jueves, 27 de enero de 2011

DEBER Y DESEO. Capítulo X

Una novela de Pamela Aidan

Ese peligroso ingrediente


Cuando Darcy cruzó las puertas del salón, el té ya había sido servido y todos los caballeros estaban comiendo bizcochos y dulces. Un rápido examen a todos los presentes reveló que todos los invitados y parientes de Sayre estaban presentes, excepto uno; incluso había bajado la tímida señorita Avery. El único miembro del grupo que faltaba era lady Sylvanie y su ausencia en ese momento fue para Darcy una verdadera bendición. Los caballeros lo saludaron con entusiasmo, al igual que las damas. Lady Sayre le lanzó una lánguida sonrisa mientras él se acercaba a la mesa del té, pero cuando el caballero estiró la mano para tomar una taza, una elegante mano femenina se le adelantó.


—Lady Felicia —al verla, Darcy hizo una mueca que transformó hábilmente en una sonrisa de cortesía.


—Señor Darcy, por favor, permítame —dijo ella, mientras tomaba una taza y le añadía azúcar y leche—. Hacía siglos que no lo veíamos, señor —sonrió con malicia, mientras le ofrecía la taza de té—. ¿Ha sido por efecto del juego de anoche o de los licores de Sayre?


—Ninguno de los dos, milady —contestó Darcy secamente, molesto por la manera en que la dama parecía sugerir que él pudiera haberse emborrachado. Luego, enarcando la ceja con expresión sarcástica, agregó—: Estuve explorando el castillo. Lady Sylvanie tuvo la amabilidad de ofrecerse como guía, junto a su criada.


La sombra de envidia que Darcy sabía que aparecería en el rostro de la dama se desvaneció rápidamente, mientras ella recuperaba la compostura.


—Ah, ¿lady Sylvanie y su criada? Con seguridad lord Sayre o Trenholme serían mejores guías. ¡Lord Sayre! —gritó lady Felicia por encima del hombro de Darcy.


—¿Sí, milady? —Sayre se acercó a ellos.


—¡El señor Darcy ha estado haciendo un recorrido por el castillo!


—¿Un recorrido? ¿Por el castillo? —Sayre lo miró con incredulidad— Yo no iría muy lejos, Darcy. Este lugar es una verdadera madriguera y uno se puede perder muy fácilmente. A Bev o a mí nos encantaría enseñártelo —de repente, su rostro pareció iluminarse—. De hecho, ¡ésa es una idea excelente! —se volvió hacia el resto de los invitados— ¿Qué tal si hacemos una visita mañana por la tarde antes del té? ¿Qué os parece?


El plan fue aceptado por unanimidad, aunque sin mucho entusiasmo, pero lo suficiente como para ponerlo en marcha.


—¿Puedo preguntarte adonde fuiste? —Sayre se volvió hacia Darcy.


—Creo que a casi todas partes: el salón de baile, la galería... Lady Sylvanie ha resultado ser una guía admirable para haber estado tanto tiempo alejada de su casa —contestó Darcy con tono despreocupado, atento a la reacción de su anfitrión.


—Sí, bueno... su madre, ya sabes... Era irlandesa —comenzó a explicar Sayre torpemente—. Cuando mi padre murió, lo único que quería era regresar con su propia gente. Decía que no soportaba Inglaterra sin mi padre a su lado.


—Ya veo —contestó Darcy con aire pensativo—. Tal vez sea culpa de mi mala memoria —añadió, apropiándose de una de las astutas expresiones de Dy—, pero no puedo recordar ni una sola mención sobre vuestra madrastra o vuestra hermana mientras estábamos en el colegio y en la universidad. ¿A qué crees que se debe?


—Yo también me he estado preguntando lo mismo —intervino Monmouth, que regresaba de tomar un poco de pastel—. La dama es una belleza, Sayre, ¡sin duda, no hay nada de qué avergonzarse! Y siempre digo que la belleza es una cosa valiosa para cualquier hombre, ya sea hermana o esposa. ¡A menos que la hayas estado ocultando intencionadamente! —lo miró con curiosidad— ¿Tienes en el punto de mira a un pez gordo, viejo amigo? ¿Y no quieres que ningún pececillo miserable vaya a morder el anzuelo? —Lady Felicia se rió con nerviosismo al percibir el sarcasmo de las palabras de Monmouth y le lanzó una mirada agitada a Darcy.


—¡Monmouth! —rugió Sayre, con la cara cada vez más roja— ¡Se me había olvidado lo vulgar que puedes llegar a ser! ¡En serio, vizconde!


Monmouth lejos de sentirse ofendido, le sonrio a Darcy.


—Tengo razón, ¿verdad, Darcy? ¡No me sorprendería lo más mínimo que el pez gordo seas tú! Aunque —dijo, dirigiéndose a Sayre— yo podría funcionar en caso de emergencia. Un título nobiliario, ya sabes. Pero el dinero es mejor, y Darcy es una carta más segura que yo —Monmouth les hizo una reverencia a los dos—. Milady, Sayre —luego le guiñó un ojo a Darcy y añadió—: Ten cuidado, Darcy, a menos de que estés decidido a conseguir a la dama. Y si ése no es el caso, envíamela a mí, que soy un buen tipo —y metiéndose otro trozo de pastel en la boca, el vizconde siguió su camino.


Darcy le sonrió a Sayre con cortesía y luego se disculpó para dirigirse a la mesa. Después de servirse un buen surtido de bizcochos, ignoró la mirada invitadora de lady Felicia y prefirió tomar asiento junto a la ya recuperada señorita Avery. Allí, al menos, se encontraría a salvo, porque la tímida niña no le ofreció más conversación que una sonrisa de agradecimiento y un modesto saludo. Por desgracia, el destino no quiso dejarlos solos. Apenas se había comido un bizcocho y le había dado un sorbo a su té, cuando se les acercaron la señorita Farnsworth y el señor Poole.


—Darcy, señorita Avery —Poole hizo una inclinación—. Me alegra mucho verla recuperada, señórita Avery. Debe haber sido una experiencia espantosa... —dejó la frase en el aire, con una chispa de curiosidad en los ojos.


La señorita Avery se encogió y miró aterrada a Darcy, que contestó en su lugar, con una actitud muy seria:


—Sí, en efecto, Poole. Y no es muy amable de tu parte que lo menciones.


—Pero, Darcy —protestó Poole, levantando la voz—, ¡nadie quiere contar lo que ha pasado! Me parece miserable que los amigos de un hombre no cuenten qué ha provocado que una de las damas que estaba con ellos tuviera un repentino ataque de histeria y tres de ellos tuvieran el aspecto de haber visto al mismísimo diablo en persona.


Al oír el arrebato de Poole, Manning se acercó rápidamente a su hermana y, tomándole la mano, se dirigió a Poole:


—Ese no es un tema apropiado para las damas, Poole —dijo, fulminándolo con la mirada.


—¿Cómo puede ser, si todo comenzó con una dama? —interrumpió la señorita Farnsworth; luego levantó la barbilla con grosera testarudez y sus ojos brillaron con curiosidad— La señorita Avery sobrevivió a lo que vio; ¿por qué nosotras no podríamos sobrevivir al relato del suceso?


—Señorita Farnsworth, no creo que...


—Eso puede ser cierto, barón —lo interrumpió airadamente—, pero yo no soy la única de las damas que desea oír una explicación de lo que sucedió en las piedras. Vamos, todas somos mujeres sensatas —añadió con tono persuasivo—, y hemos escuchado múltiples historias de fantasmas desde niñas. No nos asustamos tan fácilmente —la señorita Farnsworth miró al resto de los presentes en el salón y detuvo su mirada en el hijo más joven de la casa—. ¡Señor Trenholme! —Trenholme la miró con cautela— Usted comenzó la excursión con la historia de los Caballeros Susurrantes. ¿Sería usted tan amable de terminar su relato con la verdad sobre lo ocurrido en la Piedra del Rey?


Trenholme se aclaró la garganta.


—Preferiría no hacerlo, señorita Farnsworth. Una cosa es una leyenda, pero lo que había allí era algo de naturaleza muy diferente.


Temblando al oír las palabras de Trenholme, lady Felicia agarró del brazo a su prima.


—¡Mi querida Judith, yo estoy cada vez más intrigada! El señor Trenholme se niega a complacernos. Eso sólo deja a Manning y a Darcy para satisfacer nuestra curiosidad —se giraron juntas hacia los dos hombres—. ¿Cómo podremos persuadirlos?


En ese momento lady Chelmsford y lady Beatrice sumaron sus súplicas a las de las más jóvenes, pero Darcy notó que lady Sayre no parecía tener el mismo interés. En lugar de eso, ella, Trenholme y Sayre intercambiaron miradas furtivas.


—¡No! —la palabra resonó en el salón y, de inmediato, la insistencia hacia los dos hombres cesó. Todos los asistentes se giraron asombrados a mirar a quien había gritado y esperaron— Y-yo les c-conta-ré lo que s-sucedió. —la señorita Avery estaba pálida, pero una tenacidad similar a la de su hermano parecía animarla a los ojos de todos.


 —Bella, no es buena idea —dijo Manning.

—Y-yo m-me alejé del lado de mi hermano un po-poco m-molesta —comenzó a decir la señorita Avery, mientras ponía su mano sobre el brazo de Manning, buscando apoyo— y c-corrí hacia la p-piedra grande, para que nadie p-pudiera ver mi mortificación. Quise... ro-rodear la p-piedra, pero tropecé unos me-metros más adelante. Cuando recuperé el equilibrio, d-di media vuelta y lo vi —la señorita Avery se detuvo y cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo y tembloroso—. En el suelo... al p-pie de la p-piedra, había un bulto de m-mantas ensangrentadas que p-parecían un n-niño... ¡un bebé! —levantó la vista para observar a sus oyentes— Había sido sacrificado, al igual q-que sucede en la B-biblia, como hacían esos horribles f-filisteos. ¡Oh, George! —en ese momento se dio la vuelta y se abrazó a su hermano, temblando violentamente.


Cuando los asistentes finalmente entendieron la última alusión de la señorita Avery, se oyeron varios gritos de horror que provenían de las damas. Darcy se inclinó hacia delante, atento a las distintas reacciones que el relato de la jovencita había provocado, pues incluso la segura señorita Farnsworth se había puesto pálida y, soltándose de su prima, tuvo que apoyarse en Poole, que parecía, a su vez, bastante conmovido.


—¡Por Dios! —dijo Poole, con voz ahogada— ¡No estará hablando usted de un sacrificio humano!


Al oír que Poole preguntaba lo que todo el mundo estaba pensando, por el salón se extendió un griterío. Monmouth dejó de reírse y adoptó una expresión solemne y consternada. Poole ayudó a la señorita Farnsworth a sentarse y volvió a insistir—: Trenholme —preguntó, alzando la voz—: ¿Qué significa esto? ¡Tú sabías el peligro que corríamos y no dijiste nada!


—¡Un momento, Poole! —siseó Trenholme— ¡Tú siempre fuiste un maldito cobarde! ¿De qué habría servido decírtelo? ¿Acaso crees que alguien va a entrar furtivamente en el castillo y te va a asesinar en la cama, hombre? —cuando Poole trató de responder, Trenholme lo detuvo—. Además, como Darcy puede atestiguar, no era un niño. Era un cochinillo. Sólo que parecía un niño.


—¿Un cochinillo? —Monmouth entró en la discusión— ¿Un cochinillo envuelto en pañales, Trenholme? Un truco bastante desagradable.


La cara de Trenholme se ensombreció.


—¿Un truco? ¡Cómo te atreves!


—¡Bev! —le gritó lord Sayre a su hermano, poniéndole una mano sobre el hombro, seguramente para contenerlo.


—¡Maldición, Sayre, a mí no me van a echar la culpa de esto! —Trenholme se zafó y se dirigió hacia el fuego.


—He comenzado a hacer algunas averiguaciones en las aldeas alrededor de Chipping Norton —dijo Sayre, mirando primero a Poole y a Monmouth, antes de dar media vuelta para dirigirse a todo el grupo—. Pero desgraciadamente, el tiempo ha dificultado esos esfuerzos y sospecho que no sabremos nada hasta dentro de unos días. Los detalles de ese horrible descubrimiento eran tan espantosos que preferí que no se mencionara nada al respecto. Beverly solo estaba obedeciendo mis órdenes. El hecho de que no hayáis sido informados de los pormenores es responsabilidad mía enteramente.


Apaciguado por la disculpa de Sayre, Monmouth inclinó la cabeza y se llevó el té a los labios, pero Poole no se quedó tan tranquilo.


—Milord, independientemente de sus averiguaciones, ¿qué significa esto? ¡Debe tener algún objeto.


—¿Cómo podría saberlo, Poole? —respondió Sayre con un tono de irritación— No tengo ni idea sobre antiguos rituales, así que mi opinión no sería más que una especulación. Lo más probable es que sea obra de alguna pobre criatura desesperada, motivada por una razón que sólo puede surgir de una mente enferma. Pero te puedo asegurar que estás seguro en el castillo de Norwycke.


Por el bien de la velada la mayoría de los asistentes aceptaron gustosamente las palabras tranquilizadoras de Sayre, aunque no fueran muy convincentes, y el grupo se dividió nuevamente en pequeños corrillos. Sin embargo, Trenholme se quedó junto al fuego, con la taza de té en la mano y una expresión sombría.


¡Ellos lo saben! Darcy estaba seguro de eso. Sayre, Trenholme e incluso lady Sayre. Ellos saben quién lo hizo y probablemente también saben por qué. La historia sobre las supuestas averiguaciones era un cuento, inventado para contrarrestar precisamente todas las objeciones que podían hacerles, mientras protegían sus intereses. ¿Y cuáles eran exactamente esos intereses? Mientras bebía su té y degustaba el pastel, Darcy revisó todos los retazos de información que tenía para llegar a una única conclusión, que siempre era la misma: ¡dinero! Pero, a pesar de todo, aquella respuesta no le sirvió para encajar todas las piezas de manera que pudiera componer una imagen coherente.


La señorita Avery se volvió a sentar junto a Darcy, para evitar deliberadamente la falsa simpatía de las damas y disfrutar de un rincón tranquilo mientras bebía otra taza de té. Manning se quedó a su lado como un perro guardián, que desafiaba a cualquiera que se atreviera a presionar más a su hermana con el tema.


—Otra vez estoy en deuda contigo, Darcy —dijo en voz baja y los ojos de los dos hombres se cruzaron en silenciosa comprensión por encima de la cabeza de la señorita Avery—. Como ya has hecho el recorrido del castillo —siguió diciendo Manning con tono despreocupado—, tal vez prefieras jugar otra partida de billar. Permíteme la oportunidad de saldar la cuenta, por decirlo de alguna manera —la forma en que Manning lo había planteado, junto al gesto de sus cejas, le indicó claramente a Darcy que su compañero deseaba tener una conversación privada.


—Encantado, Manning —respondió Darcy ante el curioso ofrecimiento.


—Entonces, ¿nos vemos mañana tan pronto como mi hermana se una al recorrido que ha organizado Sayre?


Darcy asintió con la cabeza.


—Nos encontraremos en la sala de billar.


—¡Excelente! —contestó Manning con tono sereno. Luego le dijo algo en voz baja a la señorita Avery, la ayudó a levantarse y, después de disculparse con Sayre, la acompañó fuera del salón.

* * * * * *


—Perdóneme, señor, pero debe quedarse quieto y no mover la cabeza —Fletcher levantó la barbilla de Darcy un poco más y tomó de nuevo las puntas de la corbata de lazo para comenzar a hacer los intricados pliegues de su obra maestra. El caballero entornó los ojos con frustración, pero no se atrevió a replicar por temor a que, al hacerlo, se viera obligado a comenzar otra vez el tortuoso proceso con una nueva corbata. Se recordó con amargura que se lo había prometido a Fletcher y, según su ayuda de cámara, esa noche era el momento adecuado para aparecer con el roquet.


Le lanzó una rápida mirada al hombre, antes de clavar otra vez los ojos en el techo. Aunque las manos de Fletcher se movían con destreza al anudar su exitosa creación de lino blanco, Darcy pudo ver que la mente del ayuda de cámara estaba absorta en lo que le había relatado sobre la entrevista que había sostenido con Manning alrededor de la mesa de billar.


*********

Cuando Darcy informó que no acompañaría al grupo durante el recorrido por el castillo, a lord Sayre no le había gustado la idea. Había fruncido el entrecejo con irritación, mientras él exponía sus razones y ofrecía sus disculpas, pero su expresión se había relajado considerablemente cuando Darcy mencionó que jugaría al billar con Manning.


—Bueno, si vas a entretener a Manning, está bien —había aceptado Sayre con una sonrisa forzada—. Regresaremos de nuestra pequeña excursión justo a tiempo para que las damas se cambien de ropa para tomar el té. Luego tendremos una corta ronda de juegos de cartas con ellas, un poco de música, la cena y más tarde nos marcharemos a la biblioteca —golpeándose la nariz con un dedo, Sayre le advirtió con una sonrisa—: Espero que no apuestes mucho dinero al billar con Manning, Darcy, porque creo que debes tener la oportunidad de hacer una buena demostración esta noche.


Antes de salir para la sala de billar, Darcy había esperado hasta estar totalmente seguro de que Manning ya debía estar allí. Cuando llegó, oyó el fuerte golpeteo de las bolas, que se estrellaban unas contra otras.


—Manning —lo saludó Darcy, mientras se desabrochaba la chaqueta y se la quitaba.


—Darcy —Manning se enderezó y puso a un lado su taco. El barón avanzó hacia él y luego, para sorpresa de Darcy, pasó de largo y siguió hasta la puerta, que cerró, después de revisar cuidadosamente los dos lados del corredor—. Tengo una doble deuda contigo, Darcy —comenzó a decir Manning, cuando se giró hacia él—, y detesto deber favores. ¡Quiero quedar en paz, aquí y ahora! —Manning esperó un momento a que Darcy contestara, pero luego prosiguió—: Darcy, aquí hay algo que no va bien, y no ha ido bien desde que llegaron esas mujeres.


—¿Esas mujeres? —repitió Darcy.


—¡Sylvanie y esa criada que trajo con ella! Todo el asunto es demasiado extraño —dijo Manning con tono irritado—. Sin embargo, Sayre no quiere oír ninguna objeción y tampoco hace nada para aclarar el asunto, excepto seguir jugando como un loco. Pronto no le quedará ni el traje.


—Es muy desafortunado, no cabe duda —contestó Darcy—, pero ¿qué tiene que ver la imprudencia de Sayre con...?


—¿Contigo, Darcy? —Manning sacudió la cabeza— Monmouth dio en el clavo. ¡Tú eres el «pez gordo» que, de acuerdo con los planes de Sayre, tiene que morder el anzuelo para que se le resuelvan todos sus problemas! —Manning se inclinó sobre la mesa y clavó la mirada en Darcy— Debes saber que cuando saques de aquí a lady Sylvanie para llevarla a tu casa, en Irlanda será vendida una propiedad hasta ahora desconocida, que pertenecía a la difunta viuda del antiguo lord Sayre, y el setenta y cinco por ciento del producto de la venta vendrá a caer en las irresponsables manos de Sayre. Eso es lo que tiene que ver contigo.


—Y si yo estoy satisfecho con la dama, ¿qué me importa que Sayre tenga una ganancia inesperada? —respondió Darcy, tomando prestada otra de las habituales actitudes de Dy y fingiendo desinterés— Yo no necesito ninguna propiedad en Irlanda.


Manning lo miró con una expresión de censura más profunda.


—Pero Sayre sí la necesita, o mejor, el dinero que puede reportarle, y con desesperación. Con tanta desesperación que no quiere analizar las circunstancias que rodean el asunto, que son más que peculiares —Manning volvió a donde había dejado su taco y comenzó a deslizarlo hacia delante y hacia atrás entre sus dedos—. Ayer le preguntaste a Sayre por su madrastra y él te dijo que ella se había marchado de Inglaterra en medio del duelo por la muerte de su padre, ¿no es así? ¡Eso es mentira!


—Sigue —Darcy asintió con la cabeza, y tomó el otro taco.


—Sayre y Trenholme odiaban a la mujer y a su hija. Tan pronto como Sayre obtuvo el título y el control de las propiedades de su padre, las expulsó y las envió a Irlanda con una renta que sólo alcanzaba para alimentar a un ratón —Manning apoyó el extremo de su taco contra el suelo—. Sin embargo, once años después, esa misma mujer, al morir, le dejó al hombre que la desposeyó de todos sus bienes, una importante propiedad, con la condición de que su hermanastra fuese traída de vuelta a Inglaterra y se le arreglara un matrimonio ventajoso.


—Una dama admirablemente astuta. —Darcy se encogió de hombros mientras examinaba la disposición de las bolas sobre la mesa—. Jugó bien sus cartas y le aseguró a su hija la oportunidad de tener un buen futuro.


—Yo diría que las jugó demasiado bien —replicó Manning—. ¡Piénsalo durante un momento, Darcy! Diez años después de deshacerse de su madrastra y de su hermana, Sayre casi ha logrado acabar con su fortuna y necesita dinero con desesperación. Entretanto, la hija rechazada alcanza la edad casadera. Luego se presenta en la Cancillería un caso sobre el que nadie había oído y que le adjudica a la viuda una extensión de tierra, y la mujer muere poco tiempo después —Manning entrecerró los ojos—. Todo parece demasiado conveniente.


—No para la viuda —señaló Darcy, golpeando una bola con la punta del taco y metiéndola en un agujero.


—Tal vez también para ella —Manning miró a Darcy—. Darcy, ¡Sayre no tiene ninguna prueba de que su madrastra esté realmente muerta, ni de que la propiedad exista!


—¿Qué? ¡Es una broma! Entonces, ¿en qué se basó Sayre para traer a lady Sylvanie de Irlanda?

 —En una copia del testamento de la viuda y en el testimonio de su apoderado, un primo lejano, creo.


—¿Y Sayre no ha enviado a nadie a Irlanda para asegurarse del asunto?


—Ah, envió a alguien para que le entregara la invitación a lady Sylvanie y la enviara a Norwycke —contestó Manning con una sonrisa amarga—, pero durante los primeros dos meses de estancia en Irlanda, el mensajero no hizo más que escribir mencionando retrasos y dificultades con el primo y los tribunales irlandeses. Parece que las tierras de la familia de la viuda están en un lugar bastante remoto, lo que hace que los viajes sean difíciles y la correspondencia sea casi imposible. Luego se suspendió toda comunicación. Sayre lleva semanas sin saber del mensajero, y tampoco ha mandado a nadie a averiguar qué pasó con él.


—Manning ¿estás diciendo que lady Sylvanie ha elaborado un taimado engaño contra Sayre y que él se niega a verlo, o a hacer algo más para descubrir la verdad? —preguntó Darcy con escepticismo— ¡Es increíble!



—¿Lo es, Darcy? —Manning se enfrentó al escepticismo de Darcy con una seguridad de acero— Es lo que Trenholme sospecha, aunque él también prefiere creer que al final todo saldrá bien y que esa supuesta propiedad evitará que su hermano los arruine a los dos.


Darcy tomó aire antes de contestar, pero decidió contenerlo, mientras analizaba la actitud del barón para asegurarse de que no lo estaba engañando. Manning se dio cuenta exactamente de lo que Darcy estaba haciendo y le devolvió la mirada con altivez.


—Veo que todavía no te he convencido —Manning suspiró, puso el taco sobre la mesa, se llevó las manos a la espalda y se alejó de Darcy, mientras avanzaba hacia uno de los escasos cuadros que todavía adornaban las paredes de la sala de billar. Era una pintura de estilo clásico, que representaba a una perrita que miraba serenamente al espectador, mientras su carnada jugaba a su alrededor—. Darcy, lo que te voy a contar ahora sólo lo hago por la enorme deuda que tengo contigo a causa de tu amabilidad con mi hermana pequeña. Pero al revelártelo estoy exponiendo a mi otra hermana al ridículo, y antes debo tener tu palabra de caballero de que nada de lo que voy a contarte llegará a sus oídos.


—La tienes —respondió Darcy y le tendió la mano.


Manning se la estrechó brevemente pero con firmeza, antes de desviar la mirada y establecer otra vez entre ellos cierta distancia. Luego tomo arre y comenzó:


—Tú sabes, por supuesto, que Sayre y mi hermana ya llevan casados seis años, y como es bastante obvio ella no le ha dado herederos —Manning apretó la mandíbula con gesto severo—. Y tampoco ha tenido el frío consuelo que produce la tragedia de una pérdida. En resumen, nada ha resultado de esta unión y, aunque no lo parece, mi hermana se siente cada vez más desesperada... lo suficientemente desesperada como para recurrir a otros medios.


—¿A qué te refieres, Manning? -pregunto Darcy—. ¡Habla claro, hombre!


—¡Utilizaré palabras sencillas, entonces! —Manning no trató de ocultar la rabia que le producía el hecho de tener que hacer aquella confesión— Mi hermana cree que Sylvanie o esa bruja que trajo con ella pueden obrar algún tipo de milagro que le permita concebir un hijo. No sé de qué manera la convenció o qué promesas intercambiaron, pero Leticia se ha puesto enteramente en manos de Sylvanie. Creo que Sayre también cree algo en ello. Por el bien de Letty, por el dinero que él espera obtener de la venta de la propiedad en Irlanda y por la posibilidad adicional de tener un heredero, Sayre no va a hacer nada que contraríe a su hermana ni va a curiosear demasiado en sus asuntos, hasta que pueda deshacerse de ella a través de una boda —Manning se volvió a buscar los ojos de Darcy y vio cómo éste había bajado la guardia al oír semejante historia tan increíble—. Creas lo que te he dicho o lo rechaces, ¡considero totalmente saldada mi deuda contigo, Darcy! —y diciendo esto, Manning hizo una rápida inclinación y salió de la habitación.




* * * * * *


—Ya casi termino, señor —Darcy pudo sentir cómo aquel armazón le apretaba el cuello de la camisa alrededor de la garganta, mientras Fletcher hacía el nudo final. Tragó saliva varias veces para evitar que el creador del nudo lo apretara tanto que no le permitiera respirar ni conversar y sinceramente deseó poder ver la cara de su ayuda de cámara.


—Listo, señor Darcy. Puede usted mirar hacia abajo... lentamente, lentamente, ahí. ¡Perfecto! —esta vez, cuando entornó los ojos, Darcy se aseguró de que Fletcher lo viera. El ayuda de cámara se permitió una sonrisa fugaz, antes de dar la vuelta para tomar la levita de su patrón.


—¿Y bien, Fletcher? —preguntó Darcy, tirando de las esquinas de la levita y comenzando a abrochársela. Fletcher lo había vestido totalmente de negro, como había hecho para la triunfante velada en Melbourne House, y mientras Darcy se miraba en el espejo, le pareció que todo el efecto era tan impactante como podía desear para una noche como la que le esperaba.


—Imponente, señor, y elegante. Justo lo que necesita esta noche, si me permite decirlo, señor.


Darcy resopló y negó con la cabeza.


—Probablemente tiene usted razón, Fletcher, pero yo estaba más interesado en la opinión que le merece la historia de Manning. Yo creo que él estaba diciendo la verdad, al menos hasta donde la conoce.


—Yo estoy de acuerdo, señor. Nadie divulga a la ligera detalles tan íntimos sobre su familia, y lord Manning es particularmente reservado acerca de sus asuntos. Su ayuda de cámara habla bastante sobre las conquistas femeninas de su patrón, pero sobre todo lo demás guarda estricto silencio.


Darcy avanzó hacia la cómoda en busca del joyero. El alfiler de esmeralda que hacía juego con el chaleco le quedaría muy bien.


—¿Sabe usted, entonces, lo que eso significa?


—Mucho, señor. Al menos establece que lady Sylvanie, o más probablemente su criada, fue la persona que entró en su habitación en busca de algo con que fabricar un hechizo. Y tal como sospeché, era un hechizo de amor, señor. Teniendo en cuenta los avances de ayer de lady Sylvanie y... —Fletcher carraspeó, al tiempo que su patrón fruncía el ceño— su reacción, señor, no tengo duda de que ella realmente cree en el poder de su magia.


—Sí... eso parece evidente —afirmó Darcy, sacando el joyero del cajón y poniéndolo sobre la cómoda—. Pero explica de manera más precisa el comportamiento tan peculiar de Sayre y Trenholme y la forma en que están tratando ahora a lady Sylvanie. Sayre hará lo que sea para verla casada, de acuerdo con los términos del testamento. Entretanto, Trenholme se impacienta por la manera en que Sayre trata de contener su animadversión por el hecho de estar en deuda con una mujer a la que siempre había despreciado.


—Y temido, señor —agregó Fletcher—. El señor Trenholme le tiene miedo a la dama, o a la criada, o a ambas, como también teme que lord Sayre se juegue todo el patrimonio que les queda. Es un miedo perverso, señor Darcy, que parece extenderse por todo el castillo.


El caballero abrió el joyero. El alfiler de esmeralda brillaba a la luz de las velas, encima de los hilos cuidadosamente entrelazados del marcapáginas de Elizabeth. Darcy agarró el alfiler y, mirándose en el espejito que había a un lado, lo puso con cuidado sobre los pliegues del roquet.


—Usted no ha mencionado el aspecto más repugnante de este enojoso asunto —dijo, mirando por encima del hombro.


—¿Las piedras, señor ? —fue más una afirmación que una pregunta.


—Sí —afirmó Darcy en voz baja, al tiempo que se dirigía hacia su ayuda de cámara—, las piedras.


Mordiéndose el labio inferior, Fletcher sacudió lentamente la cabeza.


—¡Una cosa tan maligna y perversa, señor! ¿Acaso podría una mujer... pretendiendo que era un bebé...? —Fletcher levantó la vista para mirar a su patrón, con el rostro tenso por las implicaciones que tenía lo que estaba pensando— Apenas puedo creerlo, señor Darcy.


—Igual que yo —Darcy suspiró—. Sin embargo, toda la información que tenemos apunta en esa dirección. Lady Sylvanie o su dama de compañía.


—O ambas —apostilló Fletcher—. También podría ser que alguien más... enviado por una de ellas... haya hecho el sacrificio en las piedras ¿no?


Darcy frunció el ceño.


—Es poco probable. El sacrificio era una demostración de poder o una manera de adquirirlo. La persona que esperaba obtener algo con él fue quien lo realizó —se volvió otra vez hacia el joyero, con la vista fija en su contenido—. ¿Recuerda la primera noche que pasamos aquí, Fletcher, que vimos una figura en el jardín? ¿Podría haber sido lady Sylvanie?


Fletcher respondió lentamente.


—S-sí, señor Darcy, puede haber sido una mujer.


—Yo creo que tiene usted razón, y también creo que las cosas no pueden seguir así mucho tiempo —Darcy estiró la mano y acarició suavemente el marcador de páginas; luego tomó una decisión y sacó los hilos de seda del lugar donde reposaban.


Fletcher enarcó las cejas con sorpresa.


—¿Un amuleto de la buena suerte, señor Darcy? —preguntó con incredulidad.


—Yo tampoco creo en embrujos, Fletcher —respondió Darcy—, pero en medio de este caos en que hemos caído, siento que necesito tener un punto de referencia, un lugar tranquilo donde reine la bondad y la razón —sostuvo los hilos en la palma de la mano—. Estos delicados hilos me recuerdan que sí existe un lugar así en el mundo.


—Y en realidad existe, señor —dijo Fletcher, asintiendo con gesto solemne.


—Esté atento a mi llamada, Fletcher. Nada de excursiones raras —se dirigió a la puerta—. Y voy a necesitar su ayuda en la biblioteca esta noche.


—¿En la biblioteca, señor Darcy? ¿Cómo el ayuda de cámara de lord... ? —el rostro de Fletcher se iluminó con sorpresa y felicidad— ¡Muy bien, señor!


La cena fue un asunto ligero, una absurda nave de frivolidad que flotó liviana sobre la ola dejada por la inquietante marea de repugnancia que se levantó a partir del descubrimiento del día anterior. Cuando miró alrededor de la gigantesca mesa, Darcy volvió a sentirse impresionado por la superficialidad de sus acompañantes. Tras recuperarse del impacto producido por lo que habían encontrado en las piedras olvidaron el asunto con la misma facilidad con que se olvida un chisme que se escucha en un corrillo. Darcy podía comprender esa actitud en Sayre y Trenholme. Ninguno de los dos quería que los demás pensaran más en el incidente y se dedicaron a distraer a sus invitados, trabajando en rara camaradería. Manning permaneció en una actitud un poco taciturna, pero a pesar de todas sus sombrías advertencias no se abstuvo de intercambiar comentarios sarcásticos con los otros invitados sentados a la mesa. Era evidente que también había decidido renovar su coqueteo con lady Felicia, porque se le vio varias veces susurrándole al oído y recibiendo pequeños estímulos para continuar haciéndolo. Incluso la tímida señorita Avery sonreía, casi flirteando con Poole, que también gozaba de la atención de la señorita Farnsworth al otro lado. La única que mostraba una actitud reservada era lady Sylvanie.


Darcy la observó con disimulo durante el transcurso de la cena. Al oír cualquier historia o comentario ingenioso, cada vez que levantaba la copa, su mirada se dirigía fugazmente en dirección a la dama para descubrir siempre la misma mirada de majestuosa serenidad, tocada de vez en cuando por una débil y fría sonrisa. A pesar de todo lo que sabía, Darcy comenzó a dudar. Más tarde la miró abiertamente, mientras ella los deleitaba una vez más con su arpa. El dulce murmullo de la música de lady Sylvanie hizo que Darcy comenzara a cuestionar su propia memoria. ¿Era aquélla la misma mujer que lo había desafiado de manera tan abierta en la galería y que luego se le había insinuado? ¿Realmente podía creer que esos dedos finos y flexibles que arrancaban de las cuerdas del arpa una música tan encantadora también eran capaces de realizar actos oscuros y violentos en una colina en medio de la noche? Las imágenes eran irreconciliables, pero ¿en qué otra dirección podía apuntar la información que Darcy poseía?


—Bueno, ¿y no podríamos tener un poco de baile, milord? —preguntó Monmouth cuando lady Sylvanie dejó a un lado el arpa— Con seguridad hay alguien entre nosotros que pueda tocar una danza con la suficiente destreza como para bailar —Darcy no habría necesitado reprimir su gruñido de disgusto ante la propuesta de Monmouth, porque de todas maneras no se habría notado en medio de las exclamaciones de aprobación de las damas. Enseguida le pidieron a lady Chelmsford que se hiciera cargo de interpretar la música apropiada. Después de asegurarse de que la dama estaba de acuerdo, lord Sayre llamó a los criados para que despejaran el centro del salón y enrollaran las alfombras.


Darcy se levantó de la silla y se alejó de la entusiasta agitación de las damas, que se reían como niñitas mientras se alisaban las faldas y se ajustaban mutuamente las plumas de los tocados. Al encontrar a Monmouth y Trenholme al lado de la chimenea, no trató de ocultar el disgusto que le había producido la sugerencia de su antiguo compañero.


—Se me olvidó que no te gusta bailar —dijo Monmouth entre risas—, pero mira la alegría que ha causado entre las damas, amigo mío —hizo una pausa y todos miraron hacia el otro extremo del salón—. ¡Cuánta animación! ¡Cuánto entusiasmo! Como una bandada de aves exóticas, todas temblando ante la expectativa de probar sus alas con nosotros.


—Aves hembras, listas para provocar y después negar —dijo Trenholme sonriendo—. Encantado de complacerlas.


—Debemos complacerlas y aun así seguir siendo caballeros —dijo Monmouth, con sus ojos brillantes ante semejante expectativa a medida que inspeccionaba el salón—. Lo que significa, Darcy, que es necesario que apoyes el honor de tu sexo y bailes y coquetees con valor, ¡o dirán que somos unos tontos!


—Estoy seguro de que hay cosas peores —replicó Darcy, pero Monmouth se limitó a reírse.


—Si no pretendes fascinar a las damas, ¿entonces qué es lo que buscas exhibiendo ese nudo de corbata tan llamativo? —comentó Monmouth y se marchó al otro lado del salón. Trenholme lo siguió perezosamente.


¡Bailar! Darcy suspiró, olvidando por el momento el comentario de Monmouth acerca del nudo de Fletcher. Bueno, ante la ausencia de cualquier conversación inteligente, teniendo en cuenta que se trataba de un grupo que no se distinguía en modo alguno por su talento, tal vez el baile fuese, después de todo, un giro afortunado. Y aunque la ausencia de conversación interesante no se consideraba una falta en la pista de baile, la negativa a involucrase en coqueteos sí era considerada una falta grave. Darcy sabía que las damas esperaban recibir piropos y comentarios ligeramente insinuantes mientras se encontraban y se separaban de los caballeros en el transcurso de la danza. La simple idea de tener que prestarse a eso con las damas presentes lo agotaba. Dejó escapar otro suspiro, examinando el salón con fastidio. A decir verdad, la única pareja que llamaba su atención era la misma persona que, de acuerdo con sus sospechas, podía ser el cerebro de un inmenso y cruel fraude. De pronto se le ocurrió una idea. ¿No sería más fácil derribar las defensas de la dama por medio de atenciones que mediante una distancia sospechosa? Si daba la impresión de que Darcy había caído en la trampa de Sayre, ¿no sería más fácil averiguar algo más, algo que le ayudara a desenmarañar aquel perverso enredo de dolor, temor y avaricia?


El caballero volvió a mirar a las damas, que estaban comenzando a emparejarse con los caballeros. No fue difícil localizar a lady Sylvanie en la periferia del animado círculo, alejada de la excitación. Su dama de compañía había aparecido mientras Darcy estaba distraído y ahora estaba ayudando a su señora a arreglarse. La vieja jorobada levantó los brazos con dificultad y soltó un brillante mechón de cabello de las trenzas azabache de su señora, que cayó seductoramente sobre uno de los hombros blancos como la nieve, se enroscó sobre el pecho y acarició la cintura. Era obscenamente hermoso y, si no hubiese sido por la frialdad de los ojos grises con que lady Sylvanie miraba el salón, Darcy supo que Poole, Monmouth e incluso Manning comenzarían a cortejarla enseguida. Ellos no habrían podido contenerse si ella les hubiese lanzado la mirada que le estaba dirigiendo ahora a él. Lady Sylvanie lo atrapó íntimamente con aquellos ojos y él asintió para mostrar que aceptaba su invitación. El contacto se rompió sólo por un momento, cuando la criada la distrajo para pasarle algo que tenía en el bolsillo y que Sylvanie se metió con delicadeza entre la hendidura del escote.


¡Cuidado!, se advirtió Darcy, mientras Doyle le daba los retoques finales a su señora. Darcy se llevó la mano derecha al bolsillo de la chaqueta y sus dedos localizaron enseguida lo que él había depositado allí con anterioridad, en espera de un momento de necesidad como ése. Respiró profundamente y la vio en su mente. De forma curiosa, la serenidad que lo envolvió no fue la de la Elizabeth del baile en Netherfield, sino aquella cuyo hombro había rozado su brazo mientras compartían el libro de plegarias, y cuyos rizos él había hecho bailar con el aliento mientras cantaban juntos esa mañana de domingo que ahora parecía tan lejana. Bondad y razón. Darcy avanzó, libre ya de la fascinación o, se juró, de la ilusión que provocaban esa belleza de ébano, esos suaves hombros blancos y esos ojos grises de hada.


—¿Me permite tener el honor de acompañarla? —Darcy hizo una inclinación y fue recompensado con una extraña sonrisa, mientras lady Sylvanie le tendía la mano.


La tomó con suavidad y la llevó hacia el centro del salón, donde se unieron a los demás, que ya se habían colocado en fila y esperaban los primeros acordes de una danza popular. La danza era bastante alegre, lo cual redujo las oportunidades de comunicación con su pareja a las miradas deliberadas y el roce fugaz de los dedos, pero Darcy concluyó que, al final del baile, la dama parecía estar más segura de él de lo que había estado al comienzo. En todo caso, fue suficiente para disponerla a aceptar nuevamente su mano para el siguiente baile, que fue más tranquilo y majestuoso y, por tanto, resultó más apropiado para sus objetivos. Después de acompañarla a sentarse como correspondía, Darcy fue en busca de refrescos para los dos y se encontró con un Sayre radiante de felicidad cerca de la mesa.


—Darcy, mi buen amigo, ¡qué maravillosa pareja hacéis Sylvanie y tú! —Sayre le dio un codazo suave— Y yo nunca antes la había visto tan bonita, así que debe ser obra tuya —Darcy susurró alguna cortesía, pero Sayre no estaba dispuesto a aceptarla—. ¡No señor! Vosotros os complementáis perfectamente en todos los aspectos. Eso se ve con facilidad.


—Tan suave contigo como la nata —dijo Trenholme que llegó desde atrás y señaló en dirección de lady Sylvanie.


Darcy fingió estar estudiando la selección de bebidas.


—¿Nata, Trenholme? Ésa no fue precisamente tu descripción de la otra noche.


Trenholme se quedó helado por un momento, pero luego se relajó, esbozando una sonrisa de arrepentimiento.


—¡Estaba borracho, Darcy! Tú me viste. Estaba como una cuba. No sé lo que digo cuando bebo. Pregúntale a Sayre —le lanzó una curiosa mirada a su hermano.


Sayre se rió con incomodidad.


—Tú conoces a Bev, Darcy. ¡No le llaman el Señor Ginebra por nada! —luego volvió sobre el tema anterior— Pero Sylvanie es una mujer muy hermosa, ¿verdad? Ingeniosa, inteligente... tiene porte de reina.


—Es hermosa, sí —convino Darcy, consciente de lo que venía a continuación. La sonrisa de Sayre se hizo más amplia.


—También es muy tranquila —siguió diciendo—. No atormenta a los hombres exigiéndoles chucherías o distracciones, te lo prometo. Vive bastante contenta sola, en su casa. Y en su propia casa —sugirió astutamente— seguramente mantendrá todo en orden y a su esposo satisfecho... en todos los sentidos —concluyó con una expresión de lujuria.


Darcy sintió un estremecimiento y le costó trabajo contener el impulso de arrojarle a Sayre el contenido de las copas de cristal tallado que llevaba en la mano. En esencia, la incesante batalla por ganar estatus y relaciones a través de los implacables convencionalismos del matrimonio nunca variaba; lo único que cambiaba era la forma. Después de todo, ¿se podía decir que la madre de Elizabeth, en Hertfordshire, había sido más vulgar y descarada que Sayre? Darcy se obligó a fingir un poco de interés en el juego.


—¿Y su dote? ¿Qué puede esperar su marido del matrimonio?


—Cinco mil libras netas, después de la venta de cierta propiedad —Sayre tuvo la elegancia de tratar de disculparse—. Ahora estoy en un momento un poco delicado, tienes que comprenderlo, y no puedo prometer más hasta que mi barco llegue a puerto. Un apoderado muy incompetente. ¡Lo he despedido! Ya sabes cómo es esto, Darcy.


Darcy asintió. Sí, ¡él sabía exactamente cómo era!


—Interesante —Darcy dejó que Sayre interpretara su actitud como quisiera—. Pero la dama me espera —todos miraron hacia lady Sylvanie, que estaba enfrascada en una conversación con su dama de compañía—. Con tu permiso, Sayre... Trenholme.


—Claro, claro, amigo. —Sayre lo despidió con la mano de manera jovial, como si le estuviese concediendo un extraño privilegio al permitirle atender a su hermana. Los sentimientos de Trenholme sobre aquella conversación eran menos claros.


A medida que Darcy se fue aproximando, la dama de compañía de lady Sylvanie se retiró a una esquina oscura del salón. Darcy le hizo una cortés inclinación y recibió una reverencia como respuesta, antes de ofrecerle la copa a su señora.


—Milady —le dijo a lady Sylvanie con voz suave.


Lady Sylvanie sonrió de una manera curiosamente lenta; Darcy habría podido trazar el progreso de su risa desde los labios, a través de las mejillas y hasta los ojos.


—Usted honra a mi dama de compañía, señor —comentó con tono de aprobación, mientras tomaba la copa que Darcy le ofrecía—. Desde que volví a casa, Sayre ha traído a muchos invitados al castillo, pero usted es el único que la ha tratado con respeto y amabilidad.


—¿Por qué no debería hacerlo? —preguntó Darcy, sentándose junto a ella.


La sonrisa de lady Sylvanie pareció vacilar.


—¡Cierto! Pero ésa no es la costumbre de Sayre ni de ningún otro con el que yo me haya cruzado. Para ellos, los sirvientes sólo son un conjunto de manos y pies, nada más —lo miró de manera deliberada—. Para usted, según puedo observar, no es así.


—¿Cómo es eso, milady? —preguntó Darcy, con todos los sentidos en estado de alerta.


¡Claro! ¡Qué estúpido había sido al haber olvidado que ella seguramente había intentado obtener información sobre él, de la misma manera en que él lo había hecho! Unos cuantos cabellos y una toalla manchada de sangre no era lo único que se podía conseguir de una visita secreta a su habitación. ¿Qué había descubierto lady Sylvanie?


—Su ayuda de cámara, señor —contestó ella—. Un hombre muy singular, por decirlo de alguna manera.


—«Singular» es una acertada descripción para Fletcher, se lo puedo asegurar —Darcy inclinó el rostro hacia ella y rozó los bordes del roquet—. Es una especie de artista en su profesión, pero por desgracia yo soy un lienzo muy poco complaciente. No sé por qué sigue conmigo.


¿Qué quería saber lady Sylvanie de Fletcher? ¿Acaso ella o su dama de compañía habían descubierto las otras habilidades de Fletcher o la manera en que los había interrumpido en la galería sólo había encendido su ira?


—¿No lo sabe? —lady Sylvanie volvió a sonreír— No es ningún misterio. O bien usted le paga un salario muy atractivo, o él sigue con usted porque lo aprecia. Sospecho que si trata a Doyle, que no significa nada para usted, con tanta consideración, debe tratar a sus propios sirvientes incluso con más cortesía —le dio un rápido sorbo a su ponche—. Así tiene usted su lealtad y su aprecio. Una cosa muy extraña en este mundo, señor Darcy.


—Supongo que así es —respondió Darcy, incómodo por la perspicacia de las palabras de la dama.


—¡Usted supone! Ah, su respuesta revela muchas cosas, mi querido señor —la actitud de lady Sylvanie pareció volverse más enérgica—. Está tan acostumbrado a eso que no le concede ninguna importancia. No se pregunta, por ejemplo, por qué su ayuda de cámara ha decidido instalarse en su vestidor.


—Fletcher tiene sus razones —Darcy buscó una excusa creíble—. Él es muy particular, un artista, como le he dicho, y le parece que la distancia entre su habitación y la mía atenta contra la calidad de sus servicios.


—Ya veo —lady Sylvanie levantó el rostro para mirar a Darcy, mordiéndose ligeramente el labio inferior—. ¿Cree usted que la lealtad y el afecto de su ayuda de cámara podrán extenderse a su esposa, cuando esa feliz dama ocupe su puesto, o siempre será tan cercano a usted?


—Mi esposa, milady, no tendrá razones para quejarse de la forma en que Fletcher cumple con su deber —respondió Darcy rápidamente—, de la misma forma que la esposa de mi ayuda de cámara no tendrá que tolerar ningún descuido a causa de los deberes de Fletcher conmigo.


—Me alegra oír eso por el bien de su futura esposa. Los celos de los criados hacia la nueva esposa del patrón son un obstáculo inmenso para la felicidad de una mujer. Al final, alguno de los dos tiene que perder.


En ese momento Sayre llamó a todo el mundo para que regresaran a la pista, de modo que Darcy no pudo responder, pero la verdad es que no lo lamentó. Había entendido con claridad las palabras de lady Sylvanie y esperaba haberla convencido de que Fletcher realmente no intervenía en su vida privada.


Darcy se levantó, le ofreció la mano a lady Sylvanie y la acompañó hasta su lugar en el grupo. Aunque ella lo miraba desde su puesto con una actitud y un porte austero, sus dedos, apoyados sobre el brazo de Darcy, le revelaron involuntariamente todas las emociones que escondía la actitud de la dama. Ella parecía extraordinariamente entusiasmada y complacida por el hecho de ser su pareja, como si fuera una debutante y no una experimentada mujer de veinticuatro años, y Darcy se preguntó cómo hacía para contener la energía que sentía palpitando en sus dedos.


Lady Chelmsford ejecutó el primer compás y las parejas se hicieron una reverencia. Luego Darcy extendió la mano para dar el pequeño paseo que seguía en el baile y nuevamente le impresionó sentir la fuerza con que la dama se la agarró y el temblor de la tensión nerviosa que traicionaba su actitud cada vez que se tocaban.


—Me atrevería a decir que a usted le gustan más las danzas populares —dijo Darcy cuando se encontraron y se dieron mutuamente la vuelta por la espalda.


—Es cierto —respondió ella—. La rigidez de los pasos de estos bailes es tan restrictiva. ¿No cree usted?


—¿Restrictiva? —repitió Darcy mientras se levantaba de hacer una reverencia y tomaba la mano da la dama. Los dos se giraron hacia el frente del salón. Nunca lo había considerado así. Yo diría más bien que son ordenados y precisos, incluso matemáticos.


La dama sonrió y una encantadora luz envolvió su rostro.


—¡Un baile matemático! ¡Qué extraño es usted, señor! —ahora era el turno para que ella diera la vuelta alrededor de él. Darcy pudo sentir como el aire que había entre ellos se agitaba a causa de la gracia que le había causado su comentario, mientras ella hacía el paso correspondiente y quedaba otra vez frente a él— El baile no es un asunto mental, señor Darcy, es una cosa del cuerpo y la expresión de una emoción. ¿Acaso usted nunca ha querido saltarse los límites, vivir fuera del orden y la precisión? ¿O las matemáticas son suficientes para usted?


—¿Me está acusando de no tener sentimientos, milady? —replicó Darcy con tono burlón.


—¡Oh, no, señor! —se apresuró ella a corregirlo— Estoy convencida de que usted tiene sentimientos... ¡todos los que son ordenados y precisos!


—Un tipo muy aburrido, entonces —concluyó Darcy por ella.


La dama se rió.


—No, ¡yo no he dicho eso! —ella lo miró con aire inquisitivo y luego, cuando volvieron a quedar frente a frente, murmuró—: Creo que usted disfrutaría mucho de lo que está más allá de las convenciones, señor Darcy. La euforia, el poder que se siente al subirse en la cima de la pasión, ésa es la vida que merece la pena vivir.


La fiereza de las palabras de lady Sylvanie, combinada con las sospechas que tenía sobre ella, hizo que se le erizara el vello de la nuca, mientras la prudencia se apoderaba otra vez de él. Con un poco de esfuerzo, le siguió el juego.


—¿Poder, milady?

Lady Sylvanie dejó escapar una risita.


—Sí, poder —de repente su actitud cambió, como si acabara de tomar una decisión. Lo miró abiertamente—. ¿Hay algo que usted desee, señor Darcy, y que todavía no haya podido obtener?


Darcy se sintió cada vez más alarmado.


—Milady, no tengo el placer de entender a qué se refiere.


—Algo que usted desee pero que le esté vetado. Algo que... ¡La espada! —exclamó lady Sylvanie con tono triunfal— ¡La espada española de la colección de armas de Sayre! —la sonrisa que acarició sus labios tenía algo de poética satisfacción— Él lo está provocando con ella, ¿no es así? Sí, eso es perfecto.


Los pasos de la danza los separaron por un instante, dando tiempo a Darcy para pensar una respuesta. ¿Debería animarla a seguir o sería mejor tomar medidas para acabar de una vez con aquella travesura? Lo primero no parecía representar mucho peligro. La decisión de la dama de ponerlo a prueba era bastante inofensiva. ¿Cómo podría ella decidir el valor de una carta? La segunda opción era más problemática. ¿Qué podía presentarle a Sayre más que las furiosas afirmaciones que le había oído a lady Sylvanie en la gala y ahora esto?


La danza volvió a reunidos para un paseo final y, cuando Darcy tomó entre sus manos las de la dama, los finos dedos de lady Sylvanie lo agarraron con fuerza.


—Usted tendrá la espada —declaró con firme determinación—. Eso es lo que deseo.


El caballero le hizo una inclinación en el último paso, pero el modo en que frunció el ceño al incorporarse mostraba claramente su escepticismo ante la declaración de lady Sylvanie.


—Milady, si usted cree que puede convencer a Sayre para que renuncie a la pieza más valiosa de su colección, sólo porque usted lo desea, le ruego que abandone semejante pretensión —dijo, arrastrando las palabras—. Sean cuales sean sus «deseos» a ese respecto, él no lo hará, se lo aseguro.


Lady Sylvanie levantó la barbilla al oír el desafío de Darcy, puso una mano sobre su brazo y lo miró con ojos brillantes.


—No le voy a pedir nada a Sayre —susurró, y su mechón azabache rozó la manga de la chaqueta de Darcy—. Ya lo verá usted; será fácil vencerlo —lady Sylvanie se volvió hacia él a medida que se aproximaban a su silla e indicó que no quería descansar. En lugar de eso, puso la mano sobre el brazo de Darcy—. La mala suerte en el juego de esta noche lo obligará a ponerla sobre la mesa —lo miró fijamente—. Y cuando sea suya, lo celebraremos en privado y hablaremos, tal vez, de futuras posibilidades.


Darcy enarcó las cejas al oír la sugerencia de la dama, pero se limitó a decir «como desee», antes de inclinarse y hacer una retirada estratégica. Tras servirse otro vaso de ponche, atravesó lentamente el salón, pasando frente a Sayre, que parecía muy complacido, y al resto del grupo, hasta colocarse en un lugar tranquilo a la sombra de una ventana. Llevándose el vaso a los labios, levantó la vista hacia la oscuridad sin luna y se tomó la mitad de aquella mezcla de licores dulces mientras la cabeza le daba vueltas.


¡Por Dios, muy probablemente la dama no sólo era culpable de haber elaborado un rebuscado plan para engañar a su familia, sino que realmente creía que tenía el poder de desviar el curso de los acontecimientos de acuerdo con su voluntad! De repente, Darcy recordó el bulto a los pies de la Piedra del Rey y su abominable propósito brilló con claridad. Había sido una invocación, un sacrificio para obtener poder de un príncipe caído en desgracia, y la suplicante estaba actuando segura de su respuesta. Le costaba trabajo creer que semejante cosa pudiera ser posible, pero tampoco podía dejar de considerarla. Porque si lady Sylvanie creía que tenía tanto poder, la influencia de es convicción podía causar una terrible devastación ¿Qué debería hacer ahora? Una sonrisa amarga se escapó de sus labios mientras pensaba en la espiral de intrigas que se había tejido alrededor del simple hecho de estar buscando esposa.


Dulces son los frutos de la adversidad. Otra vez, según parecía, estaba ante los misteriosos designios de la providencia. Pues bien, mi querida señora Annesley, ¡explíquemelo una vez más, si es tan amable! Darcy casi deseó tener a su lado a la dama de compañía de su hermana para obtener una respuesta, pero al parecer tendría que arreglárselas solo, acompañado únicamente por la razón y la honestidad.

continuará...

12 comentarios:

anabel dijo...

Hola Lady Darcy....
Aunque nunca habia escrito ningun comentario, debo decirte que ya hace tiempo sigo tu blog, y agaradezco que subas estos libros, ya que Orgullo y Prejuicio es de mis novelas favoritas, y saber la perspectiva de Darcy me agrada enormemente; ademas de que por aca no se consiguen estas secuelas....muy bueno el capitulo, ojala cuando acabes este tambien puedas compartir el tercer libro de esta trilogia....
saludos

Citu dijo...

Uy dios que cosas con gente se mete Darcy . Un beso mi Lady y te me cuidas.

atita76 dijo...

Lady Darcy hola ! que lindo que seguís actualizando... pobre nuestro héroe... su amigo Dy no pudo darle mejor consejo al pedirle que se fuera... Pero sospecho que le queda poco tiempo en el castillo.. Vamos Darcy queremos que vayas a buscar a Lizzie !... besos!
Naty

Wendy dijo...

La estancia en el castillo se torna cada vez más peligrosa, hay muchos secretos y recovecos y no solo en los pasillos del castillo.
Está claro que los hermanos ven en Darcy una jugosa presa para conseguir sus propositos y poder levantar su economía maltrecha.
No me esperaba lo de Lady Sylvanie, la veía como una mujer interesante pero ahora me parece terrible, la partida de billar nos ha aclarado muchos puntos con lo que, es posible, que estemos ante una dama fría y perversa que no duda en usar rituales macabros para conseguir sus fines, se muestra muy segura de si mísma cuando ofrece a Darcy la espada.
Está muy interesante Rocely.
Muchos besos querida.

princesa jazmin dijo...

Lady D,aquí estoy de nuevo leyendo los capítulos de esta novela que tan amablemente subes para nosotros.
Qué de intrigas, que de preguntas sin respuestas, el ambiente se muestra cargado de enigmas que ni Darcy puede resolver todavía... vaya nido de serpientes donde nuestro caballero fue a caer, sólo por su necesidad de seguir lo que él considera su deber: olvidar a Elizabeth y encontrar una mujer que la pueda reemplazar.
Lady S. sigue tan misteriosa como siempre, me pregunto si ella cree que Darcy ya está en sus manos, no puedo esperar al siguiente capítulo.
Me gusta el detalle de el marcapáginas de Lizzie como una suerte de contrahechizo.
A propósito, te felicito por la imagen, te habrá costado mucho,no? qué pensará Matt de tener el cuerpo de Colin,jí,jí :)(es bromita)
Hasta pronto!
Jazmín.

Fernando dijo...

Tener un punto de referencia en la vida es algo a lo que casi todos aspiramos pero es, en todo caso, algo difícil de conseguir. De conseguir ciertamente, no de poseerlo de forma aparente o ficticia. La bondad y la razón son referentes válidos, sin duda; pero con ellos sólo se consigue vivir la vida a la deriva: sin hundirse, pero sin navegar; sin sobresaltos, pero sin rumbo; con pulso en las venas, pero sin sangre viva que bulla por ellas. El punto de referencia ha de ser un ideal, una estrella, un norte hacia el que dirigir la vida para expandirla sin límite.
Lamento ir de nuevo contra corriente, y tener que darle la razón a lady Sylvanie, pero la verdadera delectación de los días se halla en lo que está más allá de las convenciones. «La euforia, el poder que se siente al subirse en la cima de la pasión, ésa es la vida que merece la pena vivir».
Ello no quiere decir que haya de abandonarse por completo la razón y la honestidad; ambas ayudan, o pueden ayudar, a subir a esa cima. La aventura puede (o debe) ser loca, pero nunca debe estar loco el aventurero.
Atravesando el desierto, mi Señora, pero con un maravilloso punto de referencia.

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

¡Qué ojo tiene nuestra princesa jazmín? Yo ni me había dado cuenta... pero es verdad, Mr. Darcy no juega al billar, ja ,ja...
Me ha encantado... me he tomado mi tiempo, como siempre... me ha faltado del cafetito... pero es que no podía dejar de leer... adoro los hilos de bordar... los adoro... menos mal que hay buenos amuletos... pero estoy tan hecha un lío que no sé por dónde va a ir la cosa, quién miente, quién guarda la historia... quién es madre, quién es ama... en fin... esperaré a tu buenas artes... je ,je
Bss...

AKASHA BOWMAN. dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
AKASHA BOWMAN. dijo...

Mi querida Lady amiga:
sabe que aunque gran distancia nos separa y la suspensión de mi calesa deja mucho que desear por nada del mundo me perdería yo estos capítulos semanales que tanta dicha me suponen. Son muy pocos los libros de época que consiguen transportarme... aunque teniendo a Darcy como protagonista resulta difícil contenerse.

Conforme iba leyendo iba haciendo mis conjeturas acerca del sacrificio que tanto había turbado a la señorita Avery, y concuerdo totalmente con Fletcher y con su idea de culpar a lady Sylvanie de estas intrigas perversas. Veo que Darcy también ha abierto los ojos y no se deja engañar por esos ojos embrujadores y esos dedos que tan sutilmente acarician el arpa. ¡Menos mal que los hilos de colores de Elizabeth ejercen de perfecto amuleto y constante recordatorio!

Me culpo porque al principio lady Sylvanie me agradaba, quizás también a mí me había hechizado la emblemática dama ;)

Sublime la actuación siempre acertada de Fletcher y sus consejos oportunos.

La escena final del baile me ha subyugado y de no ser por la presencia del narrador omnisciente casi podría asegurar que Darcy había caído rendido a los coqueteos de la lady irlandesa. Esos pasos de baile, los discontinuos acercamientos, las reverencias... aaay... sublime y digno de una época maravillosa.

¡Estoy deseando que Darcy se zafe de ese castillo y se aleje de los entramados contra su persona! ¿Quien le iba a decir al señor de Pemberley que iba a caer víctima de filtros de amor y embrujos dispuestos para embaucarlo?

Querida amiga; deseo disfrutes de unos merecidos días de asueto y prontamente regreses a nuestro lado.

Lady Jane dijo...

Hola Lady Darcy:
Es un placer pasarme por aquí. ¡Me encanta tu hermoso blog! Es totalmente maravilloso. Te cuento que tu blog fue uno de los primeros que encontré sobre nuestra querida Jane. Siempre lo he visitado. Me excuso por no haber comentado antes. Conocí a Jane Austen hace poco y no me sentía lo suficientemente conocedora de ella y sus historias. Sin embargo, ahora siento que la conociera de toda la vida, aunque aun no haya terminado de leer a cabalidad sus historias.
Todavía no he comenzado a leer la Trilogía de Fitzwilliam Darcy, un Caballero, pero lo haré muy pronto, y de seguro será en este fantástico lugar tuyo. Me atrae mucho la idea de conocer el punto de vista de mi Darcy.
Conciderame desde ahora una constante comentarista de tu fantástico sitio.
(Lamento haberme prolongado demasiado)
Cuidate mucho.
¡Besos y abrazos!

Lady Darcy dijo...

Anabel, Citu, Naty, Wendy, Princesa Jazmín, Fernando, MariCari, Akasha, y Lady Jane:
Agradezco en el alma vuestros comentarios y fiel compañía. Me gustaría poder responder a cada uno como suelo hacer, pero en estos momentos no me encuentro en la situación habitual, de hecho he sido raptada, aunque no en contra de mi voluntad y en compañia de mi adorado señor de Pemberley a disfrutar de unos días en Bath ;P Regresaré pronto y espero no broncearme demasiado;)
Le he robado unos minutos a este tiempo ingrato, sólo con el único deseo de mantener ese lazo tan especial que ha venido uniendo y fortaleciendo nuestra amistad en todo este tiempo; entre tanto, procuraré buscar la menor oportunidad y pasearé por vuestros salones, aunque mis visitas no sean muy prolongadas pero lo suficiente para recordarles el afecto que les profeso.

La publicación de Deber y Deseo continuará sin interrupción.

Les envío un cariñoso beso envuelto en sal y arena, desde este lado del mar.

Anabel: Descuida, que al terminar Deber y Deseo, continuaré con "Sólo quedan estas tres"
Saludos.

Fernando dijo...

¿Así que sido raptada, milady? ¿Y quién es ese señor de Pemberley para cometer un acto tan impropio?
Aunque no haya sido en contra de su voluntad (afirmación que pongo en entredicho, ya que estará bajo los efectos de una enajenación transitoria), creo que ese señor recibirá una lección difícil de olvidar, para estar a la altura que le corresponde.
Y parecerá un accidente, por supuesto.