jueves, 20 de enero de 2011

DEBER Y DESEO. Capítulo IX

Una novela de Pamela Aidan

El Carrusel del tiempo



La última persona que Darcy esperaba encontrar al entrar en el comedor del desayuno al día siguiente era el poco honorable Beverly Trenholme. Pero allí estaba, con los codos sobre la mesa y la cabeza apoyada entre las manos, y una enorme taza de café negro humeante a unos cuantos centímetros de su nariz. Trenholme levantó momentáneamente la cabeza al oír los pasos de Darcy sobre el suelo de madera, pero sólo lo suficiente como para identificar al dueño de esos pasos, y enseguida volvió a dejarla caer entre las manos.


—Oh... eres tú, Darcy —gruñó Trenholme mientras se masajeaba las sienes.


—En efecto —respondió el caballero de manera brusca y se acercó a las bandejas para buscar algo para desayunar. La forma tan censurable en que Trenholme se había portado la noche anterior, sumada a los descubrimientos de Fletcher, hacía que Darcy tuviera dificultades para soportar la compañía de aquel hombre. Si no fuera porque su estómago protestaba de hambre, se habría marchado enseguida. De hecho Fletcher le había preguntado si prefería que le subieran el desayuno, pero él había dicho que no, con la esperanza de encontrar algo que diera un poco de sentido a los sucesos del día anterior. Así que ahora tendría que compartir el desayuno con un sujeto hosco y cuyo comportamiento dejaba mucho que desear.


Trenholme frunció el ceño de tal forma cuando colocó el plato sobre la pulida superficie de la mesa que Darcy estuvo tentado a dejar caer los cubiertos. Pero muchos años de buena educación hicieron que contuviese ese impulso. Así que se limitó a poner delicadamente los cubiertos sobre la mesa y se sentó con la intención de terminar rápidamente e ignorar a Trenholme. Su acompañante lo complació guardando silencio durante la mayor parte del desayuno, interrumpido solamente por intermitentes gruñidos y suspiros, mientras consumía lentamente la bebida hirviente que tenía ante él. Libre para contemplar su propia situación, Darcy masticó tranquilamente el jamón, los huevos cocidos y la tostada con mantequilla que había colocado en su plato, mientras pensaba en lo que podía hacer. Se encontraba en una situación que sólo parecía resolverse marchándose rápidamente del castillo de Norwycke, pero esa actitud sería considerada poco menos que un insulto hacia su anfitrión. Y aunque estaba casi dispuesto a aceptar esa consecuencia, lo detenía pensar en lo que esa deserción podría significar para cierta dama. La naturaleza protectora de su carácter, que se manifestaba en el celo con que cuidaba a su hermana, se preocupaba ahora por la suerte de la hija asediada del castillo. Aunque ese impulso todavía no lo había llevado al punto de desear proponerle matrimonio, Darcy sentía que no podía abandonar a lady Sylvanie en medio de las maquinaciones de sus parientes o —torció la boca con asco— de quienquiera que estuviese jugando a hacer de hechicero.


Proponerle matrimonio. La idea volvió a su cabeza y lo sobresaltó. ¿Cómo sería la vida con lady Sylvanie a su lado? En cuanto a educación, modales e inteligencia, ella estaba bien cualificada para convertirse en la dueña de sus propiedades y la madre de sus herederos. Darcy no podía pedir una mujer con un porte más hermosamente austero y que, sin embargo, estuviese rodeada de poesía. Como era la hija de un marqués, cualquier caballero que ocupara una posición importante en la sociedad la consideraría un buen partido, a pesar de su falta de dote. Además de las consideraciones prácticas, Darcy se sentía atraído hacia ella. Sin duda, su compañía era preferible a la de cualquier otra mujer presente en el castillo, y a la de la mayoría de las jóvenes que le habían sido presentadas como posibles parejas. Además, como su esposa, lady Sylvanie contaría con su protección frente aquellos que la amenazaban y disfrutaría de la posición y la dignidad que le habían sido negadas de manera tan cruel.


Los pensamientos de Darcy se dirigieron luego a aspectos más íntimos de la pregunta. Ella era salvajemente hermosa y era obvio que por sus venas corría una enorme pasión; pero ¿se podría inclinar hacia él esa pasión? ¿Podría llegar a amarlo y a aceptarlo? De manera distraída, Darcy dirigió su mano hacia el bolsillo de su chaleco. ¿Qué es esto? Tras lanzarle una mirada rápida a Trenholme, que seguía con sus párpados cerrados, Darcy metió un dedo en el bolsillo y sacó lentamente los hilos de seda que estaban enrollados en el fondo. Elizabeth. La visión de lady Sylvanie como dueña de su casa y su corazón se desvaneció tan pronto como Darcy reconoció lo que tenía en la palma de la mano.


—¿Te estás leyendo la mano, Darcy? —Trenholme interrumpió sus pensamientos. Darcy cerró los dedos sobre los hilos y volvió a guardarlos en el bolsillo, mientras se prometía interrogar a Fletcher sobre cómo habían llegado hasta allí.


—¿Es una práctica común por aquí? —respondió Darcy, mirando a Trenholme con indiferencia.


—¡Oh, no! —resopló Trenholme— ¡Nos inclinamos más por disfrazar cerditos como si fueran niños y cortarles el cuello! —Darcy no dijo nada. La mirada de amargura de Trenholme se desvaneció de repente y fue reemplazada por una que reflejaba la desesperación— Darcy, ¿qué crees que puede significar eso?


—¡Ésta es tu tierra, hombre! Tú deberías saberlo mejor que yo —respondió Darcy con un tono de irritación.


—La tierra de mi hermano, que él está perdiendo rápidamente a manos de los malditos prestamistas. ¡Ya ves como está! ¡En cualquier momento va a empezar a apostar la cubertería de plata de la familia! —Trenholme soltó una carcajada y la expresión de amargura regresó a su rostro—. Si sólo...


—¿Sí? —Darcy lo invitó a continuar, con curiosidad por saber si su acompañante se atrevería a confesar el asunto del testamento de la viuda.


—Bueno, no todo está perdido... no totalmente. Se trata simplemente de ejercer la presión correcta sobre ciertas personas —Trenholme volvió a sumirse en la contemplación de su taza de café, dando por zanjado el tema.


 Darcy sabía que la respuesta que exigía la cortesía era desearle buena suerte, pero se contuvo. Estaba seguro de que ese deseo podía ser mal interpretado y afectar a lady Sylvanie, la «persona» a la que Trenholme seguramente se estaba refiriendo. En vez de eso, intentó una táctica diferente.


—Trenholme, cuando estábamos en las piedras dijiste que lo que habíamos visto «había ido demasiado lejos». ¿Ha habido otros incidentes similares?


—Similares y no tan similares —Trenholme lo miró por encima de la taza—. Siempre ha habido supersticiones y leyendas acerca de las piedras. Incluso hemos tenido visitantes que vienen del continente y hacen algunas cosas disparatadas en torno a ellas. También algunos locos, que quieren permiso para hacer cabriolas a su alrededor... bueno, de una manera indecente —puso la taza sobre la mesa con cuidado—. Y, claro, la gente de las aldeas vecinas a veces deja objetos en la base de las piedras; hechizos y ese tipo de cosas, con la esperanza de tener buena suerte —suspiró y luego se rió—. Tal vez yo mismo debería intentarlo. ¡No es posible empeorar más las cosas!

—¿Entonces no ha habido ningún sacrificio ritual? —insistió Darcy.


—He oído que hace un mes encontraron un conejo —Trenholme sacudió lentamente la cabeza—. Y luego, en otoño, un gato, pero ninguno apareció con el cuello cortado... —de repente Trenholme cerró la boca y dirigió la mirada hacia alguien que estaba detrás de Darcy, en la puerta del comedor. Antes de que Darcy se pudiera girar, Trenholme concluyó con una voz aguda—: ¡Cazadores furtivos! Fueron cazadores furtivos; no tengo duda. Ya sabes, con los guardabosques persiguiéndolos, tuvieron que arrojar el botín.


—Pero dijiste que un gato...


—Cazadores furtivos, Darcy, tan simple como eso, no hay duda —Trenholme empujó la silla hacia atrás y se levantó apresuradamente—. Tendrás que perdonarme... he olvidado algo —se marchó en segundos y Darcy se quedó perplejo, mirando la silla vacía. ¿Qué sería lo que Trenholme había visto que lo había alterado tanto como para hacerlo chillar como una liebre atrapada? Al darse la vuelta, vio el umbral vacío. ¿Un castillo? ¡Estaba empezando a pensar que aquélla era una casa de locos!


Aunque el día estaba ya muy avanzado, Darcy no se encontró con nadie, incluso después de terminar el desayuno y tomarse varias tazas de café. Miró por la ventana y reconoció que, a pesar de lo estupendo que sería dar un paseo a caballo, era imposible. El cielo estaba cubierto, presagiando más nieve, y el viento soplaba con tanta fuerza que sacudía los cristales de las ventanas, colándose por las esquinas del castillo silbando con un lamento desesperado. Le daba la sensación de que aquel día tendría que buscar algún entretenimiento bajo techo, al menos hasta que bajara algún otro invitado o su anfitrión. ¿Adonde ir? No podía refugiarse en la biblioteca, como era su costumbre, a menos que fuera a buscar un libro a su propio maletín de viaje. Pero Darcy había estado demasiado inactivo y la lectura no le ofrecería la actividad que necesitaba. Salió del comedor del desayuno hacia el corredor y se detuvo. ¡El viejo arsenal! Desde hace rato tenía ganas de echarle otra ojeada a la espada con la que Sayre lo estaba seduciendo durante sus juegos nocturnos. Tal vez podría hacerle otra oferta a su anfitrión y terminar con eso. Si lo que Fletcher le había contado era tan cierto como parecían mostrar todas las evidencias, una oferta generosa por la espada seguramente no sería rechazada.


Animado por esa idea, se dirigió a la sala de armas y durante el recorrido se encontró con algún criado, pero nada más. No había fuego en la estancia y estaba helada, pero era tal el entusiasmo que le producían las armas allí expuestas que no le importó. La colección era, sin duda, soberbia. La espada en la que estaba interesado formaba parte de un grupo que tenía una impresionante historia bien documentada. Sin embargo, el sable español era, con mucho, la pieza más exquisita de todas, y Darcy hizo una mueca al pensar en lo que tendría que hacer y el dinero que habría que gastar para poseerlo. Cuando estiró la mano para deslizar los dedos por el objeto de sus deseos, se abrió la puerta que estaba detrás de él. Dejó caer la mano a un lado y se dio la vuelta para recibir al recién llegado.


—¡Lady Sylvanie! —Darcy hizo una reverencia, pero cuando se levantó vio que la dama no estaba sola— Señora —le hizo otra inclinación a la desconocida.

—Hace usted honor a su reputación de ser un caballero muy cortés, señor —Lady Sylvanie hizo su reverencia con una sonrisa—. Pero ésta es sólo mi antigua nodriza, ahora doncella, la señora Doyle.


—A su servicio, señor —murmuró la señora Doyle, mientras hacía una reverencia.


—Señora —repitió Darcy con una inclinación de cabeza. ¡Así que aquélla era la misteriosa criada que había perturbado tanto a Fletcher! Recordó que su ayuda de cámara había dicho que había, que vigilar a esa mujer y decidió observarla de cerca. Un examen inicial no reveló nada significativo acerca de ella, excepto el hecho de que era bastante mayor y tenía una joroba que hacía que la cabeza le colgara de una manera particular, lo cual la obligaba a levantar la vista de forma curiosa cada vez que alguien le dirigía la palabra.


—Me temo que acabamos de interrumpir su contemplación de la colección de mi hermano —Lady Sylvanie pasó junto a él.


—Es una colección impresionante, milady —Darcy dio media vuelta y la siguió—. Probablemente una de las mejores del país, a excepción de la del regente.


—¿Usted ha visto la colección del regente? —le preguntó ella con los ojos resplandeciendo de interés.


—No, milady, no en persona. No frecuento el círculo de su alteza real, pero Brougham, un buen amigo mío, ha tenido el privilegio de que se la enseñaran y me pasó una copia del catálogo, el cual —añadió con una sonrisa al oír la risa de ella— leí exhaustivamente. Yo también soy coleccionista, aunque no estoy al mismo nivel de su hermano, señora.


—¿Cuál es su favorita, señor Darcy? —Lady Sylvanie hizo un gesto con la mano y señaló todo el salón— ¿Qué arma elegiría si pudiera convencer a Sayre de desprenderse de ella? —los ojos de Darcy ya estaban fijos en la pieza mientras ella hablaba— Ah, ésa —la dama bajó la voz hasta que se convirtió casi en un susurro, levantó la mano y deslizó los dedos por la parte superior de la hoja y la filigrana de la empuñadura—. Es hermosa, señor Darcy. ¿La ha tenido usted en sus manos, la ha probado?


—S-sí —tartamudeó él, pues la cercanía de la dama y el hecho de verla tocando la espada afectó extrañamente sus sentidos—. La noche que llegué, me permitió probarla durante un ejercicio. Tiene tanto temple como belleza.


—Una verdadera obra de arte, entonces —concluyó la dama con voz suave. Darcy no pudo más que asentir bajo la intensidad de sus ojos grises—. Perfecta utilidad y perfecta belleza... una belleza letal, creada para matar de una manera exquisita. Me pregunto si la belleza es lo que hace que una cosa así sea admirada por el mundo, o simplemente el hecho de que sea el arma de un hombre.


Confundido por las palabras de lady Sylvanie, Darcy no encontró nada adecuado como respuesta y se limitó a quedarse mirándola a los ojos. La señora Doyle, que se aclaró vigorosamente la garganta detrás de ellos, les hizo notar a los dos que aquella situación era claramente inapropiada.


—Ejem, milady, ¿no quería usted mostrarle la galería al caballero?


—Sí, gracias, Doyle —Lady Sylvanie recupero la compostura—. Creo que usted no ha visto la galería de retratos de Norwycke, ¿no es así, señor Darcy?


—No, no he tenido el placer, milady. ¿Me llevaría usted? —Darcy le ofreció el brazo, agradecido tanto por la interrupción de la criada como por tener una razón para poner su cuerpo en movimiento.


—Será un placer, señor —lady Sylvanie pasó la mano por el brazo del caballero. El recorrido no fue ni rápido ni directo. Los corredores del antiguo castillo formaban un laberinto que impedía el paso directo de un lugar a otro. Durante el trayecto, a Darcy le mostraron otros salones y corredores que los ancestros de Sayre habían construido, modificado o redecorado, siendo el más grande el salón de baile, el cual, se decía, había sido presidido una noche por la reina Isabel, durante una visita sorpresa a su leal súbdito. Darcy no pudo evitar asombrarse por el entusiasmo de lady Sylvanie ante cada rincón que atravesaban. La dama que tenía al lado parecía sentir tanto orgullo por todo lo que le mostraba que se habría podido pensar que había vivido allí toda la vida y no que había vuelto recientemente, después de un exilio de doce años en Irlanda. Ella todavía no había dicho nada de eso, aunque debía de saber que él conocía a Sayre y a Trenholme desde hacía muchos años.


—Por fin hemos llegado.


Al alcanzar un pasillo que invitaba a recorrerlo, lady Sylvanie apretó la mano que tenía sobre el brazo de Darcy. Aunque el cielo se había oscurecido, el ancho corredor todavía estaba iluminado por una increíble cantidad de luz que penetraba por una hilera de ventanas extendidas hasta el fondo por un lado de la galería que iluminaba suavemente las pinturas colgadas en la pared opuesta. Los Sayre eran una familia antigua y Darcy vio cómo una serie de retratos de casi todas las generaciones desde 1300 los observaban desde la pared con tensa arrogancia. Excepto por algunas intrusiones ocasionales de obras de retratistas de la escuela holandesa o flamenca, sólo al llegar a los del último siglo los retratos adquirían un aspecto más humano y sus modelos parecían personas reales e identificables.


Para sorpresa de Darcy, lady Sylvanie parecía conocerlos todos, y otras veces la señora Doyle la empujaba suavemente a señalarlos, mientras recorrían lentamente la galería. Pero a medida que se fueron aproximando al fondo, el caballero percibió una cierta turbación en la dama. Comenzó a hablar con voz más aguda y su cuerpo pareció vibrar con emoción contenida. En medio de la luz que ya se estaba desvaneciendo, lady Sylvanie hizo que se detuvieran frente a un gran retrato que representaba a un hombre, su esposa y sus dos hijos. Darcy dedujo que se trataba del difunto lord Sayre y su primera esposa. Los niños debían ser, sin duda, Sayre y su hermano.


—Mi padre, señor Darcy —Lady Sylvanie levantó la vista hacia el rostro de un hombre joven que ella nunca había conocido—. O, mejor, lord Sayre y su primera familia. Usted sabe, claro, que Sayre y yo somos hermanastros.


—Sí—contestó Darcy, mirando el retrato junto a ella—. Aunque debo confesar que, a pesar de lo extraño que parece, nunca supe de su existencia hasta esta semana, milady. Un asunto triste, según entiendo.


—Oh, triste no es la palabra, señor Darcy —lady Sylvanie le sonrió con amargura—. Usted debe recordar que soy medio irlandesa y sólo una gran tragedia podría satisfacer al alma irlandesa.


—Le ruego que me perdone —dijo Darcy con sinceridad, con la esperanza de aliviar la amargura en la que ella parecía haberse sumido.


Fue recompensado con una sonrisa de disculpa.


—No, es usted quien tiene que perdonarme, señor, y permitirme conducirlo a tiempos más felices —lady Sylvanie lo llevó hacia otro gran cuadro, en el cual aparecía una mujer joven con un bebé en los brazos. A Darcy le pareció que la mujer del retrato tenía un gran parecido con la que tenía al lado.


—¿Su madre, milady?


—Sí. —Lady Sylvanie suspiró—. Y aquí hay otro retrato de nosotros tres. —Lo llevó hasta una gran pintura desde la cual los observaban, con invitadora calidez, un lord Sayre más viejo, la hermosa mujer del otro retrato y una niña de cerca de diez años que parecían compartir un amor que el artista había sabido plasmar con perfecta sensibilidad—. Este retrato se inició dos años antes de la muerte de mi padre —la voz le tembló—. Él murió súbitamente, como usted sabe. No tuvimos ningún aviso previo.


—Mis sinceras condolencias, señora —le dijo Darcy con sinceridad.


—Gracias —contestó ella de manera solemne—. Algunos se burlarían de la idea de sentir pena por algo que ocurrió hace doce años.


—Eso tal vez se deba a que esas personas nunca han conocido la intensidad de la felicidad de vivir en familia —afirmó rápidamente Darcy—. Mi madre murió hace más de doce años y mi querido padre, cinco; así que estoy íntimamente familiarizado con esa pena. En mi caso, ambas muertes fueron el resultado de largas enfermedades —la voz le tembló un poco—. Durante la mayor parte de la enfermedad de mi madre, yo estuve en el colegio, pero compartí los últimos años de mi padre y bendigo al cielo por haber podido pasar ese tiempo con él.


—¿Usted «bendice al cielo»? —lady Sylvanie se volvió hacia él repentinamente con una expresión iracunda— ¿De verdad es sincero, o simplemente utiliza un tópico de los que se emplean en la alta sociedad? ¡Un sentimiento afectado para personas afectadas!

 —Milady—susurró la señora Doyle con furia, mientras Darcy retrocedía con las cejas enarcadas ante la vehemencia de la dama. La criada trató de contener a su patrona poniéndole una mano en el brazo, pero ésta se zafó bruscamente y le señaló que se retirara al fondo del corredor.


—Yo, señor, no «bendigo al cielo» —espetó con furia— y nunca lo haré, porque el cielo es cruel, o bien es impotente, como ha sido ampliamente probado Usted no puede decirme, señor Darcy, que mientras veía cómo su padre se moría lentamente no tuvo numerosas ocasiones para pensar lo mismo.


Darcy la miró con consternación ante aquella violenta reacción y también por la forma en que los planteamientos de la dama desafiaban sus propias convicciones. Él ya había oído teorías semejantes en la universidad; los salones de filosofía y teología de Cambridge estaban llenos de aquella clase de ideas. Además, el día anterior, aquella «cosa del demonio» en las piedras había sacudido su concepción básica del mundo. Y en aquel instante, una mujer hermosa, que tenía muchas razones para estar enfadada con el mundo, la estaba cuestionando. La dama se había acercado mucho al punto más sensible y, de pronto, salieron a la luz las dudas que Darcy había acallado o dejado sin resolver, su insatisfacción con la gestión divina.


Trató de encontrar una manera de responderle y, curiosamente, la conversación que había sostenido con la dama de compañía de su hermana, la señora Annesley, acudió, de repente, a su memoria: «El corazón humano no se puede dominar con tanta facilidad. Los hechizos y los encantos no pueden hacerlo cambiar de dirección» ... «Señor Darcy, ¿cree usted en la providencia?» ... «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» ... «Dulces son los frutos de la adversidad» ... «No estaba en su poder ni en el mío consolar a la señorita Darcy... debe usted buscar en otra parte».


—Milady —comenzó a decir Darcy de manera un poco tensa, tratando de repetirle a lady Sylvanie los proverbios de la señora Annesley, pero se detuvo al ver la angustia con que los observaba la señora Doyle desde el otro extremo. Entonces comenzó otra vez, en un tono más suave—. Señora, no soy el más indicado para hacer ante usted una defensa de las acciones de la providencia y le confieso que yo mismo las he cuestionado y continúo dudando a veces de su bondad e influencia —una mirada de triunfo se reflejó en los ojos de la dama—. Pero una mujer que sabe de esto más que yo —continuó el caballero—, y que creo ha sufrido mucho más que cualquiera de nosotros, me expresó recientemente su confianza en que todo lo que sucede es «para bien» —lady Sylvanie comenzó a dar media vuelta, con un claro gesto de decepción en el rostro—. Usted se gira, pero hay más, señora —Darcy estiró instintivamente la mano y la puso con suavidad sobre el brazo de la dama—. Yo he visto los felices resultados de esta convicción en su vida y, más importante aún, en la vida de mi hermana.


Lady Sylvanie se quedó muy quieta, mientras observaba atentamente el rostro de Darcy, pero éste no pudo saber qué era lo que buscaba. Luego, enarcando una ceja, dijo:


—Me alegra muchísimo que esa mujer y su hermana se hayan reconciliado con el trato miserable de la providencia. Pero usted, señor Darcy, ¿le sonreirá a la adversidad y dirá que una tragedia es «buena» sólo porque el cielo le dice que lo haga? —dio un paso hacia él, con los ojos brillantes, de manera irritante, y luego susurró con tono seductor—: Yo sé cómo es. Lo que usted cree que debe decir delante de los demás, delante del mundo. ¡Pero usted no es estúpido!



En ese momento, Darcy se sintió impulsado a responderle de la manera que ella pretendía. La palabra no era tan simple: ¿qué hombre no se apresuraría a declarar con toda contundencia que no era un estúpido? Instintivamente, Darcy también sabía que un «no» haría que la dama cayera enseguida en sus brazos, y su pregunta de aquella mañana sobre si ella podría recibirlo con gusto quedaría contestada. Los ojos de lady Sylvanie lo buscaron mientras apoyaba su mano en el brazo del caballero; el aliento de la muchacha temblaba con pasión, y él, sin pensarlo, se acercó un poco más. Una cascada de placer sensual se abrió ante él cuando ella colocó la otra mano sobre su pecho y, con los labios entreabiertos, lo miró a los ojos.


—Señora —dijo Darcy jadeando, tanto a manera de advertencia como para expresar su placer.


—¡Señor Darcy! —la voz de Fletcher retumbó desde el otro extremo de la galería— ¡Señor, señor Darcy! —la dama dejó escapar un chillido de rabia cuando Darcy levantó la cabeza y vio a Fletcher acercándose rápidamente hacia ellos, mientras agitaba algo que llevaba en la mano— ¡Señor, ha llegado una carta de la señorita Darcy!



Con la cara roja y la respiración acelerada, Fletcher llegó hasta donde estaba Darcy, agitando todavía el correo que llevaba en la mano. Entretanto, lady Sylvanie había retirado las manos y se había apartado unos cuantos pasos, para sumirse en una íntima y acalorada conversación con su criada. Después de lanzarles una rápida mirada a las dos mujeres, Fletcher se concentró totalmente en su patrón, haciendo una grotesca reverencia impropia de su carácter. La forma de levantar una de sus cejas al incorporarse dejó muy claro a su patrón que algo estaba sucediendo. Él aceptó la carta con una rápida inclinación de cabeza y la mente lo suficientemente despejada de los ardientes impulsos de los minutos previos como para agradecerle a Fletcher su extraña, pero oportuna, aparición, y le hizo señas para que esperara mientras miraba rápidamente la dirección.


La oleada de vergüenza y alarma ante lo que casi había permitido que sucediera se enfrió al instante y, al ver la dirección, Darcy miró a Fletcher con el ceño fruncido. El ayuda de cámara respondió a su mirada e hizo un movimiento casi imperceptible con los hombros. La dirección no había sido escrita por Georgiana. Se trataba de una letra de trazos mucho más decididos, que Darcy reconoció como la de Brougham. Volvió a mirar la carta. Él le había pedido a Dy que estuviera pendiente de Georgiana; así que no era extraño que su amigo hubiese podido sellar una nota de su hermana y acompañarla de un informe de sus cuidados. ¡Santo Dios, no habría pasado nada malo! La bruma que parecía envolver sus procesos mentales hacía un momento se fue desvaneciendo a medida que se apoderó de él la preocupación por las noticias de Brougham.


—Milady, mil excusas —Darcy se dio la vuelta para dirigirse a las mujeres que estaban detrás, pero, al hacerlo, le pareció difícil enfrentarse a la mirada de lady Sylvanie—. Como acaban de oír, ha llegado un importante correo con noticias sobre mi hermana. Les ruego que me permitan retirarme para concentrarme en su contenido a la mayor brevedad —al terminar la frase, Darcy había recuperado la compostura y ya fue capaz de mirar otra vez a la dama a la cara. Ella lo miró con majestuosidad, con la barbilla levantada y sólo una chispa de la pasión que había teñido sus rasgos hacía un rato.


—Por supuesto, la carta de una hermana debe recibir atención inmediata —contestó ella con gesto desdeñoso—. Confío en que tendremos el placer de su compañía durante la cena, independientemente de las noticias, ¿no es así?


—Es muy probable, milady —Darcy hizo una reverencia—. Con su permiso —la dama se inclinó, al igual que la criada, pero antes de que el caballero hubiese terminado de dar la vuelta para marcharse, alcanzó a ver que la anciana le lanzaba a Fletcher una mirada tan venenosa que Darcy frunció el ceño. Fingiendo que no había visto nada, llamó a su ayuda de cámara para que lo acompañara y los dos hombres salieron de la galería tan rápido como la buena educación se lo permitió.


—¿Cómo diablos me ha encontrado, Fletcher? —preguntó Darcy en voz baja, mientras recorrían el laberinto de pasillos hasta la habitación— ¿Sabe usted cómo volver?


—Sí, señor —contestó el ayuda de cámara, y luego añadió con amargura—: Estos condenados corredores han tenido buena parte de culpa en mi tardanza de anoche, señor. Yo seguí a la vieja hasta esa misma galería, señor Darcy, ¡y ella no llevaba vela! Al menos no hasta que llegó a la galería. Luego sacó un candelabro, supongo que del bolsillo, que encendió ante la pintura ante la cual estaban ahora ustedes.


—¿El retrato del difunto lord Sayre, lady Sylvanie y su madre? —Darcy contuvo la respiración.


—Sí, señor, el mismo —Fletcher se estremeció—. Fue una cosa muy extraña, señor. Ella levantó la vela tan alto como pudo y se quedó mirando al cuadro. Yo casi me quedo dormido esperando a que hiciera algún movimiento, pero me desperté cuando la vela se apagó de repente. No tenía idea de qué camino había tomado la mujer y tenía tanto miedo de que me descubriera que no me atrevía ni siquiera a respirar.


—Mmm —murmuró Darcy y le hizo señas a Fletcher para que caminara a su lado mientras seguían avanzando—. ¿Y cómo supo usted dónde estaba yo?


—Las sirvientas, señor.


—¿Ahora las sirvientas, Fletcher? —Darcy miró al ayuda de cámara con desaprobación.


—Las sirvientas son una fuente inagotable de información, señor —Fletcher suspiró—. Porque, como el Creador, están en todas partes y la gente nunca nota su presencia —Darcy enarcó las cejas—. Perdón, señor —añadió rápidamente, y tras unos segundos de caminar en silencio, continuó—: Le prometo, señor Darcy, que me he comportado como corresponde.


—Confío en que así sea, Fletcher —Darcy suspiró—. Por ahora tengo más razones para estar contento con su conducta que... ¡Fletcher! —Darcy se detuvo y metió dos dedos en el bolsillo de su chaleco, sacó los hilos de bordar y los agitó frente a la nariz de su ayuda de cámara—. Ha tomado esto de mi joyero para colocarlo en mi bolsillo, ¿no es así?


—Y-yo noté que usted los había dejado en el joyero, señor —tartamudeó Fletcher—. Como usted los había llevado en el bolsillo desde Hertfor... durante varias semanas —Darcy notó que Fletcher evitó mencionar el nombre del condado, pero no dijo nada—, en medio de toda esta locura pensé que deberían volver a su bolsillo, señor.


—¡Usted me dijo que no creía en hechizos, Fletcher! —exclamó Darcy con tono acusador.


Al llegar a la puerta de la habitación, el caballero esperó a que Fletcher la abriera, y una vez que se encontraron protegidos por los muros de la alcoba, Darcy se dirigió hasta la ventana y rompió el sello de la carta, mientras el ayuda de cámara le acercaba una silla.

—Mire, señor —Fletcher colocó la silla de manera que le permitiera a Darcy tener mejor luz—. ¡Y no creo en hechizos! Pero hay momentos en que, como dijo Shakespeare, «el paciente debe ser su mismo médico».


—¿Qué quiere decir? —Darcy levantó la vista con impaciencia de las cartas, mientras las alisaba contra la rodilla.

—Quiero decir, señor —Fletcher respiró hondo y se sumergió en un discurso que los dos sabían que podría costarle el puesto—, que los puse en su bolsillo para recordarle el «hechizo» muy distinto de otra jovencita. Una que ensombrece fácilmente a otras que se hacen llamar «señoras».


—¡Se atribuye usted demasiadas responsabilidades, Fletcher! —exclamó Darcy furioso— Está llegando al límite de la insolencia. Y no tiene nada que decir sobre la mujer que se vaya a convertir en mi esposa, sea quien sea.


—Sí, señor Darcy —Fletcher palideció ante la ira de su patrón, pero continuó—: Ya sé que he traspasado de forma imperdonable los límites de mis competencias. Pero desearía, verdaderamente, apreciar a la afortunada dama que usted elija y verlo a usted feliz, señor.


Con los labios apretados, Darcy miró a su ayuda de cámara con incomodidad.


—Tal vez yo no sea el único aquí que necesita el consuelo de una esposa —gruñó, esperando recibir una negativa rápida y contundente. Pero para su sorpresa, el ayuda de cámara se puso colorado y sonrió de manera estúpida.


—¿Ya lo sabe, señor? Yo había creído... Pero, claro... No, eso no puede ser. ¿Cómo, señor? —resultaba insoportable ver los movimientos nerviosos de Fletcher mientras trataba de hablar.


—¿Saber qué, hombre? —gritó Darcy, sorprendido ante la extraña reacción de Fletcher y al mismo tiempo ansioso por terminar con aquella charla para poder leer sus cartas. Tal como había sospechado, había dos cartas y la de Georgiana reposaba entre la de Dy.


—Annie —dijo finalmente Fletcher, como si tuviera un nudo en la garganta—. Es decir, la señorita Annie Garlick, mi futura esposa, señor.


—¡Su futura esposa! ¿Se va usted a casar? —Darcy cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó en la silla, observando a su ayuda de cámara con asombro— Fletcher, ¿cuándo ha sucedido semejante cosa y quién es esa mujer?


—Justo antes de Navidad, señor. ¿Recuerda usted que me fui antes de Pemberley para invertir el regalo de lord Brougham? —Darcy asintió— Bueno, señor, la «inversión» fue Annie. El regalo de lord Brougham me ha dado seguridad suficiente para permitirme sostener a mis padres, una esposa y una familia —guardó silencio un momento y carraspeó, luego echó los hombros hacia atrás con evidente satisfacción—. Ella respondió afirmativamente, señor Darcy, pero el feliz acontecimiento no tendrá lugar hasta que yo obtenga su consentimiento y su nueva patrona se case. Así que no había dicho nada, pues la dama no tiene de momento ningún pretendiente, señor.


—Entonces, ¿es una mujer de buen carácter? ¿Traerá usted a Pemberley una persona valiosa? —Darcy conocía el deber que tenía con su ayuda de cámara y también sabía lo que le convenía a sus propios intereses. Contratar a una criada de fuera era suficientemente arriesgado, pero traer como esposa a alguien de fuera podía ser desastroso para la tranquilidad doméstica de Pemberley.


—¡Del mejor carácter, señor Darcy! Una buena cristiana —Fletcher parecía radiante—. Tan modesta como adorable, y usted mismo puede dar fe de ello.


—¿Yo? ¿Y dónde la he visto yo? —Darcy se enderezó en la silla, mientras se disparaban sus sospechas


—En noviembre pasado, señor, en la iglesia de Meryton, aquel domingo. ¡Tiene que acordarse!


Sin hacer ningún esfuerzo, Darcy comenzó a recordar imágenes de ese día: la melodiosa voz y los rizos juguetones de Elizabeth Bennet a su lado, mientras leían las oraciones del libro que estaban compartiendo; la importancia que habían dado a las palabras que habían leído, los salmos que habían cantado. Darcy suspiró.


—Sí, recuerdo ese día, pero... no se referirá usted a la joven que defendió de aquel bruto en mitad de la iglesia, ¿o sí? —Darcy miró con interés a su ayuda de cámara, que levantó la barbilla con orgullo.


—Sí, señor. Mi pobre niña no tenía entonces quién la defendiera, pero ahora está a salvo. Entre su reputación como patrón, señor, y el cuidado de su nueva señora, ella estará bien y segura hasta que pueda reunirse conmigo.


—Mi reputación... —repitió Darcy en voz baja, y se levantó para acercarse a la ventana. Al volver a mirar a su ayuda de cámara, que obviamente estaba un poco nervioso esperando sus comentarios sobre aquellas noticias tan excepcionales, Darcy asintió con la cabeza— Claro que tiene usted mi consentimiento, Fletcher, y le deseo que sea muy feliz —dijo con firmeza.


—¡Oh, gracias, señor Darcy! ¡Los dos se lo agradecemos, señor!

El caballero levantó una mano.


—Pero usted ha cumplido sólo con la mitad de las condiciones de su futura esposa. Parece que la parte más difícil aún está pendiente. Tal vez pueda aplicar sus nada despreciables habilidades en ayudarle ahora a encontrar un esposo para su señora... y me permita leer mis cartas —terminó con énfasis.


—¡Sí, señor! ¡Claro, señor! —Fletcher volvió a esbozar una sonrisa estúpida, hizo una elegante reverencia y se retiró hacia la puerta del vestidor— ¡Gracias, señor!


—¡Fletcher!


—¡Sí, señor!


La puerta se cerró y por fin un magnífico silencio reinó en la habitación. Darcy se volvió a asomar a la ventana, con las cartas todavía en la mano. Estaba nevando otra vez. Los grandes copos de nieve se estrellaban contra el cristal al caer desde las oscuras nubes. El jardín vallado que había abajo miraba al cielo con resignación, a medida que una nueva capa se extendía sobre él, cubriendo de nuevo las semillas que dormían llenas de esperanza en las jardineras.


¿Qué había estado a punto de hacer? La asombrosa confesión de Fletcher y el júbilo que sentía por la perspectiva de su futuro matrimonio le sirvieron para concentrarse en lo que había sucedido. La forma en que lo habían tentado, el estado de indefensión y susceptibilidad en que se encontraba y lo cerca que había estado de sucumbir a la tentación lo sacudieron como un puñetazo en el estómago. ¿En qué estaba pensando? ¿Acaso estaba pensando? Después de una seria reflexión, creyó realmente que se había dejado arrastrar por la intensidad y la pasión de lady Sylvanie sin pensar. La dama era hermosa, de eso no cabía duda, y de un linaje y una posición aceptables, incluso honorables. Su inteligencia, su talento y su elegancia eran innegables. Por otra parte, el infame trato que había recibido a manos de su familia y la manera en que Darcy la había visto defender con fiereza su nueva independencia lo habían atraído todavía más, pues habían apelado a su sentido de la justicia.


Él la había seguido, había permitido que se quedaran prácticamente solos y casi había sucumbido al fuerte y momentáneo deseo de besarla. No se trataba de un simple beso, se recordó Darcy, notando un escalofrío por la espalda, sino un beso que tenía como condición la negación de verdades que él había sostenido toda su vida.


El recuerdo del encuentro en la galería y de la manera abierta en que lady Sylvanie había desafiado al Cielo arrancó finalmente a Darcy de las finas redes de su encantamiento y le abrió los ojos a la peligrosa tormenta que yacía escondida tras los ojos grises de hada que poseía la dama. Un solo abrazo, un momento de debilidad al rendirse a las exigencias de la pasión, y él habría puesto su familia, su fortuna y su futuro mismo en las manos de ella.


Apoyó la palma de la mano contra el frío cristal de la ventana y saboreó la sensación ardiente del hielo, mientras veía caer la nieve con rapidez creciente. Sería imposible viajar al día siguiente, al margen de lo mucho que deseara huir de aquella situación. No sólo había fracasado en su propósito al venir al castillo de Norwycke, sino que las circunstancias halladas le habían servido para endurecer su opinión sobre la imposibilidad de encontrar una mujer que pudiera sacar a la otra de su mente. Fletcher tenía razón. Aunque ella sólo estaba en su mente, la sombra de Elizabeth Bennet había eclipsado las estrellas que la alta sociedad le había ofrecido, ya fuera en los salones de los poderosos en Londres o entre sus viejos conocidos en el campo. Darcy no podía evitar comparar a todas las mujeres con Elizabeth y la ingenua bondad de su carácter; y siempre salía vencedora. Esta involuntaria atracción, que se estaba convirtiendo en una obsesión sobre la cual su autocontrol no podía tener dominio duradero, parecía una de esas crueldades divinas de las que lady Sylvanie había hablado. ¿Qué esperanza le quedaba, excepto sacrificarlo todo para obtener lo que su corazón imprudente y traidor quería? ¿Podría hacerlo? O después de haberlo hecho, ¿se arrepentiría por haber perdido todo lo demás que valoraba? ¿O acaso debería seguir firme en su propósito, mantenerse dentro de los límites que marcaban su linaje y su educación y esquivar el amor y el cariño para casarse pensando solamente en su apellido? Si no lo hacía por él mismo, ¿no debería hacerlo por sus hijos y sus descendientes?


Una de las cartas resbaló de su mano. Agotado, Darcy se agachó y la recogió; luego se sentó de nuevo en la silla que Fletcher le había acercado y levantó la carta de Georgiana hacia la luz. Deseó que todo estuviera en orden, al menos en lo concerniente a su hermana.


15 de enero de 1812
Erewile House
Grosvenor Square
Londres


Querido Fitzwilliam,


Te escribo para asegurarte que estoy bien y tan contenta como puedo estar sin tu compañía, mi querido hermano. Tu amigo lord Brougham vino a visitarme ayer para asegurarse de que no estuviera languideciendo de soledad y para cumplir con el encargo que le hiciste, según dice él, de velar por mi bienestar. Nuestros tíos estaban de visita cuando él llegó y quedaron encantados con él. Teniendo en cuenta que es un amigo tuyo tan especial, le dieron permiso para acompañarme junto con el primo Richard cada vez que ellos estén ocupados en sus propios asuntos. Me avergüenza confesar que tenías mucha razón acerca de lord Brougham y que, de nuevo, has hecho una buena elección. Lord Brougham no es tan superficial como pensé al principio. Hemos hablado de manera seria sobre innumerables temas y él ha prometido llevarme a conferencias y conciertos privados a los cuales yo nunca había soñado con tener el privilegio de asistir. Se preocupa tanto por mi felicidad y tiene tantos planes para ampliar los horizontes de mi mente que me siento casi como si estuvieras conmigo, hermano.


Espero que estés disfrutando de tu estancia en el castillo de Norwycke y que lord Sayre y sus invitados sean el tipo de compañía estimulante que te gusta. Pero, querido Fitzwilliam, como soy demasiado egoísta, la verdad es que deseo que tu visita no haya resultado tan agradable para que no quieras alargarla mucho más allá de la fecha en que tienes previsto regresar. Aunque lord Brougham es muy amable, yo te echo de menos... terriblemente. Con mis mejores deseos para que regreses pronto,


Georgiana

Darcy volvió a doblar la carta con cuidado y la dejó en la mesita sobre la que se apoyaba la lámpara cerca de la cama. ¡Querida Georgiana! Era maravilloso cómo aquellas fraternales palabras lo ayudaban a centrarse. Ella lo echaba de menos «terriblemente», aun a pesar del excesivo celo que había demostrado en sus cuidados. ¿Y cuál era la intención de Dy con todas esas atenciones? Lo estaba haciendo demasiado bien, ¿o no?


La habitación estaba ahora en penumbra; necesitaría encender una lámpara si quería conocer el contenido de la carta de Brougham. Darcy se levantó, encendió la lámpara que estaba junto a la cama y tomó la misiva de su amigo, mientras se volvía a acomodar en la silla.


15 de enero de 1812
Erewile House
Grosvenor Square
Londres


Darcy,


Perdóname por usar tu papel de cartas, viejo amigo, pero la señorita Darcy acaba de leerme tu carta y enseguida supe que tenía que escribirte. Has ido a caer en un nido de víboras, amigo mío, porque es imposible reunir entre nuestros antiguos compañeros de universidad una colección más grande de bellacos, bribones e idiotas que los que están en casa de Sayre para ese supuesto «reencuentro». He hecho algunas averiguaciones en la ciudad después de tu partida y me he enterado de que Sayre está en una situación realmente difícil, en una palabra, está abrumado por las deudas, pero sus acreedores están extrañamente tranquilos. La única razón que pude encontrar para que se hayan abstenido de denunciarlo ante las autoridades es el rumor de una supuesta herencia que recibiría a través de la boda de una hermana. ¿Has oído mencionar alguna vez la existencia de una hermana cuando estábamos en la universidad? ¡Porque yo no! Anda con cuidado, amigo mío, ¡porque en Norwycke está pasando algo muy sospechoso! Yo te aconsejaría que regresaras a Londres enseguida.


La señorita Darcy está bien y también debo añadir que está preciosa. ¡Qué buen trabajo has hecho al educarla, viejo amigo! Presiento que tendrá una temporada muy exitosa el año próximo, pero que muy pocos de los jóvenes de la ciudad le van a interesar, si es que le interesa alguno. La van a matar de aburrimiento o mortificación con sus modales e intereses «masculinos».
Sean cuales sean tus razones para ir a Norwycke, escucha mi consejo, Darcy, regresa a casa.


P.D. A propósito, ¿por qué permitiste que tu primo le propusiera matrimonio a Felicia? Ella todavía está decidida a conseguirte a ti, ¡ya lo sabes!


Después de lanzar una maldición, Darcy arrugó el papel y lo arrojó al fuego.
—¡Dime algo que yo no sepa!
Mirase a donde mirase, en todas partes encontraba el mismo mensaje. ¡Marcharse de Norwycke! Pero no podía irse. No sólo se lo impedían las leyes de la cortesía, sino que el tiempo también estaba en su contra. El reloj de la habitación dio las cuatro, y con la última campanada, se oyó un golpe en la puerta del vestidor.


—¿Desea usted algo antes de bajar a tomar el té, señor Darcy? —Fletcher hizo una reverencia una vez que el caballero lo autorizó a entrar.


—Bueno, la verdad es que sí, Fletcher —contestó el caballero con tono sarcástico—. ¡Hágame un favor y trate de detener esa nieve!

—¿La nieve, señor? —la expresión intrigada de Fletcher se transformó en una actitud de preocupación— ¡Sus cartas, señor Darcy! ¡Espero que no haya pasado algo malo!

—¡No en Londres, no! Todo lo malo está sucediendo exactamente donde nosotros estamos —se rió con cinismo—. Incluso lord Brougham me anima a marcharme de aquí a la mayor brevedad porque, utilizo sus propias palabras, «he ido a caer en un nido de víboras».

—¡Una acertada descripción, señor! —asintió Fletcher.

—Sí, bueno... no me puedo marchar enseguida ¿o sí? ¡Esta maldita nieve! —se dirigió hacia la ventana, donde Fletcher se reunió con él para levantar ambos la mirada al cielo.

—Bueno —dijo el ayuda de cámara, suspirando, al tiempo que se retiraba de la ventana—. No puedo hacer más por el tiempo que lo que puede hacer cualquier mortal, es decir, rezar a la providencia para que deje de nevar —Darcy gruñó al oír sus palabras—. ¿Va a bajar a tomar el té, señor?

—Sí, supongo que tengo que hacerlo —Darcy imitó el suspiro de Fletcher—. De momento no necesito nada —miró a su ayuda de cámara desde la puerta, pero de pronto se detuvo en el umbral, alertado por algo que había olvidado—. Excepto recomendarle que se cuide cuando baje al piso de la servidumbre. Cuando nos interrumpió en la galería, la vieja le lanzó una mirada asesina. Teniendo en cuenta mi imprudente comportamiento, ella seguramente lo culpa a usted del hecho de que su señora haya perdido la oportunidad de hacerse con mi apellido y mi fortuna.

—Lo haré, señor —contestó Fletcher con seriedad—, y usted, señor Darcy, también debe tener cuidado. Porque cuando la dama se dé cuenta de que ha perdido el juego, presiento que usted también estará en peligro.


Continuará...

38 comentarios:

Fernando dijo...

Esa involuntaria atracción que se convierte en una obsesión sobre la cual el autocontrol no puede tener dominio... No había oído o leído hasta ahora una definición tan intensa.
Una obsesión... Sí, lo es.

Buenas preguntas la que se hace Fitz: ¿se puede sacrificarlo todo para satisfacer los deseos del corazón, casi siempre imprudente y traidor? ¿Qué es y cuánto importa ese todo lo demás que se valora? ¿Mantenerse dentro de los límites que marca la educación? (¿Qué educación es esa?) ¿Esquivar el amor y el cariño?... En fin, esperemos que su diligente juicio ceda el terreno indebidamente apropiado para que los sentimientos ocupen lo que es suyo.
Otros más afortunados no necesitan realizar comparaciones. Cuando hay una primera y única dueña y señora, ni siquiera se plantean las comparaciones. No hay democracia en el amor: sólo tiranía y poder absoluto, perfectamente compatibles con la dulzura de carácter y pureza de sentimientos.

Hasta el último aliento, absolutamente irreversible, mi Señora.

Anónimo dijo...

Hola!!... Me encanta tu blog y siempre leo los capítulos :D amo al señor Darcy, te quería hacer una pregunta cuando termines con Deber y Deseo publicaras Solo quedan estas tres, es que lo he buscado por todas parte y no lo encuentro, por favor si sabes donde o si lo vas a publicar aquí me encantaría saber. :D cuídate gran pagina

Anónimo dijo...

todas las semanas espero ansiosa que publiques otro capitulo de Deber y Deseo, gracias Lady Darcy

MariCari♥♥♥♥♥ dijo...

Oh, Lady, mi Lady... mi tormento capitulero... ja, ja... ¡Cómo me gustan los hilos de colores! ¡Yo también los tengo... pero me los dio mi abuela! Sí, ya sé, nada comparables... pero me los recuerdas... je, je.
Bien, pues gracias por traspasar estas benditas letras, románticas letras... fabulosas letras... Gracias Mi Lady.
Bss.

Anónimo dijo...

Muchisimas gracias por este capitulo, espero muy ansiosa el que viene.. Amo a Darcy y lo apoyo en todo lo q hace, aunque me disguste demasiado esa Lady Sylvanie, me parece que anda en algo raro. Pero bueno, esperemos a ver que pasa en el proximo capitulo, y a ver si Darcy puede irse de una vez del Castillo de Sayre. Una vez mas , muchas gracias Lady Darcy

Anónimo dijo...

HOLA LADY DARCY!
HACE APROXIMADAMENTE 1 MES QUE DESCUBRI TU BLOG Y ME ENCANTA, HE ESTADO LEYENDO TODO LO QUE PUBLICAS Y TE LO AGRADEZCO INFINITAMENTE, PUES POR EL MOMENTO NO HAY OTRA MANERA DE PODER DEGUSTAR DE ESTA EXQUISITA LECTURA, ME TIENES ANSIOSA EN CADA CAPITULO, AUNQUE LA VERDAD, NO QUISIERA QUE JAMAS TERMINARA, ME ENCANTA EL SR. DARCY.

GRACIAS, QUE TENGAS BUEN FIN DE SEMANA!!

Rocio Medrano dijo...

No me gusta nada, nada Lady Sylvanie, es una bruja en sentido literal. Ella debe de ser la que hace esas locuras en las piedra. Ya veremos mas adelante!

Juan Antonio dijo...

La fuerza salvaje, incontenible, que yace apenas oculta en el fondo de esos ojos fascinantes, podrían arrastrar sin remedio a un espíritu sensible y apasionado. Acaso no es el peligro que claramente alienta en el carácter de la joven un reclamo poderoso, como lo es el veneno de unos labios en los que presentimos el deleite y al propio tiempo la tragedia?

Querida Lady Darcy, es un placer volver a encontrarte.

Anónimo dijo...

hola llevo unos tres meses pegada a tu blog y te doy las gracias¿pero no podrias poner dos capitulos?muchas gracias

Roci dijo...

gracias lady darcy por otro maravilloso capitulo! :) esto no pinta para nada bien, quien juega con quien?? mmm... a esperar se a dicho!

AKASHA BOWMAN. dijo...

Respetando mi vena romántica debo decir que me ha dolido que por la cabeza de Darcy rondara (aunque fugazmente) la idea de tener a lady Sylvanie a su lado como señora de sus tierras y su corazón. Suerte que una vez más los hilos de colores despejaran la vista velada de Darcy al traer los recuerdos de Elizabeth. ¡Parece mentira como un simple objeto puede encerrar semejantes recuerdos y cómo actúa de vínculo de unión en la distancia!

Y lady Sylvanie... que tan bien me caía en un principio, en el momento presente se me asemeja a una hechicera sin escrúpulos, prtendiendo embaucar a Dracy con sus encantos frívolos.

Adoro a Fletcher:
"...los puse en su bolsillo para recordarle el «hechizo» muy distinto de otra jovencita." Y me encanta que este hombre al fin se comprometiera con Annie, la joven a la que defendiera en la Iglesia y le reportara una regañina de su amo.

Al fin nuestro caballero parece haberse percatado del nido de víboras donde ha ido a parar. ¿Dejará al fin de nevar para que pueda abandonar ese lugar y regresar con Georgiana?

Besos mi querida amiga y siempre pendiente de un nuevo capítulo

Aglaia Callia dijo...

Mi querida Lady Darcy, me la he pasado un poco perdida, pero considero que estas lecturas se merecen mucha calma y tranquilidad para disfrutarlas como corresponde.

Me alegra muchísimo encontrarme ya al día con la historia, y que los acontecimientos se desarrollen de este modo tan interesante. Por una parte me fascina el avance, y por otro, pienso que podría terminar pronto, y me da muchísima pena.

Nunca estaré lo bastante agradecida por haber llegado a tu blog, imagínate si me perdiera esta maravilla.

Gracias por el trabajo que te echas encima al subir la historia y mantenernos siempre pendientes del siguiente capítulo.

Qué bueno que pasaste por mi blog, así viste el premio, va de todo corazón.

Besos, y atenta a lo que sigue; feliz semana.

Wendy dijo...

Después de la lectura estoy con todos, creo que Darcy se encuentra ante lo qué parece una encerrona, está claro qué necesitan casar a Lady Sylvanie para sanear la econmía familiar y él es muy buen partido. Por otra parte se siente atraido por la dama lo qué le hace vulnerable.
Es encantador todo lo relativo a Fletcher, me hace mucha gracia que meta en el bolsillo de su señor un objeto que le recuerda a Elisabeth y sin duda surte efcto porque en cuanto lo ve se sume en su ecuerdo y parece abstraerse de todo.
Espero qué salga bien parado de esta visita y regrese pronto a casa junto a su hermaqna.
lady Darcy, hay que llegar con tiempo a la lectura, como te díje, es intensa.
Disculpa mi tardanza.
Muchos besos cielo.

Lady Darcy dijo...

Mi querido Fernando, lo dejo para el final, como en los viejos tiempos ;)

Lady Darcy dijo...

Hola Anónimo, efectivamente, terminando con Deber y Deseo continuaré con "Sólo quedan estas tres" Nos seguiremos leyendo entonces.
Un saludo.

Lady Darcy dijo...

Anónimo, para mi es un placer.
Abrazos.

Lady Darcy dijo...

Hola mi MariCari querida, pues los de tu abuelita deben ser igual de hermosos. Gracias a ti jardinera bella por estar siempre aquí.
besos miles.

Lady Darcy dijo...

Hola Anónimo, Pues Darcy me ha decepcionado mucho hasta el momento, dejándose llevar por el Deber antes que por sus sentimientos; esperemos que la tormenta cese pronto y Darcy pueda alejarse de ese nido de víboras y de la enigmática y traicionera L.Sylvanie.
Saludos y gracias por pasar.

Lady Darcy dijo...

Hola Anónimo, muchas gracias por tan efusivo agradecimiento, soy yo la que siente agradecida por vuestra compañia, que me animan a continuar.
Un beso y feliz semana.

Lady Darcy dijo...

Interesante observación mi querida Rocío, en fín, ya veremos.
Un cariñoso beso y gracias por tu amable visita.

Lady Darcy dijo...

Mi querido Juan Antonio, muy peligroso todo aquello que mencionas, supongo y harás caso a tu propia intuición, respondas a esas preguntas tan interesantes y no te dejes subyugar por miradas ni labios cautivantes que te lleven a la perdición ;)

El placer es siempre mío, un beso.

princesa jazmin dijo...

Querida Lady D, como siempre gracias por seguir subiendo los capítulos tan prolijamente y con una que otra bella imagen.
Coincido con algunos comments, que si no fuera por tu amable persona muchos de nosotros no tendríamos acceso a esta sorprendente obra.
La señora Aidan continúa sorprendiéndome en estos momentos de la vida de Darcy, el personaje de Lady S. está sorprendentemente bien definido y se sale de todo a lo que estamos acostumbrados.
Su carácter fuerte, sus maneras sinuosas, su extraña actitud, todo la hace ver muy culpable de los hechizos que tienen en vilo al caballero. No me extrañaría que Darcy estuviera bajo el influjo de una especie de brujería my poderosa.
Gracias al cielo por Fletcher, quien intenta salvar a su patrón de hacer algo irremediable, es una suerte que los hilos de colores sean una especie de extensión y metáfora de nuestra adorada Lizzie, y siempre estén allí para recordársela.
Vaya, Darcy, mira cuántas cosas habías vivido antes de Hunsford.
Lady D., eres nuestro angelito, gracias de nuevo. Hasta la próxima.
Un besito!
Jazmín.

Lady Darcy dijo...

Buen día Anónimo, me encantaría poder satisfacer el gusto y las peticiones de todos mis amigos lectores, pero desafortunadamente demanda mucho esfuerzo y tiempo del que ahora no dispongo, no obstante lo tendré presente. Muchas gracias por tu visita.

Lady Darcy dijo...

Mi querida Roci, en el juego del amor no hay regla que valga.
Un beso y feliz semana.

Lady Darcy dijo...

Querida Akasha, nuestro pobre y confundido Darcy me decepciona en mayor o menor grado, pero una decepción al fin y al cabo. No termino de comprender cómo es posible que la distancia obre con tal vilesa, tal falsedad, confundiendo a ese extremo sus sentimientos y que resulte imprescindible unos hilos de colores para traerlo a la realidad. Cuando se ama o se es amado, los amuletos, los fetiches, sólo deben tener su valor justo, no hay distancia tan grande que pueda separar el corazón de dos amantes. Lo sé.
En todo caso es una gran fortuna que el bueno de Fletcher esté como ángel, como amigo, siempre ahí.
Besos miles mi querida amiga, esperándote como siempre.

Lady Darcy dijo...

Querida Aglaia, como bien dices es una lectura que merece sobre todo tiempo para disfrutarla como es debido, de ahí que procuro dejar la entrada una semana, cuando menos.
Nuevamente agradezco en el alma ese premio tan lindo que has tenido a bien otorgarme y lo subiré pronto con el mayor orgullo.
Abrazos y besos sinceros.

Lady Darcy dijo...

Mi muy querida Wendy, no hay por qué disculparse, en verdad me encontraba muy preocupada, y más aún con esa noticia, esa confusión sobre tu posible abandono bloggero :( en fín, me complace saber que sólo fué eso: un simple batiburrillo ;)
Fletcher es para mi gusto el mejor aporte de la señora Aidan, leal, inteligente y perspicaz, ingenioso, sutil y muy divertido. Darcy es muy afortunado al tenerlo como amigo
Hasta pronto y recibe mi más cariñoso beso.

Lady Darcy dijo...

Princesita querida, sin duda Lady Sylvanie es una dama con atractivos tan cautivantes como peligrosos, es comprensible que Darcy se vea casi dominado por sus instintos. La personalidad enigmática de la dama, su fingida indiferencia, su belleza hechizante, todo eso unido a esa aparente necesidad de protección y de dama desvalida, afectan sin duda alguna la vulnerabilidad y nobleza de Darcy (pobrecillo...)Afortunadamente parece darse cuenta de sus verdaderas intenciones; y el recuerdo, la presencia y la integridad indeleble y permamente de Lizzy sin duda lo harán cambiar de opinión y dirigirse a Rosings dispuesto a todo.

Muchísimas gracias por tan dulces palabras que me animan a continuar.

Un beso inmenso.

Citu dijo...

Uy salvaron a Darcy por unn pelito como me cae mal esa tiburona. Y que va pasar a hora esta cada vez mejor esta historia. Un beso mi lady y ten un buen fin de semana

Fernando dijo...

¿Así que "en el juego del amor no hay regla que valga", milady?
Lo cierto es que había oído algo de eso... y me parece realmente cierto.
Terreno peligroso, entre lo inmoral y lo amoral.
Cautivante.
Como todo en su persona.

Lady Darcy dijo...

Obsesión...¿donde había oído eso?...
Yo creo que no se puede sacrificarlo todo, más aún cuando hay tanto de por medio, y aunque lo que emane del corazón sea puro y verdadero SIEMPRE.
Saber mantener un equilibrio, que sólo lo puede dar la paciencia y la espera, pero sin esquivar los sentimientos, no es tarea fácil, nadie dijo que lo fuera, requiere fortaleza, templanza pero al mismo tiempo pasión, delirio, entrega absoluta.
"...Un juicio que ceda el terreno indebidamente apropiado para que los sentimientos ocupen lo que es suyo..." se me nubla la vista...hace mucho conocí a un antiromántico visceral que habría huído despavorido ante semejante idea. Hoy puedo decir_ y permítame milord tomar prestadas sus palabras_ que se ha convertido en un tirano absoluto, un Dictador del amor.

Hasta el final, definitivo e irreversible mi querido Señor.

Lady Darcy dijo...

Hola Citu! Un beso que habría significado mucho para Darcy, comprometiendo su honor y el de L.Sylvanie; un paso en falso que habría cambiado el curso de la novela.
Besos para ti mi querida amiga.

Lady Darcy dijo...

¿No es acaso también un juego, el mejor de todos mi Señor? el premio más deseado, el que todos quisiéramos ganar?

cautivante y cautivada, cada vez más.

Anónimo dijo...

Me encanta esta trilogía por que me gusta demasiado el Sr. Darcy, y algunas de las aportaciones que mas me han agradado de Pamela Aidan a esta historia son las intervenciones de Fletcher y la complicidad que tiene con Darcy en determinadas situaciones (me da mucha risa cuando le recuerda a Elizabeth y D no le lleva la contraria ni nada parecido), lei un comentario sobre Lady Sylvanie en el que dicen q es una tiburona (lo q es completamente cierto)... pero la verdad quiesiera cambiarle el lugar.jeje...

Fernando dijo...

Ese conocido suyo, es antirromántico visceral era un revoltoso de la peor especie, quiero adivinar. Un rebelde sin causa, un alborotador de la nada. Espero que le vaya bien por su vida.
Si me nombra para el cargo de dictador, milady, aceptaré con humildad una obsesión tan fuerte. Pero que nadie se atreva a intentar apropiársela, no sea que ejerza mis funciones y use los poderes otorgados con todo su rigor.
Siempre suyo, para nublarle la vista y para su entero equilibrio, Señora.

Fernando dijo...

Como decían aquellos cantores, the winner takes it all. ¿Cómo resistirse?
No me interesa participar, no es lo importante, a pesar de lo que digan.
Siempre juego a ganar, mi Señora.
Cautivado.

Melanie Ramos dijo...

Hola, me encanta el blog, este capitulo esta muy interesante, me sorprende el misterio y suspenso en el contexto, pero es cierto lo que dice Fletcher "los puse en su bolsillo para recordarle el «hechizo» muy distinto de otra jovencita. Una que ensombrece fácilmente a otras que se hacen llamar «señoras»." muy hermoso, nada impedira el amor de Darcy hacia Elizabeth, ni esa hada de ojos grises. Elizabeth eclipsa a todas.... Mil gracias por subir el libro

LADY DARCY dijo...

Saludos Melanie, me alegra tu presencia en este saloncito azul. Por lo que veo pudiste despejar la duda de cómo continuar el orden de los capítulos, e incluso leer el resto de la Trilogía Aidan. Me disculpo por la demora en responder...de hecho podría decir que reaparezco en mi blog luego de una prolongada ausencia aunque sólo sea para responder a sus amables comentarios. Espero en breve reactivar el blog. Es mi mayor deseo.
Hasta entonces, y sigue disfrutando de la lectura.