lunes, 17 de mayo de 2010

UNA FIESTA COMO ESTA Capítulo II

Capítulo II


Un propietario


Darcy regresó a Netherfield tras su cabalgada matutina, sintiendo todavía más admiración por el paisaje en el que estaba enclavada la mansión. Las granjas eran limpias y, a juzgar por la reciente cosecha, parecían prósperas. Los campos estaban rodeados de tapias, cercas o filas de árboles, en una disposición que era agradable a la vista y satisfacía incluso el gusto de un ávido cazador o jinete. Las tierras que correspondían a Netherfield necesitaban atención, pero Darcy no encontró nada especialmente incorrecto, o que no se pudiera corregir en poco tiempo con una cuidadosa administración y una inversión de capital. En resumen, era una buena propiedad, con problemas mínimos, excepto aquellos que mostrarían a Bingley lo que significaba ser un propietario.





Tras desmontar, Darcy le dio a Nelson una fuerte y cariñosa palmada en el cuello, que terminó con una caricia sobre la amplia frente y un terrón de azúcar contra el hocico. Después de comer con cuidado el dulce manjar de la mano de Darcy, Nelson soltó un relincho para demostrar su satisfacción. Con una carcajada, el caballero se lo entregó al muchacho que salió del establo.
Un propietario. Una delicada sonrisa, apenas perceptible, cruzó el rostro de Darcy mientras oía en su cabeza el eco de esas palabras, pero pronunciadas por su padre. Bajo la cuidadosa tutela de su progenitor, comenzó a aprender a una tierna edad el significado exacto de esas palabras. En el primer recuerdo que acudía a su mente estaba sentado a horcajadas sobre una montura, instalado con seguridad en el regazo de su padre, aferrando con los dedos la crin del caballo, mientras el antiguo señor Darcy realizaba la inspección de primavera de las granjas y dependencias de Pemberley. Quizás estaba en aquel entonces empezando a caminar o, como mucho, tendría tres años, pero el recuerdo era lo suficientemente vivo como para convencer incluso a sus padres de que era cierto. Aquel paseo a caballo sirvió para introducirlo en su posición en la vida y las responsabilidades que venían aparejadas a ella, las cuales ahora sobrellevaba solo, con una justificada satisfacción que reflejaba, sin duda, la excelente preparación que le había dado su padre. Con mucha frecuencia, Darcy tenía ocasión de dar gracias al cielo por el ejemplo diario de atención al deber que había recibido de su padre y la experiencia práctica que había ganado bajo su orientación. Eso había hecho de Pemberley la joya que era. Darcy esperaba poder servir a su amigo Bingley de igual manera.
—¡Aja, así que estás aquí! —resonó la voz de Bingley cuando Darcy entró en el vestíbulo de Netherfield—. Supongo que no puedo esperar que hayas aguardado un poco para permitirme el placer de llevarte a hacer un recorrido por las tierras de Netherfield, ¿no es cierto? —Bingley estaba parado en la puerta del salón, con los brazos cruzados y el ceño fruncido en una fingida actitud de seriedad, mientras miraba con indignación a su amigo.
—No tienes ninguna esperanza, Bingley —respondió Darcy sin remordimiento alguno—. ¡Es este maldito tiempo otoñal, que lo empuja a uno a salir!
—¿De verdad? —inquirió Bingley con tono imperativo, obviamente disfrutando de la inusual experiencia de tener una ventaja sobre su amigo—. Yo más bien pienso que lo que te empujó a salir fue la perspectiva de tener que entretener a Caroline toda la mañana. ¡Dios sabe que yo también saldría disparado! —La actitud de superioridad que Bingley había asumido fue reemplazada por una queja genuina cuando continuó—: Pero, de verdad, Darcy, yo tenía la ilusión de recorrer la propiedad contigo.
—Y lo harás —se apresuró a decir Darcy—. Me disculpo por adelantarme, pero necesitaba ver Netherfield tal como es, sin hacerlo a través de tus ojos, como ocurriría si fuéramos juntos. Sabes perfectamente que me estarías llenando la cabeza de poesías sobre cada riachuelo o cada bosque. —Darcy hizo una breve pausa al ver la expresión de contenida objeción de Bingley ante aquella descripción—. ¡Sabes que tengo razón! Tales distracciones no me darían la oportunidad de serte de verdadera utilidad.
Con una sonrisa de amargura, Bingley reconoció que la excusa de su amigo era razonable.
—Sé que no es, y nunca será, como Pemberley. Pero hasta yo mismo puedo apreciar que puede convertirse en más de lo que es —respondió—. La cuestión es que no tengo ni la menor idea de por dónde empezar.
—Puedes comenzar por permitirme quitarme esta ropa de montar y reunirte conmigo para tomar algo fresco en… —Darcy miró alrededor, buscando una habitación en la cual fuera poco probable que entraran las damas o el señor Hurst— en la biblioteca. —Y aprovechando la oportunidad, agregó—: ¿Sería posible, Charles, trasladar allí un par de cómodas sillas? Es un lugar bastante espartano.
—Desde luego, Darcy, enseguida. No sabes cuánto…
—Entonces no digas nada, amigo. Contén tu gratitud hasta que me hayas oído. —Darcy no pudo evitar sonreír al ver el entusiasmo que se reflejó en el rostro de Bingley—. Si después de estar enterrado hasta la cintura en papeles, plumas rotas, informes de cosechas y cuentas, todavía sientes el impulso de mostrarme agradecimiento, estaré encantado de recibir tu gratitud. —Comenzó a avanzar hacia las escaleras y luego se detuvo y se volvió hacia su amigo con expresión severa—. Te advierto, Bingley, que obtener un diploma en Cambridge no es nada comparado con convertirse en un propietario cabal. Lo aprendí de la mayor autoridad.
—¿Y quién ha sido, si haces el favor de revelarme su nombre, esa persona, oh magnífico maestro? —bromeó Bingley.
—Mi padre —respondió Darcy en voz baja, dando media vuelta y subiendo las escaleras—. Él hizo las dos cosas.
Después de llegar a su habitación, Darcy sacó con cuidado del bolsillo de la chaqueta la carta de su hermana y leyó nuevamente la primera parte; sus ojos se detuvieron un momento en la última línea de la primera página: «Bajo su cuidado me estoy recuperando y he ido adquiriendo más fortaleza de ánimo». Volvió a doblar la carta con ternura y se la llevó a los labios.
—Por favor, Dios, que así sea —murmuró. Luego puso la carta en su escritorio y tocó la campanilla para llamar a Fletcher, su ayuda de cámara, y prepararse para un día en la propiedad rural de su amigo.


Escondidos amigablemente en la biblioteca, entre la amenaza de una tormenta de papeles y plumas rotas, el resto de la mañana pasó rápidamente para Darcy y Bingley. Cuando Stevenson golpeó en la puerta para anunciar que el refrigerio de la tarde estaba servido y las damas solicitaban su compañía, los dos se levantaron y abandonaron su ocupación satisfechos con el progreso alcanzado, y listos para un poco de diversión.
—¿Qué has estado haciendo toda la mañana, Charles? ¡Caroline y yo no pudimos encontrarte por ninguna parte! —se quejó la señora Hurst, mientras servía el té para los caballeros y su hermana—. El señor Hurst tenía especiales deseos de ver las perdices y discutir los planes para una partida de caza esta mañana, ¿no es así, querido? —Hizo una pausa para mirar vagamente a su esposo que, en ese instante, parecía más interesado en cazar los manjares que tenía enfrente, y no aquellos menos seguros que volaban en el exterior. Darcy y Bingley aceptaron sus tazas y rápidamente se instalaron en el extremo opuesto de la mesa del comedor.
—Pasé la mañana de la manera más satisfactoria, Louisa. Darcy ha accedido a hacerme algunas sugerencias sobre cómo puedo mejorar Netherfield, hacerlo más…
—¡Más como Pemberley! —exclamó la señorita Bingley, fijando en Darcy una mirada de súplica—. Ay, señor Darcy, ¿es eso posible?
—Caroline, no me has entendido. —Bingley la miró con un cierto fastidio—. Has de tener presente que Netherfield nunca podrá ser Pemberley, ¡porque Hertfordshire no puede ser Derbyshire! Sin embargo, yo creo, y Darcy está de acuerdo, que Netherfield tiene interesantes posibilidades que el tiempo y la paciencia revelarán. Ahora —se apresuró a continuar—, ¿qué noticias hemos recibido de nuestros vecinos? Espero que después de anoche nos envíen varias tarjetas.
—Sí, supongo que se podría decir que hemos recibido algunas. —La señorita Bingley frunció el ceño mientras golpeaba con los dedos el montón de correspondencia que reposaba sobre la bandeja frente a ella—. Hay una docena de cartas de bienvenida, siete invitaciones a cenar, cuatro invitaciones a tomar el té y tres anuncios de fiestas o veladas musicales privadas. De verdad, Charles, ¿qué hace uno para encontrar compañía en un lugar como éste?
—¿Para encontrar compañía? —preguntó Bingley—. ¡Disfrutar! El baile de anoche, por ejemplo. Estoy seguro de que rara vez había tenido una velada más placentera. Sí, ¡es verdad! ¡No frunzas el ceño, Caroline! La música era animada, la gente nos recibió con gran afecto y las jóvenes…
—Charles, tú eres demasiado complaciente —interrumpió la señorita Bingley—. Nunca había conocido gente con menos capacidad de conversación, o menos distinguida y más engreída. En cuanto a las jóvenes, sin duda eran jóvenes, pero…
—Vamos, Caroline, no puedo permitir que hables así al menos de una joven —interrumpió Bingley. Se volvió hacia Darcy, que acababa de levantarse de la mesa, con la taza y el plato en la mano—. Darcy, ¡apóyame en esto! ¿No es Jane Bennet una muchacha absolutamente adorable?
Darcy se dirigió hacia una ventana, mientras le daba sorbos a su té, y miró hacia el césped rodeado de madera de boj y un sendero de piedras. El desacuerdo entre Bingley y sus hermanas era ya antiguo y se había manifestado de innumerables maneras desde que los conocía. En general, Darcy siempre tendía a simpatizar con Bingley en aquellos desagradables intercambios, pero hoy el giro de la conversación le recordó la decisión que había tomado la noche anterior de prevenir a su amigo.
Sin darse la vuelta, respondió:
—¿Adorable? Creo que dije que era guapa. Si es adorable, me inclino ante tu criterio superior, teniendo en cuenta que tú bailaste con ella. Yo no.
—¡Pero tú tienes ojos, hombre! —replicó Bingley de manera enérgica.
—Y ante tu insistencia, los empleé, por si no lo recuerdas. —Darcy cambió de posición, pero mantuvo la mirada fija en el paisaje que se veía por la ventana. Le dio otro sorbo a su té—. Sonríe demasiado.
—Sonríe demasiado —repitió Bingley con incredulidad.
—Un hombre debe hacerse muchas preguntas ante tanta profusión de sonrisas. ¿Cuál puede ser la causa? —En ese momento Darcy dio media vuelta y clavó en Bingley una mirada penetrante, como si quisiera infundirle la magnitud de su desaprobación—. «Engañosa es la gracia y vana la hermosura», si se me permite la audacia de citar. ¡Piensa, hombre! ¿Acaso esas sonrisas indican una disposición feliz y tranquila, o son una pose ensayada, una manera de fingir buen carácter diseñada para atrapar o esconder la ausencia de verdadera inteligencia? —Darcy hizo una pausa, mientras sus palabras despertaban en él violentos recuerdos de George Wickham, cuyas sonrisas y halagos, tanto del hombre como del niño, habían encubierto una naturaleza vil y corrupta. Sin poder confiar en que sus emociones no lo traicionaran, Darcy se volvió bruscamente de nuevo hacia la ventana.
Bingley miró a su amigo con un poco de asombro, mientras sus hermanas asentían juiciosamente con la cabeza para mostrar su acuerdo con la opinión de Darcy.
—El señor Darcy es muy perceptivo, como siempre, Charles —comentó la señorita Bingley—. La señorita Bennet parece muy dulce, pero ¿qué puede pretender con esa permanente sonrisa en su rostro? Debo decir que yo nunca he encontrado tantas cosas que me diviertan o me agraden tanto como para sonreír todo el tiempo. Es indigno y muestra la carencia de una buena educación. ¿Qué piensas tú, Louisa?
—Estoy totalmente de acuerdo, Caroline. La señorita Bennet parece una chiquilla dulce y encantadora, y le deseo toda la suerte que se merece. Aunque no puedo decir lo mismo del resto de la familia. Es una sorpresa que sean bien recibidos, a excepción de las sonrisas de la señorita Bennet.
Darcy apenas escuchaba mientras las hermanas procedían a despellejar a sus nuevos vecinos. El repentino ataque de rabia que sintió cuando estaba disuadiendo a su amigo lo sorprendió y no sabía muy bien cómo serenar sus emociones en medio del salón y en compañía de otras personas. Atravesó la estancia hasta la ventana del fondo, como si quisiera tener una perspectiva diferente del jardín. Lo que necesitaba era ejercicio, ejercicio físico violento, para alejar sus demonios personales.
¡Wickham! ¿Acaso no había jurado dejar atrás a Wickham y la historia de su infamia? ¿No se había prometido a sí mismo no permitir que las acciones de ese hombre, su traición, alteraran su compostura? No obstante, las sonrisas inocentes de una completa desconocida habían atizado de nuevo la rabia y la sensación de impotencia que sentía… todavía. Darcy apoyó un brazo contra el marco de la ventana y su rostro se reflejó en el vidrio con la apariencia de una máscara severa y blanca. ¡Suficiente! La influencia venenosa de Wickham tenía que llegar a su fin. Debía terminar o Georgiana la vería reflejada en sus ojos cada vez que lo mirara y él no quería volver a hacerle daño, en especial ahora que había recuperado la fuerza para enfrentarse al mundo.
Darcy dejó escapar un suspiro discreto y calculado, mientras trataba de calmarse. Pero su cuerpo no parecía tan dispuesto a ello. ¡Qué no daría por tener en este momento una buena espada y un oponente de altura! Poco le faltó para soltar una carcajada. Pero, en lugar de eso, recordó su propósito, que era contener la galopante admiración de Bingley por la señorita Bennet, y no animarlo a entrar en conflicto con sus vecinos. Reconoció que tal vez había sido demasiado duro, pero era lo mejor. No sería bueno para Bingley atarse desde tan joven y mucho menos a una jovencita provinciana. No obstante, había que rescatar a los vecinos de las tiernas atenciones de las hermanas Bingley.
—¡… sus hermanas, las cuatro! —La risa desdeñosa de la señorita Bingley lo devolvió a la conversación bruscamente—. Señor Darcy, usted no puede aprobar la conducta tan poco modesta de las hermanas de la señorita Bennet, ¿verdad? Usted no desearía que su hermana se comportara de esa manera. —Darcy confirmó el comentario de la señorita Bingley con una silenciosa inclinación de cabeza—. Pero a la milicia local no parecen incomodarle esas extravagancias —continuó diciendo—. Están de acuerdo contigo en ese aspecto, Charles. Las Bennet son las preferidas. ¡No sólo la señorita Bennet sino la que la sigue en edad, la señorita Elizabeth Bennet, también es considerada una belleza! Señor Darcy, ¿qué piensa usted de eso? ¿Es la señorita Elizabeth Bennet una belleza?
De manera involuntaria, la mano de Darcy apretó la delicada taza de porcelana. ¡Elizabeth! Sí, ese debía de ser su nombre, el nombre de una reina… ¡Por eso lo había mirado con una actitud tan franca! ¿Una belleza? Una mujer misteriosa, una mujer irritante, más bien, con esa actitud tan desafiante. Pero ¿una belleza? Con sus emociones dirigidas ahora hacia un objeto totalmente distinto, Darcy siguió mirando por la ventana, de espaldas al salón, a pesar de que Bingley se dirigió a él con una clara nota de exasperación en la voz.
—¿Y bien, Darcy?
Sin darse la vuelta, Darcy recuperó la compostura para desviar el dardo de la señorita Bingley y disciplinar sus propios pensamientos desbocados.
—Ella, ¿una belleza? —repitió con una dicción precisa y tajante—. Antes estaría dispuesto a afirmar que su madre es muy ingeniosa.
Las ligeras brumas de una mañana de otoño se levantaban alrededor de Netherfield susurrando una invitación a salir al campo y los bosques, pero Darcy se vio obligado a declinarla. Esto le resultó especialmente difícil puesto que no esperaba que las actividades de la mañana fueran a ser demasiado agradables. Con cierta renuencia, se apartó de la ventana de la biblioteca y de su contemplación de los encantos que la creación estaba revelando para considerar la difícil prueba que tenía frente a él. Estaba seguro de que se trataría más bien de una prueba que de una experiencia placentera. De hecho, la «mañana de puertas abiertas» era el tipo de ritual social del que podía prescindir por completo, pero las actuales circunstancias y su particular naturaleza lo convertían en un mal necesario.
Darcy tomó el libro en el que se había concentrado antes de ser atraído por la belleza de la mañana y se hundió en uno de los grandes sillones orejeros que adornaban ahora la biblioteca. En aquel paso en la incursión de Bingley en la vida de los burgueses propietarios de tierras, Darcy sabía que no sería de mucha ayuda y era consciente de su cuestionable talento. Bingley debía establecerse bien en su nuevo vecindario y eso implicaba recibir a los habitantes más importantes. Aunque no formaba parte del círculo más exclusivo de la sociedad londinense, la familia Bingley tenía una destacada posición social y ciertamente asumiría el liderazgo de la sociedad de Meryton y sus alrededores. Tales expectativas exigían una «mañana de puertas abiertas». No había forma de evitarlo. Darcy pasaba distraídamente las páginas del libro con el ceño fruncido, mientras contemplaba la mañana.
—¡Así que estás aquí! —La voz de Bingley rompió el silencio antes de que el sonido de sus pasos llegara a oídos de Darcy—. Apuesto a que estás aquí desde antes del desayuno. —Examinó rápidamente el lugar—. Sí, veo tu café sobre el escritorio, estoy seguro de que tengo razón. Yo sabía que estarías aquí o montando a caballo. —Le guiñó un ojo mientras tomaba asiento en el otro sillón—. ¿Preparándote para el sacrificio? —Se inclinó hacia delante y bajó la voz—. ¿O planeando una huida estratégica?
—Lo primero, muchacho impertinente —respondió Darcy con cauteloso humor—. Aunque me gustaría más lo último, como bien sabes.
—Oh, no será tan malo, Darcy —replicó Bingley, recostándose en el sillón y estirando las piernas para revisar rápidamente el brillo de sus botas—. Ya conocemos a la mayoría; los vimos en la fiesta del pasado viernes o ayer en la iglesia. Me hace ilusión tenerlos aquí. —Lanzó una mirada al rostro de Darcy y luego volvió a examinarse las botas—. Es decir, á algunos de ellos. Me hace ilusión, bueno, ver… —Dejó la frase sin terminar.




Darcy lamentaba la brecha que se había abierto entre ellos desde que le había prevenido sobre la señorita Bennet y le molestaba profundamente que Bingley no se sintiera cómodo para hablar con él sobre ella. Sabía que sería mejor arreglar eso antes de que el tiempo lo convirtiera en un abismo.
—Me imagino que algunos miembros de ciertas familias se presentarán esta mañana, Charles. —Fue recompensado con una sonrisa cautelosa, así que continuó—: Espero, por tu bien, que la señora Bennet no traiga a todas sus hijas, o tendrás que repartir tus atenciones con tanta generosidad como hiciste ayer.
Bingley soltó una carcajada.
—Acepto tus buenos deseos, a pesar de que sé que fue difícil ofrecérmelos, y coincido de todo corazón. No tenía idea de la sensación que causaríamos sólo por el hecho de asistir a la iglesia. —Sacudió la cabeza con incredulidad—. ¡Ya has visto el resultado! No alcanzaba a terminar una frase cuando ya me estaban inundando con cinco nuevas preguntas o invitaciones.
—La señorita Bennet, según recuerdo, no formaba parte del corrillo —señaló Darcy.
—No, ni ella ni su hermana, la señorita Elizabeth Bennet. —Fue la melancólica respuesta. Darcy decidió ignorar la última observación—. Ambas estuvieron todo el tiempo absortas en una prolongada conversación con el vicario y su esposa.
—¿Sin sonrisas? —preguntó Darcy, pero de inmediato deseó haberse abstenido del comentario sarcástico.
—En realidad, sí —contestó Bingley en tono neutro, sin estar totalmente seguro de la intención de la pregunta, pero evidentemente decidido a no dejarse intimidar—. Alcancé a ver su mirada antes de que Caroline nos apresurara para que nos subiéramos al coche. —Hizo una pausa y adoptó una actitud dramática, poniéndose la mano sobre el corazón—. Fui recompensado con una sonrisa que ha mantenido mis esperanzas durante casi… veinticuatro horas. —En ese momento, él y Darcy soltaron una carcajada, tanto por la actuación de Bingley como en señal de alivio por haberse reconciliado.
Cuando recuperaron la compostura, Bingley se levantó.
—Ya casi es hora, ya sabes. Venía a decirte que un mozo del establo trajo la noticia de que había visto un carruaje a poco más de un kilómetro de la puerta. —Hizo una pausa, respiró profundamente y, mirando directamente a Darcy, prosiguió—: Sé cuánto te molestan estas cosas y me considero afortunado por el hecho de que hayas aceptado acompañarme. No sé cómo…
—No hay necesidad, Bingley —interrumpió Darcy, girando un poco la cabeza—. Tu amistad es suficiente razón y recompensa para cualquier servicio que pueda prestarte. —Se dirigió rápidamente hacia una mesita sobre la que había una licorera—. Ahora, completemos nuestra preparación para la mañana que nos aguarda. ¿Qué te parece un vasito de licor antes de enfrentarnos a los dragones de Meryton? —Anticipándose a una respuesta positiva, Darcy retiró la tapa de cristal y sirvió el líquido amarillo en los vasos. Bingley se apropió de uno y, levantándolo, brindó con Darcy. Su amigo le devolvió el gesto con solemnidad.
Instantes después de haber dejado los vasos sobre la bandeja, oyeron un golpe en la puerta de la biblioteca, que se abrió para dejar entrar a la señorita Bingley. Casi antes de que la dama se incorporara después de hacer su reverencia, le tendió la mano a su hermano y miró a los dos caballeros con una sonrisa espléndida.
—Charles, señor Darcy, nuestros primeros invitados están bajándose del coche y acaban de decirme que han visto otro carruaje no muy lejos. Tendremos una numerosa asistencia, no me cabe duda.
—Y tú la dirigirás maravillosamente, Caroline —dijo Bingley, mirando a su hermana—. En muy poco tiempo estarás dominando la sociedad de Meryton.
La señorita Bingley agradeció el cumplido de su hermano con una sonrisa forzada.
—Ya veremos, hermano —dijo y luego se giró hacia Darcy, con una expresión totalmente distinta—. Señor Darcy, debo agradecerle nuevamente que haya compartido su libro de plegarias conmigo ayer. No entiendo cómo he podido perder el mío. ¡Es tan irritante! Estoy segura de que lo encontraré pronto. Nunca puedo tenerlo muy lejos, ya sabe. —Durante ese extraordinario discurso, Bingley miró con gesto inquisitivo a su hermana, pero al oír su última afirmación se sobresaltó visiblemente y dirigió la vista a Darcy para ver su reacción ante esta última solicitud de aprobación por parte de Caroline.
Darcy necesitó de todo su autodominio para reprimir un gesto delator en sus labios, mientras que, con una solemnidad digna de un obispo, le aseguraba a la señorita Bingley que estaba seguro de que su búsqueda pronto tendría éxito.
—No obstante —concluyó—, tanta constancia en el estudio de sus versículos debe restarle importancia al hecho de haberlo perdido, pues usted seguramente conoce de memoria la mayoría de las plegarias. —El anuncio de la llegada de invitados salvó a la señorita Bingley de la necesidad de responder. Después de hacer una pronunciada reverencia y en medio del susurro que producía el roce de su falda, abandonó rápidamente la biblioteca.
Bingley se contuvo únicamente hasta que se aseguró de que su hermana se había alejado suficientemente.
—¿Qué es toda esa historia acerca de su libro de plegarias? —logró decir entre jadeos. La mirada inocente de Darcy no lo engañó ni por un instante—. ¡Vamos, tienes que contármelo! Caroline no había vuelto a mirar su libro de plegarias desde que salió de la escuela para señoritas, ni a prestar atención a un sermón. Cuando tú bajaste ayer a desayunar, preparado para asistir a los servicios religiosos, creí que a mis hermanas se les salían los ojos de las órbitas. Me parece que voy a tener que recompensar a sus doncellas con una guinea extra por la conmoción que tuvieron que soportar al ayudarlas a arreglarse por segunda vez en una mañana.
—¿Por qué habrían de asombrarse por el hecho de que yo asistiera a la iglesia? —preguntó Darcy—. Me han visto hacerlo regularmente en Derbyshire y con seguridad saben que tengo un banco en St…, en Londres, que Georgiana y yo rara vez dejamos de ocupar.
—No estoy seguro. Tal vez porque no estamos en Derbyshire ni en Londres. —Al ver la expresión de desconcierto de Darcy, Bingley elaboró un poco más la idea—: Creo que ellas piensan que tú lo haces sólo para que te vean —se apresuró a explicar—. Ellas sólo asisten si saben que va a ir algún personaje influyente. El que tú asistas con más frecuencia se justifica, supongo, por el hecho de que debes sentirte obligado a darles ejemplo a tus arrendatarios y a tu hermana, y porque tu posición exige que guardes ciertas apariencias para mantener determinadas relaciones. —Bingley cayó en un silencio incómodo.
Darcy había enarcado significativamente la ceja izquierda durante la explicación de Bingley y, cuando su amigo concluyó, dio un paso hacia atrás y le dio la vuelta al sillón para dejarle ver el libro que había tenido la intención de comenzar: el primer volumen de Las obras del reverendo George Whitefield. Bingley se puso colorado y luego soltó una confusa carcajada.
—Desde luego, ellas no te conocen tanto como yo. Qué ideas tan estúpidas…
Darcy se inclinó sobre el respaldo del sillón, tomó el volumen y, con una sonrisita sarcástica, se lo lanzó a Bingley, en cuyo rostro apareció de inmediato una oleada de alivio.
—Es posible que ellas no estén tan equivocadas en su apreciación, Charles. No puedo negar que mi motivación más frecuente ha sido el deber, más que cualquier cosa que se parezca a la verdadera devoción. —Hizo un gesto con la cabeza hacia el libro que reposaba en las manos de Bingley—. Al menos, ésa sería la opinión del reverendo Whitefield.
Bingley colocó el libro rápidamente sobre el escritorio, como si de repente se hubiese vuelto demasiado caliente para tenerlo en las manos.
—Pero tú quieres saber qué significa lo del libro de plegarias. —Darcy se rió brevemente—. En realidad, es bastante simple. Tú recuerdas, claro, que llegamos con retraso a la iglesia de Meryton debido a que tus hermanas se cambiaron de ropa. Cuando por fin encontramos sitio y abrimos nuestros libros de salmos, algo llamó poderosamente mi atención: una voz femenina que se oía detrás de nosotros. Nunca había oído a una soprano tan refinada y potente fuera de un coro de Londres, así que, en contra de mi voluntad, me giré un poco para ver quién podía ser.
—La señorita Elizabeth Bennet, ¿no es así, Darcy? —Al ver el gesto de asentimiento de su amigo, Bingley continuó—: Sí, yo también la oí y estaba muy complacido escuchándola. Su voz ocultaba el maullido al que Louisa llama cantar.
—No comentaré nada sobre el talento de tu hermana, pero por lo que respecta a la voz de la señorita Elizabeth Bennet, estoy completamente de acuerdo. —Darcy hizo una pausa, tratando de evocar el momento—. Fue un inesperado placer oír cantar los salmos con tanto sentimiento y belleza. Confieso que eso fue lo que me inspiró a intentar leer otra vez a Whitefield, después de evitarlo durante algún tiempo. —Se estremeció un poco—. No obstante, la señorita Bingley notó mi distracción y la causa de ella. Poco después, descubrió que había perdido su libro de plegarias y, como era correcto, yo le ofrecí la posibilidad de compartir el mío. Casi no lo necesito, pues yo me sé los salmos más comunes de memoria. Creo que ella también lo notó y, si ponemos los incidentes de la mañana uno junto al otro, llegamos a la explicación de la conversación de hace unos minutos.
Bingley sacudió la cabeza con una expresión de consternación, mientras abría la puerta de la biblioteca.
—Debo decir que has actuado muy bien, Darcy. —Luego asomó la cabeza para echar un vistazo al corredor y, guiñando un ojo, se dio la vuelta y exclamó—: ¡No hay moros en la costa! —Luego avanzó por el pasillo hacia el salón.

26 comentarios:

Madame Minuet dijo...

Resulta curiosa la traduccion al español de "All's clear", o "The coast is clear", porque hace aparecer moros en las costas inglesas, salidos de quien sabe donde, jiji.
Claro, en España solia decirse asi porque los árabes estuvieron mucho tiempo en sus costas, y aun despues los piratas berberiscos continuaban asolando sus costas. Pero resulta chocante encontrarse de pronto la expresion en un ambiente inglés.

Feliz tarde, madame

Bisous

AKASHA B. dijo...

Me gusta seguir el relato a través de los ojos de Darcy, me agradó la idea de imaginármelo de niño,a caballo, refugiado entre las piernas de su padre...nunca me había parado a pensar en Darcy de chiquillo.
Charles resulta adorable, pero eso ya lo sabemos ;D
Sigo expectante

Scarlett O¨Hara dijo...

"Sonrie demasiado" es que me vuelve loca este Darcy.
Besos;)

Dubois dijo...

Me encanta el relato, no se si a usted le pasa, pero yo siento la sensación de ser un expectador de lujo con todo ocurriendo delante de mis ojos, como si no me vieran.

Stars Seeker A.k dijo...

O.O <- mi cara al ver que el capítulo termina.
¡Aah! ¡Más! ¡Más! jaja ¡Hola, mi amiga! Mis primeras palabras y la simulación de mi cara lo dicen todo. Es que cada vez me clavo más en la historia y no puedo esperar a la siguiente entrega que nos brindas jeje. Me encanta ver la historia a través de los ojos y pensamientos de Darcy n_n
Charles como fiel enamorado, todo lindo jeje.

Saludos y abrazos!
Ak

Citu dijo...

Es un buen retrato de Darcy, y te enamora cada vez mas.

Lady Darcy dijo...

Mi querida Madame Minuet,
Pero que perceptiva es usted!, de hecho la traducción exacta sería "la costa está libre" o en su defecto, que no existe peligro alguno, lo que hace alusión que en ese tiempo, Inglaterra luchaba preferentemente en el mar, donde atacaba el tráfico mercante francés y de las potencias aliadas a Francia, una expresión bastante acertada entre los ingleses. Sin embargo habría que darle un tirón de orejas a la traductora por habernos traído una traducción como esa, tan española por cierto. :)
Besos Mme.

Lady Darcy dijo...

Querida Akasha,
me complace saber que sigues ambas historias en paralelo. En esta historia Darcy nos desvela muchas cosas de su pasado (a ver si ahora sí lo comprendemos :D)
En cuanto a Bingley, te confieso que me sorprendió gratamente.
besos.

Lady Darcy dijo...

Hola Scarlett!
Como siempre nuestro querido Darcy, buscando objeciones o una respuesta coherente hasta en las más inocentes preguntas. Aun así es adorable.
besos.

Lady Darcy dijo...

Buen día Monsieur.
Sin duda este estilo tan austeniano de Aidan, nos acerca al tiempo y los hechos, narrándonos con ingenio y exactitud los detalles que nos causa esa grata sensación, que por cierto yo también la comparto.
un saludo afectuoso.

Lady Darcy dijo...

hola AK!!
Me encanta tu expresividad! se nota que estás atrapada con la historia ;)
Ten un poquitín de paciencia, (así es más emocionante)
besos.

Lady Darcy dijo...

Querida Citu,
tienes razón, y ya se va desvelando poco a poco ese rostro oculto, pero aún falta mucho por descubrir.
un fuerte abrazo.

Fernando dijo...

Si me permite el atrevimiento, milady, he de decir que este Darcy me parece mucho más humano y emotivo, aun con sus "cosas", que el anterior. E incluso que el original de Austen. No sólo vemos parcialmente al orgulloso caballero, sino también al amigo, al propietario responsable, al hermano amoroso, e incluso al hombre que sabe apreciar la buena música y a una buena intérprete.
Muy interesante. Gran elección para continuar el blog.
Con mi afecto, que es suyo siempre.

Lady Darcy dijo...

Mi querido Señor, ha hecho una descripción más que exacta sobre la verdadera naturaleza que envuelve a Fitzwilliam Darcy, y estoy convencida, sin duda alguna, que usted sacará mucho provecho de él.
Muchísimas gracias milord, bien sabe, que a pesar de todo, el mío lo es también de usted.

Fernando dijo...

El suficiente, espero, para poder compensar levemente ese "a pesar de todo".
En mis años de estudiante fui un alumno bastante aplicado. Espero no haber perdido muchas facultades en aras de tal enmienda.

Citu dijo...

Lady Darcy tienes premios en mi blog

Nami Shion dijo...

Querida Lady Darcy.

Le confieso que estoy disfrutando mucho de esta lectura. El ver la historia desde el punto de vista masculino, me fascina.

Princesa Nadie dijo...

Muchas gracias por tu visita ,es un placer poder volver a leer mi novela preferida

Lady Darcy dijo...

Mi señor, no dudo que sus cualidades o deba decir sus talentos y habilidades? sigan inalterables hasta el día de hoy, en innumerables ocasiones me ha dado muestra de ello, como también soy conciente que ciertas cosas a veces se nos olvidan por falta de práctica, pero seguro que ese no es su caso.
suya siempre milord.

Lady Darcy dijo...

Mil gracias Citu, ya los puse en mi galería, eres un encanto!

Lady Darcy dijo...

Querida Nami Shion,
coincidimos también en eso, soy una eterna observadora del comportamiento masculino, (y es que son una especie tan rara) :D:D
un fuerte abrazo.

Lady Darcy dijo...

Sea Bienvenida Princesa Nadie,
un placer acogerla en mi salón, espero que siga disfrutando de su lectura.
saludos.

La Dame Masquée dijo...

Lady Darcy, quel plaisir verla por mi otro espacio!
Muchisimas gracias por la visita, yo tambien la he enlazado aquí.

Bisous

Rocio Maria dijo...

gracias lady darcy por pasarte y te guste mi espacio el tuyo no queda menos de hermoso me ha encantado es un placer visitarte y un agradecimiento tu visita..

un abrazo..

Lady Darcy dijo...

Gracias Mme,
Así no nos perdemos de vista ;)
besos.

Lady Darcy dijo...

Seas bienvenida Rocío María,
me alegrará tenerte por aquí.
saludos cordiales.