miércoles, 30 de junio de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo IX


Una novela de Pamela Aidan

Capítulo IX

Conocer su carácter


Sobre el campo descendió un tiempo inclemente, que envolvió la tierra en una bruma helada que a menudo se disipaba en forma de lluvia. La señorita Bingley sintió la llegada y la permanencia de ese molesto clima como una ofensa personal a la que tenía que enfrentarse diariamente. Su hermano la miraba con cierta inquietud, temeroso del efecto que tendría sobre la asistencia al baile, pero la satisfacción de Darcy con su aislamiento obligado asombraba a sus acompañantes. Los días que precedieron al baile fueron pasando mientras él y Bingley trabajaban en distintos planes para la mejora de Netherfield y, cuando el tiempo lo permitía, compartían su experiencia al aire libre en los campos de caza. Pasaron varias noches fuera, en casas influyentes de la comarca, y dedicaron algunas tardes a descubrir a ciencia cierta la verdad de las historias sobre la legendaria raza local. A juzgar por las apariencias, Darcy no parecía estar en absoluto interesado en el próximo baile, tal como se había propuesto. Pero, en realidad, se estaba preparando para él con gran dedicación.
Su estrategia era elegante en su sencillez: primero despertaría la curiosidad de Elizabeth ausentándose de todos los lugares en donde podrían encontrarse y luego, en el baile, la convertiría en el objeto de su atención. Darcy esperaba que la sorpresa y la confusión generadas por esa conducta le permitieran reclamar su compañía al menos para algún turno de baile, durante el cual él le ofrecería a la muchacha una disculpa bien elaborada por los reprochables modales que había mostrado durante su primer encuentro. Darcy confiaba en la impredecible inteligencia de la señorita Elizabeth Bennet para inspirar su conversación de ahí en adelante y sorprenderla con el carácter absolutamente imprevisto y deferente de su conducta. El caballero sonrió para sus adentros al imaginarse a la muchacha hermosamente confundida. Quedaría totalmente atrapada y sin recursos. Entonces, señorita Elizabeth Bennet, empezaremos de nuevo.Siendo fiel a su idea, cuando los Bingley le pidieron que les acompañara durante su visita a los Bennet para invitarlos al tan esperado baile, Darcy declinó solemnemente el ofrecimiento, y en lugar de eso, se dedicó a atender la correspondencia con su administrador. Luego pasó más de una productiva hora con Trafalgar en el campo. Darcy evitó con cuidado estar presente en cualquier lugar donde pudiera encontrarse con Elizabeth Bennet, y la única vez que la vio antes del baile fue el domingo en la iglesia de Meryton, pero incluso en esa ocasión no hubo entre ellos más intercambio que un saludo formal por su parte, al que ella respondió de manera fría.
El martes por la mañana, el mismo día del baile, Darcy dio un último tirón a su chaqueta mientras Fletcher, que sostenía con cuidado sus zapatos de baile, regresaba de buscar el champán de la cosecha adecuada para darles un brillo inconfundible. Fletcher había enviado a Erewile House, la casa que Darcy poseía en Londres, a buscar su mejor traje de gala, que ahora colgaba listo en una silla. El ayuda de cámara había recorrido los establecimientos locales en busca de un par de medias blancas aceptables, pero al final se vio obligado a pedirlas también a Londres. Darcy notó que su camisa estaba almidonada e impecablemente planchada, al igual que una selección de corbatas, y que su reloj, sus gemelos, el alfiler de esmeralda y la leontina reposaban sobre la cómoda tan relucientes como la sonrisa de satisfacción que adornaba la cara de Fletcher cuando salió del vestidor, con los zapatos en la mano.
—Listo, señor. —El ayuda de cámara le presentó los zapatos a Darcy para que los inspeccionara—. Tan brillantes como si hubiese encontrado el betún 98, en lugar de tener que usar el 02. —Darcy asintió con la cabeza, pues su mente estaba ocupada en las intricadas sutilezas de la disculpa que todavía estaba tratando de pensar—. Mmm. —Fletcher carraspeó y esperó a que los ojos de su patrón se fijaran en él—. Señor Darcy… acerca del chaleco para esta noche —dijo con cuidado.
Darcy lo miró con suspicacia.
—Sí, ¿qué pasa con el chaleco? Es el de seda negra a juego con los pantalones, ¿no es así?
—Sí, señor, pero estaba pensando… —Fletcher guardó silencio mientras Darcy entrecerraba más los ojos y luego concluyó apresuradamente—: en el chaleco de seda verde esmeralda y oro.
—¡Fletcher!
—Era sólo una sugerencia, señor. Nada más. Será, entonces, el negro. —El ayuda de cámara puso los zapatos en el suelo, al lado del asiento sobre el que estaba el traje cuidadosamente colocado—. Aunque —dijo, suspirando— no puedo explicarme la razón por la cual usted desea desaparecer entre los paneles de madera, eclipsado por los llamativos jovencitos vestidos con vulgares uniformes.
—¡No pretendo «desaparecer entre los paneles de madera» esta noche, Fletcher!
—Aun así, señor.
—¿Qué quieres decir?
—Como usted dice, señor, usted no pretende volverse invisible esta noche.
—Pero usted cree que con el chaleco negro y, a pesar de mis intenciones, ¿voy a desaparecer? —lo desafió Darcy.
—Señor Darcy —respondió Fletcher con paciencia, haciendo uso de sus conocimientos en el arte de la sastrería—, estoy seguro de que su presencia resulta notoria en cualquier lugar al que usted se digne asistir. Pero he observado, señor, que un salón lleno de casacas rojas tiende a distraer a ciertas personas, principalmente a la parte femenina de la raza humana. Las damas, Dios las bendiga, parecen necesitar algo en qué fijarse.
Darcy reflexionó, dudoso, sobre aquella idea, mientras Fletcher sacaba el chaleco en cuestión de la caja que había llegado de Londres. Una vocecita que provenía de lo más profundo de su mente se asombró de que estuviese considerando, aunque fuera durante un segundo, semejante despropósito, pero cuando Fletcher regresó, él mismo no pudo apartar los ojos del suave resplandor que producían los hilos verde esmeralda y oro, que creaban sobre el fondo de seda negra un espléndido diseño geométrico. ¡Tal vez… no haría daño a nadie!—Como quiera, Fletcher. Llévese el negro y deje ése. —Darcy sabía que sería mejor que se fuera, antes de que Fletcher lo convenciera de algo que tendría que lamentar—. Quiero que esté listo a las siete en punto —ordenó tajantemente.
—Muy bien, señor.
Darcy descubrió que, otra vez, estaba saliendo de su habitación con sospechas sobre la expresión de impasibilidad de su ayuda de cámara y se preguntó qué habría sido de su sumiso criado. Ciertamente había comenzado a comportarse de manera muy peculiar.
Al entrar en el comedor del desayuno, Darcy encontró a Bingley sentado a la mesa y le preguntó la razón de esa temprana aparición, mientras se servía su café.
—Oh, la expectativa del baile, supongo —respondió Bingley—. He ofrecido pequeñas fiestas privadas en la ciudad, claro, ¡pero esto! —Hizo un gesto circular con la taza antes de darle un sorbo, vaciando la mitad de su contenido—. Esto está mucho más allá de mis capacidades. Casi no pude dormir anoche preguntándome si habría olvidado algo o si lo que había recordado habría sido apropiadamente realizado.


—La señorita Bingley está satisfecha con tus esfuerzos, sin duda.
—Por el contrario, la señorita Bingley no está satisfecha con nada de todo este asunto. Esa aparente serenidad, me permito informarte, está dirigida sólo a ti. Si no fuera por la felicidad que me produce la expectativa de estar en compañía de cierta dama, ¡no habría querido embarcarme en esta interminable odisea!
—Vamos, vamos, Bingley. Se espera que un hombre de tu posición y dueño de una mansión en el campo ofrezca un baile así todos los años y —agregó Darcy al ver la cara de Bingley— varias reuniones más pequeñas a lo largo del año. Así ocurre en Pemberley y en Erewile House; tú lo sabes.
—Todo funciona tan fácilmente allí; ¡estoy seguro de que no te resulta ninguna molestia! Aquí todo es un desastre y… ¡esta comida está fría! ¿Dónde están los criados? —Bingley arrojó su servilleta sobre la mesa e hizo ademán de levantarse.
—¡Bingley! Calma, hombre. —Darcy lo detuvo agarrándole el brazo—. Un caballero no riñe a sus criados, y tú estás a punto de romper ese sabio principio. —Darcy respondió a la expresión testaruda de Bingley enarcando la ceja.
—¡Ah, maldita sea! Sé que tienes razón, Darcy. —Bingley se desplomó nuevamente sobre la silla—. Me comportaré bien, para que puedas borrar de la cara esa mirada de superioridad y me ayudes a organizar este infernal baile. —Se pasó las manos por el cabello en señal de frustración y luego le lanzó a Darcy una sonrisa ingenua que su amigo conocía muy bien—. Al menos una cosa ha salido bien, y ha sido, de hecho, bastante providencial.
—Por favor, explícate, Charles, para que podamos alegrarnos juntos —dijo Darcy, riendo.
—Ese hombre al que no querías ver. Wickham.
—¿Sí? —Darcy apretó la mandíbula de manera inconsciente.
—Fui a ver al coronel Forster a propósito de él, pero me encontré con el señor Denny antes de poder hablar con el coronel. Fue una suerte. Denny quería que le dijera a Caroline cuántos oficiales podían aceptar la invitación y mencionó específicamente a Wickham.
—¿Lo mencionó en qué sentido, Bingley?
—¡Dijo que no vendría! No podía. Súbitamente recordó algunos asuntos que debía atender en Londres y se fue ayer. No esperan que regrese en varios días. Así que —concluyó Bingley con aire triunfal— no tienes que preocuparte por él.
Mientras asentía con la cabeza al oír la buena noticia que le proporcionaba Bingley, Darcy sintió que comenzaba a disiparse en su pecho una tensión que hasta ese momento no había notado. Decidió interpretarla como la expresión del alivio que le producía el hecho de que Bingley no hubiese tenido que pasar la vergüenza de hacer oficial la exclusión de Wickham del baile. Pero inmediatamente después, la velada se abrió ante él con todas sus posibilidades, y Darcy permitió que su amigo interpretara como quisiera la sonrisa que asomó a sus labios sin que pudiese hacer nada para evitarla.



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—¡Condenada disculpa! —La pastilla de jabón se estrelló contra la pared de la bañera con un golpe seco y se hundió hasta el fondo sin proferir un solo ruido, mientras Darcy se recostaba contra la cabecera de cobre, con un gesto de frustración en el rostro—. Dadme un silogismo que resolver, una epopeya griega que traducir o un indómito caballo para domar, ¡pero no me pidáis que dé un maldito discurso bonito! —La manera precisa en que debía formular aquella disculpa lo había angustiado todo el día. Cada vez que pensaba que la había encontrado, sufría una muerte rápida e ignominiosa al imaginarse dándola.
Darcy soltó un gruñido cuando el reloj de la habitación le hizo darse cuenta de que el tiempo se estaba agotando. Su falta de talento en asuntos relacionados con la capacidad de dar discursos le había traído problemas en el pasado, pero ahora se había convertido en un obstáculo fatal para algo que él realmente deseaba. Tenía que hacerlo bien; ¡todo dependía de eso! Darcy se estiró para tocar la campanilla y llamar a Fletcher y se encogió hacia delante cuando el ayuda de cámara vació una jarra de agua sobre su cabeza. Una toalla caliente fue depositada entre sus manos y con ella se secó el agua y el jabón de los ojos. Se levantó y se puso la bata, y luego salió de la bañera y recibió más toallas calientes para terminar de secarse, antes de que Fletcher regresara con su ropa interior y el instrumental para afeitarlo.
—Señorita Bennet, debe usted permitir… debe excusar… Mi querida señorita Elizabeth, es posible que usted recuerde nuestro primer encuentro… no, precisamente preferiría que no lo recordara… Le ruego que me permitano, rogar no… Señorita Eliza, por favor perdone… ¡Arrrg! Perdóneme por portarme como un perfecto patán. —Darcy arrojó la toalla al otro extremo de la habitación y por poco golpea a Fletcher, que estaba entrando en ese momento.
—Claro, señor. No diga más, señor —dijo Fletcher.
Darcy lo miró de manera amenazadora durante un instante, con un comentario sarcástico a punto de aflorar a sus labios, antes de que la serena actitud de su ayuda de cámara lo hiciera caer en la cuenta del aspecto cómico de la situación. Pero Darcy no se podía reír, el problema era demasiado inminente, aunque sí podía alejarse del abismo del mal humor en el cual estaba a punto de hundirse.
—No me refería a usted, Fletcher —gruñó en un tono más humilde, dándose la vuelta para quitarse la bata húmeda—. Aunque me disculpo por lo de la toalla. No se la arrojé a propósito.
Fletcher le pasó a Darcy su ropa interior y luego sacudió la fina camisa de lino, lista para deslizarse por sus brazos.
—Soy yo, señor Darcy, quien debe disculparse por su ligereza. Ha sido imperdonable, señor, y tomaré medidas…
—No, no Fletcher, está bien. Necesitaba ese tipo de distracción. No obstante —dijo y guardó silencio al tiempo que veía a Fletcher mirando su reflejo en el espejo—, tales despliegues deben ser juzgados con sabiduría.
—Sí, señor. —Fletcher se inclinó para desenrollar las medias de seda y, en medio de un silencio cuidadosamente calculado, se las entregó a su amo. Enseguida siguieron las ligas de seda negra. Todo el proceso de vestirse se convirtió en una actividad difusa para Darcy, cuya mente estaba absorta en lo mal preparado que se sentía para su próximo encuentro con Elizabeth Bennet y en lo mucho que le disgustaban las reuniones sociales multitudinarias. De hecho, ya comenzaba a sentir un nudo en el estómago y se estaba formando una línea de sudor frío sobre sus cejas. ¿Qué voy a decirle?, le preguntó mentalmente a su imagen en el espejo mientras se abotonaba el cuello.
Fletcher revoloteaba en silencio a su alrededor, ayudándolo con todos los detalles, mostrando una preocupación vacilante y benevolente que sólo sirvió para aumentar la inquietud de Darcy. Durante unos momentos de locura, Darcy se sintió tentado a compartir su angustia. Exponer el problema a otra persona y pedir su consejo parecía un dulce alivio. Pero, por supuesto, no podía hacerlo. Desde que su padre había muerto, él no le había confiado sus preocupaciones a nadie, ni siquiera en el más mínimo detalle. ¡No, es una idea ridícula!No hizo ningún esfuerzo para anudarse la corbata y le hizo señas a Fletcher para que se hiciera cargo. Con hábiles movimientos, el ayuda de cámara realizó un exquisito lazo, y después de sujetar el alfiler de esmeralda entre los pliegues, trajo el reluciente chaleco y lo sostuvo para que Darcy se lo pusiera. Cuando el caballero se levantó de la silla, sus miradas se cruzaron. Fletcher abrió la boca para hablar, pero ante la mirada de firme negativa que cubrió el rostro de su patrón, volvió a su lugar. Deslizó el chaleco por encima de los hombros del caballero en silencio y luego agarró la chaqueta.
—Su chaqueta, señor.
—Gracias, Fletcher —dijo Darcy en voz baja. Terminó de abrocharse el último botón del chaleco y luego se puso la chaqueta negra de gala. El ayuda de cámara ajustó las solapas, enderezando las costuras, y revisó la caída de los faldones—. Entonces, ¿qué le parece?
—Excelente, señor. Si usted fuera a presentarse en la corte, nadie podría encontrar ni una falta.
—¿Ni una, Fletcher? —resopló Darcy y luego agregó para sí mismo—: Ahí se equivoca, mi buen amigo. Me temo que hay una.
—La señora protesta demasiado, a mi parecer.
—¿Qué? —le preguntó Darcy con firmeza, asombrado por la audacia del ayuda de cámara.
—Shakespeare, señor. Hamlet.
—Ya sé que es Hamlet, pero ¿qué quiere decir con eso?
—¿Qué quiero decir, señor? Nada, señor Darcy. Es uno de los innumerables versos memorables de esa obra, ¿no cree usted? —Fletcher se inclinó y comenzó a recoger las cosas del baño de su patrón—. Aunque Hamlet no es mi obra favorita, señor.
Darcy tuvo la clara premonición de que no debía proseguir en la dirección que quería su ayuda de cámara, pero al parecer no pudo evitarlo.
—¿Y entonces cuál es su obra favorita?
Fletcher suspendió momentáneamente su tarea y lo miró con seriedad.
—La comedia de las equivocaciones, señor Darcy, La comedia de las equivocaciones.
Tan pronto como Fletcher abrió la puerta de la habitación, llegó hasta ellos el sonido de los músicos afinando sus instrumentos y el ir y venir de los criados. Darcy dio un paso hacia el umbral, pero luego se detuvo y miró hacia su escritorio con indecisión.
—¿Señor Darcy? —preguntó el ayuda de cámara.
—Un momento, Fletcher. —Darcy se dirigió a su escritorio, abrió el cajón de su correspondencia personal y extrajo una hoja doblada, que abrió y comenzó a leer. Una fugaz sonrisa suavizó sus rasgos, mientras volvía a doblar la carta y la deslizaba dentro del bolsillo interior de la chaqueta. Dándose unas palmaditas en el pecho, sobre el lugar donde descansaba la carta, se dirigió a la puerta con determinación.
—Buenas noches, Fletcher. Lo llamaré a eso de las dos, supongo.
—Muy bien, señor. Mis mejores deseos para la velada, señor Darcy.
El caballero asintió en respuesta a las palabras de su ayuda de cámara y se dirigió a la escalera. Los músicos guardaban ahora silencio. Se detuvo un instante en lo alto de las escaleras, y casi pudo sentir a la totalidad de Netherfield conteniendo el aliento, esperando la señal que les permitiría comenzar. El sonido de un carruaje que se acercaba rompió el silencio y, mientras los criados se apresuraban a recibir a los primeros invitados, los músicos tocaron los primeros compases. Darcy respiró profundamente para calmarse, se puso los guantes y comenzó a descender lentamente las escaleras para deslizarse entre el remolino de la sociedad de Hertfordshire. El baile, según parecía, acababa de comenzar.



Los músicos ya llevaban tres cuartos de hora tocando y ellas todavía no habían llegado. Darcy se volvió a poner los guantes, alisándolos sobre sus manos, mientras asentía en respuesta a varios saludos que le habían lanzado al pasar. La tardanza de la familia Bennet lo sorprendía, porque si él hubiese sido jugador, habría apostado a que la señora Bennet sería de las primeras en llegar a un baile que se ofrecía prácticamente a instancias de sus hijas. No obstante, Darcy había ocupado el tiempo cumpliendo con su deber al lado de Bingley, pero se preocupó de hacerlo de manera muy circunspecta, bordeando siempre la periferia del creciente grupo de invitados, mientras esperaba tensamente la llegada de Elizabeth Bennet.
No todos los invitados eran indeseables, claro. El saludo que Darcy le ofreció al coronel Forster y a varios de sus oficiales más antiguos fue respondido con cortesía y verdadero cariño. Y si faltó algo de eso, tal ausencia fue bien subsanada por el squire Justin, cuya respuesta al saludo de Darcy estuvo marcada por una familiar letanía de agudas pero afectuosas observaciones acerca de sus vecinos y salpicada de contagiosas risas. Darcy no logró evitar a la señora Long y a su esperanzada sobrina, y se salvó de hacerles un desplante sólo por la oportuna intervención del vicario y su esposa.
Tras disculparse lleno de gratitud por la manera en que lo habían rescatado, Darcy se retiró a la ventana que daba sobre el camino y miró hacia la noche. ¿Será posible que haya pasado algo? Levantó la barbilla y se acomodó discretamente el nudo de la corbata. Si no llega pronto… Un coche apareció a lo lejos, con sus farolillos balanceándose furiosamente mientras los caballos comenzaban a frenar ante las antorchas que iluminaban el comienzo de las escaleras. Los muchachos de las caballerizas se acercaron corriendo y agarraron el arnés del caballo principal, mientras que un lacayo abría la puerta del carruaje y desplegaba la escalerilla. Darcy se acercó más a la ventana, entrecerrando los ojos por el resplandor de las antorchas. ¡Había llegado!
Se retiró de la ventana y se sumergió en el salón lleno de gente, abriéndose camino hacia el vestíbulo y la fila de recepción conformada por los Bingley y los Hurst. Pero no tuvo suerte en su avance. Cuando llegó a la puerta, Elizabeth y su familia ya habían recorrido toda la fila y se habían dispersado entre la multitud que seguía creciendo. Dio media vuelta con la esperanza de encontrarla en la galería que llevaba al salón de baile. Pero su avance nuevamente fue lento, y estaba maldiciendo en silencio el éxito del pequeño baile de pueblo de Bingley, cuando la vio.
Estaba conversando con uno de los oficiales mientras se dirigían al salón de baile. No pudo verle la cara, pero su figura era inconfundible. Tenía el pelo recogido con delicadas cintas entrelazadas con exquisitas flores y tres magníficos rizos colgaban de manera encantadora alrededor de su cuello. Darcy apresuró el paso, pero fue frenado por unos cadetes que, evidentemente incómodos en sus uniformes, se detuvieron a mirar a su alrededor como si nunca antes hubiesen asistido a un evento social. Darcy logró esquivarlos, decidido a alcanzar a Elizabeth antes de que fuese absorbida otra vez por la multitud. No se había alejado mucho. De hecho, estaba a sólo unos pasos de él, aparentemente escuchando las palabras del oficial, el señor Denny, con la mayor atención.
Los jóvenes oficiales que había dejado atrás volvieron a adelantarle, llevando de la mano a unas jóvenes a quienes Darcy pudo identificar como las hermanas menores de Elizabeth. Los jóvenes rodearon a Elizabeth y a Denny, y después de que una de las muchachas le diera un tirón al oficial, los arrastraron al salón de baile. Elizabeth se dio la vuelta y les dijo adiós con una sonrisa melancólica. Cuando lo hizo, Darcy por fin pudo verla completamente. Y aquella visión lo conmovió en lo más profundo de su ser.





De repente, se volvió doloroso respirar. El rugido de la sangre al circular por sus venas hizo que el mundo que lo rodeaba quedara en silencio.
¡Parte de mi alma, yo te busco!
Reclama mi otra mitad…
¿Dónde había leído eso? Reflexionó mientras se quedaba inmóvil, hipnotizado por la visión que tenía frente a él. «Parte de mi alma…». Trató de mover sus piernas. Dio un paso hacia aquellos maravillosos ojos iluminados con tanta vida. «Yo te busco…». Otro paso y Darcy pensó que sus ojos se encontrarían, pero no pudo ser porque ella se estaba alejando. «Mi alma…».—¡Señorita Elizabeth! —exclamó Darcy con un tono de voz a la vez discreto y eficaz. La muchacha lo oyó porque se detuvo y después de una brevísima vacilación, dio media vuelta.
—Señor Darcy. —Elizabeth le hizo una reverencia, al tiempo que él se inclinaba, pero la actitud con la que se encaró a él no se parecía en nada a la que había obnubilado sus sentidos hacía sólo un momento. La frialdad que Darcy percibió en la inclinación de la barbilla de Elizabeth contrastaba de manera desconcertante con el vigor que reflejaban sus ojos. La señorita Bennet no estaba contenta, saltaba a la vista; pero la causa de esa incomodidad le resultaba esquiva, al igual que los pequeños discursos que había compuesto con la esperanza de obtener el favor de la muchacha. Confundido, prefirió refugiarse en una segura pregunta sobre su estado de su salud.
—Me encuentro bastante bien, señor.
—¿Y su hermana, la señorita Bennet, no ha sufrido ninguna recaída?
—Me complace decir que Jane disfruta de la misma buena salud que yo, señor Darcy.
—Ah, me alegro. —El caballero guardó silencio, pues la contemplación de los encantadores rasgos de la muchacha a punto estuvo de ofuscar sus facultades mentales. Ante la falta de palabras, Elizabeth enarcó una de sus delicadas cejas.
—Así que mi hermana disfrutará de esta velada plenamente. —Elizabeth volvió a hacer una reverencia—. Señor Darcy —se despidió, dejándolo en medio de la galería. La manera fría y brusca que la muchacha acababa de utilizar con él lo sorprendió, pero el placer de ver cómo se alejaba su figura fue suficiente compensación por el momento. Darcy se sacudió ligeramente la parte delantera de su chaqueta y escuchó el ruido de un papel.
¡Milton! Enseguida le vino a la mente el origen de las frases. ¡El libro que ella había estado leyendo en la biblioteca! Darcy sonrió para sus adentros, mientras avanzaba hacia el salón de baile a grandes zancadas. El canto de Adán después de ver por primera vez a Eva. ¡Qué apropiado! Entró en el salón y se colocó en un lugar donde tuviera la mejor vista del baile. Elizabeth estaba a un lado, absorta en una conversación con su amiga la señorita Lucas. «A fin de que permanezcas para siempre a mi lado…». Dejó escapar un suspiro, cambiando de posición y entrelazó las manos enguantadas sobre la espalda. ¡Qué apropiado! ¡Qué cierto!Los músicos tocaron una cuerda para anunciar que el baile estaba a punto de comenzar. Bingley, observó Darcy, ya había pedido la mano de la señorita Bennet y la estaba escoltando ahora a la cabeza de la fila, un honor que no pasaría inadvertido para nadie. Caroline Bingley siguió, del brazo de sir William, con su hermana y su cuñado detrás. Darcy le lanzó una mirada de reojo a Elizabeth, que todavía estaba ocupada con la señorita Lucas, pero su vista se vio obstaculizada por un caballero que le resultaba vagamente conocido y decididamente peculiar. Frunció el ceño al ver que el hombre se inclinaba para besar la mano de Elizabeth y la dama le lanzaba a su amiga una mirada de impotencia. Tomaron su lugar en la fila y Darcy dio una vuelta alrededor, para satisfacer su curiosidad acerca de la identidad del hombre.
Ah, sí. Era su primo de Kent… el pastor. Se rió para sus adentros al ver la manera en que su dulce tormento fruncía los labios y levantaba la barbilla, tratando de aceptar con elegancia el hecho de tener que bailar con su primo. La música comenzó y sólo unos segundos después Darcy tuvo que mirar hacia otro lado para evitar estallar en un inapropiado ataque de risa. ¡El hombre realmente no tenía ni idea de bailar! La parte menos admirable de Darcy volvió a regodearse en la desdicha de Elizabeth. Al siguiente giro de la danza, el hombre tomó la dirección equivocada y luego agravó la confusión creada, ofreciendo profusas disculpas cuando lo único que debía hacer era prestar atención a los pasos. Inmediatamente después estuvo a punto de arrollar a una dama grande y pomposa cuando, con la cabeza inclinada, se lanzó prematuramente a hacer el cruce de parejas, lo que provocó que Elizabeth le murmurara instrucciones mientras se ruborizaba de mortificación. Luego, agarrando las manos de la muchacha, la hizo girar con tanto entusiasmo que Darcy casi llegó a temer por la seguridad de la señorita Elizabeth y de todos los que estaban alrededor de ellos.
Lo único que puede mantener esa sonrisa de indulgencia entre los otros participantes del baile, supuso Darcy mientras observaba muy entretenido, es su atuendo clerical. Es decir, todos menos Elizabeth. El rostro de la muchacha parecía mucho menos benevolente con su primo. La humillación que la invadía era tan completa que cuando Darcy cruzó una imprudente mirada con ella durante un giro, la fuerza de esa sensación lo sacudió. El consiguiente impulso a acudir en su ayuda fue tan poderoso que lo único que lo hizo desistir de dar más de un paso en su dirección fue la duda de que ella tomara a bien su intervención. El paso fue sutilmente reorientado y Darcy cruzó al lado de la fila de bailarines, fingiendo una indiferencia que realmente desearía sentir. Las emociones que Elizabeth Bennet había despertado en él esa noche eran desconocidas y su poder era supremamente perturbador. Era indispensable establecer una cierta distancia.
Se dirigió hasta el otro extremo del salón y dio media vuelta, justo a tiempo para presenciar otro paso en falso del absurdo pariente de Elizabeth. El baile terminó y el hombre abandonó a su pareja y procedió a ofrecerles disculpas a los otros bailarines, dejándola sola y sin compañía para abandonar la pista. De ser posible, la mirada que la muchacha dirigió a la espalda del pastor habría reducido su cuello de clérigo a un anillo de cenizas. ¡Y te lo habrías merecido, estúpido!Darcy reflexionó sobre su plan de sorprenderla para que aceptara concederle un baile. A pesar de la falta de garantías, le pareció la estrategia más viable para su objetivo, pero no todavía. Ahora sólo atizaría el fuego. La dejaría recuperarse del baile con el pastor. Luego… Uno de los tenientes de Forster pasó rápidamente frente a él y avanzó hacia Elizabeth con paso decidido. Darcy esperó hasta que la vio aceptar bailar con él la siguiente pieza, antes de comenzar a buscar a Bingley entre el torbellino de trajes de baile, bruñidos bronces y chalecos llamativos.
—Creo que, con toda seguridad, puedes catalogar tu baile como un éxito, Bingley —le dijo al encontrar a su amigo entre dos bailes—. ¡Tal vez demasiado exitoso!
—¿Demasiado exitoso? Una multitud es lo que realmente quieres decir —le dijo Bingley riéndose—. Para ser sincero, podría prescindir de unos cuantos oficiales que parecen no tener nada mejor que hacer que merodear alrededor de mujeres con las que yo quisiera conversar.
—¿Mujeres? Bingley. —Darcy paseó la mirada a su alrededor—. Por lo que parece, estás bien rodeado de muchas mujeres que estarían encantadas…
—¡Mujer, Darcy! No confundas, ni pretendas malinterpretarme.
—Bingley, te entiendo demasiado bien —dijo Darcy bajando la voz—. Has abierto el baile con ella y habéis bailado juntos varias veces. Si haces otra cosa similar, toda la comarca esperará oír el anuncio de boda el domingo.
—Bueno, al menos yo he bailado, y espero seguir haciéndolo, mientras que tú no has hecho más que pasearte por ahí con cortesía y observar a Elizabeth Bennet. —Bingley hizo una pausa para asentir y sonreír, en respuesta al saludo de alguien que acababa de llegar—. Y no pongas esa cara de póquer, porque no funcionará. Te conozco demasiado bien, amigo mío.
—Tiras flechas, Bingley, tiras flechas sin puntería. De hecho, sí tengo intención de bailar esta noche, cuando llegue el momento apropiado.
—Cuando llegue el momento… ¡Darcy!
—No me hagas preguntas…
—Así no me dirás mentiras. —Bingley sacudió la cabeza con desaliento—. ¿Cuándo será el momento apropiado? ¿Cuando suene la última campanada de medianoche? ¿Qué estás planeando, Darcy?
—Un ataque sorpresa, Bingley, y ya no te diré más. —Se alejó antes de que su anfitrión pudiera vislumbrar algo de sus planes. La música de la danza folclórica que separaba las tandas estaba a punto de terminar y él necesitaba buscar a Elizabeth antes de que otra casaca roja se la arrebatara. Un estremecimiento de inquietud le recorrió la espalda al recordar los temores y las predicciones de su ayuda de cámara sobre la velada, pero luego miró brevemente el chaleco que Fletcher le había insistido en que usara. Bueno, ya veremos, ¿no es así, amigo mío?Cuando la encontró, Elizabeth estaba otra vez con la señorita Lucas y no se dio cuenta de que él se acercaba. Al oír el discreto «Ejem» de la señorita Lucas, Elizabeth dio media vuelta y casi se estrella contra su pecho.
—Señorita Bennet. —Darcy se inclinó rápidamente, y casi sin esperar a que ella contestara a su reverencia, aprovechó la magnífica ventaja que le daba la sorpresa—. ¿Me haría usted el honor de bailar conmigo la siguiente pieza?
Elizabeth abrió la boca y luego la volvió a cerrar; su desconcierto era bastante evidente en todos los aspectos. Se quedó mirándolo y luego dirigió su mirada a su amiga. Darcy esperó pacientemente.






—Yo no… es decir, yo iba a… sentarme… —Elizabeth levantó la vista y la fijó en los ojos de Darcy. Él enarcó una ceja con gesto inquisitivo—. Sí —aceptó ella con voz ahogada. Darcy se inclinó en señal de agradecimiento y se alejó, saboreando la maravillosa confusión que le había causado a la muchacha y la inminente realización de todos sus planes. Justo antes de llegar a su puesto en el borde de la pista de baile, se arriesgó a mirar hacia atrás y con eso toda su satisfacción se evaporó. Elizabeth parecía claramente agitada. Con creciente inquietud, la observó con disimulo, mientras hablaba furiosamente con la señorita Lucas, con la cara encendida y paseando la mirada por todo el salón. Esa visión siguió afectándolo cuando se acercó a tomar su mano para la nueva tanda de baile, ensombreciendo las expectativas que había alimentado durante toda la semana sobre lo placentero que sería ese momento. Darcy se inclinó con rigidez; ella hizo una reverencia. Él extendió la mano; ella puso la suya encima, pero no lo miró a la cara. Cualquier sensación de comodidad que él hubiese sentido alguna vez en compañía de ella lo abandonó por completo, mientras la conducía a la pista y tomaban su puesto.
Aunque era de esperar, teniendo en cuenta las circunstancias, el murmullo de sorpresa que recorrió el salón cuando quedaron frente a frente sólo sirvió para enfatizar en él la idea del ridículo que estaba haciendo, sacando a bailar a una mujer que, incluso en ese momento, lo miraba con indiferencia. Él se la había imaginado agitada, intrigada. Pero en todas sus visiones ella se había convertido rápidamente en una magnífica pareja. Sin embargo, la criatura que tenía ante él no mostraba ninguna de esas agradables inclinaciones. ¿Qué había ocurrido con la adorable y encantadora Eva?El caballero obsequió a Elizabeth con la más formal de las reverencias, inclinándose totalmente. Cuando se incorporó, fijó los ojos en lo que estaba detrás de la mejilla izquierda de la muchacha, pero no sin lanzarle antes una mirada disimulada. «Que permanezcas a mi lado…». Darcy congeló la idea. No había ni una pizca de maleabilidad en la doncella de piedra que tenía enfrente. ¡Vamos, imbécil, termina con esta locura!, gruñó para sus adentros, al sentir esa conocida sensación de frialdad apoderándose de su pecho. Los bailarines unieron las manos y dieron la vuelta, quedando ahora en un extremo del salón de baile. La tensión de la muchacha, que él podía sentir a través de sus dedos, aumentó significativamente cuando se fue acercando el momento de comenzar los pasos de la danza. Aunque no se atrevió a mirar, pudo sentir que ella lo estaba observando. No podía adivinar el propósito de esa mirada, y hasta que no supiera algo de lo que estaba pasando por la cabeza de la muchacha, decidió que el silencio sería su mejor estrategia. Parecía que el único placer que podría derivar del hecho de estar en compañía de la señorita Elizabeth residiría solamente en el embriagador contacto intermitente con sus dedos . Eso debería bastar.


La mano de Elizabeth tembló ligeramente entre su mano.
—Este tipo de danza le debe de parecer más bien anticuado a alguien acostumbrado a St. James, señor Darcy. —Animado y alertado a partes iguales por la súbita decisión de la muchacha de entablar conversación, Darcy bajó los ojos para mirar a su pareja. Parecía dispuesta a pasar por alto cualquiera que hubiese sido la causa de sus reparos frente a él, pero conociéndola tan bien como la conocía, Darcy no estaba seguro del verdadero objetivo de Elizabeth.
—Tal como le dije a sir William, no suelo bailar en St. James y, en consecuencia, no tengo idea de qué se considera el último grito de la moda —respondió Darcy con cautela—. La danza está bien, en mi opinión. —Los pasos de la danza los separaron por unos momentos, pero esa pausa no sirvió para inspirar a Darcy. Volvieron a reunirse en silencio.
—Ahora le toca a usted decir algo, señor Darcy —le advirtió ella con impertinencia—. Yo ya he hablado del baile, y usted debería hacer algún comentario sobre las dimensiones del salón o el número de parejas.
Darcy la miró a la cara con alivio. Allí estaba la Elizabeth que conocía.
—Señorita Bennet, ¡por favor instrúyame! Por mi honor que diré cualquier cosa que usted desee escuchar.
Elizabeth agradeció la galantería de su comentario con un gesto de los labios que se convirtió en una reticente sonrisita.
—Muy bien; esa respuesta servirá por el momento. —Darcy desafió a los devastadores ojos de la muchacha hasta el último segundo, mientras que ella hacía un círculo a su alrededor. Cuando volvió a aparecer del otro lado, fue ella quien lo miró de manera desafiante—. Quizá poco a poco me convenza de que los bailes privados son más agradables que los públicos. —Darcy tomó la mano de Elizabeth al mismo tiempo que los dos volvieron a quedar mirando el extremo del salón—. Pero ahora podemos permanecer callados. —La tensión en sus dedos había disminuido y descansaban más relajados en la palma de Darcy.
Darcy se dio perfecta cuenta de que el gesto de la muchacha de aceptar guardar silencio era, en realidad, una orden para que él retomara el hilo de la conversación.
—¿Acostumbra usted hablar mientras baila? —replicó Darcy, seguro de que la respuesta más certera era acceder al pequeño capricho de la muchacha.
Elizabeth enarcó las cejas al oír eso, y Darcy pensó que había detectado una chispa en sus ojos que contradecía la actitud de severidad que había vuelto a apoderarse de sus labios.
—Algunas veces. —Su instructora hizo una pausa mientras Darcy hacía un círculo a su alrededor—. Es preciso hablar un poco, ¿no cree? —Esta vez fue ella la que buscó agarrarse a la mano de él para dar el siguiente paso—. Sería extraño estar juntos durante media hora sin decir ni una palabra. —Elizabeth lo miró como si estuviera considerando una deducción lógica—. Pero en atención a algunos, hay que llevar la conversación de modo que no se vean obligados a tener que decir más de lo preciso.
¡Esa última afirmación tenía la apariencia de ser una verdad a medias!
—¿Se refiere a usted misma? —se defendió Darcy con delicadeza, si no con elegancia—. ¿O lo dice por mí? —La manera en que su pareja tomó aire al oír sus palabras le demostró que el dardo había dado en el blanco, pero la respuesta se volvió imposible, pues una vez más la danza volvió a separarlos.
—Por los dos —contestó ella, ante el asombro de Darcy, cuando volvieron a reunirse. Y la sensación de sorpresa aún se acrecentaría más—. Pues he encontrado un gran parecido en nuestra forma de ser. Los dos somos poco sociables, taciturnos y enemigos de hablar, a menos que esperemos decir algo que deslumbre a todos los presentes y pase a la posteridad con todo el brillo de un proverbio.


Darcy no sabía si ella estaba tratando de causarle risa o rabia. Nuevamente, hizo un amago de ataque y se puso a la defensiva.
—Estoy seguro de que usted no es así. —Darcy hizo la media inclinación que correspondía a la danza y luego esperó, inmóvil, a que ella diera una vuelta a su alrededor—. En cuanto a mí, no sabría decirle. Pero usted, sin duda, cree que ha hecho un fiel retrato de mi persona.
Elizabeth volvió a su puesto y tomó la mano extendida del caballero.
—No puedo juzgar mi propia obra.
¡Pero yo sí debo juzgarla!, pensó Darcy, mientras seguían bailando, callados ahora por acuerdo mutuo. ¡Qué manera tan extraña de comportarse! ¿Por qué? Darcy la observó repetidas veces mientras ejecutaban los distintos pasos de la danza, buscando alguna indicación de su estado de ánimo. ¿Realmente piensa que soy tan gruñón? ¿O simplemente me ofende por pura diversión? Cuanto más reflexionaba sobre el comportamiento de la muchacha hacia él, más irritado se sentía. ¡Entonces ésta es la venganza por Meryton! ¡Ojo por ojo!Con cierta aspereza, Darcy avanzó hacia su pareja para tomar su mano del caballero que estaba a su derecha, lo cual hizo que el papel que tenía guardado en el bolsillo del pecho crujiera suavemente. ¡La carta de Georgiana! Totalmente olvidado, el contenido de la carta volvió a penetrar en su conciencia y, por el bien del cariño de su hermana, resolvió intentar una vez más atravesar aquella especie de torrente agresivo con que lo trataba Elizabeth.
—Señorita Bennet —comenzó cuando volvió a apoderarse de su mano para el siguiente paso—, Bingley y yo íbamos camino de Longbourn cuando tuvimos la alegría de encontrarnos con ustedes en el pueblo la semana pasada. ¿Usted y sus hermanas suelen ir a Meryton con frecuencia?
—Así es, señor, vamos con frecuencia. —Elizabeth lo miró de cerca—. Cuando nos encontró usted el otro día, acabábamos precisamente de conocer a un nuevo amigo.
¡Wickham! La rabia que Darcy sintió al ver el rostro que tan bien conocía en las calles de Meryton regresó con toda su fuerza: ¡la insolencia de su saludo, la sonrisita de satisfacción en sus labios, la suspicacia de su mirada! Darcy apretó la mandíbula y miró fijamente hacia delante durante unos instantes, sin querer mostrar su contrariedad. Cuando por fin se sintió con el suficiente control de sí mismo para aventurarse a responder, bajó la vista para ver la actitud de su pareja.
—El señor Wickham está dotado de modales tan gratos que ciertamente puede hacer amigos con facilidad. Lo que es menos cierto es que sea igualmente capaz de conservarlos.
—Él ha tenido la desgracia de perder su amistad —contestó Elizabeth de manera enfática—, de modo que sufrirá por ello toda su vida.
Al oír la acusación de la muchacha, a Darcy le empezó a dar vueltas la cabeza. ¡La desgracia de perder su amistad! ¿Qué podría decir él sobre la infame conducta de Wickham? ¿Qué monstruosa falsedad estaría divulgando aquel hombre? Incapaz de detener la creciente rabia que nuevamente lo afligía, Darcy no pudo contestar nada. El resto del baile habría transcurrido en silencio si sir William no hubiese interrumpido sus reflexiones con una muestra de admiración por su talento para bailar.
—Es evidente que pertenece usted a los ambientes más distinguidos, señor Darcy —lo elogió—. Permítame decirle, sin embargo, que su hermosa pareja en nada desmerece de usted, y que espero volver a gozar del placer de verlos bailar, especialmente cuando tenga lugar cierto acontecimiento muy deseado, querida señorita Eliza. —Darcy siguió con la mirada el gesto de sir William y descubrió que estaba observando a Bingley y a la señorita Bennet, que bailaban juntos de nuevo. Darcy cerró los ojos con fuerza, molesto al ver que Bingley había ignorado por completo su advertencia—. Apelo al señor Darcy… Pero no quiero interrumpirle, señor. Me agradecerá que no lo prive más de la cautivadora conversación de esta señorita, cuyos hermosos ojos me están también recriminando.
Al oír la mención a los ojos de su pareja, Darcy volvió en sí y se giró hacia ella, decidido a recuperar el terreno perdido por culpa de Wickham, fuesen cuales fuesen las mentiras que aquel canalla estuviese sugiriendo. Tal vez, si insistía un poco, Elizabeth se las revelaría. Darcy se preparó para atacar.
—La interrupción de sir William me ha hecho olvidar de qué estábamos hablando —confesó con una sonrisa forzada.
—No creo que estuviésemos hablando en absoluto. Sir William no habría podido interrumpir a otra pareja en todo el salón que tuviese menos que decirse —contestó ella con desprecio—. Ya hemos probado con dos o tres temas sin éxito, y no puedo imaginar sobre qué más podemos hablar.
Se niega a continuar con el tema. ¿Y ahora qué? Darcy trató de pensar en algún tópico prometedor, con el cual pudiera atraer su atención y dirigirla hacia él y lejos de Wickham. «Parte de mi alma, yo te busco…».
—¿Qué piensa de los libros? —preguntó Darcy rápidamente, sonriendo al recordar ese día que habían compartido en la biblioteca.
—¡Los libros! ¡Oh, no! Estoy segura de que nuestras preferencias no son las mismas o, por lo menos, no sacamos las mismas impresiones.
Darcy casi se ríe al oír la apresurada negativa de la muchacha.
—Lamento que piense eso; pero si así fuera, de cualquier modo, no nos faltaría tema de conversación. Podríamos comparar nuestras diversas opiniones —insistió él.
—No… No puedo hablar de libros en un salón de baile —contestó ella con voz temblorosa—. Tengo la cabeza ocupada con otras cosas.
—En estos lugares no piensa nada más que en el presente, ¿verdad? —Darcy permitió que una sombra de duda se apreciara en su tono de voz.
—Sí, siempre —afirmó ella, pensando, al parecer, en algo más. Y luego, súbitamente dijo—: Recuerdo haberle oído decir en una ocasión, señor Darcy, que usted raramente perdonaba, que cuando había concebido resentimiento hacia alguien, le era imposible aplacarlo. Supongo, por lo tanto, que será muy cauto a la hora de concebir resentimientos.
¿Qué es esto? Enseguida se despertaron las sospechas en Darcy. Tenía que contestar, si quería descubrir a qué se refería la muchacha.
—Así es —afirmó con decisión.
—¿Y no se deja cegar alguna vez por los prejuicios? —insistió ella.
—Espero que no. —Darcy se sentía cada vez más alarmado con el cariz que estaban tomando las preguntas de Elizabeth.
—Es particularmente importante para aquellos que nunca cambian de opinión asegurarse de hacer un juicio justo desde el principio. —Darcy sintió que la mirada de Elizabeth lo penetraba al separarse de él para saludar a la dama que estaba a su izquierda. Se quedó paralizado, consciente de la trampa que tenía enfrente, pero sin saber cuál era la naturaleza de esa trampa o su objetivo. Sólo estaba seguro de una cosa: Wickham tenía algo que ver en todo aquello. De alguna manera, era obra suya.
—¿Puedo preguntarle cuál es la intención de estas preguntas? —inquirió de manera fría, cuando volvieron a tomarse de la mano.


—Conocer su carácter, sencillamente —respondió ella con una sonrisita forzada—. Estoy intentando descifrarlo. —Se separaron, hicieron sus respectivas inclinaciones y volvieron a unir las manos para moverse cada uno alrededor del otro hasta completar un círculo.
—¿Y a qué conclusiones ha llegado? —preguntó Darcy con los labios apretados.
—A ninguna. —Elizabeth negó con la cabeza y trató de desarmarlo con una sonrisa—. He oído cosas tan diferentes de usted, que no consigo sacar nada en claro.
¡Definitivamente Wickham!—Reconozco que las opiniones acerca de mí pueden ser muy diversas —respondió Darcy, apelando a todas sus reservas para apaciguar el torrente de emociones que amenazaban con destruir su compostura—, y desearía, señorita Bennet, que usted no hiciera un esbozo de mi carácter en este momento, porque tengo razones para temer que el resultado no reflejaría la verdad.
Elizabeth estaba colorada cuando él se volvió hacia ella y agarró delicadamente sus dedos. Darcy no pudo saber si se debía a la rabia que sus palabras habían despertado en ella o a la incomodidad que le habían causado las de ella. Pero para su sorpresa, la muchacha insistió.
—Pero si no lo hago ahora, puede que no tenga otra oportunidad.
¿Realmente creía que él iba a discutir sobre su carácter en medio de un salón de baile? La disposición de Darcy para aceptar las preguntas de la muchacha terminó de manera brusca. Decidido a cerrar esta línea de conversación, se volvió hacia ella con una actitud de profunda arrogancia y respondió de manera gélida:
—De ningún modo desearía impedir cualquier satisfacción suya, señorita Bennet.
No había duda de que su actitud finalmente la había confundido. La muchacha se equivocó al hacer el siguiente movimiento y casi tropieza con el vuelo del vestido. Darcy se movió con rapidez para rescatarla de una caída segura. Elizabeth se zafó de sus manos tan pronto como pudo, murmurando unas confusas palabras de agradecimiento.
—Me complace serle útil, señorita Bennet —le dijo Darcy en voz baja. Ella no dijo nada más y terminaron el baile en silencio y en silencio se alejó después de que Darcy la acompañara hasta donde se encontraba un grupo de amigos. No pudo evitar que sus ojos la buscaran después de ocupar su lugar al otro lado del salón. Se había despedido de sus amigos y parecía absorta en un detallado examen de uno de los ramos de flores que adornaban el lugar. La actitud pensativa de la muchacha fue evidente para Darcy, que se preguntó, con un creciente sentimiento de compasión, qué sería lo que Wickham le había dicho y que le estaba robando la paz.
¡Más fechorías que agregar a su lista, el sinvergüenza! ¿Qué historias puede estar divulgando que han hecho que ella traspase de esa manera los límites de la corrección? ¡Y Forster! Eso podría explicar la frialdad de su saludo esta noche. ¡Wickham! No está aquí, pero de todas maneras está presente. Un diablillo malvado que se cruzó entre… Darcy dejó sin terminar aquel pensamiento. ¡Que ha venido a interrumpir mi tranquilidad!De repente, Darcy sintió la necesidad de un poco de aire fresco y algo de soledad. Tras lanzar una última mirada a Elizabeth, dio media vuelta, se abrió paso a través de la alegre fila de bailarines y buscó la primera salida. El aire frío le golpeó la cara y, tal como había anticipado, comenzó a aclararle la mente. Los hilos dorados y verde esmeralda de su chaleco titilaron con la luz, atrayendo la mirada de Darcy mientras se paseaba por la terraza bajo una luna inclemente. Resopló al recordar la advertencia de Fletcher de que su problema con «la señora» no era más que una comedia de equivocaciones.
Si esto es comedia, Fletcher, no podría soportar sus tragedias. Darcy se detuvo y levantó la mirada hacia la luna. No estoy molesto con ella. Ella no tiene la culpa, ella es… Fue el frío, con seguridad, lo que le provocó un estremecimiento. ¿Mi otra mitad? Darcy negó con la cabeza y, poniéndose los brazos alrededor del cuerpo, apretó las manos contra los costados y movió los pies. Tu estupidez parece haberte seguido hasta aquí. Entonces, ¿qué haces congelándote? Puedes ser igual de tonto sin tener que soportar tanto frío.

27 comentarios:

Wendy dijo...

Darcy es un gran estratega, contiene sus emociones hacía Elisabteh para dejarlas fluir en un plan concienzudamente elaborado pero no le funciona ya que desconcierta a Elizabeth. La presencia de Wickham se deja sentir.
Fletcher es muy divertido, es algo "marujo".
Te deseo buen día Lady Darcy.

Eleanor Atwood dijo...

¡Qué pillastre este Fletcher! me ha hecho reír mucho.
Ay Darcy, las estrategias sólo funcionan con los hombres, no con las mujeres!
Un capítulo delicioso.

Un abrazo.

Lady Darcy dijo...

Mi querida Wendy,
Una lástima que la disculpa tan forzosamente elaborada haya resultado de esa manera. Al parecer Wickham dejó todo bien elaborado antes de su partida.
un beso y gracias por tu visita.

Lady Darcy dijo...

¡¡Bien dicho!! mi querida Eleanor,

Aunque podríamos suponer que quizá (y sólo quizá) habría surtido efecto de no ser por la mala predisposición de Elizabeth ante Darcy gracias a Wickham. Lizzy estaba con la vena aún más revuelta que antes (como decimos por acá) y no es aconsejable tratar con una mujer en ese estado jeje.
un beso.

AKASHA BOWMAN. dijo...

Como es acostumbrado, un capítulo delicioso y lleno de contrastes. Me ha parecido muy ingenioso y llamativo el plan de Darcy para acaparar la atención de Lizzy, muy estratega nuestro caballero y un tanto arrogante al suponer el éxito asegurado. Me hizo asomar una sonrisa cuando vió que conseguía que la muchacha aceptara su petición de baile, como un niño al que los planes salen bien... jeje.

Sin desperdicio el seguimiento del baile del señor Collins.

De nuevo Fletcher tan acertado en sus elecciones, y sumamente inteligente a juzgar por sus comentarios irónicos, por cierto, daría más de un minuto de mi eternidad por contemplar a ese Darcy con su chaleco de hilos esmaralda y oro... aaaay.

Preciosos los versos que recitaba mentalmente mientras "perseguía" a Elizabeth por el salón: "Parte de mi alma, yo te busco. Reclama tu otra mitad." Encantadores.


Perdone por las dimensiones de mis comentarios, cuando me emociono con un tema soy incapaz de detenerme jeje, y estas lecturas me embriagan.
Besos

Madame Minuet dijo...

Que sabiduría la de Fletcher, madame. Me encanta ese personaje!

"Dadme un silogismo que resolver, una epopeya griega que traducir o un indómito caballo para domar, ¡pero no me pidáis que dé un maldito discurso bonito!" ¡Qué bien describe eso a Darcy!
Muy bueno tambien lo de la Comedia de las equivocaciones. Viene muy a proposito, desde luego.

Pero oh, lo mas maravilloso es la sensacion tan bella que sobrecoge a Darcy cuando ve a Elizabeth. Que hermoso momento! Y el baile, el baile! Cuantos momentos deliciosos contiene este capitulo. Creo que es mi favorito hasta ahora.

Madame, me ire de vacaciones en julio, pero volveré. Si no puedo asomarme antes de agosto, me parece que voy a tener unos cuantos capitulos atrasados para leer, pero lo haré con mucho gusto de todos modos. Con lo interesante que está!

Buenas noches

Bisous

Juan Antonio dijo...

Admirable, querida Lady Darcy. Un texto realmente delicioso.

Beso su mano con la delicadeza y ternura que merece.

(Le he formulado una pregunta en mi laberinto.)

Stars Seeker A.k dijo...

¡¡Holaaaaaaaaaaa!!
Jeje al fin me he puesto las pilas y ya estoy al corriente ;)
Como dije en la entrada que escribí antes del cuento corto, me llena de sentimientos varios cada capítulo! XD

Aún me quedan en mente esas dos palabras "Hechicera descarada" jaja pero que como bien lo dice aquí, es su "dulce tormento". n_n
Aaaaah! La parte de la misa! La forma en que va relacionando cada línea de los rezos con Elizabeth a su lado aaw ternura jaja.

Fletcher con sus planes maquiavélicamente preparados jajaja. Ah cómo me encantó esa parte: "Dadme un silogismo que resolver, una epopeya griega que traducir o un indómito caballo para domar, ¡pero no me pidáis que dé un maldito discurso bonito!" jeje demuestra que no puede pero que lo intenta, cuando habla consigo mismo también XD

Ok, ok, ya me explayé demasiado jajaja. Gracias por las visitas! :D
Me da gusto que te haya gustado el cuentito n_n es uno de los escritos que más atesoro y tenía perdido >_< pero entontrado ya está jeje muchas gracias =)

Pendiente al siguiente capítulo ;D
Un abrazo!

Lady Darcy dijo...

Mi fiel y gran amiga,
No tengo que perdonarte nada en lo absoluto, al contrario, me causa un enorme placer leer tus comentarios, porque veo que los disfrutas tanto como yo, así es que ni se te ocurra reducir la dimensión de éstos, porque entonces seré yo la resentida jeje.
Éste es también uno de mis capítulos favoritos, siempre me preguntaba que ideas atravezaban por la mente de Darcy en el baile de Netherfield, tan distante en un principio y de pronto desconcertante sorprendiendo a Elizabeth solicitándole un baile. En la novela original es más Elizabeth la que se muestra ansiosa ante la espectativa del baile, pero es grato descubrir los planes y la ansiedad contenida del otro lado de la moneda.
Siempre un gusto querida Akasha.

Lady Darcy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Lady Darcy dijo...

Me complace en sobremanera que te agrade Juan Antonio y siempre tan amable y tan galante.
(he quedado intrigada, paso nuevamente a perderme por ahí)

Lady Darcy dijo...

Mi querida amiga Stars!
que grata sorpresa, extrañaba tus comentarios siempre tan joviales y alegres. Sin duda hay innumerables pasajes en éstos cuatro capítulos que perdiste y que valen la pena recordar. Con respecto a tu cuento corto, fué un placer leerlo y sabes que he sido completamente sincera en mi opinión.
Hasta pronto querida amiga y nos seguimos leyendo.
besos.

Lady Darcy dijo...

Buen día Madame Minuet,
Por un error involuntario suprimí el comentario para usted, pero lo escribo de nuevo.
Fletcher es un personaje ÚNICO, uno de los mejores aportes de Pamela Aidan. Totalmente de acuerdo con la descripción de Darcy, ese párrafo también me cautivó. Y ni qué decir del encuentro con Elizabeth cada paso acercándose a ella conteniendo la respiración maravillosamente empujado por el motor de unos versos...(suspiro) fascinante.
No se preocupe madame, disfrute como es debido de sus vacaciones, estas fechas son días en que todos viajamos, pero siempre hay en mi salón un sillón inglés para todos y cada uno de mis amigos, esperándoles.
un afectuoso abrazo.

Princesa Nadie dijo...

Estos últimos días han sido un poco ajetreados para mí y no he encontrado el momento oportuno para meterme de lleno en la lectura...hoy ya sin prisas y mientras me tomo el primer té del día he disfrutado de una manera increible de la lectura de este capítulo...Me encanta descubrir los sentimientos de Darcy hacía Elisabeth...está realmente fascinado con ella ...las flechas de Cupido le han tocado de lleno y ya no puede dar marcha atrás
Estoy deseando continuar con la lectura de este maravilloso relato
Abrazos

Lady Darcy dijo...

Buen día Princesa,
Me complace que por fín gozes de tiempo disponible para sumergirse en la lectura, sin duda con el ingrediente adicional de esa tacita de té, la lectura ha de haber sido deliciosa.
Nos seguimos leyendo Princesa y muy amable por la visita.

Juan Antonio dijo...

Mi querida Lady Darcy, tú sí que me intrigas...

¿?

¿?

ladymaria dijo...

Definitivamente tengo que leerlos.
Muchas gracias por pasar.
Un saludo

Lady Darcy dijo...

¿En serio?...yo lo veo muy claro...

Lady Darcy dijo...

Gracias a tí por tu amable visita Ladymaría, y espero que disfrutes de su lectura.
Un abrazo sincero.

Citu dijo...

Pobre Darcy, siempre ocurre algo cuando esta con Lizzy hay que lindo es . Esta historia esta cada vez mejor.

Elizabeth dijo...

Hola!

Lamento decir que no he podido leer tu historia, aunque obviamente me llama la atención, el titulo sobre todo! cuando encontré tu blog dije "Que buen titulo!" y me sonaba conocido pero no recuerdo de donde, alguna cancion quiza.

¡Muchisimas gracias por tu apoyo! y la buena onda claramente

que tengas buen fin de semana

bye!

Lady Darcy dijo...

Hola Citu!

Darcy no podría ser más desafortunado, y Wickham se las ingenia para dejarse notar.
Un beso mi fiel amiga.

Lady Darcy dijo...

Hola Elizabeth, Bienvenida.

¿Te resulta familiar el nombre de la novela o del blog?
De hecho el nombre de la novela "Una fiesta..." es de la autora Pamela Aidan, primera parte de la trilogía Fitzwilliam Darcy Un Caballero, puede ser que de ahí te suene el nombre y aprovecho para recomendártela si es que te intrigaba el misterio que rodeaba a Darcy en O&P, aquí se desvela magistralmente. Pero si te refieres al Título del blog "Los Hombres de Jane Austen" ese tiene mi completa autoría ;)

un abrazo y muchas gracias por la visita.

Fernando dijo...

Todo un descubrimiento el personaje de Fletcher. Los buenos mayordomos, como decía un personaje en The remanins of the day, son caballeros sirviendo a caballeros. Pero este Fletcher me recuerda un tanto al genial Jeeves de P.G. Wodehouse (¿tiene el placer de conocerlo, milady?); ambos son caballeros que sirven a petimetres :D

Por otra parte, me sigue entusiasmando el ritmo pausado y la "corriente de consciencia" de Darcy. Y que con ese exaltación interior, cuando se le hace difícil respirar apenas es capaz de pronunciar: «¡Señorita Elizabeth!» Hombres..., ¿no cree, milady?

Suyo.

Lady Darcy dijo...

Me encantó esa película, la disfruté mucho en su momento y aún ahora. Me intriga saber si es usted también de esos caballeros tan obsesionados con la moda, supongo y me gustaría creer que sólo lo suficiente.
No sea tan severo con Darcy, no todos los hombres tienen su fortaleza milord, aunque apostaría con mi vida, que en algún momento de la suya, ha padecido de esa falta de aire, de ese ahogo lacerante pero a la vez tan sublime...Cierto, Hombres...

Tanto como sea deseable.

Fernando dijo...

Conste que en modo alguno me gustaría ser severo con Darcy. Sólo pretendía ser una broma entre caballeros.
Me alegro mucho de esos gustos comunes, milady. Y si pusiera en juego su vida por esa apuesta, ganaría otra tanta, no le quepa duda. Un ahogo que a veces quisiera uno no cesara...

En cuanto a al gusto por la moda y la vestimenta, le responderá Kismet:

«Se vistió en el dormitorio ante el espejo, sin escatimar detalle.
Regla vigésima. (… ) Mas no sólo la corrección en el vestir distingue al perfecto caballero, sino que aún más importante en su apreciación es el aseo y estirado de su atuendo, (…) teniendo siempre en cuenta que el exceso en el acicalado personal demuestra amaneramiento y afeminación que los caballeros evitan en aras del verdadero buen gusto.
Y es que actúa siempre cual reflejo condicionado conforme a las cuarenta reglas de la Etiqueta y Elegancia en el Perfecto Caballero, incluido en el Tratado de la Urbanidad y las Buenas Costumbres, un indescriptible centón de don Esteban de Silva y Gonzaga, edición en folio menor de la Biblioteca de Educación Cívica, Madrid, 1948. Reglas que sus padres hicieran formar parte de su esmerada educación».

lorena dijo...

muchas gracias por compartir estos hermosos libros yo vivo en japon y me es dificil y caro conseguir libros en espanol!! acabo de abrir mi propio blog con todas las series de epoca y peliculas romanticas y emotivas online y tambien fondos para decorar nuestras pc ojala algun dia lo visitaras y me dieras alguna sugerencia....^^
bueno estare por aqui seguido arigato!!