lunes, 7 de junio de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo V


Capítulo V

Saber más de ella


Algunos días después de la cena en casa del squire, Darcy atravesó rápidamente el corredor hasta la alcoba de su amigo y golpeó en la puerta. Enseguida se oyó, detrás de la gran puerta de cedro, el ruido de un tropezón, seguido de una leontina o un reloj que se caía al suelo.

—Es inútil —oyó que le gruñía Bingley a su ayuda de cámara—. Abre la puerta, hazlo entrar y ¡terminemos con esto!
La puerta se abrió girando sobre los goznes, ayudada por la punta de la fusta de Darcy.
—¿Has comido ya algo al menos, Bingley? —Darcy suspiró al ver la confusión que reinaba tanto en la habitación como en el semblante de su amigo—. Dijiste «en la montura a las nueve en punto», ¿o acaso me equivoco?
Bingley olfateó con ilusión el delicioso desayuno de jamón, lonchas de tocino, huevos y un surtido de bizcochos que reposaba sobre una bandeja en el vestidor, esperando a ser probado. Sintió que el olor que flotaba hacia él a través de la puerta abierta lo enloquecía.
—No puedo entender qué locura se apoderó de mí para concertar una cita a una hora tan temprana —se quejó, al tiempo que el reloj de la habitación daba las nueve—. Tú sabes cómo me disgusta el aire de la mañana. ¡Excesivamente húmedo! —Bingley continuó vistiéndose, mientras le lanzaba miradas a Darcy, que todavía estaba parado en la puerta, dándose golpecitos con la fusta sobre la palma de la mano enguantada—. Si has venido a sermonearme, te prometo que tendrás suficiente tiempo para hacerlo a conciencia —dijo Bingley con voz desesperada—, porque ¡necesito comer algo! —Y, diciendo esto, se dirigió al vestidor apresuradamente, directo hacia la bandeja del desayuno.
Darcy siguió a Bingley hasta la salita, tomó una silla y la acercó a la mesa, que crujía bajo el peso de los recipientes de plata. Como había desayunado hacía más de una hora, negó con la cabeza cuando Bingley le ofreció compartir aquellos manjares y comenzó a quitarse los guantes.

—¿Sermonearte? ¿Traigo una cara tan seria como para que pienses semejante cosa? —Al ver el gesto de asentimiento de Bingley, Darcy se dio unos golpecitos en la rodilla con los guantes y se dejó caer en la silla.

—¡Te juro que estaba esperando una gran reprimenda sobre la falta de puntualidad, los riesgos de tener esperando a unos buenos caballos, la incapacidad de cumplir promesas y cualquier otro defecto de mi carácter que pudieras criticar! —se aventuró a decir Bingley, entre un bocado de jamón y un sorbo de té—. ¿Estás seguro de que no quieres tomar nada? —volvió a ofrecer.
—No, nada —murmuró Darcy, concentrándose en examinar sus guantes—. Aunque todo lo que acabas de decir es cierto —añadió, mirando a su amigo con el ceño fruncido, en señal de reproche. Rápidamente fue recompensado con el golpe de un terrón de azúcar en la frente.
—¿Ves? Yo sabía que no ibas a poder resistir la tentación de soltarme un sermón, aunque esta vez ha sido indulgentemente breve, hay que admitirlo. Dime, ¿tu padre también es tu modelo en esto, como en todo lo demás, o has perfeccionado tú solito ese imponente gesto de severidad?

—Es una creación mía, Bingley, parte esencial de esa armadura que dices que me pongo encima y que, a propósito, resulta extremadamente útil. Y bien, ¿has terminado ya y podemos comenzar ese recorrido que anoche tenías tantos deseos de hacer?

Bingley asintió vigorosamente, pues tenía la boca llena de tostadas y jamón. Después de limpiarse los dedos pegajosos en una servilleta de lino color crema, se levantó de la mesa.
—Su obediente servidor, señor —pronunció, inclinándose ante Darcy con humildad.
—¡Ojalá eso fuera cierto! Agarra tus cosas; la mañana es hermosísima y estoy ansioso por dar una buena galopada. —Y, diciendo esto, Darcy salió de la estancia, dejando a Bingley atrás.
Tan pronto vio aparecer a Darcy en el patio del establo, el mozo de cuadra trajo a Nelson hasta el montador, pero le costó trabajo mantenerlo allí cuando el enorme animal color azabache percibió la cercanía de su amo.
Movió las orejas hacia delante y, girando su enorme grupa para quedar frente al arco de la entrada, arrastró al mozo con él cuando avanzó al oír el sonido de las botas de Darcy sobre el suelo adoquinado.

—¡Nelson, no seas tan brusco! ¡Deja de arrastrar a ese pobre muchacho! —Darcy trató, sin éxito, de mirar severamente a su caballo, que estaba demasiado ocupado relinchando a modo de saludo, como para preocuparse por el bienestar del mozo. Estiró la mano para tomar las riendas—. Ven, dámelas. Me temo que nunca vas a poder hacerlo retroceder. —Feliz de entregar las riendas, el mozo se las pasó a Darcy y dio un paso atrás.
Bajo la dirección de su amo, Nelson permitió que lo llevaran nuevamente al montador en donde Darcy se subió a la silla con destreza, agarrando las riendas con fuerza. Se sintió tentado a lanzarse al galope y dejar que Bingley lo alcanzara después. Pero decidió obligar a Nelson a describir un ocho en el espacio del patio del establo, primero al trote y luego a medio galope, lo cual exigió la plena atención del animal a sus órdenes.
—Ansioso —dijo Darcy mientras indicaba a Nelson que debía cambiar de dirección para continuar la figura. Así le había descrito a Bingley su estado de ánimo y la palabra lo reflejaba perfectamente. Desde la velada en casa del squire, todo su ser, cuerpo y alma, parecía poseído por un estado de perturbación emocional. La causa de su inquietud no era ningún misterio. No obstante, el objeto mismo de la inquietud no era otra cosa que un misterio, cuyo atractivo le resultaba difícil de ignorar.
Las últimas dos veladas habían transcurrido en presencia de la señorita Elizabeth Bennet, aunque no estrictamente en su compañía. La información de Bingley había sido correcta, y Darcy recordó la inesperada felicidad que sintió al confirmar la asistencia de la muchacha en las dos ocasiones. Había requerido de una prodigiosa concentración para situarse lo suficientemente cerca como para alcanzar a oír sus conversaciones, al mismo tiempo que cumplía con sus propias obligaciones sociales, sin llamar la atención de la muchacha o atraer la curiosidad de los demás.
Darcy sintió la tensión de Nelson, que esperaba su señal a medida que se acercaban al punto en que había que cambiar de dirección para completar la figura. Se inclinó un poco hacia la izquierda, presionando ligeramente con la rodilla, cuando un movimiento de la cabeza de Nelson le comunicó la disconformidad del animal con aquel ejercicio tan disciplinado. Una vez, poco después de que el caballo comenzara a usar el freno y la brida, Darcy lo llevó a campo abierto en Pemberley, ansioso por ver lo que el animal podía hacer. La maravillosa vista que tenían ante ellos los excitó a los dos, caballo y jinete, y antes de que Darcy se diera cuenta, Nelson tenía el freno entre los dientes y estaban galopando por el campo, las zanjas y las cercas, de una manera que había fascinado y aterrorizado al jinete al mismo tiempo. Los dos sobrevivieron al arriesgado paseo sólo con unos cuantos rasguños, y durante el resto del entrenamiento de Nelson, Darcy se encargó de que nunca volviera a ocurrir algo como eso; sin embargo, todavía no había olvidado el cúmulo de emociones que lo habían abrumado en ese momento. ¡Emocionante… pero aterrador!, recordó Darcy, mientras hacía que la poderosa bestia que montaba frenara en seco, justo en el centro del ocho. Esas emociones parecían haber resucitado recientemente en su pecho, pero esta vez su causa no representaba una amenaza para el cuerpo. Darcy se inclinó sobre el cuello de Nelson, acariciando los poderosos músculos con aprobación y afecto. No, el peligro que representa la joven está dirigido al corazón… a tu alma misma, reconoció para sus adentros. No es menos emocionante —se detuvo un momento, dirigiendo la mirada a los campos hacia Longbourn—, pero ciertamente tampoco es menos aterrador. Señorita Elizabeth Bennet, ¿qué ha provocado usted? El saludo de su amigo interrumpió la ensoñación de Darcy, que se dio la vuelta y agitó la fusta a modo de respuesta. —¡Ya era hora de que aparecieras, Bingley! ¿Te ha entretenido un perverso huevo pasado por agua?
—¡He sido entretenido por una hermana insistente, más bien! Caroline quería asegurarse de nuestra intención de cenar con el coronel Forster y sus oficiales el lunes próximo. Dijo que estaba obligada a invitar a alguien a cenar y quería evitarnos los inconvenientes de atender a los invitados.

Bingley se encogió de hombros y Darcy le respondió de la misma forma; luego le ordenó que montara rápidamente y se reuniera con él frente a la mansión. Llevando a Nelson al trote rápido, dejó atrás el patio del establo y lo contuvo cuando llegaron hasta el sendero de la entrada.
Ya no hay tiempo para excusas, se dijo a sí mismo. Te exijo que le hables en la casa de sir William, esta misma noche. Darcy echó los hombros hacia atrás, pero luego se mordió el labio inferior y levantó los ojos hacia el claro cielo de la mañana. ¡Y que Dios te ayude!


—Su chaqueta, señor. —Fletcher colocó cuidadosamente sobre los hombros de Darcy la prenda hecha a medida y luego tiró de ella desde el frente para ajustarla. Dio un paso hacia atrás y examinó la apariencia de su amo con un ojo crítico que no había permitido ninguna imperfección en su vestimenta durante los últimos siete años. Darcy esperó el veredicto con una mezcla de impaciencia y aprensión. Es posible que no hubiese traído al campo su ropa más elegante y a la moda, pensó mientras el ayuda de cámara caminaba a su alrededor como si él fuera una obra de arte, pero para la reunión de los Lucas deseaba parecer lo más distinguido posible—. Muy bien, señor. «Como un rey» —concluyó Fletcher. Darcy asintió con la cabeza.
Bingley se reunió con él en el vestíbulo, y estaba tan ansioso que los ojos le brillaban.
—¡Qué bien, ya estás aquí y preparado! Les advertí a mis hermanas que se pueden retrasar todo lo que quieran, pero que nosotros salimos en diez minutos. —Estiró el brazo con gesto desdeñoso hacia la escalera—. Se pueden ir todos en el coche de los Hurst, ¡si quieren llegar tarde! —Comenzó a ponerse los guantes, esperando a que llegara un criado con sus abrigos. Darcy avanzó hacia la puerta cuando oyó ruido de cascos sobre la gravilla y el fuerte golpeteo de los arneses.
—El carruaje, Bingley. ¿Acaso quieres irte…?
—Inmediatamente, Darcy. ¡Qué suerte, no hay ninguna hermana a la vista! ¡Date prisa, hombre! —Con una risita de complicidad, Darcy se puso rápidamente el abrigo y agarró el sombrero y los guantes.
Bingley bajó corriendo las escaleras y saltó al coche con Darcy pisándole los talones.
—¡Adelante! —gritó Bingley. Le arrancó la puerta de las manos al lacayo, cerrándola de un golpe y luego se desplomó sobre el asiento, frente a su amigo.
—A la señorita Bingley no le va a gustar que la hayas dejado para que se vaya con los Hurst —observó Darcy, mientras el carruaje se alejaba con rapidez.
—Cierto —respondió Bingley, acomodándose sobre los cojines—. Lo mismo que a mí no me gustó que haya invitado a la señorita Bennet a cenar en Netherfield, ¡una noche en que estaba segura de que yo estaría ausente! ¿Recuerdas por qué me retrasé en llegar al establo esta mañana? Pues bien, la invitada a la cual mi hermana quiere evitarme el «inconveniente» de atender es la señorita Bennet. ¡Si yo no hubiese descubierto la verdad por pura casualidad, la señorita Bennet habría venido y se habría ido sin que yo me enterara siquiera!
—Tal vez tu hermana sólo quiere entablar una amistad con la señorita Bennet independientemente de ti —sugirió Darcy, mientras se obligaba a mantener un gesto indiferente que no dejara traslucir las dudas que tenía sobre las intenciones de la señorita Bingley. Su amigo se limitó a mirarle con escepticismo.
El resto del viaje transcurrió placenteramente, entre recuerdos de su paseo por Netherfield durante la mañana. Hablaron de diversos planes que incluían tierras cultivadas, zanjas limpias, estanques abastecidos, cercas arregladas y mucho ganado nuevo. Al llegar a la entrada de la propiedad de los Lucas, Netherfield ya era un verdadero paraíso. Cuando el coche dejó atrás las columnas de piedra, la conversación fue decayendo y los dos hombres sintieron descender sobre ellos un silencio incómodo, que se fue haciendo más profundo a medida que se acercaban a su destino.
La efusiva bienvenida de sir William fue aceptada por los dos caballeros con aplomo. Darcy dejó que Bingley dijera, en nombre de los dos, todo lo apropiado, mientras echaba una discreta ojeada al salón. Después de presentar sus respetos formales, acompañó a Bingley al salón, pero, de repente, cambió de rumbo cuando vio que el lugar al que su amigo se dirigía era una mesa que había en una salita contigua. Allí, las dos hermanas Bennet mayores y otras cuantas jovencitas estaban reunidas alrededor de la señorita Lucas mientras ésta hacía una demostración de técnicas de pintura en porcelana, una moda que había causado furor entre la alta sociedad hacía un año, recordó Darcy, pero que ahora era considerada obsoleta en Londres. Antes de que Bingley pudiera hacer su reverencia, fue rodeado por un arco iris de muselinas. Darcy miró hacia otro lado, frunciendo el ceño al pensar en lo cerca que había estado de no poder escapar a la multitud de damas que ahora le pedían a su amigo que opinara sobre el arte de la señorita Lucas. Durante unos minutos aparentó mirar por una ventana cercana que ofrecía una excelente perspectiva del parque, antes de que la conciencia lo obligara a mirar hacia atrás, hacia su asediado amigo, y entonces vio a Bingley con una sonrisa beatífica en el rostro y la situación totalmente bajo control.
Un súbito murmullo entre las damas puso punto final a su reflexión sobre las sorprendentes habilidades de Bingley y llamó su atención hacia una muchacha en particular. Con los ojos entrecerrados por la risa, la señorita Elizabeth había tomado asiento al lado de su amiga. Darcy la observó cautivado, mientras la joven elegía una pequeña pieza de porcelana, la levantaba para examinarla y luego, con un gesto de picardía, mojaba el pincel en la pintura y aplicaba varias pinceladas gruesas. Rápidamente abandonó el primer pincel por uno nuevo, que introdujo en otro color, y aplicó otras cuantas pinceladas con el mismo desparpajo del principio. El grupo que la rodeaba estalló en exclamaciones y risas cuando la señorita Elizabeth puso la pieza en la mesa para la inspección de todo el mundo.
—Mira, Charlotte, ésta es la mejor muestra de mi talento para la pintura en porcelana. Te autorizo a quemarla o disponer de la pieza como desees. ¿Quién sigue? —Elizabeth le entregó el pincel a un ansioso joven, dejó libre la silla que ocupaba y le hizo una rápida inclinación al grupo—. Y ahora, si tienen la bondad de excusarme… —Esbozó una sonrisa y salió hacia donde se encontraba Darcy. Él giró la cabeza enseguida, fingiendo indiferencia al ver que ella se acercaba.
Darcy percibió, más que vio, cómo pasó junto a él. Un curioso pero delicioso cosquilleo lo recorrió de arriba abajo al sentir la fugaz cercanía de la muchacha, como si el calor de ella flotara a su alrededor, acariciándolo. El caballero se quedó mirándola hipnotizado, y se le formó un nudo en el estómago al ver que ella se detenía a sólo unos metros de él para contemplar el panorama.
Darcy se movió, aunque de manera involuntaria, porque Elizabeth se volvió de repente hacia él, con una actitud de sorpresa, demostrando que antes no lo había visto.
Antes de que él pudiera apreciar bien el rubor que coloreó las mejillas de la muchacha, ella le hizo una reverencia.
—¡Señor Darcy! Por favor, perdóneme.
—Señorita Bennet. —Darcy la saludó con una inclinación rápida y enseguida se alejó. Casi tropieza con la señorita Bingley, que entraba en ese momento en el salón.
—¡Señor Darcy! —murmuró—. Por favor, ¡dígame que no está usted a punto de marcharse! Dependo de usted, señor, para que me rescate del terrible aburrimiento que, con seguridad, me atormentará en cualquier momento, si es que no lo ha hecho ya. —La señorita Bingley se apoderó del brazo de Darcy, aunque éste no se lo había ofrecido, y exigió que dieran una vuelta alrededor del salón—. ¡Ha sido muy malvado por su parte y por la de mi hermano haber venido solos! Me sentí totalmente desolada —agregó, y luego hizo un puchero mientras paseaban por el salón.
Aunque la señorita Bingley caminaba muy despacio, rápidamente llegaron hasta el grupo que estaba en el saloncito.
—Ah, mire, Darcy, ¡están pintando en porcelana! ¡Qué anticuado! —se rió de manera despectiva, sin molestarse en bajar la voz—. Ya nadie pinta en porcelana. ¡Nadie en Londres aceptaría hacerlo! —Darcy se dio cuenta de que, a pesar de que tenía que admitir que la señorita Bingley tenía razón en su observación, no podía compartir con ella la actitud burlona y deseó que su acompañante no hubiese exhibido su desprecio de manera tan pública.
Agradecido por haber completado por fin el recorrido del salón, Darcy dejó a la señorita Bingley entregada a las gentilezas de su anfitrión. Al ver sobre las mesas una jarra de café fuerte y caliente, aceptó una taza y fue a colocarse junto a la enorme chimenea, cuya magnífica talla en piedra dominaba el salón. Se recostó contra la piedra y trató de aliviar la tensión poniéndoles nombres a las caras que lo rodeaban, pero se dio cuenta de que no podía evitar que sus ojos buscaran a Elizabeth Bennet.
¡Allí está! Rodeada por un grupo de oficiales. Darcy sintió que la tensión de su pecho aumentaba. Ya se retira del grupo y va en busca de… ah, sí, la inestimable señorita Lucas. Darcy tenía razones para pensar bien de la señorita Lucas, amiga y confidente de Elizabeth. Sus conversaciones con la señorita Bennet habían sido las más instructivas sobre el carácter y los intereses de esta última, convirtiéndolas en algo que merecía la pena oír. Darcy había atesorado con creciente interés cada fragmento de ellas, como si estuviera reuniendo las piezas del misterio de su fascinación por ella.
Las damas estaban inmersas en una animada conversación con el coronel Forster, que parecía encontrarse muy a gusto con ambas. Darcy dejó la taza sobre una mesa y se colocó discretamente en un lugar donde pudiera oír lo que decían. Esta vez, sin embargo, el contenido de la charla fue un poco decepcionante: una campaña para organizar un baile militar que cualquier dama del salón podría llevar a cabo. El coronel capituló con elegancia, las damas le dieron las gracias, le hicieron una reverencia y siguieron su camino, con las cabezas muy juntas, intercambiando confidencias.
De repente, Elizabeth puso una mano sobre el brazo de su amiga y dirigió delicadamente su atención hacia el otro lado del salón. Darcy siguió la dirección de su mirada y, con un poco de disgusto, vio a Bingley y a la hermana mayor de la señorita Bennet, conversando en voz baja en un saloncito retirado. Esto no había pasado inadvertido a otras personas. Darcy pudo ver que la señorita Bingley estaba observando a su hermano con una molesta expresión y luego le lanzó una mirada a él, como exigiéndole que hiciera algo. Con renuencia, Darcy comenzó a atravesar el salón.
—¿No cree usted, señor Darcy, que he actuado correctamente hace un momento, al insistir al coronel Forster en que ofreciese un baile en Meryton? —Darcy se detuvo, asombrado, al tiempo que Elizabeth se daba la vuelta y le dedicaba una sonrisa insolente, con la que acompañó su impertinente pregunta.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Darcy pensó que no iba a poder recuperar el uso de sus facultades. Se quedó paralizado, mientras su mente se afanaba, infructuosamente, por encontrar el tipo de respuesta que exigía una pregunta semejante.
—Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres —contestó con una frialdad que era la antítesis del cúmulo de emociones que se agitaban en su pecho.
Los ojos de Elizabeth brillaron al oír la respuesta y, con la barbilla ligeramente levantada, dijo:
—Es usted severo con nosotras. —La acusación quedó flotando en el aire y pareció electrizar, de una manera que resultaba a la vez alarmante y embriagadora, la distancia que había entre ellos. Darcy supo enseguida que ella se refería a algo más que su inocua observación. Las palabras que había pronunciado durante su primer encuentro no habían sido olvidadas. Era hora de presentar sus disculpas. Respiró profundo para calmarse.
—Ahora me toca insistirte a ti —intervino con cierta inquietud la señorita Lucas, tratando de disipar el antagonismo entre su amiga y el distinguido invitado de su padre—. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Eliza. —La chispa de desafío en los ojos de Elizabeth se convirtió en una actitud de genuina contrariedad, de la que parecía invitar a participar a Darcy, mientras cedía a la advertencia tácita de su amiga.
—¿Qué clase de amiga eres? ¡Siempre quieres que cante y toque delante de todo el mundo! Si Dios me hubiese llamado por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor. —Hizo una pausa y se volvió hacia Darcy—. Pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe de estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos.
—¡Lizzy! —exclamó la señorita Lucas, con un tono de angustia—. ¡Por favor, ten la bondad de complacerme!
—Muy bien. —Elizabeth suspiró con encantadora reticencia—. Si así debe ser, que así sea. —Levantó el rostro con una expresión de frialdad que respondió a la intensa mirada de Darcy—. Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien: «Guarda el aire para enfriar la sopa», así que yo lo guardaré para mi canción.


Y diciendo esto, dio media vuelta en compañía de su amiga que, aliviada, abrió el piano que estaba frente a una inmensa ventana, tal como había anunciado.
El instrumento brilló a la luz de las velas. Elizabeth tomó asiento ante él. Los otros invitados se acercaron, pero Darcy se echó hacia atrás, en busca de un poco de privacidad para recuperar la compostura y evaluar lo que acababa de pasar entre él y la intrigante Elizabeth Bennet.
Indudablemente, hubo una cierta tensión, admitió, pero con seguridad sus palabras finales han sido toda una provocación. Darcy se contentó al pensarlo. Estaba seguro de que ella deseaba una disculpa. Pero ¿acaso se estaría engañando al creer que la muchacha estaría abierta a otras posibilidades, después de recibir sus excusas? Sus pensamientos fueron interrumpidos por las primeras notas de una cancioncilla popular, que vibraron delicadamente a través del salón. Darcy reconoció enseguida que se trataba de una pieza que su hermana había estado practicando antes del desdichado incidente del verano anterior.
La familiaridad de la tonada atrajo su curiosidad y lo hizo acercarse para buscar un lugar desde el cual pudiera observar a la dama sin ser visto. Tras descubrir un punto que le ofrecía una buena perspectiva del perfil de la muchacha, Darcy se sentó sin hacer ruido.
Desde el punto de vista técnico, la actuación de la señorita Elizabeth no fue la mejor, pero su interpretación transmitió una alegría y una emoción impresionantes. Luego, cuando la muchacha unió su voz a la música, Darcy se mostró encantado. Con creciente placer, se rindió al espléndido timbre de su voz, mientras éste penetraba sus sentidos. La melancólica súplica de la canción y la tierna expresión que caracterizaba los rasgos de Elizabeth al cantar despertaron dentro de él unos sentimientos jamás experimentados, tan profundos, que se extendieron rápidamente por todo su ser.
Darcy se inclinó hacia delante, con intención de no perder ningún matiz, y agarró con fuerza el brazo de la silla. Era lo único que podía hacer para permanecer sentado, pues sentía una urgente necesidad de acercarse. Se imaginó inclinándose sobre ella, estirando el brazo para darle la vuelta a la partitura… y pensó en su calidez y el aroma a lavanda.

Darcy no supo en qué momento sonó la última nota de la tonada, pues estaba perdido en el hechizo que había entretejido la melodía, unida a sus fantasías. La oleada de aplausos que recorrió el salón lo volvió a traer al momento presente, pero ésta se desvaneció antes de que él pudiera sumarse a la ovación. Los gritos de «otra, señorita Elizabeth» fueron lo suficientemente insistentes como para detener a la dama cuando se levantaba de su lugar frente al instrumento. Una encantadora sonrisa reveló un dulce hoyuelo, al tiempo que ella accedía a la petición general y retomaba su lugar. Darcy no pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción cuando la dama volvió a poner los dedos sobre las teclas.

Su segunda elección fue, como la primera, elegante en su sencillez, pero ésta poseía una alegría de vivir y amar que contrastaba con la anterior. Darcy sintió que una sonrisa se asomaba a su rostro; una sonrisa que no le hubiera gustado explicar si alguien la hubiese visto, pues su origen era tan privado que él mismo no estaba seguro de su significado. Esta vez se mantuvo alerta y, cuando la canción terminó, se sumó al aplauso general. Elizabeth volvió a levantarse de su lugar ante el piano y esta vez no se dejó persuadir de regresar. Se retiró rápidamente para dejarle el puesto libre a otro y comenzó a caminar por entre el público, aceptando los elogios de sus vecinos y amigos con la más encantadora falta de vanidad, según le pareció a Darcy.
La actuación de Elizabeth fue seguida por un concierto impecablemente interpretado por otra de las hermanas Bennet, pero al cual le faltaba la soltura e inspiración que había en la selección más sencilla de su hermana. Darcy se levantó de su lugar en medio del concierto, con la esperanza de ver a la señorita Elizabeth Bennet o de reunirse con Bingley antes de que lo encontraran sus hermanas. Pero antes de conseguir cualquiera de los dos objetivos, el concierto terminó y una tonada escocesa puso a bailar a varios de los jóvenes en un extremo del salón. La estridencia de la pieza y el ruido producido por el golpeteo de las botas hacían imposible sostener conversación alguna. Darcy se quedó parado en medio de una silenciosa indignación, pues sus expectativas de tener un nuevo intercambio con la señorita Bennet, o con cualquier otra persona, en todo caso, acababan de morir, aplastadas por los pasos de una danza popular escocesa.

—¡Qué encantadora diversión para la juventud, señor Darcy! —Darcy se volvió hacia su anfitrión, que había aparecido de repente junto a él, y observó a sir William con una mirada de hastío. Sir William siguió insistiendo en el mismo tema, sin darse cuenta de que su invitado no parecía estar de acuerdo.
— Mirándolo bien; no hay nada como el baile. Lo considero uno de los mejores refinamientos de las sociedades más distinguidas.

—Ciertamente, señor —respondió Darcy, que no pudo evitar la tentación de recurrir al sarcasmo—, y también tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos distinguidas del mundo. Todos los salvajes bailan.
Si sir William notó el tono de Darcy, decidió no ofenderse y se limitó a sonreír.
—Su amigo, el señor Bingley, baila maravillosamente, y no dudo, señor Darcy, que usted mismo sea un experto en la materia.

—Usted me vio bailar en Meryton, creo, señor —respondió Darcy, sin deseos de comentar sus habilidades en una actividad que poco le atraía.
—Desde luego que sí, y me causó un gran placer verle. —El hecho de que sir William elogiara sus habilidades para el baile hizo que Darcy se preguntara si el hombre necesitaba unos anteojos, además de un poco de sentido común—. ¿Baila usted a menudo en St. James?
Darcy casi se estremeció al pensarlo. —Nunca, señor. —¿Acaso cree que sería irrespetuoso bailar en ese lugar? —Sir William hizo la pregunta con toda seriedad. Los años de entrenamiento de Darcy le permitieron permanecer inmóvil mientras cada uno de los nervios de su cuerpo clamaba por dejar de participar en una de las conversaciones más tontas que había tenido en la vida.

—Es una actividad que nunca practico en ningún lugar, si puedo evitarlo. —Bueno, ¡Darcy no podía ser más parco que eso! Evidentemente, sir William ya había agotado sus comentarios sobre el baile, porque, de inmediato, inició una nueva estrategia en su esfuerzo por continuar conversando con su distinguido invitado, en el intercambio de opiniones más largo que se le había visto hasta el momento.
—Creo que tiene una casa en la capital.
Darcy hizo una inclinación, confirmando las palabras de sir William, y rogó que su silencio animara al anfitrión a ir a entretener con su conversación al resto de sus invitados. —Alguna vez pensé en fijar mi residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad —confesó—, pero no estaba seguro de que el aire de Londres le sentara bien a lady Lucas. Darcy decidió no comentar sus opiniones sobre el aire de Londres o su conveniencia para lady Lucas, con la esperanza de acabar de esa manera con la interminable charla. No obstante, una sonrisa bondadosa apareció de repente en el rostro de sir William. —Mi querida señorita Eliza, ¿por qué no está bailando?
Darcy se dio la vuelta con rapidez, a tiempo para alcanzar a ver la expresión de total confusión y no poca alarma que se reflejó en el rostro de la dama. No obstante, las dos emociones fueron rápidamente enmascaradas y reemplazadas, cuando ella se atrevió a mirarlo a la cara con una apariencia de indiferente cortesía.
—Señor Darcy, permítame que le presente a esta joven que puede ser una excelente pareja. Estoy seguro de que no podrá negarse a bailar cuando tiene ante usted tanta belleza. Amparado en la familiaridad que le permitía el hecho de conocerse desde hacía mucho tiempo, sir William se apoderó de la mano de Elizabeth y se dio la vuelta para pasársela amablemente a Darcy. La oportunidad de sostener la mano de ella entre las suyas y repetir ese contacto a través de un acto formal era una tentación a la que Darcy, aunque estaba sorprendido por su buena fortuna, se inclinaba a sucumbir. Dio un paso al frente, pero antes de que pudiera asegurarle a ella su buena disposición, la muchacha retiró la mano.

—Le aseguro, señor, que no tenía la menor intención de bailar —se apresuró a informarle a sir William la señorita Elizabeth—. Le ruego que no suponga que he venido hasta aquí para buscar pareja. —Darcy sintió el temor que experimentaba la muchacha de ser presentada otra vez ante él sólo para sufrir otro rechazo.

—Señorita Bennet —la interrumpió Darcy, acudiendo a toda la formalidad de que era capaz—, me sentiría inmensamente agradecido si usted me permitiera el honor de concederme un baile. —La expresión de la muchacha le dejó ver claramente que no creía que estuviera diciendo la verdad.
—Usted baila muy bien, señorita Eliza, y sería cruel por su parte negarme la satisfacción de verla —trató de persuadirla sir William—. Y aunque a este caballero no le guste este tipo de entretenimiento, estoy seguro de que no tendría inconveniente en complacernos durante media hora.
Absolutamente ningún inconveniente, pensó Darcy, sintiendo repentinamente hacia sir William una gratitud que nunca se habría imaginado hacía unos instantes.
—El señor Darcy es extremadamente cortés —dijo Elizabeth y sonrió con la certeza de que saldría ganadora de ese encuentro.

—Lo es, en efecto; pero considerando el incentivo, mi querida señorita Eliza, no podemos dudar de su complacencia; porque ¿quién podría rechazar una pareja tan encantadora?

Era una pregunta que ninguno de los dos contrincantes estaba preparado para responder. Elizabeth miró a Darcy con coquetería y en sus ojos brilló una chispa de triunfo; luego, murmurando una disculpa para sir William, dio media vuelta. Aunque decepcionado, Darcy no pudo evitar admirar su actitud y donaire durante la incómoda situación en la que habían quedado atrapados. La señorita Elizabeth Bennet era mucho más de lo que él esperaba encontrar en las salvajes y remotas tierras de Hertfordshire. Su admiración crecía a medida que la imagen de ella, sentada ante el piano, cruzaba su mente.
Un toquecito en su brazo lo arrancó de esos agradables pensamientos.

—Puedo adivinar por qué está tan pensativo. —El tono aburrido de la señorita Bingley le aseguró a Darcy que sus pensamientos no se habían reflejado en su expresión.

—Creo que no —respondió él.

—Está pensando en lo insoportable que sería pasar más veladas de esta forma, en esta compañía. —Suspiró con conmiseración—. Y por supuesto, soy de su misma opinión. ¡Nunca he estado más molesta! ¡Qué gente tan insípida y qué alboroto arman! ¡Con lo insignificantes que son y qué importancia se dan! ¡Lo que daría por oír sus críticas sobre ellos! —la señorita Bingley metió una mano entre el brazo de Darcy y, con la otra, alisó una arruga imaginaria en la manga de su chaqueta.

—Sus conjeturas son totalmente erróneas, se lo aseguro. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables. —Con suavidad, pero con firmeza, Darcy quitó de su brazo la mano de la señorita Bingley—. Estaba meditando sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de una mujer hermosa.

—¡Vaya, señor! —replicó ella con una cuidadosa indiferencia—. ¿Y a cuál de las damas debemos concederle el mérito de inspirar semejantes reflexiones en una persona tan poco habituada a los coqueteos?
—A la señorita Elizabeth Bennet —fue la respuesta espontánea de Darcy y tan directa que no le dejó ninguna duda referente a la seriedad de su afirmación.

—¡La señorita Elizabeth Bennet! Me deja atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame, ¿cuándo tendré que darle la enhorabuena?

Negándose a que lo obligaran a decir algo que pudiera alimentar las sospechas de la señorita Bingley, Darcy contestó con vaguedad e ignoró sus constantes ridiculeces. Sólo ansiaba que la velada llegara a su fin. Era tal el deseo de tomarse una copa de brandy, mientras el fuego chisporroteaba en la chimenea y él ocupaba una cómoda silla desde la que pudiera disfrutar de las dos cosas al mismo tiempo que examinaba las nuevas piezas del rompecabezas de la señorita Elizabeth Bennet, que Charles apenas pudo arrancarle unas pocas sílabas. Ya fuera por gratitud por la manera en que Darcy había soportado esa noche sus preocupaciones por la hermana mayor de las Bennet o porque sintió que su amigo necesitaba estar solo, Bingley hizo que el resto del grupo regresara a Netherfield tal como habían venido. Mientras se acomodaban para el viaje, Bingley carraspeó unas cuantas veces, pero fue ignorado.
—Darcy, ¿te ocurre algo? Nunca te había visto así —dijo Bingley y se rió con nerviosismo.
—¿Algo? No, Charles, no me pasa nada. Al menos, no lo creo. La voz de Darcy quedó en suspenso mientras miraba por la ventana del coche hacia la noche fría y estrellada. Después de unos momentos, volvió en sí y se dirigió a su amigo.
— Me parece que tu pequeña expedición al campo ha traído más cosas de las que esperábamos. Eso es todo.





Mis Queridos lectores:
Con nuevas ocupaciones a cuestas, les informo que me será imposible pasar a visitarlos diariamente como venía haciendo, por lo que pasaré una o dos veces a la semana en la medida de mis posibilidades. Les ruego que no lo tomen como una falta de interés, eso nunca, pero un nuevo trabajo con mayor demanda de tiempo, me lo impide. Sin embargo, continuaré actualizando al mismo ritmo que he venido haciéndolo, es decir, el de una entrada semanal. Muchas gracias por su comprensión y por su compañia.
Un saludo muy afectuoso para tod@s.

25 comentarios:

AKASHA BOWMAN. dijo...

Mi querida Lady Darcy, entre personas amigas no son necesarias las disculpas, todos tenemos nuestras ocupaciones cotidianas que nos limitan disfrutar en mayor o menor medida de nuestro hobbie más apasionante: la lectura.
Por mi parte será bien recibida cuando usted guste, sepa que no tengo horario de visitas en mi pequeño palacete y su butaca estará siempre disponible...
Un placer leer estos capítulos que me apasionan y me hacen vivir la situación como si estuviera compartiendo el escenario con ellos.
Afectuosos saludos de su lectora fiel

Dubois dijo...

Una apasionante lectura realmente Mme, aunque un poco extensa para leerla de un solo saque en la compu. De todos modos te invita a meterte en la escena que se describe.
Un beso

Stars Seeker A.k dijo...

¡Hola!
¡Inspirador y gran capítulo es este! jejeje "¡Y que Dios te ayude!" Ah! me encanta jaja.
Mucha suerte con el nuevo trabajo :)
Perdona mi tan pequeña visita, pero me muero del sueño jaja. He de venir mañana a releer y acomodar mis ideas :D

Un abrazoooooooo!

Fernando dijo...

Una sonrisa que no le hubiera gustado explicar si alguien la hubiese visto, pues su origen era tan privado que él mismo no estaba seguro de su significado. Señalaría un puñado más de párrafos por el estilo, pero sería absurdo por mi parte. Simplemente lo haría por señalar el acierto y buen gusto de este relato. Un relato en el que no ocurre nada, en el que el tiempo transcurre lenta y delicadamente, entre conversaciones y pensamientos, rodeado de un escenario detallado con exactitud y primor.
Es como estar en un lugar paradisíaco, disfrutando del discurrir de la vida, sin tiempo ni espacio, en la mejor de las compañías. O, dicho en dos palabras: buena lectura.
Estos cinco capítulos nos muestran una novela excelente que a muchos escritores famosos les gustaría (si bien lo negarían con tal de no ser acusados de cursis) poder poner su firma.
Una vez más, algunos afortunados podemos disfrutar de su exquisito gusto, milady.
Mi afecto y mi admiración sostienen una durísima lucha, se lo aseguro.
Beso su mano.

Scarlett O¨Hara dijo...

" Se imaginó inclinándose sobre ella, estirando el brazo para darle la vuelta a la partitura… y pensó en su calidez y el aroma a lavanda."

"Los años de entrenamiento de Darcy le permitieron permanecer inmóvil mientras cada uno de los nervios de su cuerpo clamaba por dejar de participar en una de las conversaciones más tontas que había tenido en la vida."

Cada vez me maravillo mas con este libro, tiene un nivel envidiable, si todos los escritores que versionan a Austen escribieran asi, seria un milagro, Pamela Aidan es un modelo a seguir en el complicado mundo de la escritura.
LadyDarcy, ¿que ha pasado con la historia "Ruedas de carruaje"? Me gustaron mucho los primeros capitulos pero la has dejado de colgar.
Besos:)

Princesa Nadie dijo...

Estoy encantada con este libro que no conocía...es como no dejar de perder el contacto con los personajes y vivir una historia paralela.
Buen fin de semana

Fernando dijo...

Scarlett me lo ha recordado: "los años de entrenamiento".
Me recuerda a alguien, a otro sujeto... pero ahora no caigo ;D

ladymaria dijo...

Quiero leer, Una fiesta como está estoy completamente enamorada de Darcy, el caballero perfecto, ayyysss.
Muchas gracias por pasar.
Un saludo

Wendy dijo...

Buenas noches my Lady, he leido casi todas las obras de Jean Austen así que me ha encantado encontrar este blog donde se expone la novela victoriana.
Orgullo y Prejuicio es fantástico, he leido la novela y he visto la pelicula varias veces y siempre encuentro matices nuevos

Wendy dijo...

Me resulta curioso como los personajes de la novela viven pasiones internas que saben contener socialmente, creando un ambiente lleno de signos y sutilezas. Sín duda Jane Austen fué mujer de gran sensibilidad.
Gracias por tu visita y colaboración.

Juan Antonio dijo...

Querida Lady Darcy, mil disculpas. El descuido está subsanado.

Permita que bese su mano en señal de desagravio.

María de la Caridad dijo...

TE HE COMENTADO QUE HE VISITADO PEMBERLY EL VERANO PASADO? Bueno es el palacio de Catsworth...

Lady Darcy dijo...

Akasha amiga mía,
Es cierto lo que dices, pero en algunos casos, los menos, suelen haber malentendidos, en todo caso, agradezco que mi butaca esté siempre disponible, confío en habrás de cuidármela muy bien jeje.
saludos.

Lady Darcy dijo...

Me complace que le guste Monsieur, afortunadamente la entrada está disponible por casi una semana aproximadamente, en caso que le apetezca leerla a su ritmo.
Muchas gracias por su grata visita.
mis saludos sinceros.

Lady Darcy dijo...

Querida Stars!! tus visitas, aunque sean cortas, son siempre gratas, vuelve cuando te sientas más descansada, ese es el modo ideal en que se debe disfrutar una buena lectura.
un beso.

Lady Darcy dijo...

Querida Scarlett,

Las ensoñaciones de Darcy, no tienen desperdicio, uno disfruta de cada sensación como si formara parte de nuestros sentidos, es admirable.
Referente a tu pregunta, hace algunos post anteriores expliqué el motivo, pero lo vuelvo a poner; sucede que tuve un gran percance con los archivos de Ruedas de Carruaje y otros archivos de mi PC, perdí no sólo información importante, sino también el fanfiction que ya estaba completamente armado, desgraciadamente recuperar todo eso me tomará tiempo del que no dispongo en estos momentos, por lo que lo colgaré más adelante. Te pido disculpas sinceras y espero me sepas comprender.
un gran beso.

Lady Darcy dijo...

Princesa Nadie,
Son un aliciente tus palabras, me alegra haber conseguido con esta novela, el estar a la altura de lectores tan cualificados.
sigue disfrutando princesa, saludos.

Lady Darcy dijo...

Buen día Lady María,
No tienes escapatoria, te aseguro que te enamorarás aún mucho más.
un abrazo.

Lady Darcy dijo...

Querida Wendy,
un enorme placer contar con tu visita y seguimiento a este salón austeniano. Con una escritora como lo es Jane Austen, en incontables ocasiones he disfrutado de cada fragmento de sus obras, descubriendo rasgos diversos sin alterar la escencia de los mismos, es admirable todo lo que aún queda por analizar y a su vez disfrutar. Me alegra que ahora podamos disfrutar de esta nueva novela, que se enfoca más en los sentimientos de Darcy, tan fuertes y tan reprimidos por una educación que no contemplaba la menor debilidad.
Habrá mucho por descubrir, bienvenida entonces querida amiga.

Lady Darcy dijo...

Querido Juan Antonio,

¡No imaginé que actuaría tan rápido!
con semejante deferencia no podría negarle ese beso. Lo acepto encantada.

Lady Darcy dijo...

Hola María,
¡que envidia! pero de la sana, por supuesto ;D
Es un sueño que tengo pendiente realizar algún día, y ojalá que el castillo de Chatsworth venga con un Darcy incluido :D
un beso.

Lady Darcy dijo...

Milord,
Lo ha explicado todo de forma tan sublime, sus palabras me han elevado al punto del éxtasis, me ha transportado al escenario mismo de los hechos, al tiempo exacto, donde bien dice, no sucede nada, donde somos espectadores silenciosos de lo efímero, donde las sensaciones flotan lentamente en el aire, sólo para el disfrute de nuestros sentidos. No podría agregar nada más, salvo ¿que puede ser el escritor, sino una pasión sostenida del lenguaje?

mi lucha se encuentra entre mi afecto y la razón.


Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por recordar a quién me recuerda ese tipo...pero tampoco doy ;) al parecer está muy bien camuflado ;D

Fernando dijo...

Si su afecto y su razón se hallan frente a frente, Milady puede salir ganando.
Son peculiares esos tipos que van camuflados; se los puede uno encontrar en un café, en una fiesta o simplemente cruzarse con ellos por la calle y no darse cuenta de lo que son y las sustancias peligrosas y tóxicas que llevan en su interior. Es como para estar alerta, ya que están muy bien entrenados. Sólo se les suele detectar cuando abren la boca en confianza o cuando escriben.
Si lo recuerda, avíseme, milady.

Citu dijo...

Es tan lindo Drcy que una no puede mas que enamorarse.

Wendy dijo...

La narrativa de Austen tan rica en descripción de minusculos detalles tanto gestuales como anímicos nos permite vivir la história con gran realismo. dan ganas de unirse a la galopada de Bingley y Darcy para después unirse a la velada con el resto de damas y caballeros. Que tenga buen día My Lady