miércoles, 28 de marzo de 2012

EMMA Capítulo II

CAPÍTULO II

EL señor Weston era natural de Highbury, y había nacido en el seno de una familia honorable que en el curso de las dos o tres últimas generaciones había ido acrecentando su nobleza y su fortuna. Había recibido una buena educación, pero al tener ya des­de una edad muy temprana una cierta independencia, se encontró incapaz de desempeñar ninguna de las ocupaciones de la casa a las que se dedicaban sus hermanos; y su espíritu activo e inquieto y su temperamento sociable le había llevado a ingresar en la milicia del condado que entonces se formó.

El capitán Weston era apreciado por todos; y cuando las cir­cunstancias de la vida militar le habían hecho conocer a la señorita Churchill, de una gran familia del Yorkshire, y la señorita Churchill se enamoró de él, nadie se sorprendió, excepto el hermano de ella y su esposa, que nunca le habían visto, que estaban llenos de orgullo y de pretensiones, y que se sentían ofendidos por este enlace.

Sin embargo, la señorita Churchill, como ya era mayor de edad y se hallaba en plena posesión de su fortuna -aunque su fortuna no fuese proporcionada a los bienes de la familia- no se dejó disuadir y la boda tuvo lugar con infinita mortificación por parte del señor y la señora Churchill, quienes se la quitaron de encima con el debido decoro. Éste fue un enlace desafortunado y no fue motivo de mucha felicidad. La señora Weston hubiera debido ser más dichosa, pues tenía un esposo cuyo afecto y dulzura de carácter le hacían considerarse deudor suyo en pago de la gran felicidad de estar enamorada de él; pero aunque era una mujer de carácter no tenía el mejor. Tenía temple suficiente como para hacer su propia voluntad contrariando a su hermano, pero no el suficiente como para dejar de hacer reproches excesivos a la cólera también excesiva de su hermano, ni para no echar de menos los lujos de su antigua casa. Vivieron por encima de sus posibilidades, pero incluso eso no era nada en comparación con Enscombe: ella nunca dejó de amar a su esposo pero quiso ser a la vez la esposa del capitán Weston y la señora Churchill de Enscombe.

El capitán Weston, de quien se había considerado, sobre todo por los Churchill, que había hecho una boda tan ventajosa, resultó que había llevado con mucho la peor parte; pues cuando murió su esposa después de tres años de matrimonio, tenía menos dinero que al principio, y debía mantener a un hijo. Sin embargo, pronto se le libró de la carga de este hijo. El niño, habiendo además otro argumento de conciliación debido a la enfermedad de su madre, había sido el medio de una suerte de reconciliación y el señor y la señora Churchill, que no tenían hijos propios, ni ningún otro niño de parientes tan próximos de que cuidarse, se ofrecieron a hacerse cargo del pequeño Frank poco después de la muerte de su madre. Ya puede suponerse que el viudo sintió ciertos escrúpulos y no cedió de muy buena gana; pero como estaba abrumado por otras preocu­paciones, el niño fue confiado a los cuidados y a la riqueza de los Churchill, y él no tuvo que ocuparse más que de su propio bienes­tar y de mejorar todo lo que pudo su situación.

Se imponía un cambio completo de vida. Abandonó la milicia y se dedicó al comercio, pues tenía hermanos que ya estaban bien establecidos en Londres y que le facilitaron los comienzos. Fue un negocio que no le proporcionó más que cierto desahogo. Conservaba todavía una casita en Highbury en donde pasaba la mayor parte de sus días libres; y entre su provechosa ocupación y los placeres de la sociedad, pasaron alegremente dieciocho o veinte años más de su vida. Para entonces había ya conseguido una situación más desaho­gada que le permitió comprar una pequeña propiedad próxima a Highbury por la que siempre había suspirado, así como casarse con una mujer incluso con tan poca dote como la señorita Taylor, y vivir de acuerdo con los impulsos de su temperamento cordial y sociable.

Hacía ya algún tiempo que la señorita Taylor había empezado a influir en sus planes, pero como no era la tiránica influencia que la juventud ejerce sobre la juventud, no había hecho vacilar su decisión de no asentarse hasta que pudiera comprar Randalls, y la venta de Randalls era algo en lo que pensaba hacía ya mucho tiempo; pero había seguido el camino que se trazó teniendo a la vista estos objetivos hasta que logró sus propósitos. Había reunido una for­tuna, comprado una casa y conseguido una esposa; y estaba empe­zando un nuevo período de su vida que según todas las probabi­lidades sería más feliz que ningún otro de los que había vivido. Él nunca había sido un hombre desdichado; su temperamento le había impedido serlo, incluso en su primer matrimonio; pero el segundo debía demostrarle cuán encantadora, juiciosa y realmente afectuosa puede llegar a ser una mujer, y darle la más grata de las pruebas de que es mucho mejor elegir que ser elegido, despertar gratitud que sentirla.

Sólo podía felicitarse de su elección; de su fortuna podía dis­poner libremente; pues por lo que se refiere a Frank, había sido manifiestamente educado como el heredero de su tío, quien lo había adoptado hasta el punto de que tomó el nombre de Churchill al llegar a la mayoría de edad. Por lo tanto era más que improbable que algún día necesitase la ayuda de su padre. Éste no tenía ningún temor de ello. La tía era una mujer caprichosa y gobernaba por completo a su marido; pero el señor Weston no podía llegar a ima­ginar que ninguno de sus caprichos fuese lo suficientemente fuerte como para afectar a alguien tan querido, y, según él creía, tan me­recidamente querido. Cada año veía a su hijo en Londres y estaba orgulloso de él; y sus apasionados comentarios sobre él presentándole como un apuesto joven habían hecho que Highbury sintiese por él como una especie de orgullo. Se le consideraba perteneciente a aquel lugar hasta el punto de hacer que sus méritos y sus posibilidades fue­sen algo de interés general.

El señor Frank Churchill era uno de los orgullos de Highbury y existía una gran curiosidad por verle, aunque esta admiración era tan poco correspondida que él nunca había estado allí. A menudo se había hablado de hacer una visita a su padre, pero esta visita nunca se había efectuado.

Ahora, al casarse su padre, se habló mucho de que era una ex­celente ocasión para que realizara la visita. Al hablar de este tema no hubo ni una sola voz que disintiera, ni cuando la señora Perry fue a tomar el té con la señora y la señorita Bates, ni cuando la señorita Bates devolvió la visita. Aquella era la oportunidad para que el señor Frank Churchill conociese el lugar; y las esperanzas aumentaron cuando se supo que había escrito a su nueva madre sobre la cuestión. Durante unos cuantos días en todas las visitas matinales que se hacían en Highbury se mencionaba de un modo u otro la hermosa carta que había recibido la señora Weston.

-Supongo que ha oído usted hablar de la preciosa carta que el señor Frank Churchill ha escrito a la señora Weston. Me han dicho que es una carta muy bonita. Me lo ha dicho el señor Woodhouse. El señor Woodhouse ha visto la carta y dice que en toda su vida no ha leído una carta tan hermosa.

La verdad es que era una carta admirable. Por supuesto, la se­ñora Weston se había formado una idea muy favorable del joven; y una deferencia tan agradable era una irrefutable prueba de su gran sensatez, y algo que venía a sumarse gratamente a todas las felicitaciones que había recibido por su boda. Se sintió una mujer muy afortunada; y había vivido lo suficiente para saber lo afortunada que podía considerarse, cuando lo único que lamentaba era una se­paración parcial de sus amigos, cuya amistad con ella nunca se había enfriado, y a quienes tanto costó separarse de ella.

Sabía que a veces se la echaría de menos; y no podía pensar sin dolor en que Emma perdiese un solo placer o sufriese una sola hora de tedio al faltarle su compañía; pero su querida Emma no era una persona débil de carácter; sabía estar a la altura de su situación mejor que la mayoría de las muchachas, y tenía sensatez y energía y ánimos que era de esperar que le hiciesen sobrellevar fe­lizmente sus pequeñas dificultades y contrariedades. Y además era tan consolador el que fuese tan corta la distancia entre Randalb y Hartfield, tan fácil de recorrer, el camino incluso para una mujer sola y en el caso y en las circunstancias de la señora Weston que en la estación que ya se acercaba no pondría obstáculos en que pa­saran la mitad de las tardes de cada semana juntas.

Su situación era a un tiempo motivo de horas de gratitud para la señora Weston y sólo de momentos de pesar; y su satisfacción -más que satisfacción-, su extraordinaria alegría era tan justa y tan visible que Emma, a pesar de que conocía tan bien a su padre, a veces quedaba sorprendida al ver que aún era capaz de compade­cer a «la pobre señorita Taylor», cuando la dejaron en Randalls en medio de las mayores comodidades, o la vieron alejarse al atardecer junto a su atento esposo en un coche propio. Pero nunca se iba sin que el señor Woodhouse dejara escapar un leve suspiro y dijera:

-¡Ah, pobre señorita Taylor! ¡Tanto como le gustaría quedarse!



No había modo de recobrar a la señorita Taylor... Ni tampoco era probable que dejara de compadecerla; pero unas pocas semanas trajeron algún consuelo al señor Woodhouse. Las felicitaciones de sus vecinos habian terminado; ya nadie volvía a hurgar en su herida felicitándole por un acontecimiento tan penoso; y el pastel de boda, que tanta pesadumbre le había causado, ya había sido comido por completo. Su estómago no soportaba nada sustancioso y se resistía a creer que los demás no fuesen como él. Lo que a él le sentaba mal consideraba que debía sentar mal a todo el mundo; y por lo tanto había hecho todo lo posible para disuadirles de que hiciesen pastel de boda, y cuando vio que sus esfuerzos eran en vano hizo todo lo posible para evitar que los demás comieran de él. Se había tomado la molestia de consultar el asunto con el señor Perry, el boticario. El señor Perry era un hombre inteligente y de mucho mundo cuyas frecuentes visitas eran uno de los consuelos de la vida del señor Woodhouse; y al ser consultado no pudo por menos de reconocer (aunque parece ser que más bien a pesar suyo) que lo cierto era que el pastel de boda podía perjudicar a muchos, quizás a la mayoría, a menos que se comiese con moderación. Con esta opinión que confirmaba la suya propia, el señor Woodhouse intentó influir en todos los visitantes de los recién casados; pero a pesar de todo, el pastel se terminó; y sus benevolentes nervios no tuvieron descanso hasta que no quedó ni una migaja.

Por Highbury corrió un extraño rumor acerca de que los hijos del señor Perry habían sido vistos con un pedazo del pastel de boda de la señora Weston en la mano; pero el señor Woodhouse nunca lo hubiese creído.

17 comentarios:

Alma dijo...

Lady Darcy!
Gracias por este nuevo capitulo, aun no he podido descubrir como es que en los tiempos de Jane Austen, se atrevieran a decir que les daba un poco de flojera leer esta historia.
Definitivamente se necesita estar enamorada de las letras y del amor, sino, nada nos parecerá satisfactorio...
bss..

Fernando dijo...

Además del sentido del humor (la penosa carga de Mr. Woodhouse y sus neurosis obsesivas) y la habitual ironía de estas páginas («cuan encantadora, juiciosa y realmente afectuosa puede llegar a ser una mujer»... delicioso), me quedo con una sentencia que comparto: «es mucho mejor elegir que ser elegido, despertar gratitud que sentirla». Para muchas personas es difícil sentir gratitud, pero para muchísimas más lo es despertarla.
Y un gran tipo, Mr. Weston. ¿Cuántos hombres llegarían siquiera a sospechar que pueden sentirse deudores de una mujer «en pago de la gran felicidad de estar enamorada de él»?
Muchas gracias por resguardarnos del frío otoñal en esta calidez, mi Señora.

Fernando dijo...

Ignoro el motivo por qué no aparece la foto con mi perfil en el comentario anterior; será alguna de esas jugadas a las que nos tiene acostumbrados Blogger.
En todo caso, le presento mis más sinceras excusas, Milady.

LADY DARCY dijo...

Buen día, Alma. Muchas cosas suelen desconcertarme pero ninguna más que escuchar decir a la gente que Jane Austen y sus libros es sinónimo de novela rosa y al estilo de Corín Tellado! :P
Emma por ejemplo tiene un sentido del humor que no tienen otras novelas de Austen, y el personaje de Emma sorprendentemente le huye a las relaciones románticas, es lista, bella y rica, pero también mimada y problemática, nada que ver con el estereotipo de mujer de ensueño de novela rosa. Es una pena que hoy en día mucha gente no le dé su oportunidad por pereza, prejuicio o lo que fuera.
Un beso y gracias por venir.

LADY DARCY dijo...

Sentir gratitud por ser amado y despertar ese sentimiento es una dicha que no muchos tienen la suerte en esta vida. Creo que solo la tienen quienes encuentran a su alma gemela.
Y ningún pago sería suficiente (para ninguno de los dos)porque no sólo se es feliz sino que se es mejor persona cuando uno se siente amado. ¿no lo cree así, mi querido Señor?

Esperemos que blogger le dé solución lo antes posible, pues echo mucho de menos la imagen del piratilla con chupón.

con todo mi afecto, Milord.

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
ecos
de
la
tarde
callada
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


COMPARTIENDO ILUSION
LOS HOMBRES DE JANE AUSTEN

CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...




ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE TITANIC SIÉNTEME DE CRIADAS Y SEÑORAS, FLOR DE PASCUA ENEMIGOS PUBLICOS HÁLITO DESAYUNO CON DIAMANTES TIFÓN PULP FICTION, ESTALLIDO MAMMA MIA,JEAN EYRE , TOQUE DE CANELA, STAR WARS,

José
Ramón...

Stars Seeker A.k dijo...

Wuaaaaaaaaaa Emma!!!
Oh mi amiga, cuántas ganas tenía ya de volver a leer esta maravillosa historia que tanto me encanta, pero el tiempo no está de mi lado :/ Qué mejor que leerlo junto a ti :)
Me encanta, creo que ya dije eso jeje, sobre todo como se va tejiendo la trama con todos esos detalles que solo Jane Austen logra cautivar en cada uno de nosotros n_n

Abrazos y besos :)

Citu dijo...

Me gusta mucho Emma y mas como te narran la historias que se entrelanza a su romance te mando un beso y buen fin de semana

princesa jazmin dijo...

Es sumamente graciosa la forma en que Austen describe el carácter del Señor Woodhouse, sutil pero divertido, con sus nervios sobre el pastel de bodas. Imagino que debía ser muy grande y debía llevar ingredientes que duraran varios días...
Ya hemos conocido entonces el carácter del esposo de la señorita Taylor y las circunstancias acerca de su hijo Frank, debían tener bien poco para hacer aquellas buenas personas que se la pasaban especulando sobre alguien a quien no habían visto jamás( me recuerda un poco al heredero del padre de Anne en Persuasión)y que una simple carta se convierta en motivo de admiración y tema de conversación.
Interesante e informativa la manera de pensar del señor Weston, que también nos da una perspectiva de cómo pensaba el hombre del siglo XIX: fortuna, casa y esposa en ese orden :)
Nos vemos pronto!
Jazmín.

Luciana dijo...

Mi querida lady Darcy, hace varios días que intento dejar comentario pero no puedo, espero que este quede.
Mr Woodhouse es un personaje adorable, a pesar de ser hipocondríaco, demandante y un poco egoísta.
Semejante suegro no sería nada fácil, pero Mr Knightley es un santo con todsa las letras.
Besos.

Fernando García-Pañeda dijo...

En efecto, mi Señora.
Se es feliz y mejor persona cuando uno se siente amado, pero sobre todo cuando ama. Cuando ama sin reservas y con todo su ser.

LADY DARCY dijo...

José Ramón, bienvenido y muchas gracias por tan bello poema. Será un enorme placer visitar tu espacio virtual y deleitarme en tus letras.
Saludos cordiales.

LADY DARCY dijo...

Buen día Anny, me alegra que tengamos la oportunidad de releerla juntas e ir comentando. El tiempo nunca está de lado de nadie, pero ahí vamos siempre con todo.
Un beso enorme.

LADY DARCY dijo...

Lu querida amiga,
En ocasiones suelo emparejar a los personajes de novela al estilo de nuestra Emma y pienso en una pareja insoportable: Mr. Woodhouse y la señora Bennet. Entre las quejas de uno y los pobres nervios de la otra, tenerlos a ambos por suegros sería fatal. Una causa imposible hasta para San Judas Tadeo...
Besitos miles.

LADY DARCY dijo...

Querida Jazmín, muchas de esas historias nos llevan a descubrir el cómo y el por qué los personajes son como son y se comportan como tal. Son los hechos del pasado que anteceden a un comportamiento determinado. Jane como gran observadora de su entorno lo sabía, de ahí el encanto de sus romances. Cabe resaltar lo que comentas al respecto del orden para alcanzar la felicidad de un hombre, lo que sería muy similar a como piensan la mayoría de las mujeres hoy en día, siendo un esposo quien se encuentra también en último lugar y peor aún (para ellos)en algunos casos, a veces ni eso...:P

Besos.

LADY DARCY dijo...

Querida Citu,
La manera como Austen describe los hechos con la exactitud y minuciosidad que la caracterizaba hacen de sus novelas una verdadera delicia, es para mí como vivir el romance de sus heroínas.
Gracias por venir.
besos miles.

liilo dijo...

me acabo de unir a Blogger y empeze a seguir tu Blog es tan bonito, es muy genial que estes subiendo una de las novelas de Jane Austen una de mis favoritas y comparto con tigo y las lectoras el gusto por sus fabulosas novelas, no dejes de subir si? de ahora en adelante sere tu fiel seguidora ;)