sábado, 26 de junio de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo VIII

Una novela de Pamela Aidan


Capítulo VIII

Su peor enemigo

Darcy se aflojó la corbata, dejándola un poco menos apretada de lo que su ayuda de cámara había juzgado necesario, y luego se miró al espejo mientras Fletcher daba una última sacudida con el cepillo a los hombros de su chaqueta verde.
—Listo, señor. —Fletcher le hizo dar la vuelta, mirándolo con ojo crítico. Se detuvo en el chaleco y, con un preciso movimiento del pulgar, volvió a presionar el doblez de la solapa, asintiendo con la cabeza en señal de satisfacción.
—Entonces ¿tengo su aprobación? —preguntó Darcy un poco exasperado por la extraordinaria atención que Fletcher le había prodigado al arreglar su atuendo para asistir a los servicios religiosos de una mañana cualquiera en la iglesia de Meryton.
—Estará bien, señor.
—¡Bien! Fletcher, confío en que usted no haya perdido la cabeza conmigo. Cuando contraté sus servicios le advertí que no deseaba pasar por un petimetre.
—¡Claro que no, señor! —exclamó Fletcher con dolida presunción—. Ni yo permitiría semejante desatino si alguien tratara de convencerlo de hacer el intento. No es su estilo, señor.
—En eso, al menos, estamos de acuerdo. —Darcy agarró sus guantes, mientras Fletcher abría la puerta de la habitación, con el sombrero de su patrón en la mano.
—Que tenga una buena mañana en el día del Señor, señor —dijo el ayuda de cámara haciendo una inclinación y entregándole a Darcy su sombrero de copa y su libro de oraciones. El gesto de Darcy al salir fue uno de esos movimientos de cabeza lentos y pensativos destinados a recordarle a Fletcher quién era el patrón. Completamente seguro del significado del gesto, el sirviente bajó los ojos con humildad y rápidamente cerró la puerta con firmeza.
Sacudiendo la cabeza por la gracia que le había causado el inexplicable comportamiento de su ayuda de cámara, Darcy descendió las escaleras hasta el vestíbulo principal. Al no ver todavía a nadie dispuesto a salir, sacó su reloj de bolsillo para ver si se había equivocado de hora. Comprobó con el reloj del vestíbulo que indicaba la hora convenida. Con el ceño fruncido, guardó el reloj y comenzó a caminar hacia el comedor del desayuno, pero enseguida se detuvo al oír voces que venían del corredor del piso superior. Darcy dio media vuelta y, volviendo sobre sus pasos, rodeó la pilastra de la escalera y miró hacia arriba, preparado para exigir mayor premura.
—¡Elizabeth! —El nombre de la muchacha escapó de sus labios como un susurro, pero ella pareció oírlo porque levantó los ojos que tenía fijos en el suelo mientras bajaba la escalera para encontrarse con su mirada de admiración. Iba vestida de una manera encantadora, con un traje color crema adornado con delicado encaje blanco, sobre el cual llevaba una chaquetilla amarillo mostaza con ribetes verdes. Los colores le sentaban admirablemente bien, notó Darcy, y teñían su piel de un resplandor dorado. La señorita Elizabeth parecía vacilante, mientras observaba al caballero con una curiosa expresión de sorpresa. Sin pensarlo, Darcy avanzó unos pasos y, cuando llegó al lado de la muchacha, se detuvo y bajó la vista al ver su confusión.
—Señorita Elizabeth —murmuró Darcy y se inclinó hacia delante, teniendo el cuidado necesario debido a la estrechez de la escalera—. ¿Me permite? —Le ofreció el brazo y le señaló los escalones que aún faltaban.
—Señor Darcy… gracias, señor. —La voz de la muchacha tembló un poco cuando tomó el brazo de Darcy y miró afanosamente alrededor del vestíbulo—. Mi hermana viene detrás de mí… Y los demás vendrán enseguida.
—Espero que así sea o llegaremos muy tarde —logró decir Darcy en voz baja y estable, a pesar del temblor interno que le producía el hecho de sentir la ligera presión de la mano de la muchacha sobre su brazo. Era una imagen tan encantadora…; el suave color crema y el amarillo mostaza parecían combinar bien con la manga de su chaqueta. Casi como si…
No, no, ¡Fletcher no podía haberlo sabido! No pudo evitar sentirse invadido por una ligera sospecha. Levantó la vista de su brazo para contemplar el perfil de la mujer que tenía a su lado y luego miró hacia las escaleras detrás de ellos, casi esperando ver a su ayuda de cámara escondido entre las sombras del corredor del segundo piso. Pero, en lugar de eso, apareció el resto del grupo, que estaba a punto de reunirse con ellos.
Deslumbrante con un traje violeta y una capa púrpura con un sombrero a juego adornado con plumas grises, la señorita Bingley comenzó a bajar.
—¡Señor Darcy! Louisa y Hurst ya vienen, pero Charles y la señorita Bennet ya están aquí, como usted puede… —Dejó la frase sin terminar, a medida que se fue acercando, y una mirada de intriga le hizo fruncir el ceño al observar a Darcy.
—¿Señorita Bingley? —dijo él al notar que ella guardaba silencio. Sin pronunciar palabra, la señorita Bingley dejó que sus ojos oscilaran entre Darcy y Elizabeth, mientras los otros se reunían con ellos en el vestíbulo.
—Señorita Elizabeth. —Bingley se acercó a ellos con una sonrisa—. Permítame decirle que tiene un aspecto estupendo esta mañana. Tanto usted como Darcy, en realidad. No podrían haber hecho mejor pareja si lo hubiesen planeado.
Darcy se ruborizó con incomodidad, aunque no estaba seguro de si se debía a la ingenua observación de Bingley o a las sospechas de la complicidad de su ayuda de cámara.
—Sólo una curiosa coincidencia, Charles —se oyó decir a la señorita Bingley, que había recuperado el habla—. Pero no tan notoria como para que merezca comentario alguno.
—¡Coincidencia! —replicó Bingley mientras acompañaba a la señorita Jane Bennet—. Apostaría a que… —La severa expresión con que Darcy lo miró casi le hizo tragarse la lengua—. Apostaría a que es, tal como tú dices, una mera casualidad. ¿Ya está todo el mundo aquí? ¡Bien! No debemos llegar tarde a la iglesia —terminó de decir apresuradamente, y poniéndose el sombrero, escoltó a las damas hacia la puerta.
Darcy decidió viajar con los Hurst y dejar el entretenimiento de las invitadas en las hábiles manos de Bingley. Ciertamente estaba demasiado malhumorado como para tolerar las especulaciones de la señorita Bingley o su grosería con Elizabeth. La somnolienta atmósfera que Hurst era capaz de proyectar era exactamente lo que necesitaba para contener sus emociones y ponerlas bajo control. Con el fin de desalentar a sus compañeros de viaje de establecer una charla trivial, Darcy abrió su libro de plegarias al azar y obligó a su mente a prepararse para la mañana.
Oh Dios, que por Tu espíritu llevas a
los hombres a desear
Tu perfección, a buscar la verdad y a
regocijarse en la belleza:
Ilumínanos y concédenos la inspiración, te rogamos…
Regocijarse en la belleza. Darcy miró distraídamente por la ventanilla del carruaje hacia el campo, pero sólo vio un par de ojos hermosos y una sonrisa encantadora que lo consolaron en medio de la silenciosa y fría mañana de otoño.



Regocijarme en su belleza… ¿Acaso querría tener ese íntimo derecho? Darcy suspiró y dirigió nuevamente su atención al texto. Concédenos la inspiración… Se recostó contra los cojines con la dolorosa convicción de que estaba sufriendo más bien un ataque de inspiración y no la falta de ella. Qué extraño resultaba el hecho de que, después de haber pasado los últimos dos años reencontrándose con los placeres de la sociedad londinense y rodeado por las jóvenes más hermosas, refinadas y deseables de Inglaterra, descubriera en un remoto rincón de Hertfordshire la belleza y la inspiración que le aceleraban el pulso y le hacían perder la compostura.
… para que en todo lo que sea verdadero, puro y hermoso,
Tu nombre sea venerado y venga a la tierra Tu reino;
A través de Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
Darcy cerró el libro con delicadeza. Verdadero… puro… hermoso. Con toda sinceridad, ¿qué mejores requisitos podía tener la mujer con la que uno iba a compartir la vida? Su memoria volvió a oír la larga lista de talentos que había hecho la señorita Bingley para definir a una mujer realmente virtuosa, con la condición adicional de que fuera muy leída. ¿Acaso la encarnación de esa lista le ofrecería una mejor garantía para su futura felicidad que una mujer que fuera verdadera, pura y hermosa?
El carruaje fue disminuyendo la velocidad a medida que el cochero guiaba los caballos hacia el patio de la iglesia y luego se detuvo completamente frente al sendero que llevaba a la puerta principal. Darcy esperó a que Hurst descendiera y le ofreciera la mano a su esposa y luego avanzó hacia la puerta. Con desconsuelo, observó que la señorita Bingley iba detrás de ellos, con la esperanza, sin duda, de sentarse junto a él en el banco. Como era su deber, le ofreció el brazo, el cual ella aceptó con un aire de posesión que dirigió principalmente hacia Elizabeth, pero que incluyó a todo Meryton en general. Mientras Darcy la escoltaba hacia la iglesia, descubrió una sensibilidad artística de la cual no había sido consciente hasta aquel momento y que temblaba ante el terrible contraste que presentaban el púrpura de la señorita Bingley y su propio verde, y nuevamente se preguntó si Fletcher también habría tenido algo que ver con aquella combinación de colores.
Cuando estaba a punto de seguir a la señorita Bingley a través de la puerta, Darcy se detuvo al ver que Elizabeth estaba saliendo, con una sonrisa de disculpa en sus labios. Después de sentarse al final del banco, se inclinó hacia delante y miró a Bingley, que estaba al otro lado, con una ceja levantada en señal de pregunta. Bingley moduló en respuesta la palabra «chal» y se encogió de hombros. El director del coro se levantó en ese momento y les hizo señas a los niños para que comenzaran el himno procesional. El coro de doce miembros inició su solemne procesión por el pasillo, seguido por el vicario y su joven asistente. Unos segundos después, Darcy sintió una corriente de aire cálido y, cuando bajó la vista, vio que Elizabeth estaba a su lado, con un pesado chal de lana en los brazos.
—Por favor, señor, ¿sería usted tan amable de pasarle esto a Jane? —susurró sin aliento. Darcy tomó el chal y se lo pasó a la señorita Bingley, mientras observaba discretamente por el rabillo del ojo cómo Elizabeth vigilaba el avance del chal a lo largo del banco. Darcy supo en qué momento exactamente recibió el chal la señorita Bennet, pues vio la tierna sonrisa que iluminó la cara de su hermana y sintió que él mismo comenzaba a esbozar una sonrisa, cuando el coro terminó el himno y el vicario los invitó a rezar.
Las palabras de la invocación, que resultaban tan familiares para Darcy, fluyeron a través de él, hablándole de un orden superior de grandeza que rara vez dejaba de sobrecogerle, a pesar de que los constantes susurros de la señorita Bingley, que se quejaba del frío y de la duración de la oración, fueron obstáculos enormes. Sonó entonces el «amén», del que hicieron agradecido eco varios de los miembros de su grupo, y se anunció el primer himno. Era un himno que Darcy no conocía, así que prefirió escuchar en lugar de tratar de seguirlo. El hecho de que a su lado se encontrara la dama cuya voz tanto le había gustado la semana anterior fue un mayor estímulo para guardar silencio. Y no se sintió decepcionado; la voz de Elizabeth sobresalía con tono seguro, con un sentimiento y una gracia que lo conmovieron profundamente. En el último verso, Darcy unió su voz de barítono a la voz de soprano de ella, lo cual provocó la risa a un par de jovencitas que estaban delante. Cuando volvieron a sentarse, el caballero sólo tuvo que soportar una vez el examen de las chiquillas, antes de dedicarles una mirada de censura fulminante que sólo sirvió para desatar otro paroxismo de estupidez por parte de las niñas. Para aumentar su indignación, Elizabeth parecía no poder contener la tentación de unírseles, y tuvo que ponerse rápidamente la mano enguantada sobre la boca, mientras lo miraba con gesto travieso. Darcy la ignoró con arrogancia y dirigió su atención al vicario.
Llegó el momento de la confesión dominical. Darcy murmuró la oración de memoria, sin detenerse mucho pues creía que las frases que se referían a la desobediencia y la ingratitud eran de poca aplicación. Cuando llegaron al momento en que se incluía en la lista el pecado del orgullo, Elizabeth se movió junto a él, y con delicadeza, pero claramente, carraspeó. Esto le proporcionó a Darcy la justificación perfecta para hacer énfasis en el siguiente pecado: la obstinación, de una manera que ella no podía pasar por alto.
Cuando se anunció el segundo himno, estaban en un punto muerto y Darcy trató de protegerse de los efectos que tenía la voz de la muchacha sobre sus traicioneros sentidos. Aquel himno sí lo conocía bien. Al girarse ligeramente en dirección a la señorita Bingley, Darcy logró evitar la mirada burlona de Elizabeth, pero con el desafortunado resultado de darle a la otra dama la idea de que podía volver a reclamar su atención. Fue una pésima idea, porque la voz de Elizabeth siguió invadiendo sus sentidos y ahora, además, se vio obligado a lidiar también con los comentarios y las quejas de la señorita Bingley.
—Prepárense para recibir al Señor —pronunció con voz solemne el reverendo Stanley al leer las Escrituras—. Recorran el camino recto a través del desierto hacia nuestro Dios. —Darcy sacó otra vez su libro de oraciones y pasó rápidamente las páginas en busca de esos pasajes.
—¡Tch! —Darcy bajó la mirada al oír el sonido que provenía de la desconsolada actitud de Elizabeth, que se mordía el labio inferior con consternación y contemplaba sus manos vacías. Después de dudar sólo un segundo, puso con galantería el lado izquierdo de su libro entre las manos de ella e inclinó la cabeza para acomodarse de manera que ella también pudiera ver.
—Dios todopoderoso, concédenos la gracia… —leyeron juntos. Inclinado sobre el libro, el aliento de Darcy hacía temblar los rizos que flotaban alrededor de las orejas y las sienes de Elizabeth, distrayéndolo poderosamente de la página que compartían—, para que podamos alejar las obras de la oscuridad y ponernos la armadura de la luz… —Haciendo un gran esfuerzo, Darcy logró concentrarse en el texto y fue capaz de terminar sin que su mente se desviara por peligrosos vericuetos. A su lado, Elizabeth se recostó contra el duro banco, buscando de manera inconsciente una posición cómoda para escuchar el sermón del reverendo Stanley. Los intentos de Darcy por hacer lo mismo fueron totalmente infructuosos. Atrapado como estaba entre dos damas, no se atrevió a permitir que ninguna parte de su cuerpo estuviera demasiado cerca de ellas, así que sus posibilidades quedaron reducidas a sentarse totalmente recto, de una manera que le recordó dolorosamente al pupitre escolar. No había nada que hacer, de modo que Darcy se resignó a su suerte, cruzó los brazos sobre el pecho y fijó la vista en la cara del vicario.
Providencialmente, el señor Stanley era un enérgico predicador, y atrajo el interés de Darcy con la suficiente fuerza como para permitirle olvidarse, durante la mayor parte del tiempo, de la rigidez de sus músculos y la peligrosa consciencia de la inquietante mujer que tenía a la izquierda. Sin embargo, cuando el servicio concluyó y se cantó el último himno, Darcy estaba ansioso por ponerse de pie y buscar en el exterior la oportunidad de aliviar la tensión de su espalda y sacar a la dama de su mente.
—Señor Darcy —se oyeron dos voces, una de cada lado.
—¿Señorita Bingley, señorita Elizabeth? —dijo Darcy y se quedó esperando con curiosidad a ver cuál de las dos le cedería a la otra su atención.
—Por favor, señorita Bingley, usted estaba primero —dijo Elizabeth que, haciendo una ligera reverencia, se alejó y tomó el brazo del squire Justin, a quien le aseguró que su hermana estaba totalmente recuperada. Decepcionado, aunque sin razón, Darcy se volvió hacia la señorita Bingley y le preguntó en qué podía ayudarla. Con una sonrisa triunfal, ella lo tomó del brazo, sin darle la oportunidad de hacer otra cosa que escoltarla por el pasillo lleno de gente.
—No tienen calientapiés, señor Darcy, ¡y con este clima! ¡Es increíble! La próxima semana, se lo prometo, ordenaré que traigan los ladrillos del coche, haya calentadores o no.
—Como desee, señorita Bingley —respondió Darcy de manera distraída, mientras fijaba su atención en un pequeño revuelo que tenía lugar en la parte reservada a los criados.
—Tal vez Charles debería pedirle al sacristán que hiciera algo al respecto. ¿Cómo pueden pretender que uno le preste atención al vicario mientras se congela?
—Mmm —musitó Darcy, que apenas la estaba oyendo. Con cierta curiosidad, Darcy examinó el grupo de criados hasta que localizó el lugar de donde provenía la agitación y se sorprendió al ver en el centro a su propio ayuda de cámara.
—¡Qué de…!
—¡Señor Darcy! —exclamó la señorita Bingley—. ¿Qué estará pasando? —Al no recibir ninguna respuesta, siguió la severa mirada de Darcy hasta el rostro de su ayuda de cámara, que le devolvió la mirada con la misma perturbada altivez, mientras sostenía el brazo de una mujer joven con una mano protectora. Tras ellos había un lacayo más bien alto y corpulento, que los observaba con una cólera que podría haber encendido una llama a veinte pasos de distancia.
—¿No es ése su ayuda de cámara? —preguntó la señorita Bingley. Darcy contestó afirmativamente casi sin voz, mientras apretaba la mandíbula de manera amenazante. Atrapado entre dos fuegos, Fletcher bajó los ojos en señal de deferencia hacia su amo, cuya mirada prometía un futuro ajuste de cuentas. El lacayo, al verse intimidado por un caballero, se echó hacia atrás, alejándose de Fletcher y la muchacha, y salió de la iglesia en la dirección opuesta.
Darcy siguió cruzando el pasillo con la señorita Bingley del brazo.
—Su ayuda de cámara… ¿lleva mucho tiempo con usted? —preguntó ella tras unos instantes de silencio.
—Bastante —contestó Darcy lacónicamente.
—¿Y le presta un buen servicio? ¿Sin arranques de mal genio o problemas con los colores?
—¡Claro que no! Al menos… —Darcy guardó silencio, considerando lo que acababa de presenciar—. Por lo general, es totalmente digno de confianza. Pero, me pregunto cuál es su interés en mi ayuda de cámara, señora.
—Ah, simple curiosidad, señor. Pero, dígame, ¿alguna vez lo ha visto confundir el verde con el gris?
Después de llevar a la señorita Bingley hasta su vehículo a la salida de la iglesia de Meryton, Darcy se dirigió al carruaje de los Hurst para regresar a Netherfield tal como había venido. Las damas estaban subiendo hacia sus habitaciones cuando él se quitó el sombrero y los guantes y se deshizo de su abrigo, a la entrada de Netherfield. Algunas frases acerca del inminente regreso de las hermanas Bennet a Longbourn llegaron hasta sus oídos cuando se detuvo un momento y observó con cierta preocupación la nostalgia con que Bingley las miraba.
—Si quisieras ofrecerme una bebida caliente, viejo amigo, aceptaría encantado —propuso Darcy con cuidado.
Bingley volvió en sí y, sacudiendo la cabeza en señal de disculpa, contestó que pediría algo enseguida.
—¿Un chocolate estaría bien?
—¡Excelente! ¿En la biblioteca? Tienes que oír el relato que leí ayer sobre la caída de las murallas de Badajoz. —Bingley asintió de manera débil y se marchó para ordenar las bebidas, mientras Darcy se dirigía a la biblioteca, ansioso por desaparecer de cualquier lugar que pudiera atraer a las hermanas Bingley o, en particular, a sus invitadas que estaban a punto de marcharse. La prolongada proximidad con Elizabeth en la iglesia lo había perturbado y ciertamente había contrariado su plan de permanecer lejos de ella hasta que se marchara. Darcy sabía que debía emplear bien el poco tiempo que quedaba. Y su mejor alternativa era salvaguardarse de cualquier contacto con ella hasta que la cortesía exigiera su presencia. Si su plan exigía distraer la atención de Bingley de la señorita Jane Bennet, aún mejor.
Darcy y Bingley pasaron una hora muy agradable «tomando» Badajoz desde la comodidad de sus sillones frente a la chimenea de la biblioteca. El relato del autor, lleno de suspense, sumado al talento de Darcy para infundirle a la narración un sentido de cercanía y heroísmo tuvieron completamente fascinado a Bingley. Al levantar la vista del texto, Darcy se sintió feliz de ver cómo la expresión de su amigo fue cambiando gradualmente de un interés puramente cortés a una intensa expectación, así que cuando Stevenson les informó de que las señoritas Bennet estaban a punto de marcharse, Darcy se felicitó al detectar en Bingley una momentánea sensación de decepción por la interrupción.
Al acompañar a su amigo hasta el vestíbulo principal, Darcy tuvo cuidado de quedarse en segundo plano, mientras observaba con indiferencia los movimientos de los participantes en la despedida. El alivio de la señorita Bingley por la partida de las damas era casi palpable, y el de su hermana, apenas un poco menor. Hurst se marchó del vestíbulo tan pronto como se lo permitió la decencia y Bingley se quedó solo, expresándoles a las damas la sincera sensación de pérdida que le producía su partida. Cuando por fin dio un paso al frente, Darcy se inclinó brevemente ante la señorita Jane y le deseó un buen viaje a casa y la continuidad de su buena salud. Luego se volvió hacia su hermana, listo para pronunciar palabras similares, pero casi pierde su estudiada gravedad al percibir con sorpresa la agitación que tenía lugar en los ojos de la señorita Elizabeth.
—¿Señorita Elizabeth? —preguntó.
—Señor Darcy —respondió ella con una voz que requirió que él se acercara un poco más para oírla mejor—. Señor Darcy, le aseguro que no tengo ningún deseo de entrometerme en sus asuntos domésticos o involucrarlo a usted en historias locales. —Se detuvo un momento con evidente incomodidad, pero tras recuperar la compostura, siguió adelante—: Temo que a usted le parezca que esto es una intolerable imposición, pero, por favor, permítame poner en su conocimiento el gran servicio que su criado le hizo esta mañana a la pequeña Annie Garlick.
—El señor Fletcher es muy consciente de la conducta que espero de quienes están a mi servicio —respondió Darcy con arrogancia, pero con curiosidad por el interés de la muchacha en el incidente.
—¡Oh, me alegra tanto oír eso, señor Darcy! —fue el comentario de la muchacha.
¡Lo había vuelto a hacer!, pensó Darcy, sin saber si debía sonreír o fruncir el ceño. Ahora, ¿qué quería exactamente que dijera?
—¿Qué quiere decir con eso, señorita Elizabeth?
—Bueno, sabiendo que cuenta con su total respaldo y sus más altas expectativas para alentarlo, su ayuda de cámara hizo lo que ninguno de los otros sirvientes estaba dispuesto a hacer, ni tampoco ninguno de los caballeros del pueblo.
Darcy decidió dejar de fingir que no entendía.
—El lacayo corpulento —dijo.
—Sí —contestó Elizabeth sonriendo—, ese hombre estaba molestando a la pobre Annie de la manera más vulgar. Su ayuda de cámara se portó con ella como un caballero de brillante armadura.
La imagen de Fletcher vistiendo una armadura y preparado para combatir cruzó por la mente de Darcy y amenazó con causarle un estado de hilaridad que rara vez había disfrutado gracias a una dama. Ocultó su risa aclarándose la garganta.
—Humm, ¡un caballero! Bueno, tendré en mente sus palabras la próxima vez que hable con él. —Se inclinó con elegancia ante ella—. Buenos días.
—Señor Darcy —respondió ella. Luego hizo la respectiva reverencia y se marchó.



Más tarde, cuando Fletcher entró calladamente en la alcoba de su amo para ayudarlo a vestirse para la cena, Darcy se tomó su llegada con mucho más interés del que se imaginaba que su ayuda de cámara quería recibir.
—Fletcher, quisiera hablar con usted acerca de esta mañana —comenzó.
—Sí, señor, un momento, señor —contestó el sirviente, y desapareció en el vestidor. Darcy hizo una pausa, enarcando una ceja, sorprendido. Al ver que Fletcher seguía sin aparecer después de unos instantes, Darcy decidió dirigirse hacia la puerta del vestidor, pero se estrelló contra su ayuda de cámara, haciendo que éste dejara caer al suelo los pantalones de gala negros que llevaba en los brazos. Mientras Darcy se apartaba, Fletcher se agachó para recogerlos y casi lo hace resbalar al tirar de ellos sin darse cuenta de que Darcy tenía una bota encima. El sonido de la tela que se rompía rasgó el aire e hizo que los dos hombres se quedaran inmóviles.
—Señor Darcy. ¡Sus pantalones! —gritó Fletcher. La mirada de horror que se reflejó en el rostro de Fletcher contrastó de manera tan irónica con la imagen de héroe que habían pintado las palabras de Elizabeth, que Darcy no pudo evitar que sus labios se curvaran en una mueca burlona. Rápidamente el esbozo de risa se convirtió en carcajada incontenible mientras Fletcher mostraba los pantalones rotos y miraba a su amo en total estado de confusión. En aquel momento, el caballero sólo pudo desplomarse sobre el sillón más cercano y ponerse una mano sobre los ojos tratando de recuperar la compostura.
—¿Señor Darcy? ¿Señor? —La voz de Fletcher contenía una nota de preocupación, en tanto que su patrón continuaba tratando de ahogar la risa que amenazaba con estallar nuevamente cada vez que miraba a su ayuda de cámara o a los pantalones.
—Señor Fletcher —logró decir finalmente—, recuerdo con claridad que tenía algo importante que discutir con usted, pero le juro que no puedo recordar de qué se trataba. Usted probablemente sabrá mejor que yo lo que debería estar comentando en este momento; así que, si es usted tan amable, ¡considérelo dicho! ¡Y no se preocupe por los pantalones, hombre!
—Sí, señor. Claro… Buscaré otro par enseguida. ¡Gracias, señor! —dijo Fletcher tartamudeando y fue fiel a su palabra.
En un tiempo récord de veinte minutos, Darcy estuvo listo para salir de su habitación. Cuando su ayuda de cámara comenzó a recoger la ropa sucia, Darcy se detuvo un momento. Las maquinaciones de la noche anterior, coronadas por la escena de la iglesia, exigían al menos que demostrara una cierta molestia por su parte. Aunque no tenía pruebas concluyentes de las primeras y, en cuanto a lo segundo… Bueno, el hombre había conseguido los elogios de un importante personaje. Darcy sacó su reloj y jugueteó un poco con la cadena mientras contrastaba la hora con el reloj de la habitación. Finalmente lo volvió a guardar en el bolsillo del chaleco.
—Fletcher, un momento.
—Señor Darcy. —La actitud de Fletcher le confirmó que su ayuda de cámara había recuperado gran parte de su aplomo habitual.
—He mencionado un asunto de importancia, ¿recuerda? —Fletcher se quedó inmóvil y miró a su patrón con inquietud—. No sé por qué ni cómo, pero eso no debe repetirse. ¿He sido lo suficientemente claro? —Fletcher asintió con la cabeza—. La señorita Bingley me transmitió su irritación con toda claridad y no quiero volver a soportarlo otra vez.
—¿La señorita Bingley, señor? ¿Qué le ha hecho Annie a la señorita Bingley? —El desconcierto de Fletcher coincidía con el de Darcy.
—¿Annie y la señorita Bingley? ¡Bueno, nada! —contestó Darcy.
—Entonces, ¿usted no está disgustado por lo de Annie, señor? De verdad, ¿qué más puede hacer un cristiano sino defender a una pequeña inocente de ese enorme…?
—No estoy hablando de la joven, Fletcher, ¡sino de la señorita Bingley! Aunque no puedo decir que me agrade ver a alguien tan íntimamente conectado a mi servicio involucrado en un altercado como ése.
—Señor Darcy, le juro por mi vida que nunca he tenido un altercado con la señorita Bingley —declaró Fletcher aterrado.
—No, no, no con la señorita Bingley. —Darcy estaba a punto de darse por vencido en la tarea de hacerse entender—. Fletcher, escuche… —El reloj de la habitación dio las ocho, lo que significaba que él debía estar en el primer piso justo en ese momento—. Estoy seguro de que usted entiende lo que quiero decir —dijo con frustración— y espero que sepa cumplirlo.
—Por supuesto, señor —dijo Fletcher, inclinándose. Darcy asintió con la cabeza, sin sentirse totalmente satisfecho, y con una ligera sensación de confusión. Después de recibir otro gesto de asentimiento de Fletcher, Darcy se apresuró a bajar al comedor.


La placentera tranquilidad del domingo se convirtió el lunes en un inesperado tedio. El interés de Bingley en las dificultades de la administración de una propiedad fue decayendo y no fue compensado por el despertar de la actividad social de la señorita Bingley después de que se marcharan sus inesperadas huéspedes. Varias de las personalidades locales y sus esposas vinieron a cenar, pero ninguno de ellos fue capaz de traer la chispa a la cual se había acostumbrado Darcy. Por tanto, al día siguiente, cuando Bingley sugirió un paseo a caballo hasta Meryton que terminara en una visita a Longbourn, «para preguntar por la salud de la señorita Bennet por cortesía», Darcy accedió con una celeridad que sorprendió a su amigo.
Las cuatro millas hasta Meryton a través de sinuosos senderos en medio del campo les brindaron a los dos hombres amplia oportunidad de llenar sus pulmones con el aire tonificante de un hermoso día otoñal. Al notar que sus jinetes se mostraban extraordinariamente complacidos con el recorrido, sus inquietas cabalgaduras se identificaron con ese sentimiento y emplearon todas sus habilidades para hacer de la salida un grato paseo, alentados por las risas de sus amos y las afectuosas y divertidas exclamaciones concernientes a sus orígenes hasta que el pueblo apareció en la lejanía. Allí, necesariamente adoptaron de nuevo modales más caballerosos. Mientras avanzaban por la calle principal, Bingley detuvo su caballo y se empinó sobre los estribos, interesado en la escena que tenía enfrente, lo cual intrigó a su amigo.
—¿Qué pasa, Bingley? ¿Qué estás mirando? —preguntó Darcy, examinando él también la calle.
—¿No las ves, Darcy? La familia Bennet, o mejor, sólo las damas y otros caballeros. A la izquierda, cerca de la tienda de telas. —Dirigió la mirada hacia donde señalaba su amigo, y las vio, rodeadas de algunos oficiales y otros dos caballeros, uno de los cuales parecía ataviado con el traje negro de los clérigos.
—¡Qué suerte! Ahora no hay necesidad de seguir hasta Longbourn y, teniendo en cuenta el propósito del viaje, tampoco será necesario detenernos a preguntar en la calle. La señorita Bennet está aquí y parece disfrutar de un excelente estado de salud; en consecuencia, nosotros…
La mirada que le lanzó Bingley fue exactamente la que Darcy esperaba. Apoyó los talones contra los flancos de Nelson y sonrió al gritarle a su amigo por encima del hombro:
—¡Vamos, perdedor! ¿Vienes?
Tan pronto como Bingley lo alcanzó, Darcy disminuyó el paso y se acercaron al grupo. Nadie había notado todavía su presencia, pues el caballero desconocido se interponía entre ellos y las damas. Un aleteo de excitación se agitó libremente en el pecho de Darcy cuando primero la señorita Jane Bennet y luego la señorita Elizabeth se percataron de su llegada.
—¡La señorita Bennet y, sí, todas sus hermanas! ¡Qué maravillosa coincidencia! —saludó Bingley, mientras detenía completamente su montura.
—¡Señor Bingley! ¿Cómo está usted, señor? —contestaron varias de las jovencitas, sonrojadas por la atención de que eran objeto.
—Señores, estábamos precisamente presentando a nuestro primo recién llegado a Meryton y conociendo igualmente a un nuevo amigo —explicó Elizabeth por encima de las risitas de sus hermanas—. ¿Me permiten presentarles a nuestro primo, el señor Collins, de Kent? —Consciente de que el caballero vestido de negro se había dado la vuelta, Darcy apenas fijó sus ojos en él y asintió con la cabeza. El paseo hasta Meryton había conseguido un maravilloso rubor en las suaves mejillas de la señorita Elizabeth, y aunque la felicidad que reflejaban sus ojos no se debía a la presencia de Darcy, de eso estaba seguro, seguía siendo un espectáculo extraordinario. Logró apartar sus ojos de ella cuando la muchacha comenzó la segunda presentación y trató de prestarle atención.
El otro caballero no se giró durante la primera presentación, sino que permaneció dándole la espalda al hombre a caballo. La impresión de que la figura del hombre le resultaba familiar cruzó de manera rápida por la mente de Darcy. ¡No puede ser!
—… presentarle al señor Wickham, que acaba de unirse al regimiento del coronel Forster. —Elizabeth resplandeció cuando el caballero se dio la vuelta e hizo una inclinación, con un solo movimiento.
Darcy se quedó paralizado por la sorpresa y la rabia. Su rostro palideció por completo, excepto por los ojos, que brillaron de manera sombría al ver al nuevo oficial. Sintiendo enseguida la conmoción de su amo, Nelson comenzó a retroceder y levantó la cabeza con creciente agitación. Los hábiles movimientos de Darcy pusieron al animal bajo control, pero su mirada siguió penetrando la cara enrojecida de Wickham.




Incapaz de soportar el furioso escrutinio de Darcy, Wickham frunció el ceño pero ocultó su reacción con el gesto de llevarse la mano al sombrero, a modo de saludo. Con los labios apretados en un implacable gesto, Darcy le devolvió el saludo con la mínima muestra de cortesía y se volvió hacia Bingley, mientras su mente se convertía en un caos total.
Afortunadamente Bingley sólo tardó unos minutos más intercambiando comentarios con las damas y los caballeros y se despidió. A Darcy la entrevista le pareció interminable. Se quedó inmóvil en la silla de montar, sin saber a dónde mirar, mientras la cabeza le daba vueltas.
¿Cómo es posible? ¿Se ha unido al regimiento? ¿Por qué? ¿Cómo? Las preguntas y las sospechas fluían rápidamente. ¿Por qué aquí? ¿Acaso sabía que yo estaría en Hertfordshire… me ha seguido? Su objetivo, ¿cuál puede ser su objetivo? Mientras Darcy se agachaba y fingía ajustar uno de los estribos, una oleada de nauseabundo temor lo sacudió hasta la médula. ¡Georgiana! ¡Dios mío! ¿Le habrá hecho algo a Georgiana y ha venido a restregármelo en la cara? De la misma forma que no podía evitar que el sol se levantara cada mañana, tampoco pudo evitar el estremecimiento de rabia y temor que sacudió su cuerpo. Sus manos temblaron, la calle pareció inclinarse y todo su ser reclamó la oportunidad de saltar sobre el demonio cuya incomodidad de hacía unos instantes había sido reemplazada por un aire de modestia y cordialidad.
—Señorita Bennet, señorita Elizabeth. —La voz de Bingley llegó al conmocionado Darcy como en un sueño—. Por favor presenten mis saludos al señor y la señora Bennet. Señor Collins, señor… ¡Perdón! Teniente Wickham. Encantado de conocerles, señores. —Bingley se quitó el sombrero y, haciendo otra reverencia a las damas, hizo que su montura diera media vuelta. Recordando sus modales, Darcy hizo lo mismo y alcanzó a ver una expresión de curiosidad en el rostro de Elizabeth.
¿Qué le habría parecido todo aquello?, pensó con rencor mientras seguía a Bingley a la salida de Meryton. Conociendo las inclinaciones de la señorita Elizabeth Bennet, Darcy supuso que ella estaría examinando el incidente con peligroso celo. ¿Qué pensará del asunto? ¿Se atreverá Wickham a ofrecerle una explicación? ¡No! No, hacerlo sería ponerse al descubierto y eso es algo que, con seguridad, no se puede permitir, pensó Darcy con amargura. ¿Cuánto costaría un cargo de teniente? ¡No, no creo que se pueda permitir muchos lujos si se ha unido al ejército! Pero ¿qué hay de Georgiana? Darcy volvió a angustiarse, temiendo por su hermana. ¿Acaso Wickham había intentado ponerse en contacto con ella, obligarla a alguna cosa mientras su hermano estaba ausente?
Bingley comenzó a tararear una canción de amor popular y el sonido de su desafinado silbido se enfrentó al torrente de emociones de Darcy, hasta resultar victorioso.
—Tienes toda mi atención, Bingley —dijo Darcy bruscamente, decidiendo que debía enviar un correo urgente a su hermana—. ¡Por favor, no sigas, te lo ruego!
—¿No te gusta la cancioncilla, Darcy? Está de moda, ¿sabes? —dijo Bingley, sonriéndole con expresión imperturbable.
Darcy enarcó una ceja, despectivo.
—¿Una cancioncilla, dices? Creí que estabas llamando a las vacas y esperaba encontrarme rodeado de tus admiradoras de cuatro patas en cualquier momento.
—¡Darcy! ¡Estás exagerando! —La acusación de Bingley fue recibida con un resoplido que negaba la existencia de la tendencia a exagerar—. Bueno, nunca he dicho que tenga talento musical, al menos no para tus oídos, pero con seguridad a un hombre se le puede perdonar que cante en voz alta cuando está inspirado por la belleza que acabo de contemplar. —Darcy creyó haber oído a Bingley suspirando de amor—. ¡Qué suerte haberlas encontrado en el pueblo! Podríamos haber pasado y no haberlas visto.
—Sí, es cierto —respondió Darcy en voz baja, mientras reflexionaba sobre la naturaleza fortuita del encuentro. Es posible que se hubiese encontrado con Wickham en alguna velada social en el pueblo. Los oficiales de Forster parecían estar siempre en todas partes. Era muy probable que Wickham fuese invitado junto a sus compañeros a asistir a una cena o a animar una reunión. ¡En una sociedad tan restringida como la de Hertfordshire, se estarían encontrando continuamente! Darcy hizo rechinar los dientes—. ¡Intolerable!
—¿Cómo has dicho? —Bingley detuvo su caballo y se giró para mirar a su acompañante.
Darcy lo miró desconcertado y luego se dio cuenta de que debía de haber expresado en voz alta la conclusión de sus reflexiones.
—Charles, debo pedirte con toda seriedad que me hagas un gran favor.
Bingley abrió los ojos al oír la solemnidad del tono de su amigo.
—Todo lo que esté a mi alcance, Darcy, cualquier cosa.
Una sonrisa fugaz cruzó el rostro del caballero al oír la buena disposición de Bingley; luego respiró profundamente.
—Te pido que informes al coronel Forster de que su nuevo oficial no será bienvenido en el baile de Netherfield la próxima semana. —La sorpresa y la duda que se reflejaron en el rostro de Bingley lo hicieron apresurarse a seguir—: Soy totalmente consciente de la posición en que esto te coloca y no puedo hacer menos que ofrecerte mis más sentidas excusas. No te puedo dar ninguna explicación, excepto decirte que conozco desde hace mucho tiempo al teniente Wickham, ya que su padre, antes de morir, fue administrador del mío, y que él ha retribuido la generosidad de mi familia de una manera monstruosa, que siempre se interpondrá entre nosotros.
—¡Por Dios, Darcy! ¿Crees que Forster sabrá que ha aceptado como oficial a semejante bandido?
—No dudo de que se enterará a su debido tiempo. Wickham nunca ha dejado de revelar su verdadera naturaleza después de un tiempo, pero su manera de ser parece tan sincera, su capacidad de embaucar es tan extraordinaria, que, por lo general, logra hacer el daño antes de que su víctima lo sepa. —El ceño fruncido de Bingley y su silencio a causa del impacto de aquella afirmación mostraron a Darcy que había logrado su propósito—. Desde luego, en otros aspectos relativos a Wickham debes actuar como te parezca apropiado. Sólo te pido que me concedas el favor de ajustar tu lista de invitados para ese baile. Si tienes que incluirlo o tolerar su compañía en algún evento público, no pienses en mí. Nadie me echará de menos, estoy seguro. —Darcy desvió la mirada, recordando el gesto ceñudo de Elizabeth.
—¿Que nadie te echará de menos? ¡Pamplinas! Ese hombre no cruzará la puerta de mi casa, te lo prometo.
—Gracias —contestó Darcy con sencillez, pero sus palabras parecieron provocar en Bingley un increíble placer—. ¿Bingley?
—¡Ah, no es nada! Sólo que son tan pocas las oportunidades en que te puedo hacer un favor de verdad, que el hecho de que me des las gracias es extraordinario.
Darcy esbozó una media sonrisa.
—Tal vez debería permitirte más oportunidades de éstas, teniendo en cuenta que te hacen tan feliz.
—¡Tal vez deberías! —repitió Bingley y la sinceridad de sus palabras tras la carcajada que las acompañó le dieron a Darcy algo más en qué pensar, mientras dirigían sus cabalgaduras hacia la entrada de Netherfield.
La afirmación de Bingley de que «ese hombre» nunca sería admitido en Netherfield alivió un poco los sombríos sentimientos de inquietud que invadieron a Darcy al descubrir a Wickham en el condado. Pero sus pasadas experiencias con Wickham conspiraban contra esa sensación de alivio; Darcy no descansaría hasta haber confirmado que Georgiana no estaba involucrada de ninguna manera en la aparición del hombre en Hertfordshire. En consecuencia, inmediatamente después de la cena, se disculpó de participar en los entretenimientos que la señorita Bingley había planeado para la noche y se retiró al escritorio que había en el salón. Después de sacar una hoja de papel y encontrar una pluma bien afilada, la mojó en el tintero y la apoyó sobre el papel.

19 de noviembre de 1811
Netherfield Hall
Meryton
Hertfordshire
Querida Georgiana:

Darcy hizo una pausa y se encontró sin saber cómo seguir. ¿Qué debo decir? ¿Cómo debo comenzar a escribir algo que sólo puede traerle dolor? Dejó la pluma en el tintero, se recostó contra el respaldo de la silla delicadamente tallado y se quedó observando la hoja blanca que tenía ante él con la mirada perdida. ¡Piensa, hombre! ¿Acaso no habrías tenido noticias de Georgiana o de su dama de compañía si algo estuviera fuera de lugar? Tú disculpas tu carácter alegando la inquietud que sientes por ella; pero, en realidad, ¿haces bien al buscar tu propia paz a expensas de la de Georgiana, a quien le costó tanto trabajo y tiempo alcanzarla? Darcy cerró los ojos, mientras se masajeaba las sienes con los dedos, para aliviar la tensión que parecía haberse instalado allí para siempre desde el inesperado encuentro de aquella tarde. ¿Cómo debo proceder? Si alguna vez necesitara consejo… Sus ojos se posaron en sus acompañantes.
La señorita Bingley y la señora Hurst estaban absortas en las páginas de Le Beau Monde, mientras que Hurst les leía en voz alta los chismes más apetitosos de Londres que traía un periódico que acababa de llegar. Bingley intentaba ignorar las carcajadas y el escándalo de sus hermanas y concentrarse en Badajoz, pues el libro había captado todo su interés desde su lectura del día anterior. Pero sus esfuerzos no tenían mucho éxito, pues se había visto obligado a levantar la vista repetidas veces porque Hurst insistía en entretenerlo cada dos minutos con los resultados de las carreras y los combates de boxeo de la semana anterior. Darcy suspiró profundamente y se volvió a concentrar en su carta. No podría conseguir mucha ayuda de aquel grupo, estaba seguro.
Un golpecito en la puerta y la entrada de Stevenson con una bandeja de plata en la mano suspendieron toda actividad en el salón. La bandeja, que contenía una única carta, pasó bajo el sorprendido examen de todos los presentes hasta que llegó a Darcy. Al reconocer la letra de la dirección, Darcy la agarró rápidamente y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Una carta, señor Darcy? —La pregunta de la señorita Bingley dejó ver la fuerza de su curiosidad.
—Una carta, sí, señorita Bingley. —Darcy se levantó y se inclinó ante sus anfitriones—. Si ustedes me disculpan. No, por favor no te levantes, te lo ruego —le dijo a Bingley, que comenzaba a inclinarse para levantarse de la silla. Darcy salió del salón a grandes zancadas y en unos pocos segundos se encontró en el corredor que conducía a la biblioteca. Tras cerrar la puerta de aquel agradable refugio, se dirigió a la chimenea, atizó los carbones hasta reavivar las brasas y se dejó caer en uno de los sillones que estaban más próximos para recibir un poco de calor. Con dedos torpes encendió una lámpara cercana y sacó la carta del bolsillo.
Aunque la carta reposaba en sus manos, Darcy parecía no poder encontrar fuerza suficiente para romper el sello. Le dio vueltas varias veces, leyendo de nuevo la dirección: «Señor Fitzwilliam Darcy, Netherfield Hall, Meryton, Hertfordshire», escrita con la inconfundible letra de su adorada hermana. ¿Qué encontraría dentro? Querida hermana, ¿estás destrozada? En medio de una terrible agonía, Darcy se inclinó hacia delante, respiró hondo y rompió el sello.

15 de noviembre de 1811
Pemberley
Lambton
Derbyshire

Querido hermano:
Tu carta del día 11 revelaba un carácter tan tierno y divertido que la he guardado entre mis recuerdos para atesorarla siempre, así como atesoro tu preocupación y afecto por una hermana tan problemática como yo. Tu noble y generosa determinación de asumir la responsabilidad de todo lo ocurrido el verano pasado me ha dejado muy afectada. No pretendo contradecirte, pero debes permitirme, querido hermano, hacerme responsable de lo que de verdad me corresponde. Debes saber que la contrición que todo esto produjo fue necesaria; de hecho, fue indispensable para mi recuperación, a diferencia del doloroso incidente entre tú y mi padre que mencionas. (Sí, en efecto recuerdo los golpes y el dolor de nuestro padre, aunque ya hace mucho tiempo olvidé las malas acciones que los causaron). No quisiera que pensaras más en eso. Ya ha terminado y pasado y ha sido olvidado. Yo me encuentro libre del peso de esa historia, excepto como una lección aprendida, y desearía que no te acordaras más de ella. ¡Te aseguro que la señora Annesley y yo estamos trabajando firmemente en eso!

Trabajando firmemente en eso… que no te acordaras más de ella. Los ojos de Darcy volvieron a examinar el párrafo, con el temor de que hubiese pasado algo por alto. No quisiera que pensaras más en eso… libre… una lección aprendida. Darcy se desplomó en la silla, con los ojos cerrados y apretando la carta contra sus labios. Las palpitaciones que sentía en las sienes fueron disminuyendo, a medida que la sensación de alivio se fue deslizando con dulzura por su cuerpo. Wickham no la ha molestado más. Evidentemente, su aparición allí no tenía nada que ver con Georgiana. Durante unos segundos, Darcy saboreó el alivio de sus temores, antes de volverse a preguntar por qué estaba Wickham en Hertfordshire y qué haría él al respecto. Parecían estar destinados a encontrarse con frecuencia, si él prolongaba su estancia en Netherfield.
—Si yo prolongo mi estancia —murmuró Darcy para sus adentros. Nadie cuestionaría que partiera hacia Londres. Siempre existía la excusa de un negocio inesperado. Estaba comprometido a quedarse hasta el baile, pero ¿y después? Un par de ojos totalmente encantadores, sobre una adorable sonrisa que dejaba a la vista un hoyuelo, se colaron sin control en su recuerdo. ¿Debería lamentar su partida? Darcy bajó los ojos hacia la carta que aún no había terminado de leer y volvió a levantarla hacia la luz.

Por favor dale mis recuerdos a la señorita Bingley. Es muy amable por su parte clasificar mis escasos talentos como una muestra de «perfección». Espero poder ser fiel a la precisión de su gusto y sólo puedo sentirme honrada por el hecho de que ella tenga mis esfuerzos en tan alta estima. A tu amigo, el señor Bingley, por favor hazle partícipe de mis felicitaciones por haber adquirido una buena posición.
Contigo como guía, sus esfuerzos sólo podrán ser coronados por el éxito.
Ahora, querido hermano, debo decir que con el resto de tu carta me quedé un poco más sorprendida. No puedo pensar cómo es posible que alguien crea que tú, que has sido conmigo el hermano más considerado y gentil, eres «una persona insensible y prosaica». La señorita Elizabeth Bennet debe de ser, ciertamente, una mujer poco común para haberse defendido de tus argumentos, haberte desdeñado de esa manera y haber pensado que eres un personaje desagradable. ¿Es ella, quizás, una de esas personas que se queda con la primera impresión y la forma en que os habéis conocido, en su opinión, no fue precisamente agradable? No puedo creer que lo que haya provocado ese desacuerdo entre vosotros haya sido un desliz en las buenas maneras. Espero que cuando esta carta llegue a tus manos ya se haya restablecido su buena opinión sobre ti, pues no puedo soportar la idea de que alguien juzgue tan mal tu carácter, siendo tan querido para mí.
Termino con mis fervientes deseos de verte y mis oraciones para que Dios te guarde hasta que te reúnas con nosotros para Navidad. Hay tantas cosas que me habría gustado decir, tantas cosas que he aprendido, pero eso tendrá que esperar hasta que tenga tu querido rostro frente a mí. Como dices que soy el «tesoro» de Pemberley, te recuerdo que tú eres su corazón. ¡Regresa pronto!
Tu hermana que te adora,
Georgiana Darcy

Los ojos de Darcy se detuvieron un rato sobre la elegante firma y luego, lentamente, dobló la carta por los pliegues y se la guardó en el bolsillo interno de la chaqueta. ¡Georgiana, mi niña querida! musitó, entrelazando los dedos y apoyando la barbilla sobre ellos mientras observaba los tizones ardientes de la chimenea. Trató de imaginársela mientras escribía con tanta precisión y sagacidad sobre su situación, pero no pudo hacerlo. Aquella criatura era totalmente distinta a la que él había puesto al cuidado de la señora Annesley hacía sólo cinco meses. Luego sonrió, al pensar en la incapacidad de su hermana para creer que no todo el mundo lo veía a él como ella lo veía, y se sintió halagado por la absoluta fe de la muchacha en su capacidad de recuperar su posición frente a los ojos escépticos de Elizabeth Bennet. ¡Qué cerca había estado de adivinar la verdad! ¡De hecho, la manera en que Elizabeth y él se conocieron no podría haber sido menos favorable!
A pesar de que sabía que era ridículo, la confianza de su hermana en él hizo encender una llama de optimismo en medio del abismo de indecisión en que había caído en los últimos días. La determinación de corregir la consideración de Elizabeth se apoderó de él. Revisó las circunstancias que tenía a su favor: Wickham no estaría presente, habría un intervalo de una semana de ausencia durante el cual podría reunir tópicos de conversación, el buen espíritu que por lo general reinaba en un baile, la distracción que ofrecería la presencia de un grupo numeroso de gente y, finalmente, la sorpresa que provocarían su deferencia y condescendencia.
Aliviado ya del motivo inicial para escribirle a su hermana, Darcy se levantó de su ensoñación frente a la chimenea con energía renovada y regresó a buscar la compañía de sus anfitriones y la carta que había dejado empezada. Más tarde, mientras tomaban brandy y jerez, Darcy se limitó a sonreír cuando la señorita Bingley observó que rara vez había visto a alguien tan entretenido en la redacción de una carta a su familia.

29 comentarios:

Juan Antonio dijo...

Querida Lady Darcy, se la echaba de menos. Es siempre un placer ver que ha actualizado su espacio.

Un beso.

fergie dijo...

hola guapa!!
bueno, antes que nada gracias por pasarte por mi blog, es un placer pasarme por el tuyo!
me parece perfecto y tan interesante... el tiempo en el que es narrada la historia me parece muy bueno... creativo!!
hay mi hombrecito darcy!!!
jajajajajaja!!
los personajes me han encantado, y todo lo que les pasa tambien. tienes una trama muy bonita...
besitos

AKASHA BOWMAN. dijo...

Mi querida Lady Darcy, encantador capítulo sin duda, no he podido reprimir la sonrisa ante la lectura de determinados pasajes, sobretodo ante la pillería de Fletcher, cuyo acierto a la hora de vestir a su amo produjo una casual coincidencia con la combinación de atuendos, para disgusto de la señorita Bingley, y para sorpresa del señor Darcy, cuyo verde combinaba a la perfección con el crema de Lizzy.

Asimismo que el caballero encontrara la inspiración en la lectura de versículos sagrados, teniendo a miss Bennet como musa entre los salmos divinos, me pareció divertido.

Ahora que Whickan ha aparecido en escena la trama tomará un giro más activo y tenso, e agradará comprobar cómo reacciona Darcy.

Es entrañable el afecto que muestra por su querida Georgiana, una nobleza de carácter que queda oculta muchas veces por su rigidez y sobriedad.

Mis saludos

Madame Minuet dijo...

Madame, lo que me he reido con Fletcher, en especial en la escena en la que se rompen los pantalones. Ha resultado muy divertido el capitulo de hoy.
E inquietante ese final, con Wickham flotando en el ambiente para enrarecerlo.

Feliz domingo

Bisous

ladymaria dijo...

Me encataba Wickman hasta que supe lo mal que se porto con Georfiana.
Gracias por pasar.

César Coca Vargas dijo...

Hola Lady.

A ver si no me equivoco. Hace unosías te pregunte sobre la temática de la novela que estás subiendo y me dijiste que era la misma de Orgullo y Prejuicio pero vista desde Darcy.

La novela de Austen no es narrada en tercera persona? ¿Cómo podría un personaje narrado contar la misma historia sin grandes vacíos?
Si no estoy en lo cierto te pido disculpas por mi comentario confuso.

Saludos y gracias por la visita. Que estés bien.

Princesa Nadie dijo...

Mañana me quedaré un rato más para leer el nuevo capítulo...hoy vengo para decirte que hay un premio para tí,si te apetece pasa recogerlo

Princesa Amidala dijo...

Hola mi querida amiga bloguera,
siento mucho que haya usted notado un ligero descenso en mis visitas. He de confesarle que en cuanto usted me desveló esta íntima y nueva versión de mi amada Orgullo y prejuicio, me hizo un gran regalo.

Gracias a su publicación pude comprobar que el libro en cuestión era una joyita digna de leer, pero al mismo tiempo me creó un problema.Sólo fui capaz de leer un par de sus capítulos, porque si algo me sucede cuando un libro me gusta es que se me despiertan unas ansias boraces de devorarlo.

Así pues me dije, una de dos, o te haces con él a la de ya, o bien esperas para poder leerlo de corrillo.

No dude que estoy pendiente de sus entradas y que a partir de ahora la tendré al corriente de mis impresiones.

Mil gracias de nuevo por obsequiarnos con estas maravillosas entradas y un aún mejor ambiente.

Saludos cariñosos!

Citu dijo...

Ay pobre Darcy tan atormentado necesita que loconsuelen, me ofrezco gustosa. Cada vez esta más interesante el relato.

Eleanor Atwood dijo...

Wickham aparece y la cosa se pone al rojo vivo...
me encanta ver cómo va perdiendo nuestro querido Darcy los papeles por la singular Elisabeth. Sin duda estos dos son de las parejas más bellas de la historia de la novela romántica.

Besos.

Wendy dijo...

Me gusta pasar por aquí sin prisa para disfrutar de la narración.
Darcy de verde y Elisabeth de crema y blanco, perfecta combinación, me parece desternillante que Darcy haya podiado pensar que Fletche haya tenido algo que ver en ello.
Aparece en escena el miserable Wickhan, esto dará un nuevo giro a la historia.
Un placer leerla Lady Darcy.
Un beso.

Wendy dijo...

Lady Darcy, en mi entrada "regalos musicales" hay uno para ti, espero que te guste.

Patricia. dijo...

Hola Rocely, qué tal?
Un gusto volver a pasearme por aquí.
Cuando leí este libro una de las cosas que me gustaron fue la correspondencia que Darcy mantenía con su hermana Georgiana, las cosas que se decían en la carta me cautivaron, ya sé que no fue J.Austen, pero Pamela Aidan estuvo muy acertada en eso.
Me preguntaste qué tal estábamos por el foro, pues la verdad muy centradas en el Mundial... curioso ¿verdad? MM no se ha dejado ver mucho últimamente. Pásate un día.
Besos. ;-)

Lady Darcy dijo...

Gracias Juan Antonio,
lo mismo pienso de tu encantador laberinto.
Besos.

Lady Darcy dijo...

Me alegro que sea de tu agrado querida Fergie, espero seguir contando con el placer de tus visitas.
Un abrazo.

Lady Darcy dijo...

Querida Akasha,
Coincidimos mucho en los pasajes favoritos de la historia, Fletcher no es un criado cualquiera, no es nada tonto muy por el contrario, es listísimo y lo que es mejor, un fiel sirviente y amigo.
Sin duda Wickham es una sombra que se hará notar en el siguiente capítulo.
Saludos mi querida amiga.

Lady Darcy dijo...

Madame Minuet,
Uno de mis personajes favoritos en esta novela, sin duda es Fletcher, Pamela Aidan le dá un toque muy peculiar a este personaje ficticio, enfatizando en la relación de respeto, amistad y lealtad entre sirviente y Señor.
Sin dejar aún lado las situaciones hilarantes por parte de ambos. Una delicia de lectura.

Feliz día madame.

Lady Darcy dijo...

Hola Ladymaría!
Wickham con su rostro hermoso y afable y sus excelentes modales hechizaba a cualquiera, lástima que resultó ser un lobo vestido de oveja.
Un abrazo y muchas gracias por tu visita.

Lady Darcy dijo...

Hola César!
De hecho es posible, y la autora lo hace con maestría, pues son precisamente esos misterios, esos vacíos que mencionas en la historia del personaje de Darcy, los que son desvelados y llenados gracias a que es vista desde sus ojos, no sé si me explico bien, en todo caso te recomendaría que leyeras previamente la novela original de Jane Austen y luego pasaras a ésta. Estoy segura que todas tus dudas se aclaran.
Gracias siempre por tu visita.
un fuerte abrazo

Lady Darcy dijo...

Gracias Princesa Nadie, por tu amable visita, y sí, ya tuve el gusto de pasar por tu blog y recoger tan lindo premio, te doy las gracias también desde aquí.
Ya prepararé con un poquitín más de tiempo, una entrada apropiada para subirlo.

un beso inmenso.

Lady Darcy dijo...

No se inquiete mi querida amiga, la verdad pensé que había perdido el camino y pensaba tirar algunas piedrecillas en el sendero :) pero veo que encontró el camino ;) ya puede ir empezando a leerlo de corrido ya que quedan pocos capítulos para esta primera parte de la trilogía.
Siempre un placer contar con sus visitas Princesa.

Saludos afectuosos.

Lady Darcy dijo...

Hola mi querida Citu!!
Ya somos varias dispuestas a consolarlo...pobrecito...voy corriendo antes que se tranquilice.
un beso.

Lady Darcy dijo...

Querida Eleanor!
Wickham es detestable, llega a aturdir, aún más, a nuestro querido Darcy como si no tuviera ya demasiado con su Elizabeth.
Un beso y muchas gracias por tu visita.

Lady Darcy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lady Darcy dijo...

Buen día Wendy!
Yo creo que Fletcher definitivamente sí tuvo que ver con la perfecta combinación, es muy astuto y presiente el conflicto interno de su Señor frente a la dama, enhorabuena por Darcy por tener un cómplice tan discreto.
Muy agradecida por tu amable visita, y muchísimas gracias por ese regalo musical tan bonito, ya pasé a recogerlo y me ha encantado, prepararé con mayor tiempo una entrada apropiada para subirlo.
Un beso.

Lady Darcy dijo...

Hola Patri!
Que gusto que pasaras por aquí, siempre son un placer tus visitas. Definitivamente las cartas que ambos hermanos se envían es un perfecto ejemplo del respeto y el amor filial. El cariño entrañable entre los dos, se palpa a travez de sus lineas, es algo que se presentía en la novela original, pero leerlas nos deja una hermosa sensación. Totalmente de acuerdo contigo.
Trataré de darme un tiempo para visitarlas, por ahora estoy a tope.

un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Me produce tal placer leer y pasearme por este lugar, que no dejaría de regresar a pesar de todos los pesares, milady.
Suyo, siempre.

Lady Darcy dijo...

Tales pesares se han diluído como "lágrimas en la lluvia" le recuerda a algo mi querido Señor?...
y yo no dejaría de regocijarme con el placer que me causan siempre sus visitas.
Con todo mi afecto.

Fernando dijo...

Me recuerda toda una vida, milady. Nueva, distinta, única.
La mejor de las noticias.
El mayor de los afectos.