablaban de actores, creo que Alan Cumming en este rol está perfectísimo, como elegido por la propia Jane Austen.Quién mejor que él para interpretar a este pesado moscón?inaguantable!la pobre Emma ya tuvo suficiente castigo pasando semejante velada a su lado...
Gracias por tus amables palabras de siempre, querida amiga, leer en tu saloncito a nuestra Jane es un regalo para mí.
La estoy leyendo por primera vez, de hecho.
Besitos!
Jazmín.

Fernando García Pañeda dijo...

Así que era eso...
Por eso no puedo dejar de batirme con milady una y otra vez. Es algo irresistible, que no puedo ni quiero evitar. Por esa perfección que me confiere su sola presencia, mi Señora.
Las gracias y elegancias son todas suyas.
Siempre.

Luciana dijo...

Qué cara de piedra tiene Mr Elton para creer estar al mismo nivel de Emma. Claro que tampoco estaba al de Harriet, pero se puede decir que el hombre se tenía una gran autoestima jaja.
Besos.