lunes, 17 de enero de 2011

DEBER Y DESEO. Capítulo VIII

Una novela de Pamela Aidan

El Papel de la mujer



Darcy iba por la mitad del camino hacia el salón cuando escuchó las primeras notas de una melodía. El sonido era, indudablemente, el de un arpa. Pero a medida que se fue acercando, algo en la sonoridad del instrumento llamó su atención. Con curiosidad tanto por la particularidad del sonido como por la nostálgica melodía, Darcy no pudo evitar impacientarse ante la cantidad de criados uniformados que parecían salir de todas partes para abrir las puertas a su paso. Cuando llegó finalmente a las puertas del salón y éstas se abrieron, vio, para su sorpresa, que había un pequeño grupo de invitados reunido no alrededor de la gran arpa que estaba al fondo del salón, sino en una especie de círculo cerca del fuego. La mayoría de los presentes eran caballeros; las damas todavía no habían bajado, a excepción de lady Chelmsford y su hermana, lady Beatrice, que estaban sentadas juntas en un diván, conversando en voz baja. Los caballeros, por su parte, estaban un poco más dispersos —Monmouth estaba recostado contra la chimenea, mientras que el asiento de Chelmsford se encontraba ligeramente oculto entre las sombras al otro lado y Poole se había acomodado en el borde de un diván cerca del fuego—, pero todos tenían la vista fija en la arpista que estaba en el centro.


Lady Sylvanie notó la llegada de Darcy con una mirada fugaz, pero sus dedos no vacilaron ni un instante mientras continuaba tocando la música que había captado la atención del caballero. La pequeña arpa que tenía apoyada contra el hombro resplandecía a la luz del fuego. Y el reflejo que se extendía por sus sinuosas curvas parecía vibrar en respuesta a la pulsación de cada cuerda. La mirada de Darcy se sintió atraída primero hacia los delicados dedos, que arrancaban tan triste dulzura a las cuerdas, pero pronto su atención se dirigió hacia los esbeltos brazos y la curva de los hombros pálidos, hasta llegar al rostro de la intérprete. La dama tenía los ojos ligeramente cerrados, pero Darcy pensó que eso no obedecía a la concentración que requería su interpretación. En lugar de eso, tuvo la sensación de que mientras lady Sylvanie parecía cerrar los ojos a todo lo que la rodeaba, los abría para observar un lugar secreto que la música creaba. Por la manera en que enarcaba ligeramente una de sus oscuras cejas y la sonrisa que adornaba su rostro, Darcy sospechó que lady Sylvanie apenas era consciente de su público. Su sonrisa se fue haciendo más profunda a medida que tocaba. El caballero, conteniendo el aliento, creyó haber visto otra vez a una salvaje princesa de las hadas.


Fascinado, observó que la sonrisa de la dama se iba desvaneciendo hasta fruncir ligeramente el entrecejo, como si estuviese sufriendo. Lady Sylvanie abrió un poco los labios y súbitamente comenzó a brotar de ellos una canción cuya letra Darcy no pudo entender, pero intuitivamente supo que era un himno a la tristeza. La belleza de la canción lo invadió antes de que tuviera tiempo de prepararse y se vio obligado a sentarse. Gaélico. Llegó a reconocer la lengua, pero no logró entender ni una palabra del significado de la canción. La letanía de sílabas cantadas al azar y la inolvidable melodía penetraron en su mente, evocando imágenes y emociones de tiempos muy remotos: la felicidad de galopar por los campos de Pemberley sobre el lomo de su primer pony, el asombro de las excursiones infantiles a través del bosque más allá de los jardines, la sensación de camaradería de la excusión para pescar que había hecho con su padre a Escocia, el verano antes de su primer año lejos de casa.


Luego la música cambió y el ritmo se fue haciendo más lento hasta pasar a un registro totalmente distinto, durante el cual Darcy se vio al lado de la cama de su madre, con el corazón encogido por el terrible temor de estar dándole el último adiós, y revivió luego la absoluta sensación de pérdida que había experimentado cuando su padre murió. Luchando por librarse de ese giro en el torbellino de sus emociones, cerró los ojos y trató de protegerse de aquella música. Como si respondiera a sus deseos, la voz de la dama comenzó a desvanecerse suavemente, hasta disolverse en el silencio, mientras sus dedos acariciaban las cuerdas con delicadeza. ¿Acaso lady Sylvanie había notado su incomodidad? Darcy la miró con disimulo, pero vio que ella tenía la cabeza inclinada sobre el instrumento.


—¡Soberbia! —exclamó Poole, rompiendo el silencio, mientras aplaudía la actuación de lady Sylvanie— ¡Absolutamente magnífica! —el resto de caballeros se unieron a él en una vigorosa ovación.


—¿Cómo se llama, milady? —le preguntó Monmouth a la dama, que todavía tenía la cabeza inclinada— ¿Es una canción irlandesa? Parecía irlandés.


Darcy miró atentamente, mientras lady Sylvanie levantaba la cabeza, con total serenidad, aunque todavía tenía cerrados sus deslumbrantes ojos grises.


—Sí, milord —respondió ella con claridad—, es una melodía irlandesa —lady Sylvanie abrió de pronto los párpados y alcanzó a captar la mirada de Darcy, antes de que él pudiera desviarla. La sonrisa que danzaba en sus ojos reflejaba tal comprensión que Darcy se sintió tentado a creer que ella era realmente un hada y conocía sus pensamientos.


—«El lamento de Deirdre» —continuó diciendo, clavando sus ojos en los de Darcy, traspasándolo.


—¿Perdón? —respondió Monmouth.


Lady Sylvanie bajó las pestañas, liberando a Darcy, antes de prestarle toda su atención a Monmouth.


—Se llama «El lamento de Deirdre» y es una antigua canción, milord —en ese momento la puerta del salón se abrió y todos se giraron a mirar a Lady Felicia, que entraba del brazo con la señorita Farnsworth, seguidas por Sayre, su esposa y, por último, Manning. Después de su aparición, lady Sylvanie hizo ademán de abandonar el arpa y levantarse, pero las protestas de los tres caballeros que estaban cerca del fuego la detuvieron. Con un elegante gesto de aceptación volvió a llevarse el instrumento al pecho y lo apoyó otra vez contra su hombro, mientras los recién llegados se acomodaban.


Demasiado desconcertado con lo que había pasado entre él y la cantante como para poner en orden el cúmulo de sensaciones que lo inundaban, Darcy se abstuvo de unirse a los ruegos de los otros. Pero no pudo apartar la mirada cuando los esbeltos dedos de la dama acariciaron nuevamente las cuerdas y cerró los ojos mientras se preparaba para comenzar. Sin embargo, la pieza que ofreció fue totalmente distinta de la anterior. El ritmo dinámico y alegre de las notas hizo que Darcy pensara en una danza popular. Otros miembros del público tuvieron la misma impresión, porque comenzaron a mover los pies discretamente bajo el vestido y algunos caballeros llevaron el ritmo con las manos sobre las rodillas. Al terminar, Darcy casi sintió que podía descartar sus impresiones anteriores como fruto de la fantasía, una prueba más de que los acontecimientos del día habían acabado casi por completo con su buen sentido.


Lady Sylvanie se levantó con modestia e hizo una reverencia agradeciendo la entusiasta ovación de su público, a la cual ahora Darcy se sumó. Radiante por el éxito de la actuación, Sayre se levantó también, la tomó de la mano y volvió a presentarla ante todos los asistentes. Darcy notó que en esta segunda ronda, el entusiasmo de las damas pareció un poco más contenido, y el aplauso más frío, mientras miraban con molestia las continuas muestras de admiración por parte de los caballeros. Darcy se rió para sus adentros y aplaudió con más energía.


—¡Espléndida, encantadora, querida! —lord Sayre se inclinó ante su hermanastra— Ahora, ¿a quién debo concederle el privilegio de tu compañía para la cena? ¿Quién será el afortunado? —Sayre no prestó atención a la dama, por si ella quería expresar alguna preferencia, sino que miró alrededor del salón con la actitud de alguien que finalmente ha encontrado que tiene la facultad de entregar un codiciado premio. Su mirada pasó rápidamente por todos sus antiguos compañeros de estudios hasta detenerse en Darcy— ¡Darcy, serás tú! Ven y reclama tu dama, porque la cena está lista y tú vendrás detrás de mí.


Levantándose de inmediato, Darcy avanzó hacia Sayre. Una rápida mirada a lady Sylvanie mostró que la dama no lamentaba la elección de su hermano, pero Darcy tampoco podía decir que manifestara ningún placer en particular.


—Milady —Darcy hizo una reverencia formal y le ofreció su brazo. La actitud de la dama, aunque totalmente correcta, le produjo una punzada de decepción, y la frialdad con la que aceptó su brazo le causó una cierta desazón. Después de una mirada como la que le había lanzado hacía un rato, esperaba ver más entusiasmo.


Darcy condujo a lady Sylvanie al lugar acordado, detrás de Sayre y su esposa, y los siguieron al comedor, mientras aprovechaba el trayecto para continuar su examen de la dama. Notaba su mano liviana sobre el brazo y la tela azul grisácea de su vestido flotaba ligeramente mientras caminaban, marcando las agradables curvas de su figura y la blancura de sus hombros. El cabello, hermosamente recogido, brillaba con un resplandor de ébano a la luz de las velas del corredor, y un fragante aroma a hierbas dulces y lluvia fresca llegó hasta su nariz. No, decidió Darcy, no se sentía en absoluto molesto con la decisión de Sayre. De hecho, aquélla era exactamente la oportunidad que necesitaba para conocer más a lady Sylvanie sin tener que acercársele de una forma más específica, lo cual sólo daría pie una infame ola de especulaciones. Con estos pensamientos en mente, se relajó un poco, mientras crecía su interés por la mujer que tenía al lado.


Cuando todos se sentaron a la mesa, se notó la ausencia de la señorita Avery y Trenholme. La explicación del hermano de la dama, según la cual «la señorita Avery no se sentía lo suficientemente bien para bajar a cenar», fue aceptada sin más comentarios. Sayre, por el contrario, no pudo ofrecer ninguna información acerca de su hermano y envió a uno de los criados a preguntar si el señor Trenholme los acompañaría, antes de hacerles señas a los demás para que comenzaran a servir la cena.


Cuando sirvieron el primer plato, Darcy se dedicó a la delicada tarea de entretener a su acompañante.


Se sentía intrigado por la dama, pero no estaba tan seguro de que ella tuviese interés en que él la conociera más. La conducta de lady Sylvanie hacia Darcy había sido totalmente contradictoria. A veces lo ignoraba y al minuto siguiente lo subyugaba con sus ojos de pitonisa. Pero el caballero tendría que comenzar.


—Milady...


—¡Milady! —desde el otro lado, la voz de Manning compitió con la de Darcy por la atención de la dama. Mientras lady Sylvanie vacilaba entre los dos, Darcy miró brevemente a los ojos de su antiguo compañero, pero no encontró en ellos la rivalidad que esperaba. En lugar de eso, vio a un hombre que luchaba contra una emoción desconocida. Lady Sylvanie se giró a mirar a Darcy, enarcando una ceja para rogarle su comprensión. Darcy volvió a mirar a Manning y luego asintió con la cabeza en señal de que retiraba su solicitud.


—Milady —comenzó a decir otra vez Manning, en voz baja y contenida—, por favor permítame que le muestre mi agradecimiento una vez más. Su amabilidad con mi hermana ha sido de gran ayuda. La he dejado durmiendo tranquilamente, ¡algo que no pensé que fuese posible después de esta tarde! —Manning le lanzó una mirada a su otra hermana e hizo una mueca de disgusto. Luego se dirigió nuevamente a lady Sylvanie— Usted le ofreció un consuelo mucho mayor del que le brindó mi hermana. Ella sólo estuvo cinco minutos con Bella antes de comenzar a acosarla a preguntas... con la intención de que le contara todo el horroroso asunto. ¡Estúpida mujer! —hizo una pausa y luego concluyó con voz suave—: Estoy en deuda con usted, señora.


—Lord Manning —Darcy alcanzó a oír la melodiosa respuesta de la dama con claridad, a pesar de que ella le estaba dando la espalda—, ¿cómo podría haberme negado a brindarle un poco de consuelo a su pobre hermana? Su angustia despertó mi compasión enseguida y el único agradecimiento que puedo desear es saber que mis esfuerzos resultaron de alguna utilidad.


—Nunca lo olvidaré —insistió Manning—, como tampoco olvidaré el papel que desempeñaste tú, Darcy. ¡Dios, qué asunto tan horrible! —Manning suspiró y guardó silencio. Luego tomó el tenedor y se concentró en su comida.


Con una sonrisa fugaz, teñida de un poco de rubor, lady Sylvanie se percató de la evidente expresión de aprobación que vio en los ojos de Darcy, pero enseguida volvió a adoptar su impasible compostura. Eso fue suficiente, sin embargo, para mostrarle al caballero que su acompañante tenía un corazón bondadoso, así como un alma de artista, sintiéndose complacido con sus descubrimientos.


—No tuvimos el placer de disfrutar de su compañía esta tarde —comenzó a decir Darcy—. Espero que ya se encuentre mejor, milady. ¿O acaso está ocultando su malestar? —preguntó, al recordar su mirada de dolor antes de empezar la canción.


—Usted se está acordando de mi canción, señor Darcy —lady Sylvanie posó fugazmente los ojos en Darcy, pero la fuerza de su mirada parecía momentáneamente oscurecida—. ¡Qué capacidad de percepción! ¡Ésa es una cualidad muy poco común en un hombre! Sí, ya estoy recuperada de la imprudencia que cometí anoche y le agradezco su interés. Lo que usted vio hace un rato ha sido debido, simplemente, al triste contenido de la canción.


—¿Se conmueve usted fácilmente con el sufrimiento? —preguntó Darcy.


—¿Conmoverme fácilmente con el sufrimiento? —repitió ella, sorprendida— No entiendo a qué se refiere, señor Darcy.


Darcy señaló a Manning al otro lado.


—La magnitud de sus atenciones con la señorita Avery, que la hicieron ganarse la gratitud de Manning, demuestra que es usted muy intuitiva en lo que se refiere a esa condición del corazón humano —lady Sylvanie comenzó a negar con la cabeza para rechazar el cumplido de Darcy, pero éste no lo permitió, insistiendo en el tema—. Aún más, si una canción puede evocar en usted el dolor de alguien más... Y no puede negármelo, porque la he visto.


—Veo que sería inútil tratar de negarlo, porque usted no va a cambiar de opinión, señor —lady Sylvanie pareció sentirse un poco incómoda y sus pálidas mejillas se ruborizaron—. Pero parece que, sin saberlo, unimos nuestras manos en la misma causa, señor Darcy. La señorita Avery me dijo que usted la rescató y me contó que fue muy tierno al tratar de calmar su histeria —levantó la copa y lo miró de manera inquisitiva por encima del borde—. Tal vez yo no sea la única que se «conmueve fácilmente con el sufrimiento».


—Tal vez —Darcy le devolvió la sonrisa y decidió intentar una táctica diferente—. Su música... Le confieso que no es lo que estaba acostumbrado a oír en salones como el del castillo de Norwycke.


—Le ruego que me perdone si no le ha gustado


—respondió ella.


—No me ha entendido, señora —la contradijo Darcy enseguida, sin saber muy bien si ella estaba bromeando o realmente se había ofendido—. Su música ha resultado ser todo lo que su hermano dijo y más. Me ha gustado muchísimo. Me refiero a que jamás había visto a una dama tocar un arpa como ésa o cantar de esa manera. Por lo general el arpa se usa para exhibir la maestría en la interpretación del instrumento y se presentan arreglos más formales. ¿O también estoy equivocado en eso?


—Usted puede afirmar eso con mayor autoridad que yo —aceptó ella y sus ojos se dirigieron momentáneamente a Sayre—. Yo no he tenido el privilegio de asistir a muchos recitales de salón —Darcy siguió la mirada de la dama, sin saber qué responder. ¿Por qué razón Sayre había mantenido a su hermanastra prácticamente escondida del mundo? ¿Acaso era la manera de despreciar a la viuda de su padre, tal como le había revelado lady Felicia? Y si estaba en lo cierto, ¿por qué estaba siendo presentada en sociedad ahora, a una edad en que estaba peligrosamente cerca de ser catalogada como «solterona»?


Las puertas del comedor se abrieron de repente y salvaron a Darcy de responder, porque toda la atención del salón se concentró en la entrada de Trenholme. Lady Sylvanie frunció el ceño con repulsión, cuando ella y Darcy, al igual que el resto de los comensales, se dieron cuenta del estado en que el hombre se encontraba. No se había quitado todavía la ropa de montar y la chaqueta y el chaleco flotaban desabrochados a su alrededor. Aparentemente, había tratado de quitarse la corbata, pero con tan poco éxito que sólo logró aflojársela y ahora colgaba suelta de su cuello. Entró dando tumbos y estuvo a punto de caerse antes de llegar a su sitio entre lady Beatrice y lady Felicia, que arrastraron nerviosamente sus asientos para alejarse del fuerte olor a ginebra que despedía el hermano más joven de la casa.


—Pero eso no tiene importancia —lady Sylvanie recuperó la compostura y le sonrió a Darcy, pero no antes de que él alcanzara a ver una curiosa mirada, que estuvo tentado a creer que era producto de la satisfacción.


—¿Le causa curiosidad mi arpa, señor Darcy? Era de mi madre. Ella fue la que me enseñó a tocar y a cantar las canciones que usted ha oído esta noche. Pasamos muchas noches compartiendo la música y las historias de su pueblo. Ella era irlandesa, como usted sabe, y descendiente de reyes irlandeses. Era evidente que yo aprendiera su música.


—Sssíí, lo era —tronó Trenholme desde el otro lado de la mesa, sin vocalizar con claridad—. Irlandes-sa, quiero decir. ¡Tan írlandessa como que la hierba es verde, Darcy! Y todos los irlandesses son desseendientes de reyes, ya lo sabes. Sólo hay que arañarlos y todos tienen ssangre azul.


—¡Bev, estás borracho! —exclamó Sayre con disgusto.


—Tottalmente borrraccho, mi querido hermano —Trenholme se puso de pie e hizo una reverencia, pero el movimiento le hizo perder el equilibrio y se volvió a desplomar sobre el asiento—. Y tú también lo esstarías si... No, nno debo deccirlo... ¿Dónde esstaba? —se acercó a lady Felicia, que hizo una mueca llena de confusión.


—Estabas haciendo el ridículo —dijo Manning de manera tajante—, y lo estabas haciendo muy bien. Sayre, llama a su criado y mándalo a la cama antes de que diga alguna inconveniencia.


—Yo puedo decir lo que quiera en mi propia cassa, Manning. Porque todavía es nuesstra cassa, ¿no es assí, Sayre? —Trenholme miró hacia el extremo de la mesa, tratando de fijar los ojos en su hermano.


—¡Cierra la boca, Bev! —le ordenó Sayre con expresión de alarma—. O juro que haré que los criados te saquen.


—Muy bien. Sácame a mí, pero quédate con essa pequeña medio irlandessa b...


—¡Trenholme! —Darcy se levantó del asiento con aspecto amenazante. No estaba dispuesto a tolerar más la desenfrenada descortesía que invadía Norwycke—. Cuida tu lengua. No permitiré que insultes más a tu hermana, no importa cómo...


—Her-manastra —lo corrigió Trenholme—. No lo olvidess, herman... —se levantó tambaleándose— Bueno, Sayre, esso te debe alegrar, ¿no? ¡La está defendiendo! —se volvió hacia Darcy y le hizo señas de que se acercara— Ella no lo necessita, ¿sabess? Pequeña b... Perdón, su sseñoría se puede cuidar ssola.


—Que parece ser más de lo que tú puedes hacer —Manning se levantó y se unió a Darcy—. Lady Sylvanie cuidó a Bella con más compasión que... —se detuvo y levantó la mirada al techo para contenerse— Trenholme, me das asco, y si ésta es la forma en que nos vais a atender, juro que haré maletas con Bella y regresaré a Londres tan pronto como ella esté en condiciones.


—No es necesario llegar a ese extremo, Manning —Sayre rompió el silencio que se formó tras la declaración del barón y después se dirigió a su hermano con tono enérgico—: Bev, no necesitamos tu compañía esta noche. Te sugiero firmemente que vayas a tu habitación y dejes que tu criado se ocupe de ti.


Trenholme miró a su hermano y a los invitados con una sonrisa desafiante hasta que llegó junto a su hermanastra; de repente su actitud se volvió sombría y llena de rabia. Al ver la reacción de Trenholme, Darcy se acercó más a lady Sylvanie. Cuando bajó la vista para mirar a la dama a la cara, en busca de una indicación sobre cómo podía ayudarla, Darcy vio que lady Sylvanie tenía otra vez esa mirada fiera e imperturbable y que observaba a su hermanastro con todo su poder. De repente, Trenholme se levantó y arrojó la servilleta al suelo.


—Os dejaré ssolos, entonces. Yo me conssidero eximido. ¡Hey, vosotros! —Les hizo señas a los criados— Necesito vuestra ayuda. Creo que esstoy ebrio —pasó un brazo por el cuello del que estaba más cerca y apoyándose en él, salió dando tumbos.


El resto de la cena transcurrió en medio de esa artificialidad contenida que Darcy detestaba. No podía dejar de pensar en la manera tan ofensiva en que Trenholme había tratado a su hermano, a sus invitados y, especialmente, a lady Sylvanie; y tampoco podía dejar de preguntarse si eso tendría alguna relación con el infame asunto de las piedras. Las palabras dirigidas hacia lady Sylvanie habían sido de la naturaleza más cruel. A Darcy no le sorprendía que todo el mundo estuviese pensando en la escena de la que habían sido testigos, y como eso no ayudaba a entablar conversaciones interesantes, el buen humor de la velada se esfumó. Una vez que Trenholme se hubo marchado, lady Sylvanie volvió a adoptar su actitud de indiferencia, y a Darcy no se lo ocurrió nada que decirle que no pudiese considerarse como una invasión a su privacidad. Así que se limitó a observarla con admiración, mientras ella se comportaba como una reina durante el resto de la cena, ajena a las miradas de curiosidad que le lanzaban los otros invitados.


Cuando llegó la hora de que las damas se retiraran, Darcy se levantó y la ayudó a arrastrar el asiento. Ella no llevaba guantes esa noche, así que cuando posó su delicada mano sobre la de Darcy, él pudo sentir todo su calor y suavidad. La sensación fue muy agradable, pensó él, y la expresión de gratitud con que la dama se despidió fue muy gratificante. El caballero volvió a sentarse con una sonrisa que apenas pudo disimular, antes de que Sayre los llamara a todos a probar una de las mejores botellas de su cava.


—Me temo que no podemos retrasarnos mucho —siguió diciendo Sayre después de proponer un brindis y darle a su brandy un sorbo que se llevó buena parte del contenido del vaso—. Las damas quieren jugar a charadas y si queremos tener un poco de paz más tarde —agregó, haciendo un guiño—, debemos presentarnos en el salón sin mucho retraso.


Los caballeros gruñeron y se rieron, pero luego llenaron su tiempo con conversaciones insulsas y sin importancia. Una creciente impaciencia con la compañía que lo rodeaba hizo que Darcy se alejara hacia una de las ventanas, para observar como la luz de la luna iluminaba tenuemente el laberinto de setos naturales que había en el jardín. El juego de luz y sombra sobre la nieve le hizo pensar en un tablero de ajedrez que estuviera un poco torcido, clavado a la tierra aquí y allá por las esculturas del jardín. ¿Y qué pieza soy yo en ese tablero? Mientras se tomaba el brandy a sorbos pequeños, se apoderó de él la curiosidad de saber cómo estaría manejando lady Sylvanie el sutil examen al que seguramente estaba siendo sometida en el salón por parte de las damas. Tiró de la leontina y sacó su reloj de bolsillo. Otros cinco minutos serían sin duda suficientes para este obligatorio ritual masculino. Le dio otro sorbo a su copa y esta vez se concentró en disfrutar del fuego que se deslizaba por su garganta. No muy distinto al de la dama, pensó para sus adentros, frío y feroz. No necesitaba preocuparse por la forma en que lady Sylvanie se estaría defendiendo de las otras mujeres, pero ciertamente le habría gustado verla.


Finalmente, Sayre dio por terminado el exilio de los caballeros. Darcy dejó su vaso y siguió a los demás lleno de curiosidad. Tal como había imaginado, lady Sylvanie estaba sentada con gran serenidad cerca de la chimenea, lo cual no le dejó la menor duda de que ella había resistido incluso las más probadas estrategias de salón. La sonrisa de lady Felicia al ver entrar a los caballeros pareció un poco forzada, y la señorita Farnsworth parecía estar manteniendo una profunda y seria conversación con su madre y su tía. La expresión de alivio y felicidad que se reflejó en el rostro de lady Sayre al ver entrar a su marido fue, probablemente, la mayor demostración de alegría que Sayre había visto en su esposa en mucho tiempo.


—Ah... bien, querida —comenzó Sayre con torpeza—. Entonces vamos a jugar a las charadas, ¿no es así? ¿Ya están listas las papeletas?


—N-no, Sayre —dijo tartamudeando lady Sayre—, pero lo haremos enseguida. Felicia, querida, ¿serías tan amable? —los caballeros se dispersaron por el salón, entre las damas, en espera a que se formaran los equipos. Darcy se dirigió hacia la chimenea y se quedó allí, detrás de lady Sylvanie, sonriéndole mientras ella lo seguía con la mirada.


—¿Le gusta tanto jugar a las charadas, señor Darcy, que sonríe usted de esa forma?


—En general evito todas las actividades que implican actuar, milady. Mi sonrisa no tiene nada que ver con esos juegos —lady Sylvanie enarcó una ceja.


—Pero usted está jugando a uno en este preciso momento, ¿no es verdad? El juego de salón de amagar, esquivar y retirarse. Creo que eso ha sido un amague, señor, y se espera que yo lo evite. ¿O acaso el movimiento correcto sería retirarse? Debe usted perdonar mi desconocimiento del juego. Como ya le dije, no tengo experiencia en los rituales de salón.


—Sus movimientos dependen de sus fuerzas, no de las expectativas de su oponente —Darcy sonrió de manera más amplia, cuando comprendió mejor la alusión de la dama al juego de la esgrima—. Siempre hay que moverse de la manera más ventajosa.


—Extrañas palabras para que un hombre se las diga a una mujer, señor Darcy. Yo había entendido que el objeto de los machos de la raza humana era permitir que las hembras tuvieran las menores ventajas posibles. ¿Está totalmente seguro de que no desea retractarse de su consejo?


Darcy se rió entre dientes ante la agudeza del comentario.


—Es un regalo peligroso, ¡lo admito! Supongo que podría decirse que soy un traidor a mi propio sexo, pero no me retracto —la sonrisa de Darcy se desvaneció un poco, a medida que adoptaba un tono menos frívolo—. Creo, señora, que es un consejo que usted ya ha puesto en práctica —hizo un gesto con la cabeza hacia las otras damas—. Y con razón —Darcy se detuvo, con curiosidad por ver si ella iba a confiar en él o descartaría sus palabras como simple charla.


—¡Lady Sylvanie! —la voz de Monmouth los interrumpió.


—¿Sí, milord? —lady Sylvanie miró al vizconde.


—Usted está en el mismo grupo con Darcy, lady Beatrice y yo —agitó las papeletas con los nombres—. Formaremos un espléndido equipo, incluso si Darcy se queda tieso como una estatua, ¡no tengo la menor duda!


Darcy entornó los ojos y lady Sylvanie se rió.


—Así es, sin duda, lord Monmouth.


Lady Felicia se acercó a ellos.


—Milord, vizconde, usted debe estar equivocado. El nombre del señor Darcy no puede estar entre sus papeletas, porque está aquí, entre las mías. —estiró la mano con las papeletas para que Monmouth las viera.


—Ahí está el nombre de Darcy, sí señora, pero también está entre las mías —Monmouth puso las papeletas de lady Felicia junto a las suyas—. Usted debe haberlo escrito dos veces.


Lady Felicia miró con perplejidad sus papeletas y luego las de Monmouth.


—No es posible —declaró en voz baja, con desconcierto.


—Pero así es —contestó Monmouth con firmeza—, y como yo sólo tengo dos nombres más y en cambio Darcy sería el quinto miembro de su equipo, debo insistir en quedarme con él, ¡aunque sea el tipo más torpe para jugar a las charadas!


—Gracias, Tris —Darcy hizo una inclinación fingida—. Yo, por mi parte, me abstendré de informar a los demás acerca de tus defectos. Pero si alguien pregunta sobre la desafortunada aventura conduciendo la diligencia del norte, me veré forzado a divulgarlo todo.


—¡Darcy! —dijo Monmouth riéndose— ¡Eso pasó hace ocho años!


—Y todavía eres un pésimo conductor, viejo amigo —replicó Darcy secamente, mientras observaba a lady Felicia, que seguía examinando intrigada los dos grupos de papeletas y sacudía los rizos con el ceño fruncido.


—Estoy segura de que lo escribí sólo una vez —dijo en voz baja—. ¿Cómo es posible que... ? —de repente se detuvo y se levantó con rapidez, y entrecerrando los ojos, los clavó en lady Sylvanie— A menos que alguien más haya incluido otra vez su nombre.


Como Darcy estaba parado detrás de ella, no pudo ver la cara que lady Sylvanie puso al oír la tácita acusación de lady Felicia. Pero a juzgar por la manera en que la dama apretó los hombros y tras ver la expresión defensiva que cubrió el rostro de lady Felicia, Darcy habría apostado que la fiera princesa de las hadas había sido bastante explícita. De pronto, sintió una súbita oleada de simpatía por lady Felicia, pero rápidamente lo suprimió.


—Milady —la voz de lady Sylvanie había perdido toda su melodiosidad—. Eso se puede probar fácilmente. ¿Acaso no fue usted quien escribió todos los nombres? Entonces examine las papeletas y vea si hay alguna que no esté escrita con su letra.


—A mí todas me parecen iguales —Monmouth miró las papeletas por encima del hombro de lady Felicia.


—Ríndase, milady, ha sido un simple error... o un ingenioso truco. No obstante —dijo sonriendo—, usted no podrá contar con Darcy —lady Felicia le lanzó una mirada indignada, que tiñó sus mejillas, pero cuando se giró hacia lady Sylvanie, ya había recuperado la compostura. Al ver la palidez de su rostro y la mirada de sus ojos, Darcy no pudo evitar pensar en un venado atrapado por la mira de un cazador. Sin decir palabra, lady Felicia hizo una reverencia rápida y se retiró al otro extremo del salón.


Monmouth observó durante unos instantes a lady Felicia, que se retiraba del campo de batalla, y luego miró a Darcy, con las cejas levantadas en señal de asombro.


—Una victoria más bien fácil, ¿no te parece, Darcy?


Darcy rodeó la silla en la que estaba sentada lady Sylvanie y se inclinó para captar la atención de la dama. Ella levantó su rostro para mirarlo y sus ojos grises brillaban divertidos, pero el caballero notó que también estaban buscando su aprobación. Darcy le respondió con una sonrisa que le arrancó a la dama una carcajada llena de más felicidad de la que le había oído expresar hasta el momento.


—Una victoria fácil, sin duda, Tris —dijo Darcy por encima del hombro—, pero me pregunto quién ha ganado.


El juego de las charadas transcurrió rápidamente y, para sorpresa de Darcy, fue bastante agradable. Lady Felicia se mantuvo alejada de él y de los otros caballeros de una manera que se ajustaba más a la idea que Darcy tenía de la forma correcta en que debía comportarse la prometida de su primo. Monmouth y lady Beatrice fueron unos compañeros de juego muy agradables, tan ingeniosos en sus propias mímicas y poses como en la deducción de las de sus oponentes. Él y lady Sylvanie fueron menos ágiles en la representación de sus papeles, pero apoyaron al grupo con agudas observaciones y la rápida identificación de los temas y las frases del equipo contrario.


Cuando las damas finalmente se levantaron, Darcy sintió un poco de pesar al pensar en lo corta que había sido esa parte de la velada. La verdad es que se había divertido, y sabía a quién le debía esa diversión. Junto a los otros caballeros, se colocó en fila al lado de la puerta para desearles buenas noches a las damas, a medida que iban abandonando el salón. Cuando llegó el turno de que lady Sylvanie se despidiera de él, Darcy no pudo evitar el impulso de tomar su mano y retenerla sólo un momento. Ella levantó la vista para mirarlo y le sonrió con una pregunta:


—¿Sí, señor Darcy?


—Un momento, milady, por favor —respondió él en voz baja—. Esta noche he pasado un rato más agradable del que esperaba.


La sonrisa de la dama pasó de la simple cortesía a ser algo totalmente distinto y, como había ocurrido varias veces esa noche, Darcy se sintió atrapado por el misterio de esos ojos.


—Lo mismo digo, señor —respondió ella suavemente—, mucho más agradable —lady Sylvanie suspiró delicadamente y retiró la mano—. ¿Puedo preguntarle si va usted a jugar a las cartas con los otros caballeros esta noche? —al oír que era probable que así fuera, ella apretó un poco los labios y luego se inclinó hacia él—. Juegue mirando hacia una ventana —susurró; al ver la mirada de incredulidad de Darcy, explicó—: Es una vieja superstición. No puede le ningún daño, y a mí me hará feliz saber que usted tiene una pequeña ventaja sobre los demás, en agradecimiento por el placer de esta velada.


—Como usted quiera, milady —Darcy volvió a hacerle una reverencia y, tras dedicarle una última sonrisa, la dama salió del salón.


—¿Qué les parece si nos retiramos un rato—preguntó Sayre— y nos encontramos en la biblioteca dentro de media hora, caballeros? —miró a su alrededor mientras todos asentían e hizo una inclinación antes de marcharse— ¡Bien, bien! Me pregunto si esta noche llegaremos a jugarnos esa espada, Darcy, ¿qué dices?


—La decisión es tuya, Sayre —respondió Darcy de manera distraída, todavía un poco turbado por la última visión de la dama.


—Entonces tal vez sea esta noche. Ya veremos, ¿no es así? —lord Sayre se frotó las manos. Darcy hizo una inclinación, salió y se dirigió a su habitación, para ponerse una ropa más cómoda con la cual enfrentarse a las batallas de la suerte con las que concluiría la velada.


Rememorando los placeres de la noche, llegó hasta su puerta, entró por su propia mano y avanzó hasta el vestidor, antes de percatarse de que Fletcher no estaba. Las velas ya casi se estaban apagando, aunque al lado de cada candelabro había velas nuevas cuidadosamente dispuestas. La ropa para el juego de la noche estaba lista, así como un par de cómodos zapatos. De hecho, todo estaba preparado, pero no había ni rastro de Fletcher. Lo llamó por las escaleras de servicio desde el vestidor, pero no obtuvo respuesta alguna. Cerró la puerta y se dirigió hacia el candelabro más cercano. Reemplazó las velas consumidas y lo agarró para examinar el vestidor. Todo estaba organizado con el meticuloso orden de Fletcher, incluso la forma en que reposaban sobre la cómoda su cepillo del pelo y su peine.


Incómodo por la ausencia de su ayuda de cámara, Darcy puso el candelabro sobre una mesa cercana con un gesto de preocupación y comenzó a soltarse el nudo de la corbata. Tal vez había sido una imprudencia enviar a Fletcher a buscar pistas sobre el responsable del sacrificio en la Piedra del Rey. El hombre era un experto en reunir información, pero la mano que estaba detrás de esa abominable acción difícilmente descuidaría los detalles. Dado el carácter sangriento de las pruebas, era posible que hubiese puesto en peligro a Fletcher tontamente.


—¡Maldición! —estalló de repente, dirigiendo aquel reproche tanto a su propia imprudencia al arriesgar de esa manera a un hombre tan bueno, como al nudo que ese mismo hombre le había hecho alrededor del cuello— Paciencia, Darcy —se dijo, y como recompensa, el nudo se aflojó de repente. Después de deshacerlo, se quitó la corbata; luego siguieron la chaqueta y el chaleco, aunque esto le costó un poco de trabajo y se le ocurrieron unas cuantas observaciones airadas sobre la inteligencia del hombre que había decretado que la ropa de los caballeros fuese tan ceñida. Regresó a la cómoda, se quitó los gemelos y los puso sobre la mesa, y luego se quitó los zapatos. Volvió a mirar hacia la puerta que daba a la escalera de servicio, pero no oyó ningún ruido de pasos, ni rápidos ni lentos. Se quitó los pantalones de gala y los tiró al lado de la chaqueta. Se puso los pantalones que Fletcher le había dejado listos y se dispuso a abrocharlos, mirando otra vez hacia la puerta, con la esperanza de que Fletcher estuviese al otro lado, pero todo siguió igual. Suspiró con consternación. No le quedaba más remedio que ir a la biblioteca.


Cuando le faltaban sólo los zapatos y el chaleco, Darcy avanzó hacia el lugar donde Fletcher los había dejado y deslizó un pie dentro del zapato, mientras se estiraba para agarrar el chaleco. Un crujido suave llegó hasta sus oídos al sentir que en el zapato había algo que le impedía asentar el pie apropiadamente. Se inclinó, tomó el zapato y lo acercó a la luz. Allí metido había un trozo de papel. Darcy lo sacó y, tras acercarlo al candelabro, lo alisó y leyó:


Señor Darcy:


Si usted está leyendo esta nota es porque todavía no he regresado de buscar la explicación a un curioso acontecimiento que puede tener algo que ver con sus preocupaciones. Tan pronto como usted salió para la cena y antes de organizar el vestidor, puse la manga de su chaqueta a remojar en la lavandería del primer piso. Cuando regresé arriba, encontré que su cepillo y su peine no estaban donde los habíamos dejado. No puedo decir qué puede significar esto, ¡pero intento averiguarlo! He hecho buenas relaciones con la servidumbre de lord Sayre y las criadas de las damas y mis compañeros ayudas de cámara me miran con cierto respeto (¡la fama del roquet ha llegado incluso hasta Oxfordshire!). Todos, menos una persona, a quien voy a vigilar de cerca esta noche. Espero regresar para ayudarlo cuando termine su velada con los caballeros esta noche y espero tener algo importante que contarle, señor.


Su obediente servidor,


Fletcher.


Aliviado, Darcy arrugó la nota. Luego la llevó a la habitación y la arrojó al fuego. Las llamas lamieron el trozo de papel con voracidad y lo redujeron a cenizas en segundos, bajo su atenta mirada. ¡Así que alguien había estado en su alcoba! Evidentemente no faltaba nada; si algo faltara, Fletcher se habría dado cuenta enseguida. Pero ¿por qué había venido alguien si no era para robar algo, y luego se había marchado después de manipular solamente su cepillo del pelo? ¿Y cómo había hecho Fletcher para suponer que podía haber una conexión entre su cepillo, entre una infinidad de cosas, y el descubrimiento de esa tarde en la Piedra del Rey? Regresó al vestidor y terminó de arreglarse. Tendría que olvidarse de esos asuntos si quería regresar ileso a su habitación, después del juego de esa noche; y a pesar de lo mucho que detestaba sucumbir a la trampa de Sayre, la verdad es que sí le gustaría ganar aquella estupenda espada. Apagó la mayor parte de las velas y dejó sólo unas pocas encendidas en espera del regreso de Fletcher y, con el ferviente deseo de que los dos tuvieran suerte aquella noche abandonó la habitación.


* * * * * *






—¡Señor Darcy! ¡Señor Darcy! —el tono de urgencia de Fletcher y una tímida palmadita en el hombro hicieron que Darcy se enderezara en la silla sobresaltado.


—¡Fletcher! —comenzó a decir con voz débil, pero un bostezo lo interrumpió— ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué hora es?


—Las tres menos cuarto, señor —respondió Fletcher ton tono de disculpa—. Le ruego que me perdone, pero no lo pude evitar. ¿Encontró mi nota, señor?


—Sí —Darcy se levantó de la silla dura que había elegido para espantar el sueño y se estiró hasta que algunos de sus huesos crujieron con fuerza—. ¡En mi zapato! ¡Qué lugar tan singular para dejarla! —mientras contenía otro bostezo, Darcy señaló la cómoda— Ahora bien, ¿qué es esa historia? ¡Simple y sin adornos, por favor!


—Como escribí en la nota, señor, cuando regresé de la lavandería me di cuenta de que su cepillo y su peine no estaban donde los habíamos dejado. Resultaba evidente que una o más personas habían invadido su intimidad —Fletcher tenía una expresión seria que concordaba con la importancia de sus palabras—. señor Darcy, ¿para qué querría alguien su cepillo del pelo?


—No me lo imagino, Fletcher —respondió Darcy secamente, antes de sucumbir a otro insistente bostezo— y no quiero jugar a preguntas y respuestas a las tres de la mañana —se inclinó y se sirvió un vaso de agua de la botella que había sobre la mesita de noche.


—Un hechizo, señor.


—¿Qué? —el agua se derramó por el borde del vaso, mientras Darcy levantaba la mirada con asombro— ¡Un hechizo! ¿Habla usted en serio?


—Nunca había hablado tan en serio, señor Darcy —Fletcher le devolvió la mirada de incredulidad con un aspecto sombrío—. Quienquiera que haya invadido su habitación estaba buscando algo con lo que fabricar un hechizo. Y los cabellos de su cepillo sirven perfectamente para ese propósito, pero me temo que eso no fue todo lo que se llevaron —Fletcher hizo una pausa y movió la barbilla con consternación, antes de continuar—: Aunque no estoy seguro, creo que también falta la toalla con la que le limpié la sangre del corte que se hizo al afeitarse hace dos noches.


—¡Por Dios! —Darcy jadeó, al tiempo que se desplomaba sobre el borde de la cama.


La mañana anterior habría descartado esa teoría por considerarla absurda; pero después de los acontecimientos del día, tenía mucho sentido. Era un asunto de la misma naturaleza que el abominable descubrimiento de esa tarde en las piedras. Darcy no podía saber con certeza hacia quién estaba dirigido ese horror, pero no había duda de que él era el objeto de éste.


—Así es, señor —respondió Fletcher, y sus ojos se cruzaron con los de su patrón, con complicidad, como si fueran amigos—. Realmente, un asunto «de las tinieblas».


Una oleada de indignación invadió su pecho. Que alguien tratara de controlar su destino, ya fuera por medios naturales o sobrenaturales, lo conmovió profundamente. Lo mismo había sucedido con Wickham, que había tratado de controlarlo mediante una incesante manipulación. El hecho de que el origen del «poder» que se buscaba invocar mediante ese intento de obligarlo a plegarse a la voluntad de otra persona fuera una cosa diabólica no representaba para Darcy más que la evidencia de la perversidad de la mente que lo había concebido. Lo que más lo enfurecía era la intención que se escondía detrás de semejante proceder.


Se levantó de la cama rápidamente, con la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados y brillantes por la ira, y comenzó a pasearse de un lado a otro.


—Entonces yo soy el objetivo de este detestable asunto —se detuvo ante la puerta del vestidor, mirando fijamente el cepillo y el peine que reposaban sobre la cómoda, antes de girarse bruscamente hacia Fletcher—. Pero, ¿quién es nuestro Próspero y qué espera lograr con esto? ¿Qué es lo que quiere de mí?


Fletcher rompió el breve silencio que descendió sobre la habitación después de la última pregunta de su patrón.


—Señor, yo me atrevería a decir que hay dos posibilidades. La primera es...


—¡Dinero! —Darcy terminó la frase— No se necesita ser un genio para percibir la urgente necesidad de dinero que se respira en el castillo de Norwycke. ¿Me está usted pidiendo que crea que Sayre está detrás de esto?


—¡Yo no estoy acusando a nadie, señor! —Fletcher negó con la cabeza— No tengo ninguna prueba contra lord Sayre o su hermano.


—¡Trenholme! ¡Ése sí que es un sinvergüenza! —Darcy pensó en el hombre con repugnancia— Pero estaba terriblemente ebrio durante la cena y necesitó que lo ayudaran a subir a su habitación.


—O fingió estarlo —añadió Fletcher con actitud pensativa—. Pero debo decir nuevamente que no tengo ningún cargo contra él o su ayuda de cámara, excepto por su negligencia con las responsabilidades de la profesión. Ese joven se ha convertido prácticamente en mi sombra desde que llegamos. Le hace falta un poco de cerebro. Pensar que yo voy a revelar mis habilidades por nada... —suspiró con desprecio.


—Ni a Sayre ni a Trenholme les falta cerebro, ¡y este asunto es totalmente descabellado! —Darcy interrumpió la digresión de su ayuda de cámara sobre la competencia profesional de sus colegas— ¿Cómo podría un hechizo «embrujar» parte de mis rentas para que yo salvara a Sayre de las pérdidas y las deudas en que ha caído? Él debe saber, al igual que los demás, que yo nunca juego en exceso. ¿Acaso nuestro Próspero piensa que con un poco de sangre y de cabello puede influenciarme para que le regale Pemberley?


—Más que un poco de sangre, señor, de acuerdo con su descripción —dijo Fletcher. Al oír esto, Darcy se detuvo y miró a su ayuda de cámara, que lo observaba con una ceja enarcada.


—¡La Piedra del Rey! —Darcy abrió los ojos— ¿Acaso esto también puede estar relacionado con eso?


—Es posible, señor Darcy, en efecto. O puede ser otra cosa totalmente distinta. Pero yo creo que las semejanzas entre los dos sucesos indican la presencia de la misma mano o manos.


El caballero asintió con la cabeza para mostrar que estaba de acuerdo con la conclusión de Fletcher, pero su utilidad le pareció limitada.


—¿Y la otra posibilidad...? —dejó la pregunta en el aire.


Fletcher se sonrojó como un tomate al oír la pregunta de Darcy y, después de aclararse la garganta, dijo con voz vacilante:


—La otra, ejem, la otra posibilidad es que sea un... un hechizo de amor, señor.


—¡Un hechizo de amor! —Darcy se atragantó y tuvo que tomar aire para rechazar con vehemencia esa idea.


—Señor Darcy, le ruego que no descarte esa posibilidad —Fletcher levantó las manos para frenar a la ira de su patrón—. He hecho algunas averiguaciones entre las criadas de las damas... averiguaciones discretas, señor —agregó rápidamente al ver la mirada de indignación de Darcy—, y parece que la mayor parte de las damas solteras que están en el castillo están... bueno... están buscando marido, señor.


—Esa información no es ninguna revelación, Fletcher —contestó Darcy tajantemente—. ¡Lo curioso sería lo contrario!


—Cierto, muy cierto, señor, pero lo que llama la atención es la desesperación de la búsqueda —el ayuda de cámara guardó silencio, en espera de que Darcy lo autorizara a continuar con ese delicado tema.


—Adelante —dijo Darcy con un suspiro.


—La pobre señorita Avery ha tenido dos malas temporadas sociales —comenzó a decir Fletcher y levantó un dedo—. Lord Manning ya renunció a conseguir algo en Londres, y culpa del fracaso a la timidez de la señorita Avery. Por eso ahora la está paseando por las casas de sus conocidos más ricos. Si nadie le propone matrimonio en el transcurso de un año, la enviará a una pequeña propiedad en Yorkshire, para que termine sus días en una sombría soltería. La siguiente —continuó diciendo Fletcher, levantando otro dedo— es la señorita Farnsworth. Lady Beatrice está muy angustiada pensando que el fuerte temperamento de su hija pueda arruinar su futuro, o despertar el rechazo de cualquier hombre de buena posición o reputación. Cuanto más pronto se case la señorita Farnsworth y quede bajo el control de un marido, más pronto se podrá desentender de ella lady Beatrice, para concentrarse, a su vez, en su propio futuro.


—Ella también está buscando marido —afirmó Darcy con franqueza, confirmando algo de lo que él había sido testigo directo.


—¡Sí señor! —Fletcher asintió con sorpresa, pero no le preguntó nada— La cuarta es lady Felicia.


—¡Pero ella está comprometida con mi primo! —le dijo Darcy con tono de advertencia. Fletcher se mordió el labio y lo miró con una expresión de conmiseración.


—Lo sé, señor —siguió diciendo Fletcher en voz baja, después de un momento—, pero la dama no está contenta con la adoración de su pariente. Ella está acostumbrada a las atenciones de una corte de admiradores, de la cual, señor, usted fue una vez miembro. El hecho de que usted, por elección propia, ya no lo sea, hirió profundamente su orgullo. De acuerdo con la criada de la dama en cuestión, ella ha jurado tenerlo a usted y a su primo.


Con una expresión de repugnancia, Darcy dio media vuelta y apoyó el brazo contra la ventana, pues la honesta oscuridad de la noche era preferible a la que le estaba siendo revelada en este momento. El pequeño reloj de la habitación dio las tres. Darcy esperó hasta que se hubo desvanecido el eco de la última campanada para preguntar:


—¿Y qué hay de lady Sylvanie?


—Lady Sylvanie y su criada son un completo enigma, señor —dijo Fletcher con voz entrecortada y aparentemente muy perturbado.


—¡Un enigma! —Darcy se detuvo frente a él y cruzó los brazos sobre el pecho con actitud sarcástica—. Este sí que es un día lleno de sorpresas. ¿Cómo un enigma, Fletcher?


—Los criados son extraordinariamente precavidos en lo que tiene que ver con esa dama y su criada —Fletcher se llevó las manos a la espalda y luego, para sorpresa de su patrón, comenzó a pasearse de un lado a otro de la habitación, tal como había hecho él—. Eso no quiere decir que no haya descubierto parte de su historia, pero saber más puede resultar... ¡imposible! —admitió Fletcher con mortificación.


—¡Fletcher!


El ayuda de cámara se detuvo de repente y, después de ponerse rojo como un tomate, volvió a asumir la actitud respetuosa que le correspondía.


—Como usted sabe, señor, lady Sylvanie es la hija del difunto lord Sayre y su segunda esposa, una mujer descendiente de una extraña pero noble familia irlandesa. Lord Sayre estaba feliz con el nacimiento de su hija y la jovencita se convirtió en su favorita, pero la muerte sólo le permitió disfrutarla hasta que ella cumplió doce años. Los hijos del difunto lord Sayre, sin embargo, no querían a su madrastra y despreciaban a su hermanastra, en especial el señor Trenholme, que era apenas unos años mayor que la niña. Cuando el antiguo lord Sayre murió, el nuevo lord Sayre envió a la madre y a la niña a Irlanda con una pequeña renta para su mantenimiento, y tanto él como su hermano se propusieron olvidarse de su existencia.


—¡Una conducta totalmente infame! —vociferó Darcy, tratando de contener la rabia que le producían las palabras de Fletcher— Pero no dudo de lo que me dice, pues en todos los años que pasé con ellos en el colegio, jamás les oí mencionar ni a una segunda esposa ni a una hermana.


—Así estaban las cosas, señor —continuó Fletcher—, hasta que hace poco menos de un año llegó una carta desde Irlanda anunciando la muerte de la viuda. El mensaje venía acompañado de unos documentos legales que lord Sayre envió enseguida a su apoderado, quien, a su vez, notificó su contenido a los mayores acreedores de su señoría.


—¿Unos documentos legales? —Darcy volvió a sentarse en la cama, aliviado de poder pensar en algo que no estuviese asociado con sangrientos actos de superstición— ¿Una herencia o la participación en alguna empresa? Tenía que ser algo sustancioso.


—Tierra, señor —informó Fletcher—. La Cancillería acababa de resolver, a favor de la familia, una demanda legal por la propiedad de una tierra que había sido iniciada por el abuelo irlandés de lady Sylvanie muchos años atrás. La venta de esa propiedad podría ayudar significativamente a solucionar los problemas financieros de lord Sayre.


—Pero esa tierra pasaría a manos de lady Sylvanie, no de Sayre —objetó Darcy. Fletcher negó con la cabeza.


—La viuda legó esa tierra a lord Sayre en su testamento.


—¿Se la dejó al hombre que le quitó todo? —Darcy resopló con desconcierto.


—En efecto, señor, pero con una condición. Parece que la propiedad no vale tanto como para que los intereses que produzca su venta le permitan a lady Sylvanie más que una independencia «respetable» en las remotas tierras de Irlanda. En consecuencia, la madre de la dama se la legó a lord Sayre para que hiciera con ella lo que quiera, con la condición de que lady Sylvanie fuera traída de regreso a Inglaterra y él hiciera todo lo que estaba en su poder para arreglarle un matrimonio con una familia adinerada e importante, con la cláusula adicional de que la dama esté de acuerdo con la unión. Cuando el apoderado en Dublín de la difunta lady Sayre sea informado del «feliz» matrimonio de lady Sylvanie, se dará cumplimiento a las disposiciones del testamento.


Darcy se quedó mirando al vacío, analizando los descubrimientos de Fletcher. Él sabía que la dama buscaba un marido, de la misma forma que él estaba buscando esposa. La historia de Fletcher no disminuyó su aprecio por ella. Al contrario, sintió crecer su simpatía hacia ella, al igual que su admiración, al conocer las dificultades a las que se había enfrentado y la dignidad con que había manejado la situación que el destino le había deparado.


—Ahí no hay ningún misterio, Fletcher —Darcy volvió a concentrarse en su ayuda de cámara—. La madre de lady Sylvanie le procuró a su hija la manera de tener un buen futuro de la única forma que sus hijastros iban a entender.


—El misterio, señor, es que la dama se ha negado a aceptar las atenciones de todos los posibles pretendientes que lord Sayre ha traído al castillo de Norwycke y nadie sabe por qué —respondió Fletcher, obviamente intrigado por la resistencia que estaba encontrando en Darcy—. Ni lord Sayre ni su hermano han podido obligarla todavía a elegir un marido entre sus conocidos, o a asistir a una reunión pública o privada en la cual pueda conocer otros caballeros elegibles. Se dice que los dos están furiosos con ella por esa manera de comportarse, pues cuanto más tarde ella en elegir marido, la situación de los dos hermanos se convierte cada vez más desesperada.


De repente, Darcy recordó una escena de la noche anterior: Trenholme hirviendo de ira, mientras lady Sylvanie lo miraba con indiferencia. La explicación de ese curioso intercambio era evidente ahora. Cuando él entró al en el salón, Trenholme debía estar tratando de obligarla a atender a los caballeros durante la velada, pero ella se negaba de manera fría. Sin embargo, cuando los ojos de la dama se encontraron con los suyos, ella le sostuvo la mirada.


—Por todo lo que puedo observar, señor —continuó Fletcher con el mismo tono de desconcierto—, no tiene ningún sentido que lady Sylvanie quiera prolongar su estancia en el castillo de Norwycke. Sería mucho más razonable esperar que ella se apresurara a aprovechar la oportunidad que le brindó su madre. Sin embargo, prefiere quedarse y nadie puede encontrar una razón que explique su intransigencia, Sobre eso hay absoluto silencio —Fletcher sacudió la cabeza con irritación—. La dama sólo confía en su criada, una vieja sirvienta, muy cercana a ella, que trajo desde Irlanda y quien, a su vez, no se trata con nadie que no sea su señora. Los criados del castillo la detestan y, cuando ella está por ahí, procuran apartarse de su camino —Fletcher se detuvo para soltar un largo suspiro—. Ella es la persona que mencionaba en mi nota, señor Darcy. Merece la pena vigilar un poco a esa mujer y eso es lo que estuve haciendo la mayor parte de esta noche, pero sin mucho éxito. Dudo mucho —concluyó con amargura— que yo pueda obtener algo de ella, señor.


Darcy volvió a bostezar cuando el reloj dio la campanada de las tres y cuarto. La verdad que se ocultaba tras la información de Fletcher estaba demasiado escondida como para descubrirla mientras su mente y su cuerpo reclamaban con insistencia el dulce alivio del sueño. Aquel asunto requería una mente más despejada de la que él tenía ahora. Pero primero había que elogiar el eficaz servicio de su ayuda de cámara; tenía esa obligación con Fletcher, de la misma forma que encontrar una esposa era una obligación con su apellido.


—Bien hecho, Fletcher —afirmó Darcy con auténtica sinceridad—. ¡Yo no habría podido descubrir ni la cuarta parte de esa información en una semana entera! Usted se ha ganado el descanso que nos está llamando a los dos.


La expresión inquieta del ayuda de cámara pareció desvanecerse al oír las palabras de Darcy, pero cuando se levantó de la inclinación que hizo en agradecimiento, su rostro parecía todavía más marcado por las líneas de la preocupación.


—Gracias, señor Darcy, pero no puedo estar tranquilo con este asunto. Es un verdadero huevo de serpiente que puede romperse en cualquier momento y hacerle daño. Con su permiso, me instalaré en el vestidor y dormiré ahí hasta que logremos matarla o nos marchemos de este lugar.


—¡Espero que no dé crédito a todos esos encantos y conjuros otelianos! —dijo Darcy, mirándolo con curiosidad.


—Por supuesto que no, señor Darcy —protestó Fletcher—. Todo «poder» sobrenatural invocado por esos repugnantes encantamientos fue neutralizado hace mucho tiempo. Lo que yo respeto, señor, es la perversión natural y la desesperación que se esconden tras esas despreciables ilusiones. Yo no confiaría totalmente en la providencia cuando el cielo ha hecho una advertencia.


—Como quiera —Darcy estaba demasiado cansado para poner objeciones al plan de Fletcher y tampoco estaba totalmente seguro de que no fuera una precaución prudente. Todo se había vuelto demasiado confuso como para rechazar de antemano algo que podía jugar en su favor. Se recostó contra los almohadones de la magnífica cama.


—Entonces, buenas noches, señor Darcy —Fletcher hizo otra inclinación—. Y que Dios lo acompañe, señor —añadió, mientras cerraba suavemente la puerta del vestidor.

continuará...

26 comentarios:

AKASHA BOWMAN. dijo...

Debo confesar que desde el principio lady Sylvanie llamó poderosamente mi atención, y no solo por su carácter introvertido y sus ademanes "mágicos" que tanto consiguieran abstraer al señor Darcy.

La sentida interpretación al arpa, mostrando en la dama no solo una maestría formidable con el instrumento sino una empatía prodigiosa (por cierto que he buscado la canción) hicieron de ella a los ojos del caballero la imagen de un ser casi élfico y procedente de un Universo paralelo. Que Darcy cayera embrujado bajo el influjo de su mirada me ha dejado bastante pasmada, teniendo en cuenta la entereza del caballero, aunque viendo la contradicción imperante en la conducta de la dama no es de extrañar que atrayera la atención de este irremediablemente. A menudo las personas que son capaces de desconcertarnos son las que captan nuestra atención de inmediato.

" ¿Qué pieza soy yo de ese tablero?" Muy buena pregunta, señor Darcy.

Aaah y nuestro querido mr. Darcy malo con las charadas? jajajajjaj nooooooooooo (pretende ser una ironía). Creo que con todo lo sobrio y recto y respetable que es él no podría dársele bien algo tan informal como un simple juego de charadas.

Concuerdo con Fletcher en lo del hechizo, aunque me decanto por el tema del amor más que por el financiero. Veremos en qué queda el asunto.

PD. Confieso que yo entraría en su alcoba y me llevaría todos los pelillos que pudiera de su cepillo, pero en plan fetiche y no por instalarme en Pemberley... lo juro jijijiji

Besitos mi querida lady amiga, y gracias una vez más por compartir.

Fernando dijo...

Ummm... ¿Ojos de hada? ¿Ojos misteriosos? Nada convincente.
Después de ver unos ojos profundos, explícitos, sin secretos, llenos de vida, refulgentes con el brillo de las velas, ¿a quién le pueden atraer unos ojos demasiado claros, demasiado ocultos, ininteligibles?
La verdadera belleza está en el interior, sí, pero también se refleja en un rostro abierto, en un gesto dulce, en la sencillez, la sinceridad... Con el tiempo se llega a saber que la bondad y la dulzura pueden medirse desde fuera, y su alcance puede ser incluso mayor unido a lo que se lleva dentro; luego vendrá lo que tenga que venir, y caerá por su propio peso.
No puede ser de otra manera, ¿no cree, milady?
Con la mayor hondura y claridad posibles, mi Señora.

César dijo...

Hola Lady Darcy, me alegra que actualices de manera más seguida. Significa que podrás, también, visitar tus sitios web preferidos de forma más regular.

Gracias por siempre visitar mi humilde espacio.

Hasta pronto, que estés bien.

Lighling dijo...

hola!! me gusto muxo tu blog y como escribes, la verdad k orgullo yprejuicio me gusto muxo y ver un blog ambientado en algo parecido me gusta! escribes de maravilla, felicidades. un gran saludo de tu nueva seguidora.

hola!!! me has encantado!! te sigo!! es genial, me gusta como es la hada, genial. coincido con comentarios anteriores en como describes pareja, sk me has encantado la verdad k no tengo palabras, me veras bastante x aki xk eres increíble!!!

te invito a mi blog x si te apetece, un saludo, me gustaria k pasaras y saber tu opinion de mis 2 novelas:
http://elrenacerdelaoscuridad.blogspot.com/


un saludo!!!!!!!!!!!!!!!

Citu dijo...

Ay que va pasar la verdad es queyo prefiero a Lizzie cuando Darcy se desencata de esa chica algo en lady Sylvanie no me encaja. Un beso mi Lady y te me cuidas mucho

Juan Antonio dijo...

Querida Lady Darcy, sencillamente admirable. La escena con la que arranca el capítulo, suavemente teñida de melancólica poesía invita a cerrar los ojos un instante para visualizar interiormente toda la belleza de la situación que tú describes a la perfección.

Es siempre grato reencontrarte, querida amiga. Recibe un beso cálido.

Eliane dijo...

Mi querida amiga: Por estar muy atareada con mis dos blogs, escribiendo y cuidando mis dos rodillas que duelen mucho ultimamente, no he podido leer lo tuyo, pero lo dejaré para algún día que tenga con poca programación...jejeje... pero prometo venir a leerte...! Un gran abrazo

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

Llevo mucho ratito en tu salón como has podido ver.. se me ha ido el comentario a dormir con Darcy en sus mullidos almohadones y ... tengo la red con un suplicio de pesadilla...
Gracias por decirme que no lo escribías tú, pero como lo transcribes maravillosamente, le das las gracias a la señora que lo ha escrito en mi nombre y a ti... a ti te doy un millón de besos porque te preocupas de poner tu saloncito tan acogedor que no quiero irme... y no me voy...
¡¡Flecher, no había una investigadora llamada Sra. Flecher????? je ,je...
Bss. mi Lady, lady, lady Darcy...

La Dame Masquée dijo...

Buenas tardes, Lady Darcy.
Veo que me he perdido bastante, y tendré que ponerme al día. Lamentablemente estoy en la mitad mas ajetreada del año laboralmente hablando, y no saco tanto tiempo para estar por aqui, pero por fortuna aun quedan los fines de semana para ir sacando algo mas de tiempo.

Feliz tarde

Bisous

Anónimo dijo...

Gracias por darte el tiempo de poder subir todos los capítulos de este libro
estoy ansiosa de terminarlo y poder seguir leyendo el tercer libro
tendremos el honor de que nos acompañe con el tercer libro?
Saludos Lady Darcy
Aur revoir

Roci dijo...

Pobre darcy todo lo que aun le todo por pasar!
Todos en ese castillo estan locos de atar.
Lady darcy haces un maravilloso trabajo, no sabes lo mucho que te lo agradezco, si no fuera por ti nunca pobria leer este libro! a mis pais no los traen y comprarlos online me salen mas caros los gastos de envio que lo que cuestan los libros. Gracias!
cuanto los dias con ansias hasta que vuelvas a postear! :)

atita76 dijo...

Hola Rocely ! bueno, nuevamente gracias por actualizar el blog.Se que es un trabajo grande y con estos calores , será el doble de pesado...Leo y pienso en el pobre Darcy, encerrado en ese lugar con esa gente falsa y calculadora. Lady Sylvanie no me gusta nada... me huele a una versión más sutil de Caroline Bingley... Pobre Fitzwilliam ! cuando se va a ir de ahi ?? yo quiero ir a rescatarlo ..jjeje besos y nos vemos pronto..
Naty

Lady Darcy dijo...

Querida Akasha, Lady Sylvanie no me inspira la menor confianza, ni aún con esa mirada mágica y penetrante ni por su aparente introversión, sin duda, algo tiene entre manos. Desafortunadamente Darcy se encuentra tan vulnerable que no atina a ver las cosas claras ni mucho menos a convencerse que es la pieza más codiciada del castillo, perdón, del tablero.
En serio mi querida amiga? y yo que pensé que era la única con esas sanas intenciones, espero que no piensen mal cuando me vean como dueña y señora de Pemberley...coincidencias, meras coincidencias ;)
Besos.

Lady Darcy dijo...

Mi querido Señor, debo suponer que ha tenido la inmensa fortuna de conocer una mirada honda y a la vez clara, explícita y sin secretos, O se refiere a nuestro admirado caballero; de ser lo primero, no podría evitar sentir cierta envidia. En cuanto a la verdadera belleza, pocos son los afortunados que pueden ver a travez de tantas y tantas capas de cebolla, como también aquellos que poseen envolturas tan transparentes que reflejan lo que llevan dentro. Hay que saber buscar, hay que saber encontrar, y cuando eso sucede, todo lo demás, no importa.
Tan hondo y claro como sus ojos milord.

Pd. ¿Qué opina sobre ciertos hechizos de amor? un inocente mechón de cabello sería un simple amuleto o sacaría usted provecho, mi Señor?

Lady Darcy dijo...

Hola César, pues así es, afortunadamente me siento mejor y espero visitar con mayor frecuencia los salones de mis buenos amigos, en donde se encuentra el tuyo, por supuesto.
Gracias a ti por tu amable visita.
Un beso.

Lady Darcy dijo...

Hola Lighling, muchas gracias por tu visita y por el enlace a tu blog, en breve pasaré por ahí. Me encantará leer lo que escribes y quizá pueda darte mi humilde opinión.
Un saludo sincero.

Fernando dijo...

Aun a riesgo de provocar su envidia, milady, he de reconocer que tengo la fortuna de conocer una mirada de inmensa profundidad y absolutamente cristalina; una mirada del absoluto, que comprende y lo comprende todo. Me encontró y la encontré. No podían dejar de reconocerse.

Como fetichista compulsivo que confieso ser, he de advertir que un mechoncito de pelo puede obrar maravillas en mis... quiero decir, en las manos adecuadas. Así que tenga cuidado con los hechizos, mi Señora,... O no tenga cuidado alguno, según el criterio de su profundidad cristalina.

Lady Darcy dijo...

Hola Citu! coincido contigo, Lady Sylvanie me parece tan perfecta, en otras palabras tan fingida que tarde o temprano mostrará su verdadera naturaleza. Besos cariñosos mi querida amiga.

Lady Darcy dijo...

Querido Juan Antonio, efectivamente es una escena hechizante y un tanto peligrosa, tanto que nuestro pobre Darcy confunde la magia del momento con la profundidad de sus sentimientos. Por fortuna no puede evitar recordar a Lizzy (un recuerdo que llama a la comparación) en cada momento fascinante.
Sabes que siempre es grato volver a verte en todo lugar.
Un Beso.

Lady Darcy dijo...

Querida Eliane, descuida, primero están los cuidados que debas prestarle a tus dolencias. Espero que pronto te sientas mucho mejor.
Regresa cuando puedas, sabes que siempre eres muy bienvenida.
Un beso inmenso.

Lady Darcy dijo...

Mi MariCari, jardinera bella, estoy feliz porque la decepción no tiene cabida en tu corazón ;)
y como jardinerita fiel que eres me acompañas siempre.
Fletcher es un personaje único, si acaso el mejor de esta saga,(exceptuando a Darcy por supuesto, que no es materia de discusión)
En cuanto a lo de la sra.Fletcher?? no sabría decirte, mi memoria me traiciona, pero no dudo que cualquier doncella de tanta Dama estirada habrá suspirado por él.
Beos, besos, besos.

Lady Darcy dijo...

Buen día Madame, un gusto verdadero reencontrarla, y descuide, comprendo perfectamente los problemas que en ocasiones nos impiden disfrutar de nuestros mayores placeres como lo es la lectura. Espero que pronto disponga del tiempo necesario y pueda continuar con la segunda parte de esta historia que seguía con tanto interés.
Muchas gracias por su visita y reciba un cariñoso abrazo.

Lady Darcy dijo...

Anónimo, gracias por acompañarme y seguir con tanto interés esta novela. Efectivamente, en breve continuaré con la tercera y última parte de esta saga. Nos seguiremos leyendo entonces.
un saludo sincero.

PD. me gusta mucho la cercanía de las personas, sentirlos como verdaderos amigos, por lo que me resulta un tanto extraño dirigirme a ti y a tantos otros como "anónimo", me gustaría, si te parece bien por supuesto, conocer tu nombre, al cual poder dirigirme con mayor confianza.
Gracias nuevamente por tu visita.

Lady Darcy dijo...

Hola Roci! muchas gracias por tus palabras, me alegra poder poner al alcance de todos ustedes esta novela. Sé lo dificil que resulta en muchos casos conseguir este tipo de literatura. en lo que a mí se refiere continuaré haciéndolo mientras a nadie le parezca mal ;)
Recibe un abrazo y un beso sinceros.

Lady Darcy dijo...

Hola Naty!! me alegra encontrarte de nuevo, tienes mucha razón respecto a Lady Sylvanie, quizá menos pegajosa y descarada que Caroline Bingley pero igual de tramposa y peligrosa.
Me uno a ti en el rescate...Operación Panda en marcha!
Pd. esos recuerdos me traen nostalgia...voy al foro de inmediato Jejeje.
un beso inmenso.

Lady Darcy dijo...

Envidia?...ninguna milord, porque hablamos de las mismas miradas, tan profundas y tan claras al mismo tiempo, que no dan pie a confusión alguna. Se encontraron y no hay marcha atrás. Satisfecha por completo.
Tenga cuidado con la tentación de esos mechones, que de no hacerlo bien, el hechizo podría salir a la inversa, algo que su señoría podría lamentar en el futuro.
Esperando cualquier hechizo con el afecto que se espera.